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1 abr 2018

ESCRITORES. LA OTRA CARA DEL AISLAMIENTO.


   Escucho, bastante a menudo, hablar a los escritores de su aislamiento, de su encierro en el despacho, en su santuario particular para gestar su siguiente obra. Se aislan de las redes sociales (que, con frecuencia, dejan en manos de otros a nivel oficial) y cuando asoman a la palestra por alguna razón, los escucho (o los leo) referirse a la historia que estan creando y a sus personajes con una pasión inusitada. Desbordan emoción cuando afirman estar escribiendo algo grande y precioso, escuchar a sus personajes, ahondar en sus vidas, en sus motivaciones, con el fin de poder trasladárselas al lector con todo el detalle necesario para que los vivan, los sientan y se vean conquistados por ellos y cuanto les acontece. Y yo suspiro, empatizando con ellos al considerar, inconscientemente, que es el estado ideal, máxime cuando además, como digo, los escucho hablar de encierro y dedicación exclusiva, porque me suena a algo magno, importante, enorme, digno de un escritor con mayúsculas, pensando, por una décima de segundo, que esa es la diferencia entre un «escritor» y aquel otro que no lo es, como si el aislamiento y la dedicación exlusiva fueran los créditos oficiales que les otorgan tal calificación.

   Pero entonces me detengo a pensar y aparece, como otras tantas veces, mi espíritu crítico. Y lo primero que aprecio es esa capacidad de contagio que tiene la pasión bien transmitida. Cuando una emoción se siente y se sabe canalizar y transmitir adecuadamente, el receptor la siente en propia piel y, además, en muchas ocasiones, se la cree, tanto si es verdad como si no lo es. En este caso, quién mejor que un escritor, acostumbrado a narrar y describir tanto hechos como emociones, puede transmitir su propia pasión, su propia forma de valorar sus cosas a quienes lo leen o escuchan hasta el punto de convencerlos, de hacerlos percibir que realmente ese estilo de vida que profesan condiciona que aquello que escriben merece de verdad la pena, tal y como lo cuentan; lo cual, dicho sea de paso, alimenta ese punto de vista de que los escritores auténticos, los grandes, son los que se deben en exclusiva a la escritura sin que se inmiscuya nada más. 

   ¿Pero realmente es así? ¿Dedicarse en exclusiva a una labor, que no tiene además reconocimiento oficial, te otorga esa condición? Y, de igual forma, ¿no dedicarte exclusivamente a ella, te la quita? Alguien puede autodenominarse «abogado», por ejemplo, por haber obtenido la licenciatura en Derecho, incluso aunque no ejerza la profesión y no resulte muy ético decirlo. Pero no hay una titulación universitaria, ni extrauniversitaria, que acredite la condición de escritor; a lo sumo, algunos cursos de narrativa, que más demuestran cierta preparación curricular que un nombramiento en sí. ¿Podemos dejar en manos de las condiciones de vida de quien escribe el que pueda calificarse como tal? Yo creo que no. En todo caso, podremos envidiarlo, pero no más :)

   Siguiendo con el cauce de reflexiones que se me han venido a la cabeza, me ha dado luego por analizar, con cierto detalle, las diferencias entre sus circunstancias y las mías propias, entre su estilo de vida (del escritor «ermitaño») y el mío con respecto a las letras, y la verdad es que creo que son sustanciales, diametralmente opuestas, me atrevería a decir. Y si no, juzgad por vosotros mismos:
 
   Mis personajes han venido conmigo al supermercado y sus reflexiones han compartido espacio con la fruta, las verduras y demás productos en el papel de mi lista de la compra; sus acciones me han robado parte de la memoria del móvil y me han privado de la visión de más un gol desde la grada en un partido de fútbol infantil; los imprevistos de la trama o un diálogo espontáneo han incrementado la rentabilidad de un portátil destinado a su mayor y mejor función: su portabilidad hasta lugares inverosímiles; y la emoción de una escena trasladada «al papel» me ha hecho derramar lágrimas en público, alejada de ese aislamiento idílico del escritor al uso. He ganado en capacidad para hacerme la sorda, o en atención selectiva, si hablamos con propiedad; en rapidez de concentración, en abstracción, en combinar facultades sin mezclarlas, como leer el último capítulo escrito con el ojo izquierdo mientras el derecho sigue las instrucciones de la receta de cocina en la que me encuentro afanada. Encontrar una rutina horaria o de cualquier otra índole que me permita organizar el trabajo es imposible. 

   ¿Qué os parece? No me lo digáis, ya sé la conclusión a la que habéis llegado: que así no puede salir nada bueno, solo una historia sencilla, simple, lineal, sin profundidad alguna, con personajes inconsistentes. 

   Pero... no es verdad. 

   Me he dado cuenta de que una novela se compone de multiples elementos, de múltiples piezas, al estilo de un puzzle, que no necesariamente hay que construir en orden ni de manera secuencial. Nosotros elegimos en qué parte nos centramos y con qué otras actividades las combinamos para optimizarla al máximo. Y contamos con un tiempo que podemos estirar a nuestra merced. En completar el puzzle, indudablemente, tardamos bastante más, no nos vamos a engañar. Pero lo terminamos haciendo. Sin sacrificar cuanto —y a cuantos— tenemos alrededor, bien porque no queramos o porque no podamos. Y lo mejor de todo, lo que más me llena de satisfación en este instante: darme cuenta de que no se halla diluida en nosotros esa pasión por los personajes y por la historia que los escritores «clásicos» afirman sentir con tanta euforia, ni se pierde nuestra receptividad por cuanto tienen que contarnos, los escuchamos en todas partes; ni soslayamos el esfuerzo de hacerles llegar a los lectores nuestra narrativa más impecable, nuestra trama mejor hilada y documentada, las emociones transmitidas al detalle, tal cual las hemos sentido de forma previa, aunque estas nos hayan abordado dentro del coche, a la puerta de un colegio, y no en la soledad de nuestro despacho, dispuesto como un santuario para facilitarnos la labor de escribir, de crear.

   No. Definitivamente, la calidad del escritor y su calificación como tal no la marca la exclusividad de esta empresa. La marcan sus conocimientos y su capacidad para llevarlos a la práctica de manera eficaz. Por ello no debo considerar escritor a quien ha decidido dedicarse unicamente a tal labor -por mucho que me contagie sus emociones y su percepción propia de sí mismo y de su obra-, sino a quien conoce el oficio a fondo, con independencia del grado de piruetas circenses que deba hacer a diario para poder sentarse a escribir. El aislamiento, el encierro, la exclusividad, por mucho que intenten encumbrarlos, no garantiza absolutamente nada. 

   Yo soy autora de algunas novelas, no creo ser «escritora». Pero si no ostento tal condición, no es por mi deber de combinarla con unas cuantas obligaciones más, sino porque entiendo que aún me queda oficio por aprender. Por lo demás, mi pasión (y la de otros en mis mismas circunstancias) por escribir una buena obra, por sus personajes, por su historia, por sus verdades..., mi capacidad para emocionarme con lo que imagino y escribo es, y seguirá siendo, intensa, tan intensa como la que más, a pesar de compartirla, todos los días del año, con un trabajo a tiempo completo, un marido, una familia, unos hijos, una rutina casera, unos amigos y otras muchas actividades de las que me apetece disfrutar.

   Como ya he dado a entender, la única diferencia vendrá marcada, en todo caso, por el mayor o menor oficio y por el tiempo. Pero esto último no me preocupa, no tengo prisa.

   Tan solo siento preocupación por que merezca la pena esperar.

8 nov 2016

ESCRIBIR EN TIEMPOS REVUELTOS.



   Corren tiempos revueltos para la escritura literaria. O tal vez sería mejor decir que corren tiempos de indecisión.

   Cuando hablamos de cambios a velocidad vertiginosa, la mente se nos va al ámbito de lo tecnológico, pero no es lo único que ha mutado de forma rápida, las letras también parecen haber emprendido un baile a lo largo de estos últimos años que las ha dejado revueltas y, me atrevería a decir, que hasta ilegibles. Incluso podría compararlas con esos ciclos económicos que trazando círculos vuelven al comienzo después de haber disfrutado de un lapso de tiempo haciendo turismo por nuevos paisajes.

   En los pocos años que llevo inmersa en el mundo de la escritura, he visto cómo nos sobrevenían posibilidades que después, por un motivo u otro, se han ido esfumando, como si este mundo de letras no avanzara por un terreno llano, sino por una montaña rusa donde los papeles y las prioridades se alternaran ocupando distintos planos a lo largo del tiempo.

   Hace tan solo una década, quizá menos, la cadena literaria seguía un patrón, un orden claro en el que no se podía prescindir de eslabones. El escritor, tras escribir su obra, la remitía a su agente literario (si es que lo tenía) o la presentaba a las editoriales para su valoración. Si estas la aceptaban (según el criterio de cada cual), la editaban y hacían uso de las distribuidoras contratadas que, a su vez, las presentaban a los libreros para su venta y comercialización. Unos años después, ante la demanda de escritores con obras guardadas en sus cajones y sin posibilidades reales de acceder a una editorial convencional, el mundo de la autoedición empezó a abrirse paso. Con buena vista comercial y aprovechando esa coyuntura, proliferaron las "editoriales de pago", como yo las llamo, empresas registradas en actividades de edición que, previo abono de los costes reglamentarios, facilitaban al autor la publicación de su obra en papel bajo un "sello editorial" que parecía aportarle a la novela de turno el caché necesario para presentarse en sociedad, dado el desprestigio que suponía por aquel entonces imprimir tu propia obra sin filtros literarios, teóricamente necesarios para garantizar la calidad de la misma. Y casi, casi de forma paralela, el gigante Amazon abría las puertas también a esa posibilidad con una diferencia sustancial: no editaba las obras en papel, sino en digital y sin coste previo alguno para el autor. Fue entonces cuando surgió la llamada Generación Kindle, a la que muchos de vosotros ya conocéis, que supuso toda una revolución en el mundo de la escritura literaria por cuanto que contribuyó a espantar fantasmas en cuanto a la falta de calidad de lo no aceptado por editoriales convencionales (movidas en gran medida por lo comercial y/o el nombre del autor) y a dignificar el papel del escritor autoeditado ofreciéndole la posibilidad de hacer llegar sus letras a muchos lectores sin ser tachado de ególatra, o de autor soberbio que no termina de asumir su escasa valía como escritor tras haber sido rechazado por editoriales convencionales, como tantas veces hemos podido leer y escuchar. Durante esa época, asistimos a un acontecimiento único: editoriales convencionales claudicaron ante el hecho evidente de que muchas de esas obras no solo tenían calidad suficiente como para ser editadas, sino además, éxito y aceptación por parte de los lectores, por lo que fueron rescatadas por estas y publicadas bajo su sello aun sin ser inéditas, algo inaceptable hasta el momento. A raíz de esto, se convirtieron en escritores en catálogo muchos de los autores a los que conocíamos a través de las redes sociales, amigos con los que podíamos codearnos casi a diario, asequibles, al alcance de la mano, con quienes se podía comentar la novela tras su lectura sin ninguna cortapisa ni protocolo. Una nueva imagen alejada del escritor intocable, anónimo, con su imagen de ídolo y su halo de divinidad que muchos de ellos habían venido luciendo hasta entonces, como si hubieran sido dotados, poco menos, que del ansiado gen de la inmortalidad.

   Pero todo ese panorama tan versátil, tan hecho a la medida de unos y otros y en el que todo parecía tener cabida, ha comenzado a astillarse, y ahora, me atrevo a decir de nuevo, que afloran espinas por todas partes.

   Las plataformas digitales y la posibilidad -abierta sin censuras- a la autoedición, está colapsando el sistema. Si antes la oferta de lectura ya era alta para la escasa demanda de los lectores españoles, ahora se sale de madre. Hay más autores/escritores que lectores. Pero el problema no es ese. El problema es que un porcentaje muy alto de esos autores no "autofiltra" sus obras antes de subirlas y ponerlas a disposición de los lectores. Y oiga usted, una cosa es que prescindamos de los filtros editoriales y otra, muy distinta, es que prescindamos de los filtros de calidad, y con calidad no me estoy refiriendo solo a una cuestión de forma (que para mí es básica y fundamental), sino también de fondo, de la historia que se cuenta. Por decirlo de alguna manera, estamos abusando de la posibilidad de publicar que se nos ha ofrecido y nos estamos cargando el sistema, porque si bien antes era relativamente fácil encontrar una buena obra y a un buen escritor autoeditados en plataformas digitales como Amazon, ahora se va haciendo cada vez más complicado, con la consecuencia inmediata de que los lectores están volviendo a confiar casi en exclusiva en las obras publicadas por edición convencional, que, dicho sea de paso, continúan en su afán de dar salida, casi de forma exclusiva, a lo comercial y a todo aquello en lo que (por criterios que solo ellos conocen) deciden invertir a mansalva a nivel de promoción y publicidad. 
   ¿Y cuál es el panorama con el que se encuentran ahora los autores/escritores que no han tenido la suerte (o la destreza, por supuesto) de ser tocados por la fortuna literaria y situarse en lo más alto? Pues yo os lo digo sin paños calientes: un panorama desolador.

   * Hay escritores con obras de calidad guardadas en un cajón, invocando a la suerte para ser aceptados por editoriales convencionales que no quieren arriesgar en géneros minoritarios o en nombres que no son lo suficientemente conocidos, y que ahora ya ni se plantean volver a la autoedición porque todo el prestigio que esta adquirió en sus buenos tiempos se está yendo a pique a marchas forzadas. Y con razón. 
   * Hay escritores que no han tenido una relación satisfactoria con sus editoriales convencionales, o bien, que no han vendido el alto número de ejemplares que su editorial pretendía vender sin promoción ni publicidad, y que, por tanto, no han querido publicar la siguiente obra del mismo autor; escritores que, reacios a la idea de llevar su obra al olvido después del esfuerzo de haberla escrito, han preferido volver a autoeditarse, viendo como su novela se perdía en el océano digital sin que apenas un puñado de lectores acudiera a rescatarla, con la consiguiente impotencia corroyéndole el cuerpo que les ha llevado, a algunos de ellos y en determinadas ocasiones, a perderse en el burdo mundo del insulto y el desprestigio del lector por su aparente elección errónea a la hora de comprar. 
   * Hay editoriales pequeñas, cargadas de buenas y loables intenciones, que dan opción de publicar de manera convencional a quienes apenas tienen nombre ni curriculum, pero con un presupuesto tan escaso que no alcanza para darlas a conocer ni tampoco para contratar buenas distribuidoras que coloquen las novelas en las librerías. La obra estará publicada en papel, pero sin posibilidad de que el lector la compre porque no tendrá donde encontrarla, y eso suponiendo que la conozca.
   *A su vez, hay editoriales potentes y adineradas que compran obras pretendiendo que sea el propio escritor el que realice toda la labor de promoción y casi venta de la novela, mientras ellas se dedican a dar salida a escritores consagrados u otros "sin nombre" de los que me da hasta grima hablar, pero que no dejan de ser una buena fuente de ingresos de los que ellas dependen para subsistir como empresas privadas que son.
   *Hay agencias literarias pequeñas que dan cabida a autores no conocidos, pero sus posibilidades de acceso a las editoriales son escasas. Hay agencias literarias fuertes con influencia en las editoriales, pero difícilmente aceptan a escritores poco conocidos o sin un buen curriculum literario-profesional. Y vosotros me diréis: "Pues, ¡pasa de agente, ¿para qué lo quieres?!" Y yo entonces os contestaré que cada vez hay más editoriales que solo aceptan manuscritos a través de agencia. Ahora entendéis, ¿verdad?
   *Hay distribuidoras con preferencias especiales por determinadas editoriales, al igual que hay libreros y grandes librerías comerciales que eligen lo que vender en función de su propia política, negando la igualdad de condiciones tanto a editoriales como a escritores. 
   *Hay críticos literarios que solo leen "lo que se lleva", las últimas novedades en las que las editoriales ponen su empeño absoluto. Otros que valoran -para bien o para mal- en función de sus propios gustos, sin más criterios objetivos, y otros que no pueden evitar dejarse influenciar -también para bien o para mal- por la simpatía o antipatía que el autor les merezca a nivel personal, porque si bien en un principio la cercanía de los escritores a los lectores fue acogida con aplausos, ahora ya empiezan a verse los efectos secundarios que este estrecho acercamiento puede acarrear a la valoración de sus obras.
   *Hay géneros que se leen en mayor medida que otros, lectores que parten ya de sus propias expectativas y no quieren aventurarse a salirse de ellas a la hora de elegir, prejuicios insalvables que se ceban en las portadas y las sinopsis a la hora de comprar, estilos que se desechan por demasiado retóricos o demasiado sencillos, asemejando ambos a una falta de calidad narrativa...
   *Y hay escritores poco autoexigentes y poco autocríticos, que no dudan en tachar a los lectores de incultos antes de admitir que puedan ser ellos los que aún tienen mucho por aprender.

   Casi todos los puntos que acabo de mencionar tienen sus excepciones positivas, ¡menos mal!, pero aún así, es como veis un terreno bastante pantanoso por el que moverse, en el que poner los pies. Un terreno que invita a hacerse miles de preguntas antes de comenzar a escribir: qué género abordar, qué tema elegir, qué tipo de trama desarrollar, qué número de páginas emplear, a qué público potencial dirigirla, cómo publicar, cómo darla a conocer, cómo garantizar su calidad, cómo afrontar las críticas y comentarios malintencionados, cómo superar la presión de unas ventas escasas o, incluso, la presión que provoca haber puesto alto el listón literario con la novela anterior... Las preguntas: "¿Cómo escribir una novela que guste a todo el mundo?" o "¿cómo alcanzar el éxito como escritor?" me las ahorro directamente por tópicas y, a priori, utópicas.

   Tal vez la respuesta más sencilla y más sensata para todo ello sea esta: "Escribe para ti, lo que de verdad te plazca y te llene, como si no existiera nada ni nadie más." Aunque claro, para que esta respuesta te sirva tienes que sentir que eres escritor de puertas para adentro, SOLO de puertas para adentro, y que el éxito verdadero es el que te viene de tu propia mano, no de la mano de los demás. A partir de ahí, que te llegue lo que te tenga que llegar.




11 abr 2016

CUANDO ESCRIBIR SE CONVIERTE EN UNA NECESIDAD.

   Escribir me emociona. Es como abrir una ventana al exterior, en tu propio cuerpo, para expresar y dejar escapar esas porciones de vidas ajenas creadas de manera ficticia, con todo un cúmulo de sentimientos envolviendo cada escena, con un mensaje subliminal que transmitir y, tal vez, con la inquietud personal de abrir los ojos o reorientar la perspectiva visual, con respecto a algún tema, de aquel que te leerá. Entrar en la mente de los personajes, pensar como ellos, sentir como ellos, vivir como ellos para poder darles voz crea adicción. Hasta el punto de que aquello que comenzó como una mera afición, termina por convertirse en una necesidad. La que siento ahora.

   Pero si las emociones crecen, si esa dependencia hacia la escritura crece, también lo hacen los miedos. Bonita inocencia la que nos acompaña al inicio del camino. Bonita ignorancia que nos permite dar pasos hacia adelante sin temor, sin el miedo de quienes ya conocen lo que les acecha al avanzar. Porque siendo "niños" no ha lugar a pensar en los sinsabores, en los desengaños, en las promesas incumplidas, en la impotencia de tener que sortear obstáculos ajenos a la verdadera razón de ser de lo literario, en los intereses, en las envidias, en las injusticias... Partimos con el raciocinio y la plena conciencia de que serán nuestras limitaciones propias, nuestro proceso de aprendizaje, nuestra propia inspiración, nuestro saber hacer, nuestra capacidad de trabajo, nuestra constancia, nuestro empeño por perfeccionarnos, nuestros conocimientos literarios o narrativos los que nos marcarán el camino y el ritmo de nuestro avance, ignorando la primacía real de todo lo demás. Lo cual termina manchando el disfrute y el placer por contar historias si no eres capaz de tomar distancia de vez en cuando para volver al origen, para volver a ser consciente de que por mucho que guste vender (que te lean), escribir sigue siendo la parte más placentera de todo el proceso.

   Nunca me cansaré de decir que la publicación de mis relatos la viví como una experiencia sublime que muy probablemente no se repetirá; mi mente era una tábula rasa, ajena a los entresijos del mundillo literario. Tras ellos vino "Los colores de una vida gris", mi primera novela, autoeditada, mi prueba de fuego, la obra más compleja de las tres escritas hasta el momento. Con ella viví la experiencia de Amazon y el ser dueña y señora de todas las decisiones que acompañaron a su nacimiento, puesta de largo y difusión pública. Y por último, "¿A qué llamas tú amor?", una obra menos compleja a nivel estructural, pero complicada y profunda en cuanto al fondo y, probablemente, la mejor escrita de las tres. Con ella he podido conocer más de cerca los aspectos de la edición convencional, aquella en la que se le ceden los derechos a una editorial para que la difunda, la distribuya y la venda.

   Mi vida "literaria" comenzó en marzo de 2011. Tan solo han pasado cinco años, que a mí me parecen diez por su intensidad, por sus vivencias, pero sobre todo, por la experiencia, por los conocimientos y por todas las sensaciones recogidas e impresas dentro de mí a lo largo de ese tiempo. Y ahora, tras más de un año sin poder abordar proyecto alguno, he comenzado a poner las primeras piedras del siguiente, pero con un sentimiento muy distinto: el de satisfacer mi propia urgencia y mi propia necesidad de escribir, acompañadas por el desencanto ante la idea de publicar. 

   Las malas lenguas dicen que habla así -y que siente así- quien no ha podido alcanzar el éxito por falta de capacitación :)   

   No lo voy a discutir. El tiempo o, quién sabe qué, me lo dirá.

   Ahora quiero disfrutar.







Lecturas 2018.

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