4 oct. 2017

RELATO: «IRINA».



   Se consumen las horas. Y los días se suceden como un juego de luces a intermitencias, donde la claridad da paso a las sombras en una alternancia que me asusta. No tengo miedo a morir. A este pobre viejo ya solo le aterra el dictado de su conciencia. La que nunca tuvo. O tal vez sí, aunque prefirió no mirarla. No atenderla a pesar de las advertencias a su sinrazón.
   Suspiro a solas, escuchando cómo la vida continúa alborotada tras la ventana, abierta de par en par. No puedo despegar la vista de ella, porque me da el aliento que todavía necesito. El que me falta entre las paredes de esta habitación.
   Sé que debo marcharme con las cuentas saldadas, que la traición es plomo en el alma y pesa en exceso. Pero no es de recibo liberarme de él si con ello causo dolor a la mujer que amo. Dime tú, que me estás leyendo, qué puedo hacer con este duelo, sabiendo que solo uno de los dos habrá de salir indemne: ella o yo.
   Amanda. Mi amada esposa. Mi compañera fiel. Madre de mis hijos, recta, educada, de moral intachable, abnegada y sumisa como una sierva incorrupta. De buena estirpe, complaciente conmigo, atenta con los demás. Pareja y anfitriona excepcional, el orgullo personificado para un juez como yo... Para un juez como yo que exige el deber pero no lo cumple.
   La escucho trastear fuera, manejar las cajas de la medicación que vendrá a suministrarme de un momento a otro. Me mirará con su particular brillo en los ojos y esbozará una sonrisa en la que puede leerse que no le pesa cuidarme. Como siempre hizo. Y a mí se me encogerá el corazón como una uva seca y me repetiré hasta hastiarme que no puedo seguir callando, que no merezco su compasión. Que deberé derramar lágrimas amargas si es preciso, aquellas que no degusté jamás.
   Malditos bríos varoniles que me empujaron a lo prohibido. Que me abocaron al abismo de Irina, con su rizada melena al viento, sus pechos poderosos, su risa alocada e incontenible y sus rasgados ojos negros en los que perderse para no volver. Con Amanda vivía en línea recta y con Irina derrapaba en las curvas hasta sentir vértigo. Amanda era el sosiego y la calma; Irina era ese punto de locura necesario para no dormitar viviendo, para no morir engullido por una rutina aplastante y devastadora. Amanda era casta. Irina era endiabladamente transgresora. Con Amanda me dormía y con Irina me despertaba empapado en sudor, tras un sueño innoble que ella misma provocaba.
   Observo las hojas de los árboles a través de la ventana, percibo la brisa fresca, el aroma de otoño y me embarga la nostalgia. Se me agolpan recuerdos de lo vivido y, con ellos, aflora una sonrisa maliciosa que denota la falta de un arrepentimiento que debería sentir por haberla conocido, por haber mantenido con ella una vida paralela a mi matrimonio durante más de treinta años. Pero no. No lo siento. Me regocijo en su estampa y me digo a mí mismo que gracias a Irina pude soportar el papel que se me exigía en la vida, en mi círculo social, en casa. Ese papel estirado, firme e inflexible como una vara que ella doblegaba como si fuera bambú.
   Aún puedo recordar su olor, la fragancia de su perfume impregnando el pañuelo que solía llevar anudado al cuello y que, de forma maliciosa, introducía en el bolsillo de mi chaqueta para delatarme; las películas eróticas de la sesión golfa que acudíamos a ver con disimulo y a las que ella terminaba dando la espalda, sentada sobre mí; su forma de deslizar los labios por mi nuca, de morder el lóbulo de mi oreja mientras rozaba mi cuerpo con sus pechos desnudos; las caricias en mi sexo con sus cabellos alborotados; los baños en la playa al amanecer, gritando con locura desmedida por la frialdad del agua... Amanda se dejaba hacer si yo lo dictaba, sin estridencias, sin sorpresas, ateniéndose estrictamente al canon moral establecido en su papel de esposa; Irina se pintaba los labios de rojo carmín en el espejo del coche y después, con sonrisa malévola, se sumergía entre mis piernas para dejar impresa en mi sexo la huella del delito. Y yo me volvía loco.
   Pero necesitaba, horas después, la cordura que me devolvía mi mujer, sus masajes en los hombros para rebajar mi tensión, sus preguntas de rutina, su extremado orden vital, al que me sujetaba con fuerza para mantenerme estable tras la marea descontrolada que mi princesa provocaba.
   Amo a mi esposa, siempre la he amado. Pero he estado perpetuamente enamorado de la frescura y vitalidad de Irina, de su sexualidad desinhibida, de su físico exuberante, de su locura, que también era la mía.
   No sé si alcanzarás a entenderme, pero no me importa. La que me importa es ella, Amanda. Confesarle mi traición es tan doloroso como la misma muerte; no la quiero ver llorar. Ni dejar que continúe su vida sintiéndome como un buen esposo cuando no lo fui.
   Podría habérselo dejado escrito, pero eso es de cobardes, y yo... ¿Lo soy?
   El pomo de la puerta cruje, ya está aquí. Ya entra. Me tenso y una pequeña lágrima de angustia escapa y resbala por mi mejilla mientras la miro, con el rostro hundido en la almohada. Ella me devuelve una mirada calma y mece mi alma con su sonrisa, acunándola con ternura. Me acaricia el pelo y coge mi mano; intuye próximo el instante de decir adiós, de desnudarme por dentro para disipar fantasmas.
   Pero no me lo permite. Con dulzura y un halo de dignidad pone un beso en mis labios para acallarme y se le vidrian los ojos, mientras me pregunta:
   —¿Ya te despediste de ella?
©Pilar Muñoz - 2017


Lecturas 2018.

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