18 may 2024

MI NUEVA NOVELA: «ENTRE HILOS DE SILENCIO»

   


   Cuatro años han mediado desde la publicación de mi última novela hasta la que te presento hoy. Quizá te preguntes el porqué de tanto tiempo, ya que la mayoría de los escritores suelen poner los dedos sobre las teclas con bastante más asiduidad. Pero yo es que no me siento una escritora al uso, qué le voy a hacer.
    Mi necesidad no nace por un afán de escribir, no me va la vida en ello; si en algo me va la vida es en el hecho de contar, de transmitir un idea, una reflexión ficcionada, una manera de sentir ante el mundo y ante la gente, sumados a alguna suerte de reto personal que me obligue a madurar y a crecer en el arte de escribir. Para sentarme, necesito, por tanto, que brote un germen en forma de flash, que me estreche entre sus brazos, me sacuda y no me suelte mientras se expande dentro de mí el entusiasmo con más urgencia que la espuma, sin poderlo contener. Ahí es cuando agarro una silla, emborrono un cuaderno, inundo mi cabeza de datos y arranco a golpear el teclado con la imaginación puesta en otro lugar. 
    Me hice un día algunas preguntas muy sencillas, antes de que todo esto se precipitase: «¿Por qué los demás se empeñan, muchas veces, en marcar el rumbo de una vida que compete a cada cual?». Bien está que, a veces, las circunstancias intercedan en nuestras decisiones hasta el punto de condicionar lo que hacemos, cuándo, cómo y dónde a fin de cuentas, Ortega y Gasset podría llevar razón cuando dijo: «Yo soy y y mis circunstancias»; pero, ¿por qué hemos de consentir que el origen de esas circunstancias provenga de una manera de pensar o sentir ajenas, por qué debemos permitir que unas convicciones, que no son las nuestras, tracen nuestro camino vital, obligándonos a dar pasos en una dirección opuesta a la que nosotros deseamos? Ese día reparé, con gravedad, en lo injusto que resulta colocar el devenir de nuestra existencia en manos ajenas por obligación. Por imposición. Por amor. O, incluso, por cobardía.
   Dándole vueltas al tema, pensé en un salto generacional de setenta años; en dos vidas selladas por sentimientos iguales, pero ubicadas en épocas diferentes; en un pueblo que vivió durante muchísimos años marcado por un acontecimiento histórico que lo puso por completo del revés; en dos amigas con mentalidades muy dispares; en una madre de convicciones rancias, acordes a la época, y otra madre aguerrida y anticipada al futuro; en amores cruzados que brotan como una hemorragia, sin saber qué vaso la alimenta, cuál es su procedencia ni el porqué de tanta fuerza; en el silencio espeso que oprime los corazones bajo la excusa de evitar daños mayores; en las nefastas consecuencias que se derivan de las indecisiones; y en la valentía y el amor propio que, agazapados, esperan una oportunidad de oro para hacerse notar.
    De este cóctel de pensamientos nació Entre hilos de silencio, una historia compuesta por dos hilos argumentales centrados en épocas distintas, pero que comparten personajes y que están, como no podía ser de otra forma, entrelazados y muy relacionados. Podría decir que uno de los hilos constituye la raíz y el tronco de la historia; el otro, los frutos, dulces o amargos, eso no lo voy a desvelar. Lo que sí voy a desvelar es cuánto he disfrutado escribiendo la novela, cargada de sentimiento y sensibilidad, de lucha, conflictos, fuerza, valentía y amor. Cuánto me ha gustado conocer a fondo a los personajes y su evolución a lo largo del tiempo. Cuánta nostalgia me ha provocado echar la vista atrás al documentarme, descubrir en el proceso parajes, rincones y costumbres que formaron parte de la vida de mis propios familiares, reparar en los avatares que tuvieron que enfrentar, hurgar en los recodos de mi memoria para recrear estampas reales, anudándolas luego con la ficción. 
    He tardado cuatro años en volver, pero a mí me ha merecido la pena. Porque lo he hecho con una historia que me dibuja una sonrisa de satisfacción al pensarla, que me llena esta alma de escritora que tengo, que me estrecha este corazón familiar que tantas veces me ha hecho emocionarme y hasta llorar mientras narraba al detalle la trama.
    Espero que a vosotr@s, lector@s, también os dibuje una sonrisa en la boca y en los ojos al tiempo que la vivís. 

***

Detalles y sinopsis en la página de la novela (pincha en el enlace para acceder).

Lanzamiento: 5 de junio de 2024.
Formatos: digital, papel y audiolibro
Editorial: HarperCollins Ibérica, sello Harper F.

24 jul 2020

NUEVA NOVELA: «CUANDO LA LLAMASTE CLAUDIA»



   El hilo argumental de esta novela parte de un relato escrito hace más de seis años y guardado celosamente en un cajón. Quizá penséis que no me parecía lo bastante bueno como para sacarlo a la luz, pero nada más lejos de la realidad; la historia, tal cual sucedía, merecía no pasar sin pena ni gloria por mi mundo literario.

    En un principio, la proyecté como parte integrante de una novela más extensa, junto a un par de hilos argumentales más que acababan entretejiéndose como una tela de araña. Pero las circunstancias hicieron que se le pasara el momento, su momento de ser escrita, y cuando quise retomarla ya era tarde; porque el tren también pasa de largo para ciertas novelas y ya no vuelve. Decidí entonces crear una historia sencilla basándome solo en ella, añadiendo aditivos emocionales y reflexivos y variando sustancialmente el final para hacerla más acorde a la realidad.

    Lo intenté una, dos, hasta tres veces, sin que me convenciera lo que estaba escribiendo. No me emocionaba, me parecía insulsa, sin calado. Y yo tengo que SENTIR cuando escribo. Necesito verme atrapada por aquello que cuento, creérmelo, sufrirlo, porque sé que solo así seré capaz de transmitir lo que cada historia requiere para convertirse en una verdad cuando llega a vuestras manos.

    Después de casi tres años de sequía literaria, e incapaz de dar forma a esta historia, comencé a pensar que tal vez mi apatía era la causa del fracaso; mi apatía por seguir escribiendo para enfrentarme luego a un universo literario repleto de sinsabores, de falta de oportunidades, de hechos tan injustos como, a veces, inexplicables. Hasta que encontré la «voz» que, sin saberlo, andaba buscando. Me sonó tan rematadamente bien, tan acorde a la manera en que debía contarla, que todo se iluminó. Porque la fuerza de una historia no solo está en los hechos, sino en la forma de contarlos.

    Los sinsabores de este mundo literario pasaron a un segundo plano y cobró vida el reto personal de escribir con un registro narrativo que nunca había utilizado y que me apetecía poderosamente intentar dominar. Aprendizaje, renovación, enriquecimiento personal, afán de superación. Pasara lo que pasase, solo por todo esto ya habría merecido la pena desarrollar la historia. Así es que volví a empezar.

    Les conté la idea a quienes siempre me acompañan en mis lides literarias: una trama con un hilo argumental relevante y un hilo secundario menor; un narrador con voz y carisma propios, muy diferente a los de obras anteriores; y un estilo narrativo mucho más directo, sin florituras, para una novela con un tema de fondo delicado y con una visión masculina en primer plano, contrario a mi tendencia habitual de adjudicar a las mujeres un indiscutible papel principal (aunque en esta tampoco me olvide de ellas).

    Me pusieron cara de póker y me dijeron: «Adelante»; pensando en el fondo: «Vamos a ver por dónde sale el invento». Pero el invento empezó a cobrar forma y a sonar bien. Distinto, pero bien.

    Una vez escrita y revisada, puedo afirmar que Cuando la llamaste Claudia es mi novela más especial, por la historia que cuenta y lo mucho que transmite; la más arriesgada por ser una apuesta literaria en todos los sentidos; y la más personal, por haber satisfecho mis propias exigencias evolutivas —hablando en términos de «letras»— a la vez que deja huella en vosotros. Porque estoy casi segura de que así será.

    El 3 de agosto saldrá a la venta en Amazon, en formato digital y papel. A partir de ese día, será vuestra y comenzará la aventura. Y con ella, la emoción contenida al preguntarme si llegaréis a sentir al leerla tanto como yo al escribirla.

    Un abrazo y gracias de nuevo por estar ahí.


12 feb 2020

«AQUELLA VEZ EN BERLÍN» de MARÍA JOSÉ MORENO


SINOPSIS 

El día que el arquitecto alemán Richard Leinz recibe en su casa de Londres al señor Parker, investigador privado, descubre que hace quince años cometió una grave equivocación que marcó su vida. Atormentado por sus dramáticos recuerdos y por el dolor que causó a su alrededor, emprende una búsqueda tenaz en su pasado para intentar enmendar su error. Cuando Thomas, secretario de Richard, decide por su cuenta llamar a Marie Savard, con la que el arquitecto mantuvo una relación, no sabe que está a punto de derrumbarse todo lo que lo ha mantenido a salvo hasta el momento: ¿Por qué Richard ya no es el que era? ¿Podrá Marie ayudarlos a librarse de sus fantasmas? ¿Cómo se puede convivir con la culpa? Una historia intimista de secretos desgarradores, de amores frustrados, de palabras no dichas, de luces y sombras en el pasado de unos personajes que intentan sobrevivir en un tiempo histórico complejo mientras tratan de combatir a sus propios demonios y coger aire para disfrutar de eso a lo que llamamos vida. Las casualidades no existen. Los encuentros fortuitos tampoco. 

***

   Me he pasado un buen rato mirando el «folio» en blanco de la entrada de Blogger, con el cursor parpadeando a la izquierda, esperando paciente a que comenzara a escribir. Y me ha recordado, por un momento, al famoso bloqueo del escritor, que suele producirse cuando este no sabe bien lo que contar, o cómo lo va a contar. En mi caso, el bloqueo no es producto de una carencia de ideas, sino del exceso; es tanto lo que podría decir que no sé bien por dónde empezar. Quizá porque le quiero hacer justicia a una obra que la merece. Quizá porque le tengo un cariño especial. Quizá porque la he visto gestarse, crecer, madurar y, finalmente, nacer, en ese orden inverso a la vida propio de la literatura que a ti, lector o lectora, te permite ser testigo del resultado final, pero que a mí me ha concedido el privilegio de mostrarme el camino arduo y laborioso que la ha llevado a ser una historia preciosa y redonda. Y me preguntaba al hilo de todo esto y ahora que no nos escucha la autora, por qué no podría yo revelar algunos de esos secretos de trastienda que no suelen ver la luz... 

   ¡Shsss...! Cierra la puerta y vigila, porque allá voy.

   Hace ya mucho tiempo que María José Moreno me envió un e-mail. Como anexo venían los dos o tres primeros capítulos de la novela y en él me pedía que los leyera y le diera mi impresión, si creía que merecía la pena continuarla, si me gustaba el tono narrativo... Una valoración un tanto subjetiva, quizás, considerando que era muy poco lo que aún tenía escrito. Pero es que a veces no se necesita más. Las buenas historias enganchan desde el principio, sin necesidad de que sean de intriga; la información inicial que aportan, los matices ambientales, la pluma que las cuenta pueden ser más que suficientes para causar sensaciones que te invitan a pensar que estás ante el origen de una gran obra, que promete, que hay un diamante en bruto por pulir, agazapado y escondido, preparado para darle brillo y sacarlo a relucir. Cuando acabé de leerlos (en nada y menos de tiempo), le contesté al mensaje: «¿Que si merece la pena seguir? Esta historia es de sofá, café y manta, te lo digo yo. Y el tono narrativo es propio de novela de tapa dura». Esas fueron mis palabras. Y aunque lo último no se ha cumplido (Versátil la ha publicado en rústica, eso sí, con una portada preciosa), apuesto a que lo primero se hará realidad cuando llegue a vuestras manos, ya me lo diréis.

   La lectura de las primeras páginas me transportó a Londres de la mano de Thomas. Su voz me conquistó desde el minuto uno. Entrañable, envolvente, cálida, afectuosa. Pensé que sería un protagonista excepcional, contándonos su historia con la cercanía y la intimidad de la primera persona. Y cuál fue mi sorpresa al saber que quien la contaba —Thomas— era en realidad un personaje secundario, que los verdaderos protagonistas serían Richard y Marie. Varias llamadas de teléfono entre María José y yo se sucedieron en esos primeros días, una de ellas de muy larga duración, en la que me contaba la historia al completo para analizar los enfoques. Me eché las manos a la cabeza. Porque no se había conformado con crear una historia sencilla, era una auténtica red de personajes y hilos argumentales interconectados con propósitos muy claros, pero de ejecución difícil, no solo por la cantidad de sucesos que en ella ocurrían, sino por la profundidad psicológica de que había que dotar a los personajes para que todo resultara coherente. Pero en eso María José Moreno es experta, no defrauda, así es que confié a ciegas en un planteamiento en el que las aparentes casualidades —que en realidad no lo son—, los secretos del pasado, los miedos personales, la necesidad de perdón, la búsqueda de la verdad y la lucha por la supervivencia se darían cita en Londres, Munich, Berlín y Málaga, a caballo entre el presente y el pasado, con una ambientación histórica en la Segunda Guerra Mundial y personajes de fondo como Anna Freud dando respaldo a unas vidas marcadas por la familia y por los sucesos traumáticos que acontecieron en ellas.

   Pero no quedaba ahí la dificultad. Había que dar voz a los personajes, a cada cual la suya, y jugar con los narradores, que en esta novela, finalmente, no solo es Thomas, sino también un narrador externo que cuenta de primera mano todo lo que acontece a Richard en sus viajes al pasado, donde Thomas no puede estar presente. Y había que dotar de realismo a la historia, contando las crudezas de los errores cometidos, el daño causado por los personajes a quienes amaban, incluso a ellos mismos, y su posibilidad o imposibilidad de resarcirlos, y todo ello sin que el dedo acusatorio del lector los sentenciara, es decir, provocando una empatía que no siempre es fácil de conseguir, porque para ello hay que saber manejar muy bien los sentimientos y las emociones, transmitiéndoselas al lector. Una historia intimista, como Aquella vez en Berlín, no quedaría en el recuerdo si no tocara el corazón. Y lo hace. Te toca el corazón y te hace suspirar al compás de muchas de sus páginas, de muchos de sus párrafos, de muchas de las sensaciones que María José Moreno consigue provocarnos con la lectura entre líneas de sus mensajes subliminales; esos mensajes que yo tanto agradezco por una simple cuestión de enriquecimiento personal. 

   Me dijo que quería apartar la maldad con la que había convivido durante la escritura de la Trilogía del Mal y volver a sus orígenes. Al estilo de Bajo los tilos. Y lo ha hecho a lo grande, con una historia intimista para degustar, compleja pero de lectura fácil, tranquila, para recrearse, con esa voz narrativa propia de los grandes novelones y unos personajes capaces de despertarnos un afecto especial.

   Saldrá a la venta el próximo 17 de febrero. Dentro de una semana. Yo estoy deseando tenerla en las manos, ya tengo preparado el hueco en mi librería. Apuesto a que cuando la vea, me voy a emocionar. Como os podría suceder a vosotros si la leéis.

   Mucha suerte, María José. Ambas lo merecéis. 



18 ene 2020

MICRORRELATO: «AHORA SÍ QUE SÉ LEER»


   Aprendí a leer contigo. Para mí, las líneas de cualquier libro eran una sucesión de palabras sin sentido, un cúmulo de frases desprovistas de significado. Aún recuerdo tu mirada al escucharme, boquiabierto, extrañado. «Quizás erraste al elegir la historia», recuerdo que me dijiste, «quizás esta no es capaz de llegarte al corazón». Y es que el mío estaba cerrado. Como estaban mis ojos ciegos, mis oídos sordos, mi boca muda… y mi alma rota.

    Aprendí a leer contigo cuando al sentarte a mi lado me tomaste de la mano y sentí el roce de tu piel, el calor de tus pupilas, la candidez de tu voz y un abrazo que jamás nadie me había dado. Despertaste en mí el amor y, con él, la confianza en el mundo que en mi infancia se extravió. Aprendí a mirar contigo, contigo supe lo que es comprender. Porque solo se comprende con el corazón abierto, como una extensión del querer.

    Ahora me adentro de nuevo en la historia y, al pasear por las letras, cambia mi entonación. Los protagonistas me hablan y soy capaz de vivir sus vidas, de entender sus sentimientos, de reír y hasta llorar emocionada. Descubro que las frases no son un camino llano, sino una montaña rusa a la que he subido y en la que el vértigo me pellizca, el aire me sacude la cara y los designios de cuanto ocurre me causan preocupación.

    Ahora todo adquiere un significado. Porque no pueden vivirse otras vidas si una está muerta, o entenderse un sentimiento cuando jamás se conoció una emoción.

    Tú me abriste el corazón.

    Y ahora sí que sé leer.
 © Pilar Muñoz Álamo - 2020
Fuente de la imagen: Pixabay.com

17 ago 2019

III VÉRSAME A LA LUZ DE LA LUNA

   Hay noches con magia. Porque confluyen elementos que lo hacen posible: un entorno entrañable bajo la luz de la luna; letras tejiendo renglones de sentimiento; música despertando emociones dispares; y un cariño sincero, traducido en abrazo apretados, miradas vivas, palabras dulces, miradas elocuentes y llenas de complicidad...
   El 14 de agosto tuvo lugar nuestra tercera cita a la luz de la luna. Para versear y compartir arte. Para disfrutar y vibrar. En un entorno precioso y acogedor, el Cortijo La Molina, en Montilla (Córdoba). Una veintena de escritores recitando belleza convertida en palabras, con el corazón y ante un público entregado.
   Fue el III Vérsame a la luz de la luna, organizado por Sole Raya (Librería Nobel - Montilla), un encuentro que promete seguir engrandeciéndose, haciéndonos soñar, y sobre todo, creando lazos férreos entre amigos, escritores, lectores y soñadores.

   Os dejo el vídeo de mi intervención con tres relatos cortos, y muy sentidos, de ausencias y reencuentros, desamor y amor a cualquier edad.



7 jun 2019

RELATO: «PAISAJE MORTAL»


I.

—Le dije que no se marchara solo, que esperara hasta que volvieras. Pero no hizo ningún caso, ni siquiera me escuchó —declaré, con una amargura rabiosa—. Cuando empezó a trabajar contigo dejé de existir, solo tenía ojos para ti, como si fueras su Dios. ¡A ver qué se le había perdido un domingo allí arriba!
 Miguel suspiró con resignación y me miró con desdén, decía estar harto de mis eternas monsergas. Observé su barba sin rasurar y las bolsas violáceas bajo sus ojos. Delataban un cansancio que se empeñaba en disimular bajo ese porte impoluto, sobrio y digno con el que se hacía respetar. Abatida, devolví la vista hacia el horizonte. Su silueta ondulada, salpicada de olivos, acrecentaba la irritación de los míos, de mis ojos, húmedos y enrojecidos por la impotencia ante un hecho para el que ya no había vuelta atrás.
     —Tenía treinta y dos años y un celo para el trabajo que ya hubiera querido yo que tuviesen otros —lo escuché decir, arrastrando las palabras con dureza. No pude evitar girarme ante la insinuación—. Cumplía con su obligación. Cuidaba de los olivos que nos han dado el prestigio que ahora tenemos, ¡¿querías que los abandonara?!
     Había elevado el tono de voz, áspero y acusatorio.
     —En esta casa, los domingos se descansa —murmuré, a la defensiva.
     —¡Descansarás tú, como todos los demás días desde que te saqué de la finca! —Di un respingo y el mentón me empezó a temblar—. Hay una plaga de prays, polillas, para que lo entiendas, en nuestros mejores olivos y si no la combatimos a tiempo echará a perder la cosecha.
     —¿Y tenía que coger el tractor? —me atreví a replicar, nerviosa—. Él no solía subirse al tractor, él no...
     —¡Él no, ¿qué?! —vociferó Miguel, fuera de sí—. ¡Qué sabrás tú de lo que mi hijo solía hacer, qué sabrás tú de nuestro trabajo en el campo, en la cooperativa, en la almazara! Llevas veinticinco años sin pisar las tierras, sin recoger una mísera aceituna, sin preocuparte de nada. ¡¿Vas a poner ahora en duda cómo debía hacer su trabajo?!
     Ante sus reproches, me revolví, llorando.
     —Eres un ingrato, que nuestro hijo haya muerto...
     —Mi hijo, dirás.
     Apreté los labios para contenerme, antes de continuar.
     —Que tu hijo haya muerto bajo las ruedas de un tractor no te da ningún derecho a hablarme así —le contesté, acongojada—, por muy afectado que estés. Te he dado la mitad de mi vida sin pedirte nada a cambio, ¿o es que ya lo has olvidado? Fuiste tú el que quiso buscarme cuando te quedaste viudo, el que venía al campo para recogerme en coche al acabar las peonadas y me llevaba hasta la oficina para pagarme el jornal, haciendo paradas en la mitad del camino para... tú ya sabes qué. Yo acepté lo que me dabas, nunca exigí nada más. Me convertí en la madre que tu hijo de cinco años necesitaba y le di todo el cariño que pude. ¡Hice todo lo que pude, por él y por ti! —Me fui acercando a él a medida que hablaba, hasta formar un círculo de reproches a su alrededor. Estaba dolida, crispada—. He atendido tu casa, le he dado de comer a tus hombres, he organizado fiestas para que tú te lucieras delante de todos y le dieras prestigio a la empresa, y he cuidado de nuestros hijos de noche y de día, del tuyo y del nuestro. Sí, del nuestro, ese que... —Me frené en seco, no me atreví a poner en palabras más basura de la que ya había—. ¡Eres un desagradecido, eres un...!
     —¡Cállate! —Miguel se levantó tan airado que me asusté—. ¡Me debes un respeto, Consuelo, no lo olvides!
     —¿Acaso yo no lo merezco? —me atreví a preguntar, con la voz apenas perceptible.
     —¡Sal de aquí! ¡Vete! —Levantó el dedo índice y me señaló a la puerta, con la tez rígida y la mirada gélida—. Y adecéntate un poco, la Guardia Civil está haciendo preguntas y no me extrañaría que también te las hicieran a ti.
     Enmudecí. Di un paso atrás para caminar luego con torpeza hasta la puerta. Al abrirla vi a mi hijo, con gesto tenso y circunspecto, parpadeando nervioso por haber escuchado una discusión en la que había quedado mucho por decir. 


II.

—Mamá, ¿qué ha pasado ahí dentro?
     —Nada, hijo, no te preocupes. —Me limpié los ojos—. Lo de Julián está muy reciente y nos tiene a todos destrozados. Pero tú no te apures —aparté un mechón de pelo que caía sobre su frente—, lo superaremos y todo volverá a la normalidad, ya lo verás.
     Bajé la cabeza para ocultar la desazón y enfilé hasta la cocina. Pablo dejó caer la mochila en el pasillo y me siguió. Nueve años lo separaban de su hermano mayor, una diferencia de edad que hacía insoslayable el trato diferencial que siempre habíamos practicado con él de forma injusta, como si aquella fuera razón suficiente para vetarle de por vida la madurez. No se resignó esta vez. Demasiadas cosas habían cambiado en la casa en apenas dos semanas como para mantenerlo al margen.
     Nada más entrar, me afané en trajinar con los cacharros sin acierto; tenía que mantenerme ocupada o me volvería loca. Pablo se quedó de pie junto a la puerta. Noté cómo clavaba la vista en mi rostro.
     —No me gusta cómo te habla, mamá, ni cómo te trata. 
     —No se lo tengas en cuenta, hijo, esto está siendo muy duro para él. Está reviviendo ahora lo que sintió cuando murió Lola, su mujer. Todo se le ha venido encima, la historia se repite y una cosa así, tan horrible, destroza a cualquiera. Pero dale tiempo, ya verás como todo irá bien.
     —Mamá...
     Su voz grave, solemne, me estremeció. Dejé las tazas y lo miré.
     —Dime, hijo.
     —¿Por qué nunca os habéis casado?
     Tragué saliva y me concedí tiempo para recobrar el hilo de voz que se me había perdido.
     —Nunca me lo pidió. Yo se lo insinué varias veces, pero él no quería volver a comprometerse, decía que le traía mala suerte atarse con papeles, que prefería seguir así, conviviendo, dedicándonos la vida, sin más. Afirmaba muy seguro que así estábamos muy bien.
     —¿Y tú lo pensabas igual?
     Noté un tremendo peso sobre los hombros, vencidos por los sentimientos.
     —A mí me hubiera gustado casarme, para qué te voy a mentir. Pero he tenido todo lo que he necesitado y tú también. No le puedo pedir más.
     —¿Yo también? —Su pregunta me sorprendió. Fruncí el ceño, con un interrogante impreso en él—. Yo no he tenido su cariño, mamá. —El rostro de Pablo se ensombreció—. He tenido su dinero, pero su cariño no. Julián lo acaparaba todo, se lo llevaba todo con él.
     Aquella afirmación, nacida de sus propios labios, me produjo un dolor lacerante en mitad del pecho.
     —Él..., él te quiere, hijo... A su manera, pero te quiere.
     Me faltaba el aire. Pablo se apresuró a sentarme y me abrazó con fuerza.
     —Tranquila, mamá, tranquila. No debí decirte eso, lo siento. Yo también estoy fatal, no sé cómo voy a encajar esto, cómo podré vivir sin la ayuda de Julián. Era mi hermano, pero también era un poco mi padre, era...
     Arrancó a llorar. Y yo me aferré a él, con la mirada ausente. Nos concedimos tiempo para calmarnos, para que retornara el sosiego por donde se había marchado, hasta que un último suspiro nos permitió separarnos. Pablo se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y luego la posó sobre mi rostro, mirándome a los ojos.
     —¿Vas a seguir adelante con la fiesta de jubilación de papá? —me preguntó en un susurro.
     —Sí. Será más discreta y solemne, pero no quiero dejarla pasar. Se merece un reconocimiento a tantos años de trabajo, y más ahora que le han concedido la aceituna de oro al mejor aceite de la comarca. Se va a jubilar con honores —dije, esbozando una sonrisa tibia.
     —Habrá que hacerle algún regalo, ¿no?
     —He encargado un cuadro con su olivar pintado al óleo. Quiero que lo tenga a la vista siempre, sobre todo cuando ya no pueda pisar el campo. Será una gran sorpresa, no lo espera, así es que tenemos que mantener bien guardado el secreto hasta la fiesta de jubilación.
     —Por cierto, mamá. La Guardia Civil está investigando la muerte de Julián. Sé que ha sido un accidente y que es todo un puro trámite, pero me dan un miedo horrible.
     —No te preocupes, hijo. Les diremos que estábamos los dos juntos aquí, en casa, mientras él visitaba la finca. ¿Te parece bien?


III.

Amaneció un día espléndido, con el sol desplegando su brillo sobre los campos, repletos de olivos perfectamente alineados. La terraza del cortijo engalanada, aunque con mesura, porque los seis meses transcurridos desde la muerte de Julián aún no daban margen a una celebración con vítores y ensalzamientos, como a mí me hubiera gustado. Entre los invitados: amigos, familiares, autoridades, empresarios del gremio y los encargados de la cooperativa que presidía Miguel.
     Tras los brindis posteriores a los discursos de homenaje, llegó el momento más esperado, el más personal, a mi juicio el más notorio y sentimental, la entrega del cuadro que un transportista había traído el día de antes, aprovechando una ausencia de Miguel, y que no habíamos querido desembalar para evitar que pudiera descubrirlo antes de tiempo. Pedí un poco de silencio e hice el gesto convenido con la mano. Dos trabajadores se acercaron presurosos, colocando la pintura en un atril. Seguía oculta, envuelta con un papel de embalaje que Miguel debía rasgar. Mis nervios se acentuaron, no solo por observar la reacción emocionada de mi hombre ante sus benditas tierras, inmortalizadas en un lienzo de por vida, sino también ante la expectativa de que un detalle como ese produjera entre nosotros un acercamiento tan deseado como vital. La muerte de Julián en aquel terrible accidente había terminado por aislar a Miguel, cuya conciencia desquiciada no le perdonaba haberlo dejado solo entre los olivos, sin la ayuda necesaria con la que salvar su vida.
     El público se puso en pie, expectante, y Miguel cruzó su mirada con la mía. Yo lo alenté a levantarse y a deleitarse en la obra. Puse un suave beso en sus labios, susurré un «felicidades» y le tendí unas tijeras que él aceptó con incertidumbre y sorpresa. Se acercó al cuadro con lentitud y, con mucho tacto, cortó el papel por un extremo para luego adentrar la mano y tirar de él. El óleo quedó al descubierto. Un trozo de tierra de la finca San Miguel, la más productiva, la que concentraba sus olivos más preciados se alzó ante sus ojos a pinceladas certeras. Los invitados mostraron su regocijo. Yo me creí morir. Entre los árboles, un tractor, y tras él, un hombre con el brazo alzado, cogiendo aceitunas, en apariencia. El sombrero lo delataba. Era Julián. Miguel dio un paso al frente y, con la tez lívida y sudorosa, siguió avanzando ante el súbito estupor de los asistentes. Y ante el mío propio. El autor de aquella obra, ajeno a la importancia de su notable hallazgo, había reproducido una figura más, agazapada junto a una de las puertas del tractor. Su rostro era irreconocible, apenas una difusa insinuación de sus rasgos. Pero el pañuelo que cubría su cabeza...
     Miguel se giró con una parsimonia aterradora. La mirada encendida en odio. El gesto de incredulidad. Y en su punto de mira, yo.
     —¿Tú estabas con él?


IV.

 —¿Fuiste tú, mamá? ¿Lo hiciste tú? ¡Dime! ¡¿Lo hiciste tú?!
     La voz de Pablo retumbó en el calabozo. Lloraba desconsolado, con ambas manos prendidas en la cabeza, incapaz de concebir que su propia madre hubiera cometido semejante atrocidad, soltar el freno de mano para que el tractor se precipitara pendiente abajo hasta arrollar a su hermano. Yo permanecía hecha un ovillo en un rincón de la estancia, con el pelo revuelto y la tez demacrada. Deseando la muerte antes que afrontar el rostro acusatorio de mi hijo.
     Levanté la vista, perdida hasta entonces entre la inmundicia del suelo.
     —Tu padre es un hijo de la gran puta. Siempre lo ha sido —confesé, con voz mortecina—. Escuché una conversación. ¿Sabes lo que le dijo a su abogado la mañana en que murió Julián? —Pablo no contestó—. Que su auténtico amor, su único y verdadero amor había sido Lola. Que yo le había servido para calentarle la cama, cuidar a su hijo y hacer de su hogar un lugar confortable para cuando él llegara harto de trabajar. Pero nada más. Yo no significaba para él nada más. Veinticinco años de mi vida junto a él, creyendo que me quería, y solo me veía como a una furcia barata con dotes de madre y ama de casa. Nunca estaría a la altura de Lola, eso le dijo. Por eso no quería casarse conmigo, porque así podría abandonarme cuando quisiera, sin mayor complicación.
     —¿Y qué culpa tenía Julián de todo eso? Él era inocente y la pagaste con él —replicó Pablo, confuso, turbado, conmocionado—. No entiendo nada, mamá. Todo esto es una locura.
     Me dio la espalda, sobrecogido. No acertaba a encajar los afectos ni los hechos derivados de ellos.
     —Le pidió a su abogado que cambiara el testamento. Tú llevabas razón, hijo. Tu padre nunca te quiso, solo a Julián. Él era el trabajador, el hombre hábil para los negocios, el que conocía a fondo el mundo del olivar y, por tanto, el único capaz de continuar con la empresa asegurando el prestigio de su buen nombre. A tu padre le dio igual que estudiaras. Te hiciste ingeniero agrónomo por él y no le importó en absoluto, decía que tardarías demasiado tiempo en hacerte con la práctica de todo. Las tierras, su parte en la cooperativa, la almazara..., todo se lo dejaba a Julián. A ti te conformaría con un poco de dinero para callarte la boca, pero nada más. Y yo no podía consentir eso, eres mi hijo.
     —Sigues sin contestarme, mamá. ¿Qué tenía que ver Julián con todo eso?
     —Piensa un poco. Si tu hermano no estaba, todo sería para ti.
     Pablo sacudió la cabeza y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Sentía, supongo, un dolor insoportable. Hacía unos meses que había perdido a su hermano y ahora me perdía a mí. Así lo percibí en sus ojos, en la distancia fría que interpuso con los míos.
     —No sé cómo pudiste hacerlo —me dijo, con la angustia rajándole la garganta.
     —Tampoco yo —le contesté, consternada, deshecha—. Dijo que se iba al campo poco rato después de que se marcharan los dos, el abogado y tu padre. A mí se me nubló la mente, perdí la cabeza. No podía hacer nada con ellos, pero con él sí. Y no lo pensé dos veces. Salí detrás de tu hermano sin saber ni lo que hacía. Ciega. Lo habría matado con una piedra, si hubiera sido preciso. —Me costaba hablar—. Dejó el tractor arrancado mientras revisaba un olivo y luego se quedó en la mitad del camino, detrás de él, mirando unas aceitunas que había recogido del suelo. Ni siquiera me oyó. Solté el freno y vi como el tractor le pasaba por encima, entonces me di cuenta de lo que había hecho. Julián no respiraba, estaba muerto. Y yo salí corriendo de allí como una loca.
     Me doblé sobre mí misma al recordarlo de nuevo, a punto de vomitar. Pablo negaba, sin dar crédito a lo que escuchaba.
     —Una madre es capaz de cualquier cosa por sus hijos —murmuré, balanceándome como una demente—. Era Julián o tú. Tu padre ya había hecho su elección. Y yo quise hacer la mía.



V.

—Tienes visita —me anunció la funcionaria de la prisión.
     Pierre Ferrec apareció ante mí con su aspecto bohemio e inconfundible. Se quitó la boina y la apartó a un lado antes de sentarse. Era la última persona a la que esperaba ver.
     —Hola, Consuelo.
     —Dichosos los ojos. Creí que no volvería a saber de ti. Ninguna llamada, ningún mensaje... Ningún lugar donde localizarte. ¿Tan harto acabaste de mí?
     —París es mucho París, querida. Llegué a él solo para exponer y fui incapaz de regresar. Y mira con lo que me he encontrado al volver.
     —Quedamos en que elegiríamos juntos el paisaje para el cuadro de Miguel y ni siquiera te presentaste.
     —Eso no es cierto. Llegué a tu casa el día que me dijiste y la encontré cerrada, nadie me abrió. Partía en un avión hacia París al día siguiente, si en esa misma mañana no elegía un trozo de tierra, tú no tendrías el cuadro en la fecha acordada.
     —Aún no sé cómo lo hiciste. ¿Lo grabaste en tu retina, o cómo demonios lo hiciste?
     —La edad te empieza a pasar factura, Consuelo, la memoria te falla. Soy fotógrafo, no solo pintor. Una buena cámara, un gran angular y unas cuantas tomas de aquel lugar me bastaban para cumplir con tu encargo. Jamás pude sospechar que aquel hombre fuera él, ni que esa mujer fueras tú. Las facciones no eran nítidas; lo que llevabais puesto, sí. Me pareció que la estampa quedaría más bonita con algo de humanidad en ella, por eso os pinté.
     —Pues tu maldita ocurrencia me ha sentenciado. Nos has arruinado la vida, Pierre.
     —No la cargues contra mi conciencia, querida. La asesina eres tú.
     —¿No piensas preguntarme por qué lo hice?
     —¿Debería saberlo?
     —Yo creo que sí.
     —Entonces, dímelo de una vez.
   —Por nuestro hijo —le confesé, mirándolo fijamente a los ojos—. Lo hice para garantizar el futuro de nuestro hijo, porque si de ti dependiera, Pablo no tendría donde caerse muerto.

 © Pilar Muñoz Álamo - 2019
      

2 abr 2019

MICRORRELATO: «AMOR O DESAMOR».

   Todavía no sé si nos quisimos lo suficiente. Si el amor nos duró o fuimos nosotros los que apartamos la vista para preñarla de rosa y seguir viviendo como si fuéramos uno. Si nos dio miedo enfrentar nuestras miradas buscándonos en esa verdad que tanto duele. O fue su profundidad la culpable, la de ese amor pleno que hasta la pasión mata en un derroche de seguridad, de ignorancia mal aplicada, de momentos vividos de espaldas porque ya no había necesidad alguna de conquistar nada.

   Ahora me cuentas tus sueños que yo ignoraba, mientras yo regurgito los míos que un día tras otro me tragué sin darme cuenta. Me pregunto por qué callamos. «Lo hice por ti», será tu respuesta, clavada a la mía. Y ya ves... En ese mundo construido con senderos paralelos se nos esfumaron todos, sin vivirlos, sin disfrutarlos, sin compartirlos. En nombre de un querer amordazado. De un sacrificio absurdo que ha terminado devorando un tiempo en el que está prohibido ir marcha atrás.

   La impotencia me araña el estómago y la pena, la garganta. Quiero revertir un adiós musitado entre dientes. A una vida que es la nuestra, la que pintamos de rosa o, tal vez, siempre lo fue. A una vida que es la mía y que siento que se desliza bajo mis piernas. A una definición de amor que me resisto a creer que fuera errónea, porque la llevo inscrita, desde hace años, en pleno centro del corazón. Tal vez sea yo, que me siento perdida en mitad de la nada. Dudosa, inquieta, asustada... Aunque escuchando el eco de una voz lejana que me recuerda mi deseo interno de volver a casa.
© Pilar Muñoz Álamo - 2019
(Imagen: Pixabay.com) 

Lecturas 2018.

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