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20 oct 2014

SORTEO DE UN EJEMPLAR DE "¿A QUÉ LLAMAS TÚ AMOR?"

   ¿Quieres ganar un ejemplar de la novela?

   Laky, administradora del blog "Libros que hay que leer" ha tenido la gentileza de organizar el sorteo de un ejemplar de la novela, en el que podrás participar hasta el 7 de noviembre.

   Pincha aquí para ver las bases y dejar tu comentario de participación si te apetece.

   El ejemplar irá firmado y dedicado personalmente.
   ¡¡Suerte!!

16 may 2014

PASO POR EL PROGRAMA "AL DÍA" (ONDA MEZQUITA TV).

   Los pies en la tierra, la cabeza fría, pero el corazón hirviendo. Esa es la mezcla explosiva que llevo en el cuerpo ante lo que ya ha superado mis expectativas iniciales con respecto a la novela, modestas, realistas, cautas, nada ilusas para no estrellarme. Aunque mi confianza y mi apuesta por ella subyace en todo este cúmulo de sentimientos desde un principio; de no ser así, no habría visto la luz.

   Un mes y medio en Amazon. Dentro del Top 100 de los más vendidos desde su primer día de vida. Quinientos ebooks vendidos, quinientos lectores potenciales que ya disponen de ella en sus lectores digitales para disfrutarla en un futuro, si es que no lo han hecho ya. Primeras reseñas muy positivas. Y primeros comentarios en Amazon entusiastas, alentadores, geniales.

   Este camino es muy largo y lleno de baches. No tengo prisa, quiero andarlo despacio, pero en firme, poco a poco, sola o respaldada por quienes tienen mayores recursos para ofrecerla en papel, aunque me consta que la veré vestida de celulosa, como ya dije en cierta ocasión, aunque termine por hacerle el traje yo misma.

   Ayer di un pasito más en su difusión, uno de tantos que, a priori, nunca se sabe si será de mayor o menor utilidad, pero ahí está, junto a mi agradecimiento profundo a quienes lo hicieron posible: mi intervención en directo en el programa de televisión "Al día", de Onda Mezquita TV, en Córdoba, presentando "Los colores de una vida gris" y "Ellas también viven".

   Aquí os dejo el enlace al vídeo de la grabación, por si os apetece acompañarme.


   Gracias por vuestra confianza y por vuestro apoyo.
   Seguimos caminando.




21 nov 2013

RELATO: "CICATRICES EN CUERPO Y ALMA"

   La tristeza me embarga al caer la noche. Pero no quiero llorar. Las lágrimas ya fluyeron en el viaje que tuve que hacer bajo los designios de quién sabe quién. O qué. Lágrimas aleccionadas para vidriar mis ojos en soledad, para ahuyentar el miedo a través de ellas mientras mi rostro público dibujaba los rasgos de una fortaleza fingida, pero necesaria para evitar el derrumbe de mi hogar como si fuera un castillo de naipes bajo un vendaval imprevisto.
   Ahora estoy de vuelta, agarrada a la vida con el albor pintado en las yemas de mis dedos de tanto apretar, con una sonrisa abierta que aun oscila temerosa por las sombras que me sobrevuelan, pletórica al sentir el rubor del sol en mis mejillas y el susurro del viento, que mece las puntas de mis cabellos haciéndome sentir viva, agradecida por una segunda oportunidad que satisface con creces quien soy...; aunque pesarosa por como ahora soy, por el cuerpo devastado con el que deberé entregarme a ti. Con el que deberé convivir yo.
   Tengo miedo. Cuando el resplandor del día cesa y me encamino hacia la cama, tengo miedo. Mi cuerpo y mi mente se hacen un ovillo, a pesar del amor que siento y de la sonrisa que me regalas al cruzarse nuestras miradas. Y en ella espero. En la cama espero a que vengas a mi lado, temiendo desnudarme y exponer la huella que me dejó el bisturí en su lucha contra mi enemigo mortal, aquel que se llevó consigo una parte de mi ser, una seña de identidad arraigada en mi mente para hacerme sentir mujer y cuya ablación perturba mi equilibrio emocional, aun en contra de lo que dictan mi racionalidad y tu forma de amarme.
   Hoy todo es distinto. No tienes prisa por venir junto a mí y mi corazón se encoge. Enciendes una decena de velas dispersas alrededor de nosotros, y el crepitar de sus llamas diminutas baila al mismo ritmo que lo hace mi pulso, nervioso. La música suena. Nuestra música. Su melodía me envuelve haciéndome entornar los ojos durante un instante breve, y los vuelvo a abrir para observar tu cuerpo desnudo a los pies de la cama. Lo siento mío, exclusivamente mío, y lo amo con toda la pasión que cabe en mi alma: cada músculo, cada pliegue, cada curva insurgente que desafía a esa escultura cinéfila tan artificial. Amo tus manos, tus labios cuyos besos reconozco en cualquier parte de mi cuerpo y tu aliento excitante que inicia en mi cuello su recorrido largo por las estaciones del placer. Pero me quema el recuerdo de nuestras risas de antaño entre posturas desinhibidas, nuestros gemidos a media voz, nuestras miradas pérfidas de deseo tras una pequeña ingesta de alcohol.
   Te aproximas a mí con lentitud, mostrando una súplica en tu rostro solícita de que hoy sea el día. Y me estremezco. La oscilación sutil de mi cabeza de un lado a otro muestra mi negativa, percibiendo en mis entrañas un dolor desgarrado por incumplir la promesa que te hice de entregarme en cuerpo y alma. Quiero seguir entregándote el alma. Pero el cuerpo no. El cuerpo no.
   Mis lágrimas diluyen tus perfiles, pero el gesto de ternura que se configura en tu rostro trasciende y llega hasta mí como una brasa cálida que me acuna. Me abrazo a mí misma, en un acto reflejo que protege mis pechos ausentes. Tú posas tus manos sobre mis muslos y los recorres al compás de los acordes, dibujando caricias que erizan mi piel, y subes hasta alcanzar mis caderas. Decenas de besos rocían mis poros, mis curvas, mis pliegues. Y me relajo, dejándome llevar, dando por seguro que no subirás, que la oquedad de mi ombligo será la bandera que marcará el límite que no deberías traspasar. Pero tus dedos no atienden a símbolos. Tu mente no atiende a razones. Tu amor se niega a dejarme en la sola compañía de mis miedos, de mis recelos, de mis complejos recién adquiridos..., ¡y yo quiero corresponderle! Y voy a corresponderle.
   Tomas mis manos con suavidad y las llevas hasta tu boca para posarla en ellas un instante breve, esbozando una sonrisa cómplice que pide a gritos mi confianza. Y te la doy. El estómago me oprime, me cuesta respirar, el nudo de mi garganta crece a medida que aparto mis brazos a ambos lados de mi cuerpo, invitándote a que sueltes los botones de la camisola que me cubre. Los claroscuros que forma la luz de las velas tiemblan a la vez que yo. Contengo el aire al quedarme desnuda, sin barreras físicas que se alcen entre tú y yo. La luz anaranjada ilumina tu dolor. Tragas saliva y soy testigo del brillo de tus ojos mientras susurras mi nombre: Teresa. Yo tiemblo de nuevo. Una congoja insufrible se hace eco en mi pecho cuando viertes tus lágrimas sobre las planicies donde, poco tiempo atrás, se erigían mis montes encantados que tantas veces acariciaste. Las enjugas con tus labios y las besas, una y otra vez, paseándote por sus cicatrices con una ternura infinita. Y te recuestas sobre ellas abrazándome con fuerza tras sonreírme y confesarme, a través de tus pupilas, que me amas más que nunca.
   Acaricio tu pelo y lloro emocionada, sintiéndome orgullosa por este acto de valentía propia con el que empezaré a superarlo. Tu sexo busca la conjunción de nuestros cuerpos; nuestras almas ya están unidas. Te adentras en mis entrañas, me invades, y te siento formar parte de mí, como una extensión de mi cuerpo y de mi ser a la que no quiero dejar escapar. Permanecemos inmóviles, dejando que nos cubran los sentimientos de amor manados al aire, sin obstáculos visibles o invisibles que nos impidan ser uno del otro de principio a fin.
   Resuenan los acordes de un piano, acompañando y enfatizando aquello que siento, llenándome de notas de color la mente mientras mi corazón palpita, con más fuerza que nunca.

© Pilar Muñoz Alamo - 2013




"Por ti" (El canto del loco)

18 oct 2013

MICRORRELATO CON AUDIO: "EL BESO"



   Te miro a los ojos y las palabras cesan, se extravían entre un murmullo de sensaciones rebotando bajo mi piel, como átomos incontrolados de deseo y emoción. Dudo. Pero veo descender tu mirada hasta posarse en mis labios y tu corazón sonríe. Entonces me aproximo lenta, tímida, invadiendo esa distancia escasa que hemos ido acortando mientras una charla intrascendente excusaba el motivo auténtico de nuestra cita, de nuestro encuentro tan deseado. Pongo mi mano en tu cuello, suave, delicada. Y las yemas de mis dedos hablan por mí, riegan tu pulso del amor sentido desde hace tiempo. El tropiezo fugaz de nuestras pupilas me intimida. Pero sigo, agitada, nerviosa. Percibo tus dedos adentrándose en mi pelo, impidiéndome el retroceso como respuesta a un sentimiento compartido, a un deseo mutuo. Entreabro los labios e inclino mi rostro con levedad, buscándote. El contacto tibio de nuestras bocas me sume en un tempo lento y largo en el que no tiene cabida la realidad. Me siento perdida e incapaz de regresar de este valle encantado tan soñado, con los fuegos de artificio intimidando al raciocinio, atrincherado en algún lugar recóndito del que no puede salir. Mi corazón palpita hasta hacerme daño mientras dura este intercambio de emociones, transferidas de mí hacia ti, de ti hacia mí, a través de este conducto mágico que nos permite entrelazarnos con sublime intimidad. Nos cedemos parte de nuestro ser, de nuestra esencia de hombre… y de mujer. Sellamos nuestros sentimientos con este beso largo y profundo plagado de confesiones tácitas. Entre ellas, el pacto de silencio que nos acompañará cuando, al despedirnos, seamos conscientes de que todo habrá acabado sin apenas empezar, de que tendremos que vivir de este recuerdo para siempre, alimentándonos de él. Día a día.


 © Pilar Muñoz Álamo - 2013

2 oct 2013

RELATO: "DESEOS DE FICCIÓN"

   Raquel abre los ojos con la respiración entrecortada, un golpe metálico la ha extraído del sueño excitante en que se hallaba inmersa. Tenues rayos de sol se filtran a través de la persiana, bañando de claroscuros su cuerpo apenas cubierto por su ropa interior de satén. Con lentitud, extiende la mano, palpando el lado derecho de la cama para buscar a David y continuar con él lo que en su sueño acababa de iniciar con un extraño provocándole un resquicio de humedad entre sus piernas. Está vacía. Las sábanas frías y el murmullo procedente de la cocina revelan que él se encuentra allí desde hace rato, dando una mano de pintura al techo como habían acordado el día anterior.
   Notando aún los pálpitos en la sien, se incorpora y se dirige al baño descalza, dedicándose unos minutos para observarse de arriba abajo en la luna del espejo. Su cuerpo estirado por las horas de sueño luce unas curvas trazadas con exquisitez que no duda en exponer aun más bajando ligeramente los tirantes estrechos y la tela del sujetador semitransparente y desplazando los bordes externos de su pequeña braga para adentrarla entre sus nalgas, prietas y redondeadas. Alborota su cabello con los dedos y pone unas gotas de perfume a ambos lados de su cuello permitiendo que resbalen hasta impregnar sus pechos, y retoca la máscara de sus pestañas y la línea negra pintada en sus ojos desde la noche anterior.
   Sus pasos sigilosos le permiten postrarse en el quicio de la puerta para observar la silueta escultural de David encaramada en la escalera, antes de que él se percate de su presencia. Vislumbra con detalle sus muslos bronceados, el centro de su deseo enmarcado por las costuras adicionales de sus boxers ajustados y los trazos de su musculatura fornida y atrayente aflorando por su vieja camiseta sin mangas y de largo recortado. Ella abre los ojos con el deseo encendido, incrementado ante la visión de unas diminutas gotas de pintura que, salpicando su pelo, le infieren un atractivo aún mayor de maduro interesante.
   Raquel carraspea para hacerse notar. En un derroche de sensualidad se recuesta sobre el marco de la puerta y muestra su exuberancia con los labios entreabiertos, humedecidos por el pasear constante de su lengua. Los ojos de David se posan sobre ella y su boca esboza una sonrisa acompañada de un "buenos días" apenas perceptible; ha perdido la voz al verla acercarse con mirada libidinosa, envuelta en el dulzón aroma que tanto lo excita. Hace amago de bajar, pero Raquel lo retiene mientras le ordena con mirada lasciva seguir pintando. Él vuelve a izar el rodillo embadurnado de blanco con la concentración perdida, mientras ella se coloca al pie de la escalera frente a él, sorteando el puente metálico para poder desplazar sus manos con libertad plena y ascender con suavidad por la cara interna de sus muslos hasta el nexo de unión, que comienza a tornarse prominente ante las caricias y la estampa turgente de Raquel que puede verse desde lo alto. Sus dedos femeninos inician bajo la tela flexible con destreza la búsqueda de una piel aterciopelada cada vez más estirada y recorren su largo contorno una y otra vez con sus yemas entrenadas. La respiración acompasada de David comienza a alterarse ante la excitación de su sexo y la mirada provocativa de Raquel, que no está dispuesta a parar.
   David suelta el rodillo en el interior de la lata y se agarra momentáneamente al arco de la escalera para desprenderse de sus bóxers con agilidad. Y permanece inmóvil, de pie sobre el último peldaño, con sus caderas a la altura del rostro de Raquel que ya ha comenzado a acariciar efusivamente sus nalgas aproximándolo a ella. Él inspira, retiene el aire y exhala una bocanada al notar el roce de sus rodillas con los pechos desnudos de su chica, y su sexo enarbolado perdiéndose en su maravillosa oquedad oscura.
   Sintiendo alterado el equilibrio y ante el deseo de dar ocupación a sus manos ociosas, David detiene la acción por un momento y baja, apartando la escalera con brusquedad, rodea a Raquel por la cintura y la oprime contra su cuerpo deslizando las manos por su espalda, por su vientre, pellizcando sus senos con fuerza hasta sentir el deseo irrefrenable de poseerla allí mismo.
   En un impulso desbocado, agarra la braga y la desgarra lateralmente haciéndola caer al suelo, la obliga a abrir las piernas y posando ambas manos bajo sus nalgas la eleva hasta colocarla a horcajadas sobre sus caderas. Raquel, excitada, rodea su cuello con los brazos y lo besa con furor, mordisqueando sus labios, explorando su boca con ansia, mientras él camina con ella hasta la encimera donde la deja caer. La frialdad del mármol, en contraste con el calor de su sexo, la estremece erizándole la piel. Ella se retrepa hacia atrás y abre aún más las piernas esperando recibirlo, mirándolo a los ojos sin musitar palabra, ahogando los gemidos que sin lugar a dudas vendrán después. David la observa complacido y desliza las manos por su cuello, por sus senos, por su cintura y por sus caderas, hasta tirar de sus piernas para colocarla al borde de aquel improvisado asiento con la intención estudiada de dejar accesible el camino por el que adentrarse en ella con ímpetu sublime, hasta alcanzar el éxtasis en una exhalación conjunta.
   Él permanece de nuevo inmóvil unos minutos, sin salir de aquella entraña cálida que lo acoge, con el sudor enfriando sus cuerpos y a la espera de recobrar el aliento y recuperar en parte el compás de la respiración. Raquel recorre con sus uñas largas y esculpidas las vertebras excitadas de David, sus dorsales torneadas, sus bíceps aún tensados, la nuca postrada al reposar la cabeza sobre el hombro. Un nuevo vaivén comienza con sutileza; un nuevo arranque a velocidad lenta que amenaza con tornarse acelerada de un momento a otro, no sin antes hacerla bajar de donde está sentada para girarla hacia la pared, y que la mirada de David alcance a ver ahora su espalda y sus nalgas en cada uno de sus arrebatos.


   Cierro el libro y tomo aire, este capítulo ha sido lo más. Me avergüenza decirlo, pero estoy excitada, nunca había leído erótica por considerarla obscena, pero esta historia romántica me tiene absorbida imaginando un sueño que quiero reproducir en mi vida ahora que la madurez ha revolucionado mis hormonas y tengo la libido a flor de piel. Voy a dejarme de ñoñerías, de practicar este amor de aguas calmas como si fuera un vejestorio sin atractivo alguno, mi vida pide a gritos un soplo de aire fresco. Quiero sorprender a Pepe, vivir con él experiencias nuevas que nos exciten, como a los protagonistas de estas novelas que tengo intención de seguir leyendo.
   Agudizo el oído y escucho un sonido metálico procedente de la cocina. ¡Esto no puede estar pasándome a mí! Pepe se ha decidido por fin a cambiar la maldita bombilla que me recuerda a una discoteca de feria cuando cocino. ¡Esta es mi oportunidad!
   Doy un salto de la cama y me adentro en el baño con el corazón bailando. Enciendo los halógenos dispuestos en el techo y recibo una lluvia de luz que me ilumina el cuerpo, y los pliegues y arrugas que habitan en él… también. Me observo por mitades en el espejo de la pared con el nuevo conjunto de lencería burdeos que compré en el merca tres días atrás. No queda mal, aunque en mi caso, las curvas de mi cuerpo se asemejan más a los escalones del porche que a las líneas exquisitas de la prota del relato. Me estiro lo que puedo para evitar los surcos que dividen mi abdomen en franjas horizontales y acomodo mi braga para parecer más sensual, pero no encuentro el lugar perfecto donde acoplarla, tal vez sea demasiado pequeña: el rebrote de grasa que rodea mis caderas aflora igualmente la ponga donde la ponga, por lo que decido reliar el borde y adentrarla entre mis nalgas para exhibirme sexy, dejando al descubierto los hoyuelos que alguien bautizó con mucha bondad como piel de naranja, y que están metamorfoseando a cráteres del Vesubio a paso veloz. Pero no me importa, me consta que a mi Pepe le gusta mi culo; él dice con voz de encanto que así blandito se coge mejor.
   Espeso mis pestañas con algo de rímel y pinto mis labios de rojo pasión. Deslizo los tirantes del sujetador, aparto la blonda, humedezco mis senos con unas gotas de mi perfume más preciado (el único que tengo) y avanzo con paso sexy y la respiración cortada para mantener el tipo hasta dejarme caer en el quicio de la puerta con pose insinuosa. Pepe está a lo suyo y no me ve. Carraspeo para llamar su atención y siento un cosquilleo nervioso por el cuerpo, una mezcla de rubor y excitación ante lo que será la mirada y las primeras palabras de Pepe cuando me vea.
  —¡¡Niña, joder, que te van a ver los vecinos, que está todo abierto!!” –exclama él, mirando hacia la terraza como un poseso.
   Ignoro su comentario; ya estoy acostumbrada a esos celos que tanto me gustan y que me hacen sentir solo suya. Lo miro de arriba abajo y mi pulso se acelera: los remolinos de su pelo cano, su rostro anguloso con barbita de ocho días, su pecho mullido donde arrebujarme para dormir, el flotadorcillo que protege la tableta de chocolate para que no se derrita, sus muslos velludos con caracolillos perfectos..., y los slips ausentes bajo el corto pantalón deportivo que lleva puesto, cuya redecilla recoge mi fuente del placer como  un nido de ave.
   Avanzo con hambre de sexo hacia la escalera en la que está encaramado. El plafón de cristal se resiste y eso me da tiempo para imitar a mi admirada Raquel recorriendo los muslos de mi marido hasta adentrar las manos bajo la tela del pantalón con todo el erotismo de que soy capaz.
   —¡¡Coño, que manos más frías tienes!!
   Su exclamación me asusta, pero continúo, metida en mi papel de hembra erótica. Los bordes de la redecilla están clavados en sus ingles, por más que intento no puedo introducir los dedos para acariciar su sexo, así es que, sin perder mi sonrisa lasciva deseosa de correspondencia, comienzo a masajear su entrepierna para insuflarle la sangre que noto que le falta aún.
   —Niña, estate quieta —dice con la vista clavada al techo intentando encajar la bombilla nueva sin conseguirlo—. ¡Niñaaaaa, mira que este no es sitio, que me va a dar un calambrazo de narices y me voy a quedar tieso, estate quietecita ya!
   Me mira algo sorprendido y sonrío, sin pronunciar palabra. Dispuesta a seguir con mi empresa, tiro hacia abajo de la prenda que lleva puesta para liberar el falo que me vuelve loca. No hay manera. La boca comienza a resecárseme de mantener los labios entreabiertos y la sonrisa clavada. El pantalón no cede. Con voz sensual le advierto que no puedo deshacer el nudo que los sujetan a su cintura y que necesito ayuda. La magia del momento se rompe ligeramente durante la lucha encarnizada que aquel nudo de marinero hecho a conciencia nos hace librar. Mis dientes toman el mando y mi respiración se vuelve a agitar cuando por fin cede y puedo deslizar el pantalón corto por sus piernas con lentitud. Su sexo aparece ante mí y me detengo, extasiada. Lo veo moverse con cada pálpito, izándose con esfuerzo en cada pulso hasta alcanzar la horizontal. Lo tengo justo frente a mi rostro, me sudan las manos, no sé qué hacer. No me he visto nunca en tesitura tal y me da cierto rubor acercarme a aquello para engullirlo a plena luz del día. Con mi bloqueo mental no reparo en que he dejado los pantalones de Pepe medio enredados en sus tobillos, trabados en una de sus zapatillas que no los deja salir. Me pongo nerviosa cuando observo que está braceando en el aire para mantener el equilibrio que ha perdido por mi hazaña erótica.
   —¡¡Menuda hostia me voy a dar con tus inventos, María, que este no es sitio, te lo estoy diciendo!! —advierte mientras baja de la escalera blanco como la pared-. ¡Anda, vamos p'allá!
   —No, en la cama no, Pepe, aquí. ¡Tómame aquí!
   ¡Por fin reacciona! Mi marido reacciona y sucumbe a mis encantos sensuales sin dilación. Sigo acariciando su abdomen, su pecho, su nuca, su pelo... Él dirige sus manos hacia mi braga de encaje para bajarla (me estoy clavando el borde de la encimera en la espalda, pero mi excitación sublime no me permite quejarme).
  —¡¡Rómpelas, Pepe!! —le ruego solícita imaginando al espécimen de David haciendo aquello con las bragas de Raquel.
  —¡¿El qué?! —pregunta sorprendido, parando en seco la maniobra—. ¿Que las rompa? ¡Pero si son las nuevas, ¿no te las compraste el viernes?!
  —¡Desgárralas, Pepe! —insisto con los labios secos.
  Mi marido agarra la prenda con las dos manos y da un tirón seco sin éxito. Vuelve a intentarlo mientras me clava el resto de la prenda en la entrepierna con el tirón.
   —¡¡Joder, con las bragas del merca, pues sí que resisten!!
   Hace un tercer intento con fuerza desbocada de gladiador romano mientras yo cierro los ojos por temor a que el hematoma de la costura opuesta se instale en mis caderas durante un mes. Al fin lo consigue y una sonrisa aflora a mi rostro. ¡Lo estoy consiguiendo, estoy recreando fielmente la escena que acabo de leer!
   —¡Me he hecho daño, hostia! —vocifera mirándose los dedos.
   Me apresuro a tomar su mano entre las mías y las acerco a mi boca. Las beso y las recorro con la punta de la lengua para suturar las marcas de la costura. Un escalofrío me recorre el cuerpo, ¡hasta estoy improvisando, Dios! Rozo su miembro y me abro de piernas sin dejar de mirarlo. Tomo sus manos de nuevo y las sitúo bajo mis nalgas.
   —Levántame, Pepe -le ordeno con voz ronca.
  —¡Que yo no estoy pa' estos trotes, María, que estoy muy mal de la espalda. ¿Y si seguimos ya en la cama? —sugiere con un deje de resignación.
   —Venga, Pepe, hazlo por mí, yo te ayudo.
   Flexiono las rodillas ligeramente y me impulso hacia arriba al tiempo que él me sujeta por el trasero. Me encaramo a sus caderas como un chimpancé huérfano, cruzando las piernas a su espalda para no caer, porque noto como me voy escurriendo poco a poco sin remisión. Me apresuro a señalarle la encimera, besándole el cuello con pasión.
   —Ahora, siéntame aquí, Pepe, y fóllame.
   Aquel verbo hecho carne resuena en la cocina como una bomba. Con lo erótico y excitante que queda en boca de Raquel, en la mía ha sonado a pilingui barriobajera sin sentimientos ni corazón. Y yo quiero mucho a mi Pepe, bien lo sabe él. Pero ha debido de sonarle igual que a mí, porque aún sigue mirándome, a pesar de encontrarme ya a la altura casi de sus rodillas con las piernas todavía cruzadas por detrás de él para no terminar de caer del todo. Finalmente, se recompone sin decir nada, mi obscenidad lo ha dejado mudo. Hace un esfuerzo colosal por levantarme de nuevo y con total brusquedad me deja caer de nalgas sobre el mármol de la cocina. Cientos de diminutos pinchazos se clavan en mi piel como agujitas afiladas.
    —¡¡Cago en la madre que parió al niño!! ¡Le he dicho mil veces que recoja las migas de pan de la encimera cuando se haga el bocadillo, y nada, ni caso! —grito enfadada por aquella invasión vaginal de levadura.
   Me bajo de un salto, sacudo las migas y me subo de otro. Las interrupciones... cuanto más cortas mejor. Me alboroto el pelo, sonrío de nuevo como si nada hubiera pasado y desplazo el culo por la encimera hasta colocarme en el borde. Me mantengo erguida (en el primer intento de retreparme hacia atras como hizo Raquel me asesté un golpe en la cabeza con el tirador de la vitrina, ella debía tener la pared libre) y abro las piernas invitando a mi marido a que me posea. Pepe se aproxima entusiasmado, con ojos de deseo encendido (no sé si es por mí o porque quiere que termine ya el numerito de una vez).
   No lo encuentro. El sexo de mi marido se ha perdido bajo la encimera, su metro sesenta no le permite estar a la altura de mi entrepierna para poder encajar nuestras piezas y componer el puzle que tanto ansío. Lo veo empinarse, ponerse de puntillas para ganar unos centímetros de altura, como los perrillos de diferente raza cuando quieren copular.
   —¡Que no llego, María! —dice agobiado.
   —El banquete, coge el banquete pequeño que uso para alcanzar los tarros. 
   Pepe resopla, es un sol. Por más que proteste, en el fondo sólo desea complacerme, estoy segura de que nuestra vida sexual a partir de ahora será distinta, más rica, más excitante, más...
  Su primera embestida evapora mis pensamientos, hace que flote a la estratosfera, que me sienta Raquel, una diosa del Olimpo en brazos de mi Adonis particular, que viva un sueño, que cumpla con mis deseos de ficción sin preocuparme para nada por la realidad.
   —¡¡¡El condón!!! ¡¡Pepe, el condón!! ¡Que no te has puesto condón, Pepe!
   —¡Pero cómo me voy a poner condón si no has parado de decirme lo que tenía que hacer! ¿Ves? Si lo hubiéramos hecho en la cama como Dios manda, habría caído en la cuenta del globito. Pues... tú dirás...
   —¡No importa, sigue, cometamos una locura de juventud!
   —Te recuerdo que la última locura de juventud se llama Lola.
   No escucho lo último que dice, me dejo llevar por sus impulsos desbocados, medidos a conciencia, eso sí, para no caerse del taburete que cada vez cruje más, pero deliciosos. Mi pulso se acelera al compás de sus gemidos de toro de Mihura, sin importarnos las miradas de vecinos envidiosos de nuestra pasión. Hasta que llega al éxtasis y echa el freno con más eficacia que el ABS. Yo aún estoy a medio gas, necesito algo más, dos, tres..., cuatro empujoncitos más. Pero acaba. Se retira exhausto, se baja del pedestal y busca sus pantalones con el cordón destrozado por el suelo de la cocina.
   —Otra vez, Pepe, no te vayas, tómame otra vez  —suplico apasionada.
   —¡Sí, vamos, que te crees tú que esto se recupera tan pronto! Además, son las siete cuarenta y cinco, a las ocho empieza el partido de la Champions y tengo que ir a por cervezas. Esta noche repetimos, ¿vale, pichoncito?



   © Pilar Muñoz Álamo - 2013
      

29 ago 2013

RELATO: "AMOR ADOLESCENTE"

   No quiero marcharme de aquí, abuela. Mi madre vendrá a buscarme a finales de semana. Empieza el instituto y sé que debo preparar los libros, los cuadernos, comprar una mochila nueva y algo de ropa, la del año pasado se me ha quedado pequeña y las faldas me quedan demasiado cortas; mamá ya ha empezado a echarme sus sermones sobre la decencia y las apariencias. Bueno..., eso cuando está de buenas, porque cuando se enfada me dice bruscamente que no quiere que me parezca a esas putillas de tres al cuarto que van a clase conmigo. Siempre ha sido demasiado formal; pero tú no eres así, he visto tus fotos atrevidas de cuando eras joven y la he oído a ella y a mis tíos comentar detalles de tu temperamento, de tu carácter rebelde y "adelantado a tu tiempo", una expresión que no he comprendido bien hasta ahora. Por eso te escribo esta carta, no me atrevo a confesarme cara a cara, pero sé que me entenderás y que mediarás entre mi madre y yo para quedarme aquí, al menos un par de semanas más. 


   Estoy enamorada, abuela. Él llegó a principios de verano para pasar unos días en casa de Jose, el chico que siempre aseguré que me gustaba hasta que lo vi a él, a Ángel, con su camiseta negra, los vaqueros desflecados como los que odia mi madre porque dice que son propios de pordioseros, y sus cabellos despeinados cayéndole sobre la cara. Me subió un calor por el cuerpo como nunca había sentido y hasta tuve que esconderme porque no me atrevía a mirarlo a los ojos. ¿Recuerdas que una vez te pregunté qué se sentía cuando estás enamorada? Me dijiste que no hacían falta explicaciones, que sabría reconocerlo llegado el momento. Y qué razón tenías, se me arrugó el estómago cuando pronunció su nombre, y Ana tuvo que darme un manotazo en la espalda para que soltara el mío porque me quedé trabada como una idiota. Él apenas me miró, creo que ni siquiera se fijó en mí, menos mal, porque sentí una vergüenza enorme cuando me empujaron para que le diera dos besos en las mejillas y él puso su mano en mi brazo como un príncipe azul. No te diste cuenta, abuela, pero aquella noche no dormí. No sabía lo que me había pasado, pero sentí que mi vida cambiaba. Y esa misma noche decidí que quería ser otra, me la pasé observándome en el espejo para decidir si era guapa o tan solo una chica del montón. Porque si yo era una chica del montón, Ángel no se fijaría en mí, y el verano se convertiría en el peor de toda mi vida. 

   He venido aquí muchas veces para pensar, y me he tumbado justo donde estoy ahora, bajo los pinos, porque el silencio que hay me deja hablar en voz alta, que es como yo necesito meditar las cosas. Aunque tampoco tengo mucho que meditar, la verdad, solo intento adivinar lo que debo hacer, cómo debo comportarme para enamorarlo, porque es la primera vez que siento algo tan fuerte y me da vergüenza confesarlo... Vale, voy a ser sincera, no me gustaría mentirte: no me da vergüenza, es que no quiero decirles nada a mis amigas porque estoy celosa, abuela. Y porque tengo complejo y no quiero que se rían de mí. Sí, ya sé lo que vas a decirme, que tengo que aceptarme como soy y sentirme orgullosa de mí misma, ¡pero es que no tengo pecho, abuela, y Teresa, sí! Ya se me han subido los colores otra vez, y eso que no estás delante, ¡pero es que es la verdad! No sé por qué tengo que ir tan atrasada. Hace unos días, cuando nos bañamos en el río, Teresa se quitó el bikini detrás de un árbol para ponerse la ropa interior seca y la vi. Vi su cuerpo, abuela. No llevaba relleno en el sujetador, eran sus pechos, que ya han crecido y son redondos y duros. Tenía vello en las axilas, y... ahí..., ya sabes, mucho. Y ya se depila las piernas y se pinta las uñas de los pies. Ana me pilló mirándola fijamente mientras se cambiaba y yo disimulé rápidamente para que no creyera que era lesbiana. Me pregunté si Ana también estaba tan desarrollada como ella, pero en el fondo Ana me da igual, porque Ángel es con Teresa con quien tontea. Y yo aún no tengo nada, abuela, estoy lisa como una tablilla y ahí abajo solo tengo algunos pelitos sueltos que ni se ven. ¡¿Cómo se va a fijar en mí si tengo un cuerpo de niña pequeña?! Sí, también sé lo que vas a decirme, como para no saberlo, con la de charlas que hemos tenido a espaldas de mamá. Sé que la belleza está en el interior y que el chico que esté conmigo debe quererme por mi carácter, no por mi físico. ¡Pero eso díselo tú a Ángel, anda, díselo! ¡Si se le van los ojillos detrás del culo de Teresa, que lo he visto yo! Y ella, la muy..., se contonea y se sonríe porque sabe que lo tiene en el bote. Pero, ¿adivinas lo que más me fastidia de todo, abuela? Que ella no está enamorada de él, sólo quiere presumir y fardar delante de nosotras de que ya es mujer y gusta a los chicos que se proponga, y tú no la conoces, abuela, tú no sabes cómo es. Le gasta bromas, le sonríe y se deja tocar haciéndose la tonta: ayer, el muslo; hoy, la cintura; y mañana, a saber qué, porque hasta le roza la espalda con el pecho cada vez que se acerca por detrás. ¡Y en el río ya...! Para qué hablar. Consigue que Ángel la coja por las piernas y bajo los brazos para darle ahogadillas y él aprovecha para palpar lo que puede en mitad del juego. ¡Tendrías que ver su cara, se le cae la baba, abuela, y a mí me enciende! El otro día, después de pasarse una hora haciendo tonterías de ese tipo, Ángel salió del agua y me quedé pasmada. ¡Tenía un bulto enorme entre las piernas! ¡¿Tan grande es eso, abuela?! 

   Me siento un poco triste, porque no sé qué hacer. Por un lado, me dan ganas de guantear a Teresa y mandarla muy lejos de nosotros. Pero claro, ella no sabe que yo estoy enamorada de Ángel. Bueno..., enamorada, no, ¡estoy coladita hasta los huesos!, como dice mi madre cuando ve películas románticas en la tele. Así es que en el fondo no puedo culparla. ¡¡Pero es que me da una rabia!! Es el amor de mi vida, lo sé. Estoy deseando levantarme por las mañanas para verlo, me hace gracia todo lo que dice y me resulta tan simpático... ¡¡Y es tan guapo, abuela, es tan guapo!!

   Necesito que me ayudes, por favor. Me cuesta mucho pedirte esto, pero lo necesito. He rebuscado en el armario y he revuelto toda mi ropa, y es muy infantil, abuela. Ana se viste muy moderna y se pone esas faldas mini que a mi madre no le gustan. Y Teresa se peina muy chic y ya usa zapatos con un poco de tacón. ¡Y se pone algo de rimel en las pestañas para hacerlas más largas, y está guapísima! A su lado, parezco la hermana pequeña y como Ángel es algo mayor que nosotras, no me mirará si visto así.

   Te voy a contar un secreto, pero por favor, no se lo cuentes a mi madre, que no me dejará volver aquí más. Anoche jugamos a la botella. Teníamos que contestar la verdad a una pregunta, si no, debíamos acatar la orden que nos dieran los demás. Me preguntaron qué chico me gustaba y no me atreví a contestar, así es que tuve que hacer lo que me ordenaron: dejar que un chico me besara detrás de los pinos. Giraron la botella y se paró en Ángel. ¡La boca de la botella se paró apuntando a Ángel y yo creí que me iba a desmayar de la emoción y de la vergüenza! Me cogió de la mano y me llevó detrás de un arbol grueso, aunque como estaba oscuro, los demás no iban a poder ver nada. El corazón me empezó a latir muy fuerte, abuela, y casi no podía respirar. Yo apoyé mi espalda sobre el tronco y él se acercó despacito, sonriéndome. Me puso una mano en las caderas y con la otra me sujetó la barbilla y me levantó la cara. ¡¡Cómo me temblaban las piernas!! Cerré los ojos pensando que me besaría en la cara, pero lo hizo en los labios. ¡Me besó en los labios, muy despacito, y se quedó un ratito pegadito a mí, sin moverse! Yo no hice nada, solo esperé a que él se separara. Creo que fui una palurda, seguro que Ángel pensó que era una niñita tonta e infantil, porque no moví los labios como he visto hacer en las pelis. Ya no pude hablar más en toda la noche. Y tampoco dormí. Esa noche tampoco dormí, no podía dejar de imaginar la cara de Ángel pegadita a la mía para darme el beso. Y quiero repetir, abuela, pero si no me espabilo, él ya no lo hará más, estoy segura, ¡y me gustó tanto lo que sentí...! Por eso quiero que me ayudes a parecer un poco mayor. Pero también quiero que me digas hasta dónde puedo llegar para no ser putilla, para que los chicos no piensen que soy facilona y me busquen solo para darse el lote, como hacen con Mónica. Como ves, estoy hecha un lío. Seguro que piensas que el año que viene habré desarrollado del todo y lo tendré más fácil. Pero no sé si él volverá. No sé si Ángel pasará de nuevo con nosotros el próximo verano, abuela.

   Teresa se va mañana, es mi oportunidad. Si me quedo unos días más podré estar con él a solas, sin la buscona de Teresa metiéndose por medio. Pero para eso necesito que mi madre me deje quedarme algo más de tiempo. 

   Será nuestro secreto, abuela. ¿Me lo podrás guardar?


© Pilar Muñoz Álamo - 2013

22 ago 2013

CUMPLEAÑOS FELIZ: UN CHEQUE REGALO PARA TI.

    Hoy es un día especial!!

  Hoy toca soplar las velas, apagar la lumbre nueva que se une a las que ya se subieron años atrás a bordo de la tarta y se resisten a bajar, a ceder ese espacio ganado a pulso día tras día a lo largo de cada año plagado de obligaciones cotidianas, vivencias novedosas, experiencias instructivas y momentos de deleite personal que han provocado más de una sonrisa, más de un momento feliz. Un vela nueva que sube marcada por una pérdida irreparable, pero deseosa de servir de puerta a la esperanza de que todo vaya por buen camino a partir de hoy, o al menos, a la esperanza de que sepa trotar por los senderos que se muestran ante mí sorteando los obstáculos lo mejor posible y en la mejor compañía.

    Lo habitual en estos casos es que sea la persona que cumple años quien reciba el regalito de quien la felicita. Pero yo quiero ser original. Yo quiero hacerlo al revés. Invitaros a vosotr@s sin recibir nada a cambio. Adentrarme en vuestra casa y no vosotr@s en la mía. Intentar por todos los medios que disfrutéis, que paséis un rato agradable, que os emocionéis, que os sorprendáis, que vuestra mente visite escenarios nuevos con experiencias cercanas. Pero no deseo hacerlo sola, sino en compañía de mis chicas... ¡Si nos dejáis!, por supuesto. ¡Si nos aceptáis!, por supuesto. ¡Si nos abrís los brazos sin compromiso alguno! 
   Hablo de Ellas, de las que También Viven día a día con fuerza y con entereza, como much@s de nosotr@s.

    ¿Os apetece darles la mano? Si es así, sólo tenéis que decírmelo. Sólo tenéis que dejarme un comentario en esta misma entrada anunciándome que sí, que estáis dispuest@s a abrirles las puertas de casa, y enviarme un mail a ellastambienviven@gmail.com con vuestro nombre o nick (el mismo que habéis utilizado en el comentario de la entrada) y vuestra dirección de correo electrónico, donde Amazon os hará llegar un cheque regalo promocional para que podáis descargaros gratuitamente a mis dieciséis niñas, las mismas que conviven bajo el título de "Ellas También Viven.Relatos de Mujer". 

    Estamos en agosto, un mal mes para conexiones a internet; las vacaciones priman sobre el resto de las aficiones. Por eso he pensado dejar abierta la posibilidad de apuntarse hasta el próximo miércoles a las 23'00 horas. Tengo diez cheques sobre la mesa, diez maletas preparadas para viajar. Vosotros decidís. Si terminado el plazo me sobra alguna, la guardaré para una próxima ocasión. Si nos hemos quedado cortas, las sortearemos, y que el destino les adjudique el rincón donde viajar.

  Os esperamos. Estaremos encantadas de que sopléis las velas con nosotras, pero sobre todo y ante todo, de haceros cómplices de algunos momentos cruciales de nuestras vidas. 

   Un beso!!


 

         Ellas También Viven: Dos añitos de vida


                                                          Ellas También Viven: Booktrailer
   

2 jul 2013

"FUEGO Y AGUA"

   Como la cara y la cruz. Como el haz y el envés. Como la noche y el día. Como la luna y el sol. Entidades opuestas agitándose en mis entrañas, luchando por emerger en maravilloso equilibrio. Por requisar las riendas de mi cuerpo y de mi alma según tú me pidas, según tú desees:


   Tus pupilas recorren mi boca con mirada impúdica y me posee la lujuria como un espíritu huido del mismísimo infierno. Mi volcán interno erupciona y mi piel se enciende. Mis ojos se pierden bajo el lienzo sensual de mis párpados caídos. Mis labios se humedecen y mi lengua se agita, nerviosa por conquistar tus campos de batalla ocultos y tu excelso estandarte para hacerlos suyos llevándolos a la rendición. Mis senos se enervan y mi cuerpo se arquea subyugado a tus manos que apenas comienzan a acariciarlo. Descargas eléctricas me golpean como látigos y excitan mis nervios hasta la locura. El fuego me quema, me desboca, prende entre mis piernas al tiempo que mi mente construye la estratagema perfecta para darte placer hasta caer exhaustos, degustados mutuamente por el desenfreno de un instinto primitivo que sólo entiende de carne. Y de deseo.


  Tus ojos perforan los míos con aura de ternura y mi corazón se emblandece. El manantial de aguas mansas que duerme plácido despierta, se expande y mi piel se licua. Una mirada de amor resbala por mis pupilas y analiza embelesada la profundidad de tu ser, traspasando una frontera física en la que ya no reparo. Mis labios se secan y mi lengua vocaliza y cuestiona tus emociones deseando intensamente que seas feliz. Mis brazos se abren para envolverte y acurrucarte en quietud absoluta contra mi pecho, mientras la piel de mis manos viste la tuya de un halo de protección que emana de mi cuerpo cual si fuera el elixir de la vida que te impedirá morir... y sufrir. El agua que brota me inunda y aplaca los rescoldos del fuego que ya no me abrasa, que tornan mi sexo al cáliz eterno de función maternal para el que fue creado. Me fundo contigo haciendo coincidir mi alma y la tuya, en un trasvase de sentimientos mutuos que nos enlaza como entes superiores bajo un mismo karma que nos mantendrá unidos hasta el fin de la eternidad, como una prolongación mutua de lo que siempre anhelamos ser, y de lo que juntos hemos sido capaces de construir. Y siento que te amo. Profundamente.

Soy agua o fuego. Fuego y agua, soy.

Lo que desees.
Cuando desees.


23 jun 2013

DECÁLOGO DE REFLEXIONES



   Los grandes conocimientos engendran las grandes dudas.(Aristóteles)

  Mientras más conozco este mundo de letras, más dudas tengo sobre qué camino tomar.

  El conocimiento descansa no solo sobre la verdad sino también sobre el error. (Carl Jung). 

   De los errores se aprende. Ahora sé lo que NO debo volver a repetir.

  El conocimiento sólo puede ser recibido de una manera, a través de la experiencia, no hay otra manera de saber. (Swami Vivekananda)

  Si algo de positivo han tenido estos tres años ha sido la experiencia de apreciar de primera mano los entresijos de este mundo complejo, lleno de satisfacciones por un lado, pero por otro, repleto de obstáculos naturales y, por desgracia, también "artificiales".

 Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres. (Emiliano Zapata)

   Yo quiero seguir siendo esclava de MIS principios, no de los principios de los demás. Pero cuando de tirarse al río se trata, nadar a contracorriente puede llegar a ahogarte. En ese caso no queda otra que elegir entre venderte, o mantenerte en tu orilla y renunciar a alcanzar ese otro lado en el que alguna vez quisiste estar. Optar por un término medio tal vez no sea posible. Aun así, se intentará.
  
  Si crees totalmente en ti mismo, no habrá nada que esté fuera de tus posibilidades. (Wayne Dyer)

  Cierto. Pero hay veces en que todo no depende de ti. En tal caso, si esas posibilidades -a pesar de ser patentes- no son reconocidas por los demás, resulta imposible avanzar y conseguir los logros que te propusiste. Paciencia y perseverancia hasta la muerte será lo que jamás se deberá perder. Y el tiempo dirá finalmente quién desplegó mayor fuerza, si tú… o ellos.

  Todos nosotros, en determinados momentos de nuestras vidas, necesitamos tener asesoramiento y recibir la ayuda de otras personas.(Alexis Carrel)

   Hay quien se cree autosuficiente para conseguir sus logros. Se equivoca.
   Hay quien es consciente de necesitar ayuda ajena, y como tal, la toma. Pero no la da.
   Hay quien tiene una tendencia innata a ayudar a quienes son compañeros de viaje. Pero esa ayuda no le es devuelta cuando la requiere. O se la quitan cuando menos lo espera. 
  En este mundo de las letras, todos necesitan de todos para auparse mutuamente, pero a la vez, muchos miran a muchos por el rabillo del ojo para evitar que alcancen un nivel mayor al que ellos tienen, y no dudan en ponerles techo si es necesario para mantenerlos bajo control. Competencia, llamémosle. Tal vez por ello Ricardo Arjona también tenga parte de razón cuando dice: “Aquí no es bueno el que ayuda, sino el que no jode.”

  Nunca desistas de tus sueños. Sigue las señales. (Paulo Coelho)

  Mi sueño no es escribir, es transmitir. En el primer caso, se necesitan lectores para cumplirlo. En el segundo, más que lectores se necesitan receptores de mente abierta, dispuestos a capar el mensaje, interpretarlo y reflexionar sobre él. No sé si las señales que yo sigo apuntan al mundo literario o a otras disciplinas de las que provengo y en las que me siento mejor ubicada. Tal vez a ambas, si es que son combinables. O eso espero. 

  Solamente en los sueños somos libres. El resto del tiempo necesitamos el sueldo. (Terry Pratchett)

  Ese sueldo ajeno al mundo literario que yo tengo la suerte de percibir es precisamente el que me permite vivir este sueño con libertad plena, conforme a mis convicciones, a mi forma de ser y de pensar, a mi manera de reaccionar y de actuar, y sin tener que sacrificar lo que deseo contar y cómo lo quiero contar en pro de las modas, las tendencias literarias actuales o aspectos comerciales que a veces actúan en contra de la creación de buena literatura, o al menos, de aquella con la que una se siente a gusto. 

  El miedo es el más ignorante, el más injurioso y el más cruel de los consejeros. (Edmund Burke) 

  En este mundillo y en mi caso, el miedo es directamente proporcional al nivel de raciocinio con que analizo todos los factores que intervienen en el éxito del proyecto, e inversamente proporcional al nivel de ignorancia de todos ellos. Tal vez por eso ahora estoy aterrada, cuando dos años atrás llevaba la valentía grabada en la frente. La única solución para seguir adelante es hacerme la loca, forzarme una demencia transitoria que me haga obviar los grandes toros de Mihura que antes nunca vi, entre otras cosas porque no sabía que existían. Y eso es lo que haré.

  Aquellos que no se arriesgan no sufrirán derrotas, sin embargo, nunca tendrán victorias. (Richard Nixon)

  Ésta es mi máxima consigna en estos momentos. Seguir arriesgando, seguir luchando, seguir levantándome cuando me tumben, seguir emprendiendo nuevas batallas y nuevos proyectos, seguir celebrando mis pequeñas victorias, que siempre serán el preámbulo de algo mejor. 

  Me siento algo cansada, pero fuerte. Me siento algo perdida, pero con la suficiente seguridad en mí misma como para saber que encontraré el camino que quiero -o siento que debo- seguir. Tengo demasiadas cosas claras en mi vida, muchas bases sólidas que son imperturbables e inmutables, pero afortunadamente, también tengo otras muchas que aprender y que escuchar, por eso seguiré aceptando la ayuda, el consejo, el diálogo y el apoyo moral y físico de las manos amigas me han venido brindando todo eso hasta ahora y a las que hoy quiero agradecer desde aquí, con todo mi corazón, haberme hecho sentir de primera mano que estaban ahí. Vosotros sabéis quiénes sois. Os quiero, y no dudeis que os tendré siempre muy presentes dentro de mí.

Lecturas 2018.

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