Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas

29 jul 2015

RELATO: "YO NO VENDO AMOR".

   Con un ligero letargo, acaricié mis piernas para eliminar las arrugas de las medias y estiré un vestido que no daba cabida a un soplo de aire entre su tela y mi cuerpo. Daba gracias a que mi piel podía oxigenarse a través del amplio escote que dejaba gran parte de mis senos al descubierto, asomados al exterior como un poderoso reclamo, como una fruta jugosa expuesta al mejor postor. Y a un largo de falda relativamente escaso que me permitía caminar con soltura, contonearme sobre los tacones y cruzar mis muslos al sentarme bajo la mirada atenta de la hombruna del local.
    Estaba cansada. Los últimos acontecimientos familiares habían hecho mella en mi mente y me habían sumido aún más en un estado de ansiedad difícil de controlar. Necesitaba evadirme, relajarme, pensar... Pero carecía de tiempo, las horas que aquel sábado en la noche ponía ante mí llevaban marcado el sello del euro con aroma a sexo en cada uno de sus minutos. Y no podía dejarlos pasar.
    Le arrebaté a Samuel el vaso de whisky que tenía entre manos y bebí un trago largo para que su amargo sabor me sacudiera y me ayudara a entrar en faena, a fundirme en aquel entorno sórdido y oscuro de cuya decoración mi cuerpo formaba parte. Eché un vistazo rápido, con la habilidad de quien conoce los rincones donde se refugia cada cual, viciado por su carácter, su experiencia o la asiduidad con que nos visitaba. Yupis trajeados, exhibiendo relojes caros y miradas de autosuficiencia, dispuestos a permitirse el lujo de exigir unos servicios que inflaran su ego y su sensación de poder; un grupo de jóvenes envueltos en risotadas nerviosas, abocando a un azorado probable novio a echar su última cana al aire antes de pronunciar su voto de fidelidad eterna; un tipo alto y poco agraciado, con pinta de soltero involuntario, y con un atisbo de impaciencia en sus mejillas por probar la carne ajena para obtener placer; un par de mirones, curiosos con babas y lascivia en los ojos, recorriéndome a distancia, sin demasiada intención de aliviar el calentón de su entrepierna por un dinero del que, se me antojaba, andaban escasos. Y un hombre sentado al final de la barra que no supe ubicar, absorto en el tintineo del hielo al chocar contra el cristal de un vaso que zarandeaba con la conciencia perdida. Respiré hondo. Se me hizo un mundo aventurar cómo transcurrirían los minutos desde la primera insinuación de cualquiera de ellos hasta volver al lugar en el que me encontraba: de nuevo otras manos palpándome con ansia incierta, macerando mi piel, invadiendo mi intimidad bajo un permiso monetario que me obligaba más de una vez a tragar la nausea y dibujar en mi rostro las huellas de un placer fingido que a ellos ni siquiera les importaba; de nuevo otros labios, otra lengua degustándome, dejando un estela de humedad no deseada en mis pechos, en mi vientre, en mis muslos...; de nuevo mi sexo y mi boca a merced de la voluntad ajena... Hice acopio de las dos imágenes más poderosas que me ayudaban a sobrellevarlo -el dinero tan necesario y el rostro de mi primer amor- y las fijé en mi mente a conciencia, al igual que el carmín en mis labios o el tatuaje grabado en mi pecho izquierdo, próximo al pezón, al que abrazaba de forma erótica y tan sumamente atrayente para el cliente de turno.
    Aparté mis preocupaciones y mis miserias y me dispuse a ofrecer lo mejor de mi cuerpo y de mis habilidades sexuales, con una sonrisa embaucadora y dulce en el rostro, con ademanes delicados y sensuales, con la exquisita elegancia que siempre ostenté. No me quedaba otra. Me fijé en el tipo sentado en la barra. Su aspecto agradable no me atrajo tanto como el desconcierto que me provocaba su ignorancia de todo cuanto acontecía a nuestro alrededor. Pareció notar el peso de mis pupilas sobre sus hombros, porque izó la cabeza de manera torcida y me dedicó una mirada. Sonreí al observarlo, sin dejarme intimidar por la seriedad de sus facciones. Hasta que lo vi levantarse y abandonar el lugar en el que llevaba apostado casi una hora.
    Una mano en mi cintura me tensó, no la esperaba. Lucía se había hecho con el control del novio y de su grupo de amigos, la perversión de los jóvenes la excitaba sobremanera. Me volví aparentando una naturalidad perdida y comprobé que el soltero involuntario era quien pretendía acaparar mi atención. Me estiré, al tiempo que Samuel ponía una copa delante de mí. Entonces oí la contundencia de una voz grave a mi espalda:
    —¡Lárgate de aquí, tío, la señorita está conmigo!
    Era el tipo que había abandonado la barra quien lo increpaba.
    —Lárgate tú —adujo el soltero—, yo ya estoy sentado aquí, con ella, y tú acabas de llegar.
    Un cierto nerviosismo me asoló, lo último que necesitaba aquella noche era una pelea de gallos por mis servicios. Debía reconocer que no me apetecía acostarme con aquel tipo, su mano en mi cuerpo me produjo repulsa sin saber por qué, pero preferí mantenerme al margen, si podía cumplir con ambos aquella noche volvería a casa antes de lo habitual. 
    —¿Quién te ha ordenado servirle esa copa, Samuel? —preguntó el de la voz grave.
    —Usted, señor.
    —¿Antes, o después de que este tipo se sentara aquí con ella? —inquirió señalándome.
    Miré a Samuel con una súplica en los ojos que supo entender.
    —Antes.
    Respiré aliviada. El soltero involuntario se escurrió del asiento con desidia y pagó su cuenta con intención de largarse. Entonces observé de cerca a mi nuevo acompañante, el aplomo con el que se desplazaba, como si cada miembro le pesara una arroba, su mirada lánguida, apagada, sus labios rígidos, en un torcido gesto de desgana.
    —Gracias por la copa. Me llamo Mónica —Me presenté haciendo alarde de amabilidad.
    —Roberto.
    —Es la primera vez que te veo por aquí, Roberto. Me alegro de conocerte.
    —¿Por qué?
    Su pregunta me desconcertó. Tardé unos segundos en recuperar el temple para contestar.
    —Hay algo en ti que me ha llamado la atención.
    —Eso se lo dirás a todos, Mónica —dijo, con aspereza en la voz.
    —No, cariño, podría adularte de mil maneras, pero he preferido responder a tu pregunta, sin más.
    —¿Y puedo saber qué es ese "algo" que ha llamado tu atención?
    —Los hombres que acuden a este local vienen con un objetivo claro. Tú has tardado más tiempo de lo normal en desviar la vista de tu copa para mirarme. Y fíjate, te has sentado a mi lado y ni siquiera me has tocado.
    —¿Podía hacerlo?
    Esbozó una sonrisa leve, acompañada de un gesto de sorpresa un tanto cómico.
    —Los roces previos van incluidos en el precio de la copa —advertí—. Y tú has pedido dos, la tuya y la mía. Cuando tengas que abonarla lo entenderás.
    Esta vez sonreí con él, algo en su forma de comportarse distendió mi cuerpo, me relajó.
    —¿Tu compañía y la charla no bastan?
    —Observa con disimulo al engominado que está sentado a tu derecha, en la esquina. No deja de mirarnos. Es un prepotente nato, me temo que si no me abordas te pedirá que le dejes el terreno libre, siempre va con prisas. Y yo... tampoco puedo perder el tiempo, cielo —apunté con un exceso de dulzura en la voz y con cierta pena, por no poder limitarme a una charla que sinceramente me apetecía mantener.
    Roberto se giró en el taburete, situándose frente a mí. Posó una mano con delicadeza sobre mi muslo y con el dorso de la otra recorrió mi mejilla.
    —¿Por qué estás aquí? No eres... como ellas —apuntó, señalando con una inclinación de cabeza a mis compañeras, dispersas por el local.
    Atisbé un deje de compasión en sus ojos y lo miré emocionada, en silencio.
    —No es buena idea que te cuente mi vida. Es mi cuerpo lo que estás comprando —añadí taciturna—, no mis penas. Dime tú qué haces aquí, qué buscas. Tampoco eres... como ellos —advertí imitándolo.
    —Estar contigo. Me apetece estar contigo —adujo tras una pausa, con timidez, con un tono de voz azorado.
    —Entonces acompáñame, en un reservado estaremos mejor.
    Lo invité a tomar mi mano y me siguió hasta adentrarnos en una habitación íntima que nos permitiera tener sexo sin incordios. El halo de respeto y el mimo en su trato hacia mí se me hacían extraños, no estaba acostumbrada a sus movimientos reposados, propios de una pareja sentimental, alejados de la relación típica entre cliente y prostituta. Dejé que tomara las riendas de lo que pretendía hacer conmigo. Roberto cogió su copa y rellenó la mía de la botella de cava descorchada en la cubitera. Me hizo brindar con él, sin dejar de mirarme, sin dejar de acribillar mis pupilas para leerlas. Pasó su mano por mi cintura y recorrió mi espalda atrayéndome hacia él. Aspiré el dulzón aroma de su loción corporal y dejé caer mis labios en su cuello al compás de los suyos sobre mi piel. Noté un calor tibio y me aproximé aún más, acariciando su nuca mientras  permitía a mis senos adherirse a su pecho, buscando que diera rienda suelta a un excitación contenida. O nula. Dudé por un momento qué era lo que no estaba haciendo bien, por qué no encontraba respuesta en su boca y en sus manos a mi provocación, aún no habían osado tocar ninguna parte íntima de mi ser. Hice amago entonces de desprenderme del vestido para mostrarle el conjunto de lencería que debería encender la pasión y la prisa que hasta ahora se hallaban prácticamente muertas. Pero me detuvo.
    —No, espera. Déjame a mí desnudarte.
    Paseó sus manos por mi cuello y descendió a lo largo de mi espalda hasta descorrer la cremallera del vestido en toda su longitud, tomándose su tiempo para deslizar los tirantes por mis hombros y dejarlo caer. Recorrió mi piel desnuda con las yemas de sus dedos, lentamente, insinuando cada curva, tan concentrado en ellas como antes lo estuvo sacudiendo el cristal de su copa en la barra del bar. De nuevo me centré en sus ojos. Me atraía su mirada melancólica, su tibieza, la dulzura impresa en sus pupilas observándome sin lascivia, como si un sentimiento no carnal primara por encima de todo lo demás.
    Lo imité. Mientras él se afanaba en desprender el broche de mi sujetador para vislumbrar mis senos, yo comencé a deshacer la botonadura de su camisa con toda la parsimonia de que fui capaz. La abrí y esparcí un reguero de besos sobre su pecho, apenas rozándolo con los labios, sin la boca perversa que solía utilizar. Noté un escalofrío en su piel y sonreí al haber hallado el camino hasta él. Sosiego. Calma. Ternura. Se detuvo un instante a mirarme, una vez más, para apreciar cómo le dedicaba mis caricias tan acertadamente sin conocerlo de nada. Me liberó de la prenda que oprimía la parte superior de mi cuerpo y exhaló un suspiro de excitación. Rozó mis pechos con las palmas de sus manos y yo acaricie el dorso de las mismas en un gesto espontáneo de asentimiento, de agrado por lo que hacía.
    —Abrázame, Mónica.
    La inflexión en la tesitura de su voz me emocionó. Me apreté contra su torso, rodeando con fuerza su cuerpo, y él me estrechó con sus brazos, uniendo su mejilla a la mía durante unos minutos en los que pude sentir un nudo alojado en mi garganta que jamás había sentido en aquella habitación. Caminé hacia atrás, empujada por él, y me dejó caer sobre la cama, observándome, con temor a tocarme. Le sonreí y asentí, invitándolo a unirse a mí. La forma en que recorrió mi cuerpo y la delicadeza con la que me poseyó no pude describirla como un encuentro carnal. Roberto me hizo el amor y me pidió hacérselo a él de igual manera. Sin ansia, sin prisas desbocadas, sin acometidas ni sacudidas producto de una excitación desmedida. Con sentimiento. No sé si suplantó mi rostro o decidió mantener mis facciones como protagonistas de aquel encuentro. Pero yo puedo, por primera vez, prescindir de la imagen de ese amor primero que siempre me acompañaba para poder culminar cada uno de mis servicios. No tuve necesidad de recurrir a él.
    Roberto se permitió acariciar mi pelo al terminar. Acurrucarme junto a él y besar mis labios con la tibieza de los enamorados mientras seguía indagando, en las profundidades de mis ojos, lo que hacía yo en aquel lugar.
    —Tú también estás sola, ¿verdad? —me preguntó, con el cariño fluyendo por los poros de su piel.
    Se me aguó la mirada. Maldita soledad.
    —¿Qué has venido a buscar, cielo? —volví a preguntar, percatándome de la marca de un anillo circundando su dedo anular.
    —Lo que acabas de ofrecerme. Lo más parecido al amor que debiera existir en toda relación sexual.
    —¿Acaso lo has perdido?
    —Nunca lo tuve. Llevo veinte malditos años practicando un sexo salvaje por exigencias de mi mujer. Ya no puedo más. Necesitaba sentir, emocionarme, dejar que fluyera la ternura que siempre albergué hacia ella y que nunca me permitió expresar.
    El desconcierto se apoderó de mí. En aquel antro jamás me habían buscado con un reclamo sentimental, jamás me habían pedido suscitar emociones que no fueran de índole sexual o prácticas que no estuvieran prohibidas en casa por vergüenza, educación o moralidad. Sentí una fuerte conexión con él. Maldita soledad y maldita la falta de ese amor sublime que te hace convertirte en alguien especial. No fue su cuerpo el que exigió al mío los servicios que yo acostumbraba a ofrecer; fue su corazón el que reclamó al mío aquello de lo que carecía.
   Roberto me agradeció, con el alma reflejada en su rostro, haber satisfecho su necesidad de afecto, de ternura, de amor..., sin ser consciente de que él me había ofrecido a mí tanto como yo a él.
    Lo despedí con un destello especial en mis ojos, con una promesa de amistad futura y... con mi cartera vacía.
    Porque mi cuerpo se vende..., pero mi corazón se regala.    

Pilar Muñoz Álamo - julio 2015.

6 feb 2015

"EL CUADERNO DE PAULA" de Sara Ballarín.

  

 SINOPSIS:

¿Qué sucedería si tus deseos más íntimos cayeran en manos de un atractivo desconocido?

Alocada, atolondrada, sexy e impulsiva, Paula es una decoradora que vive en Barcelona y que trata de reponerse de sus heridas. Necesita recomponerse después de una difícil ruptura amorosa. Pero un despiste tonto -deja abandonado su cuaderno, un objeto en el que apunta ideas para un proyecto editorial mezcladas con sus vivencias- cambiará su vida por completo y le hará volver a sentir el deseo y la atracción. Junto a sus inseparables amigos, Nero y Vera, Paula descubrirá el amor, la pasión y los giros inesperados con los que te sorprende la vida.





   Me gusta cambiar de género de una novela a otra a la hora de leer, tocar temáticas distintas y estilos narrativos diferentes, primero por evitar el aburrimiento o la monotonía literaria y segundo, para no incurrir en esas odiosas comparaciones que a veces resulta inevitable hacer cuando tenemos entre manos novelas de corte parecido. Después de haber leído una novela intensa como Un millón de gotas y una romántica, más tranquila y sosegada como Un amor para Rebeca, me apetecía cambiar literalmente de tercio. Y opté por dejarme llevar por las críticas positivas que venía recabando El cuaderno de Paula como novela erótica capaz de arrancarte unas risas a lo largo de sus páginas.
   No quiero anticipar si estoy de acuerdo o no con tales críticas, prefiero explicarme, porque Sara Ballarín me ha sumido en una especie de montaña rusa a medida que avanzaba la obra. Pero vayamos por partes:
   Debo comenzar rompiendo una lanza en favor de la autora por su apuesta por el humor a la hora de escribir la novela. Si el drama es difícil de plasmar y transmitir, hacer reír lo es aún más. Y mantener ese tono hilarante y desenfadado, con golpes jocosos durante más de trescientas páginas, lo intensifica, porque resulta más sencillo entrar en un "trance emocional" de congoja y llanto con el que regar las palabras, que tener de continuo el desparpajo y la vis cómica necesaria para arrancar sonrisas.
   Encontré lo que esperaba en el primer tercio de la novela. Un comienzo original y prometedor, un tono ocurrente con toques continuos de humor que me hicieron reir y sentirme identificada en muchos momentos por su similitud con el humor típico andaluz, y una manera desenfada de narrar las escenas de sexo con la que consigue que, a pesar de su grado de descripción detallada, directa, explícita y sin tapujos, estas no resulten chocantes, groseras o burdas en absoluto.  
   Pero ese gustillo a estilo diferente, capaz de hacerme esbozar sonrisas e incluso soltar alguna risa de vez en cuando como ya he dicho, comenzó a esfumarse ligeramente a medida que me adentraba en el segundo tercio. Y no porque estos rasgos desaparezcan por completo, sino porque la trama se reduce casi de forma exclusiva a los encuentros sexuales entre los protagonistas, y a mí -personalmente a mí (y por eso esta opinión la considero subjetiva)- el sexo por el sexo, incansable, sin una historia de fondo que avance de forma significativa al compás de los encuentros, con tópicos de sexo magnificado e ideal más propio de sueños juveniles que maduros me cansa, no me aporta lo suficiente como para incitarme a seguir leyendo por encontrarla un tanto vacía de contenido. Pero esta es mi percepción particular; obviamente, aquellos lectores que disfruten con las escenas de sexo sin más pretensión no hallarán en este punto un handicap para no leerla. 
   La novela mejora al entrar en la última parte. Y esta afirmación no deja de ser una prueba de que siempre es posible discrepar en opiniones, porque he leído comentarios de algunas otras lectoras que han valorado como negativo lo que a mí más me ha gustado: que la historia gane en profundidad, que la protagonista se plantee las tesituras psicológicas que le impiden avanzar, que ponga sobre la mesa el papel y las repercusiones del miedo, la necesidad de superación, de centrarse en una misma para resolver los conflictos soterrados que no afrontó en su momento y que se han convertido en un  lastre emocional que le impide cerrar puertas para abrirse a oportunidades nuevas, sin complejos, sin censuras ni temores de algún tipo. Recuperé el interés por seguir leyendo y descubrí un cierto sentido y una explicación plausible a lo que había sucedido hasta el momento. Tal vez este último giro se produce, bajo mi punto de vista, de manera un tanto brusca, forzada en cuanto a la actitud de los personajes y a los diálogos que terminan provocando el cambio radical que experimenta la trama, pero aún así no puedo negar que la novela ganó parte de los puntos que había perdido en los capítulos centrales.
   Y me ha gustado el final, aunque no sea el que esperaba o el que hubiera escrito yo, jaja. El romanticismo vertido en las últimas páginas le aporta credibilidad a la historia, la completa y la hace más real y coherente con lo que sucedido hasta el momento.
   En definitiva, El cuaderno de Paula es una novela agradable de leer, con un estilo desenfadado que se agradece para desengrasar neuronas tras lecturas más densas o profundas, con una narrativa hilarante y humorística que la hacen divertida en muchos momentos, con un estilo peculiar para describir el sexo sin tapujos, sin rodeos, consiguiendo que resulte natural y en absoluto desagradable de leer y con toques de intimismo que nos incitan a pensar en la complejidad del ser humano, en la fuerza de sus frustraciones no resueltas, en la incapacidad de adivinar lo que realmente es el amor -y la pasión- hasta encontrarlos de frente y en que merece la pena luchar por ellos cueste lo que cueste. Y dosis de sexo. Bastantes dosis de sexo demasiado utópico y maravilloso para una mente madura como la mía, pero que puede hacer las delicias de las románticas soñadoras.



Novela válida para el Reto Semi Genérico y para el Mes temático del amor de Libros que hay que leer.

20 ene 2014

RELATO: "AMOR A TRES BANDAS"

   Quédate. No te marches esta noche. Cumple tu promesa y ámame despacio, mirándome a los ojos, que te hablan en silencio. Desnúdame lento y huye de la pasión desenfrenada que te obliga a poseer mi cuerpo y no mi alma.
   Estoy cansada, hastiada de encajar mi vida en apenas unos poros de la tuya, de esperar nuestros encuentros fugaces en una lóbrega habitación de hotel, con la ropa justa para no restar segundos a un reloj que solo marca los minutos para nosotros.
   Deseo sentir tus manos sobre las mías entrelazando los dedos mientras gozamos, no aprisionando mis pechos como si alguien tuviera la intención de arrebatártelos; deseo apreciar el roce de tus labios surcando los míos, provocándome un cosquilleo cómplice que nada tenga que ver con la forma ansiosa con que muerdes mi boca cual fruta prohibida; deseo escuchar palabras de amor sincero que desplacen, aunque solo sea por una vez, las obscenidades con que riegas mis oídos nada más verme postrada ante ti. Anhelo ser objeto de unas caricias que me hagan ascender hasta el Olimpo de los Dioses sin sufrir tus arrebatos, que me invitan por la fuerza a abrir las piernas para cobijar tu daga que me desgarra por dentro bajo el furor de tus embestidas; observar tu rostro mientras me acurrucas cuando todo acaba, y no tu espalda cubriéndola con premura para salir huyendo cuando apenas han cesado los espasmos que anuncian un nuevo final, el final de cada cita sellada por el sudor del sexo que practicamos como posesos, y que parece haberse convertido en la única razón de ser de la extraña relación que nos ata.
   Quédate. Destierra las excusas que esconden tu cobardía para confesarle a ella que se han diluido los sentimientos que sustentaban vuestra frágil unión conyugal. Y quédate conmigo.
   Dime que me amas, que soy en tu vida algo más que un trozo de carne que saborear cuando te place. Dime que me amas y pon punto y final a este juego a tres bandas del que sales victorioso exclusivamente tú.

   © Pilar Muñoz Álamo - 2013

21 nov 2013

RELATO: "CICATRICES EN CUERPO Y ALMA"

   La tristeza me embarga al caer la noche. Pero no quiero llorar. Las lágrimas ya fluyeron en el viaje que tuve que hacer bajo los designios de quién sabe quién. O qué. Lágrimas aleccionadas para vidriar mis ojos en soledad, para ahuyentar el miedo a través de ellas mientras mi rostro público dibujaba los rasgos de una fortaleza fingida, pero necesaria para evitar el derrumbe de mi hogar como si fuera un castillo de naipes bajo un vendaval imprevisto.
   Ahora estoy de vuelta, agarrada a la vida con el albor pintado en las yemas de mis dedos de tanto apretar, con una sonrisa abierta que aun oscila temerosa por las sombras que me sobrevuelan, pletórica al sentir el rubor del sol en mis mejillas y el susurro del viento, que mece las puntas de mis cabellos haciéndome sentir viva, agradecida por una segunda oportunidad que satisface con creces quien soy...; aunque pesarosa por como ahora soy, por el cuerpo devastado con el que deberé entregarme a ti. Con el que deberé convivir yo.
   Tengo miedo. Cuando el resplandor del día cesa y me encamino hacia la cama, tengo miedo. Mi cuerpo y mi mente se hacen un ovillo, a pesar del amor que siento y de la sonrisa que me regalas al cruzarse nuestras miradas. Y en ella espero. En la cama espero a que vengas a mi lado, temiendo desnudarme y exponer la huella que me dejó el bisturí en su lucha contra mi enemigo mortal, aquel que se llevó consigo una parte de mi ser, una seña de identidad arraigada en mi mente para hacerme sentir mujer y cuya ablación perturba mi equilibrio emocional, aun en contra de lo que dictan mi racionalidad y tu forma de amarme.
   Hoy todo es distinto. No tienes prisa por venir junto a mí y mi corazón se encoge. Enciendes una decena de velas dispersas alrededor de nosotros, y el crepitar de sus llamas diminutas baila al mismo ritmo que lo hace mi pulso, nervioso. La música suena. Nuestra música. Su melodía me envuelve haciéndome entornar los ojos durante un instante breve, y los vuelvo a abrir para observar tu cuerpo desnudo a los pies de la cama. Lo siento mío, exclusivamente mío, y lo amo con toda la pasión que cabe en mi alma: cada músculo, cada pliegue, cada curva insurgente que desafía a esa escultura cinéfila tan artificial. Amo tus manos, tus labios cuyos besos reconozco en cualquier parte de mi cuerpo y tu aliento excitante que inicia en mi cuello su recorrido largo por las estaciones del placer. Pero me quema el recuerdo de nuestras risas de antaño entre posturas desinhibidas, nuestros gemidos a media voz, nuestras miradas pérfidas de deseo tras una pequeña ingesta de alcohol.
   Te aproximas a mí con lentitud, mostrando una súplica en tu rostro solícita de que hoy sea el día. Y me estremezco. La oscilación sutil de mi cabeza de un lado a otro muestra mi negativa, percibiendo en mis entrañas un dolor desgarrado por incumplir la promesa que te hice de entregarme en cuerpo y alma. Quiero seguir entregándote el alma. Pero el cuerpo no. El cuerpo no.
   Mis lágrimas diluyen tus perfiles, pero el gesto de ternura que se configura en tu rostro trasciende y llega hasta mí como una brasa cálida que me acuna. Me abrazo a mí misma, en un acto reflejo que protege mis pechos ausentes. Tú posas tus manos sobre mis muslos y los recorres al compás de los acordes, dibujando caricias que erizan mi piel, y subes hasta alcanzar mis caderas. Decenas de besos rocían mis poros, mis curvas, mis pliegues. Y me relajo, dejándome llevar, dando por seguro que no subirás, que la oquedad de mi ombligo será la bandera que marcará el límite que no deberías traspasar. Pero tus dedos no atienden a símbolos. Tu mente no atiende a razones. Tu amor se niega a dejarme en la sola compañía de mis miedos, de mis recelos, de mis complejos recién adquiridos..., ¡y yo quiero corresponderle! Y voy a corresponderle.
   Tomas mis manos con suavidad y las llevas hasta tu boca para posarla en ellas un instante breve, esbozando una sonrisa cómplice que pide a gritos mi confianza. Y te la doy. El estómago me oprime, me cuesta respirar, el nudo de mi garganta crece a medida que aparto mis brazos a ambos lados de mi cuerpo, invitándote a que sueltes los botones de la camisola que me cubre. Los claroscuros que forma la luz de las velas tiemblan a la vez que yo. Contengo el aire al quedarme desnuda, sin barreras físicas que se alcen entre tú y yo. La luz anaranjada ilumina tu dolor. Tragas saliva y soy testigo del brillo de tus ojos mientras susurras mi nombre: Teresa. Yo tiemblo de nuevo. Una congoja insufrible se hace eco en mi pecho cuando viertes tus lágrimas sobre las planicies donde, poco tiempo atrás, se erigían mis montes encantados que tantas veces acariciaste. Las enjugas con tus labios y las besas, una y otra vez, paseándote por sus cicatrices con una ternura infinita. Y te recuestas sobre ellas abrazándome con fuerza tras sonreírme y confesarme, a través de tus pupilas, que me amas más que nunca.
   Acaricio tu pelo y lloro emocionada, sintiéndome orgullosa por este acto de valentía propia con el que empezaré a superarlo. Tu sexo busca la conjunción de nuestros cuerpos; nuestras almas ya están unidas. Te adentras en mis entrañas, me invades, y te siento formar parte de mí, como una extensión de mi cuerpo y de mi ser a la que no quiero dejar escapar. Permanecemos inmóviles, dejando que nos cubran los sentimientos de amor manados al aire, sin obstáculos visibles o invisibles que nos impidan ser uno del otro de principio a fin.
   Resuenan los acordes de un piano, acompañando y enfatizando aquello que siento, llenándome de notas de color la mente mientras mi corazón palpita, con más fuerza que nunca.

© Pilar Muñoz Alamo - 2013




"Por ti" (El canto del loco)

22 may 2013

"EL MÉTODO VALÉRIE": SEXO Y SEDUCCIÓN.

  Cuando la editorial se puso en contacto conmigo para ofrecerme el envío de El Método Valérie indagué un poco en torno a la autora, a la temática del libro y a su contenido, sin saber a ciencia cierta si hablábamos de novela, de un tratado de sexo o de un libro de autoayuda, y no encontré demasiadas referencias de lectores que ya lo hubieran tenido entre sus manos. Finalmente, reconozco que acepté no sin ciertas reticencias, porque pensé que me podría topar con un manual frívolo y superficial, tal vez por la idea que me infundió inconscientemente la coletilla de la portada: "Secretos para ser infalible", que me parece más un título sensacionalista de reportaje de revista rosa que de un manual -o método- como éste de que hablamos. Tampoco pensé que encontraría en su interior algo útil y práctico para mí, sino que todo lo que en él leyera me resultaría muy ajeno, porque además de que el arte de la seducción nunca ha sido mi punto fuerte (por no decir que nunca he tenido, ni tengo, gracia o habilidad para seducir), mi situación personal actual tampoco me permitiría poner en práctica lo que pudiera aprender con este libro para comprobar si soy una alumna avezada. Y en este punto seguro que os preguntaréis: "¿Entonces porque les dijiste que sí?" Pues porque me pudo la curiosidad. Punto. Y resulta que al final he descubierto que mucho de lo que se puede leer en él no dejan de ser aspectos perfectamente aplicables a la pareja (no sólo encaminados a la búsqueda de una) y que pueden aportarnos algunos conocimientos que enriquezcan de algún modo la sexualidad que ya tenemos.

  En tal sentido, y bajo mi punto de vista, considero que el Método Valérie podría catalogarse en mayor medida como un manual de sexo que de seducción. Y en cualquier caso, esa seducción se produce partiendo del conocimiento en profundidad del sexo, de nosotras mismas como mujeres y como personas, de lo que realmente queremos y de lo que buscamos desde la madurez, sin artificios que atiendan a consejos absurdos, estandarizados o superficiales y frívolos relativos a nuestro comportamiento ante el género opuesto y a la manera en que se supone que debemos mostrarnos ante él para atraerlo a toda costa como si fuéramos cualquier otra especie del reino animal buscando cópula sin ningún otro sentimiento ni pretensión añadida. No hablamos, por tanto, de un manual de seducción al estilo de los que se suelen plasmar de forma abreviada en las páginas de algunas secciones de prensa y revistas especializadas para mujeres, en las que se suelen estandarizar los distintos tipos de comportamientos sexuales de cada género obviando su amplitud y extrema complejidad. Tampoco hablamos de un manual que raye lo pornográfico por creer, como parece ser una opinión un tanto generalizada, que el hablar de sexo pleno y satisfactorio pasa por conocer unas mil quinientas posturas distintas y poseer un máster para culminar con éxito las innumerables prácticas sexuales disponibles, como si pretendiéramos ganarnos el reconocimiento de la guía Michelín por nuestro buenísimo y amplio repertorio de platos culinarios.

  La autora emplea en todo momento un lenguaje directo, hilarante y muy ocurrente que nos hará sonreír en más de una ocasión al identificar como muy reales determinadas situaciones que en él nos describe, pero sin restarle la seriedad pertinente y oportuna  a otros aspectos que así lo requieren. De esa forma, con su expresión desenfadada y cercana, toca una amplia variedad de temas de los que podremos tener un mayor o menor conocimiento así como interés: los estereotipos masculinos y femeninos más significativos, un análisis físico y biológico de nuestros órganos sexuales, la fisiología y propiedades del orgasmo, el beso, la masturbación, el sexo oral, las fantasías eróticas, el porno, el sexo virtual y diversas prácticas que ella cataloga como "sexo de alto voltaje", entre otras.

  En la exposición de todos ellos, Valérie Tasso hace valer su calidad de sexóloga para ofrecernos explicaciones fundamentadas y análisis técnicos, médicos o fisiológicos más o menos detallados, además de culturales por las aclaraciones etimológicas de muchos términos empleados en sexo e incluso por la información curiosa e interesante relativa a los antecedentes historicos de ciertas prácticas y creencias. Desmitifica muchos aspectos que hasta ahora habían constituido una preocupación injustificada -por carente de sentido- para muchas de nosotras, obstaculizando su disfrute de manera alternativa, y busca, en todo momento, la practicidad y la utilidad, despojando al sexo de esos tintes místicos y de esos tabúes que resultan un incordio y de esas florituras añadidas típicas del cine americano, o burdas como las del cine porno, que sirven más para que vivamos nuestras propias relaciones como espectadoras que como las protagonistas que en realidad somos.

  Volviendo al tema inicial de la seducción, la idea primordial de la que parte Valérie Tasso y que pretende transmitir en este método es que para seducir, primero hemos de valorarnos, gustarnos y querernos a nosotras mismas -y no sólo físicamente- (la seguridad que ese hecho infunde ya es en sí una buena arma de seducción hacia los demás), que hemos de centrarnos en lo que queremos encontrar, procurando atraer y seducir a nuestro partenaire para que nos acepte como somos, porque no es cuestión de colocarse una máscara artificial y ajena a nosotras para tener que despajarnos de ella tarde o temprano. Y una segunda idea fundamental que subyace en su planteamiento es que debemos buscar primero la pareja ideal para después seducirla, y no al revés, porque lo que la autora persigue con sus recomendaciones -con las excepciones que cada cual quiera poner despúes- es el hecho buscar una relación estable, no un affair de una noche que sólo sirva para bajar el nivel de nuestra líbido; para eso no hacen falta manuales ni método alguno, moscones salidos deseando arrastrarnos a la primera de cambio hasta el huerto más cercano los hay a montones en cualquier discoteca que se precie y en otros muchos lugares también (esto último lo digo yo, no Valérie Tasso).

  Y llegados a ese último punto de las reseñas en el que suele concluirse con una recomendación -o no- de leer el libro y que casi todo el mundo espera, siento deciros que no me voy a mojar, pero por una razón sencilla y muy justificada que váis a entender:

  ¿Merece la pena leer El Método Valérie por su utilidad? Pues la respuesta depende, obviamente, de los conocimientos previos que cada cual tenga al respecto. A un médico difícilmente le puede resultar de utilidad leer un manual de primeros auxilios, en cambio, un profano en la materia podría encontrar en él bastante información práctica que utilizar si la ocasión lo requiere... y está dispuesto a ello. Que cada cual mida pues su nivel de conocimientos.

  ¿Recomiendo expresamente leer El Método Valérie? Pues también depende. Depende de lo que a cada cual le atraiga aprender en relación al tema. Por muy bueno que sea un manual de preparación de cocktailes, si a mí no me gusta el alcohol, me da exactamente igual saber o no hacer un buen combinado, es más, aunque me los sirvan en bandeja puede que ni me lo beba. Para quiénes sí disfruten paladeándolos y saboreándolos, cualquier receta nueva o que mejore las ya conocidas será siempre muy bienvenida.

  Por último, os dejo un pasaje del libro que creo que a más de una le puede resultar interesante, y que también podría contribuir a que esos "dolores de cabeza" repentinos que nos asaltan en determinados momentos remitan o disminuyan en intensidad y frecuencia:

  "Cuando el orgasmo se produce, nuestro cerebro segrega enormes cantidades de endorfinas, unos neurotransmisores que actúan de manera muy similar a como lo hace la morfina y los derivados del opio en general. El resultado de esta "sobredosis" es una sensación de enorme plenitud y satisfacción. Del mismo modo, también se multiplica por cinco la secreción de la hormona androstenediona que es capital, entre otras muchas virtudes, a la hora de incrementar nuestra energía, facilitar el sistema cognitivo, por no hablar de que es un poderoso antidepresivo. La serotonina, la "hormona de la felicidad", también aumenta considerablemente durante el orgasmo, y dado su carácter neurotransmisor encargado de regular nuestro estados emocionales, nos induce a un estado de placer, entendimiento y bienestar. Otro componente bioquímico importante en este proceso es la oxitocina (conocida como la "hormona de la fidelidad"), fundamental para establecer nuestros patrones de "simpatía", aumentando nuestra confianza y generosidad hacia el otro. La prolactina, la vasopresina o la norepinefrina son otras sustancias capitales en ese divino combinado."

¡¡Vamos, que tiene bastantes mejores efectos que el chocolate y además, no engorda!! Habrá que pensarlo.


Muchas gracias a la editorial Plaza&Janés por el envío del ejemplar.



13 mar 2013

LA CANCION DE NORA y reflexiones varias.


   Cuando decidí apuntarme a la Quincena erótico-festiva de Laky lo hice por un simple arrebato momentáneo, de esos que siempre he tenido, pero por los que últimamente parezco dejarme llevar sin tantos remilgos ni reflexión alguna. Aunque tal vez fuera también porque, en el fondo, me alegró ver que por fin comenzamos a dejar el rubor a un lado para hacer alarde de esa imagen de mujer moderna, actual y liberada de la que tanto presumimos, pero que, para ciertas cosas, aún anda un poquito lejos de aflorar del todo. Y si me refiero expresamente a las mujeres es porque los hombres, en ese sentido, ya perdieron el rubor y la vergüenza hace mucho tiempo, para bien de ellos. Lo que me resulta un poquito lamentable es que esta especie de "revolución" haya tenido que venir de la mano del famoso Sr. Grey (Trilogía "50 sombras de Grey" -por si alguien de otro planeta nos visita y no conoce a este señor-), que haya tenido que ser él precisamente quien nos saque a torear sin miedo cuando ya había multitud de personajes envueltos en infinidad de novelas de corte erótico esperando ser leídas y deseando encontrar un hueco en nuestras estanterías, sin que pudieran llegar hasta ellas, en algunos casos, por no ser un género de nuestro gusto, pero en otros muchos -estoy segura- porque no nos atrevíamos a pasearnos por la sección de literatura erótica de unos grandes almacenes ojeando libros y pasando páginas para acabar acercándonos a la caja y acometer el trance de comprarlo bajo la mirada de la clienta de al lado, simple y llanamente. Y si no, decidme si alguna de vosotras no ha leído alguna vez una novela de este tipo forrada en papel opaco para no desvelar su título ni la imagen de portada, ¿cierto? Y no me digáis tampoco que no había literatura erótica pensada para mujeres, con una historia bien desarrollada y con un lenguaje no tan burdo, soez y pornográfico, porque ahí estaba, por ejemplo, "Las edades de Lulú", y estoy por apostar que más de una no se ha atrevido a leerla hasta ahora.

   A continuación llegó la segunda parte, elegir un título para después reseñarlo en el plazo establecido. Además de recibir unas cuantas recomendaciones de quienes son amantes y entendidos de la novela erótica desde siempre, también me preocupé de darme una vueltecita por la blogosfera y por las webs literarias para ver qué títulos han proliferado a raíz de este boom al que ahora parecen haberse apuntado escritores y editoriales por doquier, con el fin de aprovechar el tirón comercial que este género  parece tener actualmente, al igual que los vampiros ya hicieron su agosto tiempo atrás. Y me anduve con mucho tiento,  porque temía que de nuevo el Sr. Grey pudiera haber creado escuela y que el pack indivisible romanticismo absoluto - sumisión femenina fuera casi, casi, la única combinación erótica digna de contar con el beneplácito de las lectoras. Es cierto, a la mayoría de las mujeres les gusta que las seduzcan, que las protejan, sentirse -de vez en cuando- en los brazos de un "tipo duro" y, tal vez, en sus fantasias sexuales, ser sometidas por el galan de turno como un rasgo inherente a esa masculinidad que nos puede resultar inevitablemente atractiva. Pero de ahí a pasarnos la vida esposadas, maniatadas, cegadas por pañuelos y artilugios varios y obligadas a ejercer una sumisión total sin posibilidad de réplica ni de invertir los papeles cuando nos plazca, va un abismo. Y como ya sabemos por experiencia que cuando se encuentra una fórmula que funciona se explota hasta dejar el pozo seco y hasta desértico, temía toparme de nuevo con este tipo de historia aderezada por todos los elementos ideales que la convierten automáticamente en bestsellers tras un estudio exhaustivo de la psicología femenina.

   Cuando estaba a punto de hacerme con una recomendación "culta" para leer, una conocida se cruzó en mi camino ofreciéndome la novela de Erika Lust, La canción de Nora. Entonces salté como un resorte y pregunté: "¿Es de sado-masoquismo?". "No". "¿Va de BDSM?" "No". "¿La mujer es sumisa?" "Noooooo". "Entonces me lo quedo." Y tengo que reconocer que he acertado en mi elección, no porque me haya gustado expresamente, sino porque me ha sorprendido que su planteamiento argumental se saliera de los cánones habituales en la literatura erótica actual y, digamos que, comercial, aunque yo no sabría realmente si catalogar a esta novela como erótica, y luego explicaré por qué.

   Esta es la sinopsis que aparece en la contraportada del libro:

Nora tiene veinticuatro años, mucho carácter y arrojo, más sentido del humor y, sobre todo, unas ganas infinitas de disfrutar de lo que la vida le pone por delante.


Durante los inicios de su carrera en el cine en la Barcelona más cool, se debatirá entre dos hombres muy diferentes: Xavier, un joven productor ambicioso y sofisticado, y Matías, un creativo apasionado, atractivo y misterioso.


   La fórmula que Erica Lust utiliza en esta novela huye de los elementos típicos que se dan cita en la mayoría de las novelas eróticas que ahora están en boga, y que a mí personalmente me da la impresión de estar escritas con las miras puestas casi exclusivamente en el público femenino, en las que aparece, casi de forma genérica, una relación estrecha entre hombre y mujer con una mayor o menor confluencia de sentimientos mutuos que transcienden a su vida sexual. La historia que su autora nos cuenta está basada en la vida cotidiana de Nora -sueca de origen- durante su estancia en Barcelona, en la que confluye un esfuerzo continuo por buscar trabajo y desarrollar su labor profesional en el mundo del cine, y su manera particular de vivir la vida y de relacionarse con el sexo opuesto. La relación de pareja que habitualmente suele asociarse a las relaciones sexuales no está presente de forma estricta en este caso. Nos encontramos ante una imagen, a mi modo de entender, que comienza a ser más acorde con la realidad de la juventud actual -a la que Nora pertenece-, una juventud bastante más despreocupada y que evita el compromiso en grado sumo para dar rienda suelta a los instintos de la carne, dejándose llevar por los placeres sexuales que reportan las relaciones esporádicas de un solo día a las que no se sabe, a priori, si seguirán algunas más. A pesar de debatirse entre la afectividad que le reporta Xavier y la pasión algo más desenfrenada que le despierta Matías, Nora mantiene una libertad plena para disfrutar de todo lo que pueda cruzarse en su camino sentirse atada, porque ésa es su manera de entender la vida.

   Y si el planteamiento de la relación sexual que mantiene la protagonista difiere de lo habitual, también lo hace la estructura argumental de la novela, y eso es precisamente lo que más me ha sorprendido. No existe una trama trabada ni elaborada, no existe el típico planteamiento-desarrollo-desenlace que suele ser típico en una novela, no hay aparentemente un final buscado ni una razón de ser en los hechos que acontecen. En esta novela se cuenta lo que ocurre en la vida de Nora durante unos años determinados de su vida, sin más pretensión que la de mostrar su manera de vivir, de enfrentarse al mundo tal y como lo conocemos, de relacionarse con su familia de una manera incluso entrañable, de pelear por un futuro relativamente estable y de disfrutar de la música, de los bares de copas, de las relaciones amistosas en todas sus vertientes y del sexo de la forma y manera en que se presente: pasional, desbocado, superficial, sentimental y hasta como herramienta de desahogo y liberador de tensiones utilizada en solitario. No hay ninguna intención de mitificar el sexo, de describir ensoñaciones románticas maravillosas, de crear personajes idílicos o fantasiosos que queden grabados en nuestra mente al terminar el libro, preguntándonos una y otra vez dónde están porque yo no los encuentro. Erika Lust nos muestra una imagen más real de lo que pensamos de la manera en que muchos jóvenes comienzan a entender la vida actualmente y lo hace con un lenguaje desenfadado, sin utilizar un estilo narrativo depurado, sino muy cercano y ocurrente. En algunos pasajes me ha recordado el estilo narrativo de Brenda Lewis en Nunca volveremos a ser las mismas.

   Sin embargo, y a pesar de lo que he venido comentando anteriormente, hay algo en esta novela que me hace dudar de su catalogación de "erótica"; creo que yo no la entiendo como tal. He buscado la definición de erotismo para confirmar lo que yo tenía entendido por este término, y esto es lo que he encontrado:

    1. Amor sensual, sexualidad.
    2. Cualidad de lo erótico, de lo que provoca excitación sexual.
    3. Expresión o descripción artística del amor físico.

    En tal sentido, tengo que decir que además de que las escenas de sexo no son en absoluto numerosas, la forma de presentarlas me ha parecido que más que estar narradas de una forma novelada, están descritas de manera explícita como si se tratara de un guión cinematográfico que hay que seguir. En la mayoría de los casos no me han parecido sensuales, el estilo narrativo que plasma la escenificación no me ha parecido ni remotamente cercano a lo artístico -aunque he de decir que tampoco hace uso de un lenguaje soez que nos produzca repulsa, ni en ellas se describen prácticas por las que vayamos a escandalizarnos en absoluto, a pesar del detalle con que están descritas-. Y el hecho de que no exista un preámbulo narrativo mínimo que vaya calentando motores hasta acercarnos al momento "acto sexual", unido a la forma directa, clara y explícita de contar la escena, tampoco invita en exceso a la excitación; conmigo, al menos, no lo ha conseguido. Y al género masculino (que no necesita preámbulos y que suele ser amante de ir al grano) me temo que le parecerán escenas un tanto light como para conseguir el mismo propósito.

   A pesar de todo lo que he dicho y aunque parezca que no me ha gustado, tengo que romper una lanza en favor de la novela por su originalidad, por tratar de mezclar una trama desenfadada, ágil y entretenida con pasajes de sexo explícito recreados en mayor medida y con más detalle que el resto de las escenas de la novela, por huir de los tópicos actuales en literatura erótica, por desmitificar las relaciones sexuales tal y como las presentan muchas novelas románticas subidas de tono y por mostrar una imagen de la mujer liberada, dueña de su cuerpo, de sus sentimientos y de elegir aquello que quiere sentir y con quien, sin complejo y sin temor a mantenerse alejada de relaciones amorosas o a comprometerse en ellas si el corazón, finalmente, se lo acaba pidiendo.


Lecturas 2018.

Estamos en GOODREADS

Estamos en GOODREADS
Pincha en la imagen.

Blog Archive

Audio relatos

Con la tecnología de Blogger.

Blogroll

Seguidores