Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas

18 ene 2020

MICRORRELATO: «AHORA SÍ QUE SÉ LEER»


   Aprendí a leer contigo. Para mí, las líneas de cualquier libro eran una sucesión de palabras sin sentido, un cúmulo de frases desprovistas de significado. Aún recuerdo tu mirada al escucharme, boquiabierto, extrañado. «Quizás erraste al elegir la historia», recuerdo que me dijiste, «quizás esta no es capaz de llegarte al corazón». Y es que el mío estaba cerrado. Como estaban mis ojos ciegos, mis oídos sordos, mi boca muda… y mi alma rota.

    Aprendí a leer contigo cuando al sentarte a mi lado me tomaste de la mano y sentí el roce de tu piel, el calor de tus pupilas, la candidez de tu voz y un abrazo que jamás nadie me había dado. Despertaste en mí el amor y, con él, la confianza en el mundo que en mi infancia se extravió. Aprendí a mirar contigo, contigo supe lo que es comprender. Porque solo se comprende con el corazón abierto, como una extensión del querer.

    Ahora me adentro de nuevo en la historia y, al pasear por las letras, cambia mi entonación. Los protagonistas me hablan y soy capaz de vivir sus vidas, de entender sus sentimientos, de reír y hasta llorar emocionada. Descubro que las frases no son un camino llano, sino una montaña rusa a la que he subido y en la que el vértigo me pellizca, el aire me sacude la cara y los designios de cuanto ocurre me causan preocupación.

    Ahora todo adquiere un significado. Porque no pueden vivirse otras vidas si una está muerta, o entenderse un sentimiento cuando jamás se conoció una emoción.

    Tú me abriste el corazón.

    Y ahora sí que sé leer.
 © Pilar Muñoz Álamo - 2020
Fuente de la imagen: Pixabay.com

13 jun 2016

YA NO DISFRUTO TANTO CUANDO LEO.



   Ya no disfruto tanto cuando leo, aunque tal vez debiera decir "siempre que leo", porque paradójicamente, leer cada vez me gusta más. Esta es la conclusión a la que llegué (o llegamos, porque no era yo sola) tras una conversación de libros, novelas y arte literario en general. Y deduje rápido el porqué, no fue necesario que lo meditara en exceso.
   A la mente se me vinieron varias imágenes; por ejemplo, la de aquel que buscando muebles para su casa hace una ruta por Ikea tras haber pasado previamente por la tienda de ebanistas de su pueblo. Y no, no os adelantéis que no voy a volver a la carga con la controversia de la calidad literaria y las ventas que llevan o no aparejadas, de eso ya hemos hablado hasta la saciedad. Voy al hecho de que un mueble y otro serán analizados de forma distinta en función del grado de conocimiento del oficio que se pueda tener. Una profana en la materia, como yo, se dejará llevar, probablemente, por su aspecto externo, por su estética (medida según mis propios y subjetivos cánones de belleza), por su utilidad, su funcionalidad y su precio; un carpintero o un ebanista (incluso yo si me apuntara a un taller para aprender el oficio) analizaría también, muy probablemente, la simplicidad de sus líneas o, por el contrario, el trabajo oculto en sus patas torneadas y en las tallas de las volutas que lo adornan, el entrelazado de sus cajones, el tipo de barnizado o la madera maciza empleada en un caso versus DM prensado en el otro, aspectos que al primero le podrían pasar por completo desapercibidas por mero desconocimiento del oficio. Eso no implica que por saber más ya no pueda gustar o convencer el primero, ¡ojo!, sino que es más probable que uno sea consciente de sus carencias y que, a la vez, le resulte más complicado menospreciar alegremente el segundo (aunque no sea atractivo) al haber podido apreciar el esfuerzo y los conocimientos necesarios para su construcción. Y en esas estoy yo.
   Siempre he sabido de la subjetividad que hay en la recomendación de una obra y en la valoración personal de la misma ("para gustos... colores", como suele decirse). Y en parte, esto es algo que enriquece a la literatura: el hecho de que una misma obra se convierta en una novela diferente en función de quien la lee y de lo que cada cual es capaz de extraer o interpretar a partir de lo que se ha escrito. Pero ahora soy consciente de que ese grado de subjetividad es aún mayor de lo que pensaba, porque no todos analizamos en ella los mismos elementos, y por ende, no los valoramos igual. Y esto es algo que incluso he podido apreciar en mí misma a lo largo del tiempo. Antes solo "percibía" la historia y lo que esta era capaz de removerme por dentro; ahora no puedo evitar el análisis de la forma en que está contada, de cómo está estructurada la trama, de cómo el autor maneja y dosifica la información, del tipo de voz narrativa utilizada, del tiempo verbal, de la forma en que se crea intriga o suspense, de la profundidad de sus personajes, de la construcción de sus diálogos, de la documentación previa que le sirve de soporte, de la ambientación, de la capacidad para hacer las descripciones justas, de su grado de verosimilitud, de la calidad de su narrativa..., así como el grado de complejidad de cada uno de esos aspectos. Es decir, ahora valoro fondo y forma, y convencerme resulta por tanto mucho más difícil, porque hay que tener mucho oficio para que todo ese compendio resulte del todo óptimo. Pero, por otro lado, al llegar a este punto tampoco me creo con la suficiente autoridad como para menospreciar una obra alegremente, porque soy mucho más capaz de apreciar la dificultad que puede haber tras una estructura argumental aparentemente fácil; la perfecta evolución de un personaje que, precisamente por estar bien construida, pasa desapercibida; la complejidad en el manejo y dosificación de la información para mantener intriga; la recreación de escenarios "visuales"; o una prosa que transmita, porque hay narrativas formalmente correctas y hasta ejemplares que, sin embargo, son frías como témpanos de hielo.
   A medida que voy aprendiendo más del arte de escribir y novelar, más difícil resulta que una obra me llene. Pero a la vez menos me atrevo a juzgarla de cara a los demás. Y ya no solo por lo que he referido antes, sino también por nuestra propia variabilidad. He sido consciente de que podría incurrir (o haber incurrido) en el mismo error que ya he podido apreciar en las opiniones de otros lectores, y que no es otro que su propia incoherencia a la hora de tener o no en cuenta determinados elementos en su valoración de las obras. Raya el colmo de la subjetividad que factores que han servido para minusvalorar una novela hayan pasado sin embargo desapercibidos (o no hayan sido tenidos en cuenta) a la hora de valorar otras. Da igual el porqué. Da igual si se debe a que otros aspectos altamente positivos han eclipsado estos detalles, si la calidad narrativa nos ha atrapado hasta el punto de no percibirlos, si el respeto o la admiración sentida por el autor nos impulsa (tal vez de manera inconsciente) a hacer especiales concesiones, si nos influyen en exceso las expectativas previas o la opinión de los demás... Da igual. La cuestión es que si nosotros mismos, a la hora de analizar y valorar, no somos fieles a nuestros propios criterios, a ver con qué rigor o credibilidad podemos recomendarla o dejar de hacerlo.
   Han sido varios los descalabros que me he llevado últimamente. Y cuando hablo de descalabros me refiero a discrepar de las críticas leídas, para bien o para mal. Obras catalogadas como "novelón" me han decepcionado soberanamente por este otro tipo de aspectos que he enumerado antes, incluso por (bastantes) detalles de la propia trama o historia que se cuenta. En cambio otras, declaradas "infumables" por muchos lectores, a mí me han mostrado aspectos literarios que solo los buenos escritores son capaces de manejar. Y sigo prefiriendo una historia mediocre bien contada y estructurada -o de forma original- a una gran historia formalmente mediocre, al contrario de las preferencias de muchos otros.


   Concluyendo:
   Primero. Antes disfrutaba más con cualquier lectura por aquello de que "ojos que no ven, corazón que no siente".
   Segundo. Es tal la subjetividad a la hora de poner estrellas a una obra literaria que cada vez me dejo llevar menos por las opiniones ajenas; ya tan solo me dejo arrastrar por quienes sé de primera mano que valoran los mismos aspectos de fondo y de forma que yo, para bien o para mal.
  Y tercero. Mientras más cosas aprendo de este oficio de escribir y de novelar (y mira que todavía me falta una infinidad), menos me atrevo a opinar de forma pública, porque he aprendido que muchos aspectos que deberían tenerse en cuenta a la hora de hacerlo no dependen de "impresiones" (tan variables como relativas), ni de juicios propios con una -a veces- exagerada impronta personal, sino de conocimientos.






19 ene 2015

MES TEMÁTICO DEL AMOR en el blog LIBROS QUE HAY QUE LEER

   El mes de febrero es el mes del amor, San Valentín se encarga de hacer honor a ello celebrando su onomástica el día 14, sacando a la palestra un sentimiento tan bonito como espinoso a veces, que aunque puede latir dentro de nosotros de continuo, merece un reconocimiento especial como tantas otras cosas dignas de celebrar. Sí..., vale..., ya lo sé, que cualquier día es bueno para celebrarlo, para confesar tu amor a la persona que amas, para tener un detalle hacia ella que selle esa emoción tan intensa..., ¡que el Día de los enamorados es un invento de El Corte Inglés! :) Pero hay quienes desean rendirle un homenaje especial de forma unánime en un momento concreto y no es cuestión de negárselo, ¿verdad?

   ¡¡Bueno, que me disperso!! Que el amor y la lectura se pueden conjugar a la perfección. Y como yo este año quiero seguir en contacto con las letras y preveo que tendrá que ser leídas, pues además de a mi Reto semi genérico, me he apuntado al Mes temático del amor organizado por Laky en su blog "Libros que hay que leer", y que consiste en leer y reseñar tantas novelas de amor como se pueda durante ese período de tiempo, pero nadie mejor que ella para explicároslo con detalle (pincha en el enlace).

   A mí no creo que me dé tiempo a leer y reseñar muchas, con suerte serán una o dos (porque mi propia novela -que ya la he leído- no creo que me dejen reseñarla, jaja). Pero me servirá de incentivo para seguir leyendo a buen ritmo y, además, para acercarme a otras historias de amor distintas a la que yo cuento, porque nunca está de más valorar otras perspectivas y otros enfoques en temas tan amplios y tan complejos como este.

  Espero que os animéis. Va a ser bonito, sin duda!!

  Aquí iré relacionando las que consiga leer. ¿Cuántos numeritos pongo?

  3?...









28 may 2013

EXPERIMENTO DE LECTURA: ¿UNA EMOCIÓN?


   Todo cambió radicalmente en mi vida. La imagen tétrica de mi amiga muerta, bañada en aquel charco de sangre espesa que como arma mortífera había manado de todas y cada una de las heridas de su cuerpo hasta evaporarle la vida, se había instalado en un primer plano de mi mente, proyectándose sobre mi retina sin permitirme ver nada más, tan solo a ella y al horror mil veces imaginado de lo que podrían haber sido sus últimos momentos. Aquel cuchillo infernal con el que fue asesinada sin ningún escrúpulo me provocaba un miedo irracional que me impedía conciliar el sueño, un miedo aderezado por el dolor punzante y la impotencia de saber que podría haberlo evitado, que podría haberla liberado de ese trágico destino de haber retrasado nuestra cita un par de horas. En la soledad de la noche, me parecía escuchar como un eco su lamento ensordecedor invocándome una y otra vez, solicitando auxilio con agonía y desesperación, percibiendo su aislamiento de cualquier protección posible, incluyendo la mía. Me sentía culpable, tremendamente culpable, y ese sentimiento que sobrecogía y atenazaba mi corazón me estaba matando. Pero no había marcha atrás, la había perdido. A ella, a mi amiga del alma. Ya no volvería a verla jamás. La opresión de mi conciencia y la pena desorbitada por haber sido amputada aquella parte transcendental de mí  me habían convertido en una sombra muda, levitando como un espectro perdido y desorientado, sintiéndome incapaz de soportar el dolor, de centrarme en cualquier otra cosa que no fuera su estampa, su sonrisa ida, su vitalidad muerta. Incapaz de abrir los ojos y vivir de nuevo en el mundo oscuro que me rodeaba y me apresaba sin dejarme respirar. Quería cerrar los ojos y dormir. Sólo dormir. Para siempre. Y nada más.

   Una noche, un somnífero efectivo me hizo adentrarme en un sueño reparador en el que la vi. Estaba preciosa, radiante, serena. Un halo de luz plateada, salpicada por destellos de un color azul celeste increíblemente bello la envolvía como a una diosa de mi Olimpo, aquél que yo siempre imaginé que existiría para acoger almas como la suya, limpia, pura, bondadosa. El roce sutil de su cuerpo inmaculado al acercarse a mí me hizo estremecer. Inspiré hasta la última mota de aire fresco endulzado con aroma de jazmín que inundó mi habitación, haciéndolo llegar hasta el más ínfimo recodo de mi cuerpo, revitalizado por aquella visión que nunca pensé poder disfrutar. La paz se apoderó de mí hasta hacerme sentir aletargada, sumida en el placer de un sosiego profundo que ella acunó con una sonrisa amplia capaz de curar los rasguños profundos trazados en mi alma. Y me hablaron sus ojos, soñadores, tranquilos, ocultos parcialmente por la caída leve de sus párpados que no restaban un ápice de brillo a sus pupilas, en las que pude leer su mensaje de aliento, su perdón expreso, su deseo ferviente de verme feliz, su mandato de continuar mi vida con optimismo, con esperanza, con la vitalidad con la que siempre perseguimos nuestros anhelos más preciados y que no deseaba bajo ningún concepto hacerme perder. Aún dormida, me incorporé en la cama con lágrimas en los ojos, dispuesta a tocarla para brindarle un abrazo de amistad sincera y de amor incondicional. Y ella me correspondió. Alargó su mano con lentitud, flotando en el aire como si volara, al igual que una pluma a la que una brisa ligera no permite tocar el suelo, ese espacio terrenal que ya no le pertenecía y al que no parecía querer volver. Me acarició el rostro y me devolvió la vida que se había marchado tras su estela tres meses atrás.  Mi corazón se expandió de nuevo, como un preso liberado de las cadenas que lo retienen. Y volvió a latir. Con fuerza. Con entusiasmo. Con esperanza.

   Desperté completamente, abrí los ojos de par en par y aprecié la calidez de los rayos del sol filtrándose por mi ventana, transmitiéndome su energía poderosa. Una sacudida vital me hizo reaccionar. Tenía que vestirme, maquillar mis mejillas deslucidas y salir a la calle a gritarle al viento que estaba viva, que deseaba seguir adelante sin miedo, que el único obstáculo que había levantado un muro ante mí acababa de esfumarse porque ella así me lo había hecho saber. Quería volver a conquistar el mundo. Con el recuerdo de María presente, pero sin que el mismo me atara a la cama como lo había estado haciendo hasta entonces.

   Llamé a Sergio para que me acompañara, era sábado, tenía el día libre y a mí me apetecía especialmente recorrer el campo en su compañía. Deseaba dar un paseo respirando aire puro, inmersa en los sonidos de la naturaleza para sentirme parte viva de ella, de lo mejor de este mundo que, inconcebiblemente, ahora me resultaba maravilloso. Y así lo hice. Me puse ropa ligera, me calcé unas zapatillas de deporte y me eché a la espalda una mochila pequeña con una botella de agua y un par de bocadillos para los dos. Nada más. No necesitaba nada más. El disfrute que pretendía obtener debía ser un alimento para el cuerpo exento de artilugios materiales que me hicieran perder conciencia de lo que me rodeaba. Nada de juegos. Nada de aparatos tecnológicos. Ni siquiera el móvil. Tan sólo Sergio, la naturaleza en estado vivo y yo. Tenía la profunda convicción de que no necesitaba nada más para abordar mi nueva etapa con el gozo renovado. 

   Sergio se quedó junto al coche, sacando las mochilas y cerciorándose de que todo estaba en orden antes de abandonarlo temporalmente en aquel ensanche del camino, y yo me adentré en el bosque impaciente por vivirlo, por tocarlo. El aroma a tierra, a raíces húmedas insertadas bajo los troncos robustos de los árboles con las que alimentarlos, el verdor de las hojas y la mecida de sus copas acariciando las nubes, dando cobijo a los pájaros de plumaje liviano y colorista, con sus trinares sonando en mis oídos cual música celestial, la caída salvaje del agua a través de las rocas redondeadas por la fuerza de una erosión constante, incansable, las ramas pequeñas de un débil follaje rozándome las piernas, provocando la reacción de mi piel ante lo que parecía el beso y el abrazo acogedor de la madre naturaleza me embargó de lleno absorbiéndome, atrayéndome hasta su seno en el que me recosté feliz, dejando caer mi cuerpo sobre la hojarasca mullida que me protegía de la dureza del terreno, observando el cielo que mantenía al oeste su intenso color azul tornándose plomizo de forma paulatina hasta alcanzar el este por el que el sol había nacido algunas horas antes.

   Un sonido extraño me hizo abrir los ojos de forma brusca e incorporarme hasta quedar sentada, provocando el revoloteo de dos pequeñas aves que apenas podían levantar el vuelo. Me había quedado dormida, no sabía por cuánto tiempo. Miré hacia arriba ante la ausencia de luz y vi al cielo completamente cubierto de nubes negras y densas, amenazando con descargar una tromba de agua sobre mí. Un trueno fuerte me sobresalto y algunas ramas secas crujieron bajo mis pies al levantarme. El murmullo de las hojas agitadas se mezclaba con los silbidos del aire. El trinar de los pájaros había cesado, no podía divisar ninguno, habrían corrido a ocultarse ante la amenaza de la tormenta inminente. Busqué a Sergio. No estaba. Caminé en círculos durante algunos minutos, tratando de hallar el lugar por el que había venido, pero no logré encontrarlo. Me había desorientado, por no decir que estaba perdida en aquel lugar que ahora comenzaba a resultarme extraño. Y amenazador.

   Escuché el sonido de algunas pisadas detrás de mí. “¿Sergio?” –pronuncié en voz alta-. Nadie contestó. Tal vez fuera alguna ardilla o algún otro animalejo raudo hacia su madriguera. Pero me asusté. Miré de nuevo a mi alrededor. Todo había perdido el brillo ante la oscuridad aún más intensa que ya comenzaba a cubrirlo todo. No sabría volver. Si no levantaba los pies de allí, no encontraría el camino de vuelta con facilidad. Di unos cuantos pasos sin una orientación precisa y volví a escuchar el crujido de las hojas secas y la sacudida de algunas ramas a unos metros de donde yo estaba. Callaron al detenerme y el estómago me volteó. Los latidos del corazón cobraron fuerza en mi pecho y mis piernas empezaron a temblar.  Aceleré el paso sin saber a dónde iba, deseando alejarme de allí. Tras un par de zancadas en lucha con la maleza, las malditas hojas secas volvieron a crujir. Me estaban siguiendo. El pánico me invadió y el pulso sobre mis sienes comenzó a torturarme la piel. Intenté correr, pero los cordones de mis zapatillas se enredaban entre los arbustos con suma facilidad, impidiéndome alcanzar velocidad. El aire que inhalaba por la nariz se me hizo insuficiente y abrí la boca para recobrar un aliento que el miedo me arrebataba por momentos. Volví a llamar a Sergio sin detenerme. El silencio apenas interrumpido por los truenos ya cercanos me advertía de que estaba sola. Miré de soslayo hacia atrás al tomar un sendero de ramas muertas y vi una sombra tras de mí. La oscuridad ya era evidente y no acertaba a adivinar si era humana o animal. Grité. Y apreté el paso lo más que pude hasta que una rama enganchada al gorro de mi sudadera me hizo caer. Oí las pisadas de aquel desconocido a unos cuantos metros y un estado de ansiedad inició su ascenso desde mi estómago hasta el pecho. Las bocanadas de oxígeno que intentaba aspirar me doblegaron y un reguero de lágrimas acompañadas por gemidos comenzó a aflorar. La imagen de María ocupó mi mente y sentí anclados en los poros de mi cuerpo su angustia, su miedo aterrador, su indefensión y su incapacidad de huir.

   Cuando volví a levantarme en un esfuerzo sobrehumano, giré la cabeza en dirección a la sombra, que permanecía impasible a un metro escaso de mí. Doblé mi cuerpo hacia adelante abrazándome a mí misma y rompí a llorar al ver a Sergio frente a mí, tendiéndome una mano para ayudarme a salir de allí. Me abracé a él sin mencionar palabra, enmudecida y totalmente colapsada por los hipidos del llanto que me resultaba imposible de contener. Todo había acabado. Aquel trance terrorífico había resultado ser nada, el producto de mi imaginación traicionera. Y enferma. Nada más.

   Besé a Sergio en el rostro y en el cuello mientras recobraba la serenidad y, sobre todo y ante todo, la seguridad perdida un tiempo atrás. Pero la alarma me sacudió. El susurro de María filtrándose en mi mente me hizo abrir los ojos y ser consciente de la realidad.  Los brazos de Sergio en ningún momento me rodearon, no los sentí acunándome junto él. Ni escuché de su boca palabra de sosiego alguna, de templanza o cualquier otra que me infundiera tranquilidad. Su mano izquierda se había posado muy sutilmente sobre mi cintura. La derecha colgaba hacia atrás, oculta por su propio cuerpo. Me retiré ligeramente, despacio, y lo miré a los ojos, en silencio. Su frialdad me congeló la sangre. Sus pupilas opacas se convirtieron en un muro infranqueable, imposible de traspasar. Aquel semblante extraño, casi tétrico, no le pertenecía, no era él.

   Intenté retroceder presa del pavor  cuando vi un reflejo plateado que no supe identificar hasta verlo izado a la altura de mi cuello. La hoja afilada de aquel cuchillo casi me hizo desmayar. De nuevo, el susurro apenas perceptible de María me reveló al oído su identidad criminal. Y empujada por ella, sin lugar a dudas, recobré el aliento e hice amago de correr.



-¡Corteeeeen!

-¡¿Otra vez?! ¿Y ahora qué pasa?! ¡Ya hemos recreado la escena diez veces, estábamos llegando al final! ¡¿Qué demonios ha salido mal ahora?!

-¡Le está tocando el culo, ¿no lo ves?!

-¡Bueno..., ¿y qué?!

-¡¿Cómo que y qué?! ¿Dónde se ha visto que un asesino loco se pare a tocarle el culo a su víctima justo cuando la va a matar?!

-¡A ver, Manolo! Te he dicho ya mil veces que dejes la mano izquierda en su cintura, que la tienes que sujetar para que no se escape, ¡que no la bajes más!

-¡¿De dónde has sacado a este tío?! ¿No era un actor profesional?

-¡Qué actor profesional, ni que ocho cuartos! El presupuesto que tenemos no da para más. El Manolo es mi vecino, que está parado y le hace mucha falta. ¡Pero hizo un cursillo de arte dramático en el colegio de curas cuando era pequeño, así es que algo sabe!

-¡Joder, joder, joder! Anda, coge la cámara y tira pa’lante. ¡Todos a sus puestos! Repetimos. Preparados…, listos…, ¡acción! 



Uno de los aspectos que siempre ha de perseguirse a la hora de escribir es emocionar al lector, hacerlo sentir, jugar con las palabras, con las acciones y con los elementos propios de los distintos géneros narrativos para manejarlo (al lector, con perdón) a nuestro antojo, provocándole -involuntariamente para él- reacciones de tristeza, nostalgia, optimismo, alegría, paz, miedo, temeridad, intriga, terror, incertidumbre, alivio, sorpresa, alguna lágrima pérdida o incluso una sonrisa. 
Conseguirlo no es fácil, y mucho menos cuando se pretenden inducir varios cambios de emoción a lo largo de la lectura. Pero cuando además se dispone de poco espacio para ello la tarea puede resultar en extremo complicada.
Una novela media cuenta con unas 130.000 palabras -puede que bastantes más- de margen para jugar. Este relato tiene 2.100. Mi reto al escribirlo no era conseguir despertar una sola emoción en este espacio tan condensado, sino más de una. Así es que os agradecería que me dijeráis si conforme ibais leyendo habéis pasado al menos por alguna de las muchísimas que he enumerado anteriormente, o por el contrario, no ha sido así. Si me decís que habéis pasado por dos me conformo. Si me decís que ha sido por tres, me doy por satisfecha total. Y si alguno por ahí me dijera que ha sido incluso alguna más, me hago una foto dando saltos de alegría y la cuelgo en esta misma entrada, jajaja.

18 ene 2013

UNA ADICCIÓN CULTA

   Este mundo de las letras engancha. No sólo engancha, te abduce, te absorbe y hasta es capaz de engullirte en una vorágine de la que puede resultar complicado salir. Como cualquier otra droga. Pero no os asustéis, ni os llevéis las manos a la cabeza por lo que estoy diciendo aquí. Existen varias formas de clasificar las drogas, aunque hoy en día, la más extendida y acertada parece estar en consonancia con el tipo de efectos que produce, y la adicción a ellas puede ser incipiente o con un fuerte grado de dependencia, pasando por todo un continuo de intensidad variable. O incluso ser aún perfectamente controlable, con lo cual ni siquiera podríamos hablar de adicción. Eres tú el que debes dilucidar en qué punto estás. ¡Pero ten cuidado! Asegurate bien de que tu respuesta es cierta, porque la negativa inmediata a reconocer que se podría estar enganchado a este mundo literario en sus diversas vertientes (lectura, escritura, blogosfera, redes sociales, o todo ello unido), así como la afirmación rotunda de que todo está bajo control sin detenerse a analizarlo en profundidad, se convierte en el camino directo a la perdición en cualquier adicto, o en todo aquél aspirante a serlo.

   El último artículo que tuve ocasión de leer en torno a ello, concluía que para que una conducta sea adicta deben existir:

   1º Una sustancia con características capaces de generar abuso.
   Cuando yo abordé este mundo de la escritura, lo hice con la única intención de que mi familia me leyera, después siguieron los amigos, luego algunos otros conocidos y el planteamiento mayor vino con la idea de publicar el libro porque las críticas me alentaban a darlo a conocer a un conjunto de lectores aún mayor. A continuación me dije que tan solo lo presentaría una vez, en mi Córdoba natal, y después pensé que debía salir de la localidad y que la mejor forma de conseguirlo era crear un blog y entrar en el mágico mundo de internet.

   Sé que muchos de vosotros, como lectores, también decidisteis un día compartir vuestra opinión en torno a vuestros libros, a vuestros gustos literarios, y qué mejor manera que a través de un blog literario personal, o tal vez de una página en facebook, cuyo propósito inicial seguro que no pasaba de plasmar vuestras impresiones en la pantalla para que algún que otro despistado acabara aterrizando en él y leyera lo que habíais escrito y si os había gustado o no. Con eso os conformábais, con un par de visitas diarias y esa especie de album de reseñas colgado en la red. ¿Pero cuánto tiempo duro eso? ¿Durante cuánto tiempo os conformasteis con esa grata sensación? Apuesto a que en unas cuantas semanas ya estabáis habituados y necesitabais más. Cada nuevo seguidor os producía un subidón, cada comentario nuevo os aumentaba la autoestima por haber sido leídos. Cada crítica positiva os servía de incentivo para reseñar mejor y con más detalle. Y comenzásteis a hacer concursos para ganar adeptos, a visitar blogs ajenos para daros a conocer aún más, a participar en retos de lectura para estrechar vínculos blogueros con los ya consolidados. Y poco a poco, el hecho de saber que vuestros cada vez más numerosos seguidores dirigían la vista a vuestro blog cada vez más a menudo, os animó a publicar con una mayor frecuencia para mantener su atención; en un principio, reseñas, pero cuando el tiempo no daba de sí como para leer con tantísima avidez, comenzásteis a exponer cualquier otra cosa que pudiera despertar un mínimo de interés. Y en el caso de los escritores, lo que comenzó siendo un portal publicitario exclusivo para el libro recien publicado, también fue necesitando de ideas innovadoras que atrajeran al público lector en general, porque si el blog no se visita, el libro escrito no se conoce, eso es claro y cristalino. Entonces tomásteis la opción de abrir el campo. Y de los puntos de venta, las reseñas de internautas relacionadas con vuestro título, o la crónica de las presentaciones de turno, pasasteis a utilizarlo como medio de expresión de otros muchos variados temas, y acabasteis por reseñar libros ajenos, porque además de escritores sois lectores, empedernidos, tal vez, y ahí ya se juntan dos pasiones que se compenetran a la perfección, la de expresar "por escrito" lo que antes se ha "leído".

   Hasta aquí todo está bien. Aparentemente. Porque todo este proceso evoluciona de manera directamente proporcional al tiempo invertido en él, y eso ya empieza a constituirse como un primer problema. ¿Pero qué viene después? Mantenerlo. Y ahí, como se dice en mi tierra, ¡con la Iglesia hemos topao! Lo más peliagudo no es comprarse el bólido, es mantenerlo. Y aquí ocurre exactamente igual. Si no estamos dispuestos a perder lo conseguido, hay que mantener el ritmo de entradas publicadas, de lecturas para reseñar, y por supuesto no podemos dejar de innovar, porque es la única forma no solo de seguir creciendo, sino de evitar el aburrimiento ajeno que haga que se evaporen los adeptos conseguidos. Y lo que comenzó como un hobbie la mar de distendido para combatir los ratos libres, ahora empieza a engullir también el tiempo de los ratos "ocupados". Y en mayor medida de lo aconsejable. A no ser que te importe un bledo volver a los orígenes en los que empezaste.

   ¿Miras tu número de seguidores cada vez que entras al blog? ¿Te afecta en mayor o menor medida haber perdido alguno? ¿Te ilusiona especialmente el número de comentarios que dejan en tus entradas o te decepciona el hecho de que sean escasos? ¿Compites sanamente con el resto de blogs consagrados por acaparar audiencia? ¿Te sorprendes en algunos ratos en los que no estás delante de tu ordenador, o móvil, dándole vueltas al coco intentando idear iniciativas innovadoras con las que sorprender a la blogosfera? ¿Te preocupa que haya pasado una semana entera sin haber publicado nada? ¿Te molesta tener que dejar a un lado la inspiración gloriosa que te ayudaría a escribir un buen texto, para acompañar a tu marido o a tus propios hijos a realizar alguna actividad familiar? ¿Te sientes mal si han pasado unos días y nos has encontrado un momento adecuado para juntar unas cuantas letras de esa novela que estás impaciente por terminar? Cuando planificas tus obligaciones del día, además de "ir al supermercado", "recoger a los niños del cole", "hacer la comida del día siguiente" o "asistir a una reunión de la comunidad de vecinos", ¿incluyes la expresión "tengo que publicar la reseña de..." (no la expresión "debería", sino tengo=imposición), o "tengo que terminar de leer la novela tal porque si no llegaré tarde a la lectura conjunta y me comprometí a tenerla lista para antes de tal fecha"? Son sólo algunos ejemplos, pero suficientes como para ilustrar que el tiempo y la dedicación invertida en todo esto pueden llegar a ser abusivos, y lo que es mucho más grave, inconscientemente obligatorios.

   2º Un individuo con necesidad de consumo frecuente.
  Estrechamente ligado a lo anterior, aunque voy a aportarle matices ligeramente distintos. El abuso lo he centrado en nuestro propio trabajo, en nuestro campo personal de creación, en lo que nosotros ofrecemos a los demás. ¿Pero, y lo que los demás nos ofrecen a nosotros? ¿Podemos prescindir de ello una vez que hemos pasado a formar parte de este mundo?

   La blogosfera en general es un entramado en el que existen, si no de forma expresa, sí una serie de normas tácitas que todo el mundo asume y cumple si no quiere verse exluído literal y automáticamente de él. Todo debe estar en armonía y el quo pro quo es el pan nuestro de cada día. Si quiero que me visiten, tengo que visitar. Si quiero que me comenten, tengo que comentar. Si quiero que participen en los concursos que yo convoco, tengo que participar en los ajenos también yo. Si quiero que lean mis reseñas, o aquello que yo escribo como autor, tengo que leer de igual forma lo que ellos publican. Si quiero que la gente sepa de mí, tengo que darme a conocer sacando a flote mi nombre por donde pueda, eso sí, sin publicitar mi blog de forma expresa, ni soltar mi enlace por doquier, simplemente por quien soy y por mi actividad en la red. Y si eres escritor, perdona que te lo diga, pero lo tienes aún peor. Porque además de actuar de esta misma forma, tendrás que publicitar tu libro con la frecuencia que estimes, hablar incesantemente de él a la menor oportunidad, incentivar a su compra a potenciales lectores (y no tan potenciales), a ganarte la confianza de quienes podrían ayudarte a escalar posiciones (llámense blogueros, escritores, editores o simplemente amigos), sin contar con la lectura analítica y detallada de lo que otros escriben como forma ideal de mejorar y perfeccionar nuestro estilo literario. Y todo ello, nuevamente, absorbe mucho tiempo, esfuerzo y dedicación. Y en muchos casos, más del que se dispone.

   ¿Alguna vez has pedido disculpas por no haber pasado por la casa bloguera de los demás en una semana o dos (cosa que no haces si transcurre el mismo tiempo sin visitar a tu familia o amistades físicas, dicho sea de paso)? ¿Has publicado una entrada en tu blog y no has podido dejar pasar ni dos horas sin consultar si ya tienes algún comentario?  ¿Has lamentado tener que marcharte de casa dejando una conversación a medias en face que en muchos casos incluso era intrascendente? ¿Has decidido compartir el tiempo con algún amigo o familiar fuera de casa y no has podido evitar "echar un bicheo rápido" a la red a través del móvil? ¿Te preocupa dejar de publicitar tu libro durante un par de semanas por temor a que baje en el ranking de Amazón (aunque eso en realidad no tenga una implicación directa)? ¿Comentas las entradas de otros blogueros y no puedes dejas de mirar si te contestan o no? ¿Tienes con relativa frecuencia la sensación interna de "estar perdiéndote algo" si no haces casi a diario un barrido rápido por tu red social?

   3º La concurrencia de factores tales como tolerancia, dependencia física y dependencia física. 
   Según la acepción médica publicada en la Wikipedia, el término tolerancia indica la reducción de la respuesta del organismo a los efectos producidos por una sustancia determinada. 

   Tal y como ya he comentado en el primer punto, cada vez queremos más, ansiamos experimentar sensaciones y emociones placenteras nuevas, porque nos habituamos muy rápidamente a los logros conseguidos. Pero abarcar tanto conlleva, en bastantes casos, la obligación inconsciente de mantenerlos, y aunque sea de forma temporal, hay veces en que eso escapa a nuestras posibilidades reales de tiempo y dedicación. ¡Y ahí es donde aparece uno de nuestros mayores enemigos: el miedo, artífice indudable de gran parte de la dependencia física y psíquica provocada por toda esta vorágine. Miedo a perder lo conseguido, a no dar la talla exigida por los demás, a ser ignorados en favor de otros, a no cumplir las expectativas que de nosotros se formaron, a defraudar por no atender los compromisos lectores o de escritura diversa, a perder los beneficios placenteros que nos aporta este mundo a diario, a través de la lectura, de la escritura, del intercambio de opiniones, de las charlas literarias, de los encuentros de autores, de las bromas gastadas con esa complicidad que el roce bloguero nos reporta. Y eso es lo que podríamos denominar como una dependencia psíquica clara, porque nos obliga a seguir al pie del cañón. Y si dejamos el cañón abandonado, entonces aparecerá el nerviosismo, el estres o la ansiedad que nos produce el hecho de no secundar lo anterior, toda esa actividad frenética que nos hemos autoimpuesto de manera progresiva y, repito, casi completamente inconsciente. ¿Nunca has notado un cambio de humor por este motivo? ¿Ni te has sentido nerviosa por no poder cumplir los planes que te habías trazado en torno a ello? 

   4º Deterioro el individuo, de su relación con el medio familiar y con el medio social.
   ¡¡Y aquí llegamos a la madre del cordero!! Seguro que más de uno de los que habéis llegado leyendo hasta aquí, habéis visto el cielo abierto y habéis dicho a voz en grito: "¡¡Eeehhh, de deterioro del individuo, nada, esto no produce daño alguno!!" 

   Pues me vais a perdonar, pero no me queda otra que discrepar. Os permito que la llaméis como el título de esta entrada, "Una adicción culta", pero adicción es, y como tal, también tiene efectos perniciosos incluso para nosotros. Hay dos formas de castigar: aplicando directamente una consecuencia negativa sobre la persona, o mediante el refuerzo negativo, es decir, retirando una consecuencia positiva y placentera para ella. Este tipo de adicción o dedicación extrema tal vez no tenga efectos perniciosos claros y directos para nosotros, pero sí que nos puede impedir gozar de otro tipo de experiencias, sí que nos puede cerrar la puerta a la posibilidad de descubrir actividades nuevas tan placenteras como éstas, aunque a priori no nos lo parezcan, de vivir la vida con todos sus matices y en toda su amplitud. No significa que este mundo lo desmerezca, no, tal vez siga siendo nuestra máxima prioridad en el ranking absoluto de lo que nos produce placer, pero no debería acapararnos por completo. 

   Y si todo ello puede tener efectos negativos para nosotros -aunque sea de manera indirecta-, ¿que me decís de quienes tenemos alrededor? ¿Os paráis a pensar en ellos con todo detenimiento? ¿Sois capaces de desviar la vista del ordenador para mirarlos frente a frente y haceros cargo de lo que sienten? ¿Tenéis la valentía suficiente para escuchar sus demandas sin echaros a temblar porque os puedan distanciar de lo se mueve en la red y en vuestro mundo literario?

   Para nosotros, la vida tal vez se pueda resumir en dos palabras: leer o escribir, o, como mucho, ambas cosas a la vez. Pero ése es nuestro mundo, no el de ellos. El hecho de que nosotros podamos llegar al éxtasis leyendo o escribiendo, no significa que ellos lo deban disfrutar igual, y no van a ser "bichos raros" por dejar de hacerlo. Querámoslo o no, convivimos con ellos, con nuestra pareja, con nuestros hijos, con nuestros vecinos, con nuestros amigos físicos -que no virtuales-, y también nos debemos a ellos, por cuanto que las relaciones hay que cultivarlas, cuidarlas, mantenerlas y disfrutarlas. Y el tiempo que nos demanda todo esto no nos permite prestar la atención debida a quienes también nos merecen. Al igual que hablamos de fumadores pasivos como aquellos que sufren los efectos nocivos de la adicción de quienes tienen cerca, también podríamos hablar de lectores pasivos, escritores pasivos o blogueros pasivos en la acepción negativa del término. Y lo que es realmente una pena es dinamitar nuestra vida conyugal, familiar, social o laboral por no tener las suficientes agallas para decir ¡basta!, frenarnos en seco y redistribuir nuestra dedicación de una forma bastante más racional, que nos permita seguir disfrutando de este mundo maravilloso sin perdernos las demás delicias que nos brinda la vida y, sobre todo, sin destruir las ilusiones y las expectativas de nuestros seres queridos y la relación que tenemos con ellos, porque, al fin y al cabo, lo único que tal vez demanden sea disfrutar la vida junto a nosotros. Y nuestro egoísmo -por la búsqueda del placer propio-, o nuestra falta de voluntad no les permiten hacerlo. 

   No vayáis a pensar que todo esto os lo digo solo a vosotros, no. Toda esta disertación la vengo rumiando desde hace tiempo y la sarta de preguntas que os he hecho a vosotros, también me las vengo planteando yo casi a diario, con el único fin de no perder nunca el norte de dónde estoy y hacia dónde voy. (Por cierto, tal y como suele aparecer en los test de las revistas juveniles: Si has contestado afirmativamente a más de la mitad de las preguntas planteadas = mal te veo). 


   Y ya para terminar, os diré que hoy, después de volver a meditar sobre este tema, he apreciado un detalle que me ha hecho sentir bien: tenía 105 seguidores en mi blog y en estos tres últimos días se me han caído dos, por lo que me he quedado tan solo con 103. ¡¡Pero me da igual!! ¡¡No me preocupa!! Lo cual me induce a pensar que todavía no está todo perdido, que aún estoy a tiempo de decir ¡basta! 

   Y ahora ya podéis sacrificarme con vuestros alegatos, estoy dispuesta a convertirme en carne de cañón. Pero disparad con cuidado, por fi.

   Besitos.

Lecturas 2018.

Estamos en GOODREADS

Estamos en GOODREADS
Pincha en la imagen.

Blog Archive

Audio relatos

Con la tecnología de Blogger.

Blogroll

Seguidores