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14 feb 2018

MICRORRELATO DE SAN VALENTÍN: «UNA CANCIÓN DE AMOR»


«Recuerdo las notas de una canción, flotando a nuestro alrededor. Cómplices de un baile cuerpo a cuerpo en la oscuridad de la noche. Mi pecho en el tuyo. Tu rostro en el mío. Las piernas entrelazadas, moviéndose a un mismo compás. Mi mano en tu nuca y tus brazos en mi cintura, cercándola, apresándola para que yo no pudiera escapar de tu pregunta vertida en mi oído, en un susurro perdido entre la brisa y el canto de algún grillo despistado, que no supo que debía cambiar su agudo batir de alas por un redoble de tambores ante una escena tan esperada. Tan deseada.

Hay comienzos que se resisten a tener final. Que se prolongan en el tiempo como si fueran inmunes, acaso inmortales por los sentimientos que los revisten, que lejos de desprenderse como las hojas de otoño se adentran en nosotros hasta convertirse en savia pura. Amor y lágrimas, besos y abrazos, miradas perdidas y reencontradas, disputas que cesan con bocas hambrientas, gestos mudos que turban o quizá estremecen, corazones que se buscan de manera irrefrenable, pieles que acallan tumultos cuando se rozan... Emociones profundas que pesan, que ensanchan el alma, que vidrian los ojos ante horizontes nublados. Que siguen pugnando por que persista la luz. Y si ha de hacerse la noche, que nos venga envuelta en las mismas notas de aquella canción que lo nuestro vio nacer. Que lo ve crecer.

Pero que no lo verá morir.»

©Pilar Muñoz - 2018


11 feb 2016

RELATO DE SAN VALENTÍN: "ALMAS GEMELAS."



Bajo las estrellas, 14 de febrero…
  
    La vida pasa. Discurre rápida... O lenta, según se mire. Pero no se detiene; como no devuelve lo que a su paso arrastra, lo que se lleva. «Nunca es tarde si la dicha es buena», dicen algunos. Nada más lejos de ser verdad. Las oportunidades vuelan y el destino cuenta. Y no se nos permite dar marcha atrás. 
    He luchado conjurando al tiempo. Descolgándome por las manecillas del reloj para hacerlo retroceder, para descomponer las decisiones que un día nos ataron a otros, al hombre y a la mujer que usurparon el hueco que la vida había moldeado para nosotros. Pero no he podido contra la fuerza de Cronos, ni contra el remordimiento que disecaría en parte mi corazón por arrancar de él las huellas de quien todo lo dio por mí, de quien me juró amor eterno y así lo cumple.
    Volveremos a vernos esta misma noche. Y se dilatarán de nuevo tus pupilas al mirarme, inquiriéndome lo que deseo. Mas no podré esquivar el nudo de mi garganta, evitar el temblor de mis labios ni las lágrimas del alma. Hoy presiento que seré incapaz de modular mi voz para forjar susurros, como siempre hice...
    No me preguntes. Esta noche, no me preguntes. Ámame despacio. Deja que repose en mis ojos tu mirada al tiempo que nuestros labios se rozan, con la timidez de los desconocidos, de la primera vez… Que tus dedos conquisten colinas en mi cuerpo con la emoción contenida de un joven explorador… Que el calor de tu piel electrice la mía, tatuándola con tu esencia para que perdure en mi vida… y en mi alma.
    Ámame despacio. Permite a mis manos memorizar tus curvas y a mis oídos los sentimientos que guardas, y que a ellos susurras… A mi boca despertar tus pasiones como nadie jamás pueda hacerlo, con el amor que siento… A mi pulso acelerarse con lentitud, como una condena dulce que quiero sufrir eternamente…
    Ámame despacio por ser la última vez. Que tus suspiros me acunen mientras mis piernas te abrazan, mientras siento cómo palpitas dentro de mí, rogándote no movernos para mimetizarnos, para fundirnos y ahogarnos en esta pasión imposible que nos está torturando…
    Ámame despacio y que las emociones vuelen, que las lágrimas fluyan… Y que el recuerdo de lo que para mí fuiste me alimente, con la esperanza de un destino que nos vuelva a enlazar.
    Somos almas gemelas con caminos truncados. Perdidas y mal halladas. Sentenciadas a olvidar.




© Pilar Muñoz Álamo - 2016

14 feb 2014

RELATO de SAN VALENTÍN: "UNA DECLARACIÓN DE AMOR"

  Qué decirte hoy que no te haya dicho ya. Las palabras nos sobrevuelan, escapan de mi boca y rebotan en tu ser para serme devueltas con los mismos matices del amor que nos profesamos. Otras veces se ocultan, y el silencio toma partido en una declaración de intenciones cargada del mismo significado. Y yo lo dejo hacer. Porque, ¿acaso mis gestos no tienen voz propia? ¿Acaso mi rostro no vuelca en él los efluvios de un corazón en permanente estado de agitación? ¿Acaso la sonrisa de mis labios no envuelve a los tuyos como si formaran una parte imprescindible de mi propio ser? ¿Acaso mis ojos no adquieren una tonalidad exclusiva cuando te miro? El rojo no viste mi vida en el día de hoy. Está en ella siempre. Para ti. El romanticismo no brota en este catorce de febrero como si de un manantial intermitente se tratara. Me inunda cada día. Al evocar tu imagen. Al escuchar tu voz. Al sentir tu abrazo cálido y tu aroma inconfundible que me llevo impregnado allá donde voy, como un rasgo de pertenencia que no deseo evitar. Advierto tener en mí el ímpetu de las olas, que van y vienen con fuerza por los distintos senderos de arena, compartiendo espacio con el mundo exterior y con quienes en él habitan, descubriendo recodos nuevos con los que enriquecerme, experimentando aquello que soy capaz de abarcar, de domar, de moldear…, paseando entre las rocas, entre algas y conchas para acabar volviendo siempre al mar que me da la vida y en cuyo seno me siento en casa. En cuyo seno permaneceré siempre a pesar de las tempestades que la madre naturaleza tenga el capricho de desatar.
  Pon tu mano en mi pecho y siénteme. Como cada día. Una vez más. Pon tu mano en mi pecho y convéncete. Late por ti. Con más fuerza que nunca.

   © Pilar Muñoz Álamo - 2014

7 feb 2012

RELATO DE SAN VALENTIN: "DIA DE AMOR Y ROSAS"

  Ya se acerca. 14 de febrero, San Valentín, "Día de los Enamorados". 
  Pero enamorados... ¿de quién? ¿de qué? ¿Os habéis detenido a pensarlo? ¿Nos enamoramos de todo? ¿O tan solo de una pequeña parte y la venda del embelesamiento nos ciega y nos impide ver lo demás? ¿Que ocurre si pasado el tiempo abrimos los ojos y descubrimos que aquello que nos embaucó no era lo que parecía? ¿Abandonamos o seguimos? Si para entonces ya ha acabado la pasión y se ha instaurado en nuestro corazón un sentimiento de amor profundo aunque realista, sin vendas ni embelesamientos... ¿seguiremos entonces celebrando el Día de San Valentín como si estuviéramos enamorados? ¿Qué opináis? 



Día de Amor y Rosas
                            
           Mi corazón se estremeció en un pálpito emocionado cuando atravesé la puerta de aquel insigne restaurante. A pesar de los tres años que llevaba sin volver, recordaba palmo a palmo cada uno de sus rincones de madera noble con aroma de buen vino. Durante largo tiempo después de aquella mágica noche, perseveré acudiendo a una cita imaginaria en la que anhelaba fervorosamente volver a encontrarme con mi amor desconocido, aquél que tras un disfraz arrebató sin mesura mi cordura y mi razón, dejándome sumida en un torbellino de emociones que no me había permitido volverme a enamorar. Pero él nunca regresó. Sobreviví alimentándome del idolatrado recuerdo de su apuesta figura, aproximándose a mí al tiempo que descorchaba una botella dorada con seductora sonrisa, y del dulce, cálido y apasionado beso con el que enjugó mis labios permitiéndome apreciar, a través de ellos, el delicado sabor y la suave efervescencia de aquel cava con el que nos adentramos emocionados en el año venidero.
               Seguí los pasos del maître y visiblemente nerviosa tomé asiento en la mesa que Lucía había reservado, a la espera paciente de que ella llegara. Volví a observar con detalle todo cuanto existía a mi alrededor. Nada había cambiado, ni siquiera yo. Como hiciera antaño tantas veces, me vi a mí misma analizando cada silueta, cada rostro, cada mueca o expresión, ajena a lo que realmente me había llevado hasta allí.
 De forma súbita, el maître apareció ante mí y me sobresalté. No acerté a escuchar sus palabras, sólo vi que me tendía una esbelta copa de fino cristal portando delicadamente en la otra mano una botella dorada que me resultó familiar. Clavé mis ojos en ella y él la giró sutilmente, dejándome ver el nombre del líquido preciado que tantas veces había rememorado en sueños. En un arrebatador impulso comencé a barrer con la mirada todos y cada uno de los rincones de aquella estancia, como si intuyera la presencia de mi platónico amor. Presa de la emoción, tardé en percatarme de que alguien había dejado un paquete envuelto sobre mi mesa con un mensaje manuscrito en una pequeña tarjeta: “Al fin, llegó el momento”. Con la respiración agitada y estremecido el corazón, rasgué el envoltorio y un leve escalofrío me recorrió la nuca. Tres rosas y un antifaz. “Una por cada año de fiel espera” –pensé-. 
Alguien en la penumbra se levantó y girándose con seductor talante, me sonrió. Elevó su copa y brindó por mí, por nosotros, por nuestro encuentro tan esperado…, tan deseado. Pude ver sus labios carnosos a través de las burbujas en el cristal, impregnándose del cava testigo de nuestro amor. Y sin decir nada se acercó, tomó mi rostro entre sus manos y me besó, dulce y apasionado. Supe entonces que era él. Pude reconocerlo. El amor de mi vida. Por siempre y para siempre.

Cada veinte de febrero hemos rememorado aquel día, nuestro peculiar Día de Amor y Rosas, fieles al romanticismo que el entorno nos evoca. Pero hoy ha sido algo especial. La embriagadora mezcla de amor y vino ha propiciado que fluya un revelación esencial:
- Póntela –le digo emocionada tendiéndole un paquete envuelto con toda delicadeza-. No te he visto volver a usarla desde entonces.
Oscar abre la pequeña caja con manos temblorosas.
- ¡¿Una pajarita?! –pregunta extrañado-. ¡Jamás he usado pajarita, sólo la llevan los condes y los empleados de hotel! –afirma con desprecio-.
Lo miro fijamente con el ceño fruncido y la ensoñación de su imagen de aquella noche invade mi mente.
- Aquella primera vez… -musito masticando las palabras-, tú la llevabas junto a…
Oscar palidece y su lengua trabada no acierta a hilvanar sonido alguno. Me desplomo al ver la expresión de su rostro.
- ¡Oh, Dios mío! –exclamo aturdida-. ¡No eras tú! ¡Mi amor platónico de esa noche… no eras tú!
Su profundo silencio lo corrobora. Me levanto despacio y arrastro los pies hasta encontrar un poco de aire fresco que me ayude a asimilar el engaño sobre el que he construido mi vida. Él no estuvo aquella noche. No asistió a aquella fiesta de disfraces con la que despedimos el año y en la que yo creí haberle conocido. Supo de mí por Lucía, y en un intento desesperado por complacer los dictados de su enamorado corazón, no dudó en seducirme de la única forma en que podría hacerlo, a sabiendas de que así, y sólo así, yo abriría las puertas de lo más íntimo de mi ser.
Hoy acabo de descubrir, tras quince años de amor idílico, que aquella noche lejana y feliz yo no me enamoré perdidamente de un apuesto hombre, sino de un profundo y dulce beso con un especial sabor a cava. 





  
© Mª del Pilar Muñoz Alamo - 2010
 




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