2 abr. 2019

MICRORRELATO: «AMOR O DESAMOR».

   Todavía no sé si nos quisimos lo suficiente. Si el amor nos duró o fuimos nosotros los que apartamos la vista para preñarla de rosa y seguir viviendo como si fuéramos uno. Si nos dio miedo enfrentar nuestras miradas buscándonos en esa verdad que tanto duele. O fue su profundidad la culpable, la de ese amor pleno que hasta la pasión mata en un derroche de seguridad, de ignorancia mal aplicada, de momentos vividos de espaldas porque ya no había necesidad alguna de conquistar nada.

   Ahora me cuentas tus sueños que yo ignoraba, mientras yo regurgito los míos que un día tras otro me tragué sin darme cuenta. Me pregunto por qué callamos. «Lo hice por ti», será tu respuesta, clavada a la mía. Y ya ves... En ese mundo construido con senderos paralelos se nos esfumaron todos, sin vivirlos, sin disfrutarlos, sin compartirlos. En nombre de un querer amordazado. De un sacrificio absurdo que ha terminado devorando un tiempo en el que está prohibido ir marcha atrás.

   La impotencia me araña el estómago y la pena, la garganta. Quiero revertir un adiós musitado entre dientes. A una vida que es la nuestra, la que pintamos de rosa o, tal vez, siempre lo fue. A una vida que es la mía y que siento que se desliza bajo mis piernas. A una definición de amor que me resisto a creer que fuera errónea, porque la llevo inscrita, desde hace años, en pleno centro del corazón. Tal vez sea yo, que me siento perdida en mitad de la nada. Dudosa, inquieta, asustada... Aunque escuchando el eco de una voz lejana que me recuerda mi deseo interno de volver a casa.
© Pilar Muñoz Álamo - 2019
(Imagen: Pixabay.com) 

20 feb. 2019

ANTOLOGÍA SOLIDARIA «UN 4 DE FEBRERO»


   Hace aproximadamente un par de años, mi querida amiga y escritora Mayte Esteban comentó que la habían invitado a participar en un proyecto benéfico que por entonces comenzaba a gestarse. Sus organizadores con su máximo exponente, el escritor J.A.P. Vidal pretendían reunir a un grupo de escritores que aportaran un relato de su autoría, de temática y género libres. Cómo único requisito, hacer mención a una fecha: la del 4 de febrero. ¿Y por qué esta fecha? Porque los beneficios de lo que sería esa futura antología irían destinados a alguna fundación o asociación sin ánimo de lucro cuyo objetivo principal se centrara en la lucha contra el cáncer, en cualquiera de sus vertientes. Junto a esa invitación, también le llegó una petición, la de facilitar otros nombres de escritores a los que pudiera apetecerles la idea de participar. Y ella, junto al mío, sugirió el de dos compañeros más a quienes quiero y admiro: María José Moreno y Víctor Fernández Correas.

    Me vi así con una propuesta sobre el mantel: un relato relativamente corto por crear y la compañía de unos participantes que, literariamente hablando, eran más «grandes» y reconocidos que yo; a Mayte, María José y Víctor había que sumar otros como Roberto Martínez Guzman o Mónica Gutiérrez Artero, que ya estaban en lista y dispuestos a colaborar. Todo un reto y una responsabilidad. Porque había que estar a la altura de las circunstancias y de la calidad narrativa de quienes iban a formar parte de ese elenco de escritores «antológicos». 

   Pero es que lo mío son los relatos. Ellos son mis niños bonitos, mi debilidad, los que me trajeron a este mundo; podría decir que hasta se parecen a mi madre, porque ellos «me parieron» y arrojaron al mundillo literario. Y esto, unido a la causa que promovía esta iniciativa, pudo más que nada para que aceptara el reto.

   Busqué bolígrafo y papel y puse a funcionar la mente. Había que crear una historia bonita, completa, que provocara suspiros sin empalagar y, por supuesto, con mi sello personal. Y así nació No fue casualidad, un relato con un tema de fondo que me gustó tanto que me dejó con ganas de más. De mucho más. Pero no porque la historia quedara incompleta, sino porque en ella se podía profundizar, no solo enraizando la trama, sino en su poso de reflexión. Y así lo hice. Viendo que la antología, por dificultades técnicas ajenas a nuestra voluntad, retrasabae incluso cuestionabasu publicación final, quise utilizar este relato como «precuela» de lo que después sería Un café a las seis, mi siguiente novela, publicada en julio de 2017. 

   Y ahora vosotros os preguntaréis: «¿Entonces el relato y la novela son lo mismo?».

   Pues no, exactamente. Mi relato de esta antología es la esencia de la novela. El perfume de base. La versión concentrada de la historia de su protagonista. Pero la novela es mucho más. No son páginas sumadas injustificadamente, sino el resultado de una trama más completa, con añadidos que yo consideré necesarios para aportar una visión más amplia al tema de base que quería desarrollar, con detalles más precisos en la evolución de sus personajes y de su forma de ser y actuar, y con mayor número de reflexiones, no solo en relación al tema principal, sino a otros tantos relacionados con él que también era interesante tratar. Partiendo de un relato que a mí me parece precioso y en absoluto inacabado, nació la novela más corta, dulce y amable de las que he escrito hasta ahora .

   Pero volvamos a la antología. A la lista de escritores ya mencionados se fueron añadiendo algunos más, hasta completar los doce que finalmente hemos participado en ella, como Ana Bolox, Carmen Flordelís, Aránzazu Mantilla, Nieves Muñoz de Lucas o Aída del Pozo. Y también una prologuista (Amparo Lledó) y un ilustrador (Diego Bolox). Plumas muy distintas, pero igualmente buenas, con historias tan dispares que rompen la monotonía lectora provocándonos percepciones y emociones diferentes, dignas de disfrutar.

   Cuando, hace unos meses, la maquinaria volvió a ponerse en funcionamiento y supe que los beneficios obtenidos irían a parar a la Fundación Aladina, se me puso una sonrisa de oreja a oreja. Porque hablamos de niños y adolescentes, el colectivo más vulnerable, el que más nos necesita en todos los aspectos, el que más merece nuestra atención y nuestra dedicación junto a la tercera edad. Me alegró el resultado de nuestro trabajo y la ilusión que hemos puesto en la iniciativa. Y me siento orgullosa de haber podido aportar mi granito de arena a esta causa solidaria de esta forma tan bonita: a través de las letras y de la imaginación.

   Ahora solo falta que nos acompañéis. Que disfrutéis de ellas al tiempo que regaláis sonrisas. 
   Por ellos. Por los más peques.

    Enlace de compra: Un 4 de febrero.

  
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28 dic. 2018

MIS MEJORES LECTURAS DEL 2018


   Como ya dije ayer en un resumen publicado en mi página literaria de Facebook, ha sido este un año un tanto extraño en cuanto a lecturas. Lo empecé sin expectativa alguna, con el solo deseo de disfrutar, huyendo de listas y, sobre todo, de esas metas cuantitativas en las que no creo, porque considero personalmente que no reportan beneficio alguno, ni para mí como lectora ni para las propias obras. Pero no ha sido esta falta de expectativas la culpable de haber leído poco, sino otros factores a nivel personal, que han hecho que pase por temporadas de auténtica sequía lectora a pesar de mis múltiples intentos por recobrar el ritmo. 

   El pato de este grado de dispersión lo han pagado algunas novelas que he abandonado siendo consciente de que no eran ellas las culpables sino yo, de que no se merecían mi penosa falta de atención a los detalles, comprometiéndome por tanto, firmemente, a retomarlas llegado su momento, como Tigres de cristal, de Tony Hill o La Conspiración de Yuste, de mi querido Víctor Fernández Correas. Otros muchos abandonos, sin embargo, lo han sido con la certeza plena de saber que no me estaban aportando nada a nivel de historia, planteamiento o narrativa, algunas de ellas a pesar de las buenas críticas recabadas en la red. También ha habido novelas que he terminado leyendo y que puedo decir que me han gustado, pero que no han llegado en absoluto a las expectativas que yo me había forjado atendiendo a los comentarios ajenos; digamos que les he visto algunos «peros», técnicamente hablando, que sin embargo han sido pasados por alto por otros muchos lectores, incluso por algunos a los que yo tenía por exigentes. Pero bueno, esto no deja de ser una apreciación personal en la que no es momento de ahondar. 

   Centrándome en esa treintena de novelas que sí he completado (dejando al margen las divulgativas o no literarias cuya lectura suelo intercalar con las obras de ficción), me quedo con estas nueve por haber sido las que de verdad me han llenado o impactado de alguna manera:

   DESPUÉS DEL AMOR de Sonsoles Ónega.
   Me sorprendió y me encantó la forma de escribir de la autora, de la que no había leído nada hasta el momento. Y me encantó la historia de amor -basada en hechos reales- que cuenta en la novela, su manera de narrarla, la ambientación y el soporte histórico en su medida justa.

   EL OTRO HIJO de Nick Alexander.
   Este novela la descargué de Amazon aprochando el kindle Flash, sin saber nada su autor ni tampoco mucho de la novela, tan solo algunas críticas recogidas de Amazon. Estaba publicada por Amazon Crossing, como una traducción de la obra original, y tengo que decir que fue una sorpresa muy, muy grata. Me gustó muchísimo el planteamiento narrativo del autor, al contar aspectos de un mismo pasaje de la trama bajo perspectivas distintas, jugando con el lector y con la ambivalencia que producen las visiones diferentes según quien las cuenta. La historia, preciosa; con sorpresas que manan de la trama a medida que vamos conociendo más a fondo la vida de todos los miembros de la familia y lo que cada uno de ellos esconde. 

   EL BAILE DE LAS LUCIÉRNAGAS de Kristin Hannah.

   Esta autora ha sido para mí todo un descubrimiento y, sin duda alguna, seguiré leyendo más obras de su bibliografía. Tiene la capacidad de envolverte con su forma de narrar aunque presente escenas impactantes o crudas. Esta novela es un auténtico canto a la amistad, a la que se forja en circunstancias poco favorables o en situaciones escabrosas, que lejos de distanciar a las personas, a veces las une estrechando unos lazos que perdurarán por siempre. Con sus altibajos naturales y vitales, pero tan reales que es difícil no empatizar con la historia y, sobre todo, con quienes la protagonizan por lo que en sí representan.  

   EL COLOR DE LAS MAREAS de Mikel Alvira.

  Con las novelas de Mikel siempre aprendo algo, aunque considero que es difícil de imitar, porque es muy grande ese ingenio que tiene a la hora de plantear una trama o de intercalar elementos narrativos que a muchos escritores le sonarían como fuera de lugar, mal integrados o incluso erróneos, pero que él solventa con total naturalidad. Ya me encantó cuando lo conocí en La novela de Rebeca y aquí, a nivel «formal» a vuelto a soprenderme en determinados aspectos literarios, sumados a una trama preciosa que, aunque un poco previsible, rinde homenaje al amor de una manera distinta a ese estilo romántico al uso del género actual. La ambientación espacial e histórica tambien me pareció genial. 


   LAS CENIZAS DE ÁNGELA de Frank McCourt.

   Cuando supe, tras haber leído la novela, que estaba basada en la vida del propio autor me quedé pillada, como suele decirse ahora, impactada, boquiabierta. Os puedo asegurar que, en este caso, volvió a cumplirse al famoso dicho de que la vida real supera con creces la ficción y que aquellos sucesos que tachamos de inverosímiles en muchas novelas, bien pueden haber sucedido en la vida real. Las cenizas de Ángela es una historia durísima, cruda, de supervivencia a pesar de todo y de todos, de lucha contra la sombra de una muerte cierta que parece perseguir a la familia del pequeño protagonista sin darles tregua. Pero no deja de ser, sin embargo, un brote de esperanza final hacia todo aquel esfuerzo por continuar luchando, una muestra viva de que el destino nos puede hacer tropezar con mil obstáculos sin permitir que finalmente sucumbamos en el intento de saltarlos. Merecida la fama que tiene la novela y las críticas que la avalan como una historia imperecedera, de las que serán siempre un fondo de biblioteca por conservar.

  YO ANTES DE TI de Jojo Moyes.
Cuántas veces me habré resistido a leer esta novela por considerarla demasiado romántica, incluso propia de adoslescentes. Y qué idiota he sido por dejarme llevar (nadie está exento, yo tampoco) de los malditos prejuicios a la hora de elegir lectura, que nos hacen perdernos obras con las que podemos disfrutar en mucha mayor medida de lo que pensamos. Tal cual me sucedió con esta. Aun predeciendo un final que para mí no podía ser otro porque es el que considero coherente, seguí leyendo, arriesgándome a que no fuera así, claro, porque la historia es emotiva, reflexiva, real y, sobre todo y ante todo, preciosa. Un caramelo dulce, un oasis lector entre Las cenizas de Ángela y El Ruiseñor, un respiro plagado de oxígeno que me encantó respirar. 


   EL RUISEÑOR de Kristin Hannah.

   Después de leer El baile de las lueciérnagas no dudé en que repetiría con la autora, máxime cuando tenía pendiente esta obra, tan adulada por la crítica. Es dura, muy dura, sobrecogedora hasta el punto de hacerme parar a respirar en determinados pasajes porque me sobrepasaba, incluso me hizo llorar, cosa que, a pesar de mi carácter sensible y emotivo, no me suele ocurrir con facilidad cuando leo una novela. Pero debo romper una lanza por ella, porque Kristin Hannah no se regodea en las miserias humanas hasta rayar el morbo, como sucede en otras historias, ni en la crueldad de los personajes, simplemente describe lo que supuso en la realidad aquella ocupación de Francia por los nazis. Y quizá sea eso lo que más me impactó hasta crearme ese grueso nudo en la garganta, que lo que yo estaba leyendo no era fruto de la ficción, de la imaginación de la autora, sino la dura y cruel realidad, personificada además en una familia en concreto, lo que contribuye a que sintamos, con suma impotencia, las atrocidades más cercanas que si se habla de ellas en general. Una historia preciosa, llena de valentía, de lucha por la supervivencia, por la salvación ajena, de hazañas heroicas por parte de un pueblo que se negaba a perder la esperanza. Si tuviera que elegir una sola novela entre estas nueve seleccionadas, sin duda me quedaría con esta. Sin aún no la habéis leido, hacedlo. Merece la pena, creedme. 

   UN AMOR de Alejandro Palomas.
   Me enamoré de Amalia en Una madre, de esa ingenuidad aparente que, en realidad, esconde la sabiduría de una madre con mayúsculas, acostumbrada a salvar escollos a costa de experiencia, pero sobre todo, a salvar a unos y a otros haciéndose la tonta, uniendo a la familia con sus ocurrencias inocentes que he llegado a dudar a veces de que lo sean tanto. La continuación de ese primer contacto con ella y con su familia tenía que completarlo y no me decepcionó. La sensibilidad de Alejandro Palomas, su exquisitez a la hora de narrar escenas de la vida cotidiana y de adentrarse en la naturaleza humana me llega. Porque él también se basa en las relaciones humanas y en su psicología para contar historias como esta. No sé si es merecido Premio Nadal o no, es una cuestión peliaguda y un tanto subjetiva, pero a mí la novela, premios aparte, me tocó lo suficiente como para estar aquí. 

   SE LLAMABA MANUEL de Víctor Fernández Correas.

   Víctor es garantía de buena novela y de estupenda narrativa, así de claro. Tiene una facilidad pasmosa para recrear ambientes y adentrarnos en ellos en solo unas líneas, provocando en nosotros sensaciones similares a las que pueden sentir sus personajes, como si fuéramos testigos observando desde dentro de la propia novela, no desde nuestra posición de lector. Tuve la buena fortuna de leer esta novela cuando aún se estaba gestando y ya auguré el éxito que está teniendo. Después de haberla pulido y sacado a la luz no me extrañan nada las alabanzas que está recibiendo. La Historia es tan protagonista como los personajes de la trama. Y es un gran acierto la manera de entretejer los acontecimientos históricos, los ambientes y las costumbres propios de la sociedad franquista en la que se centra la trama y los entresijos de una historia de intriga que está a caballo entre el género policíaco y la novela histórica. Una madeja compacta que huye de estereotipos, de clichés, de los cánones establecidos por los distintos géneros para adquirir entidad propia. Se llamaba Manuel tiene sello de autor. Y a mí ese sello me encanta.



   Con esta novela termino mi recorrido por lo mejor que he leído este año, sin contar con esas otras lecturas «cero» a las que he tenido la suerte de acercarme y que ya anticipo que son preciosas y que están muy bien escritas. Les auguro un gran éxito cuando salgan publicadas, porque de verdad que lo merecen. Aunque claro, eso será si vosotros, lectores, queréis darle una oportunidad de lectura, porque huelga decir por muy buena que sea una obra, carecerá de éxito alguno si, por una razón u otra, muere sin haber conseguido llegar hasta vuestras manos.  

  

22 nov. 2018

RELATO: «HOJAS PARA EL RECUERDO»


   En este banco del parque me declaraste tu amor, ¿te acuerdas? Yo era una jovenzuela loca y tú un donjuán de tres al cuarto, descarado y guapetón, pretendido por las mozuelas de mi escuela y de mi calle a espaldas de sus papás, porque labia te sobraba, pero te faltaban los billetes con los que abrirte las puertas de sus corazones de empresarios, ignorantes de emoción. Yo rehuía tu presencia por esa pose altanera y tu falta de humildad, creyente de que tu cara bonita sería un pasaje hacia una felicidad soñada junto a una dama y señorita como yo. Qué ilusa fui. No supe que al no mirarte me convertiría en un reto, en una meta por conquistar. Que plantarías tu bandera en mitad de mi corazón tras conquistarlo como Neil Armstrong la luna. Sin podérmela arrancar en los once lustros que vivimos juntos. Ni siquiera cuando te vi marchar.

   Caen las hojas de los árboles y me acarician las piernas, con el mismo roce suave con el que tus manos se aventuraban en esa época de juventud. Los ojos encendidos, la boca prieta. Y el ansia por poseerme cristalizando en tu piel. Qué sofocos me subían. Me palpitaba el pecho, aunque no te lo confesara; pero no podía permitir que antes de nuestras nupcias mancillaras mi virtud, que me pusieras en boca de las demás. Y ahora río y descubro que fui tonta. Por acallar un instinto placentero vetado sin argumentos por aquella sociedad; por ignorar esa naturaleza animal que Dios nos dio para algo más que para procrear.

   Ahora tengo un pretendiente, a mis ochenta, mira tú. Me tiemblan las manos cuando lo veo, pero no puedo asegurar que las mueva la emoción y no la edad. Me toco el pecho y mi corazón no baila al pronunciar su nombre, aunque me reconforta su compañía. ¿Acaso será por la soledad?

   Dudo si quedé privada de sentimientos, si estos cayeron al suelo dejándome las entrañas huecas como un árbol muerto, sin brotes nuevos, sin savia alguna que los haga florecer. Si te los llevaste tú a ese lugar sin nombre en el que me esperas.

   Dudo si consentirle a este nuevo hombre que me dé su amor. Si guardar tu ausencia, según me educaron. Si dejarás de quererme por considerarlo traición.

   Dudo si volver a sentarme en este banco, porque los recuerdos me matan. O dejar para siempre que las hojas me acaricien. Como si fueras tú. 
© Pilar Muñoz Álamo - 2018

13 nov. 2018

«AQUELLO QUE FUIMOS». NOVELA GANADORA DEL V PREMIO LITERARIO DE AMAZON

   Quiero dedicar este premio a mis padres, mis grandes ausentes en este momento tan importante y emocionante de mi vida. Sé que habrían llorado en silencio al conocer la noticia, que se les habrían caído lagrimones mudos, limitándose a abrazarme porque la emoción les habría impedido articular palabra.
   ¡Va por vosotros, guapos míos, allá donde estéis!

   Son tantas cosas las que querría expresar en este momento que me resulta imposible abarcarlas y, aún menos, resumirlas. Se me agolpan los flashes de todos los momentos literarios vividos, incluso de aquellos que en su día no supe apreciar como precursores de lo que me vendría después: esos cuentos escritos, ilustrados y encuadernados con nueve o diez años; una miniobra de teatro antiguo a los trece; múltiples reflexiones sociales y psicológicas plasmadas en un diario en mi adolescencia; mis poemas de juventud; los relatos de instituto; mi primera novela de ciencia ficción a los diecisiete y una segunda a los veinte, ambas en un cajón; los primeros relatos de corte intimista y reivindicación social en la madurez —«Ellas También Viven»—, paralelos a la escritura de mi primera novela, «Los colores de una vida gris», en esta nueva etapa literaria que comenzó hace algo más de diez años.
   Diez años... Sí. Fue en aquel momento cuando di el salto. 
  Afilé la pluma y le planté cara a la timidez para escribir y presentar después lo escrito en Córdoba, Sevilla, Málaga, Madrid y algunos pueblos pequeños, bajo la única protección de mí misma y de una familia a la que debo millones por su apoyo incondicional, haciendo camino con uno de los primeros sellos de autoedición en papel, que me brindó la oportunidad de hacer despertar mis historias a los ojos de los demás. Ahora sé que, aunque salió bien, aquella fue una inversión arriesgada. Pero el mundo es de los valientes. O así lo pienso yo.
   Aquel fue el inicio de un camino enriquecedor en el que he vivido multitud de experiencias personales y literarias, un camino en el que, entre otras muchas cosas, he ido aprendiendo y depurando un estilo y una forma de escribir, aunque manteniéndome siempre fiel a mi esencia, a mi afán de hacer de la literatura de ficción un medio de transmisión de emociones, sentimientos y reflexiones, además de entretener con historias que enganchen, que conquisten, que remuevan...
   Hoy hago balance. Y veo que llego aquí con cuatro novelas, un libro de relatos, unas cuantas participaciones en antologías publicadas por editoriales y Corporaciones Locales y un centenar de escritos cortos de ficción, publicados en este blog o en Facebook y dedicados a todos aquellos que gustan de la literatura breve. Pero sobre todo, veo que llego aquí con la sangre convertida en letras, con un puñadito de amigos íntimos e incondicionales de cuya mano camino, con un compromiso hacia los lectores de respeto y buen hacer y un compromiso hacia mí misma, iniciado hace ya tiempo, de hermanarme todo lo posible con la Literatura en cada una de mis obras, por encima de lo demás. Esa es mi pretensión, mi objetivo, mi meta..., lo que más anhelo conseguir.
   Hoy lloro. De alegría por lo que quiero entender como un reconocimiento a un esfuerzo de muchos años, parte del cual ha terminado gestando esta novela profunda y compleja; como un empuje para seguir luchando en este mundo de letras tan complicado, bonito e injusto a la vez; como una oportunidad para que se me abran las puertas que otros cerraron.
   Y miro a mi alrededor. Para desearle a mis compañeros finalistas el éxito que también merecen; para dedicarles, si me lo permiten, una palabra de aliento que los motive a seguir caminando, poniendo el mayor empeño posible en cada obra que escriban, porque esta carrera de fondo la tenemos que terminar derrochando tesón, trabajo, constancia, estudio, pasión, esperanza..., y aún nos queda a todos mucho por recorrer. La meta sigue estando lejos. Pero la alcanzaremos, estoy convencida. Y si lo hacemos unidos, mejor.
   Gracias a quienes me habéis apoyado siempre, a quienes confiasteis en mí, a quienes me concedisteis el beneficio de la duda leyendo esta novela antes de hacer valoración alguna, a quienes me empujasteis con vuestras palabras de aliento, a quienes me ayudasteis de alguna forma para que esta novela ganara visibilidad o audiencia durante estos cuatro meses que ha durado el concurso, a quienes me habéis dado la mano a pesar de no tener nombre.
   Y gracias a Amazon. Por concederme la oportunidad de sacar mis letras del anonimato.

   Una llamada en la carretera ha dibujado un nuevo paisaje en mi vida y yo voy a perderme en él para vivirlo y sentirlo al máximo. Pero antes, permitidme que dé rienda suelta a la voz que he venido acallando y que, como un eco emocionado, no ha cesado de gritar: «¡He ganado!».




La noticia en prensa


15 oct. 2018

RELATO: «A RITMO DE BOLERO»


   Entro en la sala donde me esperas. Las velas arden, formando ramilletes de luz intermitente, cálida, envolvente. El vino de una botella soterrada en hielo espera ser escanciado en dos copas de fino cristal. La atmósfera recreada me despierta nervios en el estómago. Pero tu sonrisa me tranquiliza. Las burbujas fluyen, por fin. Y brindamos. Doy un sorbo a mi copa mientras tú esperas. Mientras esperas para posar tus labios en las huellas de carmín que dejo impresas y beber de mi copa con lentitud, mirándome. El gesto me excita, tu proximidad me excita. Y me ruboriza a un mismo tiempo. Me das la espalda por unos segundos y haces que suene un bolero. Mi corazón se encoge. Contengo la respiración cuando me arrebatas el vino para dejarlo en la mesa y me invitas a un baile. Tu cuerpo unido al mío, sin dejar que el aire nos atraviese. Tu mano en mi cintura, la otra mano en mi espalda. Mi pierna entre tus piernas y la tuya entre las mías… Y un vaivén sutil comienza. Me dejo llevar cerrando los ojos, aspirando tu aroma, sabiéndote mío. Las mariposas vuelan, cosquilleándome el cuerpo y el alma. Me refugio en tu cuello y te abrazo, más fuerte. Entonces posas tus labios sobre mi oído y reproduces una frase que reconozco y me estremece: “Desnudarme ante ti al ritmo de un bolero”. Se paraliza mi respiración. El sopor me invade. Me escuchaste. Aquel día, postrado en tu cama mientras te hablaba, me escuchaste... Mis manos tiemblan sobre tus hombros y dudo. No sé qué hacer. El amor me empuja, la pasión jamás sentida me arrebata la cordura, arrastra mi timidez, me despoja de un mañana en el que no puedo pensar ahora. Te miro a los ojos, intensamente, leyendo en ellos una vez más. Y no he de preguntarte si estás pidiéndome que lo haga, puedo sentir tu deseo palpitando en tu sien.
 
   Doy un pequeño paso atrás, distanciándome de ti. Y continúo mi baile a solas. Contoneándome lenta, sensual, sintiendo las notas invadirme por dentro. Comienzo a desabotonar mi blusa, sin dejar de moverme, sin dejar de mirarte. Y tragas saliva cuando la abro y afloran mis senos, ceñidos por un negro encaje. Imagino tus manos, anchas, fuertes, posándose en ellos, y cierro los ojos por la excitación. La melodía me envuelve, con la misma sutileza con la que dejo caer la blusa para ocuparme en bajar la cremallera de mi falda ahora, que no tarda en quedar arrollada junto a mis pies. Observo tus pupilas, engrandecidas, evadiendo las mías, recorriéndome la piel, abrigándola como te pedí. Y me crezco. Me curvo aún más, a un lado y otro, simulando bailar conmigo misma, con los ojos entornados, apresada en el encanto mágico de este encuentro, de este rincón íntimo del que disfrutamos a solas.
 
   Esbozo una sonrisa ante mi pequeño triunfo cuando percibo que no puedes contenerte, que extiendes tu mano para alcanzarme y rozas mi pecho con la yema de tus dedos. Me pides que siga. Tu mirada y tu gesto me piden que siga y yo lo hago. Continúo bailando mientras mis manos juguetean con la prenda que apresa mis senos, provocándote. No puedo creer lo que estoy haciendo, jamás nadie me había hecho sentir como tú, liberada, entregada. Quiero sentir tus labios sobre mí. Deseo recuperar ese beso robado a mi piel acercándome a ti de nuevo, subida a mis tacones, abriéndote los brazos para exponerme, como culmen a un deseo que a ti no se te antoja satisfecho por completo.
 
    Penetro tus ojos y te estrecho fuerte, uniendo mi cuerpo al tuyo para que sientas mi incompleta desnudez. Reanudamos el baile lento. Y me estremezco al sentir tus manos acariciando mi espalda. Tus labios pasean por mi cuello y tu respiración se agita haciendo titilar la llama de alguna vela, turbando su luz. Y se te escapa un gemido cuando acerco mi boca a tu oído y te digo con voz quebrada:
 
   «El resto…, quítamelo tú». 
 © Pilar Muñoz Álamo - 2018

16 sept. 2018

RELATO: «EL AMOR NUNCA OLVIDA»


«Tu hermana Linda está viva».

   Al principio no supe si reír o llorar como una mujer cuando escuché sus palabras. Sí, como una mujer. Porque un hombre hecho a la guerra no podía permitirse una flaqueza tal, esa fue la creencia en la que me educaron desde que una bomba partiera nuestra casa en dos y asolara nuestras vidas sin posibilidad alguna de reconstrucción; como los jarrones de mamá que Linda y yo rompíamos con estrépito en nuestros juegos de niños y que ella se empeñaba en recomponer sin éxito. Pero acabé llorando, al final. Con la emoción desbordada por nuestros padres muertos, por la separación sufrida, por nuestros lazos rotos a causa de un fanatismo que llevó a la ruina a todos los átomos de nuestra existencia..., por habernos arrebatado la felicidad de cuajo, como quien arranca flores sin compasión. Y lloré por mis años de búsqueda infructuosa, en los que llegué a maldecir a quienes afirman con rotundidad que para alcanzar los sueños solo hay que perseguirlos sin desfallecer. Ahora pienso que tal vez tenían razón. Y me concedo una sonrisa envuelta en nervios que tiembla sobre mis labios al bajar del tren.

   Cargo una vieja maleta en la mano y una nota en el bolsillo con una dirección escrita que ya no conozco. No figura el número de la casa, tan solo una calle. Impacta sentir la misma esencia en un pueblo cuya fisonomía ha cambiado tanto. Tal vez sea que quedó sepultada bajo los escombros y ha renacido al desempolvar las calles, las plazas, los pequeños rincones destrozados que ya han cobrado color de nuevo. Me emociona escuchar el murmullo de la vida cotidiana mientras camino, apacigua el sonido de las sirenas y el restallar de las bombas que aún resuenan en mi cabeza. Hay flores en los balcones, compitiendo en colorido con las fachadas de madera pintada. Un tibio sol me acompaña, subrayando con sus rayos el nombre de un destino grabado en papel que ahora temo encontrar. Porque no sé lo que esconderá. No sé cómo reaccionará ella, ni siquiera si estará.

   Ralentizo el paso, mirando aquí y allá, en los corrillos de vecinas, al pie de las casas, en los escalones de piedra que bordean la calle... Adentro la mirada en el interior de las tiendas, a través de los escaparates y del hueco de las puertas abiertas de par en par. Me palpita el corazón. ¿Y si no está? Me atormenta esa pregunta, como me aterra que perezcan mis ilusiones. Sigo avanzando, flotando sobre los adoquines de piedra, portando mi maleta con la mano sudorosa. Hasta que al volver la esquina, me paro en seco y la dejo caer. Hay una fachada de madera verde acristalada, es una tienda de marroquinería, con objetos diversos colgados en su exterior. Nada tendría de especial si no fuera por la bicicleta que está apostada junto a la puerta. Se me vidrian los ojos y mi garganta se cierra.

   Es la bici de mamá.

   Me siento para detener el temblor de mis piernas. Frente a ella. Necesito recuperar mis raíces, recobrar el pasado; aunque sé que dolerá. Los recuerdos me asaltan con una insurgencia atroz. Cierro los ojos y puedo ver a mi madre con su sonrisa amplia, un vestido de flores y un mechón de pelo, escapado del moño, retando al viento. Corre detrás de nosotros mientras yo agarro su bicicleta, en la que estoy enseñando a Linda a montar. Mi hermana cae sobre un manto de hierba y reímos a carcajadas, revolcándonos. A Linda no le duelen los rasguños, está deseosa de volver a subir. Yo, ahora, estoy ansioso por ver su sonrisa de nuevo. Regalándomela a mí.

   Abro los ojos y enfrento la realidad. No me atrevo a entrar y darme de bruces con ella, apuesto a que en el acto se me pararía el corazón, enmudecería de golpe. En su lugar, se me ocurre dejar mi maleta abierta sobre el banco de piedra a pie de puerta, junto a la bicicleta. Y espero. Reconozco a Linda al salir y la emoción me atenaza. La veo detenerse ante ella, dubitativa, extrañada. Su rostro, surcado de arrugas, desborda nostalgia mientras se arrodilla. Mis ojos se inundan. Atónita, toma entre sus manos la foto de nuestros padres y la acuna contra su pecho. Y se inclina luego con torpeza para oler las flores silvestres que forman un ramo dentro de la maleta; las mismas flores que recogíamos para mi madre cuando íbamos al campo con papá.

   —Linda, soy yo, Harry —le anuncio con ternura, agachado junto ella, incrédulo de que todo sea real, de que por fin haya vuelto a mi vida. Ella me mira tras girar la cabeza con parsimonia. Frunce el ceño y hace un esfuerzo por focalizar mi imagen a través de sus pupilas empañadas.

   —No —dice con voz temblorosa y mirada ausente—. Usted es un hombre mayor, mi hermano es pequeño. Como yo. Pero no está. Se marchó y no ha vuelto más.

   Su tono y pose infantil me alarman y me hacen comprender el vacío que hay en su mente. La mirada apenada de quien debe de ser su hija me lo confirma.

   Tomo aire en un intento de aliviar mi pecho, la congoja me impide respirar. Me sitúo detrás de ella, la abrazo por la cintura y cambio mi tesitura de voz, intentando hacerla sonar con menor gravedad.

   —¡Mira, Linda, es la bici de mamá! —le digo al oído, jovial—. ¿Quieres que te enseñe a montar?

   Ella deja escapar un suspiro y esboza una sonrisa abierta que me sabe a antaño.

   —¡Sí, Harry, sí!  —exclama ilusionada, sin mirarme—. ¡Chssss..., pero que no se entere papá! 

 © Pilar Muñoz Álamo - 2018


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