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12 abr 2016

MICRORRELATO: "LLORA".



   Llora. No te avergüences. Te ves hermoso cuando tus sentimientos resbalan por tus mejillas; cuando las emociones vidrian tus ojos, licuándolos mientras me miras… Los corazones fríos se encogen; el tuyo, cálido, se dilata hasta hacerse grande y deja escapar suspiros de agua para no estallar… No quiero príncipes de cuento. Quiero uno al que también yo pueda acunar. Quiero cobijarte en mi pecho cuando solloces y acariciarte el pelo… Suspirar contigo… Regalarte palabras bonitas para que tu sonrisa se beba tus lágrimas…, si es que mis labios no las frenaron nada más nacer. Quiero compartir tus secretos, tus penas y tus alegrías, empapándonos el rostro bajo una misma lluvia de un mismo color…
   Llora. Porque el brillo de tus pupilas me enamora al confesarme que es una mezcla de sal… y de pura sensibilidad.

© Pilar Muñoz - 2016


5 ago 2015

"MARAFARIÑA" de MIRIAM BEIZANA VIGO.


SINOPSIS

Marafariña es un lugar infinito que no termina nunca, pues jamás ha tenido inicio. Es un trocito de paraíso terrenal, un bosque de un intenso color verde vivo, un cielo gris y lluvioso, o una tierra eternamente humedecida de la que brota vida de manera incansable. Es un claro brillante y hermoso, secreto y solitario. Es un río que emite un tintineo hipnotizante y fresco. Es una playa anhelante de la unión entre la arena y el mortal Océano Atlántico. Es, también, una Iglesia abandonada sin Dios. Una tarde soleada, pero dominada por el intenso frío. Es una hoguera que quiere penetrar en la noche. Es la oscuridad más pura, y es también la luz más brillante.
Marafariña es un sentimiento, una sensación, unas raíces, una manera de darle sentido a la existencia, o de quitárselo de la misma forma. Es una fuerza atrapante, musical, fuerte e invencible.
Marafariña es un regalo de una Galicia con esencia propia, con su propia alma y su propio espíritu. Marafariña es una aldea que carece de ataduras a su alrededor. Que no necesita a nadie, que tiene un corazón que late por sí solo, que está fuera del mundo real, que está fuera de todo lo conocido. Porque Marafariña es un paraíso desconocido.
Ruth siente un vínculo especial, esotérico, con Marafariña. Su propio corazón, su latido, es inherente al propio pulso de una Marafariña que la ha acompañado siempre, en cualquier faceta de su vida. Apenas ha necesitado nada más para sobreponerse a su compleja situación personal: toda su existencia está sometida a unas poderosas y restrictivas creencias impuestas por sus padres, a raíz del fallecimiento de su hermano mayor. Enfrascada en una vorágine de obligaciones, siguiendo el camino estipulado sin replantearse ninguna de sus pautas, sobrevive enfriando sus sentimientos y anulado sus deseos o su curiosidad.
Sin embargo, la llegada de Olga a la solitaria aldea parece desbarajustar el equilibro y la paz de Marafariña y de la propia Ruth, como si repentinamente, la inmutabilidad de la Naturaleza del lugar y de la muchacha se resquebrajasen como las otoñales hojas secas. A partir de entonces, el virginal bosque de emociones en el que vivía Ruth, se ve surcado por millones de nuevos caminos, nuevas posibilidades y nuevos sentimientos, que le provocan un doloroso, a la par que hermoso, despertar personal. 
***

   "Vive y deja vivir".
   Este lema, esta consigna debería estar presente en la mente de todos nosotros, y deberíamos llevarla a la práctica con rigor, hasta con vehemencia, diría yo. Pero somos demasiado dados a cuestionar, criticar y censurar todo aquello que se aleja de nuestros cánones, de nuestra forma de entender cada aspecto de la vida y de esta sociedad que nos ha tocado vivir, o sufrir, según se mire. Tenemos una propensión exacerbada, además, a dictar normas por las que regirse, numerosas y complicadas, cuando yo soy de la opinión de que la simplicidad puede resultar más efectiva para la convivencia, siempre y cuando podamos sustentar esas simples directrices sobre dos bases que a mí me parecen también fundamentales -y que lamentablemente no siempre están presentes-: el respeto (hacia uno mismo y hacia los demás) y la buena fe.
   Sé que habrá quien apunte que no se puede formar parte de una colectividad haciendo cada uno lo que le dé la real gana. Y en parte lleva razón. Pero hay que buscar el equilibrio, necesario, para que esa colectividad y las normas que la regulan no menoscabe nuestra libertad personal, de acción, de pensamiento, de opinión, de actuación según nuestra propia forma de sentir y de entender lo que acontece a nuestro alrededor; sobre todo porque no existen las verdades ni las razones absolutas. Jamás deberíamos permitirnos perder la individualidad en favor de esa masa social, política, religiosa o hasta vecinal en la que nos integramos. No somos borregos. Somos personas. Y tenemos derecho a caminar por la vida siendo fieles a nosotros mismos y a nuestras propias convicciones sin sufrir por ello la carga de la recriminación, la discriminación, el acoso o la censura.
   Cuando decidí leer "Marafariña" no sabía lo que iba a encontrar, a parte de ese vergel gallego que ya aparece en portada y del que algo había leído en la red. Ahora me alegro muchísimo de que así haya sido, porque me ha permitido adentrarme en la historia con la mente en blanco, sin apostar -de manera inconsciente- mis propias convicciones con respecto a los temas de fondo que en ella se tratan y, por tanto, sin condicionamiento alguno. Y he de decir que me ha sorprendido, muy gratamente, por varias razones que paso a exponer.
   Miriam Beizana ha sido muy valiente sacando a la palestra cuestiones como la religión y la homosexualidad para que formen parte de la trama de esta novela. Tal vez diréis que son aspectos que ya han ocupado las páginas de muchas novelas sin que nadie se rasgue las vestiduras por ello, pero es que hay ciertos matices que me gustaría destacar y que pueden justificar lo que afirmo. El primero y fundamental es que hablamos del mundo y de la vida religiosa protagonizados por los Testigos de Jehová, congregación sectaria, rígida y encorsetada en la que está integrada Ruth, una de sus protagonistas. Y no son precisamente halagos hacia sus prácticas y creencias lo que les llueve a lo largo de sus páginas. Segundo, las relaciones homosexuales, desgraciadamente, aún siguen provocando la repulsa y el rechazo de un buen número de hombres y mujeres. Admitimos que existan, pero no nos sentimos demasiado a gusto siendo testigos de sus encuentros, asistiendo a los detalles de sus acercamientos íntimos (y no hablo por mí, por supuesto). Y tercero (y aquí me voy a mojar y que me lo rebata quien no esté de acuerdo, lo acepto): cuando son escritores consagrados los que sacan punta al lápiz y se permiten decir cuatro verdades a viva voz, se les suele aplaudir, se suele halagar su carencia de pelos en la lengua, incluso se alude a su sensibilidad, a ese plano espiritual, filosófico y superior en el que parecen vivir y que les permite dar clases de moralidad sin ser censurados por ello. Pero no suelen correr esta suerte los escritores noveles, autoeditados para mis inri; a estos, más de una vez, les llueven las tortas por "polémicos", por querer "vender" jugando con el morbo y la controversia. Si añadimos además que parte de esta historia es biográfica, la valentía de su autora se triplica, porque puedo imaginar que Miriam Beizana se ha quedado algo desnuda y sin el parapeto de la ficción para defenderse de ese entorno que intuyo no habrá visto con buenos ojos muchos de los párrafos que ha escrito, a pesar de estar cargados de razón. Ojalá me equivoque.
   "Marafariña" es, ante todo, una novela de sentimientos. Es un canto al AMOR, en su más pura esencia, sin que importe la forma y entre quienes se expresa. Es una historia preciosa protagonizada por dos adolescentes, Ruth y Olga, en la que Miriam Beizana da rienda suelta y expresa todo ese maremoto de emociones que ruge, como las entrañas de un volcán, cuando el amor se siente dentro, aferrado al corazón con uñas y dientes, sin posibilidad de luchar contra él, sin atender a raciocinio alguno. Asistimos al verdadero despertar sexual de Ruth, contrario a la "tendencia natural", haciéndonos ver que no podemos elegir lo que sentir ni hacia quién, que no existen normas que valgan ni doctrinas morales o religiosas capaces de orientarnos en la dirección equivocada para nuestro propio ser. Y somos testigos, a lo largo de la historia, de lo que el corazón es capaz de remover, de la fuerza que es capaz de desplegar para luchar contra todo y contra todos, y del peso de la edad jugando a favor o en contra de todo ello.  
   A lo largo de sus páginas he podido palpar sus paisajes, aspirar sus aromas, apreciar en toda su intensidad ese entorno mágico en el que se desarrolla la historia y que da título a la novela. Y he circulado por todo un camino de sentimientos con emociones distintas en cada curva: he sonreído, me he emocionado, he deseado intensamente que sus vidas cambiaran, que ese entorno les brindara la oportunidad de ser felices...; y he lamentado, me he cabreado y me he indignado al ver cómo, de forma impune, puede arrebatársele a una persona su libertad, su capacidad de decisión, su derecho a ser feliz en nombre de unos dogmas impuestos por el fanatismo de la religión.
   Felicito a Miriam Beizana.
   Porque, en el aspecto religioso de la novela, ha sabido recrear la historia bailando en los límites de la libertad de expresión, de su forma de pensar, y el respeto debido a quienes creen en ella y la practican, cosa nada fácil de conseguir.
   Porque ha hecho que la relación entre Ruth y Olga luzca preciosa, incluso en sus encuentros sexuales, detallados con dulzura, con elegancia, con suma sensibilidad, y con un mensaje subliminal subyacente en ellos de principio a fin: amor en estado puro.
   Y por último la felicito por su narrativa, cuidada, agradable de leer, poética en muchos pasajes.
   "Marafariña" es una novela para leer sin prisa, a ritmo pausado. Una novela intimista por excelencia en la que su autora se explaya describiendo los paisajes y, ante todo, los sentimientos de sus personajes principales con todo lujo de detalle, casi al milímetro, como si a lo largo de todas sus páginas hubiera imperado una necesidad extrema de hacernos comprender, empatizar con Ruth y Olga, vestirnos al completo con su piel para vivir, sentir y sufrir con todo lo que les acontece y dentro de esa atmósfera religiosa que las envuelve, y aceptarlas en toda su integridad.
   A mí me han ganado.  


18 jun 2015

"UN HIJO" de ALEJANDRO PALOMAS.


SINOPSIS

Una novela llena de ternura e intriga para los lectores de; Una madre y El curioso incidente del perro a medianoche; Guille es un niño introvertido, con una sonrisa permanente. Tiene solo una amiga. Hasta aquí, todo en orden. Pero esta apariencia de tranquilidad esconde un mundo fragilísimo y con un misterio por resolver. Las piezas son un padre en crisis, una madre ausente, una profesora intrigada y una psicóloga que intenta comprender qué esconde el niño. Una novela coral donde se mezclan sentimientos, silencios, vacíos y un misterio cautivador.



   La lógica de los niños puede resultar, a veces, apabullante y cuanto menos sorprendente. Y no debería de serlo cuando somos los adultos quienes, aparentemente, gozamos de la sabiduría que nos aporta el conocimiento adquirido y la experiencia de vida. Pero resulta paradójico que estas dos fuentes del saber contribuyan, con relativa frecuencia, a enrevesar las cosas en lugar de clarificarlas, a disipar la sencillez de miras con la que analizarlas para alcanzar conclusiones mucho más reveladoras. Nos empeñamos en afirmar, consciente o inconscientemente, que la complejidad es una cualidad inherente a la mayoría de las situaciones que vivimos y como tal las analizamos, y buscamos soluciones a la altura de ese grado de complicación que terminan por resultar ineficaces e incluso absurdas. ¡Cuánto hemos de aprender de los niños! ¡Cuánto deberíamos reaprender de lo que un día supimos, de lo que trajimos a este mundo como habilidad innata y hemos ido perdiendo a lo largo del camino por una contaminación mental y mortal que resulta difícil evitar!
   Alejandro Palomas nos presenta a Guille, un niño encantador, con una sensibilidad especial que yo no podría aventurar si es innata o adquirida, o tal vez una mezcla de ambas cosas, impresa en su sangre y alimentada por la educación y el modelaje de su propia madre de los que Guille pudo disfrutar hasta el momento de su separación. Y fuerte. Un niño fuerte como suelen serlo la mayoría de ellos, aunque de nuevo los adultos nos obstinemos en pensar que la inocencia y la edad escasa es directamente proporcional a la debilidad física y psicológica, hasta el punto de sobreprotegerlos cuando, a veces, somos nosotros quienes debiéramos cobijarnos bajo su amparo.
   La historia que se nos cuenta es tan sencilla como preciosa, tal dulce como entrañable, tan sorprendente como real. Porque yo no me canso de decir que lo cotidiano y lo habitual también sorprende cuando reparamos y exponemos de manera minuciosa los detalles de esa vivencia que la hacen particular, cuando a los demás se les hace vivir y empatizar a través de ese cúmulo de sentimientos y de emociones que acompañan a tal experiencia al hacerlos testigos directos de lo que se les cuenta. Y esto es precisamente lo que Alejandro Palomas persigue en "Un hijo". Narra un suceso por desgracia relativamente frecuente, como es la desaparición de una madre de la vida de su hijo, pero se centra en exponer, con maestría, la forma de reaccionar y las secuelas mentales y psicológicas que este hecho produce tanto en Guille como en su padre, convirtiéndolas en el verdadero leitmotiv de la novela. Y nos conquista. Nos conquista con su capacidad de ahondar en las profundidades del corazón, en el pozo de los sentimientos conmoviéndonos, pero sin regodearse en el morbo de las penurias ajenas y, sobre todo, de las tristezas infantiles a las que resulta muy sencillo rendirse para provocar la lágrima fácil. Guille nos conmueve, pero lo hace por la fortaleza admirable que despliega a pesar de su edad, por su ingenuidad, por su inocencia, por su sensibilidad, por sus ganas de vivir y de defender aquello en lo que cree, aquello que piensa que le salvará.
   No toda la historia gira en torno a los sentimientos. Alejandro Palomas desarrolla una trama que va desgranando poco a poco la forma en que todo acontece, permitiéndonos conjeturar lo que ha pasado y si existen, según nuestro criterio propio, razones suficientes para  que sus protagonistas se muestren así. Y lo hace a tres voces, con tres de los protagonistas contando en primera persona su historia y su propia percepción de la misma -Guille, Luis (su padre) y María (la psicóloga del colegio)-, con un lenguaje y un estilo narrativo distinto para cada uno de ellos que se ajustan como un guante a su edad y a su personalidad.
   No hay demasiados escenarios, ni tampoco el autor se recrea en las descripciones del ambiente o del entorno, solo las justas para situar a los personajes y centrar la historia. Pero es no necesitamos más. Esquivamos los físico para colocar nuestros cinco sentidos en lo psicológico de la historia, en lo sentimental, destinando por otro lado nuestra curiosidad al intento de descubrir lo que ha pasado. Este último puede que sea el único aspecto que a mí no me ha permitido acabar la novela con el excelente sabor de boca que deseaba, y es que desde el mismísimo principio anticipé el final, con lo cual me ha faltado ese factor sorpresa que tanto me gusta y que hubiera hecho que "Un hijo" fuera, para mí, una novela con un regusto exquisito. ¡Pero esto no tiene por qué pasarle a los demás, por supuesto!

   En definitiva, "Un hijo" es una novela cuajada de sentimientos y de emociones, escrita con una sensibilidad pasmosa y con una narrativa impecable que se adapta a la perfección a cada una de las voces que cuentan la historia, con un desarrollo de la trama estudiado que va desgranando poco a poco el porqué de lo sucedido y de la forma en que se comportan y se manifiestan los personajes (reales, tangibles y muy humanos, por cierto). Una novela de la que he disfrutado muchísimo y que merece ocupar un puesto a la altura de su predecesora: "Una madre".

   ¡Felicidades, Alejandro Palomas!


Pd. Esta opinión ("reseña") forma parte de la Lectura conjunta organizada por Margalida Ramon (Blog Libros, exposiciones, excursiones...) y Marisa González (Blog Book & Co.)


6 abr 2015

"UNA MADRE" de ALEJANDRO PALOMAS.


El retrato de una ciudad acogedora y esquiva a partes iguales, de una familia unida por los frágiles lazos de la necesidad y del amor y la mirada única de una mujer maravillosa en un momento extraordinario.
Faltan unas horas para la medianoche. Por fin, después de varias tentativas, Amalia ha logrado a sus 65 años ver cumplido su sueño: reunir a toda la familia para cenar en Nochevieja. Una madre cuenta la historia de cómo Amalia entreteje con su humor y su entrega particular una red de hilos invisibles con la que une y protege a los suyos, zurciendo los silencios de unos y encauzando el futuro de los otros. Sabe que va a ser una noche intensa, llena de secretos y mentiras, de mucha risa y de confesiones largo tiempo contenidas que por fin estallan para descubrir lo que queda por vivir. Sabe que es el momento de actuar y no está dispuesta a que nada la aparte de su cometido.
Un cartel luminoso que emite mensajes desde una azotea junto al puerto, una silla en la que desde hace años jamás se sienta nadie, una Barcelona de cielos añiles que conspira para que vuelva una luz que parecía apagada, unos ojos como bosques alemanes y una libreta que aclara los porqués de una vida entera… Una madre no es solo el retrato de una mujer valiente y entrañable, y de los miembros de su familia que dependen de ella y de su peculiar energía para afrontar sus vidas, sino también un atisbo de lo que la condición humana es capaz de demostrarse y mostrar cuando ahonda en su mejor versión.


   Hace tiempo que aprendí que el argumento escrito de una novela no aventura con acierto lo que encontraremos en ella. Ni siquiera el mayor o menor interés que despiertan las líneas de contraportada se corresponderán necesariamente con lo que nos deparará su lectura completa. Argumentos que requieren un verdadero ejercicio de síntesis para concentrar todo cuanto acontece pueden dar lugar a historias plagadas de sucesos sin interés, sin gancho; por el contrario, novelas en apariencia insulsas que pueden resumirse en un pequeñísimo párrafo pueden dejarte huella, a la vez que no dejarte parar de leer. Si alguien me preguntara "¿de que va 'Una madre'?", tendría dos opciones: decirles que gira en torno a la reunión familiar organizada por Amalia para la cena de Nochevieja y a las múltiples confesiones y secretos que nos desvelará de cada uno de sus miembros (resumen que no me convence nada), o decirles directamente "¡léela!". Sin duda alguna terminaría decantándome por la segunda opción, porque ningún resumen, por bueno que sea, haría justicia a lo que la novela esconde, a lo que transmite, a lo que despierta.
    El encanto de lo cotidiano, de lo trivial, tal vez de lo común vuelve a alzarse como elemento fuerte de una historia. Sorprende descubrir que mucho de lo que hemos vivido, experimentado, sufrido, disfrutado o pensado, también ha estado presente -y está- en las vidas de otros muchos de cuantos nos rodean, siendo más habitual de lo que creemos. Y eso nos convierte en protagonistas indirectos de la historia al vernos reflejados en los personajes que se nos presentan, hermanándonos en cuando a vivencias, situaciones, sentimientos y forma de pensar, lo cual consigue atraparnos en su lectura con muchísima eficacia.
    Alejandro Palomas hace uso de una narrativa muy ocurrente, que va oscilando entre un tono emotivo y otro hilarante para presentarnos a unos personajes descritos, en su mayor parte, atendiendo más a sus hábitos y a sus costumbres -pintorescas algunas- que a su físico o a su carácter, y para darnos a conocer a una madre perfectamente perfilada desde el principio. Desde que Fer (su hijo) comienza a hablar de ella en las primeras páginas, la ves, intuyes cómo es hasta identificarla con ese estereotipo de madre entrañable de cierta generación, inocente, sufridora, imprevisible, ingenua pero no tonta, espontánea, inmersa en su propio mundo sin dejar de otear en ningún momento el horizonte para vigilar a su prole, con sus propias preferencias y pretendiendo que los demás analicen y vean las cosas según su prisma y su gama de colores, una madre en ocasiones encantadoramente irritante. 

   Creo que sobra decir que he empatizado plenamente con Amalia a través de la imagen de mi propia madre. Me he emocionado con ella, he reído con muchas de sus ocurrencias y he sonreído por dentro al identificar sus dichos, su forma simple de ver la vida -sin demasiados dobleces-, con el cartel de "¿en qué puedo ayudarte?" colgado en la frente para todo y para todos, conciliadora y mediadora incansable para mantener unida a una familia en la que impera la diversidad de caracteres y en la que la irrupción de "extraños", de ajenos a su sangre y a sus costumbres aporta aún más perspectivas, actitudes y opiniones distintas por conciliar. Y es que es ahí donde radica la grandeza de una madre, en su capacidad para traer hijos al mundo a los que tendrá que cuidar acortando o alargando los hilos que la unen a ellos a medida que su grado de madurez e independencia aumenta, pero sin llegar a soltarlos nunca, entretejiendo una trama invisible que los mantenga a todos unidos sin que se note y procurando observar sin ser vista, aconsejar sin ser oída, ayudar sin sujetar a nadie, empujar sin que exista un solo roce... Así es Amalia. El autor ha sabido crear, a través de sus actitudes y palabras, la imagen de una madre que intuye, que aunque parezca estar en su mundo no deja de ver, de analizar, de usar un sexto sentido y un lenguaje sin palabras que rara vez falla. Una madre que aplica sus eficaces remedios nacidos de la experiencia, de ese método de aprendizaje por "ensayo y error" tantas veces practicado que se convierte en una garantía de acierto mayor que el de cualquier profesional.
    No suceden grandes cosas a lo largo de las doscientas cuarenta páginas de la novela. Pero porque ésta no es una historia de sucesos importantes, de acontecimientos, de intrigas..., es la historia de una estampa, la de una familia como cualquier otra; una estampa de relaciones entre sus miembros donde se conjugan diferentes caracteres, costumbres, temperamentos, sentimientos, emociones, formas de pensar, de ver la vida, de afrontar los problemas y de sortearlos, bajo la premisa de mantenerse unidos pese a todo. Y es ese entramado psicológico y la forma de interacción entre sus miembros con la madre al frente los que cobran protagonismo por encima de lo que les ocurre, anecdótico en muchos casos.
    Lamento profundamente haber caído en el error común de que una portada me echara para atrás a la hora de comprar la novela y leerla; siendo sincera he de confesar que me molestaba -y me sigue molestando- ver la imagen de esa mujer escondiendo el rostro tras un cúmulo de flores en una composición forzada, bajo mi personal y subjetivo punto de vista, sin que haya logrado entender aún su significado, metafórico supongo. Y digo que lo lamento profundamente porque de no haber sido por las críticas altamente positivas vertidas por la blogosfera en su campaña de promoción me habría perdido esta joyita de Alejandro Palomas tan bien escrita, que te hace reír, sonreír, llorar, emocionarte y reflexionar a partes iguales.


    "Una madre" es una novela de relaciones y de sentimientos. Y no es una novela de "personajes", porque no lo parecen, son tan reales que se convierte en una historia de personas como tú, como yo, como nuestro hermano o nuestra madre..., es decir, de seres humanos en toda su extensión compartiendo una familia tan real que da miedo, porque sus defectos, sus virtudes, sus lazos de unión que se quiebran para volver a unirse antes de que lleguen a romperse son los de muchas de nuestras propias familias. Esta novela es como verse a una misma desde fuera, desde un plano superior en el que pueden apreciarse los detalles que nos pasan desapercibidos de tan cerca que los tenemos. Y es un canto al respeto, a la comprensión, a la empatía mutua, a la supremacía del amor por encima de la naturaleza de cada cual -sobre todo al amor incondicional de una madre por sus hijos-, y a la superación como requisito indispensable para vivir la vida con plenitud.

27 mar 2015

"EL NADADOR EN EL MAR SECRETO" de WILLIAM KOTZWINKLE.



SINOPSIS: 

    El nadador en el mar secreto es la historia del arduo nacimiento de un niño contada por su padre. El lenguaje poético de su narración y una contenida emoción se funden para proyectar un potente sentimiento de amor y a la vez de aceptación de una realidad no deseada.







   La muerte. Nos acompaña desde el principio de todos los tiempos, intimidante, solapada, traicionera o a cara descubierta, razonable o descerebrada, cruel o, incluso..., deseada. No existe nada más contundente que la afirmación de que, tarde o temprano, nos daremos de bruces con ella. No hay certeza más categórica que anticipar su presencia y sus efectos sobre todo aquello que cobre vida. Nada es inmortal. 
   Sin embargo la esquivamos, volvemos la cara para mirar hacia otro lado cuando la intuimos cerca, y negamos su presencia; evitamos siquiera mencionarla, en un gesto inconsciente, inocente o ignorante de su voluntad propia, como si con ello la invocáramos, como si enmudeciendo su nombre consiguiéramos espantarla; cerramos los ojos en un intento desesperado de no atisbar su rostro y ordenamos a la mente, de manera incansable, que no evoque el más mínimo pensamiento en el que ella pueda ocupar un lugar, por ínfimo que sea. 
   Muchas veces he pensado en el daño magnificado por esta actitud. Sé que hay demasiados sentimientos en juego que amenazan con ahogarnos, con matarnos lentamente si ella se cruza en nuestro camino, sentimientos de amor, de amargura, de vacío, de soledad, de tristeza ante el disfrute diluido, evaporado, de quien se marcha de su mano. Pero negar la evidencia es una actitud irracional que conlleva enfrentarse a ella de golpe, asumir sus consecuencias sin posibilidad de digerirlas poco a poco, cuando aceptar su llegada probable en cualquier momento permitiría gestionar sus efectos de una forma bastante más natural, como parte del proceso, como final de una etapa que comenzamos hace un tiempo y que está abocada a concluir, lo queramos o no. 
   Presumimos de pertenecer a una sociedad civilizada, educada y hasta culta -comparándonos con otras alejadas de nuestras fronteras que no corren tanta suerte-. Trabajamos, alentamos y empujamos a quienes pertenecemos a ella a inculcar valores morales, formas de comportamiento, a aprender el manejo de herramientas que nos ayuden a socializarnos, a adaptarnos al medio y a las circunstancias, a comprender a los demás, a empatizar con ellos, que nos permitan convivir en paz... Pretendemos evolucionar así como personas, persiguiendo el equilibrio psicológico y utilizando estrategias como el buen uso de la inteligencia emocional para manejar cientos de los problemas cotidianos y no tan cotidianos que nos abordan a lo largo de nuestras vidas. ¡¡Pero seguimos dando de lado a uno de los trances más traumáticos del ser humano y para el que menos preparados estamos: el de la muerte!!
   Hay sociedades bastante más "primitivas" que la nuestra que nos dan vueltas en relación a ello, que nos podrían enseñar a afrontarla como lo que es, una parte más de nuestra vida, la última. Y hay religiones que ayudan a tener ante ella una actitud diferente. Pero algo tan racional no debería quedar en manos de la religión. Ni tener que habitar paraisos extraños para aceptarla desde pequeños.

   Tal vez esta no sea la entrada más adecuada para hacer una crítica o reseña de este libro. Pero tampoco pretendo que lo sea. Hay lecturas que me incitan a hablar de la historia, de la trama, de su particular desarrollo o de su estilo narrativo. Otras me transmiten tanto que me obligan a hablar de las sensaciones que han suscitado en mí pasando por alto la forma en que lo han hecho. Y este es uno de esos casos. Esta es una de esas lecturas de cuya historia no me apetece hablar, porque considero que el paseo por sus letras, por sus páginas y por lo que en ellas se cuenta, es tan solo una excusa, un camino que nos lleva a identificarnos con la situación hasta tal punto que cientos de preguntas saltan por los aires para que las conteste una misma. ¿Cómo habría reaccionado yo de haber pasado por una situación igual? ¿Sería capaz de asumirlo o moriría en el intento? ¿Me he planteado alguna vez que pueda sucederme algo así o siempre doy por hecho que todo saldrá bien, que la guadaña de la muerte entra  en la casa de otros pero no en la mía? ¡¿Por qué no estamos preparados para lo que va a pasar?! ¡¿Por qué negamos lo innegable?!

   Visualizarlo mentalmente, soñarlo despiertos, recorrer con detalle una situación hipotética relacionada con ella y nuestros seres queridos, dejar que las emociones y los sentimientos negativos fluyan con libertad por los poros de la piel al planteárnoslo ayudaría, ayudaría a asumirlo con menos trauma llegado el momento. Yo lo he hecho, aunque anticiparlo pueda tacharse de macabro, de invocar malos augurios, incluso de rayar el morbo autocompasivo al imaginarme involucrada en una tesitura tal. Y es que, aunque no es la panacea, estoy convencida de que la gestión de las emociones puede resultar mucho más satisfactoria y eficaz cuando estas ya se conocen, cuando se viven las cosas por "segunda" vez. Aun así, se me antoja imposible que la muerte me encontrara preparada para perder prematuramente a quienes amo en profundidad.  

   Desconozco si William Kotzwinle pretendía trasmitir todas estas sensaciones al escribir esta historia. Probablemente no. Es posible que solo quisiera plasmar una vivencia que podría ser la suya, dejar testimonio de una experiencia como quien escribe un diario. Pero es inevitable sentir una empatía asombrosa al leerle, ponerse en su piel y sufrir con él, sobre todo cuando una es madre y conoce lo que es llevar una vida en el vientre durante nueve meses y parirlo a fuerza de dolor, percibiendo sus latidos de vida en cada empuje, sintiéndote unida a él por un deseo imperioso de encontrarse frente a frente en este mundo, de abrazarse y amarse para siempre. Su prosa poética y metafórica, que reviste de belleza la narración, y su manera de contar la historia sin hacer uso de recreaciones morbosas, de emociones edulcoradas o lastimeras que busquen la compasión, sino de forma directa, contundente, veraz, incluso dura, hacen que te sumerjas en la lectura desde la primera página hasta la última bebiéndotela en un solo sorbo, con la angustia anclada a la garganta y el corazón oprimido ante esta historia de amor,  sin dejar de preguntarte una y otra vez: "Y esto... ¿cómo se supera?".



11 abr 2014

UNA SEMANA DESPUÉS...

  Hoy hace una semana que decidí saltar al vacío sin red. ¡Y no me he estrellado! No me he dado de bruces contra el asfalto rompiéndome la crisma en el intento. Me han sujetado, han trenzado una red mullida y consistente con manos y brazos fuertes que no sólo no me han dejado caer, sino que me han elevado para hacerme saborear el dulce de las nubes de algodón que siempre aparecen en los mejores sueños, cobijándonos de manera entrañable.

  Es paradójico que sentimientos aparentemente opuestos fluyan a un mismo tiempo. Aunque, pensándolo bien, la fuente de la que manan es distinta; como tantas otras veces, raciocinio e intuición pugnando por llevarse el gato al agua, sin ser conscientes de que en ciertas ocasiones están condenados a vivir juntos: mi mente pidiendo cautela, mirando al miedo frente a frente, exigiendo respeto por quienes esperan la llegada del nuevo vástago, dando órdenes a mis extremidades inferiores para que no se levanten un ápice del suelo y a mi cabeza para no se descoque ni pierda el norte de dónde estoy…, y mi intuición incrementando el tono de su voz para hacerse escuchar, afirmando con seguridad que el fondo de mi ser respira confianza plena en el trabajo hecho, en que será del agrado de los lectores, en que merece la oportunidad de recibir en su piel la caricia del sol, la brisa del aire…, de vivir en libertad y en la compañía de manos ajenas a las mías propias.

  Y ahí está. Defendiéndose como una jabata en los primeros puestos de Amazon para mi sorpresa, porque no esperaba tanto, levantándome el ánimo como no podría imaginar hace semanas, emocionándome con los primeros comentarios recibidos, insuflándome aliento para continuar luchando por ella porque merece algo más, siento que merece algo más. Pero todo se andará, las prisas nunca fueron buenas consejeras; aunque la impaciencia hay veces en que me mata, porque el tiempo es oro y minuto que se pierde ya no se vuelve a recuperar.

  No quiero obsesionarme en conseguir metas, en alcanzar números vacíos de contenido. Quiero disfrutar del camino, pasear de su mano aspirando los efluvios positivos con aroma de azahar que los lectores nos tiendan a su paso, y soportando las estaciones de penitencia con estoicismo, valentía y ánimo de superación, porque también lloverán las malas opiniones en este mundillo plagado de gustos tan diversos y de literatos exigentes que buscan el mayor nivel posible de calidad en lo que leen, derecho que admito y reconozco.

  Esta semana ha sido intensa, me ha forzado a dar rienda suelta a las emociones que pugnaban por salir y eso ha provocado que me disperse, que pierda un tanto el norte de una realidad, la mía, la que no quiero dejar de ver, de aquel objetivo trazado desde un principio cuya base no debe sufrir desviación alguna, por muchas ramas que cuelguen de él. Es hora de retomar un poco el rumbo, de volver a mirar otros aspectos de mi vida que siguen demandando mi atención, sin perderla de vista a ella, por supuesto. Es hora de seguir escribiendo y trabajando en mi proyecto actual. Porque esto es una carrera de fondo en la que se mide la resistencia, no la velocidad.

  Gracias a quienes habéis depositado vuestra confianza en mí y en esa obra que cumple una semana de vida. Y gracias a los que lo hagáis a partir de este momento. Espero vuestras opiniones, porque saber que os ha gustado es, por encima de todo, lo que más me importa con diferencia. Os lo puedo asegurar.

Lecturas 2018.

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