15 abr. 2018

MICRORRELATO: «HOY TODO IRÁ BIEN»


   Apenas despunta el amanecer. Se escucha el primer trinar de pájaros y, a lo lejos, los sonidos incipientes de una ciudad que despierta. El aroma a café impregna la casa. Una taza humeante, con el mensaje grabado de «Hoy todo irá bien», la espera sobre la encimera. Ella está absorta en sus pensamientos, que divagan adormilados entre recuerdos, los de la noche anterior, tórrida y desbocada. Un albornoz viste su cuerpo, aún mojado; el cabello revuelto, recién cortado, con algún rizo insurgente cayendo sobre su rostro; y unas gotas de perfume, fresco, estimulante, perdidas en el escote. Unta con mermelada el pan tostado y lo ve pasar, a él, dejando atrás la puerta de la cocina para buscar aquella otra por la que marcharse. Para no volver, quizá. Como hicieron otros. Ella suspira. Sin lamentos. Ya está acostumbrada al todo y la nada. A la cara y la cruz. A una pasión sin amor que da rienda suelta a un instinto carnal sin sentimiento. Que prende como un incendio y se apaga asolado por la marea.

   Agudiza el oído y no escucha la puerta, sino el ruido sordo de unas pisadas que vuelven. Las de él. Que sigiloso como un felino entra en la cocina, mirándola. Se frena a su espalda y con los brazos rodea su cintura. Ella se queda varada, como un velero amarrado a puerto. Esperando. Él inclina su rostro con lentitud, sumerge la nariz entre sus cabellos y la besa en la nuca. Apenas un roce de labios y allí se queda. Impasible. Con el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Ella mira el reloj, en una interpretación errónea de mujer mal amada. «No hay tiempo, llegarás tarde», susurra. «No pretendo nada, solo quería sentirte», le contesta él, con la boca en su oído, piel con piel. Ella se estremece y cierra los ojos, convirtiendo ese último beso en un recuerdo único, privilegiado. En un recuerdo con otro mensaje impreso que ya no podrá olvidar jamás. El de su nombre. Gabriel.

© Pilar Muñoz Álamo - 2018

 
 

1 abr. 2018

ESCRITORES. LA OTRA CARA DEL AISLAMIENTO.


   Escucho, bastante a menudo, hablar a los escritores de su aislamiento, de su encierro en el despacho, en su santuario particular para gestar su siguiente obra. Se aislan de las redes sociales (que, con frecuencia, dejan en manos de otros a nivel oficial) y cuando asoman a la palestra por alguna razón, los escucho (o los leo) referirse a la historia que estan creando y a sus personajes con una pasión inusitada. Desbordan emoción cuando afirman estar escribiendo algo grande y precioso, escuchar a sus personajes, ahondar en sus vidas, en sus motivaciones, con el fin de poder trasladárselas al lector con todo el detalle necesario para que los vivan, los sientan y se vean conquistados por ellos y cuanto les acontece. Y yo suspiro, empatizando con ellos al considerar, inconscientemente, que es el estado ideal, máxime cuando además, como digo, los escucho hablar de encierro y dedicación exclusiva, porque me suena a algo magno, importante, enorme, digno de un escritor con mayúsculas, pensando, por una décima de segundo, que esa es la diferencia entre un «escritor» y aquel otro que no lo es, como si el aislamiento y la dedicación exlusiva fueran los créditos oficiales que les otorgan tal calificación.

   Pero entonces me detengo a pensar y aparece, como otras tantas veces, mi espíritu crítico. Y lo primero que aprecio es esa capacidad de contagio que tiene la pasión bien transmitida. Cuando una emoción se siente y se sabe canalizar y transmitir adecuadamente, el receptor la siente en propia piel y, además, en muchas ocasiones, se la cree, tanto si es verdad como si no lo es. En este caso, quién mejor que un escritor, acostumbrado a narrar y describir tanto hechos como emociones, puede transmitir su propia pasión, su propia forma de valorar sus cosas a quienes lo leen o escuchan hasta el punto de convencerlos, de hacerlos percibir que realmente ese estilo de vida que profesan condiciona que aquello que escriben merece de verdad la pena, tal y como lo cuentan; lo cual, dicho sea de paso, alimenta ese punto de vista de que los escritores auténticos, los grandes, son los que se deben en exclusiva a la escritura sin que se inmiscuya nada más. 

   ¿Pero realmente es así? ¿Dedicarse en exclusiva a una labor, que no tiene además reconocimiento oficial, te otorga esa condición? Y, de igual forma, ¿no dedicarte exclusivamente a ella, te la quita? Alguien puede autodenominarse «abogado», por ejemplo, por haber obtenido la licenciatura en Derecho, incluso aunque no ejerza la profesión y no resulte muy ético decirlo. Pero no hay una titulación universitaria, ni extrauniversitaria, que acredite la condición de escritor; a lo sumo, algunos cursos de narrativa, que más demuestran cierta preparación curricular que un nombramiento en sí. ¿Podemos dejar en manos de las condiciones de vida de quien escribe el que pueda calificarse como tal? Yo creo que no. En todo caso, podremos envidiarlo, pero no más :)

   Siguiendo con el cauce de reflexiones que se me han venido a la cabeza, me ha dado luego por analizar, con cierto detalle, las diferencias entre sus circunstancias y las mías propias, entre su estilo de vida (del escritor «ermitaño») y el mío con respecto a las letras, y la verdad es que creo que son sustanciales, diametralmente opuestas, me atrevería a decir. Y si no, juzgad por vosotros mismos:
 
   Mis personajes han venido conmigo al supermercado y sus reflexiones han compartido espacio con la fruta, las verduras y demás productos en el papel de mi lista de la compra; sus acciones me han robado parte de la memoria del móvil y me han privado de la visión de más un gol desde la grada en un partido de fútbol infantil; los imprevistos de la trama o un diálogo espontáneo han incrementado la rentabilidad de un portátil destinado a su mayor y mejor función: su portabilidad hasta lugares inverosímiles; y la emoción de una escena trasladada «al papel» me ha hecho derramar lágrimas en público, alejada de ese aislamiento idílico del escritor al uso. He ganado en capacidad para hacerme la sorda, o en atención selectiva, si hablamos con propiedad; en rapidez de concentración, en abstracción, en combinar facultades sin mezclarlas, como leer el último capítulo escrito con el ojo izquierdo mientras el derecho sigue las instrucciones de la receta de cocina en la que me encuentro afanada. Encontrar una rutina horaria o de cualquier otra índole que me permita organizar el trabajo es imposible. 

   ¿Qué os parece? No me lo digáis, ya sé la conclusión a la que habéis llegado: que así no puede salir nada bueno, solo una historia sencilla, simple, lineal, sin profundidad alguna, con personajes inconsistentes. 

   Pero... no es verdad. 

   Me he dado cuenta de que una novela se compone de multiples elementos, de múltiples piezas, al estilo de un puzzle, que no necesariamente hay que construir en orden ni de manera secuencial. Nosotros elegimos en qué parte nos centramos y con qué otras actividades las combinamos para optimizarla al máximo. Y contamos con un tiempo que podemos estirar a nuestra merced. En completar el puzzle, indudablemente, tardamos bastante más, no nos vamos a engañar. Pero lo terminamos haciendo. Sin sacrificar cuanto —y a cuantos— tenemos alrededor, bien porque no queramos o porque no podamos. Y lo mejor de todo, lo que más me llena de satisfación en este instante: darme cuenta de que no se halla diluida en nosotros esa pasión por los personajes y por la historia que los escritores «clásicos» afirman sentir con tanta euforia, ni se pierde nuestra receptividad por cuanto tienen que contarnos, los escuchamos en todas partes; ni soslayamos el esfuerzo de hacerles llegar a los lectores nuestra narrativa más impecable, nuestra trama mejor hilada y documentada, las emociones transmitidas al detalle, tal cual las hemos sentido de forma previa, aunque estas nos hayan abordado dentro del coche, a la puerta de un colegio, y no en la soledad de nuestro despacho, dispuesto como un santuario para facilitarnos la labor de escribir, de crear.

   No. Definitivamente, la calidad del escritor y su calificación como tal no la marca la exclusividad de esta empresa. La marcan sus conocimientos y su capacidad para llevarlos a la práctica de manera eficaz. Por ello no debo considerar escritor a quien ha decidido dedicarse unicamente a tal labor -por mucho que me contagie sus emociones y su percepción propia de sí mismo y de su obra-, sino a quien conoce el oficio a fondo, con independencia del grado de piruetas circenses que deba hacer a diario para poder sentarse a escribir. El aislamiento, el encierro, la exclusividad, por mucho que intenten encumbrarlos, no garantiza absolutamente nada. 

   Yo soy autora de algunas novelas, no creo ser «escritora». Pero si no ostento tal condición, no es por mi deber de combinarla con unas cuantas obligaciones más, sino porque entiendo que aún me queda oficio por aprender. Por lo demás, mi pasión (y la de otros en mis mismas circunstancias) por escribir una buena obra, por sus personajes, por su historia, por sus verdades..., mi capacidad para emocionarme con lo que imagino y escribo es, y seguirá siendo, intensa, tan intensa como la que más, a pesar de compartirla, todos los días del año, con un trabajo a tiempo completo, un marido, una familia, unos hijos, una rutina casera, unos amigos y otras muchas actividades de las que me apetece disfrutar.

   Como ya he dado a entender, la única diferencia vendrá marcada, en todo caso, por el mayor o menor oficio y por el tiempo. Pero esto último no me preocupa, no tengo prisa.

   Tan solo siento preocupación por que merezca la pena esperar.

Lecturas 2018.

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