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22 nov 2018

RELATO: «HOJAS PARA EL RECUERDO»


   En este banco del parque me declaraste tu amor, en una noche preñada de luna llena, ¿te acuerdas? Yo era una jovenzuela loca y tú un donjuán de tres al cuarto, descarado y guapetón, pretendido por las mozuelas de mi escuela y de mi calle a espaldas de sus papás, porque labia te sobraba, pero te faltaban los billetes con los que conquistar sus corazones ignorantes de emoción. Yo rehuía tu presencia por esa pose altanera y tu falta de humildad, creyente de que tu cara bonita sería un pasaje hacia una felicidad soñada junto a una dama y señorita como yo. Qué ilusa fui. No supe que al no mirarte me convertiría en un reto, en una meta por conquistar. Que plantarías tu bandera en mitad de mi corazón tras conquistarlo como Neil Armstrong la luna. Sin podérmela arrancar en los once lustros que vivimos juntos. Ni siquiera cuando me dijiste adiós.

   Caen las hojas de los árboles y me acarician las piernas, con el mismo roce suave con el que tus manos se aventuraban en esa época de juventud. Los ojos encendidos, la boca prieta. Y el ansia por poseerme cristalizando en tu piel. Qué sofocos me subían. Me palpitaba el pecho, aunque no te lo confesara; no podía permitir que antes de nuestras nupcias mancillaras mi virtud, que me pusieras en boca de las demás. Y ahora río y descubro que fui tonta. Por acallar un instinto placentero vetado sin argumentos por aquella sociedad; por ignorar esa naturaleza animal que Dios nos dio para algo más que para procrear.

   Ahora tengo un pretendiente, a mis ochenta, mira tú. Me tiemblan las manos cuando lo veo, pero no puedo asegurar que las mueva la emoción y no la edad. Me toco el pecho y mi corazón no baila al pronunciar su nombre, aunque me reconforta su compañía. ¿Acaso será por la soledad?

   Dudo si quedé privada de sentimientos, si estos cayeron al suelo dejándome las entrañas huecas como un árbol muerto, sin brotes nuevos, sin savia alguna que los haga florecer. Si te los llevaste tú a ese lugar sin nombre en el que me esperas.

   Dudo si consentirle a este nuevo hombre que me dé su amor. Si guardar tu ausencia, según me educaron. Si dejarás de quererme por considerarlo traición.

   Dudo si volver a sentarme en este banco, porque los recuerdos me matan. O dejar para siempre que las hojas me acaricien. Como si fueras tú. 
© Pilar Muñoz Álamo - 2018

15 abr 2018

MICRORRELATO: «HOY TODO IRÁ BIEN»


   Apenas despunta el amanecer. Se escucha el primer trinar de pájaros y, a lo lejos, los sonidos incipientes de una ciudad que despierta. El aroma a café impregna la casa. Una taza humeante, con el mensaje grabado de «Hoy todo irá bien», la espera sobre la encimera. Ella está absorta en sus pensamientos, que divagan adormilados entre recuerdos, los de la noche anterior, tórrida y desbocada. Un albornoz viste su cuerpo, aún mojado; el cabello revuelto, recién cortado, con algún rizo insurgente cayendo sobre su rostro; y unas gotas de perfume, fresco, estimulante, perdidas en el escote. Unta con mermelada el pan tostado y lo ve pasar, a él, dejando atrás la puerta de la cocina para buscar aquella otra por la que marcharse. Para no volver, quizá. Como hicieron otros. Ella suspira. Sin lamentos. Ya está acostumbrada al todo y la nada. A la cara y la cruz. A una pasión sin amor que da rienda suelta a un instinto carnal sin sentimiento. Que prende como un incendio y se apaga asolado por la marea.

   Agudiza el oído y no escucha la puerta, sino el ruido sordo de unas pisadas que vuelven. Las de él. Que sigiloso como un felino entra en la cocina, mirándola. Se frena a su espalda y con los brazos rodea su cintura. Ella se queda varada, como un velero amarrado a puerto. Esperando. Él inclina su rostro con lentitud, sumerge la nariz entre sus cabellos y la besa en la nuca. Apenas un roce de labios y allí se queda. Impasible. Con el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Ella mira el reloj, en una interpretación errónea de mujer mal amada. «No hay tiempo, llegarás tarde», susurra. «No pretendo nada, solo quería sentirte», le contesta él, con la boca en su oído, piel con piel. Ella se estremece y cierra los ojos, convirtiendo ese último beso en un recuerdo único, privilegiado. En un recuerdo con otro mensaje impreso que ya no podrá olvidar jamás. El de su nombre. Gabriel.

© Pilar Muñoz Álamo - 2018

 
 

10 nov 2017

RELATO: «EN PECADO».



   Quizá se enfade. Puede que frunza el ceño al tiempo que mira a su alrededor y me invite a alejarme de nuevo, a volver al lugar de donde vengo. O tal vez pierda la voz como la perdí yo la última vez que estuvimos juntos. Y se le vidrien los ojos sin acertar a decir palabra.
   Ya hace siete años que todo acabó.
   Siete años que son todo y nada. Todo para sufrir y nada para olvidar. Todo para llorar y nada para reír cuando quedan los afectos heridos de muerte. Como el suyo hacia mí.
   Apoyo la cabeza en la ventanilla y observo cómo desfilan los árboles, con sus verdes hojas al viento, exhalando el rocío de la madrugada para llenarse de sol. Hay casas solariegas indemnes al tiempo, salpicadas por la campiña, como si fueran universos diminutos con vida propia: la de la anciana vestida de negro que porta un cántaro de agua para beber, la de su hombre con aperos de labranza unos metros más allá, la del vástago pequeño que, con la vara en la mano, se dispone a sacar el rebaño a pastar. El frío corta la piel. Y yo lo siento en la mía a pesar de la llama que aún sigue encendida en mi corazón, que despunta de tanto en tanto con tal fuerza que mis ojos languidecen nadando en recuerdos, los que me quedaron impresos de aquellas tardes de domingo, de sus nudillos golpeando mi puerta a hurtadillas de los vecinos, de las flores silvestres con que me obsequiaba en cada visita, de su mirada borracha de amor y hambre, deseosa de alimentarse a base de besos que terminaban por sedimentar en mi cuerpo.
   Me abandoné.  Sus palabras en mis oídos quebraron mi virtud de mujer decente y me entregué a él. Sin importarme nada. Le abrí mi alma, mi casa, mi corazón… Mi cama. Yo amordazaba mis remordimientos con sus caricias, con sus labios bebiendo en mi boca, con sus juegos excitantes imposibles de confesar, con el calor de su piel sellando hasta el último poro de la mía en cada uno de nuestros encuentros. Y ahogaba la pena que me provocaba su marcha evocando su beso de despedida y su sonrisa amable y plácida, que me acompañaba día tras día, hora tras hora hasta volverlo a ver.
   Cinco años nos dedicamos.
   Un lustro en el que una semana entera se reducía a una tarde. Porque no había vida fuera de ella, no había más mundo que él y que aquello que conseguía regalarme: sentirme mujer. Su mujer. A pesar de no serlo.
   El autobús de línea para y me limpio una lágrima. Respiro hondo y agarro a mi pequeña para bajar. Las últimas palabras de Esteban vuelven a mí como una letanía que me dejó rota: «No podemos continuar con lo nuestro. Contraje un compromiso hace años que debo seguir cumpliendo como un hombre de bien. Espero que me comprendas.»
   Una ráfaga de aire me sacude el rostro y me arrebujo en mi abrigo. En una mano llevo una pequeña maleta y, con la otra, aprieto dentro de mi bolsillo un pañuelo bordado con las iniciales de Esteban que he conservado estos siete años. Mi hija corretea por la plaza del pueblo para ahuyentar las palomas mientras yo camino con dificultad; los adoquines de la calle se incrustan en mis zapatos de tacón. Algunos viejecitos, sentados en bancos de piedra en derredor de la fuente, me observan, con sus chaquetas gruesas, sus pañuelos en el cuello, sus boinas caladas hasta las orejas para resguardarse del frío. Me tienen por una extraña, no queda en mí rasgo alguno de mi niñez. Carmen se detiene en seco y me señala el nido de cigüeñas que ha visto sobre el campanario. Su gesto me emociona al hacerme rememorar las veces en que papá me explicaba que fue una de ellas la que me trajo a casa. Me agacho para situarme a su altura, le recompongo el lazo del pelo y le advierto con nostalgia que esa es la iglesia en la que me bautizaron. Y me mira ilusionada ante tal descubrimiento antes de correr de nuevo para adentrarse en ella, sin que logre detenerla.
   Apenas ha cambiado. El retablo majestuoso me sigue impresionando, tanto como el silencio que circula bajo sus naves. Piso despacio para no hacerme notar y me siento en el último banco para admirarla en su totalidad. La curiosidad de Carmen la ha hecho perderse entre las imágenes, ante las que se postra con culto y respeto, propio a su edad. A mí me sudan las manos y me tiembla el cuerpo. Y no es por frío. Sino por un presagio que ahora se cumple y que casi me hace llorar.
   Parcialmente escondida tras una columna de mármol del pasillo central, advierto a Carmen que venga hasta mí, con cuidado de no delatarme. Los Santos parecen mirarme, pero me da igual. Los feligreses entran para asistir al oficio, muchos se han acomodado ya. Niños, hombres, mujeres con vestidos de domingo, postura solemne y con un gesto de reflexión cristiana que induce a pensar que jamás pecaron. No como yo.
   Me desplazo hasta un lateral, un par de bancos más allá. Con el corazón palpitando le tiendo a Carmen el pañuelo impregnado en perfume, el que siempre usé para él. Y le pido que se lo entregue, indicándole quién es con una inclinación de cabeza sutil que solo mi hija ha podido apreciar.
   Esteban. Mi amado Esteban.
   No puedo evitar sollozar cuando él la mira perplejo, sujetando sus pequeñas manos, fundiendo sus ojos en los de mi hija, que sin duda alguna ha debido de reconocer. Idénticos a los suyos.
   Yo me he girado para darles la espalda, porque sé que él, cuando reaccione, me buscará. Una anciana a mi lado me mira. Lleva un pañuelo negro enmarcando su rostro y un rosario en la mano. Por un momento detiene sus rezos y me pregunta:
   —¿Se va a usted a confesar?
   Dudo. Y siento que palidece mi tez al pensarlo. Pero tal vez sea momento de quedarme en paz conmigo misma, de volver a casa con el alma apaciguada y con el corazón liberado del peso de los secretos.
  Me levanto despacio, suspirando, entornando los ojos hasta arrodillarme en un lateral del confesionario, con los puños cerrados en torno a mi boca.
   —Ave María Purísima —arranco a decir.
   —Sin pecado concebida —contesta él.
   Su voz me conmueve, me agita, me eriza el vello ante el cúmulo de emociones que despierta en mí. Y a duras penas, con la garganta quebrada, confieso:
   —Me acuso, padre Esteban, de que aún lo amo. De que no lo he olvidado y no podré hacerlo jamás.

©Pilar Muñoz - 2017

25 abr 2017

MICRORRELATO: "TE TUVE".




   Te tuve. Anoche te tuve, solo para mí. Compartiendo suspiros. Escuchando pálpitos. Tibiándonos la piel a besos y regalándonos caricias dulces entre arrebatos. Deteniendo el tiempo para mirarnos entre parpadeos lánguidos, sentidos. Adivinando, por el brillo de nuestras pupilas violando las sombras, que nos amamos.
   Te echaba de menos. Echaba de menos que ahogaras el aire que nos separaba y viniera...
s a mí. Que sumergieras mi rostro en tu pecho con un abrazo y dejaras caer en mi oído palabras tiernas; que me embriagaras con el olor de tu piel, haciéndome sentir de vuelta a casa. Echaba en falta gozar de nuestra desnudez, compartida y desinhibida, anhelada y deseada, y tan conocida…; arrugar las sábanas entre gemidos ardientes, que como géiseres manan entre escalofríos, los que me suscita tu boca; y ultimar la travesía contigo recalando entre mis piernas, con nuestras caderas besándose a intermitencias lentas, sin prisa por despedirnos y sin dejar de mirarnos para leernos, para empaparnos de cuanto sentimos…
   Anoche nos permitimos disfrutar de un reencuentro que volvió a anudar dos almas, dos corazones que siguen intuyéndose aunque parezcan no mirarse.
   Te tuve. Solo para mí. Entre respiraciones agitadas, ojos vidriados, manos entrelazadas… y esa melodía feliz que con cuerpo y alma entonaste. Y que yo bailé para ti.




5 mar 2017

MICRORRELATO: "FLOR EN EL ESCOTE".



   Prendes una flor entre mis pechos. Su tallo cosquillea mi piel, la araña ligeramente, como si fueran tus dedos los que penetran. Me mantengo expectante al tiempo que me sonríes. Con lentitud, acercas tu rostro a los pétalos para aspirar su aroma. Y también el mío. No me retiro. El  olor dulce de tus cabellos me conquista, amén de tus ademanes. Tú aprovechas que claudico y rozas mi seno con tus labios. Percibo en él la humedad de tu boca. Me estremezco. Un minúsculo beso queda enraizado junto a la flor. Tan sutil que me parece haberlo soñado y me pregunto si es real, o fruto de un deseo excitante que turba mis sentidos. Todo acaba cuando elevas la vista y la clavas en mis pupilas, con una mirada profunda que me sondea como un amante inquisidor. Mi busto oscila arriba y abajo, al compás de mi respiración, empujando el aire que circula por mi garganta seca. Tus ojos destellan y los míos lo reflejan. Mi boca tiembla.
   Reanudas el paso. Te marchas sin mirar atrás. Yo en mi vestido dejo la flor prendida. Su aroma y el tuyo, en mi corazón.

5 sept 2016

MICRORRELATO: "PERDÓNAME."



   Vuelvo a casa, arrastrando los pies sobre los adoquines mojados, pisando mi propia sombra que la luna proyecta delante de mí. Una pareja se besa, rozándose los labios con la timidez de un primer encuentro. Otra camina entrelazando sus manos, con la felicidad balanceando sus cuerpos al tiempo que se sonríen, sin hablar. Hay luces encendidas en las ventanas, siluetas de vida tras las cortinas. Susurros en los portales.
   Al subir las escaleras, escucho el eco de mis pasos solitarios; ya no tienen quien los acompañe. Tampoco quien los espere bajo el quicio de la puerta junto a un beso deseoso de alcanzar mi boca. Mi corazón se estrecha, susurra y se lamenta. Por mi maldita inconsciencia.
   La oscuridad me recibe aferrada al silencio. Me quito los zapatos y camino descalza para no importunarlo, y aun así la nostalgia despierta y me sale al encuentro. Me me parece aspirar su aroma y me ahogan los recuerdos que dejaron de sumar. ¿Dónde estará?
   Un juego tenue de luces y sombras traspasa el umbral de mi habitación. Mis pupilas se encienden, mi pulso crepita. Avanzo con el alma en vilo, temiendo disipar la magia que mi mente adivina, dispuesta a soñar. Hay velas encendidas, sándalo en el aire. Y una rosa de papel en la cama. Siento ganas de llorar.
   La sujeto entre mis manos y luego, la acuno en mi pecho tras leer nuestros nombres tatuados en las hojas de su tallo. Un suspiro corta el aire y que me quedo quieta, no me muevo. Es mi respiración la que ahora se agita. La que me revela que él está detrás de mí.

  Sus manos me recorren la cintura, su aliento se aposenta en mi nuca. Y mis ojos se humedecen cuando mi cuerpo estrecha, cuando un desfile de besos acomoda en mi cuello como hiciera antaño tantas veces antes de desnudarme.
  Enmudezco. No quiero hablar. Prefiero entregarle mi alma, deseo redimirme.
   Me susurra que me quiere mientras cae la ropa al suelo. La , sus caricias me estremecen, mi corazón revive. Y mi conciencia le grita «te amo» hasta quedar sin voz. Nos enredamos entre sábanas, desnudos en cuerpo y alma. Con el deseo arrebolado por la ovación de sentimientos reencontrados. Fundidos hasta el amanecer.

   Cuando la luna se apaga y él todavía no duerme, le susurro al oído:
   «No me dejes nunca. Perdóname».
©Pilar Muñoz Álamo - 2016.


20 ago 2016

MICRORRELATO: "MIENTRAS NO HAYA LUZ."




   Enredas tu piel con la mía, para que no pueda separarnos el amanecer. Tu pecho en mi pecho. Tu boca en mi boca ahogando un susurro. Y el abrazo de nuestras manos, resistiéndose a tocarnos para alimentar el deseo con lentitud desesperada. Nuestros poros se alcanzan, uno tras otro, y despiertan mariposas que aletean suaves como una brisa, en mi nuca, en mi espalda, en mi vientre..., entre mis piernas. Nos envuelve el aroma a azahar. Y tú tomas una flor caída en el suelo para acariciarme el cuello y esconderla en mi pelo, mientras yo me empapo del olor a canela que desprende tu cuerpo. No hay palabras, sino gemidos cargados  de un significado que tan solo tú y yo entendemos. Mi corazón palpita, al compás del tuyo que crepita dentro de ti como un fuego de invierno, cálido, envolvente, acogedor... Me regalas una mirada furtiva que me traspasa, huida bajo tus párpados que pretendían apresarla para no delatar que sientes lo mismo que yo. Amor, pasión y dulzura en una misma esencia. Locura, deseo y temor.
   La luna se asoma. Te ilumina el contorno cubriendo el mío como una silueta única, como si formáramos parte de un mismo ser. Tus pupilas imploran. Y entonces mi carne se debilita bajo el dictado del corazón. Entorno los ojos y te cedo el paso. Tú suspiras y yo suspiro. Sintiéndome. Sintiéndote. Sabiendo que volveremos a ser dos entes cuando se haga la luz.


19 mar 2016

RELATO: "PIEL DE MUJER".


   No tengo prisa por que me toques, adivinarte es tan excitante como sentirte. Aunque no sé bien qué sentiré, jamás estuve ante ti. Jamás estuve contigo así.
   Te soñaba tanto, tantas noches...  Y tu sonrisa me saludaba luego por las mañanas al llegar a la facultad. Tus labios musitaban «buenos días». Pero yo me colaba por ellos sin escuchar nada, con la conciencia rendida ante el intento de adivinar a qué sabrían... Notaba el rubor pigmentando mis mejillas y agachaba la mirada al sentirme delatada, con el estómago comprimido por un nervio adolescente que me hacía repetir entre dientes con obcecación: «No te marches, no te marches... No te marches». Hasta que un día te sentaste a mi lado, intuyendo tal vez mi plegaria muda. Abriste el portafolios sobre la mesa y rozaste el dorso de mi mano con la tuya. Quedé electrizada. Una corriente de energía me sacudió y me hizo suspirar como a una idiota, simulando un bostezo poco verosímil que solo sirvió para atrapar tus pupilas, fijándolas en las mías. Vi cómo frunciste el ceño para escudriñar mi mente y... probablemente mi corazón, porque tu vista recaló en mi escote y quedó allí varada unos instantes hasta devolverla a mis ojos. La cantinela del profe con su tediosa explicación me supo a música de violines cuando garabateaste en un papel que todavía guardo: «¿Un café?». Y lo deslizaste la cuarta escasa que nos separaba acompañándolo de un guiño que aún puedo ver al cerrar los ojos...
   No dormí. Adopté al insomnio por compañero aquella noche, repitiendo mi respuesta: «¡Sí, sí, sí...!», a sabiendas de lo que podría venir después. No pude calmar mi piel, en extremo sensible a aquel sentimiento de loca enamorada, de loca ilusionada... Sentí más que nunca tu voz, tus manos, tu boca y tu cuerpo a una distancia dolorosa...
   Hasta hoy. Hasta hoy en que esa voz se tornará un susurro que solo yo podré escuchar, próxima a mi oído... Hasta hoy en que tus manos, tu boca y tu cuerpo disolverán el espacio entre tú y yo para fundir nuestras pieles de una sola textura. Tus labios besarán los míos, tus senos acariciarán los míos... Y mi sexo disfrutará del roce de un igual, mientras nuestras manos se enlazan y nuestros corazones palpitan emanando ese amor que a todo le da color. Y en cuyo nombre todo cobra sentido.
  No tengas prisa por rozarme, a pesar de mi desnudez. Permíteme sufrir unos minutos más la espera de lo que tanto ansié. Y pide conmigo que este sueño no sea de los que al tocarlos se rompen. Pide conmigo que este amor sea eterno. Porque profundo y verdadero... ya es.
   © Pilar Muñoz - 2016

7 dic 2015

RELATO: "MI AMIGO, MI COMPAÑERO."

  Adivino que todos se han marchado. El sonido sordo, leve, tímido de la puerta al cerrarse acalla y hace enmudecer la estancia en la que nos encontramos. Él y yo. A solas. Lo observo desde el rincón en el que estoy sentada, y una especie de hoquedad en mi estómago se abre paso de forma descontrolada como indicio inminente de la ansiedad que me invade al verlo llorar. No sé qué hacer. Mi sentido del decoro, del respeto a su señal de duelo por la muerte de su padre me advierten que debo guardar distancia. Es mi compañero, mi amigo. Aunque lo ame en silencio hasta partirme el alma, nunca trascendí al sentido de esas dos palabras. O tal vez sería más acertado afirmar que él nunca permitió que transcendiera. Jamás adiviné un resquicio de amor en su forma de mirarme, de hablarme, de rozarme las manos cuando cruzamos papeles o comentamos facturas de índole laboral. ¡Cuánto hubiera dado por cruzar miradas, afectos y algún que otro beso al aire libre huido de las mejillas para terminar recalando en la comisura de mis labios, que me permitiera apreciar la piel suave que los recubre, la calidez del aliento que desemboca en ellos como un soplo ardiente que invita a la excitación, la humedad sutil de su lengua próxima al exterior, amenazando deliciosamente con traspasar sus fronteras para invadir los recodos de mi boca lenta y suavemente! Pero sus ojos nunca me hablaron de amor. Nunca llegué a apreciarlo así.
  Miro mi reloj y lo miro a él. Está deshecho, y las horas que restan hasta marcharse a dormir, si es que puede sucumbir al sueño, le van a resultar dolorosamente interminables. Sus manos angulosas, fuertes, recogen su cabeza con los dedos entrelazados en su cabellera oscura y ondulada. Tiene la vista clavada al suelo y me resulta imposible apreciar de cerca el atractivo de su rostro, aunque no lo necesito porque lo recuerdo a la perfección, cada rasgo, cada gesto, cada pequeña arruga remarcando su expresión al sonreír, al hablar, al explicarse con su elocuente apertura de ojos que me embauca hasta bloquearme. Cientos de noches evocando su rostro, su cuerpo, adivinando la anatomía de lo prohibido, de sus rincones deseables que tan sólo quedarían expuestos en una intimidad que no tenemos. Esos cientos de noches soñando con él me permiten ahora dibujarlo a ciegas, desearlo a ciegas, ansiarlo hasta notar un escalofrío trepando por mi espalda para erizarme la nuca.
  Avanzo despacio y tomo asiento junto a él para que sea consciente de mi presencia, para que la soledad que pueda ahogarlo en un momento tan triste se esfume y le haga recobrar algo de aliento, de complicidad emocional aun sin palabras. Dejo caer mi mano sobre su brazo desnudo, apenas rozando su cálida piel, como señal inequívoca de que estoy dispuesta a compartir el dolor que quiera dejar escapar esta noche para soportarlo a medias, y me inclino ligeramente hacia adelante buscando su rostro perdido. Él gira la cabeza y clava sus ojos vidriosos, brillantes y profundos en los míos, fijamente. Algo extraño me recorre el cuerpo. Me intimida. Siento que su mirada traspasa mis pupilas como si quisiera arañar mis pensamientos más íntimos, aquellos que yo guardo celosamente en los recodos inaccesibles de mi mente. Entonces, un temblor intermitente, perceptible en su barbilla y en sus ojos me advierte que está próximo a desmoronarse. Los míos se enturbian. Mis ojos se humedecen y abro los brazos para acogerlo, necesito consolarlo. Si es que me lo permite. Y arranca a llorar como jamás pensé que pudiera hacerlo al tiempo que hunde su rostro en mi pecho buscando el refugio que le ofrezco.
  Lloro con él, meciéndolo para llevarlo a la calma, mientras noto una de sus manos posada sobre mi espalda y la otra en mi muslo sin el menor rubor. Me siento flotar. Saber que se ampara en mí como su mejor amiga para calmar su ánimo hundido me hace sentir placer y satisfacción. Me embarga un sentimiento maternal durante un tiempo que me parece largo y particularmente entrañable. Sus lágrimas derramadas se adentran por el escote de mi camisa y las noto discurrir entre mis pechos humedeciendo mi ropa interior. Miro discretamente hacia abajo, hacia mi propio cuerpo y percibo el brillo de los fluidos lacrimales que lo empapan, notando la blusa mojada pegada a mi piel. Acaricio su pelo rezando por que no se separe, apretándolo sutilmente contra mí para percibir la calidez de su aliento y de su boca entrebierta bajo mi cuello. Los acordes de una melodía lejana traspasan los muros vecinales incitándome a cerrar los ojos para disfrutar intensamente del resto de mis sentidos. Las notas musicales parecen soterrar sus sollozos, ahora soy incapaz de oirlos, no acierto a saber si ha dejado de llorar. Tal vez sí.
   Su mano asciende lentamente y en silencio por mi muslo y lo recorre varias veces, mientras su boca baja unos cuantos centimetros en dirección a la confluencia de mis senos. Me quedo quieta y un temblor ligero doblega mis piernas. Me siento desconcertada, confusa. Una de sus manos acaricia mi espalda con las yemas de sus dedos, ascendiendo por todas y cada una de mis vertebras, provocándome una descarga eléctrica que eriza el vello de mis brazos mientras la otra mano traspasa la frontera de mis caderas  y recorre mi cintura para acabar posándose bajo mi pecho. No sé cómo reaccionar. Mi estómago hace tiempo que inició un baile imposible de detener, no sé bien si como fruto de mi excitación o es que me siento avergonzada como una adolescente transgrediendo las normas morales que le han sido impuestas. Hago un esfuerzo por recordarme que él es mi amigo, mi compañero al que veré mañana sentado en un despacho a escasos metros de donde el mío se ubica, y me obligo a hacerlo parar porque sé que no es un sentimiento de amor el que motiva sus actos. Pero me rebelo. Lo noto junto a mí y siento estar tocando el cielo. En un último instante de duda su mano asciende apenas dos centímetros y su dedo pulgar se eleva recorriendo mi pecho con un suave vaivén que endurece mis pezones en respuesta inmediata al placer que me suscita. Escucho cómo su respiración se detiene y deduzco que me está dando tiempo para reaccionar, para retirarme, para impedirle seguir. Pero no lo hago, no deseo hacerlo parar. Cojo su mano con tacto, con dulzura y la dirijo hasta los botones de mi camisa que él no duda en empezar a soltar mientras recobra la respiración perdida, ahora más acelerada. Libera uno, dos, los tres primeros, y aparta la tela hacia los lados para dejar a la vista la redondez de mis senos húmedos por el paso de sus lágrimas saladas. Comienza a besarlos, tratando de borrar sus propias huellas con sus labios, aspirando el aroma que mana de mi piel y que deseo que le haga marear como a mí el suyo. Su mano posterior, la que acaricia mi espalda, se acelera y comienza a clavarme ligeramente las uñas mientras yo correspondo acariciando su torso y sus brazos con miedo a hacerlo marchar, a que reaccione y se pregunte qué demonios está haciendo ahora conmigo, rompiendo así el hechizo que comienza a provocar discontinuos y subyugantes calambres en mi entrepierna.
   Recobra la maniobrabilidad de ambas manos y termina de abrirme la camisa desplazando hacia abajo mi ropa interior, dejando mis pechos al descubierto de forma lenta y paulatina a medida que su lengua recorre su anatomía centímetro a centímetro hasta llegar al contorno de la areola erizada y endurecida, y comienza a lamerlos al compás de mis primeros gemidos, que escapan irremediablemente para perderse en la atmósfera densa que acaba de crearse donde antes creí imposible que sucediera nada.
   La presión de su rostro sobre mi pecho me doblega, me hace caer hacia atrás posando mi espalda a lo largo del sofá. Mi pulso acelerado grita, aclama en silencio que continúe, que me lleve hasta el limbo de las sensaciones a voluntad plena. El botón de mi pantalón se suelta y aflora el encaje blanco y estrecho de mis braguitas, dándole la bienvenida a unas manos que no son las mías, y que están próximas a acoger la parte de mi anatomía que está a punto de desaguarse. Él se libera de su camiseta estrecha y me muestra el torso que apenas conocía por intuición. Suspiro profundamente bendiciendo el momento en que se marcharon todos favoreciendo este encuentro.
  Cuando sus manos sujetan mis caderas, elevándolas para dejar palpable mi completa desnudez que él está a punto de saborear, pienso que todo debe ser un sueño, que no puede ser real una emoción tan fuerte, tan intensa dentro de mí que me está haciendo estremecer por un deseo sublime de que me posea, en cuerpo y alma, día tras día, minuto tras minuto. Y así es. El sonido agudo y repetitivo de la alarma de mi teléfono móvil me devuelve a la realidad. La de la vida cotidiana. La de mis mañanas sola. La de mi trabajo rutinario cerca de quien despierta en mí sueños sublimes como el que acabo de tener. Que no resulta ser el primero. Y preveo que tampoco el último.
 © Pilar Muñoz - 2013

4 dic 2015

RELATO: "EL REENCUENTRO".

 

    La vida nos ha devuelto la libertad. A él y a mí. Relaciones frustradas que el destino preparó para nosotros, para que nos pudiéramos volver a encontrar. Nada en los últimos años ha provocado en mí tanta emoción como verle de nuevo, encontrarme con él en este local emblemático que ya frecuentábamos cuando la música juvenil zumbaba en nuestros oídos. Cuánto he odiado a María en todo este tiempo por arrancarme de allí en el mejor momento, cuando los ojos de él me invitaban a intimar. Sí, con él. Con el chico de mis sueños. No tuve tiempo de responderle cuando me preguntó, con chispas en las pupilas, si quería acompañarlo. Me hice aguas. Y con ellas me ahogué en casa, en un llanto de rabia que me dejó erosionado el corazón por muchos años.
      Lo miro en la distancia, preguntándome lo que sería yo para él entonces; si un pasatiempo como las demás al que olvidar en pocos días. Y me da miedo acercarme. Que rompa con su desmemoria la imagen idolatrada del amor platónico que he sentido cada minuto desde el momento en que le perdí. Ni siquiera sé lo que dejamos de hacer; aunque siempre teñí de romanticismo lo que terminó por convertirse en un sueño irreal. Daría lo que fuera por hacer retroceder el tiempo, por chascar mis dedos y reaparecer en la escena inconclusa de antaño. Todo se esfuma a mi alrededor en este instante, me invade esa estampa como una postal de recuerdo, con un retrato de nosotros dos.
      Él eleva la vista y me sobresalto cuando se cruzan nuestras miradas. Frena en seco la cucharilla con la que hacía girar el café bajo su gesto absorto. Y se estira en la silla, retrepándose. Aspiro el aire nostálgico que emanan sus ojos cuando se clavan en mí, y me derrite la sonrisa plácida y elocuente que me dedica. Se acuerda de mí. Y yo me emociono. Una mueca nerviosa reemplaza la mudez de sus labios y son sus manos las que me ofrecen la silla vacía que le acompaña. Intuyo que no sabe si levantarse y besarme, si saludarme con formalidad… Pero me da lo mismo. Se siente igual de emocionado que yo y eso me basta para hacerme olvidar quién soy y la edad que tengo, para inducirme a hacer una locura sin que me sienta ridícula. Quiero reanudar nuestro encuentro donde lo dejamos, necesito saber lo que pudo haber pasado. Y no quiero confesiones. Sino hechos.
      Me separo el cabello a ambos lados y lo recojo de manera informal en dos coletas bajas, dejándolas caer sobre mis hombros. Abro el botón superior de mi blusa y pellizco mis mejillas para devolverle el rubor que sentía entonces. Y me desprendo del anillo de casada que aún luzco por dejadez. Una sonrisa espontánea le hace agachar la cabeza, sorprendido por mi actitud. Pero luego vuelve a mirarme y se recoloca en su asiento, recomponiendo el gesto, decidido a seguirme el juego. Veo las chispas reaparecer. Y suspiro por dentro.
      Me siento a su lado con timidez y comienzo a juguetear con mi pelo, sin atreverme a sostener su mirada. Como entonces. Y reanudo la conversación,  preguntándole con un deje de romanticismo en la voz:
      —Acompañarte… ¿adónde?
      —Donde podamos estar solos, tú y yo. Hay demasiado ruido aquí. Y gente. Demasiada gente —responde espontáneamente.
      La yema de su dedo recorre el dorso de mi mano  y un dulce frío me sacude la espalda.
      —¿Quieres que hablemos? —pregunto con la ingenuidad de aquel tiempo.
      Él sonríe con malicia y se muerde los labios.
      —No precisamente.
      —¿Por qué yo?
      —Me gustas.
      —Las otras chicas, también —le insinúo, acomplejada por el desparpajo que ellas lucen y que yo no tengo.
      —Me gusta tu boca. Y la forma en que me miras. Es… diferente.
      Ahora su dedo recorre mis labios con sutileza y centra su vista en ellos. Noto un pellizco dentro y un sentimiento inocente me sobrevuela. Me agito como una jovencita boba.
      —Tú también me gustas —acierto a decirle con un hilo de voz—. Aunque… no sé. Igual piensas que soy una niñata infantil, pero no quiero que te des el lote conmigo y luego vayas por ahí pavoneándote de lo que me has hecho sin volver a mirarme más.
      —No te haré nada que tú no quieras. Esperaré si me lo pides.
      Vuelvo a hacerme aguas ante la sinceridad de su voz, de sus ojos. Mi corazón palpita, me pregunto si será capaz de acompañarme ahora, en este mismo momento, quince años después. Me acerco a su rostro con lentitud y pongo un suave beso en su boca. Y él me corresponde, posando sus manos sobre mi cuello. Pierdo la noción del tiempo, no sé en qué época estoy.
      —Tengo que decirte algo —susurro, a escasos centímetros de él, observando su gesto interrogante mientras yo mantengo el mío azorado, sumida en mi papel—. Yo es que…, aún soy virgen.
      Arrancamos a reír y el aura se rompe, vuelven los ruidos de la máquina del café, de las cucharillas en los platos, de la petición de las comandas, de los comensales charlando… Nos quedamos en silencio. Mirándonos. Visiblemente nostálgicos. Hasta que él se levanta y me tiende la mano, invitándome de nuevo a acompañarlo.
      —A dos calles de aquí hay un hotel precioso, con un encanto especial —me dice, seduciéndome e iluminando a un tiempo mi vida entera. Y a continuación, sonríe jocoso—. Prometo hacértelo despacio… para que no te duela.

 © Pilar Muñoz - 2015


24 nov 2015

RELATO: "LA ESPERA".

   El fuego crepita, apenas interrumpiendo el silencio que dejaste. No puede calmar el frío que siento. Me acurruco en la alfombra, sentada en el suelo, recostada en el sofá desde el que solía mirar las llamas junto a ti cada domingo. Cruje la madera vieja de esta cabaña, impregnada, hasta su última astilla, de la pasión que compartimos a escondidas, del amor que yo te di. Observo apenada la puerta por la que marchaste y quisiera golpearla, por permitir tu huida... Siento que muero a pequeños sorbos, en cada día que pasa, en cada tarde de soledad frente a esta chimenea que guarda silenciosa nuestros secretos de amor. La razón me reprende. Y yo la acallo. Porque solo quiero escuchar a este corazón loco que baila y palpita en mi pecho cuando pienso en ti. A este corazón loco que me devuelve la vida. Las ganas de vivir.
   Unos pasos me alertan. Sigilosos, temerosos. La emoción me ahoga al reconocerte aproximándote a mí, mirándome. Observo tu rostro e intento leerte. ¡¿Qué has venido a decirme?! Te brillan los ojos, destellan como nunca hicieron. No, calla, no digas nada..., lo sé. Te asusta perderme, tanto como yo a ti. Te sacudiste las dudas, como los árboles sacuden sus hojas en otoño… Y ahora regresas, anhelando encontrarme aquí.
   Un suspiro vuela, revolotea cómplice entre tú y yo. Me adentro en tus ojos y navego por tu mirada calma, que me arropa y delata un sentimiento que me cautiva, que me sabe a vino dulce, que me embriaga y me invita a perder la noción del tiempo, del lugar en el que estamos para tomar conciencia de ti y de mí.
   Despliego la manta que me envuelve y te invito a pasar dentro, a fundirnos piel con piel sobre la alfombra que nos acuna. Avanzas un paso, hundes tu cabeza en mi pecho y aspiras la estela del suave perfume con el que he estado esperándote cada tarde, cada noche, cada amanecer…, la fragancia que en él derramé para ti. Solo para ti. Mi pulso late. Siento como tu calor se expande acaparándome entera, como tus labios rozan mi cuerpo mientras mis dedos bucean entre tu pelo apresándote, dejando caer en él una llovizna de lágrimas manadas del corazón. Enamoradas. Apasionadas. Dulces como un vil veneno.
   No me muevo. Quiero hacer perdurar este sueño que ahora vivo despierta, aun con los ojos cerrados. Un sueño de amor en el que desearía sentirte con toda intensidad: con mi boca estremeciéndote, con mis oídos escuchando tus gemidos derrotados, con mi piel erizada en los pechos, en mi vientre, en las yemas de mis dedos al tocarte y excitarte, aspirando tu aroma que me vuelve loca y que me atrae hasta ti... Pero no te atreves. Por vez primera no te atreves a rendirte, confesándome en silencio que no has venido a buscarme para saciar tu sed. Sino tu alma.
   «Hazme el amor» —te pido, con un hilo de voz—. Y escucho como tu corazón palpita al compás del mío mientras posas tu frente sobre mi frente, mientras tu boca muerde mis labios en una caricia suave, mientras tu mano acaricia mis senos, que pierden la timidez ante quien se sabe dueño... Mientras se enarbola tu sexo y el mío se licua al sentirlo cerca, rozándose, reconociéndose, decididos a fundirse en arrebatos de placer.
   «Llévame al cielo» —susurro—. Y mi cuerpo se curva ante las sacudidas rítmicas que tu pasión me provoca. Mientras me llenas. Mientras me abrazas. Mientras me muerdes y aseguras, al compás de tus gemidos, que me amas, que no me abandonarás.

   Y te creo. Porque mi mente y mi corazón bailan juntos... Ahora, sí.
   Te creo.  
 © Pilar Muñoz - 2015

15 nov 2015

MICRORRELATO: "POESÍA SOÑADA".


   Pronuncié el nombre de otro acompañado de un 'te quiero', haciendo como que dormía. Con voz sentida, desgarrada. Tú a mi lado suspiraste, sin musitar nada, ni en la noche ni en el día. Tan solo amor me diste. Más que nunca. Y al fin supe que me querías.
   Yo quise resarcir el daño por mi prueba despiadada. Y sin que tú me lo preguntaras confesé que recitaba. Que era una simple poesía todo cuando decía... mientras soñaba.
 © Pilar Muñoz - 2015
 

4 nov 2015

MICRORRELATO: "AMOR CARNAL".

   Quiero verme sorprendida por tu irrupción en este aposento en el que me encuentro. Que hagas detenerse al aire para que solo el flujo de mi respiración navegue a tu alrededor, a velocidad creciente, delatando lo que mi corazón siente y lo que mi piel clama cuando te miro. Quiero que me ordenes elevar mis brazos para atracarme, para cachear las curvas de mi desnudez con la yema de tus dedos, con tus manos fuertes como arma de posesión mientras permanezco impávida, dejándome hacer sometida a tu voluntad. Quiero que tus ojos desborden lascivia y me abrasen al recorrerme, mientras los míos hacen lo suyo con tu boca, con tu torso perfilado y tu abdomen perfecto, con tus caderas estrechas y bien entrenadas para acometidas salvajes, con el mástil que aguarda entre ellas pugnando por alcanzarme, señalándome directamente en actitud desafiante, como si ya me hubiera elegido y no tuviera marcha atrás. Quiero tragar saliva para calmar los nervios que me provoca tu proximidad, para calmar la excitación mutua que electriza el vello de nuestra piel. Y quiero gritar tu nombre en un susurro intenso junto a tu oído cuando mi cuerpo se desmorone devastado por el placer que solo tú eres capaz de darme.
   Quiero que este deseo traspase la barrera del tiempo y se transforme en realidad.
   Esta tarde.
   Ahora.
   Ya.
© Pilar Muñoz - 2015




8 oct 2015

MICRORRELATO ERÓTICO: "RETRATO A CIEGAS".



   Me ruborizo ante el lienzo inmaculado en el que vas a recrearme. Prometes no mirar mi desnudez y me dejo llevar, nerviosa. Cierras tus ojos. Mi ropa cae. Tiemblo. Tus manos se acercan y tocan mi piel. Recorren mi cuerpo, a ciegas, una y otra vez, hasta memorizar las curvas que trasladarán a la tela portando pintura en los dedos, como pinceles ardientes. Vas y vienes. Me estremezco. Y tú te agitas al apreciar la excitación en mis pechos y en mis rincones secretos. Lanzo un gemido al aire y te apreso, pidiéndote ser musa y además lienzo en el que tu boca trace infinitas pinceladas hasta el amanecer. 

© Pilar Muñoz - 2015.


18 sept 2015

MICRORRELATO: "AMOR VERDADERO".


Él acerca su mano a la de ella y se entrecruzan. Su dedo pulgar oscila de un lado a otro, dibujándole en el dorso una caricia suave que ella reconoce, haciéndola sonreír. La luz inunda sus ojos, irradiando destellos que no han perdido su intensidad aunque nazcan de unas pupilas cansadas, castigadas por el paso de los años. Él los acoge y los acuna en su alma, en su corazón debilitado del que tanto presume por no lucir arrugas como las que surcan su rostro. Callan. No precisan palabras para entenderse. Sus miradas lo dicen todo. La ternura les endulza el aire que respiran, que comparten desde hace más de medio siglo como tantas otras cosas. Ella posa su cabeza sobre el hombro de él. Y él la abraza. Miran al horizonte con sosiego envidiable, con la calma que brinda una soledad ausente. Nada los perturba. Nadie se inmiscuye en su burbuja de amor, de la que son protagonistas exclusivos cada día, cada minuto, cada segundo. Cierran los ojos y esperan que el tiempo pase. Entregándose uno a otro como siempre hicieron. Antes, con la carne; ahora, con su alma convertida en una. El mundo se reduce a ellos. El universo es una nimiedad comparado con la inmensidad de lo que sienten.
Yo, observándolos, me respondo por primera vez a la eterna pregunta de si el amor verdadero existe. Y lo hago con el profundo anhelo de encontrar a quien pasados algunos años sea capaz de iluminar mi vida con solo mirarme. Al igual que yo a él. Al igual que ellos.
Pilar Muñoz Álamo - septiembre 2015.

14 sept 2015

MICRORRELATO: "TARDE".

 
    Llegué tarde a tu vida. Mi reloj quedó parado y calculé mal el tiempo. Horas vacías..., días vacíos..., apeada de una rueda que tú jamás perdiste. Te vi pasar. Rayos de sol pincelaron tu cuerpo y extendí mi mano para alcanzarte. Pero tu piel resbaló entre mis dedos y volví a quedar varada en puerto sin saber qué hacer. Si echar a correr... Si gritarte. Si reclamarte a mi lado atendiendo a la llamada de un corazón que me ordenaba descerebrado. Mi clamor interno y mudo te hizo girar el rostro. Tus ojos besaron los míos... y tus pupilas libaron mi boca como miel de abejas. Derramé un suspiro al aire y lo vestí de menta y canela para atraparte. Pero tu mano no abandonó su cintura, tus dedos no cesaron de acariciar su espalda ni murieron tus pasos para volver atrás... Para venir a mí.
    Ella te alcanzó primero. Yo llegué tarde. Pero el amor no muere a pesar del tiempo. No envejece. Rejuvenece y se hace más fuerte mientras te alejas. Esperando. Esperando a que la rueda gire y... tal vez, solo tal vez, de nuevo pases frente a mí.


Pilar Muñoz Álamo - septiembre 2015.

23 jun 2015

RELATO: "AMOR SIN NOMBRE".


   Esta noche me he puesto mi mejor vestido, remarcando mis perfiles, mis curvas femeninas para él. He realzado mis piernas con zapatos de tacón y maquillado mi rostro con discreción, acentuando el verde oliva de mis ojos y mi carnosa boca. Unas gotas de perfume en el escote, suave, con un sutil aroma a cítricos y a jazmín. Y mi pelo recogido de forma casual, liberando mi cuello de envolturas que obstaculicen el roce de sus labios, tan deseado.
   Me hago acompañar por él y la acidez de mi estómago enturbia mi estampa cuando lo observo regalar su mirada a cualquier mujer que no sea yo. Como siempre. Un velo acuoso destiñe mis pupilas y respiro ante lo evidente. No puede forzarse el amor… Se puede despertar el deseo con un trozo de tela y lápiz labial, pero no un sentimiento… Resulta absurdo luchar contra lo prohibido cuando la curiosidad mata, cuando el instinto de probar lo ajeno, lo desconocido, se arraiga en las entrañas y se enraíza en ellas como un árbol centenario, indemne a las tempestades.
   Suelto su mano y lo dejo marchar de la estancia en la que estamos. Y de mi vida. Un nudo en mi garganta lo despide de mi vida, su ceguera y su ignorancia me están matando con lentitud, con crueldad, como a esas flores que terminan por marchitarse a falta de agua que las alimente.
   Me giro y me adentro en el baño, me avergüenza sentirme delatada públicamente por las lágrimas que batallan para aliviar mi ahogo. Y Ana, mi fiel amiga, mi confidente, me sigue rauda cerrando la puerta tras de sí para poder abrazarme en silencio, para volver a cederme un hombro sobre el que llorar sin pedirme explicación.
   A solas, ella toma mi rostro entre sus manos y lo eleva hasta que mis ojos encuentran los suyos. Busco en ellos una mirada cómplice, un atisbo de comprensión que me haga sentir protegida, que aniquile la sensación de vulnerabilidad que siento. Tal y como he hecho siempre. Pero esta vez me pierdo en ellos, la profundidad con que me miran me resulta extraña. Y dulce. Muy dulce. Mi respiración se contiene y frunzo el ceño con sutileza, en un gesto involuntario que intenta adivinar lo que está pensando, leer el mensaje escrito en sus pupilas, que dibujan cada centímetro de mi rostro con ternura  inusitada. Ella me aparta un mechón de pelo y seca la humedad de mis ojos con la yema de sus dedos, despacio, con suavidad, y un cosquilleo me alerta. Parezco estar mirándome a un espejo, la expresión que percibo en ellas es idéntica a la que las mías han dedicado a Pablo durante años…, cuando estaba enamorada. Me embarga un mutismo absoluto, no puedo articular palabra, la imagen de él que copaba mi mente se ha desvanecido ante el desconcierto de lo que está pasando. Ella calla. Pero su tez, antes lívida por mi sufrimiento, se va sonrosando a medida que yo escucho lo que su corazón osa decirme. Me encojo. Y comprendo. Acierto a comprender cada uno de sus gestos que nunca supe apreciar, de sus palabras con significado oculto, de su espera paciente y su mano tendida cada minuto en que la necesité.
   La desazón me recorre el alma al ser consciente de la tortura a que la he estado sometiendo, pidiéndole que me ayudara a recuperar a Pablo y revelando en su compañía mi amargura y frustración sin intuir que su amor hacia mí la tenía presa. Esbozo una sonrisa tibia, sin apartar la vista de unos ojos que me atrapan como imanes, que siguen mirándome como jamás nadie lo ha hecho. Y el aire se impregna de magia, no sé cómo, ni por qué. Aunque eso en realidad no importa, me apremia el deseo de dejarme llevar por el dictado de los sentimientos sin preguntarles nombre…
   Aproximo mi boca a la suya hasta notar el roce de sus labios cálidos, suaves, envolventes. Y nos besamos. Sin prisa. Sin ansia. Dejando que este insólito despertar tapice sobre mí un nuevo paisaje a color. Puedo apreciar la tensión en el cuerpo de Ana al tocarnos, el miedo que rezuman los poros de su piel ante mi reacción. Un suspiro emocionado emana de ella cuando la invito a posar su mano sobre mi pecho al tiempo que dejo caer mi frente sobre la suya. Su amor me envuelve, me inunda y me descoloca. Me hace temblar. Me desconcierta. Y a la vez me gusta y me produce una sensación calma, como la caricia de una ola al atardecer. Desconozco lo que sentiré mañana, qué turbulencia de sentimientos albergará mi ser al recordar mi cuerpo desnudo bajo sus manos, bajo su boca… Al recordar la erección de mi piel y el latir agitado del pulso… Al sentirme protegida, comprendida y amada por una mujer como nunca antes lo fui por un hombre.
   No sé qué será de mí mañana. Solo sé que deseo detener el tiempo y abandonarme aquí y ahora hasta el final. Con ella. Con mi amiga fiel a la que, desde este mismo instante, ya no sabré cómo llamar.


Pilar Muñoz Álamo - 2015


18 oct 2013

MICRORRELATO CON AUDIO: "EL BESO"



   Te miro a los ojos y las palabras cesan, se extravían entre un murmullo de sensaciones rebotando bajo mi piel, como átomos incontrolados de deseo y emoción. Dudo. Pero veo descender tu mirada hasta posarse en mis labios y tu corazón sonríe. Entonces me aproximo lenta, tímida, invadiendo esa distancia escasa que hemos ido acortando mientras una charla intrascendente excusaba el motivo auténtico de nuestra cita, de nuestro encuentro tan deseado. Pongo mi mano en tu cuello, suave, delicada. Y las yemas de mis dedos hablan por mí, riegan tu pulso del amor sentido desde hace tiempo. El tropiezo fugaz de nuestras pupilas me intimida. Pero sigo, agitada, nerviosa. Percibo tus dedos adentrándose en mi pelo, impidiéndome el retroceso como respuesta a un sentimiento compartido, a un deseo mutuo. Entreabro los labios e inclino mi rostro con levedad, buscándote. El contacto tibio de nuestras bocas me sume en un tempo lento y largo en el que no tiene cabida la realidad. Me siento perdida e incapaz de regresar de este valle encantado tan soñado, con los fuegos de artificio intimidando al raciocinio, atrincherado en algún lugar recóndito del que no puede salir. Mi corazón palpita hasta hacerme daño mientras dura este intercambio de emociones, transferidas de mí hacia ti, de ti hacia mí, a través de este conducto mágico que nos permite entrelazarnos con sublime intimidad. Nos cedemos parte de nuestro ser, de nuestra esencia de hombre… y de mujer. Sellamos nuestros sentimientos con este beso largo y profundo plagado de confesiones tácitas. Entre ellas, el pacto de silencio que nos acompañará cuando, al despedirnos, seamos conscientes de que todo habrá acabado sin apenas empezar, de que tendremos que vivir de este recuerdo para siempre, alimentándonos de él. Día a día.


 © Pilar Muñoz Álamo - 2013

4 jun 2013

20 mar 2013

RELATO: "DESEO VIRGINAL"

  
 Hace algunas semanas me apunté a la Quincena erótico-festiva del blog Libros que hay que leer y en la entrada que publiqué anunciando mi participación, incluí un pequeño fragmento erótico de invención propia en homenaje a tal "evento". No formaba parte de ningún relato, pero hubo quien a partir de haberlo leído me alentó a continuarlo y transformarlo en una pequeña historia. Y como yo sucumbo muy fácilmente a los desafíos y retos varios (no sé si para bien o para mal), pues eso es justamente lo que hecho, utilizarlo como primer párrafo de un pequeño relato con erotismo en estado puro. ¡Del fino, ¿eh?, creo yo! No sé vosotr@s lo que pensaréis :)
   
   Ahí va:


 "DESEO VIRGINAL"

   Abrí la puerta del baño envuelta en una nube de vaho que me hizo resurgir de ella como una esfinge sinuosa, sofocada por el calor extremo del agua que minutos antes había besado mi cuerpo, cada centímetro de mi piel que ahora lucía tersa, aterciopelada y suave, impregnada por entero de aquella esencia de miel y almendras de aroma cautivador y sabor dulce. Tardé un instante en acomodarme a la penumbra salpicada por la tenue luz de las velas dispuestas por el dormitorio y a la melodía suave que incitaba a mis sentidos a dejarse llevar. Una silueta masculina de torso desnudo se aproximó a mí lentamente, en silencio, esbozando una sensual sonrisa de labios carnosos mostrando deseo. Noté sus manos abriéndose paso por la abertura de mi albornoz, ensanchándola al tiempo que recorría con sus manos mi cintura atrayéndome hacia él. Mi pelo mojado dejó escapar algunas tímidas gotas de agua que recorrieron mis hombros hasta llegar a mis senos, donde iniciaron un suave descenso bordeando sus curvas pronunciadas y sensuales. Él clavó sus ojos en ellas, secándolas con las yemas de los dedos para besar después las huellas de humedad que habían dejado a su paso y que ahora se incrementaban al contacto con sus labios, con su boca, con su lengua excitada incapaz de detenerse. Un gemido efímero y apasionado huyó de mí para confundirse con las notas musicales dispersas en el ambiente, como preámbulo de lo que prometía ser una noche de sumo placer.

   Me pregunté por un instante cómo diantres había aparecido él allí; los efluvios del alcohol debieron haber jugado al escondite con mi memoria, sin dejarla adivinar si había sido yo quien lo había invitado a subir o tal vez fue él quien me transportó literalmente hasta mi habitación de hotel para protegerme de las consecuencias nefastas del cava que había bebido hasta perder la razón. Pero no me importó. Las sacudidas eléctricas que sus roces provocaban en mi cuerpo silenciaban el miedo hacia mi primera vez, tantas veces soñada, aventurada hasta la saciedad dejándome llevar por una mezcla de romanticismo desbocado y ausencia de detalles ante lo que no había conocido nunca en primera persona, tan solo en las novelas de Corín Tellado que mi madre solía leer. Entonces sentí miedo, y un rubor espantoso al ser consciente de que no sabría cómo actuar, ni cómo responder ante aquel extraño que parecía dominar el arte amatorio en mucha mayor medida de lo que yo había podido leer. 

   Una de sus manos ascendió muy lentamente por la cara interna de mis muslos hasta llegar a su confluencia, mirándome a los ojos y esbozando una sonrisa con su boca amplia que no dudó en utilizar para sellar la mía antes de que yo pudiera confesarle el secreto de mi virginidad más absoluta, como si ya lo intuyera y no le importara nada. O tal vez como si aquello le excitara mucho más. Comprendí que sólo tenía que dejarme llevar, permitirle hacer a él y a mis instintos libidinosos, fuertes como nunca imaginé que pudieran ser.

   Me despojó del albornoz que aún se apoyaba sobre mi espalda y caí completamente desnuda sobre la cama, empujada levemente por su cuerpo. Él mantuvo el equilibrio y permaneció en pie durante unos segundos que me parecieron eternos, mirándome de arriba abajo con lascivia y un deseo reflejado en sus ojos que me intimidó. Y me gustó, haciéndome notar un cosquilleo entre mis piernas que me obligó a apretarlas una contra otra y revolverme ante su gesto de aprobación. 

   Se inclinó sobre mí y sujetó mis manos elevándolas sobre mi cabeza, haciéndome sentir excitantemente expuesta, vulnerable, y comenzó a recorrer mi piel por entero con la boca y con sus manos, cada pliegue, cada pequeño rincón ignorado hasta por mí, besándolo, lamiéndolo, pellizcándolo. Recobré la libertad de mis manos y le correspondí, acariciando su espalda, su pelo, sus brazos torneados y su pecho desnudo, su sexo, sus nalgas. Me sentí feliz, desinhibida, pletórica por aquella opera prima tan excitante que abriría paso, sin duda alguna, a otras muchas funciones a partir de aquel momento. 

   Mi respiración acelerada comenzó a descontrolarse a medida que su entrepierna abultada presionaba la mía cada vez más, moviéndose insinuosamente, buscando un hueco por donde colarse dentro de mí, mientras sus gemidos me susurraban al oído que había llegado el momento más temido. Y el más deseado, tal vez.

   Aprisionó mi cuerpo bajo el suyo y esperó, incrementando mi excitación de manera sublime al sentir cada centímetro de mi piel unida a la suya. Un reflejo de luna penetró a través de la ventana iluminándolo con lentitud, avanzando desde el extremo de sus pies hasta besarle la nuca, momento en que una descarga de excitación lo fustigó obligándome a separar los muslos ampliamente con ayuda de sus piernas fuertes y musculadas, clavándome su daga de forma brusca e impetuosa sin ninguna concesión una y otra vez. Un dolor intenso aguijoneó mi vientre y cerré los ojos, al tiempo que él sumergía su cabeza en mi clavícula con deseo enloquecido, buscando mi cuello con sus labios henchidos de fogosidad extrema. Noté el roce de su boca sobre mi piel, abriéndose cada vez más, percibiendo la calidez de su aliento y la humedad de su lengua como un animal poseso, completamente fuera de sí. Y entonces los sentí. Entonces sentí los hilillos de sangre que sus colmillos afilados habían hecho resbalar por mi cuello mientras él succionaba mi vida y mi preciada virginidad con los ojos desorbitados y el semblante victorioso, recobrando así una centuria de vitalidad renovada. La laxitud de mis miembros me impidió moverme, dejándome llevar, poco a poco, por el sueño inmortal que me acompañaría hasta el otro lado para siempre. Hasta el lado infinito de las sombras.

Pilar Muñoz Álamo - 2013


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