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21 jun 2017

"EL ÚLTIMO BAILE" de MARISA SICILIA




SINOPSIS


Viena, 1952.
Andreas y Lilian se reencuentran inesperadamente en un café tras una larga separación. Mientras pasean juntos por el Prater, Lili recuerda su historia de amor con Andreas, su enamoramiento incondicional y juvenil, el primer desengaño, el fracaso en su intento de olvidarlo, la reconciliación y los años locos que vivieron juntos en el salvaje Berlín de entreguerras. Recuerda cómo, a pesar de las separaciones y las distancias, nunca dejaron de amarse.
Porque el de Lili y Andreas es uno de esos amores que perduran a través del tiempo y las pruebas.
Porque las verdaderas historias de amor nunca terminan.

   Conocí a Marisa Sicilia personalmente en la presentación de la última novela de Mayte Esteban en Madrid. Había leído de ella «Tú en la sombra» hacía ya tiempo y me gustó, pero no había vuelto a acercarme a ninguna otra de sus novelas, a pesar de saber que había publicado la última recientemente. Cuando intercambié un saludo y unos breves comentarios con ella en aquella presentación, me dije que alguien con esa apariencia tímida y sensible y con esa dulce sonrisa en la cara tenía que haber sido capaz de construir una historia romántica bonita y, a juzgar por lo que ya había leído de ella, bien escrita. Y no me equivoqué. Será por aquello de que «la cara es el espejo del alma», y hasta de lo que se escribe, añadiría yo, porque cada vez me reafirmo más en que el carácter personal de los escritores está, en gran medida, en consonancia con el tipo de historias que cuentan y el cómo las cuentan, salvo algunas excepciones, claro está.

   Me traje «El último baile» de la Feria del libro de Madrid, firmado y dedicado, y después de haber charlado de nuevo con su autora me dije que sería lo próximo que leyera nada más terminar el premio Planeta de este año, que era la lectura que tenía empezada. Y así lo he hecho. Dos días ha durado entre mis manos. Me la he bebido. De cualquier forma, debo decir que, a pesar de esa intuición que no me ha fallado, hubo un momento en que sentí un cierto miedo a lo que pudiera encontrar, miedo a esa decepción que ya había tenido con algunas otras novelas del mismo género anteriormente y que, en algunos casos, incluso me había empujado a abandonarlas; historias vacías, típicas y tópicas, cargadas de clichés que no dudo que gusten pero que a mí ya llegan a saturarme, con los mismos perfiles en sus personajes porque parece que son los únicos candidatos a perdurar en la mente y en el corazón de las lectoras (y digo lectoras porque son mayoría en el género romántico), con argumentos estirados como el chicle para cubrir páginas con el mínimo de contenido, sin más trasfondo que la relación amorosa en sí..., pero sobre todo, con una narrativa poco estudiada, poco cuidada y en determinadas escenas (llamémosle eróticas) con unas descripciones a veces tan vulgares y soeces que me han obligado a saltármelas, y no porque me espante de ello, sino porque destrozan literalmente el «arte» de la literatura. Y no lo olvidemos, por muy comercial que una novela pretenda ser, esta siempre se compone de dos partes: el fondo y la forma, y esta última (aunque para muchos no parezca tener importancia) es la que hace honor a lo literario y, dicho sea de paso, lo que a mí más me atrae a la hora de leer.

   «El último baile» es una novela preciosa y ha sido una delicia leerla. Mis temores han perdido sentido con ella, porque entre esas tapas propias de una novela de formato bolsillo he encontrado una historia grande, digna de un mayor porte en su presentación. Con una ambientación espacio-temporal perfecta que la autora consigue en base a una documentación histórica que nos va soltando a pinceladas, a veces ni siquiera ocupando párrafos, sino líneas sutiles que le dan sustento más que suficiente a la historia para situarnos en la época y en los acontecimientos sin que nos parezca estar ante un tratado de historia; todo en su justa medida, incluyendo los escenarios, y, como debe ser, con los personajes evolucionando de principio a fin en función del devenir de su propia vida y del entorno que se recrea. Con una relación de amor profundo creíble, veraz, romántico y vital, hasta realista, sin rayar el empalago propio de otras historias del género. Con un ritmo narrativo constante a lo largo de toda la historia, lento y tranquilo, para degustarlo sin más prisa que la propia del lector en su afán por saber lo que irá sucediendo; aunque eso sí, alentado por esa habilidad de la autora de ir anticipando ligeramente el futuro a base de intercalar pequeñísimos anticipos en cada página y en momentos estudiados para que no perdamos el interés por lo que vendrá después. Y con una narrativa  muy cuidada, bella y delicada en general, y hasta escrupulosa (sin pecar de remilgosa) en las escenas de sexo, confiriéndole matices que, muy lejos de provocar rechazo, producen placer tanto al leerlas como al recrearlas.

   He imaginado esta historia, ambientada en Viena y Berlín, en formato de cine. Sus escenas han ido desfilando por mi mente, a medida que la leía, a base de fotogramas hasta componer una película propia de la gran pantalla. Tal es la buena recreación de la autora que he podido construirlas con total nitidez, asistiendo a cada una de ellas en primera fila, como una espectadora de excepción hasta llegar al final, del que no hablo porque es justo el que debía ser. El único que podía poner el broche de oro a una historia tan bonita como esta y con unos personajes tan entrañables.

   Felicidades, Marisa Sicilia. Te seguiré leyendo.


25 abr 2014

LA OPINIÓN DE UN LECTOR CERO: ALBERTO GONZÁLEZ.

   No buscaba quien me regalara los oídos tras la lectura de mi novela y antes de su publicación, sino una opinión sincera, cruda incluso aunque estuviera hecha desde el cariño; digamos que buscaba el significado literal del dicho: “La confianza da asco”. Porque mintiéndonos nos hacen un flaco favor esos lectores primeros que nos aportan una visión anticipada de lo que mucha otra gente pensará después, sin contar con su ayuda inestimable para mejorar la novela al ser capaces de analizar la obra bajo distintas perspectivas -tantas como lectores cero hay- y desde la ignorancia imprescindible de lo que ocurre en la historia, de los personajes, de los giros argumentales, del final…, única forma de apreciar realmente el efecto que todo ello producirá en el lector.

   He querido contar con varios “lectores cero” que no estuvieran cortados por el mismo patrón, porque no todos los lectores futuros buscan lo mismo ni les mueven aspectos iguales para que una novela les guste y yo quería apreciar hasta qué punto mi obra podía acaparar a una mayor o menor diversidad de lectores. Y tengo que reconocer que de todos ellos he podido sacar conclusiones muy útiles, comenzando por mi marido, primer lector cero, cinéfilo más que lector, incapaz de engancharse a cualquier libro, avispado hasta el extremo para “reventar” el suspense y las tramas si no están entretejidas de forma muy hábil; verlo pasear por la casa con la novela bajo el brazo, compaginando su lectura con cualquier otra actividad porque se confesaba enganchado, manteniendo de continuo conversaciones conmigo en las que hablaba de los personajes y de sus actos como si fueran reales y el hecho de haberlo “engañado” en más de un giro de los que se suceden en la novela sin que él pudiera anticiparlos fue un indicativo extremadamente útil y claro de que la historia podía enganchar y sorprender a un buen número de lectores. Continué buscando la opinión de quienes resultan ser lectoras empedernidas –como mi amiga Pilar Sánchez-, capaces de comparar ésta con otras obras de autores consagrados y no tanto, literatos y aficionados, así como de aquéllas otras que además de ello también son capaces de analizar aspectos técnicos como la estructura, la profundidad de los personajes, el estilo o la calidad narrativa –como Marga Ramon o Ana Gómez-, de quienes obtuve conclusiones muy válidas, algunas sugerencias para depurarla y unos halagos tras leerla que me alentaron a sacarla a la luz sin dudar. Seguí con mis familiares más directos, entre ellos mi sobrina, gran aficionada a la lectura y cuya opinión me interesaba especialmente por su juventud, porque el universo lector abarca géneros distintos y distintas edades, y necesitaba comprobar si este tipo de historia también atraía a lectores más jóvenes (afortunadamente, sí). Poco antes de publicarla conté con la visión de Mayte Esteban, una visión algo distinta a las anteriores, porque cuando además de lectora se es también escritora, el análisis no se reduce a las impresiones que produce la novela al leerla, sino también a la dificultad para escribirla, al uso adecuado del lenguaje o a las diferentes alternativas para contar esa misma historia utilizando técnicas literarias distintas.

   Y entre todas estas opiniones, también estuvo la de quien no observa los tecnicismos, sino la historia en sí y su capacidad para transmitir y emocionar, para hacer reflexionar, para trazar un hilo de conexión entre los personajes y el lector, pero visto además bajo un prisma masculino que, a priori, parece siempre menos proclive a dejarse llevar por esos aspectos de lo que suelen hacerlo las mujeres. Y esa es la opinión que traigo hoy, la de mi amigo Alberto González que ya tuve ocasión de escuchar hace casi un año cuando puse en la novela la palabra “fin”, pero que ahora ha plasmado en un papel de forma expresa para que yo pueda compartirla con vosotros, cosa que le agradezco de corazón.


                  LOS COLORES DE UNA VIDA GRIS

   Cuando empecé a leer esta novela había dos cosas que rondaban por mi cabeza: una era que parecía bastante larga para lo que yo suelo estar acostumbrado a leer, pero la otra era un poco contradictoria, que me apetecía mucho leerla, ya que sé cómo escribe Pilar. Había leído su anterior libro de relatos y sabía que no podía defraudarme. Pues bien, en una de las dos cosas, evidentemente, me equivoqué. La novela al final se me hizo corta. Estaba deseando buscarle un hueco para seguir leyendo esa historia que me tenía atado al ordenador.

   Comencé conociendo a los personajes, sus costumbres, sus situaciones personales y también la forma de vida que llevaban. La trama empieza a perfilarse y el lector también comienza a sacar conclusiones. Unas te llevan a justificar a unos, otras te hacen repudiar a otros. Hasta que el uno de los personajes toma el protagonismo principal. Entonces la novela empieza a ser narrada en primera persona en lugar de la tercera persona que hasta ahora había sido la forma elegida para contar la historia. Para mí esto es un gran acierto, ya que parecía que la protagonista estaba contándome todo lo que acontecía en su vida al oído. Es increíble como Pilar logra describir a cada uno de los personajes como si estuvieras viéndolos delante, como si los conocieras de toda la vida, y la facilidad que tiene para que empatices o no con ellos. Nos describe sus vidas de una forma clara que nos lleva a entender el porqué de sus pensamientos y de sus acciones. Pero también logra que nos metamos en la piel de la protagonista, comprendiendo su situación, sufriendo sus preocupaciones, llevándonos de la mano por cada momento de su vida. Con ella pasamos por situaciones que cualquiera de nosotros bien podríamos sufrir en nuestras vidas o incluso haberlas padecido ya.

   También hay que agradecer el gran trabajo de documentación que ha hecho Pilar para centrar la novela en una ciudad que no es la suya, porque no lo parece. Parece que vayas paseando por las calles de Madrid que ella describe y que estés viendo todo tal y como es en la realidad. Los acontecimientos sociales que se produjeron en los años en los que transcurre la novela están perfectamente documentados y magistralmente insertados en el desarrollo de la historia.

   Los Colores de una vida gris me ha dejado muchos momentos de reflexión, me ha hecho pensar en la forma de vida que llevan algunas personas y en cómo, de pronto, puedes acabar en otra muy distinta. Cómo las decisiones que uno toma influyen de una manera u otra y las consecuencias a las que esas decisiones conducen. Y no sólo eso, también las personas que uno se encuentra en la vida, cómo reaccionan en determinadas situaciones, cómo esas personas se comportan dependiendo del nivel social y, otras veces, dependiendo de la situación en la que se encuentren. Nos hace ver que hay veces en la vida que obtienes algo tan básico como la compañía o la complicidad, o la comprensión, de quién menos lo esperas. Cómo alguien que no tiene nada puede darte y enseñarte tanto.    Me encanta encontrarme en una novela esos momentos que te hacen pensar y reflexionar sobre lo que lees y eso Pilar lo hace de maravilla. Pero todo ello lo adereza con una trama perfectamente hilada y sobre todo, lo hace confluir todo en un punto final en lo que nada es lo que parecía ser y que, como siempre, como buena marca de la casa, te sorprende, dando un giro al final de la trama magistral, en el que hace ver al lector que nada es cómo parece.

   ¡Un plato de alta cocina creado por una grandísima cocinera!

   ¡Muchas felicidades por tu obra, Pilar! Es un gran trabajo que tendrá grandes frutos.


   ¡¡Mil gracias, Alberto, por leerla y por esta opinión sincera que me emociona y que has querido compartir con todos!!

15 nov 2013

"AS DE CORAZONES" de ANTONIA J. CORRALES.

  Un broker que sueña con ser escritor, una enfermera que, a pesar de adorar a los niños, se niega a ser madre y una editora que jamás quiso serlo. Atrapados por un secreto inconfesable que dominará sus vidas. Amor, rencor, traición, superación personal, crítica social y la realidad más cruda y más hermosa. Ayala, Samantha y él: Bastián. ¿Cuántas formas hay de amar? ¿Realmente el amor lo disculpa todo? ¿Es Dios el culpable de nuestras desgracias, o confundimos su nombre y en realidad es el Diablo? As de corazones: tres vidas paralelas contadas en primera persona que encogerán tu alma y se harán un hueco en tu corazón.



  Quiero comenzar en esta ocasión haciendo una confesión en forma de contundente declaración de amor: estoy enamorada de la prosa poética de Antonia J. Corrales. Poética por su fondo, por lo que expresa y por cómo lo expresa, sin traspasar la línea –a veces escuálida- que separa la narrativa de la poesía, maquillando las palabras combinadas en cada una de sus frases para ahondar en los subterfugios del alma de cada personaje sin rayar el empalago que tildaría de artificial la narración. Y es que en As de corazones repite esa experiencia maravillosa de la que ya nos hizo partícipes en su obra anterior -En un rincón del alma-, la de bucear en los recovecos del corazón y de la mente de cada uno de sus personajes hasta notar cómo a veces nos falta el oxígeno, cómo hemos de detenernos y separarnos levemente de sus páginas para respirar hondo, para digerir esas burbujas reflexivas manadas de sus bocas con las que nos topamos en multitud de párrafos y que están cargadas de razón, de crítica una veces sutil y otras tantas directa, y que utiliza de forma magistral para configurar el perfil psicológico y profundo de cada personaje que nos presenta para quedarse, para escucharlo, para tocarlo y vivir con él cada una de sus vivencias contadas desde las vísceras, desde muy adentro de su ser, haciendo palpables las emociones sentidas por ellos en cada instante como si fueran personas vivas y perfectamente reales, alejadas de la ficción y con las que empatizamos con una facilidad pasmosa.

  As de corazones vuelve a ser una novela intimista en la que sus protagonistas cobran tanta o más importancia que los hechos en sí que se narran en ella. Antonia J. Corrales nos conduce a través del hilo de acontecimientos que se suceden en la vida de sus tres protagonistas sin escatimar esfuerzos por transmitirnos la forma en que ellos experimentan y sienten lo que les acontece, la opinión que les merece aquello que viven y las personas que los rodean, y las sensaciones intensas que las relaciones humanas –afectivas o no- despiertan en ellos. Y es ahí cuando la autora aprovecha para lanzarnos dardos directos al alma. Porque no se conforma con narrar el discurrir de los hechos sin más, no aspira a hacernos lectores pasivos de una trama que ha creado de forma impecable; Antonia J. Corrales nos sacude, hunde sus dedos en nuestras llagas, en nuestro corazón, zamarrea nuestros sentimientos para sacarlos a la palestra, y nos provoca, nos provoca con la interpretación moral de cuanto va aconteciendo usando a sus protagonistas para tal fin, obligándonos a pronunciarnos mentalmente a favor o en contra de sus opiniones y de sus creencias, de su forma de entender la vida, a reflexionar sobre todos esos aspectos dejados caer sobre la narración como una lluvia fina que sin darte cuenta acaba empapándote, mojándote lo suficiente como para hacerte reaccionar ante lo que estás leyendo y dejarte una huella impresa que ya no se irá. Y ese rasgo distintivo me apasiona, porque son las novelas que no me dejan indiferente emocionalmente las que me gustan de verdad.

  El amor intenso, inevitable e irracional, el odio, el destino marcado disfrazado de casualidad, las incoherencias religiosas que se amparan en la fe para salir indemnes una y otra vez, la sinrazón hermanada con la mentira y la falta de honestidad como clave del éxito, las frustraciones personales por vivir la vida que otros decidieron para nosotros y la impotencia que nos produce su descubrimiento cuando ya es demasiado tarde, el futuro trazado bajo las consecuencias del miedo al dolor y a sufrir de nuevo… Perlas que componen un rosario teñido de sentimientos que se rebelan ante lo injusto y que lidian contra el raciocinio en su deseo de vivir, desplegando un amplio abanico de emociones; un rosario construido personalmente y a partes iguales por Samantha, Bastián y Ayala a base de retazos de sus propias vidas, enlazadas entre sí a lo largo de una trama desarrollada a la perfección, salpicada de pequeños detalles que la autora, con estudiada maestría, va soltando sin intención aparente a lo largo de la narración para que podamos ir atando cabos y desvelando secretos por nosotros mismos, poco a poco, como mandan los cánones del buen suspense que iniciándose ya en sus primeras páginas va in crescendo a medida que la historia avanza hacia su final.

  En un guiño perfecto entre autora y personaje, Antonia J. Corrales consigue de nuevo con As de corazones uno de los objetivos profesionales confesado por una de las protagonistas en la propia novela: no publicar una simple historia de ficción, dar a los lectores un pedazo de alma y crear personajes llenos de vida. Doy fe de ello. Porque he terminado y cerrado la contraportada con el corazón encogido, con un nudo en la garganta y con un suspiro intenso resonando en el silencio de esta noche en que acabo de leerlo, mientras he de controlar mis ansias desbordadas por eliminar de un plumazo, de un contundente manotazo, el pedestal sólido sobre el que se sustentan imbatibles algunas leyes humanas.


  ¡Felicidades, Antonia, es una novela realmente preciosa! ¡¡Y mil gracias, de corazón!!

4 sept 2013

LITERATURA COMERCIAL O DE CALIDAD: ¿EL ESCRITOR TENDRÁ QUE DECIDIR?

    No llevo demasiado tiempo andurreando por estos lares literarios, al menos tratando de deshilvanar los hilos que dirigen un negocio sustentado en la cultura, un negocio con ánimo de lucro que no debería ser tal, pero que desde el punto y hora en que no goza de un apoyo monetario sustancial por parte de las administraciones, es hasta cierto punto lógico que se convierta en lo que actualmente es, una actividad ejercida por un entramado de empresas con una extensa relación de trabajadores en nómina que tienen la sana costumbre de dar de comer a su familia mes a mes, sin obviar la tendencia generalizada y también extendida en otros campos a tratar de vivir lo mejor posible a cuenta de los ingresos de la empresa para la que se trabaja, ingresos que procuran incrementar a base de rentabilizar sus inversiones al máximo, a veces, mucho más de lo debido.
    Nada de esto me resultaría tan reprochable si no estuviéramos hablando del fomento de la cultura. Pero la literatura corre la misma suerte que las demás artes en este país -pintura, escultura, teatro, cine, música...-, la de estar casi por entero en manos privadas que no sienten, ni tienen, -con pequeñas excepciones- la obligación moral de fomentar su crecimiento con una calidad depurada porque no es misión suya "culturizar" a la población, darles la formación educativa e intelectual que debería correr en gran parte a cargo de las entidades gubernamentales. Así es que no sé a quien echarles la culpa de determinados fenómenos que manchan la esencia pura de lo que debería de ser la literatura y que entorpecen que la calidad de ésta florezca y vea la luz como debiera. Porque al igual que nadie reprocha a una entidad o compañía médica privada que no ofrezca todos sus servicios sanitarios de forma gratuita o a muy bajo coste -como sería lógico desde el punto de vista humanitario-, tampoco sé hasta qué punto se puede exigir a una editorial privada que ponga en peligro la subsistencia del negocio por cumplir escrupulosamente con unos estándares de calidad en aquello que publican -en beneficio de una buena formación lectora-, ignorando que la mayor fuente de ingresos a veces proviene de la morralla literaria que muchos acaban leyendo a saber por qué -aunque en muchos casos, lo sospecho-. Aun así, el cabreo que me provoca apreciar de cerca ciertas cosas -que yo, además de incomprensibles, considero injustas- no me lo quita nadie. Pero no solo me provoca cabreo, también produce una batería de preguntas que circundan mi mente en torno al mundo de la escritura, pero sobre todo, en torno al mundo de los escritores y a las tesituras que deben encontrarse a lo largo del camino.
    Los ejemplos que más rápido se nos pueden venir a la cabeza son los de esos famosillos cuya vida y milagros levantan el morbo de miles de lectores y que, con una calidad mediocre (siendo benévola), ocupan en una editorial el puesto que debería asignarse a una buena novela por mérito literario. Pero es obvio que la publicación de ese libro es inherente a la cualidad de "famosillo" del autor o autora en cuestión, con lo cual, si un escritor no es protagonista del papel couché es inútil que se plantee nada a la hora de sentarse a escribir. Pero la cosa cambia cuando el meollo de la cuestión no está en la persona, sino en aquello que se escribe. Cuando la tesitura está en crear una novela muy buena a nivel literario o crear una historia excelente a nivel comercial. Me diréis que deben conjugarse ambas cosas, pero esa es la teoría -y queda muy bonita-. En la práctica, la cosa cambia; no siempre -aunque puede conseguirse, qué duda cabe- la calidad literaria está bien avenida con el atractivo comercial, por lo que suele ocurrir muchas veces algo similar a lo que ya sucede en la gran pantalla, que el Oscar a la mejor película, o las mejores críticas de los expertos cinéfilos, no recaen en las que obtienen al final unos ingresos de taquilla descomunales. Y qué mejor prueba a nivel literario de lo que digo que el fenómeno Grey.
    Ayer, paseando por face y la blogosfera, vi que después de crear una expectación sublime con miles y millones de apuestas en torno a los actores que protagonizarían la película, por fin se habían desvelado los nombres. Pero no fue eso lo que me extrañó, sino que al teclear "50 sombras" en Google aparecieran decenas y decenas de entradas de medios de comunicación ofreciendo la misma noticia en un mismo día: prensa escrita, televisión, webs literarias y blogs en general, una cobertura mayor -se me antoja- que la del Premio Cervantes o el Premio Novel de Literatura. Junto a ellas, otras que informaban de que su autora era la escritora mejor pagada de 2013 y que había hecho incrementarse los ingresos del grupo que la edita en cuatro millones de euros. Todo un fenómeno al que no encuentro una justificación plausible, porque su narrativa no goza de calidad literaria, su historia tiene tintes románticos como en muchísimas otras historias, su argumento no está mejor tramado que otras miles de novelas y, sobre todo y ante todo, porque el erotismo ha existido siempre en la literatura, y a mi juicio, de mejor calidad. ¿Una buena campaña de marketing? ¿Un buen trabajo de psicología social para eliminar el tabú que ha impedido a muchas mujeres leer erótica antes sin sentir vergüenza? ¿Una novela en la que, antes que pensar en la propia historia, se han reunido los elementos necesarios para crear un bestseller en potencia? ¿Una intención clara de no usar un leguaje o una narrativa pulida para que el libro fuera accesible tanto a las lectoras empedernidas como a las que no lo son, ampliando al máximo la horquilla de mercado? Tal vez un poco de todo. Pero el problema no es ése. El problema es que con él se ha abierto la caja de Pandora para que surja una moda literaria que las editoriales han demandado al máximo para aprovechar la coyuntura actual, y no digo esto porque tenga algo en contra de la literatura erótica, todo lo contrario, lo que me apena realmente es que existieran autores y autoras de novela erótica de óptima calidad luchando por sus escritos y que no fueran ni editados ni reconocidos -cuanto menos leídos- hasta que la señora E.L. James pegó el pelotazo con sus 50 sombras.
    Todo esto no me hace sino pensar en aquellos escritores a los que conozco a través de las redes sociales intentando abrirse camino en este mundo con sus novelas de calidad -en muchos casos-, mediante autoedición o cualquier otra fórmula que se precie, entre las que se encuentra la espera paciente a que una editorial convencional decida apostar por ellos, y también en aquellos otros que tal vez no hayan dado el salto aún, pero que sientan una devoción por la escritura como para desear dedicarse a ella profesionalmente. Casi todos coinciden en un aspecto: dicen escribir para ser leídos, ése es su sentido, su razón de ser; afirman que su máxima como escritores es tener el reconocimiento de los lectores y llegar al mayor número posible de ellos, aunque me consta que muchos quieren hacerlo bien, aportando a la buena literatura su granito de arena. Pero yo me pregunto si en tiempos de crisis como ahora, en los que se busca evitar pérdidas a toda costa, eso será factible. Me pregunto si más de uno no optará, consciente o inconscientemente y movido por las circunstancias, por vender su alma al diablo y escribir en función de las demandas ajenas, centrándose en el fondo más que en la forma, y dejar que sean los grandes literatos de nuestra historia los que sigan gozando de ese reconocimiento mientras ellos intentan abrirse paso a codazos, y sea como sea, para poder comer de las letras todos los días del año. ¡Qué triste!

Lecturas 2018.

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