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2 abr 2019

MICRORRELATO: «AMOR O DESAMOR».

   Todavía no sé si nos quisimos lo suficiente. Si el amor nos duró o fuimos nosotros los que apartamos la vista para preñarla de rosa y seguir viviendo como si fuéramos uno. Si nos dio miedo enfrentar nuestras miradas buscándonos en esa verdad que tanto duele. O fue su profundidad la culpable, la de ese amor pleno que hasta la pasión mata en un derroche de seguridad, de ignorancia mal aplicada, de momentos vividos de espaldas porque ya no había necesidad alguna de conquistar nada.

   Ahora me cuentas tus sueños que yo ignoraba, mientras yo regurgito los míos que un día tras otro me tragué sin darme cuenta. Me pregunto por qué callamos. «Lo hice por ti», será tu respuesta, clavada a la mía. Y ya ves... En ese mundo construido con senderos paralelos se nos esfumaron todos, sin vivirlos, sin disfrutarlos, sin compartirlos. En nombre de un querer amordazado. De un sacrificio absurdo que ha terminado devorando un tiempo en el que está prohibido ir marcha atrás.

   La impotencia me araña el estómago y la pena, la garganta. Quiero revertir un adiós musitado entre dientes. A una vida que es la nuestra, la que pintamos de rosa o, tal vez, siempre lo fue. A una vida que es la mía y que siento que se desliza bajo mis piernas. A una definición de amor que me resisto a creer que fuera errónea, porque la llevo inscrita, desde hace años, en pleno centro del corazón. Tal vez sea yo, que me siento perdida en mitad de la nada. Dudosa, inquieta, asustada... Aunque escuchando el eco de una voz lejana que me recuerda mi deseo interno de volver a casa.
© Pilar Muñoz Álamo - 2019
(Imagen: Pixabay.com) 

17 nov 2017

RELATO: «QUIERO OTRA OPORTUNIDAD».

(Pintura de Ennio Montariello)

   Acudí a mi cita ginecológica como tantas otras veces lo había hecho. Sola. Nunca había sido aprensiva ni tampoco hipocondríaca, al contrario, confiaba en una especie de barrera imperceptible que me brindaba una protección absoluta ante las enfermedades mundanas que otros muchos padecían y que estaba segura de que no me alcanzarían jamás. Solía analizar el rostro de cuantas esperaban ser llamadas por la enfermera de turno, buscando ademanes dolorosos, muecas de preocupación. Intentaba recrear sus historias personales a partir de una palabra, un comentario o el monólogo extraído de una conversación telefónica a medio volumen. Yo parecía estar allí de paso. Diez minutos de consulta y hasta el año siguiente.
   Cuando entré en el consultorio, la doctora me saludó cordial, centró la vista en la pantalla de su ordenador y abrió un par de sobres que contenían los resultados de las pruebas efectuadas dos semanas antes, una citología y una incómoda mamografía, y leyó con pausa el informe escrito que acompañaba a ambas. Me entretuve en mirar los cuadros de las paredes, las fotografías familiares de su escritorio y algunos artilugios dispares a la espera de que ella retomara la conversación.
   —Lidia, pase al fondo y descúbrase de cintura para arriba. Voy a reconocerla.
   Aquella alteración inusual en el orden de las cosas me extrañó. El reconocimiento de las mamas siempre era previo a la recogida de resultados, aunque recordaba que no lo había hecho en aquella última ocasión. Sin decir nada me desnudé y me recosté en la camilla elevando los brazos; ya conocía de sobra la rutina postural.
   La doctora comenzó a palpar mis senos con mayor detenimiento de lo habitual, centrándose especialmente en la zona axilar derecha. Su cara de circunstancia y su mirada perdida mientras insistía en ahondar sus dedos hasta hacerme daño comenzaron a preocuparme.
   —Ya puede vestirse —dijo—. Veo conveniente que le hagan una ecografía mamaria. Vaya con este informe a radiología y espere. Veré si puedo conseguir que se la hagan a lo largo de la mañana.
   —¿Es urgente? —me atreví a preguntar. Ella asintió con la cabeza—. ¿Qué ha visto?
   —Esperemos al informe del radiólogo —espetó con seriedad.
   Salí de la consulta casi sonámbula, con un incipiente cúmulo de contradicciones rondándome la cabeza. «La mamografía debe de ser confusa» —pensé—, «la opresión de las planchas me hacía tanto daño que seguro que debí de moverme sin darme cuenta. Pero, ¿y si han visto algo?».
   Mientras esperaba con paciencia a que gritaran mi nombre, cogí el teléfono para llamar a la oficina y avisar de que llegaría más tarde de lo previsto, o tal vez que no regresaría. Después miré mi agenda, jugué con un bolígrafo viejo que encontré en el bolso, releí los mensajes de móvil de los últimos meses y paseé de arriba abajo por el pasillo del hospital. Cuando entré y aquel doctor comenzó a deslizar el frío artilugio por mi pecho, no desvié la mirada de su inexpresivo rostro ni un solo segundo, deseando hallar un ápice de esperanza reflejado en él. Apenas se molestó en ofrecerme una mínima explicación. Pensé que el hastío de un monótono trabajo había mermado gran parte de su sensibilidad, o quizá fuera que prefería dejar las malas noticias en manos de otros.
   Volví a la consulta de mi ginecóloga y esperé sus instrucciones sobre marcharme o quedarme y escuchar que todo estaba bien, una vez despejadas las dudas iniciales. Pero su leve carraspeo para aclarar lo que de ningún modo estaba obstruido hizo que me reclinara hacia adelante, intentando sacar pecho para afrontar la situación.
   —Tenemos un pequeño problema —anunció al fin—. Los resultados muestran una pequeña masa informe…
   A partir de ahí dejé de escuchar, como si en mi mente se hubiera producido un cortocircuito de seguridad. Selectivamente atendí a ciertas directrices que debía cumplir a partir de ese momento, colándose por las rendijas ciertos términos como biopsia, tumoral o maligno. Ni siquiera sé si albergó dudas sobre una posible benignidad. No la oí.
   Abandoné aquella sala con una tarjeta en la mano en la que tenía anotada mi próxima cita. En la Unidad de Mama del Hospital Universitario. Área quirúrgica. Cirugía externa. La mantuve en mi mano leyendo y releyendo una y otra vez mi nombre y mis apellidos junto a aquel destino que los acompañaba de forma sobrecogedora. No me puse el abrigo, ni fui capaz de colgarme el bolso, ni de sacar mis gafas de sol. Salí a la calle y anduve sin controlar el tiempo ni el lugar de destino, dedicada, en exclusividad, a observar cada rincón del mundo que tenía a mi alrededor y que ahora me parecía no haber visto antes en su totalidad. Una desesperada incredulidad me hizo renegar de que todo aquello fuera verdad, aunque algo en mi fuero interno me hacía sentir que acababa de llegar lo que, inconscientemente, siempre había esperado. ¡Cuántas veces me hice a mí misma la absurda pregunta de por qué tenía tan sumamente corta aquella línea de la mano, la que muchos quirománticos de férreas creencias achacaban a la vida!
   Un autobús de línea escolar pasó por mi lado haciéndome reaccionar y un brote de ansiedad me atravesó de lleno cuando vi sus caras pequeñas pegadas en el cristal. Mis hijos. Fue justo en aquel instante cuando comencé a ser de verdad consciente de lo que aquello podía significar. Entonces arranqué a llorar de manera absurdamente descontrolada. Alguien pasó por mi lado y me preguntó si necesitaba ayuda. La miré con los ojos empañados y estuve tentada de hablarle de mí, pero me contuve, le agradecí el gesto y analicé con detenimiento a quién confiaría mis peores temores ante lo que aún no habíamos confirmado. Pero no encontré a nadie. Mis hermanos ya tenían demasiados problemas que afrontar como para aventurarles un diagnóstico anticipado. Mis padres eran demasiado mayores para darme aliento sin desfallecer primero. Mis hijos eran excesivamente pequeños, provocaría en ellos el temor irracional a verse solos. Quedaba mi marido, mi fiel compañero durante veinte años; sin embargo, estaba tan acostumbrada a verme independiente, a resolver sola mis propios problemas que pensé que este sería uno más. Supongo que en el fondo tenía miedo a que pudiera trivializar la situación de tal modo que me hiciera sentir débil, vulnerable, incapaz de controlar mis sentimientos desbordados inútilmente. Llegué a dudar, en un ataque de confusión, si en verdad le importaría que mi salud se viera afectada de semejante forma.
   Ni familia, ni amistades, ni compañeros. Opté por callar y ahogar el problema, como siempre; resolverlo sola disimulando mis altibajos emocionales, como siempre; engullirlo todo bajo la desesperanza, la tristeza, la apatía, la resignación; como siempre. Una conducta continuada en favor de los demás dejando mi cuerpo, mi mente y mi equilibrio emocional en manos de un destino que no me había sabido ayudar y al que tampoco yo había sabido pedir ayuda. Erróneamente.
   Llegué a casa y mi única meta fue cumplir, lo mejor posible, con mi rutina habitual hasta el día en que debiera hacerme aquella punción. Un nudo se apoderaba de mi garganta cada vez que miraba a mis hijos. ¡Cómo podrían perdonarme el hecho de abandonarlos! Habían sido muchas las ocasiones en que les había prometido que esperaría para marcharme a que se hicieran adultos, a que no me necesitasen. No los podía defraudar. Pero me sentía indefensa ante la situación. Cualquier comentario por su parte que incluyera una planificación del tiempo me ahogaba por dentro. «¿Dónde iremos de vacaciones este año? ¿Me ayudarás cuando vaya al instituto? ¿Qué me regalarás por mi cumpleaños?». Me senté en la terraza intentando desviar mi atención sobre una sarta de pensamientos negativos que no paraba de rumiar en mi interior. Multitud de pequeños hábitos se harían añicos si yo no conseguía detener aquello. Yo llevaba a mis hijos al colegio, les compraba su ropa favorita, estaba pendiente del material escolar, de hablar con sus profesores, de estudiar con ellos, de aconsejarlos. Llevaba las riendas de mi casa, como cualquier otra mujer, velaba por la maltrecha economía y compaginaba mis obligaciones caseras con un trabajo cuyo sueldo disminuiría considerablemente en detrimento de su calidad de vida. Muchas cosas se perderían, y entre ellas yo, aunque una vez más, como de costumbre, volvía a pensar en las repercusiones negativas que mi marcha tendría sobre los demás, pero no sobre mí misma. Entonces adquirí conciencia de cuántas cosas me perdería yo.
   Eché la cabeza hacia atrás y dejé que el sol me acariciara el rostro. El calor me abrazó y el aire meció mi pelo con suavidad. Me sentí viva. Observé el cielo azul salpicado de nubes blancas y disfruté de una estampa que me resultó preciosa, aunque siempre había estado ahí. Fui consciente, de repente, de muchos pequeños detalles que me había brindado la vida y que yo había menospreciado en un alarde materialista inculcado socialmente, y del acervo de menudencias intrascendentes a las que había dado una importancia superlativa sin merecerlo. Lamentos, una colección de lamentos por todo lo que no tuve no me permitió apreciar cuán afortunada podría haber sido hasta el momento. Y ahora lo sabía. Ahora que podía perderlo, supe que siempre estuvo al alcance de mi mano sin que la venda de mis ojos me permitiera tocarlo. ¡Qué forma más imbécil de perder el tiempo!
   A duras penas conseguí llegar hasta la fecha de la biopsia. Los dos últimos días había permanecido especialmente irascible. La incertidumbre de lo que pudiera pasar era una losa más pesada de soportar que el diagnóstico negativo en sí. Al menos eso me permitiría tomar cartas en el asunto, coger el toro por los cuernos y avanzar con valentía. Pero esa espera paciente de los acontecimientos me estaba matando, nunca había pasado por estados de ánimo tan dispares en tan poco tiempo. De la incredulidad a la negación. De la negación al miedo. Del miedo a la desesperanza. De la desesperanza a la indefensión. De la indefensión a la tristeza. Y de la tristeza a la ofuscación por no haber sabido vivir la vida, mi vida, por haber optado por centrar mi preocupación en la grasa de mis caderas y de mis muslos cuando aquello distaba mucho de ser una enfermedad, por no haber podido viajar en primera clase cuando una excursión en bici campo a través bien podría haber sido una experiencia de lo más reconfortante, por no tener una televisión de gran tamaño cuando una distendida charla con buenos amigos enriquecen más el alma. Decidí con firmeza que jamás volvería a ser así.
   Me levanté aquella mañana fingiendo que iba a trabajar. Dejé a mis hijos a las puertas del colegio después de haberme despedido de mi marido con un beso en los labios que me supo especialmente dulce y me personé a las puertas de los quirófanos con media hora de antelación. Todos los allí presentes estaban acompañados, menos yo, pero no busqué culpables ajenos en esa ocasión. La consciente decisión de aislarme había sido mía y sólo mía; incomprensiblemente o no, había sido yo quién había decidido vivir la experiencia en soledad. En un par de horas estaba de vuelta en casa. Regresé en un taxi y me acosté no sin antes haber dejado una nota diciendo que me encontraba mal por un vulgar enfriamiento invernal. Una simple excusa para poder mantener el reposo absoluto de veinticuatro horas prescrito por el médico.
   Tardé tres días en levantarme y necesité unos cuantos más para insuflarme un aliento positivo que me ayudara a darme cuenta de que aún estaba aquí, de que había mucho por hacer y poco tiempo que perder. Una de las consignas morales que acostumbraba a dar a mis hijos afloró a mi mente como un resorte: «Puedes conseguir todo lo que te propongas, sólo tienes que quererlo firmemente». En aquel momento decidí vivir, tirar por la borda las banalidades, las cuestiones superfluas que nos limitan actitudinal y materialmente y replantear mi vida para poder vivir. Así de simple.
   Volví a la consulta de mi ginecóloga sintiéndome otra persona. Aterrada, pero con la divina sensación de observar la escena desde un lugar ajeno a mí misma. Intocable, invulnerable, fuerte. La doctora me brindó una sonrisa plácida y reconfortante, incluso se permitió abrazarme.
   —Es benigno —anunció.
   Suspiré, la miré y le devolví una sonrisa franca. Mi pobre interpretación de la quiromancia me había gastado una broma pesada; miré mi línea de la vida en la mano equivocada. Aun así, ya no volvería a ser como antes. A pesar de todo y de todos.
©Pilar Muñoz - 2011
(Relato incluido en el libro «Ellas También Viven. Relatos de Mujer - Ed. Círculo Rojo) 

17 jun 2016

MIEDO.


Miedo…

   A la responsabilidad, al futuro, a las decisiones por tomar y a sus nefastas consecuencias, a que se torne incontrolable lo que ahora, ilusamente, nos parece controlar…
   Miedo a que recaigan sobre nosotros las culpas de lo que hicimos sin instrucción previa, de aquello que construimos por intuición; a que se nos crucifique por un error obviando aciertos; a convivir con la recriminación, sin halagos merecidos que la suavicen…
   Miedo a lo que nos viene impuesto, al veto, a la falta de escapatoria, a aquello que nos domina anulándonos la voluntad, a los bajos de cada ciclo vital…
   Miedo al dolor físico y emocional, a las pérdidas sentimentales que resquebrajan el corazón, a la soledad sobrevenida de la mano de la incomprensión, de la ignorancia, de la exigencia imposible de satisfacer…
   Miedo a las miradas reprobatorias de aquellos a quienes amas, a no soportar las cargas que recaen sobre nosotros sin petición previa y que no podemos esquivar, a no contar con un hombro en el que llorar o un rostro amigo al que hablar…
   Miedo a darlo todo, a vaciarnos por entero en favor de los demás hasta quedarnos huecos, para terminar desmoronándonos sin que nadie nos recoja, ahogados por las lágrimas del alma…
   Miedo a ser humanos, estrictamente humanos… Pero no a vivir.

   La vida es un reto. Puedes esconderte o plantarle cara, a pesar del miedo, haciendo gala de valentía. No se equivocará quien no decida.  No caerá quien no camine. No correrá riesgos quien no experimente. No sufrirá quien no luche a pecho descubierto ante los avatares del mundo. No lucirá cicatrices quien solo se cuide a sí mismo, obviando a los demás. No se verá acusado quien jamás tome las riendas de la situación, asumiendo su responsabilidad... Pero tampoco vivirá.
   Terminará siendo un cuerpo errante que  transita por la vida con el alma y el corazón muertos.




18 mar 2014

MINI RELATO: "SI TE ME VAS"

   "Deambulo a los pies de tu cama con la mirada perdida, atravesando el vacío, posando mis pupilas sobre las motas de polvo que en el aire bailan luciendo una iridiscencia prestada por el sol, por un rayo de sol tenue filtrado a través de una ventana abierta a un mundo del que reniego. Sujeto los varales gruesos que te cercan para no caerte y los aprieto hasta que el albor de mis nudillos comienza a tornarse púrpura por la rabia contenida, por el dolor intenso que me parte en dos. La oquedad de mi estómago me aprisiona, no puedo respirar. La congoja es tan intensa, tan atenazante, que la siento manar por mis sienes, por mis ojos desorbitados que me resulta imposible cerrar. No puedo dejar de observarte, intentando atisbar un resquicio de energía en tu cuerpo tan pequeño, tan vulnerable, colmado de laxitud. Por un momento miro al cielo e increpo furiosa a la entidad desconocida que osa llevarte cuando fui yo la que te dio la vida, le grito desposeída que me dé una explicación mientras cierro los puños y clavo mis uñas en las palmas de mis manos, impotente de sentirme burlada por un destino cruel que no tiene derecho alguno a arrebatarme el sentido de vivir. Porque eres tú, mi niño, eres tú el que mueve cada segundo de mi existencia, cada gota de sudor vertida para darte lo mejor, cada átomo de aliento exhalado al aire para cuidarte, para hacer de ti el hombre que siempre mereciste ser. 

   Giro mis muñecas y adivino el camino por donde serpentea mi sangre, la que antaño te trajo aquí. La que me sigue dando el hálito de vida que me mantiene. 

   Giro mis muñecas. Y adivino el camino exacto que será amputado si te me vas."
 (Relatos de Mujer - 2014).

19 mar 2013

EL CARRUSEL DE MI VIDA

   La vida es un carrusel que gira sin detenerse. A ritmo desigual, para ti, para mí, para cualquiera que aún sea capaz de recoger un átomo de oxígeno con que llenar sus pulmones para poder vivir. O tal vez, sobrevivir. Sólo sobrevivir.

   No somos conscientes de su velocidad, que no es otra que aquella que nosotros mismos le imprimimos con nuestras exigencias, con nuestro afán de superar metas que trascienden a lo esencial,  y que van mucho más allá de los elementos básicos que nos reconfortan en alma y el corazón, que nos dan lecciones de vida, de moral, de solidaridad, de superación... Siempre queremos más. Y más. Y más. Alcanzar la cima y el éxito material, que no personal. Obtener el reconocimiento ajeno, que no el propio. Engordar nuestro ego sabiéndonos vencedores. Pero vencedores… ¿de qué? Yo misma respondo: de los logros que dejaremos aquí, enmarcados tal vez en el recuerdo de quienes permanezcan subidos al carrusel de la vida cuando la fuerza centrífuga nos haga bajar a nosotros, o cuando nuestras fuerzas estén tan debilitadas que ya no podamos seguir empujando el tramo ínfimo que ocupamos en él. Pero ahí quedarán, como parte del mobiliario que lo decora, sin que podemos cargarlos a la grupa de ese espíritu que flotará algún día construido por su bagaje particular de lecciones aprendidas, de obstáculos superados, de errores reconocidos y asumidos con humildad.

   Hay veces en que unas simples palabras esbozadas a tiempo, una simple frase leída en cualquier lugar, una imagen percibida por una retina especialmente sensible en un día concreto constituyen el empujón que nos hace reaccionar, detenernos, frenar en seco, observar y meditar. ¿Cuántas vueltas inútiles estamos dispuestos a dar para llegar al mismo fin? ¿Y a qué velocidad nos proponemos girar, sabiendo que la prisa es una enemiga acérrima  del placer de los sentidos y una aliada perfecta en el arte de obviarlo todo, de pasar por alto los detalles trascendentales de cualquier escena, de impedir el disfrute de lo sencillo, de lo que siempre estuvo ahí y nunca vimos?

   Hoy he frenado. He vuelto a mirar lo que nos brinda la vida en esencia pura y me he preguntado cuánto de ella he absorbido yo hasta este momento, y que pueda llevarme cuando me apee del carrusel de color en el que estoy subida. Y he visto que aún me queda muchísimo por abrazar, y que gran parte de todo ello no está precisamente en el camino por el que circulo. No quiero abandonarlo, pero tal vez haya que dar con paso tranquilo un pequeño rodeo de vez en cuando. O un poco más a menudo que sólo de vez en cuando.

Lecturas 2018.

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