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7 jun 2019

RELATO: «PAISAJE MORTAL»


I.

—Le dije que no se marchara solo, que esperara hasta que volvieras. Pero no hizo ningún caso, ni siquiera me escuchó —declaré, con una amargura rabiosa—. Cuando empezó a trabajar contigo dejé de existir, solo tenía ojos para ti, como si fueras su Dios. ¡A ver qué se le había perdido un domingo allí arriba!
 Miguel suspiró con resignación y me miró con desdén, decía estar harto de mis eternas monsergas. Observé su barba sin rasurar y las bolsas violáceas bajo sus ojos. Delataban un cansancio que se empeñaba en disimular bajo ese porte impoluto, sobrio y digno con el que se hacía respetar. Abatida, devolví la vista hacia el horizonte. Su silueta ondulada, salpicada de olivos, acrecentaba la irritación de los míos, de mis ojos, húmedos y enrojecidos por la impotencia ante un hecho para el que ya no había vuelta atrás.
     —Tenía treinta y dos años y un celo para el trabajo que ya hubiera querido yo que tuviesen otros —lo escuché decir, arrastrando las palabras con dureza. No pude evitar girarme ante la insinuación—. Cumplía con su obligación. Cuidaba de los olivos que nos han dado el prestigio que ahora tenemos, ¡¿querías que los abandonara?!
     Había elevado el tono de voz, áspero y acusatorio.
     —En esta casa, los domingos se descansa —murmuré, a la defensiva.
     —¡Descansarás tú, como todos los demás días desde que te saqué de la finca! —Di un respingo y el mentón me empezó a temblar—. Hay una plaga de prays, polillas, para que lo entiendas, en nuestros mejores olivos y si no la combatimos a tiempo echará a perder la cosecha.
     —¿Y tenía que coger el tractor? —me atreví a replicar, nerviosa—. Él no solía subirse al tractor, él no...
     —¡Él no, ¿qué?! —vociferó Miguel, fuera de sí—. ¡Qué sabrás tú de lo que mi hijo solía hacer, qué sabrás tú de nuestro trabajo en el campo, en la cooperativa, en la almazara! Llevas veinticinco años sin pisar las tierras, sin recoger una mísera aceituna, sin preocuparte de nada. ¡¿Vas a poner ahora en duda cómo debía hacer su trabajo?!
     Ante sus reproches, me revolví, llorando.
     —Eres un ingrato, que nuestro hijo haya muerto...
     —Mi hijo, dirás.
     Apreté los labios para contenerme, antes de continuar.
     —Que tu hijo haya muerto bajo las ruedas de un tractor no te da ningún derecho a hablarme así —le contesté, acongojada—, por muy afectado que estés. Te he dado la mitad de mi vida sin pedirte nada a cambio, ¿o es que ya lo has olvidado? Fuiste tú el que quiso buscarme cuando te quedaste viudo, el que venía al campo para recogerme en coche al acabar las peonadas y me llevaba hasta la oficina para pagarme el jornal, haciendo paradas en la mitad del camino para... tú ya sabes qué. Yo acepté lo que me dabas, nunca exigí nada más. Me convertí en la madre que tu hijo de cinco años necesitaba y le di todo el cariño que pude. ¡Hice todo lo que pude, por él y por ti! —Me fui acercando a él a medida que hablaba, hasta formar un círculo de reproches a su alrededor. Estaba dolida, crispada—. He atendido tu casa, le he dado de comer a tus hombres, he organizado fiestas para que tú te lucieras delante de todos y le dieras prestigio a la empresa, y he cuidado de nuestros hijos de noche y de día, del tuyo y del nuestro. Sí, del nuestro, ese que... —Me frené en seco, no me atreví a poner en palabras más basura de la que ya había—. ¡Eres un desagradecido, eres un...!
     —¡Cállate! —Miguel se levantó tan airado que me asusté—. ¡Me debes un respeto, Consuelo, no lo olvides!
     —¿Acaso yo no lo merezco? —me atreví a preguntar, con la voz apenas perceptible.
     —¡Sal de aquí! ¡Vete! —Levantó el dedo índice y me señaló a la puerta, con la tez rígida y la mirada gélida—. Y adecéntate un poco, la Guardia Civil está haciendo preguntas y no me extrañaría que también te las hicieran a ti.
     Enmudecí. Di un paso atrás para caminar luego con torpeza hasta la puerta. Al abrirla vi a mi hijo, con gesto tenso y circunspecto, parpadeando nervioso por haber escuchado una discusión en la que había quedado mucho por decir. 


II.

—Mamá, ¿qué ha pasado ahí dentro?
     —Nada, hijo, no te preocupes. —Me limpié los ojos—. Lo de Julián está muy reciente y nos tiene a todos destrozados. Pero tú no te apures —aparté un mechón de pelo que caía sobre su frente—, lo superaremos y todo volverá a la normalidad, ya lo verás.
     Bajé la cabeza para ocultar la desazón y enfilé hasta la cocina. Pablo dejó caer la mochila en el pasillo y me siguió. Nueve años lo separaban de su hermano mayor, una diferencia de edad que hacía insoslayable el trato diferencial que siempre habíamos practicado con él de forma injusta, como si aquella fuera razón suficiente para vetarle de por vida la madurez. No se resignó esta vez. Demasiadas cosas habían cambiado en la casa en apenas dos semanas como para mantenerlo al margen.
     Nada más entrar, me afané en trajinar con los cacharros sin acierto; tenía que mantenerme ocupada o me volvería loca. Pablo se quedó de pie junto a la puerta. Noté cómo clavaba la vista en mi rostro.
     —No me gusta cómo te habla, mamá, ni cómo te trata. 
     —No se lo tengas en cuenta, hijo, esto está siendo muy duro para él. Está reviviendo ahora lo que sintió cuando murió Lola, su mujer. Todo se le ha venido encima, la historia se repite y una cosa así, tan horrible, destroza a cualquiera. Pero dale tiempo, ya verás como todo irá bien.
     —Mamá...
     Su voz grave, solemne, me estremeció. Dejé las tazas y lo miré.
     —Dime, hijo.
     —¿Por qué nunca os habéis casado?
     Tragué saliva y me concedí tiempo para recobrar el hilo de voz que se me había perdido.
     —Nunca me lo pidió. Yo se lo insinué varias veces, pero él no quería volver a comprometerse, decía que le traía mala suerte atarse con papeles, que prefería seguir así, conviviendo, dedicándonos la vida, sin más. Afirmaba muy seguro que así estábamos muy bien.
     —¿Y tú lo pensabas igual?
     Noté un tremendo peso sobre los hombros, vencidos por los sentimientos.
     —A mí me hubiera gustado casarme, para qué te voy a mentir. Pero he tenido todo lo que he necesitado y tú también. No le puedo pedir más.
     —¿Yo también? —Su pregunta me sorprendió. Fruncí el ceño, con un interrogante impreso en él—. Yo no he tenido su cariño, mamá. —El rostro de Pablo se ensombreció—. He tenido su dinero, pero su cariño no. Julián lo acaparaba todo, se lo llevaba todo con él.
     Aquella afirmación, nacida de sus propios labios, me produjo un dolor lacerante en mitad del pecho.
     —Él..., él te quiere, hijo... A su manera, pero te quiere.
     Me faltaba el aire. Pablo se apresuró a sentarme y me abrazó con fuerza.
     —Tranquila, mamá, tranquila. No debí decirte eso, lo siento. Yo también estoy fatal, no sé cómo voy a encajar esto, cómo podré vivir sin la ayuda de Julián. Era mi hermano, pero también era un poco mi padre, era...
     Arrancó a llorar. Y yo me aferré a él, con la mirada ausente. Nos concedimos tiempo para calmarnos, para que retornara el sosiego por donde se había marchado, hasta que un último suspiro nos permitió separarnos. Pablo se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y luego la posó sobre mi rostro, mirándome a los ojos.
     —¿Vas a seguir adelante con la fiesta de jubilación de papá? —me preguntó en un susurro.
     —Sí. Será más discreta y solemne, pero no quiero dejarla pasar. Se merece un reconocimiento a tantos años de trabajo, y más ahora que le han concedido la aceituna de oro al mejor aceite de la comarca. Se va a jubilar con honores —dije, esbozando una sonrisa tibia.
     —Habrá que hacerle algún regalo, ¿no?
     —He encargado un cuadro con su olivar pintado al óleo. Quiero que lo tenga a la vista siempre, sobre todo cuando ya no pueda pisar el campo. Será una gran sorpresa, no lo espera, así es que tenemos que mantener bien guardado el secreto hasta la fiesta de jubilación.
     —Por cierto, mamá. La Guardia Civil está investigando la muerte de Julián. Sé que ha sido un accidente y que es todo un puro trámite, pero me dan un miedo horrible.
     —No te preocupes, hijo. Les diremos que estábamos los dos juntos aquí, en casa, mientras él visitaba la finca. ¿Te parece bien?


III.

Amaneció un día espléndido, con el sol desplegando su brillo sobre los campos, repletos de olivos perfectamente alineados. La terraza del cortijo engalanada, aunque con mesura, porque los seis meses transcurridos desde la muerte de Julián aún no daban margen a una celebración con vítores y ensalzamientos, como a mí me hubiera gustado. Entre los invitados: amigos, familiares, autoridades, empresarios del gremio y los encargados de la cooperativa que presidía Miguel.
     Tras los brindis posteriores a los discursos de homenaje, llegó el momento más esperado, el más personal, a mi juicio el más notorio y sentimental, la entrega del cuadro que un transportista había traído el día de antes, aprovechando una ausencia de Miguel, y que no habíamos querido desembalar para evitar que pudiera descubrirlo antes de tiempo. Pedí un poco de silencio e hice el gesto convenido con la mano. Dos trabajadores se acercaron presurosos, colocando la pintura en un atril. Seguía oculta, envuelta con un papel de embalaje que Miguel debía rasgar. Mis nervios se acentuaron, no solo por observar la reacción emocionada de mi hombre ante sus benditas tierras, inmortalizadas en un lienzo de por vida, sino también ante la expectativa de que un detalle como ese produjera entre nosotros un acercamiento tan deseado como vital. La muerte de Julián en aquel terrible accidente había terminado por aislar a Miguel, cuya conciencia desquiciada no le perdonaba haberlo dejado solo entre los olivos, sin la ayuda necesaria con la que salvar su vida.
     El público se puso en pie, expectante, y Miguel cruzó su mirada con la mía. Yo lo alenté a levantarse y a deleitarse en la obra. Puse un suave beso en sus labios, susurré un «felicidades» y le tendí unas tijeras que él aceptó con incertidumbre y sorpresa. Se acercó al cuadro con lentitud y, con mucho tacto, cortó el papel por un extremo para luego adentrar la mano y tirar de él. El óleo quedó al descubierto. Un trozo de tierra de la finca San Miguel, la más productiva, la que concentraba sus olivos más preciados se alzó ante sus ojos a pinceladas certeras. Los invitados mostraron su regocijo. Yo me creí morir. Entre los árboles, un tractor, y tras él, un hombre con el brazo alzado, cogiendo aceitunas, en apariencia. El sombrero lo delataba. Era Julián. Miguel dio un paso al frente y, con la tez lívida y sudorosa, siguió avanzando ante el súbito estupor de los asistentes. Y ante el mío propio. El autor de aquella obra, ajeno a la importancia de su notable hallazgo, había reproducido una figura más, agazapada junto a una de las puertas del tractor. Su rostro era irreconocible, apenas una difusa insinuación de sus rasgos. Pero el pañuelo que cubría su cabeza...
     Miguel se giró con una parsimonia aterradora. La mirada encendida en odio. El gesto de incredulidad. Y en su punto de mira, yo.
     —¿Tú estabas con él?


IV.

 —¿Fuiste tú, mamá? ¿Lo hiciste tú? ¡Dime! ¡¿Lo hiciste tú?!
     La voz de Pablo retumbó en el calabozo. Lloraba desconsolado, con ambas manos prendidas en la cabeza, incapaz de concebir que su propia madre hubiera cometido semejante atrocidad, soltar el freno de mano para que el tractor se precipitara pendiente abajo hasta arrollar a su hermano. Yo permanecía hecha un ovillo en un rincón de la estancia, con el pelo revuelto y la tez demacrada. Deseando la muerte antes que afrontar el rostro acusatorio de mi hijo.
     Levanté la vista, perdida hasta entonces entre la inmundicia del suelo.
     —Tu padre es un hijo de la gran puta. Siempre lo ha sido —confesé, con voz mortecina—. Escuché una conversación. ¿Sabes lo que le dijo a su abogado la mañana en que murió Julián? —Pablo no contestó—. Que su auténtico amor, su único y verdadero amor había sido Lola. Que yo le había servido para calentarle la cama, cuidar a su hijo y hacer de su hogar un lugar confortable para cuando él llegara harto de trabajar. Pero nada más. Yo no significaba para él nada más. Veinticinco años de mi vida junto a él, creyendo que me quería, y solo me veía como a una furcia barata con dotes de madre y ama de casa. Nunca estaría a la altura de Lola, eso le dijo. Por eso no quería casarse conmigo, porque así podría abandonarme cuando quisiera, sin mayor complicación.
     —¿Y qué culpa tenía Julián de todo eso? Él era inocente y la pagaste con él —replicó Pablo, confuso, turbado, conmocionado—. No entiendo nada, mamá. Todo esto es una locura.
     Me dio la espalda, sobrecogido. No acertaba a encajar los afectos ni los hechos derivados de ellos.
     —Le pidió a su abogado que cambiara el testamento. Tú llevabas razón, hijo. Tu padre nunca te quiso, solo a Julián. Él era el trabajador, el hombre hábil para los negocios, el que conocía a fondo el mundo del olivar y, por tanto, el único capaz de continuar con la empresa asegurando el prestigio de su buen nombre. A tu padre le dio igual que estudiaras. Te hiciste ingeniero agrónomo por él y no le importó en absoluto, decía que tardarías demasiado tiempo en hacerte con la práctica de todo. Las tierras, su parte en la cooperativa, la almazara..., todo se lo dejaba a Julián. A ti te conformaría con un poco de dinero para callarte la boca, pero nada más. Y yo no podía consentir eso, eres mi hijo.
     —Sigues sin contestarme, mamá. ¿Qué tenía que ver Julián con todo eso?
     —Piensa un poco. Si tu hermano no estaba, todo sería para ti.
     Pablo sacudió la cabeza y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Sentía, supongo, un dolor insoportable. Hacía unos meses que había perdido a su hermano y ahora me perdía a mí. Así lo percibí en sus ojos, en la distancia fría que interpuso con los míos.
     —No sé cómo pudiste hacerlo —me dijo, con la angustia rajándole la garganta.
     —Tampoco yo —le contesté, consternada, deshecha—. Dijo que se iba al campo poco rato después de que se marcharan los dos, el abogado y tu padre. A mí se me nubló la mente, perdí la cabeza. No podía hacer nada con ellos, pero con él sí. Y no lo pensé dos veces. Salí detrás de tu hermano sin saber ni lo que hacía. Ciega. Lo habría matado con una piedra, si hubiera sido preciso. —Me costaba hablar—. Dejó el tractor arrancado mientras revisaba un olivo y luego se quedó en la mitad del camino, detrás de él, mirando unas aceitunas que había recogido del suelo. Ni siquiera me oyó. Solté el freno y vi como el tractor le pasaba por encima, entonces me di cuenta de lo que había hecho. Julián no respiraba, estaba muerto. Y yo salí corriendo de allí como una loca.
     Me doblé sobre mí misma al recordarlo de nuevo, a punto de vomitar. Pablo negaba, sin dar crédito a lo que escuchaba.
     —Una madre es capaz de cualquier cosa por sus hijos —murmuré, balanceándome como una demente—. Era Julián o tú. Tu padre ya había hecho su elección. Y yo quise hacer la mía.



V.

—Tienes visita —me anunció la funcionaria de la prisión.
     Pierre Ferrec apareció ante mí con su aspecto bohemio e inconfundible. Se quitó la boina y la apartó a un lado antes de sentarse. Era la última persona a la que esperaba ver.
     —Hola, Consuelo.
     —Dichosos los ojos. Creí que no volvería a saber de ti. Ninguna llamada, ningún mensaje... Ningún lugar donde localizarte. ¿Tan harto acabaste de mí?
     —París es mucho París, querida. Llegué a él solo para exponer y fui incapaz de regresar. Y mira con lo que me he encontrado al volver.
     —Quedamos en que elegiríamos juntos el paisaje para el cuadro de Miguel y ni siquiera te presentaste.
     —Eso no es cierto. Llegué a tu casa el día que me dijiste y la encontré cerrada, nadie me abrió. Partía en un avión hacia París al día siguiente, si en esa misma mañana no elegía un trozo de tierra, tú no tendrías el cuadro en la fecha acordada.
     —Aún no sé cómo lo hiciste. ¿Lo grabaste en tu retina, o cómo demonios lo hiciste?
     —La edad te empieza a pasar factura, Consuelo, la memoria te falla. Soy fotógrafo, no solo pintor. Una buena cámara, un gran angular y unas cuantas tomas de aquel lugar me bastaban para cumplir con tu encargo. Jamás pude sospechar que aquel hombre fuera él, ni que esa mujer fueras tú. Las facciones no eran nítidas; lo que llevabais puesto, sí. Me pareció que la estampa quedaría más bonita con algo de humanidad en ella, por eso os pinté.
     —Pues tu maldita ocurrencia me ha sentenciado. Nos has arruinado la vida, Pierre.
     —No la cargues contra mi conciencia, querida. La asesina eres tú.
     —¿No piensas preguntarme por qué lo hice?
     —¿Debería saberlo?
     —Yo creo que sí.
     —Entonces, dímelo de una vez.
   —Por nuestro hijo —le confesé, mirándolo fijamente a los ojos—. Lo hice para garantizar el futuro de nuestro hijo, porque si de ti dependiera, Pablo no tendría donde caerse muerto.

 © Pilar Muñoz Álamo - 2019
      

30 ago 2018

RELATO: «LA COARTADA». 1º PREMIO DEL IV CONCURSO DE RELATO CORTO ORGANIZADO POR LA COFRADÍA DE LA VIRGEN DEL ROSARIO Y GRACIA DE PARACUELLOS (CUENCA)


La puerta se cerró de golpe, como cada mañana a la misma hora. Contuve la respiración para escuchar sus pasos sobre la grava, cada vez más distantes, más lejanos. Me sequé las manos en el delantal y aparté el visillo de la ventana del fregadero, tan solo un resquicio, lo justo para observar cómo el viejo Cadillac de mi marido avanzaba hacia el camino, balanceándose como una barquilla. Aceleró dejando tras de sí una nube de polvo y humo que el tubo de escape escupió sin contemplaciones. Noté cómo se me aceleraba el pulso. Desde la noche anterior había mantenido la cabeza ocupada, obsesionada por encontrarle un buen final a mi historia. Apenas había dormido, lo que me había obligado a hacer un esfuerzo inmenso por no moverme ni molestarlo. Despertarlo en plena noche era una fatalidad.
   Corrí en busca de un barreño en el que puse la ropa mojada y salí a tender, sin quitarme los guantes de goma con los que había fregado los platos y vasos del desayuno. Y puse una horquilla en mi pelo para darme aspecto de hacendosa, porque sabía que mi vecina, la señora Standford, me estaría observando.
   —Buenos días —la saludé, levantando un brazo para hacerme ver.
    Su casa y la mía quedaban a unos cincuenta metros, ambas cercadas por sendas vallas de poca altura que circundaban el terreno árido de que disponíamos alrededor. Vivíamos a las afueras del pueblo. La señora Standford tenía un establo con una docena de vacas que apenas le daban para vivir. Lo mío era una pequeña granja con algunas gallinas y unos cuantos conejos, que soportaba las quejas de John de no ser rentable pero que yo me empecinaba en tener. A veces, me preguntaba a mí misma por qué en tal asunto me tomaba en cuenta si en lo demás yo era un cero a la izquierda, si jamás le podía llevar la contraria cuando adoptaba una decisión. Rose opinaba que esa era su manera de mantenerme en casa, ocupada y sin riesgo alguno de evasión. Pero a mí lo cierto es que me la traía al fresco cuál fuera su verdadera razón, me importaba la mía, que no era otra que la de acceder a través del cobertizo, sin levantar sospecha, a un sótano escondido bajo una trampilla tapada por un baúl y en el que yo vivía mi segunda vida, una existencia alternativa sin la cual no habría podido soportar los desaires de mi esposo durante los años que llevaba cohabitando con él.
   La vecina me devolvió el saludo mientras me afanaba, con los alfileres en la boca, en colgar la ropa sobre el tendedero como si no tuviera otra cosa que hacer; aunque el corazón me palpitara inquieto. Cuando dejé caer la última prenda sobre el cordel, le deseé que pasara un buen día y me adentré en la casa con calma. Hasta cerrar la puerta. Entonces me apresuré hacia la parte trasera, quitándome el delantal. Me arranqué la horquilla, puse carmín en mis labios, me ajusté el vestido y me coloqué las gafas pequeñas que usaba para coser. Y entré en el cobertizo, con el pulso punzando mi sien.
   Desplacé el baúl con sumo esfuerzo, levanté la trampilla y bajé. El aire viciado envolvió mi nariz; una mezcolanza de mi propio perfume y de la humedad acumulada, que no tenía por dónde huir. Pulsé el interruptor de la luz, situado sobre la bombilla, y la estancia se iluminó. Las sombras comenzaron a balancearse a su mismo ritmo, hasta detenerla. Entonces la claridad se concentró en ella. En la máquina de escribir. Un modelo antiguo heredado de mi padre, en el que él había escrito sus mejores novelas. Me senté ante ella y la acaricié. Froté mis manos, calenté los dedos y miré el reloj, nerviosa. Unas cuantas horas. Disponía de unas cuantas horas para concluir la historia y llevársela a Louise, antes de que John volviera y me pillara haciendo lo que no debía. Escribir.
   —Cora, ¿por qué no te largas y dejas a ese cretino que tienes por marido de una maldita vez? —me había preguntado ella, varias veces.
   —Tú siempre serás mía, ¿verdad, palomita? Porque si tú algún día te marchas, yo… yo no sé lo que sería capaz de hacer —me repetía John, endureciendo el tono. Como amenaza hacia mí. No por él.
   —Tienes talento, pequeña mía, eres ingeniosa, imaginativa y te expresas muy bien. Serás una gran escritora —sentenció mi padre, meses antes de morir—. En la sangre lo llevas, no lo podrás evitar.
   Pero sangre fue lo que manó de mi boca cuando, al poco de casarnos, confesé a John cuál era mi pretensión. Me la cerró con un bofetón, porque el talento que tenía debía destinarlo a él. Y así lo hice a la vista suya. Complaciente, obediente, sumisa. Y transgresora cuando no estaba. Por mi padre. Por mí misma. Por una historia que Louise me había prometido publicar por partes si a su jefe, editor y director del periódico local, le parecía bien.

   Así es que llevaba un año escondiéndome como una vulgar fugitiva cuando John no estaba, encerrada a cal y canto bajo el suelo de aquel cobertizo para evitar que el sonido del tecleo saliera al exterior. Inventando para mi novela negra el crimen perfecto, porque ese era el género que más me llenaba; me resultaba imposible contar historias de amor, mi casamiento con John me había tirado el romanticismo por el retrete. Sumergida en mi mundo, desplazaba los dedos por la máquina a una gran velocidad, con el pensamiento en la ficción mientras mis sentidos paseaban por la realidad de mi hogar, en alerta ante la llegada inesperada de mi marido y de la señora Standford, que de vez en cuando me traía tartas rellenas de crema porque auguraba que no tendría hijos debido a mi delgadez. Y así había llegado hasta las últimas páginas, con el corazón enfermo por los sobresaltos, pero radiante de felicidad ante una hazaña que nunca pensé poder concluir.
   Metí el papel en el carro, me erguí en la silla, deslicé mis gafas hacia la punta de mi nariz y, atusándome el pelo, encendí un cigarrillo que le había robado a John. Comencé a toser, en la vida había fumado. Pero Cristine lo hacía en mi novela y yo debía asemejarme a ella, meterme en su piel para poder sentirla y escribirle un final épico. El cobertizo se llenó de humo y me transporté a otro mundo, a otra vida, a otra época. Vertí en la página todo cuanto había estado pensando a lo largo de la noche y de los días anteriores, incluyendo unos diálogos que relataba de memoria de tanto como mentalmente me los había repetido. La mesa estaba cuajada de anotaciones escritas en servilletas, bolsas, octavillas o en cualquier otro sitio donde pudiera verterse tinta. Llené una, dos, seis hojas. Hasta poner FIN. Aquella sería la última entrega que le diera a Louise, la que estaba esperando tras haber leído el resto entusiasmada por completo. Entonces me llevé una mano al cuello y, de forma súbita, comencé a llorar. Besé la máquina que había cambiado mi vida y miré al cielo para dedicarle a mi padre aquella profunda emoción. Pero el sonido de un motor me paralizó. Tras unos segundos sin reaccionar, arranqué el papel del carro, lo añadí al montón que yacía sobre la mesa y me levanté con prisa. Apagué la luz con un brusco manotazo y la bombilla cayó al suelo con estrépito. El corazón se me desbocó.  Salí por la trampilla, tropezando con mis propios pasos, mientras escuchaba cómo se detenía el motor; John debía de haber aparcado ya el coche en el garaje.
   Desplacé el baúl y corrí como una histérica, provocando el aleteo de las gallinas y la huida despavorida de los conejos de un lado a otro. Cuando alcancé la puerta del cobertizo, John me esperaba en ella con un semblante fantasmagórico.
   —Has… vuelto muy pronto hoy —balbuceé con torpeza.
   —¿Qué estabas haciendo, Cora? —Desplazó los ojos con rapidez por el interior de la estancia, sin mover la cabeza. Quise salir, pero él me sujetó con fuerza—. ¿Llevas carmín en los labios, a media mañana? ¿Acaso has ido a algún sitio?
   Tragué saliva y un sudor frío me inundó la nuca. No contesté.
   —Animales asquerosos, esto es una auténtica pocilga —relató, con una mueca de repugnancia anclada al rostro—. No voy a consentir que pases aquí metida todo el tiempo mientras descuidas nuestra casa, ¿me has oído? Se acabó.
   —John…
   Me tembló la voz al ver sus ojos henchidos de ira y la mandíbula prieta.
   —Ve adentro —me ordenó, señalando hacia la casa—. Prepárame el baño y un buen café caliente, tengo algo que hacer aquí.
   No repliqué. Caminé hacia atrás con lentitud, arrastrando los pies por la tierra seca que me rodeaba, sin despegar la vista de un bolsillo en el que trasteaba con decisión. Sacó un mechero.
   —¡John! —le grité alarmada.
   —¡Que entres en casa te he dicho!
   Corrí hasta la cocina y me asomé de nuevo por la ventana. Temblando. Me tapé la boca y cabeceé incrédula cuando lo vi salir del cobertizo detrás de los animales, palmeándolos para alejarlos de él.
   —¡Ya podéis correr, bichos del demonio, si no queréis acabar quemados como en el maldito infierno!
   Me agité, temiéndome lo peor. Sabía de sobra que podía hacerlo, que sería capaz de cumplir su amenaza más repetida: «¡El día que se me inflen las narices, le pegaré fuego a tu asquerosa granja, boba, más que boba!».
   Y la cumplió. Roció los rincones con carburante y encendió el mechero que sujetaba con su mano izquierda. En pocos minutos, todo prendió. Todo. Incluyendo el sótano cuya trampilla de madera no sirvió de cortafuegos para evitar que mis papeles, mis notas, mis sueños ardieran hasta quedar reducidos a negras cenizas. La máquina de escribir de mi amado padre… también. Me arrodillé en la cocina y rompí a llorar en silencio mientras él vociferaba como un poseso, alejando a los vecinos de un asunto que solo le concernía a él.
   Se emborrachó para celebrarlo y, para demostrar su hombría, me poseyó como una bestia sobre el suelo del salón mientras me preguntaba con acritud quién se escondía en el cobertizo cuando él marchaba a trabajar; riéndose, con la mandíbula desencajada, al advertirme que ya no había lugar donde escondernos, donde ponernos a salvo de él. A mí se me secaron las lágrimas al tomar conciencia de los años de vida futura que a su lado me esperaban. Y entonces recordé las palabras de Louise, las que había pronunciado con ferviente efusividad para referirse a la historia que yo había inventado y que tanto tiempo me había llevado escribir: «Tu mente es prodigiosa, Cora, jamás había leído una novela negra con un crimen tan perfecto. Es colosal.»
   «Un crimen perfecto».
   «Un crimen perfecto».
   ¿Y si lo llevaba a la realidad?

   Meses más tarde, me despojé para siempre de la ropa negra que había llevado en señal de luto y continué simulando ser una viuda abatida y desconsolada, como si no hubiera hecho nada; con la inocencia pintada en el rostro y la culpabilidad a buen recaudo en mi conciencia, como un secreto inconfesable. Fue entonces cuando retomé los papeles y mis anotaciones mentales y reescribí a mano el final quemado en el cobertizo, para rematar la novela que días más tarde le entregué a Louise con una amplia sonrisa en mi rostro y el corazón bailando de felicidad. «A mi jefe le ha encantado», me dijo después. El sueño de ver publicada mi historia por fin se haría realidad. Me sentí libre. Como si volara. Dispuesta a conquistar un mundo nuevo tras haber saltado los muros que me sitiaban la vida.
   El día 9 de mayo, señalado en rojo en mi calendario, corrí a por la prensa sin ni siquiera desayunar. La primera entrega de mi novela saldría impresa en el suplemento dominical, como justo premio por lo que había escrito con tanto esfuerzo y dedicación. Pasé las páginas a toda velocidad, varada a unos cuantos metros de la gasolinera en la que había adquirido un ejemplar. Leí el título de mi obra con emoción. Y acto seguido me quedé estupefacta al ver lo que figuraba escrito una sola línea más abajo: «Por Louise Miller».
   —¡¡Maldita hija de p…!! —exclamé a viva voz—. ¡¿Cómo se atreve a apropiarse de una historia que he escrito yo?!
   —¡Chsssss…! Conviene que cierres la boca, Cora —susurró ella, a mi espalda—. Tu ficticio crimen perfecto se hizo real. Y ahora, todo el mundo lo verá. Yo tengo una coartada, pero tú… Si revelas ser la autora de esta historia —me advirtió, esbozando una sonrisa cínica—, te delatarás.
 © Pilar Muñoz Álamo - 2018


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20 feb 2015

"LOS MUERTOS NO ACEPTAN PREGUNTAS" de ANTONIA ROMERO.

SINOPSIS:

LOS MUERTOS NO ACEPTAN PREGUNTAS
«—Nela, hola, no sé qué decirle a este trasto. —Era una voz de mujer—. Tú no me conoces. Es extraño hablar de esto por teléfono, pero creo que así, dejando el mensaje, será más fácil...»
Nela trabaja como traductora y vive en una pequeña casa en Castelldefels, un pueblo de la costa de Barcelona. Su mirada tiene la niebla de quien ha debido cerrar los ojos para avanzar sin despeñarse por el borde del precipicio. En la buhardilla de su casa esconde un secreto, algo que nadie ha de ver porque allí conjura a sus demonios. De su madre heredó una fotografía arrugada, y de su abuela, Mamanela, el don de hablar con los muertos.
«A veces el saber nos hace libres, otras nos pone cadenas que jamás podremos romper»




   Qué vulnerable es la mente de un niño, asusta comprobar cómo se le puede manipular psicológicamente para cargar sobre ellos cualquier culpa de manera injusta, con las nefastas consecuencias de vivir con ese peso adosado a la espalda de por vida, más todo lo que conlleva, porque esa culpa genera y regenera sus apéndices como las estrellas de mar, alcanzando y alterando el equilibrio emocional en múltiples aspectos que conformarán su vida presente y futura. Aunque una infancia feliz tampoco es garantía de éxito personal al cumplir años. Me da pavor la etapa adolescente en la que influencias ajenas a las de los progenitores pasan a ocupar un lugar preponderante en la forma de actuar de los chicos, incluso en la juventud. Me asusta cómo las vidas pueden truncarse al unirse a la persona equivocada, a personas destructivas capaces de hacer infelices a quienes nunca lo fueron, de someterlas y controlarlas hasta su aislamiento dejándolas vacías por dentro y muertas de miedo. Y me asusta especialmente cuando esto se hace en nombre del amor, porque ese sentimiento fuerte, esa emoción que apresa el corazón, ciega la vista y anula el raciocinio con facilidad pasmosa.

   Me ha gustado el tema de fondo sobre el que Antonia Romero sustenta la novela, ese tema de fondo más profundo que siempre busco en lo que leo. Pero sobre todo me ha gustado la manera en que su autora nos lo presenta, dentro de un combinado que entremezcla hechos, suspense e intriga por descubrir determinados secretos familiares — la historia que gira en torno a la familia de Nela (la protagonista), contada de manera paralela a la suya propia—, e incluso con un componente sobrenatural añadido  que la reviste de originalidad. Y todo ello sin obviar los matices psicológicos necesarios para que la historia cobre un mayor sentido y, sobre todo, credibilidad, y para provocar el efecto en los lectores que —intuyo— pretendía la autora. Antonia Romero no solo nos muestra a lo largo de las páginas lo que sucede, sino cómo todo ello afecta a la psiquis y al equilibrio emocional de Nela y, por extensión, a todo aquel o aquella que sufra en sus propias carnes un problema semejante, y hace patentes las consecuencias presentes y futuras con las que deberá convivir o contra las que tendrá que luchar para salir a flote. Bucea en el ser, en la mente y en el corazón de la protagonista mostrando sus entresijos a la perfección, poniendo nombre y rostro a una problemática demasiado extendida, por desgracia, para que empaticemos al máximo con lo que supone sufrirlo.  Y plantearlo de esta forma me parece un gran acierto por su parte, porque huye de las típicas novelas melodramáticas centradas en la vida de la víctima para contar casi en exclusiva lo que supone vivir bajo ese yugo. A cambio, opta por jugar con la construcción de una historia más amplia y con la utilización de otro tipo de recursos narrativos para conseguir el mismo fin, obteniendo idénticos resultados en la mente del lector aunque de una forma más amena e interesante.

   Pero no solo se centra en este aspecto para despertar la reflexión —y aquí debo confesar con sinceridad que me ha sorprendido encontrar tantos matices psicológicos tras un título que me sonaba “contundente”, más a thriller que a otro género, lo que prueba una vez más el poder condicionante de las primeras impresiones, erróneo muchas veces—. Necesitamos sentirnos amados, sobre todo por ciertas personas, no estamos preparados para descubrir desafectos; construimos nuestra vida sustentándola en deseos, anhelos e ilusiones, en lo que la naturaleza debió de ser y debió de darnos, y la frustración de no encontrarlo no solo hiere nuestra vida en el momento de vivirla, sino que deja en ella una muesca tan potente que no nos permite disfrutar del futuro en paz, con alegría, con felicidad. Es un lastre del que hemos de desprendernos para darnos una oportunidad ante lo que está por llegar, pero que resulta complicado hacer. Deberíamos saber trazar una frontera entre el pasado, el presente y el futuro, impermeable si hace falta a malas influencias, porque a veces son otras las personas que condicionan nuestra vida y nos la hunden, pero en otras tantas ocasiones somos nosotros mismos quienes nos autolesionamos, quienes amputamos lo bueno que la vida está dispuesta a depararnos al no sentirnos liberados de los sentimientos y emociones negativas como la culpa, el odio, la desesperanza o la impotencia ante lo que debió haber sucedido y no fue así. “Tú eres tu peor enemigo” —se dice en la novela. Esto y mucho más es lo que Antonia ha conseguido transmitirme, o al menos lo que yo he captado.

   No quisiera extenderme demasiado en esta especie de “reseña” u opinión. Pero no puedo dejar pasar múltiples aspectos destacables, por positivos, en la construcción de la novela:

   *Un comienzo potente y contundente que nos deja intrigados y con la necesidad de saber más, preguntándonos de quién habla, qué le ocurre y por qué dice lo que dice. Un comienzo que te empuja sin pensarlo a volver la página para seguir descubriendo lo que hay detrás.
   * El manejo del suspense: excelente. Antonia dosifica la intriga dejando pinceladas de suspense aquí y allá, de manera efectiva y estudiada, anticipando detalles de un pasaje sin concluir, formulando enigmas sin explicación aparente –al menos en el momento en que los plantea-, o narrando hechos que nos pueden parecer incongruentes en función de lo que sabemos y que nos lleva a quebrarnos la cabeza sobre las opciones posibles que pudieran darle explicación. Y todo ello te lleva a seguir avanzando en la lectura sin detenerte —a no ser que tus niños te reclamen con insistencia, tengas que acudir a la oficina,  o la lavadora pierda agua con el consiguiente riesgo de provocar goteras a la vecina de abajo :)
   *Diálogos ágiles fluidos, no forzados, buenas descripciones que te llevan a visualizar con claridad meridiana los paisajes, las estancias o la secuencia de hechos que se suceden en cada escena. Y una narrativa que a mí personalmente me ha gustado mucho, sencilla pero muy cuidada, sin florituras que rompan el ritmo del relato, dinámica o más pausada y bella, en función del pasaje que estuviera narrando.
   *Personajes perfilados, no solo los protagonistas sino también los secundarios, de gran profundidad psicológica y muy coherentes, capaces de infundir desprecio, temor, cariño, afán de protección. Se me ha encogido el corazón y el estómago varias veces por la “actuación” de los personajes, y no solo por los hechos que el narrador cuenta. Antonia Romero, a través de ellos y de la historia, nos emociona, nos alegra, nos hace llorar, angustiarnos, enfadarnos, sentirnos temerosos… Consigue que empaticemos con los sentimientos de los personajes, sobre todo con Nela, por supuesto. Yo he vivido con ella, he sufrido con ella, y he sentido la angustia de su necesidad de saber, la impotencia por las preguntas que quedan sin contestar y cuya respuesta resulta imprescindible para completar el puzle sobre el que construir una vida nueva.
   *Y me ha gustado mucho un final en el que todo encaja y que resulta ser una vuelta al principio para completar ese bucle de información necesaria para reconstruir la historia.

   ¿Que si no he visto nada negativo o que no me haya gustado? Pues la verdad es que no. Tan solo podría decir que me ha resultado previsible en ciertas cosas, que he me anticipado varias veces a lo que se desvela después, pero que a mí me haya sucedido no significa que  ocurra tal cual a los demás lectores. Y de cualquier forma, descubrirlo tampoco es una traba que pueda restarle interés a la historia.

   ¡Felicidades, Antonia! ¡¡Me ha encantado!!



Opinión válida para el Reto Semi Genérico.



11 abr 2014

UNA SEMANA DESPUÉS...

  Hoy hace una semana que decidí saltar al vacío sin red. ¡Y no me he estrellado! No me he dado de bruces contra el asfalto rompiéndome la crisma en el intento. Me han sujetado, han trenzado una red mullida y consistente con manos y brazos fuertes que no sólo no me han dejado caer, sino que me han elevado para hacerme saborear el dulce de las nubes de algodón que siempre aparecen en los mejores sueños, cobijándonos de manera entrañable.

  Es paradójico que sentimientos aparentemente opuestos fluyan a un mismo tiempo. Aunque, pensándolo bien, la fuente de la que manan es distinta; como tantas otras veces, raciocinio e intuición pugnando por llevarse el gato al agua, sin ser conscientes de que en ciertas ocasiones están condenados a vivir juntos: mi mente pidiendo cautela, mirando al miedo frente a frente, exigiendo respeto por quienes esperan la llegada del nuevo vástago, dando órdenes a mis extremidades inferiores para que no se levanten un ápice del suelo y a mi cabeza para no se descoque ni pierda el norte de dónde estoy…, y mi intuición incrementando el tono de su voz para hacerse escuchar, afirmando con seguridad que el fondo de mi ser respira confianza plena en el trabajo hecho, en que será del agrado de los lectores, en que merece la oportunidad de recibir en su piel la caricia del sol, la brisa del aire…, de vivir en libertad y en la compañía de manos ajenas a las mías propias.

  Y ahí está. Defendiéndose como una jabata en los primeros puestos de Amazon para mi sorpresa, porque no esperaba tanto, levantándome el ánimo como no podría imaginar hace semanas, emocionándome con los primeros comentarios recibidos, insuflándome aliento para continuar luchando por ella porque merece algo más, siento que merece algo más. Pero todo se andará, las prisas nunca fueron buenas consejeras; aunque la impaciencia hay veces en que me mata, porque el tiempo es oro y minuto que se pierde ya no se vuelve a recuperar.

  No quiero obsesionarme en conseguir metas, en alcanzar números vacíos de contenido. Quiero disfrutar del camino, pasear de su mano aspirando los efluvios positivos con aroma de azahar que los lectores nos tiendan a su paso, y soportando las estaciones de penitencia con estoicismo, valentía y ánimo de superación, porque también lloverán las malas opiniones en este mundillo plagado de gustos tan diversos y de literatos exigentes que buscan el mayor nivel posible de calidad en lo que leen, derecho que admito y reconozco.

  Esta semana ha sido intensa, me ha forzado a dar rienda suelta a las emociones que pugnaban por salir y eso ha provocado que me disperse, que pierda un tanto el norte de una realidad, la mía, la que no quiero dejar de ver, de aquel objetivo trazado desde un principio cuya base no debe sufrir desviación alguna, por muchas ramas que cuelguen de él. Es hora de retomar un poco el rumbo, de volver a mirar otros aspectos de mi vida que siguen demandando mi atención, sin perderla de vista a ella, por supuesto. Es hora de seguir escribiendo y trabajando en mi proyecto actual. Porque esto es una carrera de fondo en la que se mide la resistencia, no la velocidad.

  Gracias a quienes habéis depositado vuestra confianza en mí y en esa obra que cumple una semana de vida. Y gracias a los que lo hagáis a partir de este momento. Espero vuestras opiniones, porque saber que os ha gustado es, por encima de todo, lo que más me importa con diferencia. Os lo puedo asegurar.

Lecturas 2018.

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