16 sept. 2018

RELATO: «EL AMOR NUNCA OLVIDA»


«Tu hermana Linda está viva».

   Al principio no supe si reír o llorar como una mujer cuando escuché sus palabras. Sí, como una mujer. Porque un hombre hecho a la guerra no podía permitirse una flaqueza tal, esa fue la creencia en la que me educaron desde que una bomba partiera nuestra casa en dos y asolara nuestras vidas sin posibilidad alguna de reconstrucción; como los jarrones de mamá que Linda y yo rompíamos con estrépito en nuestros juegos de niños y que ella se empeñaba en recomponer sin éxito. Pero acabé llorando, al final. Con la emoción desbordada por nuestros padres muertos, por la separación sufrida, por nuestros lazos rotos a causa de un fanatismo que llevó a la ruina a todos los átomos de nuestra existencia..., por habernos arrebatado la felicidad de cuajo, como quien arranca flores sin compasión. Y lloré por mis años de búsqueda infructuosa, en los que llegué a maldecir a quienes afirman con rotundidad que para alcanzar los sueños solo hay que perseguirlos sin desfallecer. Ahora pienso que tal vez tenían razón. Y me concedo una sonrisa envuelta en nervios que tiembla sobre mis labios al bajar del tren.

   Cargo una vieja maleta en la mano y una nota en el bolsillo con una dirección escrita que ya no conozco. No figura el número de la casa, tan solo una calle. Impacta sentir la misma esencia en un pueblo cuya fisonomía ha cambiado tanto. Tal vez sea que quedó sepultada bajo los escombros y ha renacido al desempolvar las calles, las plazas, los pequeños rincones destrozados que ya han cobrado color de nuevo. Me emociona escuchar el murmullo de la vida cotidiana mientras camino, apacigua el sonido de las sirenas y el restallar de las bombas que aún resuenan en mi cabeza. Hay flores en los balcones, compitiendo en colorido con las fachadas de madera pintada. Un tibio sol me acompaña, subrayando con sus rayos el nombre de un destino grabado en papel que ahora temo encontrar. Porque no sé lo que esconderá. No sé cómo reaccionará ella, ni siquiera si estará.

   Ralentizo el paso, mirando aquí y allá, en los corrillos de vecinas, al pie de las casas, en los escalones de piedra que bordean la calle... Adentro la mirada en el interior de las tiendas, a través de los escaparates y del hueco de las puertas abiertas de par en par. Me palpita el corazón. ¿Y si no está? Me atormenta esa pregunta, como me aterra que perezcan mis ilusiones. Sigo avanzando, flotando sobre los adoquines de piedra, portando mi maleta con la mano sudorosa. Hasta que al volver la esquina, me paro en seco y la dejo caer. Hay una fachada de madera verde acristalada, es una tienda de marroquinería, con objetos diversos colgados en su exterior. Nada tendría de especial si no fuera por la bicicleta que está apostada junto a la puerta. Se me vidrian los ojos y mi garganta se cierra.

   Es la bici de mamá.

   Me siento para detener el temblor de mis piernas. Frente a ella. Necesito recuperar mis raíces, recobrar el pasado; aunque sé que dolerá. Los recuerdos me asaltan con una insurgencia atroz. Cierro los ojos y puedo ver a mi madre con su sonrisa amplia, un vestido de flores y un mechón de pelo, escapado del moño, retando al viento. Corre detrás de nosotros mientras yo agarro su bicicleta, en la que estoy enseñando a Linda a montar. Mi hermana cae sobre un manto de hierba y reímos a carcajadas, revolcándonos. A Linda no le duelen los rasguños, está deseosa de volver a subir. Yo, ahora, estoy ansioso por ver su sonrisa de nuevo. Regalándomela a mí.

   Abro los ojos y enfrento la realidad. No me atrevo a entrar y darme de bruces con ella, apuesto a que en el acto se me pararía el corazón, enmudecería de golpe. En su lugar, se me ocurre dejar mi maleta abierta sobre el banco de piedra a pie de puerta, junto a la bicicleta. Y espero. Reconozco a Linda al salir y la emoción me atenaza. La veo detenerse ante ella, dubitativa, extrañada. Su rostro, surcado de arrugas, desborda nostalgia mientras se arrodilla. Mis ojos se inundan. Atónita, toma entre sus manos la foto de nuestros padres y la acuna contra su pecho. Y se inclina luego con torpeza para oler las flores silvestres que forman un ramo dentro de la maleta; las mismas flores que recogíamos para mi madre cuando íbamos al campo con papá.

   —Linda, soy yo, Harry —le anuncio con ternura, agachado junto ella, incrédulo de que todo sea real, de que por fin haya vuelto a mi vida. Ella me mira tras girar la cabeza con parsimonia. Frunce el ceño y hace un esfuerzo por focalizar mi imagen a través de sus pupilas empañadas.

   —No —dice con voz temblorosa y mirada ausente—. Usted es un hombre mayor, mi hermano es pequeño. Como yo. Pero no está. Se marchó y no ha vuelto más.

   Su tono y pose infantil me alarman y me hacen comprender el vacío que hay en su mente. La mirada apenada de quien debe de ser su hija me lo confirma.

   Tomo aire en un intento de aliviar mi pecho, la congoja me impide respirar. Me sitúo detrás de ella, la abrazo por la cintura y cambio mi tesitura de voz, intentando hacerla sonar con menor gravedad.

   —¡Mira, Linda, es la bici de mamá! —le digo al oído, jovial—. ¿Quieres que te enseñe a montar?

   Ella deja escapar un suspiro y esboza una sonrisa abierta que me sabe a antaño.

   —¡Sí, Harry, sí!  —exclama ilusionada, sin mirarme—. ¡Chssss..., pero que no se entere papá! 

 © Pilar Muñoz Álamo - 2018


30 ago. 2018

RELATO: «LA COARTADA». 1º PREMIO DEL IV CONCURSO DE RELATO CORTO ORGANIZADO POR LA COFRADÍA DE LA VIRGEN DEL ROSARIO Y GRACIA DE PARACUELLOS (CUENCA)


La puerta se cerró de golpe, como cada mañana a la misma hora. Contuve la respiración para escuchar sus pasos sobre la grava, cada vez más distantes, más lejanos. Me sequé las manos en el delantal y aparté el visillo de la ventana del fregadero, tan solo un resquicio, lo justo para observar cómo el viejo Cadillac de mi marido avanzaba hacia el camino, balanceándose como una barquilla. Aceleró dejando tras de sí una nube de polvo y humo que el tubo de escape escupió sin contemplaciones. Noté cómo se me aceleraba el pulso. Desde la noche anterior había mantenido la cabeza ocupada, obsesionada por encontrarle un buen final a mi historia. Apenas había dormido, lo que me había obligado a hacer un esfuerzo inmenso por no moverme ni molestarlo. Despertarlo en plena noche era una fatalidad.
   Corrí en busca de un barreño en el que puse la ropa mojada y salí a tender, sin quitarme los guantes de goma con los que había fregado los platos y vasos del desayuno. Y puse una horquilla en mi pelo para darme aspecto de hacendosa, porque sabía que mi vecina, la señora Standford, me estaría observando.
   —Buenos días —la saludé, levantando un brazo para hacerme ver.
    Su casa y la mía quedaban a unos cincuenta metros, ambas cercadas por sendas vallas de poca altura que circundaban el terreno árido de que disponíamos alrededor. Vivíamos a las afueras del pueblo. La señora Standford tenía un establo con una docena de vacas que apenas le daban para vivir. Lo mío era una pequeña granja con algunas gallinas y unos cuantos conejos, que soportaba las quejas de John de no ser rentable pero que yo me empecinaba en tener. A veces, me preguntaba a mí misma por qué en tal asunto me tomaba en cuenta si en lo demás yo era un cero a la izquierda, si jamás le podía llevar la contraria cuando adoptaba una decisión. Rose opinaba que esa era su manera de mantenerme en casa, ocupada y sin riesgo alguno de evasión. Pero a mí lo cierto es que me la traía al fresco cuál fuera su verdadera razón, me importaba la mía, que no era otra que la de acceder a través del cobertizo, sin levantar sospecha, a un sótano escondido bajo una trampilla tapada por un baúl y en el que yo vivía mi segunda vida, una existencia alternativa sin la cual no habría podido soportar los desaires de mi esposo durante los años que llevaba cohabitando con él.
   La vecina me devolvió el saludo mientras me afanaba, con los alfileres en la boca, en colgar la ropa sobre el tendedero como si no tuviera otra cosa que hacer; aunque el corazón me palpitara inquieto. Cuando dejé caer la última prenda sobre el cordel, le deseé que pasara un buen día y me adentré en la casa con calma. Hasta cerrar la puerta. Entonces me apresuré hacia la parte trasera, quitándome el delantal. Me arranqué la horquilla, puse carmín en mis labios, me ajusté el vestido y me coloqué las gafas pequeñas que usaba para coser. Y entré en el cobertizo, con el pulso punzando mi sien.
   Desplacé el baúl con sumo esfuerzo, levanté la trampilla y bajé. El aire viciado envolvió mi nariz; una mezcolanza de mi propio perfume y de la humedad acumulada, que no tenía por dónde huir. Pulsé el interruptor de la luz, situado sobre la bombilla, y la estancia se iluminó. Las sombras comenzaron a balancearse a su mismo ritmo, hasta detenerla. Entonces la claridad se concentró en ella. En la máquina de escribir. Un modelo antiguo heredado de mi padre, en el que él había escrito sus mejores novelas. Me senté ante ella y la acaricié. Froté mis manos, calenté los dedos y miré el reloj, nerviosa. Unas cuantas horas. Disponía de unas cuantas horas para concluir la historia y llevársela a Louise, antes de que John volviera y me pillara haciendo lo que no debía. Escribir.
   —Cora, ¿por qué no te largas y dejas a ese cretino que tienes por marido de una maldita vez? —me había preguntado ella, varias veces.
   —Tú siempre serás mía, ¿verdad, palomita? Porque si tú algún día te marchas, yo… yo no sé lo que sería capaz de hacer —me repetía John, endureciendo el tono. Como amenaza hacia mí. No por él.
   —Tienes talento, pequeña mía, eres ingeniosa, imaginativa y te expresas muy bien. Serás una gran escritora —sentenció mi padre, meses antes de morir—. En la sangre lo llevas, no lo podrás evitar.
   Pero sangre fue lo que manó de mi boca cuando, al poco de casarnos, confesé a John cuál era mi pretensión. Me la cerró con un bofetón, porque el talento que tenía debía destinarlo a él. Y así lo hice a la vista suya. Complaciente, obediente, sumisa. Y transgresora cuando no estaba. Por mi padre. Por mí misma. Por una historia que Louise me había prometido publicar por partes si a su jefe, editor y director del periódico local, le parecía bien.

   Así es que llevaba un año escondiéndome como una vulgar fugitiva cuando John no estaba, encerrada a cal y canto bajo el suelo de aquel cobertizo para evitar que el sonido del tecleo saliera al exterior. Inventando para mi novela negra el crimen perfecto, porque ese era el género que más me llenaba; me resultaba imposible contar historias de amor, mi casamiento con John me había tirado el romanticismo por el retrete. Sumergida en mi mundo, desplazaba los dedos por la máquina a una gran velocidad, con el pensamiento en la ficción mientras mis sentidos paseaban por la realidad de mi hogar, en alerta ante la llegada inesperada de mi marido y de la señora Standford, que de vez en cuando me traía tartas rellenas de crema porque auguraba que no tendría hijos debido a mi delgadez. Y así había llegado hasta las últimas páginas, con el corazón enfermo por los sobresaltos, pero radiante de felicidad ante una hazaña que nunca pensé poder concluir.
   Metí el papel en el carro, me erguí en la silla, deslicé mis gafas hacia la punta de mi nariz y, atusándome el pelo, encendí un cigarrillo que le había robado a John. Comencé a toser, en la vida había fumado. Pero Cristine lo hacía en mi novela y yo debía asemejarme a ella, meterme en su piel para poder sentirla y escribirle un final épico. El cobertizo se llenó de humo y me transporté a otro mundo, a otra vida, a otra época. Vertí en la página todo cuanto había estado pensando a lo largo de la noche y de los días anteriores, incluyendo unos diálogos que relataba de memoria de tanto como mentalmente me los había repetido. La mesa estaba cuajada de anotaciones escritas en servilletas, bolsas, octavillas o en cualquier otro sitio donde pudiera verterse tinta. Llené una, dos, seis hojas. Hasta poner FIN. Aquella sería la última entrega que le diera a Louise, la que estaba esperando tras haber leído el resto entusiasmada por completo. Entonces me llevé una mano al cuello y, de forma súbita, comencé a llorar. Besé la máquina que había cambiado mi vida y miré al cielo para dedicarle a mi padre aquella profunda emoción. Pero el sonido de un motor me paralizó. Tras unos segundos sin reaccionar, arranqué el papel del carro, lo añadí al montón que yacía sobre la mesa y me levanté con prisa. Apagué la luz con un brusco manotazo y la bombilla cayó al suelo con estrépito. El corazón se me desbocó.  Salí por la trampilla, tropezando con mis propios pasos, mientras escuchaba cómo se detenía el motor; John debía de haber aparcado ya el coche en el garaje.
   Desplacé el baúl y corrí como una histérica, provocando el aleteo de las gallinas y la huida despavorida de los conejos de un lado a otro. Cuando alcancé la puerta del cobertizo, John me esperaba en ella con un semblante fantasmagórico.
   —Has… vuelto muy pronto hoy —balbuceé con torpeza.
   —¿Qué estabas haciendo, Cora? —Desplazó los ojos con rapidez por el interior de la estancia, sin mover la cabeza. Quise salir, pero él me sujetó con fuerza—. ¿Llevas carmín en los labios, a media mañana? ¿Acaso has ido a algún sitio?
   Tragué saliva y un sudor frío me inundó la nuca. No contesté.
   —Animales asquerosos, esto es una auténtica pocilga —relató, con una mueca de repugnancia anclada al rostro—. No voy a consentir que pases aquí metida todo el tiempo mientras descuidas nuestra casa, ¿me has oído? Se acabó.
   —John…
   Me tembló la voz al ver sus ojos henchidos de ira y la mandíbula prieta.
   —Ve adentro —me ordenó, señalando hacia la casa—. Prepárame el baño y un buen café caliente, tengo algo que hacer aquí.
   No repliqué. Caminé hacia atrás con lentitud, arrastrando los pies por la tierra seca que me rodeaba, sin despegar la vista de un bolsillo en el que trasteaba con decisión. Sacó un mechero.
   —¡John! —le grité alarmada.
   —¡Que entres en casa te he dicho!
   Corrí hasta la cocina y me asomé de nuevo por la ventana. Temblando. Me tapé la boca y cabeceé incrédula cuando lo vi salir del cobertizo detrás de los animales, palmeándolos para alejarlos de él.
   —¡Ya podéis correr, bichos del demonio, si no queréis acabar quemados como en el maldito infierno!
   Me agité, temiéndome lo peor. Sabía de sobra que podía hacerlo, que sería capaz de cumplir su amenaza más repetida: «¡El día que se me inflen las narices, le pegaré fuego a tu asquerosa granja, boba, más que boba!».
   Y la cumplió. Roció los rincones con carburante y encendió el mechero que sujetaba con su mano izquierda. En pocos minutos, todo prendió. Todo. Incluyendo el sótano cuya trampilla de madera no sirvió de cortafuegos para evitar que mis papeles, mis notas, mis sueños ardieran hasta quedar reducidos a negras cenizas. La máquina de escribir de mi amado padre… también. Me arrodillé en la cocina y rompí a llorar en silencio mientras él vociferaba como un poseso, alejando a los vecinos de un asunto que solo le concernía a él.
   Se emborrachó para celebrarlo y, para demostrar su hombría, me poseyó como una bestia sobre el suelo del salón mientras me preguntaba con acritud quién se escondía en el cobertizo cuando él marchaba a trabajar; riéndose, con la mandíbula desencajada, al advertirme que ya no había lugar donde escondernos, donde ponernos a salvo de él. A mí se me secaron las lágrimas al tomar conciencia de los años de vida futura que a su lado me esperaban. Y entonces recordé las palabras de Louise, las que había pronunciado con ferviente efusividad para referirse a la historia que yo había inventado y que tanto tiempo me había llevado escribir: «Tu mente es prodigiosa, Cora, jamás había leído una novela negra con un crimen tan perfecto. Es colosal.»
   «Un crimen perfecto».
   «Un crimen perfecto».
   ¿Y si lo llevaba a la realidad?

   Meses más tarde, me despojé para siempre de la ropa negra que había llevado en señal de luto y continué simulando ser una viuda abatida y desconsolada, como si no hubiera hecho nada; con la inocencia pintada en el rostro y la culpabilidad a buen recaudo en mi conciencia, como un secreto inconfesable. Fue entonces cuando retomé los papeles y mis anotaciones mentales y reescribí a mano el final quemado en el cobertizo, para rematar la novela que días más tarde le entregué a Louise con una amplia sonrisa en mi rostro y el corazón bailando de felicidad. «A mi jefe le ha encantado», me dijo después. El sueño de ver publicada mi historia por fin se haría realidad. Me sentí libre. Como si volara. Dispuesta a conquistar un mundo nuevo tras haber saltado los muros que me sitiaban la vida.
   El día 9 de mayo, señalado en rojo en mi calendario, corrí a por la prensa sin ni siquiera desayunar. La primera entrega de mi novela saldría impresa en el suplemento dominical, como justo premio por lo que había escrito con tanto esfuerzo y dedicación. Pasé las páginas a toda velocidad, varada a unos cuantos metros de la gasolinera en la que había adquirido un ejemplar. Leí el título de mi obra con emoción. Y acto seguido me quedé estupefacta al ver lo que figuraba escrito una sola línea más abajo: «Por Louise Miller».
   —¡¡Maldita hija de p…!! —exclamé a viva voz—. ¡¿Cómo se atreve a apropiarse de una historia que he escrito yo?!
   —¡Chsssss…! Conviene que cierres la boca, Cora —susurró ella, a mi espalda—. Tu ficticio crimen perfecto se hizo real. Y ahora, todo el mundo lo verá. Yo tengo una coartada, pero tú… Si revelas ser la autora de esta historia —me advirtió, esbozando una sonrisa cínica—, te delatarás.
 © Pilar Muñoz Álamo - 2018


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7 jul. 2018

«AQUELLO QUE FUIMOS»: PRÓLOGO.



PRÓLOGO

   Cuántas veces habremos escuchado que cada cual debe actuar como siente que ha de hacerlo, sin importarle la aprobación o la condena de los demás. Pero tal afirmación es cuanto menos ilusoria, una sencilla utopía que pretende calmar la conciencia sin conseguirlo. El dolor causado con nuestra actitud a quienes amamos se vuelve contra nosotros como un búmeran envenenado y no nos deja vivir en paz. Quizás por ello se haga necesario confesarse, exorcizar los demonios dándoles forma y mostrándolos al exterior para que dejen de corroernos por dentro, redimir las culpas que sentimos tener, aunque a lo largo de los años nos hayamos repetido de manera incesante que hemos sido un producto de las circunstancias, que nuestra libertad de acción se ha podido ver condicionada por causas ajenas a nuestra voluntad. Nos mueve la necesidad de restablecer el orden, de colocar los afectos en su justo lugar, tanto los nuestros como los de aquellos que nos rodean y cuyas vidas se entrelazan con la nuestra, víctimas de las acciones y desafortunadas decisiones, de la mentira construida para paliar el dolor de la realidad.

Esta es nuestra historia. Una historia de la que no solo nosotras somos protagonistas. Porque la vida, tal cual se dice, es una gran obra de teatro. Y todo aquel que entra en escena tiene sus propias razones para sentir, para pensar, para actuar, para vivir.

30 jun. 2018

«SE LLAMABA MANUEL» de VÍCTOR FERNÁNDEZ CORREAS


 SINOPSIS

El cuerpo del joven Manuel Prieto aparece en el Cerro Garabitas de la Casa de Campo de Madrid el día de Nochebuena de 1952. Gonzalo Suárez, inspector de segunda del Cuerpo General de Policía, se hace cargo del caso. Un caso que, sin saberlo, cambiará su vida tal y como la conoce.
El teniente Arturo Saavedra negocia los términos del acuerdo que permitirá a Estados Unidos establecer bases militares en España. Y lo hace por convicción, pero también por interés personal: las negociaciones son la puerta abierta a la nueva vida que ansía por encima de todo.
Marga Uriarte vive con odio. En el pasado coqueteó con el entorno del Partido Comunista de España. Ahora, un viejo conocido le pide ayuda en nombre del partido. Lo que parecía un mero trámite para ganar algo de dinero se convierte en una oportunidad inmejorable para saldar cuentas con su pasado.
Tres historias que se desarrollan en una España en la que, se aseguraba, había empezado a amanecer. Aunque no para todos.



   Hace un par de años me llegó un mensaje de Víctor Fernández Correas. No era el primero que recibía de él ni sería el último, pero este volvía a ser especial, porque venía de nuevo aderezado con literatura y he de reconocer que esos mensajes me encantan; aunque también me asustan, sobre todo cuando a través de ellos no me hacen partícipe, simple y llanamente, de un fragmento de novela o de una pequeña escena para mi deleite, sino que llegan de la mano de una petición concreta que conlleva una cierta responsabilidad por mi parte, literariamente hablando. En esta ocasión, a la media novela anexada al mensaje, Víctor añadía una petición, en apariencia, muy sencilla: «Quiero que me digas si crees que merece la pena seguir escribiendo esta historia». 

   Yo no dije nada en aquel momento. A juzgar por los fragmentos que ya había tenido el privilegio de leer antes —y que me habían encantado—, podría haber aventurado que sí, pero no lo hice, porque me gusta ir siempre con mi verdad por delante, mi honestidad no me permite engañar, ni endulzar el oído de nadie con mentiras piadosas que no ayudan, máxime cuando se trata de amigos, y yo necesitaba comprobar primero cómo él había dispuesto y movido sobre el tablero todas las piezas de la novela para poder ofrecerle mi particular opinión. No, no le dije nada, pero sí que pensé para mí solita: «¡¿Y cuándo algo de lo que tú has escrito no ha merecido la pena, hijo de mi vida?!» :) Cuando acabé, mi respuesta fue clara y contundente, tenía que seguir adelante. Hasta el final. 

   Aquella primera mitad ya auguraba el calibre de novela que ha resultado ser. Ya llevaba el sello propio del autor, que no se conforma con escribir una obra con la que salir del paso. No. El buen hacer literario de Víctor Fernández Correas busca crear una historia interesante, y nada simple, que entremezcla con varios hilos argumentales que le dan solidez a la trama; las sitúa en un espacio temporal histórico amplia y perfectamente documentado; y en un espacio físico que recrea con tal genialidad, que hasta somos capaces de verlo, olerlo, sentirlo, escucharlo... Disfrutarlo y sufrirlo. Con solo unas pinceladas certeras. Porque Víctor juega con las palabras como los grandes pintores con sus pinceles; con apenas unos trazos es capaz de recrear la escena que tiene en mente transmitiéndonos su esencia, el alma, aquello que la caracteriza hasta involucrarnos en ese mismo escenario como si fuéramos testigos directos de cuanto está pasando. Así nos traslada hasta el Madrid de los años cincuenta, de mitad del siglo XX, con una narración que, como bien han dicho otros, tiene tintes costumbristas por los detalles de la época que aporta y que, lejos de sobrar, son bien recibidos para creernos aún más lo que estamos leyendo.

   Cuando ediciones Versátil dijo de incluir «Se llamaba Manuel» en su catálogo de narrativa, y no en Off Versátil —dedicado al thriller y a la novela negra—, lo celebré. Porque esta novela escapa a los límites habituales de este género, y no es una novela policíaca sin más. Hay un asesinato y una investigación a cargo del Cuerpo General de Policía de la época, sí, pero en torno a ella se dan cita otros muchos aspectos que, a mi modo de ver, no solo engrandecen la historia, sino que cobran, incluso, una mayor relevancia que el asesinato en sí, como son la política, el estamento militar con sus propios intereses (interiores y exteriores), las cortapisas y los beneplácitos del Régimen franquista, una visión social centrada en las relaciones humanas, conyugales, económicas y hasta homofóbicas, la venganza, la lucha por la supervivencia, el amor... Todo ello muy bien combinado y repartido en dosis «capitulares» que siempre te dejan con ganas de más por la habilidad con la que el autor maneja el suspense.

   ¿Y de los personajes? ¿Qué deciros de los personajes? Que están bordados, tanto los principales como los secundarios. Son humanos, reales, tangibles, coherentes... Podrán gustarnos o no, podremos empatizar con ellos o no, pero te miran de frente y te plantan cara, no están hechos de humo, sueños idealizados o deseos de ficción. No son planos. Son de carne y hueso, tienen su propio temperamento, alma y corazón, aunque alguno de ellos lo tenga de piedra.

   Marga Uriarte, Gonzalo Suárez, Arturo Saavedra, el Canelita, Escolástica Sainz...

   Todos ellos, y algunos más, desfilarán con sus vidas a lo largo de las 350 páginas de una novela que se nos hace corta; vidas contadas con el estilo narrativo de un escritor que tiene una voz propia inconfundible y que me encanta...

   Una voz «literaria» que deseo, de corazón, que no enmudezca nunca. 

   Felicidades, Víctor. Mucho éxito.
 

25 jun. 2018

«AQUELLO QUE FUIMOS». MI NUEVA NOVELA.



   Son incontables las veces en que parecemos tener claro quién es víctima y quién verdugo; a quién hemos de salvar y a quién culpar sin ninguna contemplación, a pesar de contar con elementos mínimos, los que nos brinda el hecho de ser testigos de un único suceso puntual, sin ahondar en nada más. No reparamos entonces en la probable conjunción de ambos papeles, ni siquiera en su alternancia dentro de un mismo ser. Como tampoco reparamos en la triste realidad de que cualquiera de nosotros, y en cualquier momento, puede dejar víctimas a su paso sin pretenderlo, incluso aquel que siempre juró que jamás dañaría a nadie.

  Decisiones. Trascendentes o intrascendentes, cobardes o valientes, que no solo condicionan nuestra vida, sino la de aquellos que habitan a nuestro alrededor. Decisiones y acciones que truncan el camino de los inocentes hasta convertirlos en culpables, para luego enjuiciarlos moral y legalmente como si todo, absolutamente todo, fuera producto exclusivo de su voluntad.

   Pero... ¿en realidad es así?


   Hace algo más de tres años, esta reflexión comenzó a apropiarse de mi pensamiento: la del poder de las decisiones —propias o ajenas— y la interacción con sus consecuencias en un juego de rol en el que víctimas y verdugos podían alternar papeles sin pretenderlo, por desconocimiento, quizás por maldad, por una despiadada presión social o familiar, o incluso por autodefensa o instinto de supervivencia. Decidí entonces, al igual que ya me ha ocurrido otras veces, alimentar el germen de esa idea profunda e interesante para crear una historia en torno a ella, convirtiéndola en novela. En novela de las que me gustan, ficticia y a la vez real, además de atemporal.

   Así nació «Aquello que fuimos».

   Vuelvo con esta novela a esa ficción contemporánea con la que empecé, que plasma la realidad actual, las emociones, los sentimientos, las reflexiones que subyacen a los hechos ficticios que conforman la historia, aunque sin olvidar esos matices literarios en su trama que conquistan al lector, que lo enganchan con su intriga, con sus giros argumentales e incluso con esos debates mentales que nacen a raíz de la actitud de los protagonistas y demás personajes que transitan por la historia.

   Más de un año y medio en escribirla. Y otro tanto para releerla y corregirla de forma incansable hasta dejarla depurada y linda. Una novela compleja de la que me siento orgullosa y para la que hubiera deseado un respaldo editorial que le diera acceso a lectores nuevos, a aquellos que apenas frecuentan las redes ni son adeptos a la tecnología digital, sino a las librerías y demás establecimientos con aroma a papel, que gustan de tocar los libros, ojearlos y hojearlos antes de llevárselos puestos. Pero no ha podido ser, hay puertas que no se abren; pero sí cajones. Los que invitan a darle una oportunidad —aunque sea más pequeña y limitada— a novelas como esta, que merece ser compartida con esos lectores fieles que nunca fallan y a los que todo les debo. Y por qué no, a mis dos protagonistas, que quieren alzar la voz para contar sus vidas con una humanidad plena y con esa fortaleza que aporta la experiencia, el miedo, la superación, el deseo de vivir y, por encima de todo, el deseo de ser feliz.

   Blanca. Fuensanta. Víctor.

   Tres nombres que han estado y vivido conmigo durante mucho tiempo. Que han ido creciendo hasta hacerse grandes, conquistándome con su forma de ser y de actuar. Con su manera de evolucionar.

   Ahora espero que os conquisten a vosotros. Nada me gustaría más.

   El 4 de julio tenéis una cita con ellos.
   Si os apetece.


«NUNCA SUBESTIMES UNA DECISIÓN, POR INSIGNIFICANTE QUE PAREZCA.
EL RUMBO DE TU VIDA PODRÍA DEPENDER DE ELLA.»

30 may. 2018

CHARLA CON MIKEL ALVIRA, AUTOR DE «EL COLOR DE LAS MAREAS»


    Hola, Mikel, bienvenido a esta casa.

   Antes de nada, quisiera felicitarte por «El color de las mareas», una novela que me ha encantado por su preciosa historia, su trama, su buenísima narrativa y por la cantidad de reflexiones vertidas en ella, a través de los personajes y de forma directa en esos párrafos independientes que no tienen desperdicio y que he disfrutado muchísimo.
   Quizá porque las reflexiones me pierden y porque el trasfondo de la historia, la psicología de los personajes y las relaciones entre ellos tienen para mi tanta trascendencia como la historia en sí es por lo que he querido centrar esta charla en esos pensamientos que salpican la novela, más que en su argumento. Y también porque me atrae conocer esa faceta tuya de pensador y comunicador tanto como la de escritor.
   Gracias por abrirte y permitirnos conocerte un poco más en este aspecto.

   Gracias a ti por esta oportunidad y, sobre todo, por apoyar con tus palabras las palabras de otros. Siempre he dicho que esto de escribir nos tiene que llevar a tender puentes, a crear lazos. Y no cabe duda de que tú eres una buena creadora de lazos. Estoy encantado.

   Nunca me habían llamado «creadora de lazos», pero me suena muy bien, me gusta, ja, ja.
   La novela comienza con una frase contundente y atractiva: «Se llamaba Beatriz Tussaud y no se casó con el amor de su vida». A un lector actual, esta frase le puede llamar la atención, resultarle atrayente, porque solemos estar convencidos de que la persona con la que nos casamos es y será el amor de nuestra vida. Pero, ¿a un lector de finales del siglo XIX —época en la que esto sucede—, ¿le resultaría extraña esa afirmación?

   Sin duda. La novela arranca en 1898, un momento vertiginoso en España, y se desarrolla a lo largo de las cinco primeras décadas del XX. En aquella época, lo de casarse por amor no se concebía como ahora. Afortunadamente, hemos progresado como sociedad y, aunque quede un largo trecho para que la equidad hombres-mujeres sea real, hemos avanzado respecto a ese punto. Sin ser una novela feminista, la mujer ocupa un lugar importante en el sostenimiento de la trama, con una Beatriz que no se casó con el amor de su vida (o sí; eso, el lector lo descubrirá) pero que luchó siempre por sacar a su familia adelante.

   Amor y pasión no siempre van unidas. Lina no cree en el amor, cree en la pasión. ¿En qué deberíamos creer para tener una buena relación? ¿Cuál de las dos elegirías tú?

    Una relación sana ha de basarse en tres principios, en tres pilares. La Pasión, por supuesto: sin pasión, sin sexo, sin chispa, sin calor, una relación de vuelve un mero contrato entre rutinas, que puede ser satisfactorio en lo organizativo, pero frustrante en lo emocional. Además, el Pasado: una pareja ha de acumular pasado en común, experiencias en común, vivencias compartidas; tanto las sublimes como las cotidianas: compartir tiempo, compartir instantes, compartir tropiezos y alegrías. El pasado no se imposta. Y, por último, Proyecto: esto es, creer en construir algo juntos, y no solo la educación de los hijos, si los hay. He visto familias romperse por no tener un destino común, un proyecto común. Y el proyecto más hermoso es la construcción de cada miembro de la persona autónomamente. Una relación es la suma de dos, sin negar lo particular de cada uno, el crecimiento de cada cual, los momentos individuales, puestos al servicio de un proyecto común.


   Comparto todo lo que dices, sobre todo la importancia de ese proyecto común que marca el futuro y que hace que dos líneas que comenzaron paralelas y muy unidas no terminen separándose. Aunque a veces, cuando entran otros elementos en el terreno de juego... Por ejemplo, otro hombre, como ocurre con Beatriz. Porque hay dos hombres en su vida, Marcel y Daniel.
   En la vida real, ¿se puede amar a dos personas a la vez, Mikel? Y no digo querer, digo amar.

   El amor no conoce límites, más allá de los que nos impone lo cultural. En nuestro caso, la cultura judeocristiana de la que somos herederos nos ha impuesto el límite de la monogamia. Pero el amor, como emoción primaria, desbordante e insondable, es ilimitado.

   Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que en nombre del amor pueden acometerse actos heroicos y también estupideces. ¿Crees que hay veces en que el amor sentido por la otra persona y lo que en su nombre somos capaces de hacer puede llegar a estar reñido con la propia dignidad? ¿Hasta dónde deberían llegar uno y otra?

   Las estupideces por amor, si las comete un poeta, un pirata o un loco, son perdonables y hasta heroicas. Todos deberíamos tener a nuestro lado un Shakespeare que glosara nuestras estupideces, para convertirlas en episodios épicos. Con todo, y por ser práctico, hasta que alguien mute nuestros delirios en gestas bequerianas, lo mejor es mantener la dignidad a buen recaudo. Y ahí tienen mucho que ver los dos fundamentos de la persona: autoconcepto y autoestima. Si los trabajáramos más, el amor y sus consecuencias serían menos tormentosos. 
   Autoestima. La otra gran sufridora en muchos de los fracasos amorosos. Y si estos giran en torno a una misma persona, incluso más. En la novela se dice que «Dos abandonos en una vida son un precio demasiado alto para cualquier corazón». ¿Crees en las segundas oportunidades? ¿Y en las terceras, son posibles?

   La vida es demasiado breve como para andarse con demoras. Solo tenemos una vida y, además, no sabemos cuánto va a durar. Así que concedamos tantas oportunidades como sean necesarias. La existencia no puede ser un cúmulo de oportunidades perdidas sino, al revés, un abanico de oportunidades concedidas. ¡Claro que creo! Porque creo que el ser humano es capaz de evolucionar, cambiar, corregir, avanzar. Es la base de la evolución.

   Yo también creo en ellas, necesité tres para estabilizar mi relación, ja, ja, ja.
   ¿Amor en calma o amor loco? ¿De verdad, toda historia de amor que se precie debería tener un punto de locura, un punto de inconsciencia, por aquello de que el corazón se impone a la razón?

    El amor no es un concepto ni aprehensible ni mensurable ni racionalizable. Con todo, se ha hablado a veces de las fases del amor o de los tipos de amor. No sé cuál es más amor que otro, pero lo cierto es que no es igual el amor del flechazo adolescente que el reposado amor de quien ha compartido una vida. Reivindico con igual fuerza la locura de amor como el amor maduro.

   Hay una cuestión que siempre he sopesado respecto a las infidelidades, y es hasta qué punto podemos hablar de infidelidad sin que haya «cuernos» de por medio. ¿Marcel es infiel por pensar y desear a Beatriz mientras está con otra mujer? Según tú, ¿cuándo se puede hablar de infidelidad?, ¿dónde trazamos la línea?

   La línea la debería poner cada pareja, sin estándares ni prejuicios. El problema es que en muchas parejas se dan por sentados límites que no ha puesto la pareja, sino la cultura. Si se hablara más en la pareja, muchos de esos fantasmas desaparecerían.

   Comunicación. Siempre, comunicación, en todo y para todo, ¿verdad?


   «Huir es de cobardes», suele decirse, y es verdad que casi siempre se tacha la huida como un acto de cobardía. Pero yo a veces pienso que cuando esa huida supone una renuncia en nombre del amor, también demuestra ser, en el fondo, un acto de valentía, porque sabemos que sufriremos y aun así lo hacemos, en ocasiones, por bien del otro. Bajo tu punto de vista, ¿quién demostró ser más valiente, Beatriz o Marcel? (Sin spoilers, ¿eh?)

    Huir no es ni cobardía ni valentía. Huir es un verbo que puede responder a motivaciones totalmente opuestas. No podemos juzgar la acción (huir); mucho menos lo que a alguien le lleva a huir (los motivos). Que cada cual actúe conforme a sus principios y sus convicciones. En este caso, tanto uno como otro actúan de acuerdo con lo que a ellos les mueve y les conmueve. Nada que objetarles, más allá de que la acción nos parezca reprobable o no.

   ¿La mirada es fundamental en el amor? ¿Qué papel juega en él?

    Una mirada es siempre el inicio de una relación. Una mirada literalmente hablando o una mirada como metáfora de una palabra, un gesto, un guiño... Toda historia de amor ha empezado con una mirada, sea como sea.

   Eso iba a apuntarte, que hoy en día cada vez más relaciones comienzan en redes sociales donde no hay un contacto visual en sentido literal, pero es cierto que hay otras maneras de establecer esa complicidad equivalente a la de una mirada.
   Sigamos hablando de relaciones y amor. Siempre me ha llamado la atención la abnegación de las madres, capaces de aceptar o renegar de ese amor por el bien de sus hijos. Muchas cosas han cambiado respecto a la manera de sentir y vivir el amor a lo largo de los años. ¿En este aspecto también? ¿Y en la figura del padre?

    La cultura moldea la personalidad de los individuos, marcando límites y aportando pistas para actuar. De igual manera, la cultura se moldea a partir de los individuos que la viven. Es el huevo y la gallina. Por eso podemos decir que muchas cosas han cambiado, que las madres, como los padres, han modificado su visión de la maternidad-paternidad, precisamente porque la cultura, el marco referencial, ha cambiado; tanto como a la inversa: afortunadamente, ya no estamos en una cultura como la de inicios del XX.

   Ya que hablas de cultura... Dicen que el sexo, el poder y el dinero son los tres pilares que mueven el mundo. ¿En qué lugar queda el amor? Porque está claro que ya…, formando un pack indivisible con el sexo no va, ja, ja, ja.

    Bueno, hemos hablado antes de la pasión, del sexo. No nos referimos solo al amor de pareja, en el que el sexo ha se ser pieza clave. Hay otros tipos de amores, tan sublimes o más, en los que no hay sexo. En la novela se ven: amor filio-paterno, amor entre iguales, amor fraternal... Y, por mucho que se diga, sigo pensando que lo que mueve al mundo quizás sí sea el sexo, el poder y el dinero, pero lo que mueve a la especie es el instinto de supervivencia; instinto que, en el caso del ser humano, necesita del amor para trascender con dignidad.


   Me gusta pensar que sea así, que nos mueva algo mucho más profundo que esta triada de la que siempre se habla, que el «corazón» sea también un buen motor en nuestras vidas. Un motor bueno aunque ¡testarudo! Yo siempre he pensado que a la mente se la puede convencer, pero a él no tanto. ¿Será porque en el fondo no queremos obligarlo, porque sería como morir un poco si le impedimos sentir lo que siente? Suena un poco a paranoia, pero…

   El amor siente. No sé si es algo que reside en el corazón, en el pecho, en el estómago o en el cerebro. Puede condicionarse, limitarse, reeducarse. Es falso que no se le pueda convencer. Claro que se puede. Toda la psicología conductista se basa en ello. Con todo, soy amigo de dar rienda suelta a las emociones porque nunca generan tanto caos, tanto desorden ni tanto dolor como la sociedad cartesiana en la que estamos ha querido hacer creer. Lo dionisíaco se ha descartado a partir de Descartes y eso me da mucha pena.

   «Somos la energía que irradiamos. Somos la voz con la que tendemos puentes, el saludo, la sonrisa». Esta es una afirmación con la que estoy totalmente de acuerdo, siempre he pensado que en gran parte —aunque no en toda—, somos aquello que proyectamos. El problema es que —al igual que ocurre en toda comunicación— el receptor de esa energía la puede interpretar, experimentar o sentir de una u otra manera. ¿Estriba ahí la diferencia, tan grande a veces, entre unas relaciones interpersonales y otras, en que unas sean un éxito y otras un fracaso cuando la persona que irradia esa energía es la misma? ¿O es que esta también cambia según sea el que tiene en frente…?

   Pienso que si actuamos con honestidad, prudencia y tacto, todo es más sencillo. Apartarse de aquellas personas que limitan nuestra energía, nuestro "buen rollo", es esencial para vivir con aceptables dosis de felicidad.

   «Tender puentes», una de tus expresiones más repetidas o que más ocasión he tenido de leerte últimamente.
    A ver, pensemos... Para tender puentes son necesarios, al menos, dos pilares. Uno de ellos lo pones tú. En un mundo aparentemente social pero en el que a la hora de la verdad mucha gente va a lo suyo, ¿las personas con las que te cruzas terminan poniendo ese otro pilar para construir el puente que tú pretendes, Mikel? ¿O pasan?

    Hay mucha gente a quien no le interesa tender un puente conmigo, lo cual es comprensible. No basta con, como dices, que uno de los dos pilares quiera; se necesita el otro. Pero, por fortuna, hay muchas a las que sí les interesa y con ellas es sencillo tenderlos. Ahora bien, los puentes no solo hay que construirlos, luego hay que transitarlos: una carta, un mensaje, una llamada... y, mejor aún, un verse, un mirarse a los ojos. No basta con el contacto; éste ha de ser de calidad. Y la calidad solo se logra con la calidez.

   Yo he puesto el mío para construir un puente contigo, ¿eh?, ja, ja, ja, y estoy encantada.

  ¿Hacia quiénes sientes un interés especial por comunicarte?

   Hacia cualquier persona que tenga inquietud, que se emocione y emocione, que quiera aprender, que se arriesgue, que se entregue sin imposturas. Detesto los avatares; yo soy más de mirarnos a los ojos, como ya he dicho. No tengo patrones. A veces la chispa surge y el contacto se crea, sin forzar nada.

   Leyendo tu novela me ha dado por pensar en lo vulnerables que somos, en cómo un revés de la vida puede acabar con su estabilidad, incluso con ella en cuestión de minutos, después de haber luchado, peleado y hecho lo imposible por mantenerla de la mejor manera posible, sin escatimar esfuerzos. ¿De verdad somos tan frágiles y tan vulnerables como das a entender? ¿Podría ser la época en la que se centra la novela una de las mayores causantes de esa vulnerabilidad? ¿O es porque —literariamente hablando— un cierto punto de tragedia le confiere un atractivo a la ficción que de otra forma no tendría y por eso lo muestras así?

   No creo que en la novela haya más tragedia que en la vida real de estos inicios del XXI. La tragedia o la comedia no lo marcan tanto los acontecimientos como la arquitectura emocional, la actitud, con la que desciframos esos acontecimientos. La vida es vulnerable, sí, efímera, imprevisible. Por mucho que nos empeñemos en programarla, siempre nos sorprende.

   Sí, yo diría que más sorprendente incluso que la ficción, aunque algunos todavía parezcan resistirse a creerlo.

   «Hay personas cuyas vidas son planas, sin matices. Personas que no toman conciencia de la existencia». ¿Hasta qué punto hay que arriesgarse a vivir, Mikel? Aun siendo conscientes de que, como dices en «El color de las mareas», cada instante nos puede marcar el futuro…

   Hay que arriesgarse. Eso no significa vivir locamente, ser imprudente, hacer daño con la justificación de nuestra personalidad o lanzarnos al vacío. Tal vez el mayor riesgo sea vivir conscientemente.


   Me quedo con esta última frase, ya tengo para pensar toda la tarde :)

   ¿Tú también crees que la felicidad se mide en instantes?

    Sí, por supuesto. La felicidad no es un estado estable, es un gas inestable. Y hablo como si supiera algo de química. Quiero decir que la felicidad no es algo que se alcanza sino algo que se construye. Y en esa construcción, los momentos, los instantes, son las piezas. La felicidad supera al placer.

   ¿Y el tiempo? Nos quejamos del tiempo. Que nos asfixia, que nos ahoga; siempre queremos pararlo. Pero yo creo que es esa presión a la que nos somete el tiempo la que nos hace vivir determinados momentos con mayor intensidad y deleite, porque sabemos que tendrán fin y dejaremos de disfrutarlos. ¿A qué puede destinar Mikel Alvira tres minutos de su tiempo que le satisfaga de verdad, intensamente?

   Hay una lista enorme. Podría citar muchas acciones de tres minutos que me satisfacen enormemente. Si tengo que quedarme con algo, una conversación, aunque sea tan corta como de tres minutos.

    ¿Por qué es tan grande el deseo por lo prohibido, lo inalcanzable, lo imposible?

   Porque somos curiosos por naturaleza. La curiosidad nos ha hecho evolucionar como especie. Está ahí, en nuestros genes. Si además se es poeta como yo, permítaseme la broma, va con el oficio.

   Hay un momento en el que Beatriz afirma que los sentimientos pueden doblegarse. ¿Tú también lo crees? Porque yo tengo mis dudas…

   Sí, ya he dicho antes que creo que puede modificarse la conducta. Pueden anularse los sentimientos o crearse artificialmente. Con todo, ojalá viviéramos satisfechos con cómo los gestionamos. Para ello hacen falta altas dosis de madurez emocional y, desgraciadamente, eso ni se entrena ni se cultiva.

   ¡Qué difícil lo pones...! :)

   Hay mentiras que salvan vidas, que evitan males mayores, que provocan restablecimientos emocionales… Pero muchas personas no toleran una mentira, ni siquiera aquellas que llamamos «piadosas». ¿Mentir es pecado, Mikel? ¿Tú perdonarías más de una de las mentiras que afectan a los personajes y a la historia de «El color de las Mareas»?

    Lo del pecado tiene que ver con la tradición cristiana, que se ha basado en el miedo para imponer poder u controlar a las personas. La mentira es tan subjetiva como la verdad. ¿O es que existen verdades absolutas? Perdonar, sin embargo, es un acto sublime que nos dignifica como seres humanos.

   «La tristeza deriva en melancolía y, entonces, como versos malditos, las frases se vuelven profundas y hermosas y las manos crean al dictado de los latidos». ¿Ese estado emocional saca nuestra parte más filosófica, más trascendental? ¿Es en ese estado cuando más sentimos la necesidad de buscar el alma y el corazón de cuanto nos rodea, cuando se buscan porqués con mayor ahínco, cuando somos capaces de emanar poesía sin ser poetas?

    Yo no necesito de la tristeza para crear, para pensar, para reflexionar. Al contrario, la tristeza me paraliza. Sin embargo, confieso que cierta melancolía confiere una escenografía muy dramática para la creación.

   Por cierto, Mikel, ¿además de buen escritor, también eres poeta?

    Ante todo, poeta. Un poeta que escribe novelas. Un poeta que ama. Un poeta que cree. Un poeta que estudia, piensa, recita, duele, ríe, comparte. Sin el Mikel poeta, el Mikel novelista sería solo un contador de historias. Y no hablo de ser poeta como un tejedor de versos sino como alguien cuya actitud es la de encontrar claves para descifrar el mundo y las personas que lo sustentan.


   Después de leerte y, sobre todo, después de escucharte en esta charla no me cabe la menor duda.

   «Las fantasías precipitan estados de ánimo o manifestaciones corporales de la misma manera que las experiencias auténticas». ¿En qué medida vives, sientes o te emocionas con esa fantasía que supone la historia de una novela? ¿Has creado alguna de ellas de una manera particular o especial porque te hubiera gustado vivirla así?

    Quienes creamos, quienes escribimos, tenemos la oportunidad, como quienes leen, le vivir vidas ajenas. Eso es fascinante, sin duda. Yo hago ficción. No pretendo aleccionar ni sentar cátedra; no busco aleccionar ni enseñar. Si acaso, conmover. La ficción, que es la materialización de la fantasía, es una excusa perfecta para ello. Por eso no es tanto de qué habla la novela como de qué podemos hablar con la excusa de la novela.

   Cuánto me identifico con tus palabras, Mikel. «Conmover». Una de mis favoritas en relación con la literatura...
   Podría estar haciéndote preguntas hasta el día del Juicio Final, pero como no es cuestión de publicar una charla por entregas, acabo ya…
   Exprésame con —a lo sumo— tres palabras lo que ha supuesto para ti escribir esta historia.

    Riesgo, convicción, emoción.

   Mil gracias por aceptar mi invitación, Mikel, ha sido un auténtico placer escucharte, de verdad. Te deseo todo el éxito del mundo con estas mareas que, a mí al menos, me han conquistado totalmente.

   Mil gracias a ti. Charlas así son las que hacen que esto cobre sentido; si no, sería solo hacer libros.




7 may. 2018

LIBROS Y ESTRELLAS TERRENALES


   Todo evoluciona en la vida del escritor. O al menos, así debería ser. Desde la casilla de salida —o lo que es lo mismo, la posición de novel— hasta el rango de escritor profesional hay todo un trecho que no precisamente se recorre de una manera lineal. En ninguno de sus aspectos. Y aquí hay algo que me resulta particularmente curioso: el grado de ignorancia o desconocimiento del arte de escribir —y de los entresijos del mundo literario— es inversamente proporcional a la aspiración de tocar el cielo con las manos. O a la sensación de que es difícil tocarlo. Así lo percibo yo.

   Ya lo decía Sócrates: «Sólo sé que no sé nada», en contraposición a los perfectos ignorantes que creían saberlo todo. Y es que esto mismo también suele ocurrir en el mundo literario; a medida que un escribiente va convirtiéndose, con sudor, lágrimas, esfuerzo y constancia, en un literato, más lo aborda la sensación de lo mucho que aún le queda por aprender, más alejado ve el cielo estrellado y más menguadas sus posibilidades de gustar a todo el mundo. Paradójicamente, va bajando peldaños del cielo al suelo a medida que adquiere conocimientos y, sobre todo, experiencia. Gana en sensatez y sus miras se amplían. Hasta llegar a un punto en que ya no pretende conquistar el Olimpo (aunque lo siga deseando); se conforma con un puñado de lectores fieles que sepan entender su obra, que sigan enamorados de su forma de escribir y que esperen confiados y pacientes a la siguiente entrega  mientras ellos siguen trabajando por perfeccionar su arte. Tampoco quieren alcanzar el firmamento si ello conlleva el riesgo de perderlo a los dos días; prefieren buscar acomodo en alguna nube baja y acabar formando parte del paisaje, terminar —con el paso de los años— completamente integrados en él.

   Quizás la culpa de ese ansia inicial de grandeza la tengan las mieles de esas carreras meteóricas que, de vez en cuando, saltan a la palestra en forma de best-seller, encumbrando un nombre —o un título— que suena por todas partes y que nos hace obviar que eso supone un algo extraordinario con escasa probabilidad de volver a repetirse. Quizás la culpa de aspirar a lo más alto la tenga el dicho frecuente de que si no hay ventas cuantiosas te morirás de asco sin que nadie te publique, y eso, claro, implica la obligación de gustar a todo Dios. Quizás también tenga parte de culpa el egocentrismo de pensar que somos los mejores, que estamos tocados por la varita divina y que nacimos con un don especial que nos permitirá saltarnos a la torera los sudores por los que pasaron otros para alcanzar la misma meta.

   Seamos francos. A los noveles, les suele —nos suele, metámonos todos— acompañar la ingenuidad, salvo honrosas excepciones; ingenuidad que, entre otras muchas cosas, suele venir acompañada por una especial vulnerabilidad a la crítica. Y aquí es donde entran en juego las estrellas terrenales con sus comentarios adyacentes (si los tienen, que a veces ni eso) colgadas en plataformas de lectura como Goodreads, Amazon o similar. Un firmamento estrellado del que parece depender nuestra vida literaria como quien pende de un arnés a doscientos metros de altura en caída libre, sin darnos cuenta (somos ingenuos, recordad) que la subjetividad impera en gran medida a la hora de concederlas, no solo por cuestiones personales del lector, sino por cuestiones grupales por las que se ven influenciados y que pueden estar o no en lo cierto; sin darnos cuenta de que, al igual que hay buenos y malos escritores, también hay buenos y malos lectores, admitámoslo; sin darnos cuenta de que no es bueno cualquier momento para leer cualquier cosa; o que las experiencias concretas vividas por quien tiene el libro entre las manos influyen en demasía —en bastantes ocasiones— a la hora de considerar y dar mayor o menor credibilidad a una historia. Sin percatarnos de que, en otras tantas ocasiones, desconocer los aspectos formales por los que se rige la escritura —o la construcción de una novela— hace que una obra no pueda valorarse en toda su globalidad, sino única y exclusivamente por las sensaciones que la historia provoca. Y la literatura es mucho más que eso.

   Sí, ya lo sé. «Es que para gustos… colores», «es que estoy en mi derecho de valorar una novela como me parezca, sin más», «es que no tengo por qué saber escribir para decir si una obra me ha parecido buena o no». Estáis en lo cierto. Como lectores podéis —podemos— plasmar vuestra impresión de manera estrellada con total libertad, con o sin comentario (aunque en este último caso de poco ayude al autor de la obra). Pero ahí debe estar el escritor, despojado de su chaqueta de ignorante, iluso o ególatra y revestido de experiencia, sagacidad, humildad y sensatez para aprender a observar el firmamento con conocimiento de causa y con capacidad de análisis, con el fin de apartar aquellas que carecen de fundamentación coherente y mantener las que suponen un juicio crítico acertado de lo que él publicó. Y esto, para bien o para mal. Porque tan engañoso es embriagarse con las estrellas concedidas cuando la obra en realidad no las merece, como considerarla un bodrio por el hecho de no haber sido apreciada por una mayoría cuantiosa de lectores de una plataforma concreta.  Y a la hora de hacer estas consideraciones parece volver a primar la experiencia, la profesionalidad y la capacidad del literato.

   ¿En qué me baso para afirmar esto?
   En un hecho que he venido observando a través del tiempo y que he ido apreciando a medida que conocía más a fondo la manera de obrar de unos escritores y otros: a quienes más les importa este elenco de cielos estrellados es a los autores que comienzan, a los que dan sus primeros pasos, a quienes necesitan de este beneplácito —convertido en dorada valoración numeral— para sentirse seguros en su andadura, como aval de que gustan y de que merece la pena, por tanto, seguir escribiendo; a los que sienten que solo los leerán si los demás se ven contagiados por este despliegue de estrellas gráficas —como única salida—; a quienes la falta de experiencia los hace pensar que no pueden tener detractor alguno si quieren conseguir un nombre en el mundo de la escritura.

   Aquellos otros, cuya solvencia literaria alcanza un nivel aceptable, ya ni los miran. Y si lo hacen, toman en consideración única y exclusivamente aquellos a los que conceden una cierta autoridad.

   Tal vez porque ya han aprendido que no pueden gustar a todo el mundo. Tal vez porque ya han entendido que un simple número jamás podrá equipararse a un puñado de buenas razones.

   Tal vez porque la fuente de la que procede la crítica puede ser tan determinante como la crítica en sí.

Lecturas 2018.

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