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28 jun 2017

"TRES MINUTOS DE COLOR" de PERE CERVANTES.



SINOPSIS

En Tres minutos de color la estéril lucha contra el tiempo y la muerte cobra un significado muy distinto.  
Coque Brox, el protagonista de la historia, es un inspector de policía de mediana edad, separado, parco en palabras, amante de todo aquello que conserve su esencia y acromatópsico, o lo que es lo mismo, percibe la vida en blanco y negro. Herido de por vida tras sufrir una pérdida irreparable, solo le alienta la lucha por recuperar el cariño de su hija adolescente. En una Barcelona en caída libre, cuyos locales de diseño no logran acallar la apremiante nostalgia de sus habitantes, investigará la violenta desaparición de Palma, amigo y compañero de profesión. Durante el tiempo que duren las pesquisas se las verá y deseará para mantener engañado a un suspicaz comisario que no lo quiere en la investigación, sufrirá los persistentes intentos de suicidio de su exmujer, y conocerá muy de cerca qué es una ECM (experiencia cercana a la muerte). Lejos de las clásicas novelas de procedimiento policial, el inspector Coque Brox se verá obligado a visitar un terreno verdaderamente desconocido para él y para el resto de los mortales. Lo que un descreído como él nunca imaginaría es que hay lugares sobrenaturales que albergan la verdad, aunque el camino que conduce a ellos todavía siga siendo un misterio. Y como dijo Jorge Luís Borges: «Lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador».
  
   ORIGINAL.
  
   Si tuviera que definir con una sola palabra Tres minutos de color, lo haría con este calificativo, aunque por supuesto no sería el único, simplemente el que destaca en mi mente cuando pienso en la novela una vez leída. Y me encanta. Me encanta esa sensación que me aleja de lo típico, de lo común, de la línea habitual que una espera que siga una historia influenciada por los estereotipos de los que tanto parece que nos cuesta salir.

   Ya me acerqué a la prosa y al estilo de Pere Cervantes con su anterior novela, La mirada de Chapman, y me dije que repetiría sin dudar, porque me cautivó su manera de narrar y su forma de plantear la historia. Así es que no he perdido de vista estos Tres minutos de color desde el momento de su publicación para hacerme con ellos y ha sido la recomendación de una buena amiga (que de mis gustos ya entiende y bastante) la que ha terminado de darme el último empujón para leerla. En dos días he devorado las casi 350 páginas de la novela, sin saltarme una mísera letra, absorbida por la trama y por la forma en que su autor la desarrolla.

   Siempre he dicho, hasta la saciedad, que me atrae muchísimo la mezcla de géneros, aunque sea uno de ellos el que sirva para encuadrar la obra -por aquello de que, lamentablemente, tendemos a clasificarlo todo-. Y cuando estas mezclas se producen entre géneros tan dispares, sacando los pies del plato, ofreciendo una apuesta arriesgada (y en algunos casos, hasta innovadora) que haga evolucionar la literatura, entonces ya me apasiona.

   Cuando en algunos comentarios previos se hablaba de la originalidad de la trama no tenía ni idea de por qué. Ahora puedo entenderlo. No podía imaginar que el tema de fondo que el autor plantea en la historia pudiera estar entretejido tan magistralmente con una novela de género policiaco tal y como suele recrearlo Pere Cervantes. Y digo «tal y como suele recrearlo» porque algo que me fascinó (entre otras cosas) de su anterior novela y que ahora vuelve a repetirse fue esa exposición tan real del mundo policial y de la forma en que en él se desempeña el trabajo, creando para ello unos personajes humanos y sumamente veraces, como solo puede hacer alguien que conozca ese universo muy de cerca. Y choca descubrir (en la ficción) cómo determinadas experiencias que consideramos paranormales juegan un papel tan preponderante en el seno de una investigación muy real y de plena actualidad, hasta cotidiana, diría yo. Sí, ya sé que hay series de televisión, incluso películas que hacen uso de este tipo de «fenómenos» en tramas policiales, pero creedme que ni por asomo resultan tener la relevancia, en cuanto a profundidad, que tiene en Tres minutos de color. Porque el tema que aborda Pere Cervantes no tiene esa única razón de ser de sustentar la trama (que ya es mucho), sino que nos aboca a la reflexión, a hacernos preguntas, a darle vueltas al coco en relación con algo que nos inquieta por el pleno desconocimiento que de él tenemos el común de los mortales; aunque yo he de confesar que es un tema que me apasiona desde que tengo uso de razón y del que he leído muchísimo, lo cual ha hecho que esta novela me atrajera todavía más.

   ¿Hacemos a un lado el fondo para hablar de la forma?
   El ritmo trepidante de la narración te engancha desde la primera línea y no te suelta hasta el final. Suena tópico, pero es así. No decae en ningún momento, porque todo está perfectamente entretejido y Pere Cervantes va desgranando los detalles con maestría a lo largo de las tres partes de que se compone la novela; tres «rupturas» necesarias para poder dar a la historia esos giros argumentales tan contundentes que hacen que nos mantengamos enganchados por lo sorpresivo de lo que cuenta y de lo que alguna de ellas recrea. Y todo ello, con un estilo narrativo que pretende ser informal, pero que está sumamente cuidado en su prosa, ágil, fácil de leer, y consiguiendo con él, además, que no nos perdamos en ese cúmulo habitual de pistas y detalles propio de novelas de este género, como sí ocurre en otras que no están desarrolladas con tanta claridad en la exposición de los hechos. Y no hay paja. No hay nada que sobre, ni que sirva para estirar las páginas de la historia. No hay un exceso de descripciones, solo las justas para definir la ambientación espacio-temporal de la escena. Ni siquiera (a pesar de la cuestión de fondo) hace el autor un despliegue filosófico, en boca de los personajes o de ese narrador omnisciente que utiliza, que esté fuera de lugar. Todo está bien encajado, además de muy bien documentado. 

   Sus personajes... Ya he hablado de su perfil humano y veraz. Añadiría aquí que además sufren una evolución a consecuencia de lo que viven. No se limita Pere Cervantes a utilizarlos como herramienta para resolver el caso, sino que los reviste de un perfil psicológico que se ve alterado por los acontecimientos, cosa que los enriquece aún más.

   ¿Me ha gustado? Sí, muchísimo, ¿se nota? Tres minutos de color ha colmado por completo mis expectativas previas (bastante altas, por cierto), no solo por la historia que en ella se desarrolla y por esas ECMs (experiencia cercana a la muerte) que a mí tanto me apasionan, sino por el estilo narrativo de su autor y por su forma de desarrollar las tramas.

   Lo dije en Twitter al poco de comenzar la novela y me reafirmo al terminarla: me abono a Pere Cervantes.  






  

21 jun 2017

"EL ÚLTIMO BAILE" de MARISA SICILIA




SINOPSIS


Viena, 1952.
Andreas y Lilian se reencuentran inesperadamente en un café tras una larga separación. Mientras pasean juntos por el Prater, Lili recuerda su historia de amor con Andreas, su enamoramiento incondicional y juvenil, el primer desengaño, el fracaso en su intento de olvidarlo, la reconciliación y los años locos que vivieron juntos en el salvaje Berlín de entreguerras. Recuerda cómo, a pesar de las separaciones y las distancias, nunca dejaron de amarse.
Porque el de Lili y Andreas es uno de esos amores que perduran a través del tiempo y las pruebas.
Porque las verdaderas historias de amor nunca terminan.

   Conocí a Marisa Sicilia personalmente en la presentación de la última novela de Mayte Esteban en Madrid. Había leído de ella «Tú en la sombra» hacía ya tiempo y me gustó, pero no había vuelto a acercarme a ninguna otra de sus novelas, a pesar de saber que había publicado la última recientemente. Cuando intercambié un saludo y unos breves comentarios con ella en aquella presentación, me dije que alguien con esa apariencia tímida y sensible y con esa dulce sonrisa en la cara tenía que haber sido capaz de construir una historia romántica bonita y, a juzgar por lo que ya había leído de ella, bien escrita. Y no me equivoqué. Será por aquello de que «la cara es el espejo del alma», y hasta de lo que se escribe, añadiría yo, porque cada vez me reafirmo más en que el carácter personal de los escritores está, en gran medida, en consonancia con el tipo de historias que cuentan y el cómo las cuentan, salvo algunas excepciones, claro está.

   Me traje «El último baile» de la Feria del libro de Madrid, firmado y dedicado, y después de haber charlado de nuevo con su autora me dije que sería lo próximo que leyera nada más terminar el premio Planeta de este año, que era la lectura que tenía empezada. Y así lo he hecho. Dos días ha durado entre mis manos. Me la he bebido. De cualquier forma, debo decir que, a pesar de esa intuición que no me ha fallado, hubo un momento en que sentí un cierto miedo a lo que pudiera encontrar, miedo a esa decepción que ya había tenido con algunas otras novelas del mismo género anteriormente y que, en algunos casos, incluso me había empujado a abandonarlas; historias vacías, típicas y tópicas, cargadas de clichés que no dudo que gusten pero que a mí ya llegan a saturarme, con los mismos perfiles en sus personajes porque parece que son los únicos candidatos a perdurar en la mente y en el corazón de las lectoras (y digo lectoras porque son mayoría en el género romántico), con argumentos estirados como el chicle para cubrir páginas con el mínimo de contenido, sin más trasfondo que la relación amorosa en sí..., pero sobre todo, con una narrativa poco estudiada, poco cuidada y en determinadas escenas (llamémosle eróticas) con unas descripciones a veces tan vulgares y soeces que me han obligado a saltármelas, y no porque me espante de ello, sino porque destrozan literalmente el «arte» de la literatura. Y no lo olvidemos, por muy comercial que una novela pretenda ser, esta siempre se compone de dos partes: el fondo y la forma, y esta última (aunque para muchos no parezca tener importancia) es la que hace honor a lo literario y, dicho sea de paso, lo que a mí más me atrae a la hora de leer.

   «El último baile» es una novela preciosa y ha sido una delicia leerla. Mis temores han perdido sentido con ella, porque entre esas tapas propias de una novela de formato bolsillo he encontrado una historia grande, digna de un mayor porte en su presentación. Con una ambientación espacio-temporal perfecta que la autora consigue en base a una documentación histórica que nos va soltando a pinceladas, a veces ni siquiera ocupando párrafos, sino líneas sutiles que le dan sustento más que suficiente a la historia para situarnos en la época y en los acontecimientos sin que nos parezca estar ante un tratado de historia; todo en su justa medida, incluyendo los escenarios, y, como debe ser, con los personajes evolucionando de principio a fin en función del devenir de su propia vida y del entorno que se recrea. Con una relación de amor profundo creíble, veraz, romántico y vital, hasta realista, sin rayar el empalago propio de otras historias del género. Con un ritmo narrativo constante a lo largo de toda la historia, lento y tranquilo, para degustarlo sin más prisa que la propia del lector en su afán por saber lo que irá sucediendo; aunque eso sí, alentado por esa habilidad de la autora de ir anticipando ligeramente el futuro a base de intercalar pequeñísimos anticipos en cada página y en momentos estudiados para que no perdamos el interés por lo que vendrá después. Y con una narrativa  muy cuidada, bella y delicada en general, y hasta escrupulosa (sin pecar de remilgosa) en las escenas de sexo, confiriéndole matices que, muy lejos de provocar rechazo, producen placer tanto al leerlas como al recrearlas.

   He imaginado esta historia, ambientada en Viena y Berlín, en formato de cine. Sus escenas han ido desfilando por mi mente, a medida que la leía, a base de fotogramas hasta componer una película propia de la gran pantalla. Tal es la buena recreación de la autora que he podido construirlas con total nitidez, asistiendo a cada una de ellas en primera fila, como una espectadora de excepción hasta llegar al final, del que no hablo porque es justo el que debía ser. El único que podía poner el broche de oro a una historia tan bonita como esta y con unos personajes tan entrañables.

   Felicidades, Marisa Sicilia. Te seguiré leyendo.


16 mar 2017

"ENTRE PUNTOS SUSPENSIVOS" de MAYTE ESTEBAN.

SINOPSIS

   Mario Aguirre, el padre de Paula, lleva desaparecido unos días. Por más que su hija trata de localizarlo, no logra dar con su paradero y por ello busca la ayuda de Javier Muñoz, inspector de policía. Diez años atrás, Javier y Paula mantuvieron una relación que nunca ha acabado del todo. De vez en cuando sellan treguas que duran solo unos días, y de las que los dos salen siempre heridos.
   Paula sabe que estar cerca de Javier no es lo más sensato, porque recuperarse después de estar juntos es cada vez más difícil, pero necesita que sea él el que la ayude a encontrar a su padre y no duda en pedírselo. El magnetismo que existe entre ellos es tal que quizá el viaje que emprenden para encontrar a Mario no sea muy buena idea, quizá exponga demasiado sus sentimientos.
***

   Se puede sentir rechazo a leer determinados géneros literarios —ciencia-ficción o novela negra, por poner algún ejemplo—, y no porque estos géneros desmerezcan, sino por una mera cuestión de gustos o, tal vez, porque circunstancias personales no nos hagan sentir cómodos con los elementos que componen este tipo de  historias. Igual ocurre con la novela romántica, sobre todo cuando aquellos no adeptos al género anticipan que habrá escenas en exceso edulcoradas, que los personajes serán irreales por idílicos, que no habrá más trama que la relación amorosa entre los protagonistas —con sus idas y venidas, encuentros y desencuentros—, o que la historia tan solo nos aportará unas horas, o días, de entretenimiento sin pretensiones mayores porque la superficialidad que se presupone en ella no nos aportará nada más. En tal caso, solo puedo decir que no han leído a Mayte Esteban.

   A pesar de no ser una asidua a la romántica, creo haber leído bastante como para poder opinar. Y encuentro, a primera vista, una diferencia clara entre la autora de «Entre puntos suspensivos» y otras escritoras de este mismo género: Mayte Esteban no sube a una nube para escribir sus historias, no se recuesta entre algodones para soñar mientras construye a sus personajes, sino que mantiene los pies anclados a tierra y de ella extrae todos los elementos que componen la trama, a la que, además, suele quitarle el exceso de azúcar. El resultado es, para mí, un cóctel de lo más sabroso: una historia real y hasta cotidiana, con la que podría resultar fácil identificarse; personajes de carne y hueso que jamás pisaron el Olimpo de los Dioses, guapetes, tal vez, pero tan plagados de defectos como de virtudes, al igual que cualquiera de nosotros; situaciones y escenarios reconocibles; diálogos ágiles, espontáneos, nada cúrsiles ni encorsetados;  una complicidad en las relaciones amorosas de sus personajes que se aleja de lo peliculeramente pasional y grandioso para mostrar una frescura que se agradece; y algo importante y alabado por mí: una bendita ausencia de tópicos.


   Todo eso y más vuelve a formar parte de esta novela de la que estoy hablando hoy.


   Me consta que hay ocasiones en las que un escritor —o escritora— siente la necesidad imperiosa de escribir, y si no tiene una historia en mente, la busca. En otros casos, es la propia historia la que busca al escritor para que la transmita, porque surge y fluye de manera espontánea y con tanta fuerza que lo obliga a sentarse para convertir en palabras lo que su mente susurra. En el caso de «Entre puntos suspensivos» me atrevería a asegurar que fueron los personajes, Paula y Javier, quienes apremiaron con insistencia a Mayte Esteban para que el devenir de su relación saliera a la luz, quienes la empujaron en el culo —y perdón por la expresión— para que se sentara a contarnos todo lo que ellos pensaban, sentían y necesitaban exteriorizar. Quizá porque los fantasmas y los temores suelen disiparse cuando se les deja escapar, cuando toman contacto con el exterior de uno mismo. Y Paula y Javier llevaban demasiado tiempo con los suyos ululando en su interior.


   Hay novelas que se centran en la historia; esta es la que cobra mayor relevancia. Sin embargo hay otras en las que, a pesar de existir una historia de fondo que resulta ser el motor de la trama, quienes realmente cobran protagonismo y se convierten en la razón de ser de la novela son sus protagonistas, sus personajes. Y bajo mi punto de vista, «Entre puntos suspensivos» pertenece a este último tipo. La búsqueda de Mario no es en sí el foco de la novela (sin quitarle por ello la parte de atractivo que pueda tener), es más bien el telón de fondo que acompaña —y concede una excusa— a los personajes el tiempo necesario para que se reencuentren y muestren sus pensamientos, sentimientos y emociones en relación con el otro y también con la vida que están obligados a llevar en común. A lo largo de la novela, la evolución de esa relación entre Paula y Javier nos deja momentos bonitos, amargos, cómplices, divertidos, desenfadados, dulces, tiernos, con algún que otro plato roto lanzado a la cabeza de cada cual. Y nos deja las reflexiones. Esas que siempre aparecen en las novelas de Mayte Esteban y que dan profundidad a una trama que escapa a esa superficialidad a la que me refería al principio y de la que podrán adolecer otras novelas románticas, pero nunca las que Mayte escribe. El viaje nos deja escenarios y paisajes bellamente descritos, detalles curiosos, anécdotas divertidas (véanse las andanzas de Adelina), ocurrencias ingeniosas que tampoco suelen escapar a la pluma de la autora y como no, giros inesperados que terminan por sorprendernos y que también se agradecen en una novela cuyo final, por imperativo formal, sabemos de antemano cómo debe acabar.


   Pero ese otro gran componente del que aún no he hablado y debo hacerlo sí o sí es la forma en que está escrita. Y digo que debo hacerlo porque a mí la narrativa de Mayte Esteban me coge del cuello al abrir la primera página y ya no me suelta. Fluida, ágil, muy cuidada, aparentemente sencilla, jugando con los recursos lingüísticos y literarios necesarios para embellecerla sin ostentaciones forzadas… Una se desliza por sus párrafos sin darse cuenta, con suavidad, sin necesidad de volver atrás si no es para repetirse y dejarse grabada en la mente esa frasecita, llena de significado, digna de recordar.


   «Entre puntos suspensivos» es una novela fresca, entretenida, divertida, sentimental, emotiva y reflexiva en muchos momentos, que se lee con el placer de quien degusta un plato sencillo pero exquisitamente elaborado. Y que nos dejará a los postres un buen sabor de boca y un suspiro.  



   Por cierto, mañana viernes, 17 de marzo, a las 19:30h. se presenta en Madrid, en Librería Molar.
  ¿Te animas a conocer algo más de ella y de sus entresijos?


14 nov 2016

"LA MIRADA DE CHAPMAN" de Pere Cervantes.



SINOPSIS
Dos años después del suceso de la asesina en serie de ancianas en Menorca, la oficial de policía María Médem y el inspector jefe Roberto Rial vuelven a encontrarse. En esta ocasión el motivo es el atroz asesinato del hijo de un reconocido editor y de otros miembros que participan en la primera Semana Negra que tiene lugar en la idílica Ciutadella.
En paralelo a la investigación, María Médem libra una batalla tan encarnizada como cruel por la custodia de su hijo, Hugo. Por su parte, Roberto Rial tiene que vérselas con una noble madrileña arrogante y poderosa que le conmina a olvidarse de la exhumación de un cadáver a cambio de una suculenta cantidad de dinero, mientras que la última foto de John Lennon poco antes de morir a manos de Mark David Chapman cambiará su vida para siempre. La melancolía de un faro, el culto a las piedras infinitas e incorruptibles que caracterizan la isla de Ciutadella, su vegetación verde y el frío viento del norte con sus murmullos enloquecidos, son el escenario en que Médem y Rial acabarán por hallar la ciudad sumergida que todos llevamos dentro.


   Debo reconocer que no soy asidua lectora de novela negra. Es más, llevaba muchos años sin leer nada del género, por mi afición, mucho más arraigada de un tiempo a esta parte, a la novela intimista, a las historias emocionales y, en general, a la Ficción contemporánea en la que busco de fondo, a ser posible, un poco de reflexión y de filosofía de vida. Pero gracias al influjo de mi querida amiga y escritora María José Moreno (que cada día está más «negra», jaja) he ido adentrándome en el género dejándome llevar por sus recomendaciones, y así es como «La mirada de Chapman», de Pere Cervantes, cayó en mis manos.

   No suelo comentar todas mis lecturas, no es este un blog de reseñas, pero hay veces en que una novela suscita en mí la necesidad de hablar de ella, aunque sea de forma escueta, bien por su calidad, por el remolino de emociones que haya podido despertar en mí, por haberme hecho reflexionar en relación al tema que da base a la novela o al punto de vista bajo el que lo trata, o tal vez, como ha ocurrido en ese caso y entre otras cosas, por la capacidad de su autor de agarrarme por las solapas y mantenerme pegada a sus páginas como una lapa, ansiosa por seguir leyendo y graznando, más que de costumbre, por las obligaciones personales que me apartaban de ella.

   No voy a hablar de su trama, no voy a ampliarla más de lo que ya cuenta la propia sinopsis. Lo que sí diré es que su pareja de protagonistas, Roberto Rial y María Médem, ya se dieron a conocer en una novela anterior («No nos dejan ser niños») que yo no había leído. En esta novela continúan con esa historia personal y en común que ya arrastraban de la historia anterior; sin embargo (y aunque a mí me pusieron en antecedentes cuando conocí este detalle allá por la página cien), he de incidir en que no es estrictamente necesario haber leído la novela anterior para entender el hilo que une a los personajes, porque el autor ofrece en esta entrega las suficientes referencias a lo ya vivido como para situarnos y evitar que nos perdamos en el camino, así es que puede leerse de manera independiente, lo cual me parece un gran acierto.

   Juega Pere Cervantes con una trama muy bien hilada de principio a fin, haciendo del mundo literario el escenario en el que se desarrollan los asesinatos que protagonizan la novela. No hay paja. En cada una de sus casi cuatrocientas páginas, el autor nos va ofreciendo datos y detalles que relían la madeja para irla desgranando luego con total maestría, acaparando nuestra atención por completo en ese intento de adivinar lo que está sucediendo y a manos de quien, amén de la originalidad en su planteamiento, que también supone un atractivo adicional que nos invita a seguir leyendo. Pero no son solo estos aspectos los que me llevan a decir que me ha encantado la novela, han sido algunos más:

   Me han gustado esas historias personales que se alejan del «meollo negro» de la trama para hacernos ver que también los policías tienen vida propia, normal y corriente como la de todo hijo de vecino, con sus problemas de conciliación familiar, maritales o sentimentales, alejándonos de la imagen típica del policía o de la policía, solitarios y aferrados al trabajo como a una tabla de salvación, que se ofrecen en otras muchas novelas del género. Historias personales que, además de convertirlos en mucho más reales, cuentan con atractivo propio y que me han parecido como pequeñas islas dentro de ese mar negro que supone la trama principal.

   Me han gustado especialmente esas referencias críticas de Pere Cervantes, concisas pero directas y certeras, a determinadas cuestiones de moralidad, al sistema judicial, a la Administración pública y gubernamental en relación con al ámbito policial, y a algunas prácticas habituales en el mundillo literario a manos de editores, agentes, escritores e incluso lectores que no son, digamos, demasiado loables, pero que por desgracia están ahí.  

   Me ha gustado su narrativa. Ágil, fluida, clara, directa, con un ritmo constante que no decae en ningún momento a lo largo de la novela. Y su forma de estructurar y desarrollar la trama para mantener la tensión y la atención constante en todas sus páginas.

   Y me han gustado sus personajes, tanto los principales como los secundarios. Bien perfilados, profundos, coherentes, reales y, en el caso de los protagonistas, sobre todo, nada lineales, no planos, sino sujetos a una evolución que se hace patente conforme avanza la historia.

   «La mirada de Chapman» me ha durado un par de días, sin leer a plano rendimiento. Es una novela adictiva, por el fondo y por la forma en que está escrita, con una trama muy atractiva y muy bien desarrollada como argumento principal al que acompañan otros hilos secundarios que, no por ello, dejan de resultar atrayentes al lector, y con personajes muy potentes de los que a mí, personalmente, me gustaría seguir sabiendo.

   ¿La recomiendo? Creo que está clara la respuesta, ¿no? :)



13 jun 2016

YA NO DISFRUTO TANTO CUANDO LEO.



   Ya no disfruto tanto cuando leo, aunque tal vez debiera decir "siempre que leo", porque paradójicamente, leer cada vez me gusta más. Esta es la conclusión a la que llegué (o llegamos, porque no era yo sola) tras una conversación de libros, novelas y arte literario en general. Y deduje rápido el porqué, no fue necesario que lo meditara en exceso.
   A la mente se me vinieron varias imágenes; por ejemplo, la de aquel que buscando muebles para su casa hace una ruta por Ikea tras haber pasado previamente por la tienda de ebanistas de su pueblo. Y no, no os adelantéis que no voy a volver a la carga con la controversia de la calidad literaria y las ventas que llevan o no aparejadas, de eso ya hemos hablado hasta la saciedad. Voy al hecho de que un mueble y otro serán analizados de forma distinta en función del grado de conocimiento del oficio que se pueda tener. Una profana en la materia, como yo, se dejará llevar, probablemente, por su aspecto externo, por su estética (medida según mis propios y subjetivos cánones de belleza), por su utilidad, su funcionalidad y su precio; un carpintero o un ebanista (incluso yo si me apuntara a un taller para aprender el oficio) analizaría también, muy probablemente, la simplicidad de sus líneas o, por el contrario, el trabajo oculto en sus patas torneadas y en las tallas de las volutas que lo adornan, el entrelazado de sus cajones, el tipo de barnizado o la madera maciza empleada en un caso versus DM prensado en el otro, aspectos que al primero le podrían pasar por completo desapercibidas por mero desconocimiento del oficio. Eso no implica que por saber más ya no pueda gustar o convencer el primero, ¡ojo!, sino que es más probable que uno sea consciente de sus carencias y que, a la vez, le resulte más complicado menospreciar alegremente el segundo (aunque no sea atractivo) al haber podido apreciar el esfuerzo y los conocimientos necesarios para su construcción. Y en esas estoy yo.
   Siempre he sabido de la subjetividad que hay en la recomendación de una obra y en la valoración personal de la misma ("para gustos... colores", como suele decirse). Y en parte, esto es algo que enriquece a la literatura: el hecho de que una misma obra se convierta en una novela diferente en función de quien la lee y de lo que cada cual es capaz de extraer o interpretar a partir de lo que se ha escrito. Pero ahora soy consciente de que ese grado de subjetividad es aún mayor de lo que pensaba, porque no todos analizamos en ella los mismos elementos, y por ende, no los valoramos igual. Y esto es algo que incluso he podido apreciar en mí misma a lo largo del tiempo. Antes solo "percibía" la historia y lo que esta era capaz de removerme por dentro; ahora no puedo evitar el análisis de la forma en que está contada, de cómo está estructurada la trama, de cómo el autor maneja y dosifica la información, del tipo de voz narrativa utilizada, del tiempo verbal, de la forma en que se crea intriga o suspense, de la profundidad de sus personajes, de la construcción de sus diálogos, de la documentación previa que le sirve de soporte, de la ambientación, de la capacidad para hacer las descripciones justas, de su grado de verosimilitud, de la calidad de su narrativa..., así como el grado de complejidad de cada uno de esos aspectos. Es decir, ahora valoro fondo y forma, y convencerme resulta por tanto mucho más difícil, porque hay que tener mucho oficio para que todo ese compendio resulte del todo óptimo. Pero, por otro lado, al llegar a este punto tampoco me creo con la suficiente autoridad como para menospreciar una obra alegremente, porque soy mucho más capaz de apreciar la dificultad que puede haber tras una estructura argumental aparentemente fácil; la perfecta evolución de un personaje que, precisamente por estar bien construida, pasa desapercibida; la complejidad en el manejo y dosificación de la información para mantener intriga; la recreación de escenarios "visuales"; o una prosa que transmita, porque hay narrativas formalmente correctas y hasta ejemplares que, sin embargo, son frías como témpanos de hielo.
   A medida que voy aprendiendo más del arte de escribir y novelar, más difícil resulta que una obra me llene. Pero a la vez menos me atrevo a juzgarla de cara a los demás. Y ya no solo por lo que he referido antes, sino también por nuestra propia variabilidad. He sido consciente de que podría incurrir (o haber incurrido) en el mismo error que ya he podido apreciar en las opiniones de otros lectores, y que no es otro que su propia incoherencia a la hora de tener o no en cuenta determinados elementos en su valoración de las obras. Raya el colmo de la subjetividad que factores que han servido para minusvalorar una novela hayan pasado sin embargo desapercibidos (o no hayan sido tenidos en cuenta) a la hora de valorar otras. Da igual el porqué. Da igual si se debe a que otros aspectos altamente positivos han eclipsado estos detalles, si la calidad narrativa nos ha atrapado hasta el punto de no percibirlos, si el respeto o la admiración sentida por el autor nos impulsa (tal vez de manera inconsciente) a hacer especiales concesiones, si nos influyen en exceso las expectativas previas o la opinión de los demás... Da igual. La cuestión es que si nosotros mismos, a la hora de analizar y valorar, no somos fieles a nuestros propios criterios, a ver con qué rigor o credibilidad podemos recomendarla o dejar de hacerlo.
   Han sido varios los descalabros que me he llevado últimamente. Y cuando hablo de descalabros me refiero a discrepar de las críticas leídas, para bien o para mal. Obras catalogadas como "novelón" me han decepcionado soberanamente por este otro tipo de aspectos que he enumerado antes, incluso por (bastantes) detalles de la propia trama o historia que se cuenta. En cambio otras, declaradas "infumables" por muchos lectores, a mí me han mostrado aspectos literarios que solo los buenos escritores son capaces de manejar. Y sigo prefiriendo una historia mediocre bien contada y estructurada -o de forma original- a una gran historia formalmente mediocre, al contrario de las preferencias de muchos otros.


   Concluyendo:
   Primero. Antes disfrutaba más con cualquier lectura por aquello de que "ojos que no ven, corazón que no siente".
   Segundo. Es tal la subjetividad a la hora de poner estrellas a una obra literaria que cada vez me dejo llevar menos por las opiniones ajenas; ya tan solo me dejo arrastrar por quienes sé de primera mano que valoran los mismos aspectos de fondo y de forma que yo, para bien o para mal.
  Y tercero. Mientras más cosas aprendo de este oficio de escribir y de novelar (y mira que todavía me falta una infinidad), menos me atrevo a opinar de forma pública, porque he aprendido que muchos aspectos que deberían tenerse en cuenta a la hora de hacerlo no dependen de "impresiones" (tan variables como relativas), ni de juicios propios con una -a veces- exagerada impronta personal, sino de conocimientos.






6 may 2016

"LA VÍSPERA DE CASI TODO" de VÍCTOR DEL ÁRBOL.


 SINOPSIS

Germinal Ibarra es un policía desencantado al que persiguen los rumores y su propia conciencia. Hace tres años que decidió arrastrar su melancolía hasta una comisaría de La Coruña, donde pidió el traslado después de que la resolución del sonado caso del asesinato de la pequeña Amanda lo convirtiera en el héroe que él nunca quiso ni sintió ser. Pero el refugio y anonimato que Germinal creía haber conseguido queda truncado cuando una noche lo reclama una mujer ingresada en el hospital con contusiones que muestran una gran violencia.
Una misteriosa mujer llamada Paola que intenta huir de sus propios fantasmas ha aparecido hace tres meses en el lugar más recóndito de la costa gallega. Allí se instala como huésped en casa de Dolores, de alma sensible y torturada, que acaba acogiéndola sin demasiadas preguntas y la introduce en el círculo que alivia su soledad.
El cruce de estas dos historias en el tiempo se convierte en un mar con dos barcos en rumbo de colisión que irán avanzando sin escapatoria posible.



  Lo ha vuelto a hacer, he de reconocerlo. Víctor del Árbol me conquistó hace tiempo con Un millón de gotas, una novela con un complejo entramado argumental, unos personajes soberbios y una prosa envidiable, de las que rezuman oficio a escritor por los cuatro costados y te hacen asegurarte a ti misma que lo seguirás leyendo para deleitarte no solo con la historia, sino con la forma de contarla, que es, para mí, un aspecto esencial para quedar enganchada a una lectura sin remisión. Con La víspera de casi todo, me reconquista como lectora fiel, porque en ella vuelve a conjuntar forma, fondo y trasfondo de manera magistral. Y hablo de trasfondo porque, si bien no es un componente esencial en una literatura que busque entretener, sí que es para mí uno de los elementos más buscados y apreciados, y en las novelas de Víctor del Árbol siempre lo encuentro, siempre me aportan algo que me resulta enriquecedor.
   La víspera de casi todo destila un regusto a muerte, a vidas truncadas, a personajes atrapados por un pasado que no les permite vivir un presente en paz y del que no pueden huir, a lucha por ahuyentar los fantasmas que otros dejaron cohabitando en sus cuerpos, en sus mentes y en sus vidas desde la infancia, cuando la vulnerabilidad es tal que uno no puede poner barreras a lo que terminará por llevarnos a la perdición. Y son muchas las reflexiones que ello suscita, que puestas en boca de sus personajes o del propio narrador te obligan a detenerte y a plantearte el alcance de todo ello y la salida, si es que la hay, a una situación parecida a la vivida por los protagonistas o por cualquiera de los personajes secundarios de la novela; a plantearte hasta qué punto nos condiciona el pasado y en qué medida la muerte juega un papel esencial para poder escapar de él. Pero no os asustéis, no penséis por ello que es una novela tétrica. La pluma de Víctor del Árbol se presta a contar la historia —o más bien, las distintas historias que se dan cita en ella— con gran maestría, a dotarla de la poesía necesaria para hacerla bella, emotiva, sentida, una lectura deliciosa a pesar del realismo y de la crudeza de algunos de sus pasajes.
   Pero es este trasfondo una lectura entre líneas que late bajo una trama perfectamente entretejida. No le vale al autor crear una historia lineal, no es su estilo. Crea varios hilos argumentales con distintos personajes como protagonistas, casi en forma de novela coral, que terminarán entrelazándose para dar sentido y coherencia a todo cuanto ocurre. Y juega para ello con dos tiempos —pasado y presente— que terminarán confluyendo en el mismo punto, saltando de uno a otro para ir ofreciéndonos, una por una y con un desorden muy estudiado, todas las piezas que componen un puzle en cuya construcción nos incita a participar, ya que en cada nuevo detalle, en cada nuevo descubrimiento de la vida de los personajes nos asaltan las conjeturas de lo que pudo haber pasado, de lo que pasará, del porqué de las actitudes de cada cual, de las razones que les impulsan a ser como son, jugando con esa intriga sutil que está presente de principio a fin. Pero esta intriga no la provoca el autor echando mano al recurso fácil de dejar en suspenso el final de cada capítulo alentándonos a leer el siguiente, no. Víctor del Árbol tiene la destreza de ir desvelando la trama poco a poco y de forma continuada, no sin antes haber ido dejando —a lo largo de toda la novela— un reguero de insinuaciones, de verdades contadas a medias, de detalles velados en las conversaciones que te obligan a mantener la mente despierta ante el cúmulo de incógnitas abiertas e imprevistas que no terminan de cerrarse hasta el final. Y además, nos va contando la historia al revés. Nos desvela el final de cada acontecimiento importante y traslada esa intriga, no a lo que sucederá a partir de ese momento, sino al porqué de ese suceso, a todo lo que lo envuelve y a lo que ha terminado derivando en él; una forma de hilar la trama y de desarrollarla que a mí me parece de bastante más complejidad de la que aparenta. Pero ahí está la habilidad de los grandes, en el hecho de hacer encaje de bolillos sin que se note, hasta que algún profano lo intenta y se percata del oficio que hay detrás.
   Qué deciros de los personajes de La víspera de casi todo. Que son el punto fuerte de la novela. Y que me encantan. Porque Víctor los construye con una complejidad absoluta. Son personajes atormentados, profundos, vividos, con un bagaje moral —positivo o negativo— que resulta de la interacción de su propia forma de ser y de las experiencias vitales que han tenido desde su infancia y que los han marcado ostensiblemente. Son personajes que tiene cosas que contar, que mostrar, que enseñar..., interesantes de descubrir. Como interesante es la forma en que Víctor del Árbol nos los va mostrando, a pinceladas, como los buenos pintores, con trazos precisos que van describiendo el carácter y su forma de ser, arañándoles la costra poco a poco para llegar a lo más profundo, a los más recóndito de sus mentes hasta dejarlos desnudos, con la verdadera naturaleza de cada cual al descubierto. Y se vale para ello de esa técnica que maneja de forma excepcional, el flashback, con el que nos remonta al pasado de cada uno para descubrirnos, en pocas líneas y con la habilidad de los buenos relatistas, los sucesos acaecidos en sus vidas que van dando explicación a ese perfil psicológico que muestran en el presente. Aquí vuelve el autor a jugar con el lector. Porque no describe a los personajes de una forma completa al inicio, sino que va salpicando la trama con aspectos de sus vidas y de su carácter jugando así con nuestra empatía hacia ellos, haciéndonos variar nuestras impresiones respecto a ellos, comprendiéndolos cuando antes no lo hacíamos y, si cabe, hasta justificándolos cuando antes, tal vez, los habíamos sentenciado. O al revés. No hay personaje que sobre, todos tienen una razón de ser, todos tienen un función en la historia, nada de lo que hacen es gratuito. Y son como son con razones fundadas y expuestas con detalle al lector.
    No he contado de lo que va la historia. Y no voy a hacerlo porque creo que ya hay por ahí bastantes reseñas que comienzan así, hasta me atrevería a decir que algunas de ellas incluso cuentan demasiado develando más de lo aconsejable. Yo solo he querido plasmar aquí mis impresiones al leerla. Decir que no solo no me ha defraudado, sino que ha cumplido todas mis expectativas. Que su autor me gana como lectora fiel, encantada de haberme visto imbuida en una narrativa poética, bella, para degustar y paladear con lentitud sin que por ello resulte tediosa en absoluto ni carente de agilidad (aunque parezca incongruente), salpicada de frases en las que detenerse y regada de reflexiones de fondo que hay que sacar a la superficie para extraer de la novela el máximo jugo. Que he disfrutado de nuevo con ese entramado de hilos, hechos, tiempos, giros... que conforman una trama carente de sencillez, y que su autor ya ha demostrado con creces que maneja con soltura y mucha habilidad. Que me ha tenido enganchada pero sin querer llegar al final, por pena de abandonarla, por no renunciar a un placer. Que es un premio merecido. Y que me han quedado preguntas por hacer; pero no porque la trama no haya sido cerrada en su totalidad, sino porque en ella y en sus personajes había demasiada vida por descubrir, demasiados pensamientos por desvelar, demasiados sentimientos por compartir.



14 mar 2016

"EL PODER DE LA SOMBRA" de MARÍA JOSÉ MORENO.


SINOPSIS
Varios asesinatos con idéntico modus operandi señalan como sospechosa a Rosa María Luque, novia de un reputado político, famosa escultora y sucesora de una familia muy conocida de la ciudad. Aunque mantiene su inocencia con convicción, todas las pruebas recaen sobre ella.
Su mente es un puzle incompleto y desordenado. Su amnesia,su angustia y su inestabilidad emocional complican su defensa en el inminente juicio, por lo que su abogado defensor, Felipe Castilla, contrata los servicios de Mercedes Lozano, psicoterapeuta interpersonal, y Miguel Vergara, psiquiatra, quienes deberán acometer la difícil tarea de reconstruir el pasado para entender el presente y solventar el futuro de Rosa. 

¿Finge o dice la verdad?"


   Llevaba tiempo dedicada a leer, fundamentalmente, literatura intimista; mi pasión por los sentimientos, las emociones y la reflexión creo que ya es vox pópuli, entre otras cosas porque ya lo he repetido en incontables ocasiones. Pero siempre surge algún detonante que te hace virar un poco el rumbo, o al menos, hacer un desvío en el camino para aproximarte a aquello que mantienes a distancia sin un motivo expreso. Y fue María José Moreno y mi confianza en su buena pluma las que me incitaron a acercarme al thriller de la mano de “La caricia de Tánatos”. Y quedé encantada. O más bien, superencantada y enganchada a su forma de escribir y a la historia con la que iniciaba la ya conocida Trilogía del Mal.
   He mencionado el "thriller", sin más. En otras muchas ocasiones, he definido a "La caricia de Tánatos" (acertadamente o no) como “thriller psicológico”, pero es que me acabo de dar cuenta de que empieza a cansarme tener que definir por narices el género o subgénero exactos en el que encuadrar una novela, cuando algunas de ellas no se ajustan por entero a los cánones marcados, ni al estereotipo puro que representa a ese género, como pienso que le ocurre, al menos, a estas dos primeras entregas de esta Trilogía del Mal: “La caricia de Tánatos” y “El poder de la Sombra”. He leído críticas o reseñas (en general) que dedican parte de sus líneas a discutir si una obra es novela negra, thriller, policíaca o a saber qué, y hasta qué punto se aparta de las normas establecidas, llegando a valorar negativamente ese probable desajuste (tal vez más por un incumplimiento de sus expectativas que por otra cuestión). A mí, sin embargo, eso es lo que me gusta, la innovación, la mezcolanza de elementos, el hecho de poner sobre el tablero tramas –y formas de desarrollarlas- que pongan en jaque a distintos géneros o subgéneros haciendo de ellos un cóctel perfecto que pueda aportar algo nuevo a lo que ya existe, porque esa es la forma de hacer que la literatura no se estanque, que evolucione de la mano de sus creadores. Lo que a mí me interesa es la novela en sí, y me da exactamente igual si está dentro de un grupo como desterrada. Ya hay quien ha inventado un nombre para el nuevo subgénero que podría acoger a esta trilogía: “Domestic Noir”. Porque parece que sin familia una novela queda huérfana, apostada en el aire y en tierra de nadie, como si careciera de identidad, olvidando que puede tener perfectamente una identidad propia basada en su propio nombre, el que lleva por título, sin necesitar más. “La caricia de Tánatos” ya tenía esa identidad y “El poder de la Sombra” la ostenta con creces, y deberíamos acercarnos a leerla basándonos en su propia sinopsis, en la garantía de quien la ha escrito o en los comentarios de lectores afines a nosotros sin importarnos la familia a la que pertenece o si ni siquiera la tiene.
   Pero bueno, dejemos las divagaciones y centrémonos en lo que estamos. 
  “El poder de la sombra” es una novela adictiva, es lo primero que se me viene a la mente. Y lo es, no solo por la agilidad narrativa de María José Moreno, sino por sus pequeños giros, incontables y muy frecuentes a lo largo de toda la trama, así como por el aporte continuado de nueva información, de la entrada en juego de nuevos elementos. Nos mantiene en vilo de principio a fin. Y nos lleva a participar activamente en la investigación psicológica y psiquiátrica que en ella se desarrolla para intentar anticipar lo que pueda haber pasado, dándonos con un palmo de narices a cada pocas páginas para terminar finalmente bajando los brazos, desconcertados y sin saber qué pensar, porque la historia está tan bien hilada y tan bien tramada que no parece que haya salida aparente a lo se nos va contando. Pero en realidad, sí que la hay. E impactante, además.
   Tal y como se expone en la sinopsis, Mercedes Lozano y Miguel Vergara (psicóloga y psiquiatra, respectivamente) vuelven a aparecer en esta segunda entrega, como ya era de esperar, y lo hacen para adentrarse en la mente de Rosa María Luque, acusada de asesinato, y poder aportar así algo de luz de cara a su defensa en el juicio que se avecina. Nos encontramos pues con una investigación por asesinato que, en esta ocasión, no va de la mano del policía de turno ni del detective privado, sino de dos profesionales de la psique humana que tratarán de encontrar las pruebas definitivas en la mente de la acusada, haciendo que sea lo psicológico –nuevamente- uno de los mayores sellos de identidad de la historia; aquí tengo que decir que la manera en que esa información va saliendo a la luz me parece además uno de los grandes atractivos y aciertos de la novela, no podemos obviar que hay que manejar mucha documentación de base para dotar de tanta verosimilitud, realismo y profundidad tanto a los personajes como a los hechos que se van relatando a lo largo de la trama. Admiro a María José Moreno por ello, por ese manejo magistral de los entresijos mentales, porque lo borda; aunque claro, ella no necesita documentarse al ser una especie de wikipedia psiquiátrica ambulante, lo cual le permite afinar hasta el máximo detalle en la creación de estos perfiles sin temor a equivocarse :)
   Pero como decía antes, “El poder de la Sombra” no se limita a la investigación de un caso de asesinato, sino que desarrolla además, de forma paralela, varios hilos argumentales que dotan de historia personal hasta a los personajes secundarios, muy bien perfilados; se permite mantener una especie de relación amorosa, con sus naturales altibajos, entre sus protagonistas; saca de nuevo a la palestra la sombra de ese mal por excelencia que tuvo su protagonismo máximo en “La caricia de Tánatos” y que sigue amenazante en esta entrega; y también se permite tirar de reflexión, poner pinceladas profundas en boca de sus personajes y al hilo de lo que va ocurriendo.
   Esta segunda parte de la trilogía vuelve a estar escrita en primera persona, lo que nos acerca aún más a Mercedes Lozano haciéndonos vivir muy de cerca lo que ve y lo que siente, hasta apreciarlo muchas veces en propia piel por ese cariz humano con virtudes y defectos que nos hace empatizar con ella percibiéndola como muy real. Y respecto al final, queda cerrado en cuanto a la trama principal, pero alguno de los hilos argumentales secundarios quedan abiertos al desenlace último, que nos vendrá de la mano de una tercera entrega que yo, desde luego, no me pienso perder.
   “El poder de la sombra” está por encima de la catalogación de novela negra, de thriller psicológico, de historia intimista, incluso del recién nacido subgénero “Domestic Noir”. Quedémonos con todo y con los abusos sexuales en la infancia como base para sustentar la trama. Aunado en más de trescientas páginas escritas con un estilo narrativo sencillo, cuidado, trepidante y lleno de suspense, el estilo narrativo propio de una escritora que seguirá dando que hablar. Y no me cabe la menor duda de que cada vez más.



 

22 oct 2015

"PROMESAS DE ARENA" de LAURA GARZÓN.


SINOPSIS
Sólo el amor y la tolerancia pueden trazar rutas entre la violencia, la desolación y el odio. 
Lucía acaba de terminar su carrera y viaja a Palestina como cooperante de una ONG. Está llena de ilusiones, de buenos propósitos, pero lo que encuentran en los Campos de refugiados rompe todas sus ideas preconcebidas. Las carencias rozan el límite de la supervivencia y nadie les espera, ni espera nada de ellos. En los campos de refugiados no sólo hay intereses altruistas, las facciones político-religiosas mantienen una lucha de poder constante entre sí y contra su enemigo Israel y por extensión Occidente.

Lucía se encontrará con los dos polos humanos que imperan en los Campos: quiénes lo dan todo, como Fathia y Hamid; y con el Halcón, un palestino de padre inglés, educado en diferentes países, y con un magnetismo y atractivo que subyuga perdidamente a la joven cooperante. Descubrir quién es este hombre en realidad le va a costar muy caro a Lucía. Su pasión le alcanzará la gloria y la arrastrara al abismo.



   No he podido esperar para contar mis impresiones.  Hay quienes prefieren dejar reposar las historias para comentarlas con cierta distancia y algo más de temple; pero a mí me gusta plasmar mi opinión de una forma visceral, con las emociones que la novela me ha suscitado burbujeando en mi cuerpo aún. Porque las lecturas que te hacen sentir así lo merecen, merecen que se haga de ellas una radiografía de lo contienen pero también de lo que transmiten —que no siempre es lo mismo—, y de cómo lo transmiten, de lo que con ello evocan. Son emociones, a veces,  que consiguen auparte a una nube y dejarte absorta subida en ella, con los pensamientos revoloteando en torno a los personajes y a la historia que han vivido, a los porqués de la trama…, emociones que, por suerte o por desgracia, van menguando de intensidad a medida que pasa el tiempo, resultando mucho más difícil volver a evocarlas después para hablar de la novela con el grado de excitación que te ha provocado inicialmente.
   Me traje Promesas de arena, dedicado y firmado por Laura Garzón, de la presentación que hizo en Córdoba el pasado viernes. Y si bien fue una compra convencida, más convencida aún de leerla salí de allí, tal vez porque, de todo lo que su autora dijo, lo que más me llegó fue ese cierto paralelismo que encontré entre "Promesas de arena" y mi propia novela ("¿A qué llamas tú amor?") en cuanto a la relación pasional, arriesgada y descerebrada de sus protagonistas y a la defensa que Laura Garzón hizo de la figura de la mujer en una relación amorosa,  antagónica al estereotipo mostrado por muchas de las novelas romántico-eróticas actuales  en las que la sumisión acompañada de una patente falta de dignidad parecen ser la tónica más habitual, defensa que comparto plenamente y que también resulta ser, en parte, objeto de mi propia obra. La empatía con Laura en estos dos planteamientos "literarios" despertaron muchísimo mi curiosidad, aunque ambas novelas sean por supuesto distintas. Y no me equivoqué al leerla aventurando que me gustaría. A pesar de mi escasez de tiempo, me ha durado dos sentadas. Y tengo que decir que me ha encantado.
   Promesas de arena es, fundamentalmente, una historia de amor pasional, de ese amor que te posee, que te arrebata, que te desgarra por dentro, que pone en jaque al corazón en pugna con la razón sin que sepamos de antemano cuál de ellos terminará imponiéndose al final. Tal y como dijo Laura en la presentación, es una relación al límite en una situación límite, en pleno conflicto palestino en la franja de Gaza, y protagonizada por Lucía, una occidental que decide trasladarse para trabajar de voluntaria en un hospital de la ONU  y Haydam, más conocido como el Halcón, un palestino de padre inglés, con ojos azules, arrogante, seguro de sí mismo y embaucador al que Lucía no puede resistirse. Pero no todo se reduce al amor entre ambos, a ese amor pasional entre dos personajes muy reales y perfectamente perfilados en físico, carácter, manera de ser y de actuar. El amor sobrevuela la novela con matices distintos mostrándonos las demás acepciones que tan grande lo hacen: el amor filial, el amor capaz de establecer férreos lazos de amistad desinteresada, el amor altruista hacia los más necesitados, el amor “social”, que crea un vínculo con quienes poseen los mismos orígenes, las mismas costumbres, la misma forma de entender la vida y de vivirla, hasta el punto de defenderse mutuamente de las agresiones externas. Y consigue mostrarlo con total realismo amparándose en unos personajes secundarios que casi compiten en protagonismo con los principales, como es el caso de Fathia, o con vital importancia para el desarrollo de la trama como Jasón o Hamyd, muy bien perfilados y construidos.
   Pero como en toda novela que se precie —o que yo aprecie—, no todo se centra en los personajes; el marco, el escenario en el que se desarrolla la historia también cobra relevancia. Laura Garzón nos muestra una estampa fiel, no del conflicto palestino en general (que es el que conocemos a través de los noticiarios), sino del día a día vivido por sus gentes en el seno del conflicto, de su sentir, de su forma de entenderlo y de sus necesidades, tan alejadas de las nuestras. Nos permite contrastar ambas culturas sin poner ningún aspecto en tela de juicio, lo cual es meritorio considerando que la novela está narrada en primera persona y que es la propia Lucía, una occidental, quien nos la cuenta.
   Juega su autora con el pasado y con el presente, alternativamente. No nos narra lo que sucede de una forma secuencial, sino dando saltos en el tiempo y desvelando poco a poco ciertos detalles que nos hacen detener la lectura ante la sorpresa y que, a la vez, mantienen la intriga por conocer el porqué de otras muchas cosas. Hasta el final. Y lo hace con una buena prosa, concisa y directa a veces,  cuidada y elegante en general, hasta poética en algunos pasajes, pero sin perder la naturalidad, el lenguaje espontáneo y la terminología propia de la mujer joven que narra todo cuanto ocurre. Incluso se permite la licencia de alternar puntualmente esa narración en boca de Lucía con una narración en segunda persona —dirigida a Haydam, como si le hablara— sin que eso nos descoloque en modo alguno, evocando esa especie de diario escrito en el que a veces, y sin poderlo evitar, se cruzan imágenes que secuestran nuestra mente y la obligan a conversar con esa persona  a la que sentimos la necesidad de decir, advertir o confesar algo que a su vez queremos recordar.
   Engancha. “Promesas de arena” engancha, por el fondo y por la forma. El único “pero” que puedo ponerle es que se me ha quedado corta. Yo quería más. Pero no más historia —que tampoco estaría mal—, ni más explicaciones —no son necesarias, no quedan dudas— sino un poco más de profundidad, algo más de extensión en determinados episodios con los que estoy segura de que habríamos disfrutado muchísimo, degustando aún más sus detalles, la intensidad de las emociones, esa tensión narrativa tan eficaz en situaciones de cierto suspense, tanto a lo largo de la historia como en su final, un final, por cierto, real, perfecto para mí, muy coherente con la personalidad con la que Laura Garzón ha dotado a la protagonista. No sé si interpretar este “pero” como algo negativo o no. Porque si después de casi doscientas páginas de novela el lector se queda con ganas de más… por algo será ;)

   ¿La recomiendo? Por supuesto.

   Felicidades, Laura Garzón. Ha sido un placer leerla y un placer haber podido conocerte personalmente.



19 oct 2015

"EN TIERRA DE FUEGO" de MAYELEN FOULER

SINOPSIS:

Barcelona, otoño de 1943. Cuando Rosa Sarlé llega a la casa de sus padres poco puede imaginar que se encontraría con Frank Bennet-Jones, rico estanciero inglés afincado en la Patagonia argentina. El viudo de su hermana Anna. Tras ese encuentro, Rosa relee las cartas en las que Anna le relataba su apasionada historia de amor con Frank.
A Frank el reencuentro con Rosa lo altera a su pesar. Sin embargo, un hecho inesperado le lleva a casarse con ella y a llevársela a Argentina, aun a riesgo de que Rosa descubra el secreto sobre la muerte de Anna.
En El Calafate, Rosa conoce a Armando Guzmán de Guevara. Entre los dos nace una fuerte atracción y él le revelará el secreto que esconden las cartas de su hermana.
Rosa se verá atrapada en medio de la rivalidad de los dos hombres. Tendrá la oportunidad de vivir la aventura que siempre deseó, conocerá la pasión… pero tendrá que elegir entre Frank y Armando.



   El género romántico. Ese vástago de la literatura tan ampliamente criticado por muchos de quienes dicen leer solo "buenas" novelas, tan degradado a veces por su aparente falta de calidad literaria que arrastra con ello a quienes lo leen, tachándolos de forma generalizada de poco exigentes, de superficiales, de idealistas o de alimentarse de sueños utópicos hasta límites insospechados, resultando paradójico que, a pesar de tales afrentas, sea un género en auge, que goza de una salud excelente y que, a nivel comercial, alcanza cotas de ventas muy superiores a la de otros géneros de mayor -aparentemente- "relevancia literaria". Una vez más, ¡qué injustas son las etiquetas cuando generalizan!

   Cada vez parecen ser menos las novelas de "raza pura", las que se ajustan al estereotipo o a los cánones de un único género literario sin caer en las mezclas. Yo estoy de suerte, porque a mí personalmente las mezclas me encantan, no solo por la originalidad que pueden aportar a la obra, sino porque creo que es una buena forma de enriquecerla si se acierta al trazar su estructura y su argumento de forma interesante y atrayente, si se sabe intercalar con acierto unos y otros elementos. Y eso es lo que hace Mayelen Fouler en En tierra de fuego
   No me atrae la romántica rosa, lo reconozco, me superan las historias con personajes planos, relaciones idílicas e idealizadas que rayan lo irreal y que, normalmente, suelen evolucionar de forma similar, con algunas variantes en la forma, pero pocas en el fondo; historias centradas casi de manera exclusiva en el amor, normalmente pasional, entre los protagonistas como si no existiera en sus vidas nada más, y en muchos casos incluso con carencia de una ambientación espacio-temporal adecuadas. Tal vez por ello me ha sorprendido muy gratamente encontrar una novela de corte romántico con bastante más pretensiones que estas que acabo de mencionar.
   En tierra de fuego me ha gustado. Mayelen Fouler ambienta la novela en la España y en la Argentina de los años cuarenta, en plena Segunda Guerra Mundial. Pero no se limita a mencionarla, crea de fondo una interesante trama política y de espionaje que da soporte a la historia y que demuestra la gran labor de documentación que su autora ha debido llevar a cabo para poder desarrollarla con solvencia, enriqueciendo sin lugar a dudas la historia. Es más, me atrevería a decir que el despliegue de datos y la documentación manejada perfectamente podría haberle servido para construir, profundizando poco más, una trama de intriga que podría haberse convertido en una novela histórica, porque si bien desde la mitad hasta el final la parte "amorosa" cobra mayor protagonismo, no es tanto así en su primera mitad. 
   Un segundo elemento que yo considero de relevancia es la ambientación. Mayelen Fouler nos ofrece una buena estampa de la España franquista y de los entresijos de sus mandatarios ante Hitler y los aliados, pero mejor aún es la estampa que recrea de la Argentina de la época, de la Patagonia, de sus paisajes, de sus gentes, de su forma de vida, de sus costumbres, de su manera de pensar e incluso de su forma de hablar, a la que intenta ser fiel utilizando la terminología y el argot propio del español de aquel país. Consigue trasladarnos hasta allí, lo cual no resulta fácil si no es con otra buena dosis de documentación previa que sirve de base a la recreación de la historia. 
   Me falta hablar de esa parte romántica, de esa historia de amor que justifica el género en el que ha sido catalogada. Y no puedo decir que sea "rosa", empalagosa o típícamente pasional, sin más. Es una historia a tres bandas, una mujer entre dos hombres que también escapa al tópico del triángulo amoroso sustentado por una infidelidad; ni siquiera se acerca de pleno a esa manida tesitura entre el amor profundo y el amor carnal que podemos encontrar en muchas otras obras enmarcadas, sobre todo, en el subgénero romántico-erótico. Yo me atrevería a catalogar esta relación como una consecuencia de los propios conflictos de Rosa, la protagonista, que se deja llevar alternativamente por la idolatría de lo deseado y no vivido (lo cual suele despertar pasiones cuando existe sobre todo atracción física) y del amor profundo y mejor conocido que no resulta ser lo que parecía ser. ¿O sí? Y es que otro de los alicientes de la novela son los secretos de familia que Rosa va descubriendo con el paso del tiempo y que la llevan a dudar de todo y de todos, provocando en nosotros la intriga necesaria por saber qué habrá ocurrido realmente en el pasado y lo que ocurrirá después.

   Amor, pasión, conflicto, intriga..., insertados en una época y un entorno perfectamente documentados que sirven como telón de fondo a la historia, pero tomando partido en ella, no como simple atrezzo. Es, "En tierra de fuego", una novela que escapa de esa etiqueta prejuiciosa con que suele catalogarse a la romántica en general, porque ofrece mucho más, aunque su historia de amor sea el elemento más significativo de la misma. No he leído todas la demás novelas presentadas al concurso de Harlequín, por supuesto, pero creo que "En tierra de fuego" es muy digna de ese primer III Premio Digital HQÑ con el que se alzó a primeros de este año 2015.

   Felicidades, Mayelen! 
   Y felicidades a Harlequín Ibérica por elevar el nivel de calidad de la romántica!

   Y para terminar, como homenaje a Rosa y a esa tierra argentina en la que vivió, os dejo a ritmo de tango, el baile pasional y erótico por excelencia.




5 ago 2015

"MARAFARIÑA" de MIRIAM BEIZANA VIGO.


SINOPSIS

Marafariña es un lugar infinito que no termina nunca, pues jamás ha tenido inicio. Es un trocito de paraíso terrenal, un bosque de un intenso color verde vivo, un cielo gris y lluvioso, o una tierra eternamente humedecida de la que brota vida de manera incansable. Es un claro brillante y hermoso, secreto y solitario. Es un río que emite un tintineo hipnotizante y fresco. Es una playa anhelante de la unión entre la arena y el mortal Océano Atlántico. Es, también, una Iglesia abandonada sin Dios. Una tarde soleada, pero dominada por el intenso frío. Es una hoguera que quiere penetrar en la noche. Es la oscuridad más pura, y es también la luz más brillante.
Marafariña es un sentimiento, una sensación, unas raíces, una manera de darle sentido a la existencia, o de quitárselo de la misma forma. Es una fuerza atrapante, musical, fuerte e invencible.
Marafariña es un regalo de una Galicia con esencia propia, con su propia alma y su propio espíritu. Marafariña es una aldea que carece de ataduras a su alrededor. Que no necesita a nadie, que tiene un corazón que late por sí solo, que está fuera del mundo real, que está fuera de todo lo conocido. Porque Marafariña es un paraíso desconocido.
Ruth siente un vínculo especial, esotérico, con Marafariña. Su propio corazón, su latido, es inherente al propio pulso de una Marafariña que la ha acompañado siempre, en cualquier faceta de su vida. Apenas ha necesitado nada más para sobreponerse a su compleja situación personal: toda su existencia está sometida a unas poderosas y restrictivas creencias impuestas por sus padres, a raíz del fallecimiento de su hermano mayor. Enfrascada en una vorágine de obligaciones, siguiendo el camino estipulado sin replantearse ninguna de sus pautas, sobrevive enfriando sus sentimientos y anulado sus deseos o su curiosidad.
Sin embargo, la llegada de Olga a la solitaria aldea parece desbarajustar el equilibro y la paz de Marafariña y de la propia Ruth, como si repentinamente, la inmutabilidad de la Naturaleza del lugar y de la muchacha se resquebrajasen como las otoñales hojas secas. A partir de entonces, el virginal bosque de emociones en el que vivía Ruth, se ve surcado por millones de nuevos caminos, nuevas posibilidades y nuevos sentimientos, que le provocan un doloroso, a la par que hermoso, despertar personal. 
***

   "Vive y deja vivir".
   Este lema, esta consigna debería estar presente en la mente de todos nosotros, y deberíamos llevarla a la práctica con rigor, hasta con vehemencia, diría yo. Pero somos demasiado dados a cuestionar, criticar y censurar todo aquello que se aleja de nuestros cánones, de nuestra forma de entender cada aspecto de la vida y de esta sociedad que nos ha tocado vivir, o sufrir, según se mire. Tenemos una propensión exacerbada, además, a dictar normas por las que regirse, numerosas y complicadas, cuando yo soy de la opinión de que la simplicidad puede resultar más efectiva para la convivencia, siempre y cuando podamos sustentar esas simples directrices sobre dos bases que a mí me parecen también fundamentales -y que lamentablemente no siempre están presentes-: el respeto (hacia uno mismo y hacia los demás) y la buena fe.
   Sé que habrá quien apunte que no se puede formar parte de una colectividad haciendo cada uno lo que le dé la real gana. Y en parte lleva razón. Pero hay que buscar el equilibrio, necesario, para que esa colectividad y las normas que la regulan no menoscabe nuestra libertad personal, de acción, de pensamiento, de opinión, de actuación según nuestra propia forma de sentir y de entender lo que acontece a nuestro alrededor; sobre todo porque no existen las verdades ni las razones absolutas. Jamás deberíamos permitirnos perder la individualidad en favor de esa masa social, política, religiosa o hasta vecinal en la que nos integramos. No somos borregos. Somos personas. Y tenemos derecho a caminar por la vida siendo fieles a nosotros mismos y a nuestras propias convicciones sin sufrir por ello la carga de la recriminación, la discriminación, el acoso o la censura.
   Cuando decidí leer "Marafariña" no sabía lo que iba a encontrar, a parte de ese vergel gallego que ya aparece en portada y del que algo había leído en la red. Ahora me alegro muchísimo de que así haya sido, porque me ha permitido adentrarme en la historia con la mente en blanco, sin apostar -de manera inconsciente- mis propias convicciones con respecto a los temas de fondo que en ella se tratan y, por tanto, sin condicionamiento alguno. Y he de decir que me ha sorprendido, muy gratamente, por varias razones que paso a exponer.
   Miriam Beizana ha sido muy valiente sacando a la palestra cuestiones como la religión y la homosexualidad para que formen parte de la trama de esta novela. Tal vez diréis que son aspectos que ya han ocupado las páginas de muchas novelas sin que nadie se rasgue las vestiduras por ello, pero es que hay ciertos matices que me gustaría destacar y que pueden justificar lo que afirmo. El primero y fundamental es que hablamos del mundo y de la vida religiosa protagonizados por los Testigos de Jehová, congregación sectaria, rígida y encorsetada en la que está integrada Ruth, una de sus protagonistas. Y no son precisamente halagos hacia sus prácticas y creencias lo que les llueve a lo largo de sus páginas. Segundo, las relaciones homosexuales, desgraciadamente, aún siguen provocando la repulsa y el rechazo de un buen número de hombres y mujeres. Admitimos que existan, pero no nos sentimos demasiado a gusto siendo testigos de sus encuentros, asistiendo a los detalles de sus acercamientos íntimos (y no hablo por mí, por supuesto). Y tercero (y aquí me voy a mojar y que me lo rebata quien no esté de acuerdo, lo acepto): cuando son escritores consagrados los que sacan punta al lápiz y se permiten decir cuatro verdades a viva voz, se les suele aplaudir, se suele halagar su carencia de pelos en la lengua, incluso se alude a su sensibilidad, a ese plano espiritual, filosófico y superior en el que parecen vivir y que les permite dar clases de moralidad sin ser censurados por ello. Pero no suelen correr esta suerte los escritores noveles, autoeditados para mis inri; a estos, más de una vez, les llueven las tortas por "polémicos", por querer "vender" jugando con el morbo y la controversia. Si añadimos además que parte de esta historia es biográfica, la valentía de su autora se triplica, porque puedo imaginar que Miriam Beizana se ha quedado algo desnuda y sin el parapeto de la ficción para defenderse de ese entorno que intuyo no habrá visto con buenos ojos muchos de los párrafos que ha escrito, a pesar de estar cargados de razón. Ojalá me equivoque.
   "Marafariña" es, ante todo, una novela de sentimientos. Es un canto al AMOR, en su más pura esencia, sin que importe la forma y entre quienes se expresa. Es una historia preciosa protagonizada por dos adolescentes, Ruth y Olga, en la que Miriam Beizana da rienda suelta y expresa todo ese maremoto de emociones que ruge, como las entrañas de un volcán, cuando el amor se siente dentro, aferrado al corazón con uñas y dientes, sin posibilidad de luchar contra él, sin atender a raciocinio alguno. Asistimos al verdadero despertar sexual de Ruth, contrario a la "tendencia natural", haciéndonos ver que no podemos elegir lo que sentir ni hacia quién, que no existen normas que valgan ni doctrinas morales o religiosas capaces de orientarnos en la dirección equivocada para nuestro propio ser. Y somos testigos, a lo largo de la historia, de lo que el corazón es capaz de remover, de la fuerza que es capaz de desplegar para luchar contra todo y contra todos, y del peso de la edad jugando a favor o en contra de todo ello.  
   A lo largo de sus páginas he podido palpar sus paisajes, aspirar sus aromas, apreciar en toda su intensidad ese entorno mágico en el que se desarrolla la historia y que da título a la novela. Y he circulado por todo un camino de sentimientos con emociones distintas en cada curva: he sonreído, me he emocionado, he deseado intensamente que sus vidas cambiaran, que ese entorno les brindara la oportunidad de ser felices...; y he lamentado, me he cabreado y me he indignado al ver cómo, de forma impune, puede arrebatársele a una persona su libertad, su capacidad de decisión, su derecho a ser feliz en nombre de unos dogmas impuestos por el fanatismo de la religión.
   Felicito a Miriam Beizana.
   Porque, en el aspecto religioso de la novela, ha sabido recrear la historia bailando en los límites de la libertad de expresión, de su forma de pensar, y el respeto debido a quienes creen en ella y la practican, cosa nada fácil de conseguir.
   Porque ha hecho que la relación entre Ruth y Olga luzca preciosa, incluso en sus encuentros sexuales, detallados con dulzura, con elegancia, con suma sensibilidad, y con un mensaje subliminal subyacente en ellos de principio a fin: amor en estado puro.
   Y por último la felicito por su narrativa, cuidada, agradable de leer, poética en muchos pasajes.
   "Marafariña" es una novela para leer sin prisa, a ritmo pausado. Una novela intimista por excelencia en la que su autora se explaya describiendo los paisajes y, ante todo, los sentimientos de sus personajes principales con todo lujo de detalle, casi al milímetro, como si a lo largo de todas sus páginas hubiera imperado una necesidad extrema de hacernos comprender, empatizar con Ruth y Olga, vestirnos al completo con su piel para vivir, sentir y sufrir con todo lo que les acontece y dentro de esa atmósfera religiosa que las envuelve, y aceptarlas en toda su integridad.
   A mí me han ganado.  


Lecturas 2018.

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