Sabiendo que mi próxima novela, «Un café a las seis», saldrá publicada mañana, 6 de julio, en Amazon, yo debería estar, en preciso instante, centrada en averiguar la mejor manera y forma de contarte mil cosas en relación con ella, como por ejemplo, el tiempo que tardé en escribirla, cómo son de ideales sus personajes o lo maravilloso de su argumento, salpicándolo todo con unas frases filosóficamente deslumbrantes, capaces de despertar en ti un irresistible interés que te empuje a comprarla al terminar de leer esta entrada.
Pero no. Aunque vaya contra natura, o mejor dicho, contra las leyes de la lógica, no lo voy a hacer. Quizá porque siempre me gustó ir un poco a contracorriente, sacar los pies del plato, poner en tela de juicio eso que decimos que es normal. O quizá porque, en el fondo, sospecho que ya empiezan a aburrir esas entradas largas destinadas a la promoción, en las que la propia autora describe su estado emocional ante el inminente estreno además de hacer alarde de las maravillas de su propia obra, intentando dar imagen de credibilidad y de una objetividad de la que dudarán casi todos menos ella.
Así es que voy a cambiar de tercio y voy a hablarte del destino. Sí, has leído bien, del destino. Ese que un día hizo que un relato por encargo se cruzara en mi camino haciéndome variar de rumbo de manera significativa; que me llevó a descubrir que también los sentimientos se puede expresar con palabras transfiriéndolos así de mí hacia ti, con realidad palpable; ese que me acercó a buen número de lectores por efecto del boca a oreja y que me ha regalado dulces palabras de elogio sin yo buscarlas; el que ha provocado que historias (como esta surgida en torno a un café) no despierten de forma premeditada, sino por un aparente efecto rebote que hace que incluso se disfruten más, porque llegan revestidas de sorpresa para quien las escribe y para quien las lee, o tal vez porque nacen de las entrañas y acaban gozando de un "algo" especial.
Hoy quiero rendirle homenaje a esa fuerza que mueve los hilos tanto de tu vida como de la mía, y que, al igual que hizo con mis protagonistas, por una razón u otra nos ha llevado a encontrarnos a ti y a mí en este lugar, dándome la oportunidad de conquistarte con lo que quiero contarte, y por qué no, dándote la oportunidad de que puedas disfrutar leyéndome si, por la razón que sea, terminas confiando en mí. Pero con libertad. La decisión es tuya. Porque si bien ese destino existe, también queda espacio a la decisión personal, a gozar del placer de acertar o equivocarnos.
Y si ya me conoces, porque el destino se ocupó de nosotros en alguna ocasión anterior, tan solo voy a darte la bienvenida y a decirte que es un placer reencontrarte. Sin más. Porque estoy convencida de que antes de haber leído esta entrada, tu decisión ya estaba tomada.
Gracias por estar aquí.
Novela participante en el concurso literarioAmazon Indie 2017.
Andreas y Lilian se reencuentran inesperadamente en un café tras una larga separación. Mientras pasean juntos por el Prater, Lili recuerda su historia de amor con Andreas, su enamoramiento incondicional y juvenil, el primer desengaño, el fracaso en su intento de olvidarlo, la reconciliación y los años locos que vivieron juntos en el salvaje Berlín de entreguerras. Recuerda cómo, a pesar de las separaciones y las distancias, nunca dejaron de amarse. Porque el de Lili y Andreas es uno de esos amores que perduran a través del tiempo y las pruebas. Porque las verdaderas historias de amor nunca terminan.
Conocí a Marisa Sicilia personalmente en la presentación de la última novela de Mayte Esteban en Madrid. Había leído de ella «Tú en la sombra» hacía ya tiempo y me gustó, pero no había vuelto a acercarme a ninguna otra de sus novelas, a pesar de saber que había publicado la última recientemente. Cuando intercambié un saludo y unos breves comentarios con ella en aquella presentación, me dije que alguien con esa apariencia tímida y sensible y con esa dulce sonrisa en la cara tenía que haber sido capaz de construir una historia romántica bonita y, a juzgar por lo que ya había leído de ella, bien escrita. Y no me equivoqué. Será por aquello de que «la cara es el espejo del alma», y hasta de lo que se escribe, añadiría yo, porque cada vez me reafirmo más en que el carácter personal de los escritores está, en gran medida, en consonancia con el tipo de historias que cuentan y el cómo las cuentan, salvo algunas excepciones, claro está.
Me traje «El último baile» de la Feria del libro de Madrid, firmado y dedicado, y después de haber charlado de nuevo con su autora me dije que sería lo próximo que leyera nada más terminar el premio Planeta de este año, que era la lectura que tenía empezada. Y así lo he hecho. Dos días ha durado entre mis manos. Me la he bebido. De cualquier forma, debo decir que, a pesar de esa intuición que no me ha fallado, hubo un momento en que sentí un cierto miedo a lo que pudiera encontrar, miedo a esa decepción que ya había tenido con algunas otras novelas del mismo género anteriormente y que, en algunos casos, incluso me había empujado a abandonarlas; historias vacías, típicas y tópicas, cargadas de clichés que no dudo que gusten pero que a mí ya llegan a saturarme, con los mismos perfiles en sus personajes porque parece que son los únicos candidatos a perdurar en la mente y en el corazón de las lectoras (y digo lectoras porque son mayoría en el género romántico), con argumentos estirados como el chicle para cubrir páginas con el mínimo de contenido, sin más trasfondo que la relación amorosa en sí..., pero sobre todo, con una narrativa poco estudiada, poco cuidada y en determinadas escenas (llamémosle eróticas) con unas descripciones a veces tan vulgares y soeces que me han obligado a saltármelas, y no porque me espante de ello, sino porque destrozan literalmente el «arte» de la literatura. Y no lo olvidemos, por muy comercial que una novela pretenda ser, esta siempre se compone de dos partes: el fondo y la forma, y esta última (aunque para muchos no parezca tener importancia) es la que hace honor a lo literario y, dicho sea de paso, lo que a mí más me atrae a la hora de leer.
«El último baile» es una novela preciosa y ha sido una delicia leerla. Mis temores han perdido sentido con ella, porque entre esas tapas propias de una novela de formato bolsillo he encontrado una historia grande, digna de un mayor porte en su presentación. Con una ambientación espacio-temporal perfecta que la autora consigue en base a una documentación histórica que nos va soltando a pinceladas, a veces ni siquiera ocupando párrafos, sino líneas sutiles que le dan sustento más que suficiente a la historia para situarnos en la época y en los acontecimientos sin que nos parezca estar ante un tratado de historia; todo en su justa medida, incluyendo los escenarios, y, como debe ser, con los personajes evolucionando de principio a fin en función del devenir de su propia vida y del entorno que se recrea. Con una relación de amor profundo creíble, veraz, romántico y vital, hasta realista, sin rayar el empalago propio de otras historias del género. Con un ritmo narrativo constante a lo largo de toda la historia, lento y tranquilo, para degustarlo sin más prisa que la propia del lector en su afán por saber lo que irá sucediendo; aunque eso sí, alentado por esa habilidad de la autora de ir anticipando ligeramente el futuro a base de intercalar pequeñísimos anticipos en cada página y en momentos estudiados para que no perdamos el interés por lo que vendrá después. Y con una narrativa muy cuidada, bella y delicada en general, y hasta escrupulosa (sin pecar de remilgosa) en las escenas de sexo, confiriéndole matices que, muy lejos de provocar rechazo, producen placer tanto al leerlas como al recrearlas.
He imaginado esta historia, ambientada en Viena y Berlín, en formato de cine. Sus escenas han ido desfilando por mi mente, a medida que la leía, a base de fotogramas hasta componer una película propia de la gran pantalla. Tal es la buena recreación de la autora que he podido construirlas con total nitidez, asistiendo a cada una de ellas en primera fila, como una espectadora de excepción hasta llegar al final, del que no hablo porque es justo el que debía ser. El único que podía poner el broche de oro a una historia tan bonita como esta y con unos personajes tan entrañables.
Mario Aguirre, el padre de Paula, lleva desaparecido unos días. Por más que su hija trata de localizarlo, no logra dar con su paradero y por ello busca la ayuda de Javier Muñoz, inspector de policía. Diez años atrás, Javier y Paula mantuvieron una relación que nunca ha acabado del todo. De vez en cuando sellan treguas que duran solo unos días, y de las que los dos salen siempre heridos.
Paula sabe que estar cerca de Javier no es lo más sensato, porque recuperarse después de estar juntos es cada vez más difícil, pero necesita que sea él el que la ayude a encontrar a su padre y no duda en pedírselo. El magnetismo que existe entre ellos es tal que quizá el viaje que emprenden para encontrar a Mario no sea muy buena idea, quizá exponga demasiado sus sentimientos.
***
Se puede sentir rechazo a leer determinados géneros literarios —ciencia-ficción o novela negra, por poner algún ejemplo—, y no porque estos géneros desmerezcan, sino por una mera cuestión de gustos o, tal vez, porque circunstancias personales no nos hagan sentir cómodos con los elementos que componen este tipo de historias. Igual ocurre con la novela romántica, sobre todo cuando aquellos no adeptos al género anticipan que habrá escenas en exceso edulcoradas, que los personajes serán irreales por idílicos, que no habrá más trama que la relación amorosa entre los protagonistas —con sus idas y venidas, encuentros y desencuentros—, o que la historia tan solo nos aportará unas horas, o días, de entretenimiento sin pretensiones mayores porque la superficialidad que se presupone en ella no nos aportará nada más. En tal caso, solo puedo decir que no han leído a Mayte Esteban. A pesar de no ser una asidua a la romántica, creo haber leído bastante como para poder opinar. Y encuentro, a primera vista, una diferencia clara entre la autora de «Entre puntos suspensivos» y otras escritoras de este mismo género: Mayte Esteban no sube a una nube para escribir sus historias, no se recuesta entre algodones para soñar mientras construye a sus personajes, sino que mantiene los pies anclados a tierra y de ella extrae todos los elementos que componen la trama, a la que, además, suele quitarle el exceso de azúcar. El resultado es, para mí, un cóctel de lo más sabroso: una historia real y hasta cotidiana, con la que podría resultar fácil identificarse; personajes de carne y hueso que jamás pisaron el Olimpo de los Dioses, guapetes, tal vez, pero tan plagados de defectos como de virtudes, al igual que cualquiera de nosotros; situaciones y escenarios reconocibles; diálogos ágiles, espontáneos, nada cúrsiles ni encorsetados; una complicidad en las relaciones amorosas de sus personajes que se aleja de lo peliculeramente pasional y grandioso para mostrar una frescura que se agradece; y algo importante y alabado por mí: una bendita ausencia de tópicos. Todo eso y más vuelve a formar parte de esta novela de la que estoy hablando hoy. Me consta que hay ocasiones en las que un escritor —o escritora— siente la necesidad imperiosa de escribir, y si no tiene una historia en mente, la busca. En otros casos, es la propia historia la que busca al escritor para que la transmita, porque surge y fluye de manera espontánea y con tanta fuerza que lo obliga a sentarse para convertir en palabras lo que su mente susurra. En el caso de «Entre puntos suspensivos» me atrevería a asegurar que fueron los personajes, Paula y Javier, quienes apremiaron con insistencia a Mayte Esteban para que el devenir de su relación saliera a la luz, quienes la empujaron en el culo —y perdón por la expresión— para que se sentara a contarnos todo lo que ellos pensaban, sentían y necesitaban exteriorizar. Quizá porque los fantasmas y los temores suelen disiparse cuando se les deja escapar, cuando toman contacto con el exterior de uno mismo. Y Paula y Javier llevaban demasiado tiempo con los suyos ululando en su interior. Hay novelas que se centran en la historia; esta es la que cobra mayor relevancia. Sin embargo hay otras en las que, a pesar de existir una historia de fondo que resulta ser el motor de la trama, quienes realmente cobran protagonismo y se convierten en la razón de ser de la novela son sus protagonistas, sus personajes. Y bajo mi punto de vista, «Entre puntos suspensivos» pertenece a este último tipo. La búsqueda de Mario no es en sí el foco de la novela (sin quitarle por ello la parte de atractivo que pueda tener), es más bien el telón de fondo que acompaña —y concede una excusa— a los personajes el tiempo necesario para que se reencuentren y muestren sus pensamientos, sentimientos y emociones en relación con el otro y también con la vida que están obligados a llevar en común. A lo largo de la novela, la evolución de esa relación entre Paula y Javier nos deja momentos bonitos, amargos, cómplices, divertidos, desenfadados, dulces, tiernos, con algún que otro plato roto lanzado a la cabeza de cada cual. Y nos deja las reflexiones. Esas que siempre aparecen en las novelas de Mayte Esteban y que dan profundidad a una trama que escapa a esa superficialidad a la que me refería al principio y de la que podrán adolecer otras novelas románticas, pero nunca las que Mayte escribe. El viaje nos deja escenarios y paisajes bellamente descritos, detalles curiosos, anécdotas divertidas (véanse las andanzas de Adelina), ocurrencias ingeniosas que tampoco suelen escapar a la pluma de la autora y como no, giros inesperados que terminan por sorprendernos y que también se agradecen en una novela cuyo final, por imperativo formal, sabemos de antemano cómo debe acabar. Pero ese otro gran componente del que aún no he hablado y debo hacerlo sí o sí es la forma en que está escrita. Y digo que debo hacerlo porque a mí la narrativa de Mayte Esteban me coge del cuello al abrir la primera página y ya no me suelta. Fluida, ágil, muy cuidada, aparentemente sencilla, jugando con los recursos lingüísticos y literarios necesarios para embellecerla sin ostentaciones forzadas… Una se desliza por sus párrafos sin darse cuenta, con suavidad, sin necesidad de volver atrás si no es para repetirse y dejarse grabada en la mente esa frasecita, llena de significado, digna de recordar. «Entre puntos suspensivos» es una novela fresca, entretenida, divertida, sentimental, emotiva y reflexiva en muchos momentos, que se lee con el placer de quien degusta un plato sencillo pero exquisitamente elaborado. Y que nos dejará a los postres un buen sabor de boca y un suspiro. Por cierto, mañana viernes, 17 de marzo, a las 19:30h. se presenta en Madrid, en Librería Molar. ¿Te animas a conocer algo más de ella y de sus entresijos?
SINOPSIS Mario Aguirre, el padre de Paula, lleva
desaparecido unos días. Por más que su hija trata de localizarlo, no
logra dar con su paradero y por ello busca la ayuda de Javier Muñoz,
inspector de policía. Diez años atrás, Javier y Paula mantuvieron una
relación que nunca ha acabado del todo. De vez en cuando sellan treguas
que duran solo unos días, y de las que los dos salen siempre heridos. Paula
sabe que estar cerca de Javier no es lo más sensato, porque recuperarse
después de estar juntos es cada vez más difícil, pero necesita que sea
él el que la ayude a encontrar a su padre y no duda en pedírselo. El
magnetismo que existe entre ellos es tal que quizá el viaje que
emprenden para encontrar a Mario no sea muy buena idea, quizá exponga
demasiado sus sentimientos.
***
No sé qué tiene al escribir. A veces es difícil definir un estilo, catalogarlo, reseñar esos matices que hacen que te guste, que te sientas cómoda leyendo, como en casa. Simplemente sabes que te engancha, que una vez que empiezas a deslizarte por su prosa ya no puedes parar. ¿Frescura? Tal vez, al menos ese término me asalta a la mente de manera espontánea cuando pienso en ella. ¿Que juega a hacer fácil lo que no lo es, como contar una historia sin trabas tontas, sin florituras que más que enriquecer estorban, manejando con soltura un lenguaje cercano con total corrección? Pues también puede ser. ¿Que los personajes que es capaz de crear son de carne y hueso, espontáneos, naturales, divertidos o trascendentes —según la ocasión—, con virtudes y defectos —como tú y como yo— y sin nada que los haga míticos e inalcanzables, sino cotidianos, de los que te echan el brazo por encima metiéndote en su mundo desde el mismo instante en que los conoces? Sí, sí…, podría ser también. ¿Que las historias que ellos protagonizan nos garantizan unas horas —o días— de disfrute lector, sonrisa en los labios, alguna lagrimilla emocionada y más de un mensaje subliminal a través de frases dignas de recordar? Pues también.
Mayte Esteban gusta. Y me gusta. Por su versatilidad y porque es capaz de montar —y le sale bien— toda una historia a partir de una idea microscópica; una historia en la que da gusto sumergirse olvidándose de todo lo demás.
Hoy estará hecha un flan, por los nervios, que se la comen viva siempre que sale a la palestra con algo nuevo. Quizá sea porque lleva dentro esa humildad de los buenos escritores, que le provoca un inevitable temor a defraudar a pesar de haber puesto su empeño y todos sus conocimientos en afinar al máximo lo que hoy sale a la luz.
Hablo de «Entre puntos suspensivos», su nueva novela, la segunda parte —totalmente independiente, que conste— de «Su chico de alquiler». Nace bajo el amparo de HQN, el mismo sello editorial que ya publicó «La chica de la fotos» y promete tener tanto éxito como esta. Yo la reservé hace tiempo cuando salió en preventa y es muy posible que a estas horas me esté esperando ya en mi kindle con los brazos abiertos, que no voy a rechazar. Eso sí, tendré que elegir bien el momento en que empiece a leerla, porque auguro que cuando lo haga ya no me dejará escapar.
Mayte Uceda(Asturias, 1967) publicó en 2013 su primera novela, Los Ángeles de La Torre, un romance con tintes paranormales que tuvo una excelente acogida entre los lectores. Su segunda novela, Un amor para Rebeca,
que vio la luz en 2014, se mantuvo durante más de sesenta días
consecutivos entre los diez e‐books más vendidos de Amazon y ha sido
traducida al inglés y al alemán por AmazonCrossing. Después de vivir
durante seis años en Madrid, regresa a su Asturias natal, donde vive
actualmente con su marido y su hijo en un privilegiado enclave de la
costa asturiana.
Hola, Mayte, bienvenida a esta casa, todo un placer tenerte aquí!!
Quiero comenzar diciendo que ya hace al menos tres años que tu nombre empezó a serme familiar gracias a algunos amigos comunes que ambas teníamos en Facebook. Y comencé a saber de ti en esa etapa en que la llamada, por entonces, Generación Indi luchaba por hacerse un hueco en el mundo literario con la autopublicación de sus novelas en Amazon, ayudándose mutuamente para poder destacar entre los cientos y cientos de publicaciones que las editoriales convencionales vertían casi a diario en la plataforma. En aquel tiempo, la novela que tú tenías publicada era Los Ángeles de la Torre, pero fue con la llegada a Amazon de tu segunda novela, Un amor para Rebeca, cuando ya pude conocerte como escritora. Recuerdo que leí Un amor para Rebeca a finales de 2014, y me gustó, me gustó mucho. Y lo que también me agradó fue comprobar que por fin empezaba a romperse el tópico de la falta de calidad en la autoedición, como tanto se andaba predicando desde determinados sectores, porque, aunque no todo era bueno —efectivamente— , sí que empezaban a publicarse obras, como la tuya, que merecían ser leídas tanto como cualquier otra vendida en las librerías. Y la prueba está a la vista, yo creo que el tiempo nos ha dado la razón, porque "Un amor para Rebeca" lleva ya muchísimo tiempo en el Top 100 general de Amazon y en los primeros puestos del Top de su categoría, además de ser bestseller en digital en Alemania, ¿me equivoco?
No te equivocas, y a día de hoy puedo decir que soy una autora con más lectores en Alemania que en España, algo que me apena en cierta manera porque te das cuenta de lo poco que se lee en España. En cuanto a la calidad de los libros autoeditados tengo que decir que ha mejorado mucho en los últimos dos años. Los autores se están esforzando bastante para ofrecer obras que puedan competir en un mercado que crece cada año. Cada vez se autoeditan más libros, y la única forma de sobresalir es ofreciendo un producto competente y de calidad.
Te doy toda la razón. Y esa calidad, además, creo que debe estar presente en todos los aspectos de la novela, no solo en lo que hay entre sus tapas. ¿Sabes lo que llevo preguntándome a lo largo de todo este tiempo, al hilo de lo que estamos hablando? Cómo es posible que ante el éxito de crítica y de descargas que ha tenido Un amor para Rebeca desde que la publicaste, no haya habido ninguna editorial que la haya rescatado de ahí para editarla en papel y darle el lugar que merece. Aunque, bueno..., igual ha habido alguna oportunidad y yo no lo sé, jajaja.
Vas bien encaminada. Hasta ahora ninguna editorial en España se ha interesado en publicarla, y no es algo que me inquiete o me moleste porque me gusta la autoedición y además conservo los derechos de la novela en español. Fue Amazon Publishing la que enseguida vio el potencial de la novela, y al mes de su publicación me ofreció la posibilidad de traducirla al inglés y al alemán. Y ya van más de 30.000 lectores, la mayoría en Alemania. Un amor para Rebeca es una novela que se desarrolla en Escocia, y coincidió, sin yo pretenderlo, con el lanzamiento televisivo de un viejo bestseller como es la saga “Outlander”, de Diana Gabaldón y que puso a Escocia de nuevo en el candelero. Parece ser que, de repente, todo el mundo quiere leer novelas ambientadas en las Highlands escocesas.
Con lo cual, todavía me lo explico menos, porque esto también podría haberle servido a las editoriales como publicidad gratuita... En la red he podido leer que Planeta se puso en contacto contigo, precisamente, a raíz de haberte conocido por esta novela. Pero, por lo que acabas de decir, entiendo que tampoco este sello contempló en ningún momento la posibilidad de publicarla. ¿Tan importante era que la novela fuera inédita? Lo digo porque ambas sabemos que otras editoriales han apostado por novelas que ya habían sido publicadas en Amazon y estaban funcionando bien...
Que tu novela se posicione en los primeros puestos de una plataforma como Amazon te da visibilidad, y no cabe duda de que las editoriales rastrean y conjugan datos. Si bien es cierto que Un amor para Rebeca me dio esa visibilidad, fue Los Ángeles de La Torre la que se estaba leyendo mi editor cuando contactó conmigo. Hablamos sobre nuevos proyectos, nunca sobre mis novelas ya publicadas. Querían un producto inédito, y se ofrecieron a valorar mi siguiente novela, de la que ya se habían leído el comienzo y un argumento detallado.
Los Ángeles de la torre es una novela de fantasía juvenil. Con Un amor para Rebeca te pasas a la romántica adulta. Y en Alicia y el teorema de los monos infinitos (tú última novela publicada por Planeta) te sigues manteniendo en el género romántico pero con tintes de humor, con una forma de contar la historia más desenfadada y menos seria que en la anterior. ¿Crees que este pequeño cambio de registro hace que la novela se adapte a otro tipo de público lector? ¿O el lector de romántica lo suele ser en todas las variantes del género?
No tengo claro si el lector de romántica lo es de todos los subgéneros. Yo como lectora sí lo soy, y puedo pasar de una novela ligera a una más profunda y sentimental. De todas formas, aunque Alicia y el teorema esté escrita de una forma más desenfadada, también tiene una carga importante de emociones, situaciones tensas y dramáticas, pero al estar narradas con cierto sentido del humor, el impacto en el lector es menor. Si yo te cuento que se murió mi gato Pinky, posiblemente te pongas triste, —si eres una de esas personas empáticas—, pero si te cuento que mi gato se murió porque vivía al límite y le encantaba mearse en la caseta del pitbull de mi vecino, el drama disminuye, la emoción se invierte. Eso es verdad. Incluso hay relatos escritos con una cierta ironía hilarante que sin embargo esconden un auténtico drama detrás. Pero escribirlos así tal vez permita al lector asimilarlos mejor. Hay una especie de "género" literario o estilo de novela que ha existido siempre, pero a la que ahora parece llamársele Feelgood (por esa manía que nos ha entrado de darle nombre a todo y catalogarlo todo), y que viene a significar, más o menos,que estamos ante una lectura de entretenimiento, ante una novela escrita para garantizar al lector un rato de placer, nada que lo atormente porque con la vida diaria ya tiene bastante. ¿Ha sido ese tu propósito a la hora de escribir esta novela con este estilo? Yo no me había planteado hacer una comedia. Fue a raíz de mi conversación con el editor cuando comencé a valorar darle un toque más ligero. No fue ni mucho menos una exigencia, al contrario, tenía plena libertad para escribir lo que quisiera. Tengo que decir que no sabía dónde me metía porque enseguida me di cuenta de que es más fácil hacer llorar que hacer reír. De todas formas, mi intención cuando escribo es siempre entretener al lector, que pase un rato agradable y, sobre todo, provocarle muchas emociones, me da igual si es risa, llanto, ganas de viajar a los lugares que describo o ganas de enamorarse, cualquier cosa menos indiferencia.
Normalmente, cuando se escribe una novela que funciona, la tendencia parece ser la de continuar con el mismo género, el mismo tipo de historias, la misma estructura argumental..., porque se quiere ir a lo seguro. ¿Tú eres de las que arriesgan, Mayte? ¿O en realidad sabías que este pequeño cambio, en el fondo, era jugar sobre seguro? :)
Me gusta demasiado experimentar. Estoy convencida de que puedo ser una autora versátil y adaptarme a distintos géneros, y creo que el lector que te sigue identifica tu estilo narrativo aunque cambies de registro. Si le gusta como escribes, te leerá. Soy de las que arriesgan porque creo más en las historias que en los géneros. Dame una buena historia y leeré cualquier género, ese es mi lema. Pues ya somos dos, jaja, cada vez llevo peor lo que catalogar las novelas dentro de un determinado género. Creo que se pierden lectores potenciales —y nos perdemos el leer buenas historias— por identificarlas con un patrón. Y hablando de patrones y de géneros... Hay una cuestión que yo siempre me planteo, aunque igual me equivoco. Si es así, tú me contradices y ya está, jaja. La dificultad a la hora de escribir una novela no siempre es fácil que el lector la aprecie. Es más, estoy por apostar a que hay géneros que tienden a valorarse más aunque las obras estén peor escritas, argumentadas o trabajadas; y en otros casos, ocurre al revés, no sé bien si es por una cuestión de prejuicios o por qué. "Alicia y el teorema de los monos infinitos" está muy, muy bien escrita, te felicito por ello. Y también está muy bien argumentada y desarrollada. Sin embargo, tengo la impresión de que el género y el estilo de novelas como esta tienden a valorarse (erróneamente en muchos casos) como "fáciles" y no se le da el aprecio que de verdad merecen en cuanto a calidad literaria; ya hemos visto la mala prensa que parece tener en algunos sectores el género romántico en general. ¿Tú te has planteado esto alguna vez y, sobre todo, a la hora de elegir un género para escribir? ¿O esta apreciación es solo figuración mía? Lamentablemente, no es figuración tuya, y me atrevo a decir que es una cuestión de ignorancia emocional al calificar de fáciles o sencillas las novelas que tienen un alto componente sentimental, es como trabajar en los barrios bajos de la literatura. Puede que el género fantástico o de ciencia ficción también esté denostado, pero nunca ha sido tan injuriado como la novela romántica.Las novelas románticas rebosan feminidad y eso se traduce injustamente como debilidad, incluso en la literatura. Escribir historias sobre hombres y mujeres que aman, que odian, que sueñan, que se equivocan, que crecen, que maduran, que se hacen más fuertes, que sobreviven al trauma, a la traición… Hay tantos sentimientos que mostrar, y hay un público tan amplio dispuesto a devorar esas historias que no puede ser considerado un objetivo pequeño, un género chico. Personalmente, escribo lo que me hace feliz, lo que me emociona, sin entrar en más valoraciones.
Además de por lo que has dicho, esto que te he preguntado me lo he planteado especialmente con tu novela al ver el pedazo de trabajo de documentación que hay detrás de ella, en relación con los viñedos y el mundo del vino. Hay montones de frasecitas, dejadas caer como si tal cosa, que no se pueden escribir si antes no te has empapado a fondo de lo que estás diciendo. Me da la impresión de que hay muchísimas horas invertidas en esa labor de documentación que también se traduce en una ambientación excepcional. Y ahora yo te pregunto, Mayte, ¿los lectores (o la crítica, por llamarlo de alguna forma) están valorando este trabajo tan bien hecho por tu parte? Dime que sí, que me alegre, jaja.
Creo que si no lo hubieran valorado no habría pasado el filtro editorial, así que, en ese sentido, mereció la pena la inversión de tiempo empleado en la documentación. Todo aquel que lea la historia de Alicia y sus monos se dará cuenta de que no solo es una historia de amor contada con un poco de gracia. Me esforcé mucho por crear el mundo de Alicia e integrar a todos los personajes en ese contexto entre viñedos, y además todo debía encajar de forma natural, sin grandes explicaciones sobre la elaboración del vino o sobre el mantenimiento de un viñedo que pudieran aburrir al lector. Acumulé muchos más datos de los que llegué a utilizar por considerarlos innecesarios, innecesarios para el lector, pero imprescindibles para hacer de Alicia una buena bodeguera. Hasta el momento, las críticas están siendo muy positivas.
Esto que apuntas —de no dar grandes explicaciones— es todo un acierto. Hay novelas en las que parecen darse clases magistrales dentro de la narración, y esto no solo aburre al lector, es que puede resultar demasiado forzado. Tú consigues que la ambientación resulte de lo más natural, al igual que también consigues ese efecto con los personajes, bien construidos, bien perfilados. Hasta los secundarios tienen una personalidad definida. ¡¡Incluso el perro, que me ha encantado conocer!! :) La mala relación (aunque simpática) de Alicia con él me ha gustado, porque es un detalle más que muestra como con la protagonista rompes los esquemas. No intentas ponerla como ejemplar, sino con virtudes y defectos; te mantienes en un término medio, ni es la protagonista envidiable y admirada de muchas novelas, ni es la protagonista ñoña, insulsa y manipulable de otras tantas, por eso me ha gustado tanto, porque es de carne y hueso, y además, con vis cómica, como me gustan a mí :) ¿De dónde sale la inspiración o la idea para crear a Alicia?
Quería una mujer corriente, esa fue la idea desde el principio y la base sobre la que cimentar la personalidad de Alicia. También quería que fuese fuerte y positiva, y que se tomara las adversidades como inevitables contratiempos de la vida, pero sin dramatismos. Me interesaba un tipo de mujer con quien fuera fácil identificarse, y que otras mujeres pudieran llegar a ponerse en su situación y reflexionar sobre qué harían ellas de estar en su lugar.
¿Mayte Uceda tiene el mismo sentido del humor que la protagonista? Yo siempre he pensado lo que tú apuntabas antes, que una novela "llorona" es más fácil de escribir que una de humor, porque el escritor o escritora que no sea ocurrente difícilmente puede escribir una novela entera con continuos detalles que hacen sonreír, si no reír, por lo que dicen los personajes o cómo lo dicen... Soy alegre por naturaleza, y valoro mucho la alegría y el optimismo en los demás. Es cierto que en esta novela me he dejado llevar por mi propio sentido del humor, he sido más yo a la hora de narrar, pero para ello he tenido que hacer un ejercicio mental de liberación, en un sentido literario. Cuando empiezas a escribir, tienes miedo a innovar, a salirte de los límites establecidos, y eso coarta la espontaneidad y merma las posibilidades de encontrar tu propia voz. Por otro lado, hacer reír es infinitamente más difícil que hacer llorar, y tienes que poner a prueba el ingenio.
¿Y Dimitri y Natasha? ¿De dónde han salido? Me he hartado de reír con ellos, me recordaban a la pareja mayor de Escenas de matrimonio, jajaja. Muy conseguidos, todo un acierto. Estos dos personajes tienen que ver con lo que hablabas antes acerca de mantener la sonrisa en el lector durante toda la novela. A veces para conseguirlo se recurre a situaciones absurdas y descabelladas, otras veces ese efecto lo consiguen los diálogos y en otras ocasiones se recurre a personajes como Dimitri y Natasha. Al principio no tenía pensado que acompañaran a Alicia a lo largo de toda la novela, pero a medida que la iba escribiendo ellos mismos tomaron el mando y fue imposible dejarlos de lado.
Pues me alegra que se hicieran valer, porque me han encantado :) En Alicia y el teorema de los monos infinitos hay humor —como ya hemos dicho—, amor, intriga, enredos... y escenas sensuales en la relación de los protagonistas, con detalles más o menos explícitos, que demuestran que se puede jugar con el sexo en la romántica narrándolo y describiéndolo con tacto, con gusto, con elegancia, sin ninguna necesidad de tener que prescindir de él como tampoco de ofrecerlo a manos llenas y de manera burda y gratuita, cosa que parece ser cada vez más frecuente dentro del género. ¿Se está yendo de madre el tema del erotismo en el género romántico, Mayte? (Si es que a muchas escenas se las puede catalogar como eróticas, claro...) En este sentido creo que la línea que separa la literatura erótica de la pornográfica se está diluyendo, y la diferencia entre las dos no solo radica en el nivel descriptivo de las escenas sexuales sino también en el vocabulario utilizado. Si a una descripción explícita de sexo, cargada de detalles, le añades un vocabulario obsceno, el erotismo se desvanece y deja paso a la pornografía. Y esta última no tiene nada de malo, pero muy pocas personas reconocerán que leen literatura pornográfica, así que el término «erótica» se ha generalizado. Pero lo cierto es que el sexo duro está muy presente en este tipo de libros. Yo he intentado leer unos cuantos, y solo he terminado dos o tres. En una escena de sexo me interesa más el intercambio de emociones que el de fluidos.
Volvamos a la cuestión editorial, pero ahora, en el proceso de creación de esta novela. Planeta te solicitó, para leer, el primer capítulo de "Alicia..." y le gustó. Creo haberte escuchado decir que te comprometiste a escribir la novela en un plazo marcado (si no es así, me corriges), con los dedos cruzados para que les gustara :) Hasta qué punto ha sido positivo o negativo escribir bajo presión (de tiempo o de deseo de que fuera lo que esperaban). ¿O acaso no la has sentido? No me impusieron ningún plazo, y yo tampoco me comprometí a ello. No recibí ninguna presión más allá de la autoimpuesta, es decir, la que yo ejercía sobre mí misma para no alargarme demasiado. Tardé ocho meses en terminarla y durante todo ese tiempo jamás recibí la más mínima presión. La única diferencia con mis otras novelas es que trabajé más horas al día. Si tengo que ser sincera, no sentí la presión por un posible rechazo. Me ilusionaba mucho que la aceptaran, eso sí, pero sabía que, si no lo hacían, la novela no se quedaría en un cajón.
Una pregunta comprometida, tal vez, Mayte: ¿La novela que ha salido publicada es tal cual querías escribirla tú o has tenido que aceptar determinadas instrucciones de cara a lo comercial, que puede ser algo en lo que no se piensa a la hora de escribir y que en tu caso, sabiendo que su publicación estaba ya casi proyectada, podría tener más peso de lo habitual?
La novela está prácticamente tal cual la escribí. Trabajamos de forma conjunta, como se suele hacer en estos casos, para pulirla de errores y mejorarla en lo posible, pero no hubo cambios significativos ni se me dio instrucciones de cara a que fuera más comercial. El equipo de correctores fue muy respetuoso y cualquier cambio, por pequeño que fuera, se consulta con el autor. Que conste que aceptar las directrices de la editorial para modificar, incluir o eliminar según qué cosas no tiene por qué ser negativo, hay escritoras que me han confesado haber aprendido mucho con las directrices editoriales... Y si además es como tú apuntas, sin imposiciones y consensuando cualquier mínimo cambio con el autor, pues mejor aún.
Claro, siempre hay algo que se puede mejorar, y cuando tienes a un equipo de expertos alrededor, la experiencia puede resultar muy provechosa. Yo en este sentido estaba muy abierta a realizar esos pequeños cambios, y ha resultado un trabajo muy útil.
¿Qué se gana y qué se pierde publicando con una grande como Planeta en lugar de autoeditar? ¿Todo son ventajas?
Siempre me he sentido muy a gusto autopublicando, pero la publicación tradicional es muy tentadora y te ofrece una distribución en papel que de otra forma es imposible. Luego están las numerosas apariciones en los medios de comunicación, tanto en prensa escrita como en radio y que son de gran ayuda para que el autor se dé a conocer. Esto es lo que se gana. Evidentemente, lo que se pierde es el control de la obra. Cuando autopublicas, tú tienes el control y los derechos de tu novela para hacer con ella lo que te plazca. Cada cosa tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Conozco bien el mundo de la autopublicación, y ahora estoy empezando a conocer el de la publicación tradicional. Vuelve a preguntarme esto dentro de un año y seguro que tendré más datos para hacer una comparación.
Me apunto la sugerencia, jaja. Cambiando de tercio... ¿Por qué tendemos a buscar pareja a toda costa (sobre todo cuando ya hemos estado emparejados antes)? ¿Y por qué nos entra tanto miedo ante el amor ideal? :) ¿Tememos que se nos rompa en las manos, que sea un sueño y despertemos cuando menos lo esperamos..., o es que en el fondo tendemos a pensar que no existe? Tendemos a buscar pareja por miedo a la soledad, porque estamos enamorados del amor de película o novela, porque nos gusta compartir la vida con alguien, porque en el fondo, y aunque hayamos estado emparejados antes, estamos convencidos de que nuestra alma gemela nos espera en alguna parte, aunque muchas veces ese lugar es solo imaginario. Otras veces lo tenemos delante y entonces nos entra miedo o no somos capaces de reconocerlo. Cada vez nos cuesta más comprometernos, vivimos en una sociedad que se caracteriza por la exaltación del individualismo y por la pérdida de valores, y así es difícil ser generoso y dejar de mirarse el ombligo.
Siempre se dice que el amor no tiene edad. Pero entonces, ¿por qué tememos tanto que "se nos pase el arroz"?, jajaja. ¿Damos por hecho que el físico, la atracción sexual... son una parte importante para comenzar una relación, para mantenerla...?
En ese sentido, somos las mujeres las que sentimos esa presión a que se nos pase el arroz, porque la mayoría de nosotras desea ser madre y, nos guste o no, nuestra fertilidad es un ciclo biológico con fecha de caducidad. Es verdad que la ciencia puede alargar ese ciclo, y que la presión social, que hace cuarenta años se ejercía sobre mujeres de treinta, hoy se ejerce sobre las de cuarenta, pero hay límites que ni siquiera la ciencia aconseja rebasar. En cuanto al tema de la atracción sexual, es evidente que existe, y a eso nos referimos cuando hablamos del flechazo. Es un buen principio, pero luego hacen falta muchas más cosas para mantener viva esa atracción.
Y por último, Mayte, ¿dónde leíste lo del Teorema de los monos infinitos que da título a la novela? Tengo un libro sobre curiosidades de la ciencia que habla del teorema, pero nunca le había prestado demasiada atención. En una novela como la de Alicia y el teorema de los monos infinitos me pareció divertido sorprender al lector con algún dato real y gracioso, el teorema de Èmile Borelera perfecto, así como el Efecto Straisand, que es un fenómeno más reciente creado en Internet y que también se menciona en la novela.
Muchas gracias por tu tiempo y por haberme acompañado. Te deseo todo el éxito del mundo. Hasta siempre.
Sólo el amor y la tolerancia pueden trazar rutas entre la violencia, la desolación y el odio.
Lucía acaba de terminar su carrera y viaja a Palestina como cooperante de una ONG. Está llena de ilusiones, de buenos propósitos, pero lo que encuentran en los Campos de refugiados rompe todas sus ideas preconcebidas. Las carencias rozan el límite de la supervivencia y nadie les espera, ni espera nada de ellos. En los campos de refugiados no sólo hay intereses altruistas, las facciones político-religiosas mantienen una lucha de poder constante entre sí y contra su enemigo Israel y por extensión Occidente.
Lucía se encontrará con los dos polos humanos que imperan en los Campos: quiénes lo dan todo, como Fathia y Hamid; y con el Halcón, un palestino de padre inglés, educado en diferentes países, y con un magnetismo y atractivo que subyuga perdidamente a la joven cooperante. Descubrir quién es este hombre en realidad le va a costar muy caro a Lucía. Su pasión le alcanzará la gloria y la arrastrara al abismo.
No he podido esperar para contar mis impresiones. Hay quienes prefieren dejar reposar las historias para comentarlas con cierta distancia y algo más de temple; pero a mí me gusta plasmar mi opinión de una forma visceral, con las emociones que la novela me ha suscitado burbujeando en mi cuerpo aún. Porque las lecturas que te hacen sentir así lo merecen, merecen que se haga de ellas una radiografía de lo contienen pero también de lo que transmiten —que no siempre es lo mismo—, y de cómo lo transmiten, de lo que con ello evocan. Son emociones, a veces, que consiguen auparte a una nube y dejarte absorta subida en ella, con los pensamientos revoloteando en torno a los personajes y a la historia que han vivido, a los porqués de la trama…, emociones que, por suerte o por desgracia, van menguando de intensidad a medida que pasa el tiempo, resultando mucho más difícil volver a evocarlas después para hablar de la novela con el grado de excitación que te ha provocado inicialmente. Me traje Promesas de arena, dedicado y firmado por Laura Garzón, de la presentación que hizo en Córdoba el pasado viernes. Y si bien fue una compra convencida, más convencida aún de leerla salí de allí, tal vez porque, de todo lo que su autora dijo, lo que más me llegó fue ese cierto paralelismo que encontré entre "Promesas de arena" y mi propia novela ("¿A qué llamas tú amor?") en cuanto a la relación pasional, arriesgada y descerebrada de sus protagonistas y a la defensa que Laura Garzón hizo de la figura de la mujer en una relación amorosa, antagónica al estereotipo mostrado por muchas de las novelas romántico-eróticas actuales en las que la sumisión acompañada de una patente falta de dignidad parecen ser la tónica más habitual, defensa que comparto plenamente y que también resulta ser, en parte, objeto de mi propia obra. La empatía con Laura en estos dos planteamientos "literarios" despertaron muchísimo mi curiosidad, aunque ambas novelas sean por supuesto distintas. Y no me equivoqué al leerla aventurando que me gustaría. A pesar de mi escasez de tiempo, me ha durado dos sentadas. Y tengo que decir que me ha encantado. Promesas de arena es, fundamentalmente, una historia de amor pasional, de ese amor que te posee, que te arrebata, que te desgarra por dentro, que pone en jaque al corazón en pugna con la razón sin que sepamos de antemano cuál de ellos terminará imponiéndose al final. Tal y como dijo Laura en la presentación, es una relación al límite en una situación límite, en pleno conflicto palestino en la franja de Gaza, y protagonizada por Lucía, una occidental que decide trasladarse para trabajar de voluntaria en un hospital de la ONU y Haydam, más conocido como el Halcón, un palestino de padre inglés, con ojos azules, arrogante, seguro de sí mismo y embaucador al que Lucía no puede resistirse. Pero no todo se reduce al amor entre ambos, a ese amor pasional entre dos personajes muy reales y perfectamente perfilados en físico, carácter, manera de ser y de actuar. El amor sobrevuela la novela con matices distintos mostrándonos las demás acepciones que tan grande lo hacen: el amor filial, el amor capaz de establecer férreos lazos de amistad desinteresada, el amor altruista hacia los más necesitados, el amor “social”, que crea un vínculo con quienes poseen los mismos orígenes, las mismas costumbres, la misma forma de entender la vida y de vivirla, hasta el punto de defenderse mutuamente de las agresiones externas. Y consigue mostrarlo con total realismo amparándose en unos personajes secundarios que casi compiten en protagonismo con los principales, como es el caso de Fathia, o con vital importancia para el desarrollo de la trama como Jasón o Hamyd, muy bien perfilados y construidos. Pero como en toda novela que se precie —o que yo aprecie—, no todo se centra en los personajes; el marco, el escenario en el que se desarrolla la historia también cobra relevancia. Laura Garzón nos muestra una estampa fiel, no del conflicto palestino en general (que es el que conocemos a través de los noticiarios), sino del día a día vivido por sus gentes en el seno del conflicto, de su sentir, de su forma de entenderlo y de sus necesidades, tan alejadas de las nuestras. Nos permite contrastar ambas culturas sin poner ningún aspecto en tela de juicio, lo cual es meritorio considerando que la novela está narrada en primera persona y que es la propia Lucía, una occidental, quien nos la cuenta. Juega su autora con el pasado y con el presente, alternativamente. No nos narra lo que sucede de una forma secuencial, sino dando saltos en el tiempo y desvelando poco a poco ciertos detalles que nos hacen detener la lectura ante la sorpresa y que, a la vez, mantienen la intriga por conocer el porqué de otras muchas cosas. Hasta el final. Y lo hace con una buena prosa, concisa y directa a veces, cuidada y elegante en general, hasta poética en algunos pasajes, pero sin perder la naturalidad, el lenguaje espontáneo y la terminología propia de la mujer joven que narra todo cuanto ocurre. Incluso se permite la licencia de alternar puntualmente esa narración en boca de Lucía con una narración en segunda persona —dirigida a Haydam, como si le hablara— sin que eso nos descoloque en modo alguno, evocando esa especie de diario escrito en el que a veces, y sin poderlo evitar, se cruzan imágenes que secuestran nuestra mente y la obligan a conversar con esa persona a la que sentimos la necesidad de decir, advertir o confesar algo que a su vez queremos recordar. Engancha. “Promesas de arena” engancha, por el fondo y por la forma. El único “pero” que puedo ponerle es que se me ha quedado corta. Yo quería más. Pero no más historia —que tampoco estaría mal—, ni más explicaciones —no son necesarias, no quedan dudas— sino un poco más de profundidad, algo más de extensión en determinados episodios con los que estoy segura de que habríamos disfrutado muchísimo, degustando aún más sus detalles, la intensidad de las emociones, esa tensión narrativa tan eficaz en situaciones de cierto suspense, tanto a lo largo de la historia como en su final, un final, por cierto, real, perfecto para mí, muy coherente con la personalidad con la que Laura Garzón ha dotado a la protagonista. No sé si interpretar este “pero” como algo negativo o no. Porque si después de casi doscientas páginas de novela el lector se queda con ganas de más… por algo será ;)
¿La recomiendo? Por supuesto.
Felicidades, Laura Garzón. Ha sido un placer leerla y un placer haber podido conocerte personalmente.
Barcelona, otoño de 1943. Cuando Rosa Sarlé llega a la casa de sus
padres poco puede imaginar que se encontraría con Frank Bennet-Jones,
rico estanciero inglés afincado en la Patagonia argentina. El viudo de
su hermana Anna. Tras ese encuentro, Rosa relee las cartas en las que
Anna le relataba su apasionada historia de amor con Frank.
A
Frank el reencuentro con Rosa lo altera a su pesar. Sin embargo, un
hecho inesperado le lleva a casarse con ella y a llevársela a Argentina,
aun a riesgo de que Rosa descubra el secreto sobre la muerte de Anna.
En
El Calafate, Rosa conoce a Armando Guzmán de Guevara. Entre los dos
nace una fuerte atracción y él le revelará el secreto que esconden las
cartas de su hermana.
Rosa se verá atrapada en medio de la
rivalidad de los dos hombres. Tendrá la oportunidad de vivir la aventura
que siempre deseó, conocerá la pasión… pero tendrá que elegir entre
Frank y Armando.
El género romántico. Ese vástago de la literatura tan ampliamente criticado por muchos de quienes dicen leer solo "buenas" novelas, tan degradado a veces por su aparente falta de calidad literaria que arrastra con ello a quienes lo leen, tachándolos de forma generalizada de poco exigentes, de superficiales, de idealistas o de alimentarse de sueños utópicos hasta límites insospechados, resultando paradójico que, a pesar de tales afrentas, sea un género en auge, que goza de una salud excelente y que, a nivel comercial, alcanza cotas de ventas muy superiores a la de otros géneros de mayor -aparentemente- "relevancia literaria". Una vez más, ¡qué injustas son las etiquetas cuando generalizan!
Cada vez parecen ser menos las novelas de "raza pura", las que se ajustan al estereotipo o a los cánones de un único género literario sin caer en las mezclas. Yo estoy de suerte, porque a mí personalmente las mezclas me encantan, no solo por la originalidad que pueden aportar a la obra, sino porque creo que es una buena forma de enriquecerla si se acierta al trazar su estructura y su argumento de forma interesante y atrayente, si se sabe intercalar con acierto unos y otros elementos. Y eso es lo que hace Mayelen Fouler en En tierra de fuego.
No me atrae la romántica rosa, lo reconozco, me superan las historias con personajes planos, relaciones idílicas e idealizadas que rayan lo irreal y que, normalmente, suelen evolucionar de forma similar, con algunas variantes en la forma, pero pocas en el fondo; historias centradas casi de manera exclusiva en el amor, normalmente pasional, entre los protagonistas como si no existiera en sus vidas nada más, y en muchos casos incluso con carencia de una ambientación espacio-temporal adecuadas. Tal vez por ello me ha sorprendido muy gratamente encontrar una novela de corte romántico con bastante más pretensiones que estas que acabo de mencionar.
En tierra de fuego me ha gustado. Mayelen Fouler ambienta la novela en la España y en la Argentina de los años cuarenta, en plena Segunda Guerra Mundial. Pero no se limita a mencionarla, crea de fondo una interesante trama política y de espionaje que da soporte a la historia y que demuestra la gran labor de documentación que su autora ha debido llevar a cabo para poder desarrollarla con solvencia, enriqueciendo sin lugar a dudas la historia. Es más, me atrevería a decir que el despliegue de datos y la documentación manejada perfectamente podría haberle servido para construir, profundizando poco más, una trama de intriga que podría haberse convertido en una novela histórica, porque si bien desde la mitad hasta el final la parte "amorosa" cobra mayor protagonismo, no es tanto así en su primera mitad.
Un segundo elemento que yo considero de relevancia es la ambientación. Mayelen Fouler nos ofrece una buena estampa de la España franquista y de los entresijos de sus mandatarios ante Hitler y los aliados, pero mejor aún es la estampa que recrea de la Argentina de la época, de la Patagonia, de sus paisajes, de sus gentes, de su forma de vida, de sus costumbres, de su manera de pensar e incluso de su forma de hablar, a la que intenta ser fiel utilizando la terminología y el argot propio del español de aquel país. Consigue trasladarnos hasta allí, lo cual no resulta fácil si no es con otra buena dosis de documentación previa que sirve de base a la recreación de la historia.
Me falta hablar de esa parte romántica, de esa historia de amor que justifica el género en el que ha sido catalogada. Y no puedo decir que sea "rosa", empalagosa o típícamente pasional, sin más. Es una historia a tres bandas, una mujer entre dos hombres que también escapa al tópico del triángulo amoroso sustentado por una infidelidad; ni siquiera se acerca de pleno a esa manida tesitura entre el amor profundo y el amor carnal que podemos encontrar en muchas otras obras enmarcadas, sobre todo, en el subgénero romántico-erótico. Yo me atrevería a catalogar esta relación como una consecuencia de los propios conflictos de Rosa, la protagonista, que se deja llevar alternativamente por la idolatría de lo deseado y no vivido (lo cual suele despertar pasiones cuando existe sobre todo atracción física) y del amor profundo y mejor conocido que no resulta ser lo que parecía ser. ¿O sí? Y es que otro de los alicientes de la novela son los secretos de familia que Rosa va descubriendo con el paso del tiempo y que la llevan a dudar de todo y de todos, provocando en nosotros la intriga necesaria por saber qué habrá ocurrido realmente en el pasado y lo que ocurrirá después.
Amor, pasión, conflicto, intriga..., insertados en una época y un entorno perfectamente documentados que sirven como telón de fondo a la historia, pero tomando partido en ella, no como simple atrezzo. Es, "En tierra de fuego", una novela que escapa de esa etiqueta prejuiciosa con que suele catalogarse a la romántica en general, porque ofrece mucho más, aunque su historia de amor sea el elemento más significativo de la misma. No he leído todas la demás novelas presentadas al concurso de Harlequín, por supuesto, pero creo que "En tierra de fuego" es muy digna de ese primer III Premio Digital HQÑ con el que se alzó a primeros de este año 2015.
Felicidades, Mayelen!
Y felicidades a Harlequín Ibérica por elevar el nivel de calidad de la romántica!
Y para terminar, como homenaje a Rosa y a esa tierra argentina en la que vivió, os dejo a ritmo de tango, el baile pasional y erótico por excelencia.
Cuando descubres que tu vida no es todo lo que podría llegar a ser;
cuando piensas que no estás sacándole todo el jugo que podría tener...
entonces tienes que reconstruirlo todo y, en especial, reconstruirte a
ti misma.
Valentina ha temido esa decisión durante los últimos años en los que
ha estado viviendo una vida que a priori debía pertenecerle, pero con
la que jamás se ha sentido completa.
La aparición de una persona, extrañada pero no extraña, le ayudará a
dar el paso idóneo para despertar en ella su parte más intima y más
real: su verdadera identidad, anulada durante el tiempo suficiente como
para que esta resurja con la fuerza necesaria para afrontar su futuro
inminente.
El apoyo de sus amigos será indispensable para no desviarse del
camino trazado, para no tropezar y para huir de las incertidumbres.
Pero, ¿para levantarse, no es necesario caer anteriormente? ¿Y si el
camino trazado fuese el primer desvío hacia la verdadera felicidad de
Valentina?
Nunca suelo poner títulos a las entradas de opinión, tan solo el de la novela y el de su autor o autora, pero si en esta ocasión tuviera que hacerlo este sería indiscutiblemente: "Descubriendo a Mara MacBel", imprimiéndole un matiz positivo y "sorpresivo" a tal descubrimiento.
Cuando Mara MacBel (Maca Ferreira, en mi face y en su casa) anunció que publicaba "Descubriendo a Valentina" me sorprendió, no porque la viera incapaz de hacer algo así (lo hemos hecho más de un@), sino porque no conocía su faceta de escritora. Y fue tal la ilusión con que la vi ante su novela que no dudé un solo segundo en que la compraría para empujarla y... ¿leerla? Pues sí, para leerla encontrara lo que encontrase, desde un bodrio total y absoluto hasta un novelón que no tuviera nada que envidiarle a los best-seller del momento; pero con mi miedo inconsciente a tener que hacer lo que estoy haciendo en este preciso instante: dejar constancia escrita de mi opinión sincera. Porque yo no sé mentir, ni halagar los oídos de nadie si no pienso realmente lo que estoy diciendo. Ni aunque se trate de mentiras piadosas, que considero que en literatura hacen un flaco favor si lo que una quiere es mejorar aprendiendo de los errores. Pero respiré. Digamos que mis temores y mi grado de contención de aire fueron menguando progresivamente a medida que iba avanzando a lo largo de sus páginas, sin que fueran necesarias muchas de ellas para concluir que la novela se leía muy bien.
He de hacer aquí un inciso para recordar que es muy fácil dejarse llevar por los gustos personalísimos de cada cual a la hora de hacer una valoración, lo cual me parece que es obrar de una manera demasiado subjetiva (aunque toda opinión tenga siempre algo de subjetividad). Creo que no debemos perder de vista que el hecho de no ser asidua de un determinado género o temática -incluso estilo narrativo o argumental- a la hora de elegir lectura no tiene por qué restarle puntos positivos. Hay que medirla dentro de su "contexto" y en función de los ingredientes propios de ese género en el que se encuadra. Y en ese sentido no voy a negar, como ya lo he hecho alguna vez, que me siento conquistada por las novelas profundas, con reflexiones que tocan la mente y el corazón, que nos hacen pensar, sentir, emocionarnos, incluso con tramas más complejas que ofrecen diferentes hilos argumentales despertando mi interés. Pero sé que la literatura no se reduce a eso, en absoluto. Sé que la literatura también es entretenimiento, diversión, ratos de evasión, de sueños conquistados a través de sus personajes, de recreacion de paisajes y vidas idílicas... Por eso no podré catalogar nunca una novela como mediocre si cumple con esta función y no aquella que yo siempre persigo; sería no solo una injusticia por mi parte, sino también un error. Eso sí, que esté bien escrita es un requisito indispensable, porque la literatura es un arte se cuente lo que se cuente y como se cuente, y exige una narrativa mínimamente digna, sin excepción. Y la de Mara MacBel lo es.
"Descubriendo a Valentina" es una novela de corte romántico-erótico desenfadada, contada en primera persona por ella misma con un tono hilarante y muy ocurrente, aunque se permite rozar la emotividad cuando deja entrever sus reflexiones en relación con los conflictos que el amor genera en su vida tras un matrimonio fallido y sus nuevos intentos de rehacerla. Al leer la historia, pero sobre todo por la forma en que está escrita, me ha recordado el estilo de "El cuaderno de Paula" de Sara Ballarín o la saga de Valeria ("Valeria en los zapatos", "Valeria en el espejo"...) de Elisabet Benavent, y tengo que decir -según mi opinión personal- que el estilo de Sara MacBel en "Descubriendo a Valentina" nada tiene que envidiar a las que acabo de mencionar, que os recuerdo u os lo digo -por si no lo sabéis- que son novelas publicadas por Editorial Suma de letras. Tan solo le ha faltado aportarle algo más de profundidad a la trama, pero tampoco tanta, no os creáis.
Construye su autora unos personajes coherentes, acordes al cariz de la novela: muy actuales, liberales en sus relaciones y en el amor, divertidos, centrados y algo aniñados -casi a partes iguales-, pero que nos hacen pasar un rato de lectura muy agradable con su desparpajo, su sentido del humor y su forma peculiar, a veces, de afrontar las situaciones dentro de una trama que no tiene grandes pretensiones, pero que mantiene el interés por seguir leyendo para conocer el devenir de la nueva vida amorosa de Valentina -a caballo entre dos amores de naturaleza distinta- y su lucha a la búsqueda de su propia identidad como mujer, sin obviar algún que otro giro sorpresivo que adereza la historia para alcanzar un mejor regusto final.
No hay romanticismo empalagoso ni demasiado edulcorado, solo en dosis justas que nos permiten interpretar que sus protagonistas, además del sexo y de la atracción física hacia el otro género, también sienten que el amor les resulta necesario en sus vidas, persiguiendo la combinación de ambas cosas si es posible. Y hablando de sexo... No he encontrado que las escenas eróticas rocen lo soez o lo burdo, ni siquiera que la carga erótica desplegada en ellas merezca una advertencia a lectores "sensibles" por lo que en ellas se pueda encontrar. Es más, hasta casi el final de la novela en la que aparece una escena con más carga que en las anteriores, conforme avanzaba leyendo me iba diciendo a mí misma que "Descubriendo a Valentina", más que ser catalogada como novela erótica debería serlo como "novela romántica subida de tono", porque aunque en ella se da cita el sexo explícito y detallado no considero que el contenido de estas escenas escape en demasía a lo que el común de las parejas pueda practicar en la intimidad de su alcoba (o donde sea), con lo cual, a las alturas del siglo que estamos viviendo no creo que se pueda espantar nadie por leerlas; no digo con ello que produzcan deleite a cualquier lector, por supuesto, pero rechazo tampoco. Reitero que no me han resultado burdas en su descripción ni soeces en su lenguaje y resalto no solo el tacto con el que la autora las ha descrito, sino el acierto de hacer extensivo a estas escenas el tono hilarante y ocurrente al que me he referido al principio, aligerándolas así de peso y consiguiendo que el lector ylas sienta como naturales, espontáneas y muy reales, propias de la vida cotidiana de cualquier mortal que no haya hecho voto de castidad :)
Resumiendo, Mara MacBel nos descubre a Valentina en una novela de fácil lectura, con diálogos ágiles cargados de notas de humor y personajes humanos, reales, con los mismos defectos, virtudes y conflictos que tenemos todos, lo cual nos hará sentirlos como cercanos. Una novela que será una elección perfecta para l@s amant@s de la romántica en general y en especial para aquellos que también gusten de disfrutar de una erótica explícita y bien escrita, que les hará evadirse y pasar un rato divertido y de lo más entretenido, permitiéndoles incluso emocionarse en algunos de sus pasajes al ponerse en la piel de sus protagonistas.
Felicidades, Maca Ferreira! Esta opera prima marca el comienzo de lo que puede ser un camino mucho más largo. Prometes.