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2 mar 2018

MICRORRELATO: «LLORA»



   Llora. Con su frente sobre el cristal, haciendo que se confundan sus lágrimas con las gotas que por él resbalan. Llueve. Y un manto de grises lo envuelve todo, abarcando su corazón. Sus ojos vidriosos no alcanzan a perfilar el paisaje, pero lo siente, siente la bruma y los colores desdibujados dentro de sí. Los sueños deshechos. La mirada debilitada. Las fuerzas mermadas para poder seguir.

   Llora. Y percibe el regusto amargo de la nostalgia sobre sus labios, del amor desvaído que resuena como un eco ahora lejano, del vacío en su alma, que ha quedado muda por un tiempo. La música calla. Solo a los acordes lentos se les permite sonar, porque el cuerpo está adormecido, no quiere bailar. Ni tampoco escuchar palabras que no provengan de su propia voz.

   Llora. Desahogándose. Vaciando la pena que la corroe. Mientras se debaten sus pensamientos entre cerrar un cuento que ya acabó o darse una oportunidad en una batalla perdida. Llora mientras se pregunta a sí misma qué fue lo que falló. Sin saber que hay preguntas sin respuesta, porque el corazón no atiende a razones. Porque vive y se alimenta de latidos cuyo ritmo ni siquiera nosotros mismos podemos marcar.

   Sigue llorando. Sintiendo imposible lo que tarde o temprano sucederá. Que las nubes dejarán de derramar agua, como harán sus ojos. Que el sol reaparecerá, dibujando en el paisaje colores bellos al fundirse con las gotas de rocío, devolviendo el brillo a sus pupilas al besar las últimas lágrimas que quedarán en ellas. Que de nuevo el cielo se tornará azul y su corazón rojo, a un paso tan silencioso y lento que no podrá frenarlo. Que la curva de su sonrisa ganará en profundidad y la música volverá a sonar, permitiendo que el cuerpo se meza, se agite y termine bailando como lo hizo antaño. Que levantará la cabeza y dejará de observar el suelo para mirar alto, para echar a andar con ademán decidido y paso firme, restablecida de unas heridas que habrán sanado y cuyas cicatrices le recordarán que es grande, valiente y fuerte. Que la alegría la aguarda en cualquier rincón. En el instante más inesperado. Y en compañía de la única persona que, de seguro, terminará devolviéndole la felicidad: ella misma.
 
© Pilar Muñoz Álamo - 2018

25 ene 2018

MICRORRELATO: «CAMINA»


Camina…
Aunque estés cansada y te duela el alma, aunque no tengas faro para guiarte,
aunque las estrellas se apaguen y mueran con ellas tus grandes deseos,
aunque no encuentres en quien apoyarte…

Camina…
Aunque tu corazón pierda fuerza, aunque te desorientes en mitad del camino,
aunque escape el brillo de tus pupilas, aunque se nuble tu raciocinio…

Camina…
Aunque te flaqueen las piernas, aunque sientas frío, aunque te dañen las piedras
y hayas de atravesar ríos…

Camina…
Aunque hables sola y a nada encuentres sentido,
 aunque sientas vergüenza de cuanto has vivido…

Camina. Busca. Explora. Encuentra.
Sigue soñando.

Cuando menos lo esperes, hallarás tu lugar en el mundo.
Y podrás sonreír tranquila mientras recuerdas lo que has llorado.

©Pilar Muñoz - 2018



24 nov 2017

RELATO: «BROTES Y ESPINAS».

Acuarela de Steve Hanks


   No sé cómo decirte esto. No encuentro las palabras. Intento elegir aquellas que carezcan de aristas con las que pueda dañarte, pero no las hay cuando de rupturas se habla. El sentimiento que las reviste hiere en lo más profundo, a pesar de ese amor residual que aún nos queda en el fondo del alma.
   Ayer volví a soñar con ella, como tantas otras noches desde que la conocí; tal vez por haber estado negándola hasta la saciedad, por haber querido desterrar de mi mente la nebulosa en la que se ha instalado acompañándome a perpetuidad, en cada minuto y en cada lugar, mientras buscaba para todo esto un nombre que me salvara de una quema que nos abocaría a ti y a mí a la perdición, al distanciamiento, al recelo que sentirás hacia mí al hacerte esta confesión. Admiración, compañerismo, amistad, adulación... Nombres que he deseado, con todas mis fuerzas, que dieran cuerpo a esto que siento y que me arrastra en contra de mi voluntad; nombres que he deseado, de manera agónica, que acabaran de una vez por todas con el desconcierto que me tiene robado el seso desde hace tiempo. Pero no puedo mentirme más. Hay brotes con savia nueva en el envés de mi corazón, en esa parte desconocida a la que nunca se me ocurrió escuchar y cuya voz me empapa ahora como una lluvia fina, cálida y constante. Tan deliciosamente agradable como jamás pude imaginar.
   Tengo un nudo emocionado en la garganta tomando de la mano al dolor. Y no sé cómo tragarlo, ni cómo hacértelo tragar a ti para evitar que como espinas se te clave dentro. Es el amor el que ordena mis actos. No es lujuria, engaño ni perversión. Es el amor transferido de ti hacia ella, escapado de forma insurgente y descontrolada, como un pájaro que hubiera aprendido a volar y decidiera, por sí mismo, el lugar en el que quiere estar. En el que debe habitar.
   Me he enamorado de ella, anoche lo supe al fin. Anoche, cuando volví a soñarla; cuando pude tocarla por primera vez bajo la protección de Morfeo y mi corazón se vistió de rojo, con pasión inusitada. Sí, ya sé lo que estás pensando, te conozco demasiado bien. Tu perplejidad de esposo se habrá instalado en tu rostro; también lo estuvo en el mío. Pero ya la desterré. Nunca había encajado piezas iguales en un puzle de carne y piel, pero el deseo y el amor las une de igual manera. Ahora lo sé. Construí con ella un paisaje doblemente ondulado, sellado a besos, del que no quise escapar. Suave. Delicado. Febril. Por el que escalamos sin prisa como exploradoras intrépidas, conocedoras de nuestros deseos por instinto propio. Y me dejé abrazar... Y acariciar... Por sus labios de terciopelo, por sus manos gráciles, por su cuerpo delicado, esponjoso como algodón.
   Hoy la he visto y me ha mirado. Y ha debido de leer mis pupilas, porque las suyas han chispeado. Le he devuelto una sonrisa y hemos caminado haciendo sonar los tacones, con la fuerza que la felicidad imprime. No hemos hablado. Pero nuestros ademanes se han hecho promesas de amor,  como dos amantes que se reconocen ajenos al tiempo, a las circunstancias, a los compromisos previos, sin que importe cuáles son.
   No puedo mirar a otro lado, tampoco hacia atrás. Por favor, perdóname.
   Siempre te he amado, tenlo por seguro.
   Y ten por seguro que siempre te querré.

©Pilar Muñoz - 2017


17 nov 2017

RELATO: «QUIERO OTRA OPORTUNIDAD».

(Pintura de Ennio Montariello)

   Acudí a mi cita ginecológica como tantas otras veces lo había hecho. Sola. Nunca había sido aprensiva ni tampoco hipocondríaca, al contrario, confiaba en una especie de barrera imperceptible que me brindaba una protección absoluta ante las enfermedades mundanas que otros muchos padecían y que estaba segura de que no me alcanzarían jamás. Solía analizar el rostro de cuantas esperaban ser llamadas por la enfermera de turno, buscando ademanes dolorosos, muecas de preocupación. Intentaba recrear sus historias personales a partir de una palabra, un comentario o el monólogo extraído de una conversación telefónica a medio volumen. Yo parecía estar allí de paso. Diez minutos de consulta y hasta el año siguiente.
   Cuando entré en el consultorio, la doctora me saludó cordial, centró la vista en la pantalla de su ordenador y abrió un par de sobres que contenían los resultados de las pruebas efectuadas dos semanas antes, una citología y una incómoda mamografía, y leyó con pausa el informe escrito que acompañaba a ambas. Me entretuve en mirar los cuadros de las paredes, las fotografías familiares de su escritorio y algunos artilugios dispares a la espera de que ella retomara la conversación.
   —Lidia, pase al fondo y descúbrase de cintura para arriba. Voy a reconocerla.
   Aquella alteración inusual en el orden de las cosas me extrañó. El reconocimiento de las mamas siempre era previo a la recogida de resultados, aunque recordaba que no lo había hecho en aquella última ocasión. Sin decir nada me desnudé y me recosté en la camilla elevando los brazos; ya conocía de sobra la rutina postural.
   La doctora comenzó a palpar mis senos con mayor detenimiento de lo habitual, centrándose especialmente en la zona axilar derecha. Su cara de circunstancia y su mirada perdida mientras insistía en ahondar sus dedos hasta hacerme daño comenzaron a preocuparme.
   —Ya puede vestirse —dijo—. Veo conveniente que le hagan una ecografía mamaria. Vaya con este informe a radiología y espere. Veré si puedo conseguir que se la hagan a lo largo de la mañana.
   —¿Es urgente? —me atreví a preguntar. Ella asintió con la cabeza—. ¿Qué ha visto?
   —Esperemos al informe del radiólogo —espetó con seriedad.
   Salí de la consulta casi sonámbula, con un incipiente cúmulo de contradicciones rondándome la cabeza. «La mamografía debe de ser confusa» —pensé—, «la opresión de las planchas me hacía tanto daño que seguro que debí de moverme sin darme cuenta. Pero, ¿y si han visto algo?».
   Mientras esperaba con paciencia a que gritaran mi nombre, cogí el teléfono para llamar a la oficina y avisar de que llegaría más tarde de lo previsto, o tal vez que no regresaría. Después miré mi agenda, jugué con un bolígrafo viejo que encontré en el bolso, releí los mensajes de móvil de los últimos meses y paseé de arriba abajo por el pasillo del hospital. Cuando entré y aquel doctor comenzó a deslizar el frío artilugio por mi pecho, no desvié la mirada de su inexpresivo rostro ni un solo segundo, deseando hallar un ápice de esperanza reflejado en él. Apenas se molestó en ofrecerme una mínima explicación. Pensé que el hastío de un monótono trabajo había mermado gran parte de su sensibilidad, o quizá fuera que prefería dejar las malas noticias en manos de otros.
   Volví a la consulta de mi ginecóloga y esperé sus instrucciones sobre marcharme o quedarme y escuchar que todo estaba bien, una vez despejadas las dudas iniciales. Pero su leve carraspeo para aclarar lo que de ningún modo estaba obstruido hizo que me reclinara hacia adelante, intentando sacar pecho para afrontar la situación.
   —Tenemos un pequeño problema —anunció al fin—. Los resultados muestran una pequeña masa informe…
   A partir de ahí dejé de escuchar, como si en mi mente se hubiera producido un cortocircuito de seguridad. Selectivamente atendí a ciertas directrices que debía cumplir a partir de ese momento, colándose por las rendijas ciertos términos como biopsia, tumoral o maligno. Ni siquiera sé si albergó dudas sobre una posible benignidad. No la oí.
   Abandoné aquella sala con una tarjeta en la mano en la que tenía anotada mi próxima cita. En la Unidad de Mama del Hospital Universitario. Área quirúrgica. Cirugía externa. La mantuve en mi mano leyendo y releyendo una y otra vez mi nombre y mis apellidos junto a aquel destino que los acompañaba de forma sobrecogedora. No me puse el abrigo, ni fui capaz de colgarme el bolso, ni de sacar mis gafas de sol. Salí a la calle y anduve sin controlar el tiempo ni el lugar de destino, dedicada, en exclusividad, a observar cada rincón del mundo que tenía a mi alrededor y que ahora me parecía no haber visto antes en su totalidad. Una desesperada incredulidad me hizo renegar de que todo aquello fuera verdad, aunque algo en mi fuero interno me hacía sentir que acababa de llegar lo que, inconscientemente, siempre había esperado. ¡Cuántas veces me hice a mí misma la absurda pregunta de por qué tenía tan sumamente corta aquella línea de la mano, la que muchos quirománticos de férreas creencias achacaban a la vida!
   Un autobús de línea escolar pasó por mi lado haciéndome reaccionar y un brote de ansiedad me atravesó de lleno cuando vi sus caras pequeñas pegadas en el cristal. Mis hijos. Fue justo en aquel instante cuando comencé a ser de verdad consciente de lo que aquello podía significar. Entonces arranqué a llorar de manera absurdamente descontrolada. Alguien pasó por mi lado y me preguntó si necesitaba ayuda. La miré con los ojos empañados y estuve tentada de hablarle de mí, pero me contuve, le agradecí el gesto y analicé con detenimiento a quién confiaría mis peores temores ante lo que aún no habíamos confirmado. Pero no encontré a nadie. Mis hermanos ya tenían demasiados problemas que afrontar como para aventurarles un diagnóstico anticipado. Mis padres eran demasiado mayores para darme aliento sin desfallecer primero. Mis hijos eran excesivamente pequeños, provocaría en ellos el temor irracional a verse solos. Quedaba mi marido, mi fiel compañero durante veinte años; sin embargo, estaba tan acostumbrada a verme independiente, a resolver sola mis propios problemas que pensé que este sería uno más. Supongo que en el fondo tenía miedo a que pudiera trivializar la situación de tal modo que me hiciera sentir débil, vulnerable, incapaz de controlar mis sentimientos desbordados inútilmente. Llegué a dudar, en un ataque de confusión, si en verdad le importaría que mi salud se viera afectada de semejante forma.
   Ni familia, ni amistades, ni compañeros. Opté por callar y ahogar el problema, como siempre; resolverlo sola disimulando mis altibajos emocionales, como siempre; engullirlo todo bajo la desesperanza, la tristeza, la apatía, la resignación; como siempre. Una conducta continuada en favor de los demás dejando mi cuerpo, mi mente y mi equilibrio emocional en manos de un destino que no me había sabido ayudar y al que tampoco yo había sabido pedir ayuda. Erróneamente.
   Llegué a casa y mi única meta fue cumplir, lo mejor posible, con mi rutina habitual hasta el día en que debiera hacerme aquella punción. Un nudo se apoderaba de mi garganta cada vez que miraba a mis hijos. ¡Cómo podrían perdonarme el hecho de abandonarlos! Habían sido muchas las ocasiones en que les había prometido que esperaría para marcharme a que se hicieran adultos, a que no me necesitasen. No los podía defraudar. Pero me sentía indefensa ante la situación. Cualquier comentario por su parte que incluyera una planificación del tiempo me ahogaba por dentro. «¿Dónde iremos de vacaciones este año? ¿Me ayudarás cuando vaya al instituto? ¿Qué me regalarás por mi cumpleaños?». Me senté en la terraza intentando desviar mi atención sobre una sarta de pensamientos negativos que no paraba de rumiar en mi interior. Multitud de pequeños hábitos se harían añicos si yo no conseguía detener aquello. Yo llevaba a mis hijos al colegio, les compraba su ropa favorita, estaba pendiente del material escolar, de hablar con sus profesores, de estudiar con ellos, de aconsejarlos. Llevaba las riendas de mi casa, como cualquier otra mujer, velaba por la maltrecha economía y compaginaba mis obligaciones caseras con un trabajo cuyo sueldo disminuiría considerablemente en detrimento de su calidad de vida. Muchas cosas se perderían, y entre ellas yo, aunque una vez más, como de costumbre, volvía a pensar en las repercusiones negativas que mi marcha tendría sobre los demás, pero no sobre mí misma. Entonces adquirí conciencia de cuántas cosas me perdería yo.
   Eché la cabeza hacia atrás y dejé que el sol me acariciara el rostro. El calor me abrazó y el aire meció mi pelo con suavidad. Me sentí viva. Observé el cielo azul salpicado de nubes blancas y disfruté de una estampa que me resultó preciosa, aunque siempre había estado ahí. Fui consciente, de repente, de muchos pequeños detalles que me había brindado la vida y que yo había menospreciado en un alarde materialista inculcado socialmente, y del acervo de menudencias intrascendentes a las que había dado una importancia superlativa sin merecerlo. Lamentos, una colección de lamentos por todo lo que no tuve no me permitió apreciar cuán afortunada podría haber sido hasta el momento. Y ahora lo sabía. Ahora que podía perderlo, supe que siempre estuvo al alcance de mi mano sin que la venda de mis ojos me permitiera tocarlo. ¡Qué forma más imbécil de perder el tiempo!
   A duras penas conseguí llegar hasta la fecha de la biopsia. Los dos últimos días había permanecido especialmente irascible. La incertidumbre de lo que pudiera pasar era una losa más pesada de soportar que el diagnóstico negativo en sí. Al menos eso me permitiría tomar cartas en el asunto, coger el toro por los cuernos y avanzar con valentía. Pero esa espera paciente de los acontecimientos me estaba matando, nunca había pasado por estados de ánimo tan dispares en tan poco tiempo. De la incredulidad a la negación. De la negación al miedo. Del miedo a la desesperanza. De la desesperanza a la indefensión. De la indefensión a la tristeza. Y de la tristeza a la ofuscación por no haber sabido vivir la vida, mi vida, por haber optado por centrar mi preocupación en la grasa de mis caderas y de mis muslos cuando aquello distaba mucho de ser una enfermedad, por no haber podido viajar en primera clase cuando una excursión en bici campo a través bien podría haber sido una experiencia de lo más reconfortante, por no tener una televisión de gran tamaño cuando una distendida charla con buenos amigos enriquecen más el alma. Decidí con firmeza que jamás volvería a ser así.
   Me levanté aquella mañana fingiendo que iba a trabajar. Dejé a mis hijos a las puertas del colegio después de haberme despedido de mi marido con un beso en los labios que me supo especialmente dulce y me personé a las puertas de los quirófanos con media hora de antelación. Todos los allí presentes estaban acompañados, menos yo, pero no busqué culpables ajenos en esa ocasión. La consciente decisión de aislarme había sido mía y sólo mía; incomprensiblemente o no, había sido yo quién había decidido vivir la experiencia en soledad. En un par de horas estaba de vuelta en casa. Regresé en un taxi y me acosté no sin antes haber dejado una nota diciendo que me encontraba mal por un vulgar enfriamiento invernal. Una simple excusa para poder mantener el reposo absoluto de veinticuatro horas prescrito por el médico.
   Tardé tres días en levantarme y necesité unos cuantos más para insuflarme un aliento positivo que me ayudara a darme cuenta de que aún estaba aquí, de que había mucho por hacer y poco tiempo que perder. Una de las consignas morales que acostumbraba a dar a mis hijos afloró a mi mente como un resorte: «Puedes conseguir todo lo que te propongas, sólo tienes que quererlo firmemente». En aquel momento decidí vivir, tirar por la borda las banalidades, las cuestiones superfluas que nos limitan actitudinal y materialmente y replantear mi vida para poder vivir. Así de simple.
   Volví a la consulta de mi ginecóloga sintiéndome otra persona. Aterrada, pero con la divina sensación de observar la escena desde un lugar ajeno a mí misma. Intocable, invulnerable, fuerte. La doctora me brindó una sonrisa plácida y reconfortante, incluso se permitió abrazarme.
   —Es benigno —anunció.
   Suspiré, la miré y le devolví una sonrisa franca. Mi pobre interpretación de la quiromancia me había gastado una broma pesada; miré mi línea de la vida en la mano equivocada. Aun así, ya no volvería a ser como antes. A pesar de todo y de todos.
©Pilar Muñoz - 2011
(Relato incluido en el libro «Ellas También Viven. Relatos de Mujer - Ed. Círculo Rojo) 

10 nov 2017

RELATO: «EN PECADO».



   Quizá se enfade. Puede que frunza el ceño al tiempo que mira a su alrededor y me invite a alejarme de nuevo, a volver al lugar de donde vengo. O tal vez pierda la voz como la perdí yo la última vez que estuvimos juntos. Y se le vidrien los ojos sin acertar a decir palabra.
   Ya hace siete años que todo acabó.
   Siete años que son todo y nada. Todo para sufrir y nada para olvidar. Todo para llorar y nada para reír cuando quedan los afectos heridos de muerte. Como el suyo hacia mí.
   Apoyo la cabeza en la ventanilla y observo cómo desfilan los árboles, con sus verdes hojas al viento, exhalando el rocío de la madrugada para llenarse de sol. Hay casas solariegas indemnes al tiempo, salpicadas por la campiña, como si fueran universos diminutos con vida propia: la de la anciana vestida de negro que porta un cántaro de agua para beber, la de su hombre con aperos de labranza unos metros más allá, la del vástago pequeño que, con la vara en la mano, se dispone a sacar el rebaño a pastar. El frío corta la piel. Y yo lo siento en la mía a pesar de la llama que aún sigue encendida en mi corazón, que despunta de tanto en tanto con tal fuerza que mis ojos languidecen nadando en recuerdos, los que me quedaron impresos de aquellas tardes de domingo, de sus nudillos golpeando mi puerta a hurtadillas de los vecinos, de las flores silvestres con que me obsequiaba en cada visita, de su mirada borracha de amor y hambre, deseosa de alimentarse a base de besos que terminaban por sedimentar en mi cuerpo.
   Me abandoné.  Sus palabras en mis oídos quebraron mi virtud de mujer decente y me entregué a él. Sin importarme nada. Le abrí mi alma, mi casa, mi corazón… Mi cama. Yo amordazaba mis remordimientos con sus caricias, con sus labios bebiendo en mi boca, con sus juegos excitantes imposibles de confesar, con el calor de su piel sellando hasta el último poro de la mía en cada uno de nuestros encuentros. Y ahogaba la pena que me provocaba su marcha evocando su beso de despedida y su sonrisa amable y plácida, que me acompañaba día tras día, hora tras hora hasta volverlo a ver.
   Cinco años nos dedicamos.
   Un lustro en el que una semana entera se reducía a una tarde. Porque no había vida fuera de ella, no había más mundo que él y que aquello que conseguía regalarme: sentirme mujer. Su mujer. A pesar de no serlo.
   El autobús de línea para y me limpio una lágrima. Respiro hondo y agarro a mi pequeña para bajar. Las últimas palabras de Esteban vuelven a mí como una letanía que me dejó rota: «No podemos continuar con lo nuestro. Contraje un compromiso hace años que debo seguir cumpliendo como un hombre de bien. Espero que me comprendas.»
   Una ráfaga de aire me sacude el rostro y me arrebujo en mi abrigo. En una mano llevo una pequeña maleta y, con la otra, aprieto dentro de mi bolsillo un pañuelo bordado con las iniciales de Esteban que he conservado estos siete años. Mi hija corretea por la plaza del pueblo para ahuyentar las palomas mientras yo camino con dificultad; los adoquines de la calle se incrustan en mis zapatos de tacón. Algunos viejecitos, sentados en bancos de piedra en derredor de la fuente, me observan, con sus chaquetas gruesas, sus pañuelos en el cuello, sus boinas caladas hasta las orejas para resguardarse del frío. Me tienen por una extraña, no queda en mí rasgo alguno de mi niñez. Carmen se detiene en seco y me señala el nido de cigüeñas que ha visto sobre el campanario. Su gesto me emociona al hacerme rememorar las veces en que papá me explicaba que fue una de ellas la que me trajo a casa. Me agacho para situarme a su altura, le recompongo el lazo del pelo y le advierto con nostalgia que esa es la iglesia en la que me bautizaron. Y me mira ilusionada ante tal descubrimiento antes de correr de nuevo para adentrarse en ella, sin que logre detenerla.
   Apenas ha cambiado. El retablo majestuoso me sigue impresionando, tanto como el silencio que circula bajo sus naves. Piso despacio para no hacerme notar y me siento en el último banco para admirarla en su totalidad. La curiosidad de Carmen la ha hecho perderse entre las imágenes, ante las que se postra con culto y respeto, propio a su edad. A mí me sudan las manos y me tiembla el cuerpo. Y no es por frío. Sino por un presagio que ahora se cumple y que casi me hace llorar.
   Parcialmente escondida tras una columna de mármol del pasillo central, advierto a Carmen que venga hasta mí, con cuidado de no delatarme. Los Santos parecen mirarme, pero me da igual. Los feligreses entran para asistir al oficio, muchos se han acomodado ya. Niños, hombres, mujeres con vestidos de domingo, postura solemne y con un gesto de reflexión cristiana que induce a pensar que jamás pecaron. No como yo.
   Me desplazo hasta un lateral, un par de bancos más allá. Con el corazón palpitando le tiendo a Carmen el pañuelo impregnado en perfume, el que siempre usé para él. Y le pido que se lo entregue, indicándole quién es con una inclinación de cabeza sutil que solo mi hija ha podido apreciar.
   Esteban. Mi amado Esteban.
   No puedo evitar sollozar cuando él la mira perplejo, sujetando sus pequeñas manos, fundiendo sus ojos en los de mi hija, que sin duda alguna ha debido de reconocer. Idénticos a los suyos.
   Yo me he girado para darles la espalda, porque sé que él, cuando reaccione, me buscará. Una anciana a mi lado me mira. Lleva un pañuelo negro enmarcando su rostro y un rosario en la mano. Por un momento detiene sus rezos y me pregunta:
   —¿Se va a usted a confesar?
   Dudo. Y siento que palidece mi tez al pensarlo. Pero tal vez sea momento de quedarme en paz conmigo misma, de volver a casa con el alma apaciguada y con el corazón liberado del peso de los secretos.
  Me levanto despacio, suspirando, entornando los ojos hasta arrodillarme en un lateral del confesionario, con los puños cerrados en torno a mi boca.
   —Ave María Purísima —arranco a decir.
   —Sin pecado concebida —contesta él.
   Su voz me conmueve, me agita, me eriza el vello ante el cúmulo de emociones que despierta en mí. Y a duras penas, con la garganta quebrada, confieso:
   —Me acuso, padre Esteban, de que aún lo amo. De que no lo he olvidado y no podré hacerlo jamás.

©Pilar Muñoz - 2017

4 oct 2017

RELATO: «IRINA».



   Se consumen las horas. Y los días se suceden como un juego de luces a intermitencias, donde la claridad da paso a las sombras en una alternancia que me asusta. No tengo miedo a morir. A este pobre viejo ya solo le aterra el dictado de su conciencia. La que nunca tuvo. O tal vez sí, aunque prefirió no mirarla. No atenderla a pesar de las advertencias a su sinrazón.
   Suspiro a solas, escuchando cómo la vida continúa alborotada tras la ventana, abierta de par en par. No puedo despegar la vista de ella, porque me da el aliento que todavía necesito. El que me falta entre las paredes de esta habitación.
   Sé que debo marcharme con las cuentas saldadas, que la traición es plomo en el alma y pesa en exceso. Pero no es de recibo liberarme de él si con ello causo dolor a la mujer que amo. Dime tú, que me estás leyendo, qué puedo hacer con este duelo, sabiendo que solo uno de los dos habrá de salir indemne: ella o yo.
   Amanda. Mi amada esposa. Mi compañera fiel. Madre de mis hijos, recta, educada, de moral intachable, abnegada y sumisa como una sierva incorrupta. De buena estirpe, complaciente conmigo, atenta con los demás. Pareja y anfitriona excepcional, el orgullo personificado para un juez como yo... Para un juez como yo que exige el deber pero no lo cumple.
   La escucho trastear fuera, manejar las cajas de la medicación que vendrá a suministrarme de un momento a otro. Me mirará con su particular brillo en los ojos y esbozará una sonrisa en la que puede leerse que no le pesa cuidarme. Como siempre hizo. Y a mí se me encogerá el corazón como una uva seca y me repetiré hasta hastiarme que no puedo seguir callando, que no merezco su compasión. Que deberé derramar lágrimas amargas si es preciso, aquellas que no degusté jamás.
   Malditos bríos varoniles que me empujaron a lo prohibido. Que me abocaron al abismo de Irina, con su rizada melena al viento, sus pechos poderosos, su risa alocada e incontenible y sus rasgados ojos negros en los que perderse para no volver. Con Amanda vivía en línea recta y con Irina derrapaba en las curvas hasta sentir vértigo. Amanda era el sosiego y la calma; Irina era ese punto de locura necesario para no dormitar viviendo, para no morir engullido por una rutina aplastante y devastadora. Amanda era casta. Irina era endiabladamente transgresora. Con Amanda me dormía y con Irina me despertaba empapado en sudor, tras un sueño innoble que ella misma provocaba.
   Observo las hojas de los árboles a través de la ventana, percibo la brisa fresca, el aroma de otoño y me embarga la nostalgia. Se me agolpan recuerdos de lo vivido y, con ellos, aflora una sonrisa maliciosa que denota la falta de un arrepentimiento que debería sentir por haberla conocido, por haber mantenido con ella una vida paralela a mi matrimonio durante más de treinta años. Pero no. No lo siento. Me regocijo en su estampa y me digo a mí mismo que gracias a Irina pude soportar el papel que se me exigía en la vida, en mi círculo social, en casa. Ese papel estirado, firme e inflexible como una vara que ella doblegaba como si fuera bambú.
   Aún puedo recordar su olor, la fragancia de su perfume impregnando el pañuelo que solía llevar anudado al cuello y que, de forma maliciosa, introducía en el bolsillo de mi chaqueta para delatarme; las películas eróticas de la sesión golfa que acudíamos a ver con disimulo y a las que ella terminaba dando la espalda, sentada sobre mí; su forma de deslizar los labios por mi nuca, de morder el lóbulo de mi oreja mientras rozaba mi cuerpo con sus pechos desnudos; las caricias en mi sexo con sus cabellos alborotados; los baños en la playa al amanecer, gritando con locura desmedida por la frialdad del agua... Amanda se dejaba hacer si yo lo dictaba, sin estridencias, sin sorpresas, ateniéndose estrictamente al canon moral establecido en su papel de esposa; Irina se pintaba los labios de rojo carmín en el espejo del coche y después, con sonrisa malévola, se sumergía entre mis piernas para dejar impresa en mi sexo la huella del delito. Y yo me volvía loco.
   Pero necesitaba, horas después, la cordura que me devolvía mi mujer, sus masajes en los hombros para rebajar mi tensión, sus preguntas de rutina, su extremado orden vital, al que me sujetaba con fuerza para mantenerme estable tras la marea descontrolada que mi princesa provocaba.
   Amo a mi esposa, siempre la he amado. Pero he estado perpetuamente enamorado de la frescura y vitalidad de Irina, de su sexualidad desinhibida, de su físico exuberante, de su locura, que también era la mía.
   No sé si alcanzarás a entenderme, pero no me importa. La que me importa es ella, Amanda. Confesarle mi traición es tan doloroso como la misma muerte; no la quiero ver llorar. Ni dejar que continúe su vida sintiéndome como un buen esposo cuando no lo fui.
   Podría habérselo dejado escrito, pero eso es de cobardes, y yo... ¿Lo soy?
   El pomo de la puerta cruje, ya está aquí. Ya entra. Me tenso y una pequeña lágrima de angustia escapa y resbala por mi mejilla mientras la miro, con el rostro hundido en la almohada. Ella me devuelve una mirada calma y mece mi alma con su sonrisa, acunándola con ternura. Me acaricia el pelo y coge mi mano; intuye próximo el instante de decir adiós, de desnudarme por dentro para disipar fantasmas.
   Pero no me lo permite. Con dulzura y un halo de dignidad pone un beso en mis labios para acallarme y se le vidrian los ojos, mientras me pregunta:
   —¿Ya te despediste de ella?
©Pilar Muñoz - 2017


5 mar 2017

MICRORRELATO: "FLOR EN EL ESCOTE".



   Prendes una flor entre mis pechos. Su tallo cosquillea mi piel, la araña ligeramente, como si fueran tus dedos los que penetran. Me mantengo expectante al tiempo que me sonríes. Con lentitud, acercas tu rostro a los pétalos para aspirar su aroma. Y también el mío. No me retiro. El  olor dulce de tus cabellos me conquista, amén de tus ademanes. Tú aprovechas que claudico y rozas mi seno con tus labios. Percibo en él la humedad de tu boca. Me estremezco. Un minúsculo beso queda enraizado junto a la flor. Tan sutil que me parece haberlo soñado y me pregunto si es real, o fruto de un deseo excitante que turba mis sentidos. Todo acaba cuando elevas la vista y la clavas en mis pupilas, con una mirada profunda que me sondea como un amante inquisidor. Mi busto oscila arriba y abajo, al compás de mi respiración, empujando el aire que circula por mi garganta seca. Tus ojos destellan y los míos lo reflejan. Mi boca tiembla.
   Reanudas el paso. Te marchas sin mirar atrás. Yo en mi vestido dejo la flor prendida. Su aroma y el tuyo, en mi corazón.

19 nov 2016

MICRORRELATO: "SUS PIERNAS".



   Clavé la vista en sus piernas largas, firmes, torneadas... Y en sus muslos prietos, apetecibles, desnudos ante miradas lascivas como la mía, que delataba el deseo incontenible de mis manos por abrirse paso entre ellos. No podía dejar de observarla. Sus ademanes exquisitos, desbordando sensualidad mientras se perfilaba los labios de rojo carmín, me encandilaron. Como me encandiló su escote, que insinuaba unos pechos perfectos bajo la tela de su vestido. Suspiré entonces al sentirla inaccesible, intocable para quien no la conociera, tan solo imaginable en sueños, al cerrar los ojos.
    Sin esperarlo, una voz susurrada a mi espalda me sacó de mi ensoñación. Me advirtió que tenía precio, que podía comprarla. Mi pulso se aceleró y dinamitó el invisible muro que nos separaba. Excitado, volví a recorrerla entera antes de decidirme a aproximarme a ella. Paseé mis pupilas por su boca, su cuello, sus senos, su vientre, su sexo..., hasta culminar en los delgados tobillos a los que se abrazaban sus zapatos de tacón. La imaginé desnuda y mía, sometida a mi voluntad, con su femenina sensualidad convertida en un trozo de carne destinado al placer.
    No pude contenerme, cegado y nervioso me levanté, frotándome las manos para abordarla y calmar la sed de sexo sobrevenida. Pero en aquel mismo instante, la voz, de nuevo, me susurró a mi espalda, al tiempo que me señalaba a las dos criaturas que, en un rincón de aquella estancia y con los bolsillos vacíos, pacientemente la esperaban para poder comer.
    Perplejo, volví a observarla. Y por primera vez en aquel tiempo reparé en sus ojos, en su rostro... Me acerqué a ella, me senté a su lado y le pregunté el nombre, cautivado por su sonrisa dulce, por su mirada de mujer valiente y digna a pesar de todo.
    Como por arte de magia, su cuerpo dejó de existir.
    Ya solo me interesaba su historia.

©Pilar Muñoz Álamo - 2016.

19 abr 2016

RELATO: "ME CANSÉ".


   Me cansé de soportar tus gritos y tus reproches; tus justificaciones sesgadas y tu admiración a quienes no lo meritaban; tu desmerecimiento a cuanto hacía por considerarlo una obligación...
    Me cansé de soportar tus idas y venidas cuando más te convenía, sin pensar en mis necesidades, ni en mí; de que huyeras de cada problema con excusas banales que apenas creías tú, cuando la razón cierta es que eras incapaz de afrontarlos y mucho menos solucionarlos; de que me culparas de l...
os efectos malévolos sobrevenidos por no haber
sabido resolverlos, cuando nadie me dio instrucciones de cómo hacerlo...
    Me cansé de ejercer de marinero, capitán y timonel de un barco que construimos a medias, soportando las mareas y las tormentas a solas, gozando de una buena compañía tan solo en aguas calmas; de reparar los desperfectos de los avatares del tiempo en su quilla sin que nadie curara mis manos después...
    Me cansé de ser transparente y que no me vieras; de vivir en silencio y que no apreciaras la estela de luz y de orden que a mi paso dejaba; de darlo todo por aquellos a quienes amaba, aguantando la crítica de estar hueca por dentro...
    Me cansé de ver tu espalda y tus oídos cerrados ante las verdades; de sufrir por ser valiente y no quejarme; de estar sola por haber aprendido a ser autosuficiente y no dependiente como lo eras tú...
    Me cansé de besar el suelo ante la opresión de quien tan solo dispone de más voz que yo.

    Me callé. Y tal fue mi perdición. No cubrirme de flores en cada uno de mis actos para tú aspiraras su aroma y apreciaras sus colores... Mi humildad y mi orgullosa madurez me lo impidieron... Y la debilidad de tus sentidos hizo los demás honores.
   No yerra quien no actúa. No se equivoca quien no decide. No se estrella quien no camina. No escucha reproches quien nunca habla, quien jamás defiende sus ideales porque jamás los tuvo.
    Adelante, sigue tus pasos. Yo he decidido cambiar de rumbo. Tan solo espero que no lamentes la perdida de todo aquello que se te ha ido.
    Yo buscaré quien me valore por la riqueza que llevo dentro. La que amasé por lo aprendido, vivido y sufrido.



© Pilar Muñoz - 2016 

7 abr 2016

MICRORRELATO: "EN SUEÑOS".

   He estado buscándote en sueños mientras tú buscabas refugio en los sueños de otra. No huías de mí, no me habías visto. Pero podías sentirme, lo sé. Intuías mi aroma… Y apreciabas en tu piel deslizarse mis suspiros al pasar cerca de ti, como una brisa embriagadora que te nublaba el sentido. No sabes quién soy. Ni siquiera mi nombre. Pero eso no importa cuando las emociones ruedan, cuando nos arrollan y nos descerebran…
   Me aproximo a tu espalda. Ágil. Etérea. Mantengo silencio pero nuestras pieles hablan, claman a voces por sus poros dilatados, amparadas por la desnudez de los sueños que se asemeja a la nuestra permitiéndonos ser libres, sin vestiduras, sin identidad, sin leyes ni normas impuestas contra natura…
   Te agitas, te estremeces cuando mis dedos te tocan. Sonrío. Y entre ellos te tomo preso para llevarte en volandas hasta mis confines, lejos de ella, lejos de todos. Te giras y me miras por primera vez. Mis ojos negros conjuran como hechiceros mientras mis labios te rozan, en un juego de seducción que te atrapa y te excita, que invita a tus pupilas a recorrerme rendidas, impacientes, gritándome agitadas lo que he de hacer…
   Dime… Dime dónde posarás mis manos... Dime adónde arrastrarás mi boca... Dime en dónde cobijarás mi aliento, mis besos… En qué punto de tu cuerpo me permitirás dejarte marca...
   La tuya la llevo impresa. Mordiste mi corazón en el mismo instante en que te conocí al soñar. Y ahí te sentenciaste. Gozarás como jamás gozaste, sentirás como jamás sentiste… Pero ya no volverás. 
© Pilar Muñoz - 2016

27 feb 2016

MICRORRELATO: "MELODÍA DE DESEO".



   Tocas la guitarra mientras me desnudo. Acordes suaves, sentidos. Las cuerdas vibran, al igual que mis manos liberando los botones de mi blusa. Te miro y me dejo caer sobre la cama. La tela se abre y mis pechos emergen, ocultando parte de su voluptuosidad bajo la seda, jugando al escondite con tus pupilas, dilatadas, deseosas. Tu pulso acelerado se sincroniza con el ritmo in crescendo de la melodía. Y las notas que cobran vida en tus manos vienen a acariciarme, a lamer mi piel desnuda erizándola. Puedo sentir el fuego que irradias y me revuelvo. Tu aliento me busca y mis labios se abren. Contoneo mis caderas con levedad y mis muslos tiemblan..., y se distancian uno de otro invitando al eco de tu guitarra a adentrarse en mí, como algo tuyo que tanto anhelo… Te dedico una mirada lánguida, como un reclamo, y te revelo cómo mi cuerpo grita tu nombre, cómo mi sexo derrama lágrimas de deseo humedeciendo las sábanas. Castigas las cuerdas, viertes sobre ellas tu furia contenida, tu excitación compartida con la mía, traducida en gemidos mientras me acaricio a la espera de que las notas mueran… y vengas a mí.
© Pilar Muñoz - 2016

 

19 feb 2016

CON EL TIEMPO...


   Con el tiempo descubres que lo que un día te hizo llorar, te ha hecho fuerte; que lo que antes te ahogaba, ahora solo te oprime; que aquellos desplantes que solían hacerte enfadar, provocan ahora tu sonrisa irónica; que lo que antes te hacía dudar, ahora lo apartas sin despeinarte...

   Con el tiempo descubres que posees la capacidad de trivializarlo todo; que puedes traspasar fronteras con la mirada e interpretar gestos mudos, actuando en consecuencia; que detectas las mentiras... en sus primeras palabras; que aquello que te vendieron como oro puro era un castillo en el aire que no aporta nada...

    Con el tiempo descubres que tu maleta es cada vez más pequeña; que un libro, un café o una charla son valores en aumento; que los minutos son demasiado valiosos para perderlos por un cabreo; que debe preocuparte la delgadez o hermosura de la mente, del corazón, del intelecto o de la imaginación, no la del cuerpo; que apreciar las virtudes de los otros no te hace pequeña, sino grande...

    Con el tiempo descubres que el tiempo pasa, y que por eso has de vivir lento, degustando la esencia de cada minuto, de cada experiencia, de cada acto cotidiano que un día sacrificamos a cambio de alcanzar metas grandes que tal vez jamás conquistamos. Descubres que lo que siempre se te exigió puede no ser lo que te haga feliz; que si vas a contrapié, respetando tu entorno, no sucede absolutamente nada; y que puedes actuar conforme a tus propias normas, porque ya eres indemne a la manipulación que tantas veces te convirtió en víctima…

   Con el tiempo descubres que eres dueña de tu propia vida y que puedes elegir con quien compartirla. Que puedes hacer borrón y cuenta nueva cuando te plazca y en lo que te plazca. Que puedes saltar al tablero de juego y retirarte con la mayor tranquilidad del mundo, sin que la vorágine te absorba, te conduzca y te moldee a su imagen y semejanza…

   Con el tiempo descubres que eres libre. Y que nada hay más bonito que ejercer tu libertad rodeada de un puñado de sinceros e incondicionales afectos. A espaldas de las neuras del mundo. Cuidándote a ti misma. Y a ellos.

    Con el tiempo...
© Pilar Muñoz - 2016

11 feb 2016

RELATO DE SAN VALENTÍN: "ALMAS GEMELAS."



Bajo las estrellas, 14 de febrero…
  
    La vida pasa. Discurre rápida... O lenta, según se mire. Pero no se detiene; como no devuelve lo que a su paso arrastra, lo que se lleva. «Nunca es tarde si la dicha es buena», dicen algunos. Nada más lejos de ser verdad. Las oportunidades vuelan y el destino cuenta. Y no se nos permite dar marcha atrás. 
    He luchado conjurando al tiempo. Descolgándome por las manecillas del reloj para hacerlo retroceder, para descomponer las decisiones que un día nos ataron a otros, al hombre y a la mujer que usurparon el hueco que la vida había moldeado para nosotros. Pero no he podido contra la fuerza de Cronos, ni contra el remordimiento que disecaría en parte mi corazón por arrancar de él las huellas de quien todo lo dio por mí, de quien me juró amor eterno y así lo cumple.
    Volveremos a vernos esta misma noche. Y se dilatarán de nuevo tus pupilas al mirarme, inquiriéndome lo que deseo. Mas no podré esquivar el nudo de mi garganta, evitar el temblor de mis labios ni las lágrimas del alma. Hoy presiento que seré incapaz de modular mi voz para forjar susurros, como siempre hice...
    No me preguntes. Esta noche, no me preguntes. Ámame despacio. Deja que repose en mis ojos tu mirada al tiempo que nuestros labios se rozan, con la timidez de los desconocidos, de la primera vez… Que tus dedos conquisten colinas en mi cuerpo con la emoción contenida de un joven explorador… Que el calor de tu piel electrice la mía, tatuándola con tu esencia para que perdure en mi vida… y en mi alma.
    Ámame despacio. Permite a mis manos memorizar tus curvas y a mis oídos los sentimientos que guardas, y que a ellos susurras… A mi boca despertar tus pasiones como nadie jamás pueda hacerlo, con el amor que siento… A mi pulso acelerarse con lentitud, como una condena dulce que quiero sufrir eternamente…
    Ámame despacio por ser la última vez. Que tus suspiros me acunen mientras mis piernas te abrazan, mientras siento cómo palpitas dentro de mí, rogándote no movernos para mimetizarnos, para fundirnos y ahogarnos en esta pasión imposible que nos está torturando…
    Ámame despacio y que las emociones vuelen, que las lágrimas fluyan… Y que el recuerdo de lo que para mí fuiste me alimente, con la esperanza de un destino que nos vuelva a enlazar.
    Somos almas gemelas con caminos truncados. Perdidas y mal halladas. Sentenciadas a olvidar.




© Pilar Muñoz Álamo - 2016

1 feb 2016

MICRORRELATO: "ESPÉRAME".


   Te miro a los ojos y veo los suyos. Recalo en tus labios y es su boca la que siento que me recorre el cuerpo, mordiéndome con ansia, con desespero. Me fuerzo a imaginar que hago el amor contigo, pero no puedo. Lo intento. Mas no consigo apartar su imagen para gozar de ti, dejar de escuchar su voz. Es demasiado fuerte, poderoso su recuerdo. Me agita, me estremece, me pellizca el estómago cuando lo evoco.
   No, no permito que me toques mientras él permanezca apostado en mi mente. Aun a riesgo de perderte por creer que no te amo, que no te quiero, que pereció mi deseo hacia ti. Aun a riesgo de perderte por no darte explicación. Pero entiende que me mueve protegerte, que es dolor lo que trato de evitarte. Dolor por saber que sus manos dejaron marcas en mi piel contra mi voluntad. Que su boca usurpó mi boca sin pedir permiso. Que su daga osó atravesarme llenando mi rincón íntimo, que solo habías visitado tú. Tiemblo al rememorarlo. Me acurruco y me abrazo para protegerme de una sombra que no me deja vivir, que no me permite entregarme a ti con las luces apagadas ante el horror de confundir qué piel me roza, que me dejó seca por dentro a pesar de tus caricias que siempre me derritieron. No, no permito que me toques mientras sienta la presión en mis muñecas, el ardor de su violencia en mis mejillas, su fuerza bruta entre mis piernas… Mientras el latido de mis sienes sea consecuencia del miedo y no de una agradable excitación.
   Espérame, por favor. Ten paciencia, confío en que pasará.
   Cuando las agujas del reloj hayan dado vueltas sin cesar, moliendo las huellas de su atrocidad, te abrazaré, te devolveré  mi vida entera. Pondré el alma a tus pies para de nuevo ser tu chica. Jovial, apasionada y feliz.
   Como siempre fui.


11 nov 2015

RELATO: "LA PRINCESA DE LOS SUEÑOS IMPOSIBLES."

   Me apresuro a verte. He elegido mi mejor vestido para lucir bonita y he dejado mi melena suelta para que vuelva a enredarse entre tus dedos mientras te hablo, mientras me inunda la luz de tus pupilas que me hace sentir mujer a pesar de mis veinte años. Mi corazón se estremece al escuchar tu voz, palpita nervioso en mi pecho y he de calmarlo posando mis manos en él. Una melodía dulce suena en mis adentros, haciendo valer su capricho de poner música a mis palabras, como en esas películas románticas que alguna vez me llevaste a ver. Murmuran. Sé que murmuran que lo nuestro no es posible. Pero es que yo me siento la princesa de los sueños imposibles, la heroína de mi propio cuento, escrito a la medida de tu amor y el mío, de los sentimientos que me confesaste al tiempo de hacerme tuya.
   Entro en el salón pellizcándome a mí misma en un intento de contenerme, de no saltar a tus brazos para estamparte un beso en los labios delante de todo el mundo, como me apetece hacer; para no gritar, antes de que tú lo sepas, que llevo en mi vientre el latido compartido de tu ser y el mío, como marca indiscutible de nuestra felicidad plena, del comienzo de una vida nueva que acabará por disipar el miedo que ahora siento debido a mi juventud.
   Te das la vuelta. Y espero una sonrisa que me atraiga hasta tus brazos. Que me ampare. Que proteja al fruto de mis entrañas y a quien está dispuesta a darte tierra, cielo y luna. Pero el rictus de tus labios le arrebata su lugar y desata un vendaval de emociones que me aterran. Dejo de respirar e interpreto el mensaje en tus ojos con la angustia apostada en los míos. Me ordenan marchar. Largarme de aquel lugar en el que no queda espacio ni amor para una más. Ellas se arremolinan, te tocan, te piropean y te idolatran. Tú repartes besos, caricias, palabras engalanadas... Y tus dedos juegan con sus cabellos mientras les prometes las mismas dulzuras que aquella noche me prometiste a mí...
   Los colores se desvanecen y el mundo se hunde bajo mis pies al oírles murmurar, como siempre hicieron. Yo camino erguida sin saber adónde. Bajo las estrellas, tal vez... Para poder llorar.  

© Pilar Muñoz Álamo - 2015

17 oct 2015

MICRORRELATO: "RENACER".


   «Vivir» .
   Lo susurras en mi oído y mi tristeza baila, se desboca… Pero insistes, te confabulas con mi mente para acallar un sentimiento que me asola y que me ahoga. No me miro. Golpeo con rabia la luna de cuerpo entero que escupe sin miramiento la nueva imagen que mi nombre ostenta. Me muerdo los labios y mi barbilla tiembla, ante ella y ante ti. Tu corazón de hombre aflora a tus ojos y sus destellos de amor me atraviesan. Pero... no aciertas a comprenderme, lo sé. Porque no puede calibrarse el dolor por la feminidad perdida cuando jamás se tuvo, cuando jamás se sintió.
    Vivir… Percibiendo el vacío de unos senos de mujer ausentes, reducidos a cicatrices; de unos pechos de madre que ya no podrán alimentar una vida después de crearla… Dame tiempo. Segundos, minutos u horas…, días tal vez, para reconstruir mi mundo, para rehacerme a mí misma como aguerrida luchadora que soy. No temas. Viviré. Conquistaré horizontes nuevos a pesar del miedo y el dolor, y mis labios volverán a vestir sonrisas que no cesarán. Pero ahora déjame llorar. Permite que mis emociones se batan en duelo por lo que me arrebataron y no volverá.
© Pilar Muñoz - 2015

8 oct 2015

MICRORRELATO ERÓTICO: "RETRATO A CIEGAS".



   Me ruborizo ante el lienzo inmaculado en el que vas a recrearme. Prometes no mirar mi desnudez y me dejo llevar, nerviosa. Cierras tus ojos. Mi ropa cae. Tiemblo. Tus manos se acercan y tocan mi piel. Recorren mi cuerpo, a ciegas, una y otra vez, hasta memorizar las curvas que trasladarán a la tela portando pintura en los dedos, como pinceles ardientes. Vas y vienes. Me estremezco. Y tú te agitas al apreciar la excitación en mis pechos y en mis rincones secretos. Lanzo un gemido al aire y te apreso, pidiéndote ser musa y además lienzo en el que tu boca trace infinitas pinceladas hasta el amanecer. 

© Pilar Muñoz - 2015.


6 oct 2015

RELATO: "EL PODER DE LA LLUVIA".


   Camino bajo la lluvia. Escucho el murmullo de las gotas al caer, haciendo crujir la hojarasca. El sol ha huido. Y la luz se ha tornado plomiza, tamizada por las nubes grises que usurpan el cielo y el horizonte hacia el que miro. Parpadeo al elevar el rostro, buscando que el agua limpie mis mejillas, que recorra mi piel hasta empaparme entera. Se me adhiere la ropa al cuerpo y parezco estar desnuda en mitad de la nada. Y una sensación de pureza me invade cuando izo los brazos y me acarician regueros de lluvia, como riachuelos recorriéndome de arriba abajo hasta arrastrar mis pecados, las impurezas de mi vida, las tristezas y las penas, las preocupaciones, los remordimientos de conciencia que me provocan suspiros... Camino sin detenerme, observando el barrizal que acoge las inmundicias que yo libero... Y me siento bien. Respiro hondo, muy hondo a través del cabello mojado que cruza mi cara, que besa mis labios. Oxigeno el alma y lloro. Lloro ante lo que parece un bautismo no buscado que me hace renacer. Distingo mis lágrimas por su sabor salado; pero se diluyen, se pierden poco a poco, vistiendo las gotas de lluvia de regusto a mar. Un escalofrío me sacude y me abrazo fuerte. Tomando conciencia de quién soy en realidad. Escuchando un eco en la lejanía que bisbisea que todo es posible... Que todo puede cambiar.
© Pilar Muñoz Álamo - octubre 2015.


29 jul 2015

RELATO: "YO NO VENDO AMOR".

   Con un ligero letargo, acaricié mis piernas para eliminar las arrugas de las medias y estiré un vestido que no daba cabida a un soplo de aire entre su tela y mi cuerpo. Daba gracias a que mi piel podía oxigenarse a través del amplio escote que dejaba gran parte de mis senos al descubierto, asomados al exterior como un poderoso reclamo, como una fruta jugosa expuesta al mejor postor. Y a un largo de falda relativamente escaso que me permitía caminar con soltura, contonearme sobre los tacones y cruzar mis muslos al sentarme bajo la mirada atenta de la hombruna del local.
    Estaba cansada. Los últimos acontecimientos familiares habían hecho mella en mi mente y me habían sumido aún más en un estado de ansiedad difícil de controlar. Necesitaba evadirme, relajarme, pensar... Pero carecía de tiempo, las horas que aquel sábado en la noche ponía ante mí llevaban marcado el sello del euro con aroma a sexo en cada uno de sus minutos. Y no podía dejarlos pasar.
    Le arrebaté a Samuel el vaso de whisky que tenía entre manos y bebí un trago largo para que su amargo sabor me sacudiera y me ayudara a entrar en faena, a fundirme en aquel entorno sórdido y oscuro de cuya decoración mi cuerpo formaba parte. Eché un vistazo rápido, con la habilidad de quien conoce los rincones donde se refugia cada cual, viciado por su carácter, su experiencia o la asiduidad con que nos visitaba. Yupis trajeados, exhibiendo relojes caros y miradas de autosuficiencia, dispuestos a permitirse el lujo de exigir unos servicios que inflaran su ego y su sensación de poder; un grupo de jóvenes envueltos en risotadas nerviosas, abocando a un azorado probable novio a echar su última cana al aire antes de pronunciar su voto de fidelidad eterna; un tipo alto y poco agraciado, con pinta de soltero involuntario, y con un atisbo de impaciencia en sus mejillas por probar la carne ajena para obtener placer; un par de mirones, curiosos con babas y lascivia en los ojos, recorriéndome a distancia, sin demasiada intención de aliviar el calentón de su entrepierna por un dinero del que, se me antojaba, andaban escasos. Y un hombre sentado al final de la barra que no supe ubicar, absorto en el tintineo del hielo al chocar contra el cristal de un vaso que zarandeaba con la conciencia perdida. Respiré hondo. Se me hizo un mundo aventurar cómo transcurrirían los minutos desde la primera insinuación de cualquiera de ellos hasta volver al lugar en el que me encontraba: de nuevo otras manos palpándome con ansia incierta, macerando mi piel, invadiendo mi intimidad bajo un permiso monetario que me obligaba más de una vez a tragar la nausea y dibujar en mi rostro las huellas de un placer fingido que a ellos ni siquiera les importaba; de nuevo otros labios, otra lengua degustándome, dejando un estela de humedad no deseada en mis pechos, en mi vientre, en mis muslos...; de nuevo mi sexo y mi boca a merced de la voluntad ajena... Hice acopio de las dos imágenes más poderosas que me ayudaban a sobrellevarlo -el dinero tan necesario y el rostro de mi primer amor- y las fijé en mi mente a conciencia, al igual que el carmín en mis labios o el tatuaje grabado en mi pecho izquierdo, próximo al pezón, al que abrazaba de forma erótica y tan sumamente atrayente para el cliente de turno.
    Aparté mis preocupaciones y mis miserias y me dispuse a ofrecer lo mejor de mi cuerpo y de mis habilidades sexuales, con una sonrisa embaucadora y dulce en el rostro, con ademanes delicados y sensuales, con la exquisita elegancia que siempre ostenté. No me quedaba otra. Me fijé en el tipo sentado en la barra. Su aspecto agradable no me atrajo tanto como el desconcierto que me provocaba su ignorancia de todo cuanto acontecía a nuestro alrededor. Pareció notar el peso de mis pupilas sobre sus hombros, porque izó la cabeza de manera torcida y me dedicó una mirada. Sonreí al observarlo, sin dejarme intimidar por la seriedad de sus facciones. Hasta que lo vi levantarse y abandonar el lugar en el que llevaba apostado casi una hora.
    Una mano en mi cintura me tensó, no la esperaba. Lucía se había hecho con el control del novio y de su grupo de amigos, la perversión de los jóvenes la excitaba sobremanera. Me volví aparentando una naturalidad perdida y comprobé que el soltero involuntario era quien pretendía acaparar mi atención. Me estiré, al tiempo que Samuel ponía una copa delante de mí. Entonces oí la contundencia de una voz grave a mi espalda:
    —¡Lárgate de aquí, tío, la señorita está conmigo!
    Era el tipo que había abandonado la barra quien lo increpaba.
    —Lárgate tú —adujo el soltero—, yo ya estoy sentado aquí, con ella, y tú acabas de llegar.
    Un cierto nerviosismo me asoló, lo último que necesitaba aquella noche era una pelea de gallos por mis servicios. Debía reconocer que no me apetecía acostarme con aquel tipo, su mano en mi cuerpo me produjo repulsa sin saber por qué, pero preferí mantenerme al margen, si podía cumplir con ambos aquella noche volvería a casa antes de lo habitual. 
    —¿Quién te ha ordenado servirle esa copa, Samuel? —preguntó el de la voz grave.
    —Usted, señor.
    —¿Antes, o después de que este tipo se sentara aquí con ella? —inquirió señalándome.
    Miré a Samuel con una súplica en los ojos que supo entender.
    —Antes.
    Respiré aliviada. El soltero involuntario se escurrió del asiento con desidia y pagó su cuenta con intención de largarse. Entonces observé de cerca a mi nuevo acompañante, el aplomo con el que se desplazaba, como si cada miembro le pesara una arroba, su mirada lánguida, apagada, sus labios rígidos, en un torcido gesto de desgana.
    —Gracias por la copa. Me llamo Mónica —Me presenté haciendo alarde de amabilidad.
    —Roberto.
    —Es la primera vez que te veo por aquí, Roberto. Me alegro de conocerte.
    —¿Por qué?
    Su pregunta me desconcertó. Tardé unos segundos en recuperar el temple para contestar.
    —Hay algo en ti que me ha llamado la atención.
    —Eso se lo dirás a todos, Mónica —dijo, con aspereza en la voz.
    —No, cariño, podría adularte de mil maneras, pero he preferido responder a tu pregunta, sin más.
    —¿Y puedo saber qué es ese "algo" que ha llamado tu atención?
    —Los hombres que acuden a este local vienen con un objetivo claro. Tú has tardado más tiempo de lo normal en desviar la vista de tu copa para mirarme. Y fíjate, te has sentado a mi lado y ni siquiera me has tocado.
    —¿Podía hacerlo?
    Esbozó una sonrisa leve, acompañada de un gesto de sorpresa un tanto cómico.
    —Los roces previos van incluidos en el precio de la copa —advertí—. Y tú has pedido dos, la tuya y la mía. Cuando tengas que abonarla lo entenderás.
    Esta vez sonreí con él, algo en su forma de comportarse distendió mi cuerpo, me relajó.
    —¿Tu compañía y la charla no bastan?
    —Observa con disimulo al engominado que está sentado a tu derecha, en la esquina. No deja de mirarnos. Es un prepotente nato, me temo que si no me abordas te pedirá que le dejes el terreno libre, siempre va con prisas. Y yo... tampoco puedo perder el tiempo, cielo —apunté con un exceso de dulzura en la voz y con cierta pena, por no poder limitarme a una charla que sinceramente me apetecía mantener.
    Roberto se giró en el taburete, situándose frente a mí. Posó una mano con delicadeza sobre mi muslo y con el dorso de la otra recorrió mi mejilla.
    —¿Por qué estás aquí? No eres... como ellas —apuntó, señalando con una inclinación de cabeza a mis compañeras, dispersas por el local.
    Atisbé un deje de compasión en sus ojos y lo miré emocionada, en silencio.
    —No es buena idea que te cuente mi vida. Es mi cuerpo lo que estás comprando —añadí taciturna—, no mis penas. Dime tú qué haces aquí, qué buscas. Tampoco eres... como ellos —advertí imitándolo.
    —Estar contigo. Me apetece estar contigo —adujo tras una pausa, con timidez, con un tono de voz azorado.
    —Entonces acompáñame, en un reservado estaremos mejor.
    Lo invité a tomar mi mano y me siguió hasta adentrarnos en una habitación íntima que nos permitiera tener sexo sin incordios. El halo de respeto y el mimo en su trato hacia mí se me hacían extraños, no estaba acostumbrada a sus movimientos reposados, propios de una pareja sentimental, alejados de la relación típica entre cliente y prostituta. Dejé que tomara las riendas de lo que pretendía hacer conmigo. Roberto cogió su copa y rellenó la mía de la botella de cava descorchada en la cubitera. Me hizo brindar con él, sin dejar de mirarme, sin dejar de acribillar mis pupilas para leerlas. Pasó su mano por mi cintura y recorrió mi espalda atrayéndome hacia él. Aspiré el dulzón aroma de su loción corporal y dejé caer mis labios en su cuello al compás de los suyos sobre mi piel. Noté un calor tibio y me aproximé aún más, acariciando su nuca mientras  permitía a mis senos adherirse a su pecho, buscando que diera rienda suelta a un excitación contenida. O nula. Dudé por un momento qué era lo que no estaba haciendo bien, por qué no encontraba respuesta en su boca y en sus manos a mi provocación, aún no habían osado tocar ninguna parte íntima de mi ser. Hice amago entonces de desprenderme del vestido para mostrarle el conjunto de lencería que debería encender la pasión y la prisa que hasta ahora se hallaban prácticamente muertas. Pero me detuvo.
    —No, espera. Déjame a mí desnudarte.
    Paseó sus manos por mi cuello y descendió a lo largo de mi espalda hasta descorrer la cremallera del vestido en toda su longitud, tomándose su tiempo para deslizar los tirantes por mis hombros y dejarlo caer. Recorrió mi piel desnuda con las yemas de sus dedos, lentamente, insinuando cada curva, tan concentrado en ellas como antes lo estuvo sacudiendo el cristal de su copa en la barra del bar. De nuevo me centré en sus ojos. Me atraía su mirada melancólica, su tibieza, la dulzura impresa en sus pupilas observándome sin lascivia, como si un sentimiento no carnal primara por encima de todo lo demás.
    Lo imité. Mientras él se afanaba en desprender el broche de mi sujetador para vislumbrar mis senos, yo comencé a deshacer la botonadura de su camisa con toda la parsimonia de que fui capaz. La abrí y esparcí un reguero de besos sobre su pecho, apenas rozándolo con los labios, sin la boca perversa que solía utilizar. Noté un escalofrío en su piel y sonreí al haber hallado el camino hasta él. Sosiego. Calma. Ternura. Se detuvo un instante a mirarme, una vez más, para apreciar cómo le dedicaba mis caricias tan acertadamente sin conocerlo de nada. Me liberó de la prenda que oprimía la parte superior de mi cuerpo y exhaló un suspiro de excitación. Rozó mis pechos con las palmas de sus manos y yo acaricie el dorso de las mismas en un gesto espontáneo de asentimiento, de agrado por lo que hacía.
    —Abrázame, Mónica.
    La inflexión en la tesitura de su voz me emocionó. Me apreté contra su torso, rodeando con fuerza su cuerpo, y él me estrechó con sus brazos, uniendo su mejilla a la mía durante unos minutos en los que pude sentir un nudo alojado en mi garganta que jamás había sentido en aquella habitación. Caminé hacia atrás, empujada por él, y me dejó caer sobre la cama, observándome, con temor a tocarme. Le sonreí y asentí, invitándolo a unirse a mí. La forma en que recorrió mi cuerpo y la delicadeza con la que me poseyó no pude describirla como un encuentro carnal. Roberto me hizo el amor y me pidió hacérselo a él de igual manera. Sin ansia, sin prisas desbocadas, sin acometidas ni sacudidas producto de una excitación desmedida. Con sentimiento. No sé si suplantó mi rostro o decidió mantener mis facciones como protagonistas de aquel encuentro. Pero yo puedo, por primera vez, prescindir de la imagen de ese amor primero que siempre me acompañaba para poder culminar cada uno de mis servicios. No tuve necesidad de recurrir a él.
    Roberto se permitió acariciar mi pelo al terminar. Acurrucarme junto a él y besar mis labios con la tibieza de los enamorados mientras seguía indagando, en las profundidades de mis ojos, lo que hacía yo en aquel lugar.
    —Tú también estás sola, ¿verdad? —me preguntó, con el cariño fluyendo por los poros de su piel.
    Se me aguó la mirada. Maldita soledad.
    —¿Qué has venido a buscar, cielo? —volví a preguntar, percatándome de la marca de un anillo circundando su dedo anular.
    —Lo que acabas de ofrecerme. Lo más parecido al amor que debiera existir en toda relación sexual.
    —¿Acaso lo has perdido?
    —Nunca lo tuve. Llevo veinte malditos años practicando un sexo salvaje por exigencias de mi mujer. Ya no puedo más. Necesitaba sentir, emocionarme, dejar que fluyera la ternura que siempre albergué hacia ella y que nunca me permitió expresar.
    El desconcierto se apoderó de mí. En aquel antro jamás me habían buscado con un reclamo sentimental, jamás me habían pedido suscitar emociones que no fueran de índole sexual o prácticas que no estuvieran prohibidas en casa por vergüenza, educación o moralidad. Sentí una fuerte conexión con él. Maldita soledad y maldita la falta de ese amor sublime que te hace convertirte en alguien especial. No fue su cuerpo el que exigió al mío los servicios que yo acostumbraba a ofrecer; fue su corazón el que reclamó al mío aquello de lo que carecía.
   Roberto me agradeció, con el alma reflejada en su rostro, haber satisfecho su necesidad de afecto, de ternura, de amor..., sin ser consciente de que él me había ofrecido a mí tanto como yo a él.
    Lo despedí con un destello especial en mis ojos, con una promesa de amistad futura y... con mi cartera vacía.
    Porque mi cuerpo se vende..., pero mi corazón se regala.    

Pilar Muñoz Álamo - julio 2015.

Lecturas 2018.

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