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17 jun 2016

MIEDO.


Miedo…

   A la responsabilidad, al futuro, a las decisiones por tomar y a sus nefastas consecuencias, a que se torne incontrolable lo que ahora, ilusamente, nos parece controlar…
   Miedo a que recaigan sobre nosotros las culpas de lo que hicimos sin instrucción previa, de aquello que construimos por intuición; a que se nos crucifique por un error obviando aciertos; a convivir con la recriminación, sin halagos merecidos que la suavicen…
   Miedo a lo que nos viene impuesto, al veto, a la falta de escapatoria, a aquello que nos domina anulándonos la voluntad, a los bajos de cada ciclo vital…
   Miedo al dolor físico y emocional, a las pérdidas sentimentales que resquebrajan el corazón, a la soledad sobrevenida de la mano de la incomprensión, de la ignorancia, de la exigencia imposible de satisfacer…
   Miedo a las miradas reprobatorias de aquellos a quienes amas, a no soportar las cargas que recaen sobre nosotros sin petición previa y que no podemos esquivar, a no contar con un hombro en el que llorar o un rostro amigo al que hablar…
   Miedo a darlo todo, a vaciarnos por entero en favor de los demás hasta quedarnos huecos, para terminar desmoronándonos sin que nadie nos recoja, ahogados por las lágrimas del alma…
   Miedo a ser humanos, estrictamente humanos… Pero no a vivir.

   La vida es un reto. Puedes esconderte o plantarle cara, a pesar del miedo, haciendo gala de valentía. No se equivocará quien no decida.  No caerá quien no camine. No correrá riesgos quien no experimente. No sufrirá quien no luche a pecho descubierto ante los avatares del mundo. No lucirá cicatrices quien solo se cuide a sí mismo, obviando a los demás. No se verá acusado quien jamás tome las riendas de la situación, asumiendo su responsabilidad... Pero tampoco vivirá.
   Terminará siendo un cuerpo errante que  transita por la vida con el alma y el corazón muertos.




11 abr 2016

CUANDO ESCRIBIR SE CONVIERTE EN UNA NECESIDAD.

   Escribir me emociona. Es como abrir una ventana al exterior, en tu propio cuerpo, para expresar y dejar escapar esas porciones de vidas ajenas creadas de manera ficticia, con todo un cúmulo de sentimientos envolviendo cada escena, con un mensaje subliminal que transmitir y, tal vez, con la inquietud personal de abrir los ojos o reorientar la perspectiva visual, con respecto a algún tema, de aquel que te leerá. Entrar en la mente de los personajes, pensar como ellos, sentir como ellos, vivir como ellos para poder darles voz crea adicción. Hasta el punto de que aquello que comenzó como una mera afición, termina por convertirse en una necesidad. La que siento ahora.

   Pero si las emociones crecen, si esa dependencia hacia la escritura crece, también lo hacen los miedos. Bonita inocencia la que nos acompaña al inicio del camino. Bonita ignorancia que nos permite dar pasos hacia adelante sin temor, sin el miedo de quienes ya conocen lo que les acecha al avanzar. Porque siendo "niños" no ha lugar a pensar en los sinsabores, en los desengaños, en las promesas incumplidas, en la impotencia de tener que sortear obstáculos ajenos a la verdadera razón de ser de lo literario, en los intereses, en las envidias, en las injusticias... Partimos con el raciocinio y la plena conciencia de que serán nuestras limitaciones propias, nuestro proceso de aprendizaje, nuestra propia inspiración, nuestro saber hacer, nuestra capacidad de trabajo, nuestra constancia, nuestro empeño por perfeccionarnos, nuestros conocimientos literarios o narrativos los que nos marcarán el camino y el ritmo de nuestro avance, ignorando la primacía real de todo lo demás. Lo cual termina manchando el disfrute y el placer por contar historias si no eres capaz de tomar distancia de vez en cuando para volver al origen, para volver a ser consciente de que por mucho que guste vender (que te lean), escribir sigue siendo la parte más placentera de todo el proceso.

   Nunca me cansaré de decir que la publicación de mis relatos la viví como una experiencia sublime que muy probablemente no se repetirá; mi mente era una tábula rasa, ajena a los entresijos del mundillo literario. Tras ellos vino "Los colores de una vida gris", mi primera novela, autoeditada, mi prueba de fuego, la obra más compleja de las tres escritas hasta el momento. Con ella viví la experiencia de Amazon y el ser dueña y señora de todas las decisiones que acompañaron a su nacimiento, puesta de largo y difusión pública. Y por último, "¿A qué llamas tú amor?", una obra menos compleja a nivel estructural, pero complicada y profunda en cuanto al fondo y, probablemente, la mejor escrita de las tres. Con ella he podido conocer más de cerca los aspectos de la edición convencional, aquella en la que se le ceden los derechos a una editorial para que la difunda, la distribuya y la venda.

   Mi vida "literaria" comenzó en marzo de 2011. Tan solo han pasado cinco años, que a mí me parecen diez por su intensidad, por sus vivencias, pero sobre todo, por la experiencia, por los conocimientos y por todas las sensaciones recogidas e impresas dentro de mí a lo largo de ese tiempo. Y ahora, tras más de un año sin poder abordar proyecto alguno, he comenzado a poner las primeras piedras del siguiente, pero con un sentimiento muy distinto: el de satisfacer mi propia urgencia y mi propia necesidad de escribir, acompañadas por el desencanto ante la idea de publicar. 

   Las malas lenguas dicen que habla así -y que siente así- quien no ha podido alcanzar el éxito por falta de capacitación :)   

   No lo voy a discutir. El tiempo o, quién sabe qué, me lo dirá.

   Ahora quiero disfrutar.







19 feb 2016

CON EL TIEMPO...


   Con el tiempo descubres que lo que un día te hizo llorar, te ha hecho fuerte; que lo que antes te ahogaba, ahora solo te oprime; que aquellos desplantes que solían hacerte enfadar, provocan ahora tu sonrisa irónica; que lo que antes te hacía dudar, ahora lo apartas sin despeinarte...

   Con el tiempo descubres que posees la capacidad de trivializarlo todo; que puedes traspasar fronteras con la mirada e interpretar gestos mudos, actuando en consecuencia; que detectas las mentiras... en sus primeras palabras; que aquello que te vendieron como oro puro era un castillo en el aire que no aporta nada...

    Con el tiempo descubres que tu maleta es cada vez más pequeña; que un libro, un café o una charla son valores en aumento; que los minutos son demasiado valiosos para perderlos por un cabreo; que debe preocuparte la delgadez o hermosura de la mente, del corazón, del intelecto o de la imaginación, no la del cuerpo; que apreciar las virtudes de los otros no te hace pequeña, sino grande...

    Con el tiempo descubres que el tiempo pasa, y que por eso has de vivir lento, degustando la esencia de cada minuto, de cada experiencia, de cada acto cotidiano que un día sacrificamos a cambio de alcanzar metas grandes que tal vez jamás conquistamos. Descubres que lo que siempre se te exigió puede no ser lo que te haga feliz; que si vas a contrapié, respetando tu entorno, no sucede absolutamente nada; y que puedes actuar conforme a tus propias normas, porque ya eres indemne a la manipulación que tantas veces te convirtió en víctima…

   Con el tiempo descubres que eres dueña de tu propia vida y que puedes elegir con quien compartirla. Que puedes hacer borrón y cuenta nueva cuando te plazca y en lo que te plazca. Que puedes saltar al tablero de juego y retirarte con la mayor tranquilidad del mundo, sin que la vorágine te absorba, te conduzca y te moldee a su imagen y semejanza…

   Con el tiempo descubres que eres libre. Y que nada hay más bonito que ejercer tu libertad rodeada de un puñado de sinceros e incondicionales afectos. A espaldas de las neuras del mundo. Cuidándote a ti misma. Y a ellos.

    Con el tiempo...
© Pilar Muñoz - 2016

4 may 2015

NOVELA PESADA O LIGHT. ¿Y LOS TÉRMINOS MEDIOS, FUNCIONAN?



   No pretendo en esta entrada hacer una análisis exhaustivo de los gustos literarios de los lectores, de sus tendencias a la hora de elegir o de sus criterios a la hora de valorar una novela. Simplemente quiero plasmar una reflexión que no sé si será acertada, pero que me asalta últimamente a raíz de lo que leo y veo en la blogosfera, en plataformas literarias y en los mundos de Facebook.

   Y es que me sorprende enormemente el grado de exigencia tan dispar que se le pide a unas novelas y a otras para catalogarlas bien, para hablar bien de ellas o para recomendarlas (obviando que tal hecho pueda estar influenciado por el nombre del autor, cosa que no voy a entrar a valorar aunque en ocasiones pudiera ser la causa).

   La lógica me dice que los mayores halagos literarios deberían ir a parar a los grandes novelones, a esas obras bien escritas, bien tramadas, bien desarrolladas, con personajes profundos y bien perfilados, con una ambientación y documentación impecables. Y a partir de ahí, hacer decrecer esa buena valoración crítica hasta llegar a las novelas ligeras, a las que te hacen pasar un buen rato sin ningún otro ingrediente que no sea el mero entretenimiento y las buenas ocurrencias del autor. Las valoraciones intermedias serían dadas a esas otras novelas situadas a caballo entre las dos, con mayor calidad literaria que estas últimas pero sin que lleguen a alcanzar la cota de los grandes novelones.

   Pero no. La experiencia me dice que, en este caso, parece que los extremos son los que valen y que los términos medios caen al fondo de la nada por el peso de la crítica, como una parábola, como una comba en forma de U. Y después de darle unas cuantas vueltas al asunto, creo adivinar que la razón está justo en las expectativas que nos formamos, y que es el grado de consecución y de cumplimiento de estas expectativas las que marcan muchas veces nuestra valoración de una novela.

   El lector busca implicarse o desintoxicarse. Que le obliguen a ser parte activa en la novela o que le entretengan sin que hagan a su mente trabajar. Que le sumerjan en la trama y le sacudan, o que evaporen sus penas y sus preocupaciones con asuntos triviales y divertidos que le sirvan de terapia para desconectar. Y en función de eso eligen. Y en función del resultado valoran. Así nos encontramos con novelas del género chick-lit, de humor desenfadado o románticas light, por ejemplo, que sin tener una trama trabajada, trasfondo, una ambientación mínima o ni siquiera unos personajes medianamente profundos son mejor valoradas que muchas otras de mayor calidad, simplemente porque han conseguido con nosotros el objetivo que buscábamos (y que conste que no tengo nada en contra de estos géneros, creo que también se pueden escribir buenas novelas dentro de ellos, pero no todas lo son). Por el contrario, cuando queremos implicarnos, cuando buscamos algo de más peso, más nos vale toparnos con un novelón o tenderemos a sacarles defectos por todas partes aunque literariamente sean bastante mejores que estas otras de puro entretenimiento. Y como muestra, la comparativa de estrellas e iconos varios entre unas obras y otras que encontramos en distintas plataformas literarias o en los blogs.

   Pesada o light, he ahí la elección. Los términos medios parecen no llegar a tan buen puerto, porque el espíritu crítico tiende a cebarse con ellas en mucha mayor medida. Y creo que algunas editoriales esto lo saben muy bien.

   Pero vosotros decís. Vosotros opináis. Esta es mi impresión a raíz de críticas y valoraciones que leo cuando busco una próxima lectura y lo que encuentro después. Aunque igual estoy equivocada, por supuesto, todo puede ser.

13 mar 2015

"AMELIA, CAFÉ AMARGO" de NORAH COELHO.



SINOPSIS: 

Amelia, a sus 45 años, está a punto de redescubrir el sexo. Encerrada en una rutina sin sentido, cayendo de un trabajo a otro cada vez más abajo y casada con un hombre que la maltrata, se ha acostumbrado a tomar el café amargo, como la vida misma. Lo que no sabe es que basta con poner un poco de azúcar para que la percepción del mundo cambie. Un abogado diez años menor que ella le hará ver las cosas de otra manera. Convertida en su amante, sin explicaciones y sin promesas, encontrará en esta aventura el camino hacia su autoestima.







   Hay muchas formas de masacrar el amor, de masacrar una relación e incluso nuestra propia vida cuando la pareja nos engulle y nos devora convirtiéndonos en nadie, en nada. En muchas ocasiones, la falta de proyectos comunes, la desatención mutua, la ausencia de comunicación o de entendimiento, incluso de dedicación puede hacer que se fracture la convivencia amorosa que un día iniciamos en compañía de nuestra pareja. En otras, su muerte —y la nuestra— llega sin que nos demos cuenta, como una losa que nos va aplastando día a día mermando nuestra capacidad para hacernos ver, para hacernos valer ante nuestro igual y ante la vida, desdibujando la imagen que tenemos de nosotras mismas hasta convertirla en un borrón que pasa desapercibido y que se nos antoja despreciable, subyugadas bajo los pies de quien se erige como nuestro dueño y señor aprovechándose de nuestra impasibilidad, de nuestro miedo, de nuestra falta de valor. Observamos la forma de vida de nuestras congéneres como testigos de un paisaje vivo tras un cristal al que no podemos acceder, que creemos imposible de disfrutar en nuestras circunstancias, sintiendo en nuestro fuero interno la impotencia de vernos encerradas en una vida anodina que no somos capaces de abandonar. Hasta que un detonante estalla en nuestras narices, normalmente de manera casual. Una explosión que nos hace reaccionar, preguntarnos a nosotras mismas por qué toleramos que todo discurra así, cuestionarnos hasta qué punto somos realmente merecedoras de cuanto nos sucede. Y es entonces cuando sentimos la soledad abrumadora que nos acompaña a diario aunque estemos rodeadas de gente, cuando analizamos al detalle las actitudes de quien dice amarnos y empezamos a sopesar si su valía es una falacia alimentada por la derrota a la que nos somete para que no le hagamos sombra.

   Tal es la situación de Amelia, tales son sus sentimientos. Presa de un matrimonio muerto encabezado por un hombre primitivo, déspota, rudo, indiferente, que la somete a un desprecio permanente anulándola como mujer. Y que la aboca, por una cuestión circunstancial, a probarse a sí misma, a dejarse llevar por su necesidad de asegurar que a sus cuarenta y cinco años todavía merece vivir en plenitud, disfrutar de sí misma y de lo que es capaz de dar (que es mucho), así como ser correspondida, a quererse y gustarse para poder enfrentarse al mundo con otro temple, con la predisposición de la que haces gala cuando te ves a la altura de lo que existe fuera de tu encierro habitual, cuando descubres que no hay nada en ti de lo que avergonzarte y por lo que ocultarte, en contra de lo que te han hecho sentir durante años y años; a recuperar la autoestima a través de la búsqueda, en este caso, de la pasión que le falta —más que del amor—, de ese revulsivo estimulante que ofrece lo prohibido y que se convierte en un soplo de aire fresco en su vida hundida, haciéndole constatar que aún le queda mucho por decir como mujer, a todos los niveles.

   “Amelia, café amargo” es una novela catalogada dentro del género erótico, pero yo no la considero así. A lo largo de la misma aparecen escenas de sexo explícito, pero contadas con elegancia, con sutileza, sin recrearse en exceso en los detalles, o al menos no en mayor medida de lo que pueden describirse en cualquier novela romántica que vaya más allá del primer beso de una relación sexual. Y no es este aspecto su razón de ser principal, sino un complemento, por eso me ha gustado más. Es su grado de intimismo, su reflexión, los sentimientos que vierte sobre el papel, la escenografía vital tan real que plasma la novela en torno a Amelia lo que prevalece por encima de todo.

   Tengo que decir que "Amelia, café amargo" me ha gustado en mayor medida de lo que pensaba inicialmente, que la he devorado porque es extremadamente fácil de leer, con frases cortas, sencillas y ritmo ágil, a pesar de ese grado de intimismo con el que siempre se corre el riesgo de ralentizar la narración. 

   Norah Coelho ha escrito una novela con regusto amargo, como su título, pero real. Huye de las utopías y del romanticismo novelero y fantasioso para desgranar una estampa de vida rutinaria, triste y hasta cruel que muchas mujeres afrontan día a día. La novela nos acerca a ellas y a sus sinsabores, a los conflictos mentales producidos por el daño psicológico sufrido y a la sensación que se prolonga en ellas a lo largo del tiempo haciendo de la suya una experiencia de vida lineal y monótona, casi acabada, sin altibajos, sin despuntes de ilusión y de emociones dignas de sellar buenos recuerdos, dejadas llevar por la resignación, por la apatía y por la falta de valor que te produce la imagen pobre, desmejorada e inútil que te han obligado a forjarte de ti misma. Pero con la esperanza  de que todo es posible, de que todo puede cambiar, con la convicción de que “cada persona puede crear sus propios momentos dulces” para renacer y reconstruirse, y con la consigna de que hay que tomar decisiones y elegir nuestro propio futuro sin dejar que la vida nos arrastre. 

   “Toda mujer debería tener derecho, al menos, a un recuerdo feliz durante su vida, derecho a un recuerdo que pudiera dar título a una película”. (Amelia).

19 feb 2015

SENTIMIENTO DE MADUREZ.

   Paseo por Facebook, recorro las noticias que saltan en internet, leo la prensa, miro de reojo lo que aparece en televisión (aunque no mucho, lo reconozco), lo que sucede por la calle, en la oficina, en cualquier parte..., pero sobre todo escucho lo que la gente habla, lo que comentan en relación a todo lo que sucede, analizo aquello por lo que pelean, por lo que luchan, observo cuáles son sus prioridades, a qué dan importancia, por qué trofeos son capaces de perder a los amigos de siempre…
   No es nuevo el sentimiento que me invade a raíz de todo ello, ya me asaltó con fuerza al cumplir la cuarentena, una especie de línea imaginaria que me sacudió y me hizo temer cómo la afrontaría y que, sin embargo, se ha convertido en la etapa de mi reafirmación a nivel personal. Nunca tuve las cosas más claras, para bien o para mal.
   “Los colores de una vida gris” surgió al traspasar ese límite y como respuesta inmediata a ese sentimiento con respecto al mundo, a la vida en general, a la sociedad en que nos han insertado y con la que debemos torear. Y su argumento y su trama (creo que ya muchos lo habrán deducido) no deja de ser en parte un reflejo de mi reacción ante lo que no me gusta, de mi inconformismo ante ciertos cánones, valores, imposiciones, estatutos, normas inmorales o autoimposiciones absurdas condicionadas por los demás. Y de mi deseo de hacer valer la importancia de la amistad, de lo sencillo, de cualidades como la fortaleza, la humildad, el esfuerzo, el tesón, la ayuda mutua..., de dejar patente que la felicidad se consigue en cada minúsculo instante que conforma nuestras vidas y, muchas veces, con las mínimas exigencias. He admirado a muchas personas a lo largo de mis años por la manera en que han llevado a la práctica todo esto.
   Al poco de terminar la novela encontré un escrito en internet que ya recordaba haber leído en alguna ocasión, pero que me impactó especialmente por reflejar casi, casi a la perfección mi forma de sentir en aquel momento, que no es otro que el que sigo teniendo hoy. Y el que reivindico.
   Lo guardé en la carpeta, junto a toda la documentación manejada para la novela, por si alguna vez tenía ocasión de presentarla en público y quería expresar el estado emocional que me sirvió de motor para escribirla. Pero no ha sido así. Paula no ha podido pasearse por ninguna sala, pero sí que ha visitado ya cientos y cientos de hogares. Más de mil. Por eso hoy quiero reproducir lo que aún guardo, lo que en su día escribió Mario de Andrade bajo el título “El valioso tiempo de los maduros”, para que aquellos que hubieran querido acompañarme en esa cita conozcan algo más de la trastienda humana de la novela.
  
   No sé a qué edad se refería él con el término “maduro” y admito no haber echado las cuentas para averiguarlo. Tal vez tenía más años que yo y yo haya “envejecido” pronto, pero así lo siento. Tal cual.


"EL VALIOSO TIEMPO DE LOS MADUROS"
Mensaje de Mario de Andrade 
(Poeta, novelista, ensayista y musicólogo brasileño)

 "Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora...
Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.
Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.
No tolero a maniobreros y ventajeros.
Me molestan los envidiosos que tratan de desacreditar a los más capaces para apropiarse de  sus lugares, talentos y logros.
Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo. 
Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.
Quiero la esencia, mi alma tiene prisa... Sin muchas golosinas en el paquete...
Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reír de sus errores.
Que no se envanezca con sus triunfos.
Que no se considere electa antes de hora.
Que no huya de sus responsabilidades.
Que defienda la dignidad humana.
Y que desee, tan sólo, andar del lado de la verdad y la honradez.
Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente que sepa tocar el corazón de las personas….
Gente, a quien los golpes duros de la vida le enseñaron a crecer con toques suaves en el alma.
Sí, tengo prisa, pero por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.
Pretendo no desperdiciar parte alguna de las golosinas que me quedan… Estoy seguro que serán más exquisitas, que las que hasta ahora he comido.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera, llegarás..."

30 sept 2013

TIEMPO DE CAMBIOS

  La vida no es un camino recto, en él confluyen muchos otros senderos que a veces tomamos con conciencia plena. Otras veces, un impulso extraño nos invita a variar de rumbo sin saber lo que encontraremos al final del mismo, ni lo que nos deparará su recorrido; tanto es así que pienso que no somos nosotros quienes lo elegimos, sino él el que nos engulle para depararnos mil experiencias con las que enriquecernos.


  La escritura siempre me acompañó, pero yo nunca reparé en ella como algo serio, siempre hice oídos sordos a esa capacidad para crear historias y trasladar los pensamientos al papel que muchos otros advirtieron, tal vez porque nunca consideré que aquella fuera una habilidad especial. Mi temperamento y mi forma de ser me mantuvieron -y lo siguen haciendo- bastante más ocupada en observar la vida, las relaciones humanas, el porqué de las actitud de los demás y su reacción ante las experiencias cotidianas o extraordinarias, por la reflexión profunda que intenta dar significado a todo lo que nos rodea, por la psique de quienes habitan en este mundo, por cuestionar las costumbres inútiles o las decisiones condicionadas, por detectar las injusticias sociales que muchos aceptan sin rebelarse. Hasta que un día descubrí, casi por casualidad, que podía hacer partícipe a los demás del resultado de mis elucubraciones, y hacerlo además con tintes literarios convertidos en relato. Aquel fue el comienzo de una aventura que se ha extralimitado a la publicación de “Ellas también viven” para convertirse en una experiencia muy amplia y profundamente enriquecedora para mí a todos los niveles: literario, personal, social, psicológico…, una experiencia que no desearía abandonar, no por aspirar al rango de escritora, sino porque se ha convertido en una forma de vida que intento compaginar con todo lo que ocupa mi espacio temporal y de lo que no deseo alejarme; eso sí, manteniendo siempre el origen y la razón de ser que da sentido a mis escritos: la necesidad de contar y de transmitir un mensaje, por encima de la necesidad básica de conjugar las letras.


  Una novela espera ver la luz, con la ilusión contenida por la responsabilidad de no defraudar a quien desee darme una nueva oportunidad y una cautela desmedida por evitar los tropiezos que ya tuve por ignorancia previa. Pero ante todo, y sobre todo, con el deseo de disfrutar de este nuevo paseo evitando, en la medida de lo posible, los sinsabores que generan las falsas expectativas, las presiones del mercado, los compromisos literarios y la aspiración utópica de querer llegar arriba a toda costa.


  Antes de que ser yo quien se decida a buscarlo abiertamente, me estoy dando tiempo para que sea el camino que debo seguir quien se revele ante mí y me absorba, como ya sucedió tiempo atrás. Y seguir deleitándome no solo con las letras, sino con todo lo que estas traen consigo y que, si cabe, son para mí una fuente de satisfacción aún mayor por todo lo que me reportan a nivel personal.


  Es hora de pensar en un cambio de vestimenta para adoptar un nuevo rumbo y de calzarnos otros zapatos con los que volver a pisar con firmeza el nuevo terreno escarpado que nos espera.

26 sept 2013

¿CREES QUE ERES LIBRE?

  ¿Os habéis detenido a pensar alguna vez cuántas de las cosas que nos rodean, cuántas de las experiencias que vivimos y cuántas de las personas con las que nos codeamos a diario las hemos elegido realmente nosotros? Yo, sí. Y he llegado a la conclusión tajante de que la libertad es tan solo un espejismo, una mentira que hemos decidido creer en favor de nuestro bienestar psíquico, porque sentir que no tenemos el control de nuestras vidas provocaría una infelicidad indescriptible y ante todo, destructiva; y la opción alternativa, la de echarle agallas al asunto, nadar a contracorriente y actuar de forma anárquica ante todo y ante todos, tampoco parece una vía plausible tomando en consideración la discriminación y persecución social que quienes lo hacen tienen que soportar, y que en muchos casos llega a poner en peligro su propia supervivencia.

  Siempre he considerado que somos simples peones colocados en un tablero de ajedrez, movidos por los hilos del destino, de la casualidad, de la sociedad en la que nos ha tocado vivir y arrastrados por la marea social que nos absorbe condicionando la mayoría de las decisiones que tomamos en la vida y que nos abren el camino hacia un futuro que, ingenuamente, creemos siempre poder cambiar.

   No elegimos el seno de la familia en la que nacemos, el colegio al que asistimos, los primeros amigos que conocemos... No elegimos la capacidad intelectual que nos facilitará o entorpecerá el aprendizaje, los defectos físicos por los que sufriremos burlas, nuestras destrezas y habilidades innatas que contribuirán a evitar problemas... Tampoco elegimos ya -en un alto porcentaje de casos- los estudios que cursaremos, el trabajo que encontraremos y la calidad de vida que todo ello nos reportará... Ni escogemos el carácter de los hijos que tendremos y que será fruto no solo de nuestro empeño en moldearlo, sino también de la interacción que existe entre la base genética y la influencia del entorno que no podemos manejar siempre a discreción, pero que incidirán sin embargo en nuestro devenir diario de manera contundente.

  Muchas veces he leído teorías e hipótesis que defienden el libre albedrío de las personas a la hora de trazar su camino en la vida. Pero, ¿realmente existe? Yo creo que tan solo está presente en detalles tan pequeños y en decisiones tan insignificantes que ni siquiera lo puedo considerar libertad. Decido por mí misma con quien me caso, a quien uno mi vida; pero si la cosa sale mal, ¿de verdad puedo sacar las maletas en cualquier momento y hacer borrón y cuenta nueva?, ¿o el sufrimiento de mis hijos, mi carencia de recursos económicos o incluso la amenaza de muerte de mi marido me impedirán marcharme aun siendo esto lo que yo deseo? Mi vocación innata hace que decida ser psicóloga de profesión, pero ¿mis notas en selectividad me permitirán cursar la carrera para poder ejercerla?, ¿o acabaré sirviendo mesas en una cafetería -sin vocación hostelera- porque ni los estudios ni mi curriculum me permite encontrar trabajo en el gremio que me gusta? Decido tener familia numerosa porque somos seis hermanos y siempre he sentido al máximo el instinto maternal, pero tengo treinta años, estoy en paro y mi pareja en Barcelona, a mil kilómetros de distancia buscándose la vida para poder iniciar la nuestra; ¿de verdad me dará tiempo a tener tan siquiera dos?, ¿y podré mantenerlos o tendré que recurrir a la ayuda de sus abuelos condicionando el futuro de estos y coartándoles su libertad de elección por amor a sus nietos y su compasión hacia mí?

  Pero es que las circunstancias no solo nos arrebatan la libertad para decidir cómo trazar las líneas sobre las que sustentar nuestra vida cuando intentamos elegir nosotros, es que además hasta tienen el descaro de mofarse delante de nuestras narices jugando a retarnos, a engatusarnos con sus propuestas atractivas y edulcoradas para después impedirnos que podamos llevarlas a buen puerto cuando así lo deseamos. Yo jamás me planteé que las letras pudieran formar parte de mi vida. Nunca elegí este camino, ni tan siquiera para pasear; la escritura era una forma más de canalizar mis pensamientos, mis mensajes, un simple canal de comunicación alternativa a la palabra, nada más. El camino se presentó ante mí sin yo buscarlo, y ahora que lo saboreo, que descubro sus colores y la influencia positiva que estos tienen en mi vida, las mismas circunstancias personales que lo pusieron ante mí, ahora me impiden poder seguirlo. ¿Qué se hace cuando el tiempo no permite concesión alguna para dar rienda suelta a la inspiración? ¿Qué se hace cuando no se puede prescindir de un trabajo que te da de comer y te absorbe la mitad de la jornada? ¿Qué se hace cuando no se puede -ni se quiere, por un sentimiento indiscutible y por responsalidad adulta- dejar a un lado a la familia para esbozar unas cuantas letras a diario? El deseo está ahí, la capacidad de elección también, pero la libertad plena y absoluta para poder llevarla a cabo, no.

  Podría seguir enumerando ejemplos hasta el día del juicio final: el de aquellos que eligen la senda literaria con el deseo de transmitir y llegar al corazón de los demás haciendo filigranas preciosas con las palabras e invirtiendo en ello su esfuerzo y sus ilusiones, y acaban perdidos en el entramado del mercado de las letras sin control alguno sobre sus propias obras por tener que ajustarse a las pautas marcadas por editoriales a las que no les mueven ni por asomo los mismos intereses; la del bloguero amante de la lectura que pierde el interés por compartir impresiones con sus afines al sentirse indirectamente coaccionado por la forma de proceder de los demás; el amante de los deportes que ve en su práctica la válvula de escape al hastío de su vida cotidiana y al estres laboral y ha de abandonarlos para siempre por una dolencia física que le impide hasta ponerse en pie; el del poeta de sensibilidad sublime que quiere ser trovador de la belleza y ha de guardársela para sí mismo porque nació en la época equivocada, porque el romanticismo ya es cosa del pasado y ahora lo que priva son los mensajes de correo electrónico y el whatsapp; el defensor de lo justo que creyó nacer para cambiar el mundo y ha terminado apaleado, insultado, rechazado y al final, resignado ante el entramado político imposible de sanear.

  Tengo la impresión de que nuestra misión en la vida es aprender, aprender y aprender, basándonos en las experiencias y en las relaciones sociales que factores por completo externos han trazado para nosotros, como si fuéramos marionetas moviéndonos en un mundo de locos. Y con la libertad justa para elegir entre un dulce o una tostada, entre una novela histórica o de género erótico, entre teñirse de rubio o en color caoba... Y aun así, si ante cualquiera de estas minúsculas y anodinas elecciones nos paramos a reflexionar a fondo, tampoco estoy segura de no haber elegido el dulce por cuidar la estética de nuestro físico, el tinte rubio para no escuchar que carecemos de inteligencia y la novela erótica por temor a que nos cataloguen de "salidas" o de mujeres fáciles.
  Por mucho que intente rebelarme, hay días en que me siento presa, como un pájaro en libertad con las alas cortadas, víctima de las circunstancias y sometida al yugo de muchas necesidades creadas por nosotros mismos, un sentimiento que contradice a quienes se empeñan en asegurarme que somos dueños absolutos de nuestra propia vida. 


  ¿Y vosotros? ¿Sentís que sois libres?

13 abr 2013

UN VIAJE A ALTA MAR

  
Icé las velas de mi embarcación pequeña una mañana fría de marzo, después de replegar las lonas que la cubrían y que habían provocado irremediablemente que cada astilla se entumeciera por el desuso, que cada clavo se corroyera por la brizna de oxígeno adentrado por los poros de la cubierta mezclado con el salitre que la marea embravecida hacía llegar hasta ellos de vez en cuando, que el timón crujiera en cada intento apenas perceptible de hacerlo variar de rumbo, acostumbrado a la postura eterna en la que llevaba encajado más de una década. La miré de arriba abajo y le pregunté a mi vieja amiga si sería tan osada como para permitirme subir y cabalgar junto a ella hacia nuevos parajes. Y me contestó que sí. Debió ver la luz apagada que destilaban mis ojos, sentir el latido inerte de mi corazón hastiado, notar el aire que faltaba en mis pulmones cansados de aspirar el mismo oxígeno una y otra vez, en un bucle infinito del que ni un átomo conseguía escapar para poder ser reemplazado por algunos otros de savia joven. Debió percibir mi mente entumecida por unos mismos paisajes que ya no conseguían excitarla ni hacerla reaccionar, rallada por un mismo haz de colores deslucidos, machacada por la necesidad de visionar horizontes nuevos que acompañaran a mis perfiles de siempre, aquellos que tan amorosamente me habían venido abrazando hasta el momento y a los que no querría abandonar. Me dijo que sí y se desperezó para mí, sacudiéndose el tedio incrustado hasta en el más ínfimo rincón de su bodega para llevarme rumbo a alta mar, con la valentía y la ilusión desbordada que la ignorancia permite y la ingenuidad consiente.
  Avanzamos unas millas camino a la libertad. Sus artilugios antiguos abrieron los ojos y me guiaron durante horas bordeando la costa, mostrándome una perspectiva bien distinta de lo que tan acostumbrada estaba a ver desde aquel otro lado en el que me encontré siempre. Descubrí el poder de la triple dimensión y sentí retozar mi mente al ser impresionada por la cara oculta de las cosas. Dejé que el soplo de aire nuevo que me llegaba del mar al contacto con las olas me bañara el cuerpo entero, aspirándolo cual si fuera el elixir de la vida nueva que se mostraba ante mí y que nunca imaginé que pudiera cohabitar tan cerca del lugar del que mis pies se habían negado a despegarse hasta ahora. Y quise seguir. Turbada por las emociones, por la cascada de sensaciones que me impulsaban a volar al compás de las velas, atisbando el mundo desde un plano en el que nunca creí poder estar, embriagada por el aroma de la espuma y de las algas que me salpicaban tenuemente al chocar contra el casco de mi modesta embarcación.
   Un impulso apenas controlado agitó mis brazos y el timón varió de rumbo. Nunca creí en los dioses, pero aquel día sentí que Eolo se ponía de mi parte para empujarme más y más adentro, más y más lejos sin que yo se lo pidiera. El borde grueso de la costa comenzó a empequeñecer y a estrecharse hasta hacerse casi imperceptible, apenas un hilo de los que yo empleaba para coser sujetando el perfil de la arena, de las casas, de la arboleda salpicada por la playa para que no cayeran al agua y se ahogaran sin remisión. Y en su lugar, agua. Toneladas de agua rodeándonos por doquier sin nada tangible donde agarrarnos. 
   La libertad sentida, deseada y disfrutada hasta el momento comenzó a amenazarme, a sobrevolarme haciéndome dudar si me hallaba preparada para albergarla en tal magnitud. Y sentí miedo, aunque la valentía, la fortaleza y el afán de superación estuvieran ancladas y arraigadas en mi ser como si formaran parte de mi propia piel. 
   Miré hacia atrás y aprecié que la tierra firme comenzaba a difuminarse, a esfumarse como el aire lanzado al viento en cada exhalación. Y que un mar amenazante de olas irreverentes y rebeldes se abría ante mí pidiéndome que lo surcara, invitándome a que me adentrara en sus entrañas tal cual lo había soñado muchas veces, aunque de forma diferente. Y el pánico se apoderó de mí. 
  Una corriente de agua fría precedida por una elevación turbulenta de cresta blanca nos sacudió. Me agarré al timón por ser lo más estable que pude encontrar a mano, sin ser consciente de que él estaba igual de asustado que yo, y que trataba de sujetarse a su vez a la base del barco, que estaba tan a merced de las olas como nosotros. Respiré hondo y traté de hacer balance de la nueva situación, de recopilar los elementos que forman parte del problema para recomponer con ellos la solución. Mi embarcación apenas podía ayudarme, estaba obsoleta. No tenía una brújula con la que orientarme, sus velas rasgadas no aguantarían el fuerte vendaval de un mar abierto, la madera carcomida cedería a las embestidas de un oleaje furioso, los mapas de navegación marítima se dispersaban por la bodega a jirones desordenados y yo carecía por completo de nociones de timonel, ni poseía en mi bagaje cultural experiencia teórica o práctica alguna que me ayudara a sortear los caminos farragosos y profundos de un mundo de agua, tan diferente a lo terrenal. Sentí que lo perdería todo. Intuí que si seguía adelante tal vez ya no pudiera volver y no quería renunciar a lo que me había brindado la vida en pro de una experiencia desconocida que no sabía cómo podía terminar.
   Oteé al frente y mantuve la vista fija en una línea imaginaria que se perfiló ante mí. Y me pareció ver dos mundos enlazados por el mar, pero opuestos, diferentes, con oportunidades distintas de las que disfrutar. A la izquierda divisé una nueva costa, de oleaje algo más tranquilo, sosegado, conformado por gente afanosa, comprometida con su labor pesquera en la que la ayuda mutua parecía ser el sustento de una vida placentera de ocio y trabajo por igual. Pero arribar a una nueva costa no formaba parte de mi deseo, de mis anhelos de alcanzar una gloria con matices diferentes a los que allí se me ofrecía, a pesar de su encanto, de su colorido irradiando una luz potente con la que iluminar mi vida o de la bondad de sus gentes a las que resultaría placentero conocer. A la derecha divisé un mundo distinto, aquél al que tal vez querría llegar. Pero aún quedaba lejos, infinitamente lejos y la distancia que nos separaba de él atravesaba abismos insondables que no estaba segura de poder superar. Paré el motor, giré las velas y me senté sobre la quilla de mi barco agudizando la vista, dándome tiempo para pensar qué hacer. Una hilera de embarcaciones de mayor tamaño comenzó a perfilarse en el horizonte, rumbo a aquel mundo de sueños infinitos. Caminaban juntos, unidos por un destino común que se aparecía ante ellos de forma cegadora, amparándose unos a otros en la medida en que sus posibilidades se lo permitían, compartiendo instrumentos, peleando por otros, estableciendo normas para poder avanzar sin que el oleaje los derrumbase, acatando órdenes ajenas con los que algunos de ellos sin duda no estarían de acuerdo, pero que habría que cumplir como en cualquier otra sociedad organizada compartida por multitud de individuos. Si me unía a ellos tal vez podría llegar. Pero yo era pequeña y mi embarcación precaria, no podría hacer valer mi propia forma de navegar, no podría defender la distancia diaria por recorrer, no podría detenerme a observar el paisaje el tiempo que mis ojos me lo reclamaran y debería renunciar a mis propias convicciones para compartir aquellas impuestas por el grupo que me ayudaría a alcanzar el norte. Si es que podía. Y una sensación de angustia de apoderó de mí. Aquella corriente me absorbería como en un banco de peces, impulsada por la inercia a la que se someten de manera voluntaria para ver su paso acelerado, su ritmo incrementado, su destino cerca, abandonando en pro de aquello su propia identidad y su particular y exclusiva forma de nadar. 
  Miré al centro y no vi nada. Un camino desierto y vacío, aparentemente franqueable, pero traicionero en el fondo. Sin nada a lo que aferrarme, sin nadie a quien agarrar. Las dudas acribillaron mi mente durante horas, durante días, rebotando en un lado y otro sin saber donde asentarse, sin una respuesta con las que recobrar la calma que me permitiera decidir con tino cierto. 
   Mi sueño se derrumbó. Los colores perdieron parte de su intensidad y mis párpados abiertos de par en par comenzaron a cerrarse levemente, contagiados por la incipiente tristeza de una frustración plausible, probable. 
   Miré mis manos y las dejé hacer, a su libre albedrío, bajo el dictamen del corazón, al que hay que dejar actuar cuando el bloqueo de la razón no le permite decidir como debiera. Y el timón varió su rumbo. Mi pequeña barca me dedicó una mirada soslayada, sin atreverse a decir nada, con una angustia incipiente anclada en su quilla, sintiéndose culpable por no haber podido ayudarme a conseguir el sueño que me hizo perder de vista la costa durante un tiempo, cuando era yo, y tan solo yo, la que no había tenido las agallas suficientes para adentrarse en alta mar en solitario, haciendo alarde de valentía aún a riesgo de perder la vida en el intento.
   Arribé de nuevo a puerto, con la penumbra en los ojos y una nube húmeda emborronando el paisaje conocido que se mostraba de nuevo ante mí. Eché las lonas sobre mi pequeña amiga, no sin antes acariciarla y darle las gracias por el intento de salvarme, por haberme ofrecido la oportunidad de experimentar sensaciones inusitadas en mi vida, de albergar emociones que jamás olvidaré, por haberme mostrado una perspectiva nueva de lo que tantas veces había visto desde lejos sin haberme podido acercar para acariciarla de primera mano. 
  Ahora estoy sentada en un banco de madera de los que se aferran al paseo marítimo para acoger a los que, como yo, se detienen a observar e imaginar lo que habrá en el otro lado. Aquel otro lado que no descarto volver a abordar algún día. Cuando las brumas del horizonte se despejen y me muestren con claridad el camino más seguro para llegar. El camino que más se asemeje al que a mí me hubiera gustado construir personalmente.

19 mar 2013

EL CARRUSEL DE MI VIDA

   La vida es un carrusel que gira sin detenerse. A ritmo desigual, para ti, para mí, para cualquiera que aún sea capaz de recoger un átomo de oxígeno con que llenar sus pulmones para poder vivir. O tal vez, sobrevivir. Sólo sobrevivir.

   No somos conscientes de su velocidad, que no es otra que aquella que nosotros mismos le imprimimos con nuestras exigencias, con nuestro afán de superar metas que trascienden a lo esencial,  y que van mucho más allá de los elementos básicos que nos reconfortan en alma y el corazón, que nos dan lecciones de vida, de moral, de solidaridad, de superación... Siempre queremos más. Y más. Y más. Alcanzar la cima y el éxito material, que no personal. Obtener el reconocimiento ajeno, que no el propio. Engordar nuestro ego sabiéndonos vencedores. Pero vencedores… ¿de qué? Yo misma respondo: de los logros que dejaremos aquí, enmarcados tal vez en el recuerdo de quienes permanezcan subidos al carrusel de la vida cuando la fuerza centrífuga nos haga bajar a nosotros, o cuando nuestras fuerzas estén tan debilitadas que ya no podamos seguir empujando el tramo ínfimo que ocupamos en él. Pero ahí quedarán, como parte del mobiliario que lo decora, sin que podemos cargarlos a la grupa de ese espíritu que flotará algún día construido por su bagaje particular de lecciones aprendidas, de obstáculos superados, de errores reconocidos y asumidos con humildad.

   Hay veces en que unas simples palabras esbozadas a tiempo, una simple frase leída en cualquier lugar, una imagen percibida por una retina especialmente sensible en un día concreto constituyen el empujón que nos hace reaccionar, detenernos, frenar en seco, observar y meditar. ¿Cuántas vueltas inútiles estamos dispuestos a dar para llegar al mismo fin? ¿Y a qué velocidad nos proponemos girar, sabiendo que la prisa es una enemiga acérrima  del placer de los sentidos y una aliada perfecta en el arte de obviarlo todo, de pasar por alto los detalles trascendentales de cualquier escena, de impedir el disfrute de lo sencillo, de lo que siempre estuvo ahí y nunca vimos?

   Hoy he frenado. He vuelto a mirar lo que nos brinda la vida en esencia pura y me he preguntado cuánto de ella he absorbido yo hasta este momento, y que pueda llevarme cuando me apee del carrusel de color en el que estoy subida. Y he visto que aún me queda muchísimo por abrazar, y que gran parte de todo ello no está precisamente en el camino por el que circulo. No quiero abandonarlo, pero tal vez haya que dar con paso tranquilo un pequeño rodeo de vez en cuando. O un poco más a menudo que sólo de vez en cuando.

18 dic 2012

¿FELIZ NAVIDAD? ¿ESTÁIS SEGUROS?

 

   Estaba a punto de irme a dormir. Pero he tomado conciencia del día que era, 17 de diciembre, y he caído en la cuenta de que aún no había puesto mi particular felicitación navideña en el blog. Así es que me he sentado en la cama con el portátil sobre las piernas, con la clara intención de buscar una imagen tierna y entrañable con la que deleitaros: la de un abeto adornado de estrellas y guirnaldas de colores, la de un acogedor nacimiento -¡sin el buey y sin la mula, faltaría más!-, la de un Papá Noel o la de una estrella de Belén refulgente como el sol. Incluso había cambiado ya el registro narrativo para echar mano de lo poético, de lo metafórico, de la excepcional belleza del lenguaje que suele acompañar a los deseos de felicidad, a los anhelos futuros, a las promesas de cambio en pro de la solidaridad que tanto se estila en estos días. En definitiva, quería transmitir mi particular mensaje de paz y felicidad con la emoción pintada en el rostro por el halo mágico y bonito que envuelve a estas fiestas.

   Pero he cambiado de opinión. Tal vez no haya sido buena idea escribirla esta noche, hoy me siento transgresora. Algunos saben que la hipocresía y yo no somos buenos aliados, y por primera vez en estas fechas, me voy a tomar la libertad de nadar contracorriente y cuestionar mil cosas que vienen asolando mi cabeza desde hace un tiempo demasiado largo ya. A ver si un alma caritativa de las que asoman por aquí de vez en cuando es capaz de darme luz.

   De pequeña siempre viví una Navidad feliz. Adornábamos el árbol, construíamos un Belén con todo  lujo de detalles, cantábamos villancicos, extendíamos guirnaldas por las lámparas y los cuadros del salón, del pasillo y de la entrada para recibir de manera especial a quienes nos visitaban y para deleite propio, por supuesto; cenábamos en familia el día de Nochebuena y acudíamos después todos juntos a la famosa Misa del Gallo, con nuestro gorro de lana y una bufanda cortándonos la respiración; nos tomábamos las uvas y bailábamos hasta altas horas de la madrugada encendiendo bengalas y brindando con una copa de cava o de cualquier otro licor propio de estas fechas, y lo rematábamos con esa noche de Reyes tan especial y con una mañana siguiente en la que nos poníamos en planta casi al amanecer para descubrir emocionados si habíamos sido lo suficientemente buenos como para ser obsequiados con algo de lo mucho que habíamos pedido. Todo fue bien. Hasta que la familia política comenzó a formar parte de mi vida. Ése fue el origen de los conflictos que vinieron después. ¡Pero no me malinterpretéis! Nada de malo había en ellos, nada  hicieron a nivel personal por enturbiar mi manera particular de vivir las fiestas. Su único pecado fue nacer de la mano de mi marido, de la misma forma que yo sería para él igualmente pecadora por incorporar mi familia a la suya, a su vida. Descubrí entonces que ambos queríamos vivir nuestras fiestas en pareja, y al mismo tiempo, las de cada uno en particular junto a los suyos. Nada extraño ni especial. Aunque sí problemático. Cómo compaginar a un mismo tiempo ambas cosas sin fraccionarse por la mitad. Cómo pasarlas con tu pareja y tu familia al mismo tiempo, cuando él no es con los tuyos con quienes desea estar, sino con su familia propia. “En el mismo sitio y a la misma hora”, decía una canción de Chiquetete. Pero en este caso no es así, aquí debería decir: “En distinto sitio y a la misma hora”  y ¿cómo se consigue eso? (Apuesto a que llegados a este punto, más de uno lleváis ya unas cuantas líneas asintiendo con la cabeza, levantando alguna de las dos cejas -o las dos- o dejando escapar una leve sonrisa con significado de ¡¡cómo lo sabes!! Por favor, que levante la mano quien no haya estado inmerso en una tesitura de este tipo en el momento de formar su propia familia. Yo lo quiero saber).

   A partir de aquí, comienzan las negociaciones (sí, lo sé, he pasado a hablar en presente y de forma general, pero es que me temo que mi propia experiencia es un mal de muchos, por lo que ha dejado de tener sentido personalizar). ¿Con quién pasamos la Nochebuena? Es la cena tradicional, familiar por excelencia, entrañable, emotiva. “Donde tú quieras cariño” (el primer año de casados), “de acuerdo, si quieres la pasamos con tu familia, de verdad que no me importa, pero... el año pasado también la celebramos allí...” (segundo año de casados), “este año nos toca con mis padres, ah, vale, que los tuyos se quedan solos, ok, entonces, no pasa nada, la pasamos con ellos” (tercer año de casados), “este año toca con los míos y me da igual que los tuyos se queden solos, ¿tus hermanos no la pueden pasar con ellos?” (cuarto año de casados), "¡no jodas, la Nochevieja en tu casa es un muermo, este año nos vamos de cotillón!" (decimo año de casados -es el décimo por lo de no jodas, las palabrotas se usan a partir de los diez años, como las uses antes no llegas a las bodas de plata ni de coña). Única razón de la disputa: en esas noches está terminantemente prohibido cenar solos. Y yo ahora me pregunto: ¿Y por qué? ¿Y en el día de Navidad? ¿Tampoco se puede almorzar sólos o en pareja como en cualquier otro día de fiesta del año? ¿Y la Nochevieja? ¡¡¿Y el día de Reyes?!! Ahora que los niños de hoy reciben regalos en su propia casa, en casa de los abuelos, de los padrinos, de los titos, de la Peña Rociera, del Club de Matrimonios y hasta de la comunidad de vecinos donde a un lumbrera se le ocurrió un año vestirse de paje, ¿por dónde empezamos la visita turística y cuánto tiempo estamos con cada cuál?

   No hay nada más férreo y más difícil de vencer que una antigua costumbre y nada más absurdo que no detenerse nunca a cuestionar su razón de ser en la actualidad. Para mí, el día de mi cumpleaños es un acontecimiento especial, pero si no puedo celebrarlo en su misma fecha lo aplazo, porque lo realmente importante para mí es contar con la compañía de aquellos a quienes quiero y ante todo y sobre todo, disfrutarlo, pasarlo bien. Pero eso no es factible en estas fechas. Cada celebración nos viene impuesta y ha de secundarse lo queramos o no, y a su tiempo, de manera rígida e inflexible, aunque eso conlleve tener el corazón triste por haber tenido que poner distancia entre nosotros y aquellos a quienes amamos impidiendo que puedan acompañarnos en un momento tan “especial”. Y yo pregunto (y por favor, sed sinceros): La gran mayoría de nosotros, católicos no practicantes, en pleno siglo XXI en el que estamos, ¿qué es lo que celebramos en estos días tan emblemáticos que no pueda celebrarse cualquier otro día? ¿Por qué buscamos insidiosamente en estas semanas una compañía obligada que tendría que darse todo el año? ¿Por qué nos sentimos felices por cenar acompañados un 24 de diciembre, si la soledad nos mata las demás noches del año? ¿Por qué hay que cuadrarse a nivel familiar repartiendo los festivos como si estuviéramos en un cuartel militar para no herir susceptibilidades? ¿Por qué nos embarga la pena si el turrón El Almendro falla y nuestro hijo no vuelve a casa por Navidad? ¿Acaso no viene en Semana Santa, en verano, o en el Puente de la Constitución? ¿O es que en estas otras fechas nuestro hijo es menos hijo y no nos da tanta alegría verlo?

   Somos esclavos (y sálvese quien pueda, ole por él) de una tradición que para muchos de nosotros tal vez ya no tenga razón de ser y que deja de ser familiar, placentera, feliz y entrañable (como debería de seguir siendo) para pasar a ser una fuente de compromisos ineludibles, de conflictos de pareja y familiares díficiles de sortear, de ansiedad por no poder responder a las expectativas de los demás, a lo que se espera de nosotros, de remordimientos de conciencia por lo que dejamos de hacer (aunque lo satisfagamos a lo largo de todo el año) o de alegría ilusoria y tranquilidad personal por convertirnos en las mejores personas del mundo desde las nueve de la mañana del 22 de diciembre (en que el calvo de la lotería da el pistoletazo de salida) hasta las doce de la noche del 6 de enero, en el que subidos a la grupa de los camellos se esfuman muchos de los buenos propósitos solidarios que nos han preocupado sobremanera en las dos semanas anteriores como si en ello nos fuera la vida, cuando en el resto del año nos importa un auténtico bledo lo que ahora alcanza una importancia vital.

  Este año -uuuuna vez más-, se me ha pasado por la mente la posibilidad de pasar las fiestas junto a mi marido y mis hijos en una cabañita de madera en plena Sierra Nevada, por ejemplo, alejada del mundanal ruído. Pero esta vorágine es demasiado fuerte y sospecho que acabaré absorbida por ella como siempre, ante el temor a considerarme a mí misma mala hija, mala madre, mala hermana o mala amiga por haber faltado a la cita anual por excelencia. Y comeré otra vez turrón, un poquito, de las tabletas nuevas que habré comprado después de hacer canasta en el cubo de la basura con las que me sobraron del año pasado, porque han caducado, precisa y sospechosamente, en noviembre de este año. Y polvorones, porque una Navidad sin polvorones es como un jardín sin flores (por cierto, los de Estepa están buenísimos). Y seguiré comprando regalos para unos y otros aunque me hayan quitado la paga extra y corra el riesgo serio de comer sopa de sobre durante los próximos dos meses (yo creía que tan solo eran los niños los agraciados con la llegada de sus majestadoes los Reyes Magos de Oriente, no los adultos también; ¿y decimos que el Día de los Enamorados es un invento de El Corte Inglés?).

   El espíritu de la Navidad debe estar presente todo el año; lo que importa es lo que hacemos, no cuándo lo hacemos; importa lo que sentimos, no cuándo lo sentimos; importa lo que ofrecemos, no cuándo lo ofrecemos; nos importa ser felices, no el momento en que lo somos; importa la libertad de hacer y de disfrutar, no la obligación y el compromiso.

   Hoy más que nunca, después de esta polémica reflexión, deseo que seáis felices, que lo paséis muy bien, que disfrutéis de estas fiestas navideñas. Pero de verdad. De corazón. Con libertad y pleno convencimiento. Porque queréis. No porque una tradición milenaria os imponga lo que debéis hacer. Y lo que debéis sentir.

   ¡¡¡FELIZ NAVIDAD Y, SOBRE TODO, FELIZ AÑO NUEVO!!!

   Un besazo!!!



   Pd. Me alegraría que me dijeráis que no compartís mi opinión y mi forma de sentir. Sería una buena señal.


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