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7 dic 2015

RELATO: "MI AMIGO, MI COMPAÑERO."

  Adivino que todos se han marchado. El sonido sordo, leve, tímido de la puerta al cerrarse acalla y hace enmudecer la estancia en la que nos encontramos. Él y yo. A solas. Lo observo desde el rincón en el que estoy sentada, y una especie de hoquedad en mi estómago se abre paso de forma descontrolada como indicio inminente de la ansiedad que me invade al verlo llorar. No sé qué hacer. Mi sentido del decoro, del respeto a su señal de duelo por la muerte de su padre me advierten que debo guardar distancia. Es mi compañero, mi amigo. Aunque lo ame en silencio hasta partirme el alma, nunca trascendí al sentido de esas dos palabras. O tal vez sería más acertado afirmar que él nunca permitió que transcendiera. Jamás adiviné un resquicio de amor en su forma de mirarme, de hablarme, de rozarme las manos cuando cruzamos papeles o comentamos facturas de índole laboral. ¡Cuánto hubiera dado por cruzar miradas, afectos y algún que otro beso al aire libre huido de las mejillas para terminar recalando en la comisura de mis labios, que me permitiera apreciar la piel suave que los recubre, la calidez del aliento que desemboca en ellos como un soplo ardiente que invita a la excitación, la humedad sutil de su lengua próxima al exterior, amenazando deliciosamente con traspasar sus fronteras para invadir los recodos de mi boca lenta y suavemente! Pero sus ojos nunca me hablaron de amor. Nunca llegué a apreciarlo así.
  Miro mi reloj y lo miro a él. Está deshecho, y las horas que restan hasta marcharse a dormir, si es que puede sucumbir al sueño, le van a resultar dolorosamente interminables. Sus manos angulosas, fuertes, recogen su cabeza con los dedos entrelazados en su cabellera oscura y ondulada. Tiene la vista clavada al suelo y me resulta imposible apreciar de cerca el atractivo de su rostro, aunque no lo necesito porque lo recuerdo a la perfección, cada rasgo, cada gesto, cada pequeña arruga remarcando su expresión al sonreír, al hablar, al explicarse con su elocuente apertura de ojos que me embauca hasta bloquearme. Cientos de noches evocando su rostro, su cuerpo, adivinando la anatomía de lo prohibido, de sus rincones deseables que tan sólo quedarían expuestos en una intimidad que no tenemos. Esos cientos de noches soñando con él me permiten ahora dibujarlo a ciegas, desearlo a ciegas, ansiarlo hasta notar un escalofrío trepando por mi espalda para erizarme la nuca.
  Avanzo despacio y tomo asiento junto a él para que sea consciente de mi presencia, para que la soledad que pueda ahogarlo en un momento tan triste se esfume y le haga recobrar algo de aliento, de complicidad emocional aun sin palabras. Dejo caer mi mano sobre su brazo desnudo, apenas rozando su cálida piel, como señal inequívoca de que estoy dispuesta a compartir el dolor que quiera dejar escapar esta noche para soportarlo a medias, y me inclino ligeramente hacia adelante buscando su rostro perdido. Él gira la cabeza y clava sus ojos vidriosos, brillantes y profundos en los míos, fijamente. Algo extraño me recorre el cuerpo. Me intimida. Siento que su mirada traspasa mis pupilas como si quisiera arañar mis pensamientos más íntimos, aquellos que yo guardo celosamente en los recodos inaccesibles de mi mente. Entonces, un temblor intermitente, perceptible en su barbilla y en sus ojos me advierte que está próximo a desmoronarse. Los míos se enturbian. Mis ojos se humedecen y abro los brazos para acogerlo, necesito consolarlo. Si es que me lo permite. Y arranca a llorar como jamás pensé que pudiera hacerlo al tiempo que hunde su rostro en mi pecho buscando el refugio que le ofrezco.
  Lloro con él, meciéndolo para llevarlo a la calma, mientras noto una de sus manos posada sobre mi espalda y la otra en mi muslo sin el menor rubor. Me siento flotar. Saber que se ampara en mí como su mejor amiga para calmar su ánimo hundido me hace sentir placer y satisfacción. Me embarga un sentimiento maternal durante un tiempo que me parece largo y particularmente entrañable. Sus lágrimas derramadas se adentran por el escote de mi camisa y las noto discurrir entre mis pechos humedeciendo mi ropa interior. Miro discretamente hacia abajo, hacia mi propio cuerpo y percibo el brillo de los fluidos lacrimales que lo empapan, notando la blusa mojada pegada a mi piel. Acaricio su pelo rezando por que no se separe, apretándolo sutilmente contra mí para percibir la calidez de su aliento y de su boca entrebierta bajo mi cuello. Los acordes de una melodía lejana traspasan los muros vecinales incitándome a cerrar los ojos para disfrutar intensamente del resto de mis sentidos. Las notas musicales parecen soterrar sus sollozos, ahora soy incapaz de oirlos, no acierto a saber si ha dejado de llorar. Tal vez sí.
   Su mano asciende lentamente y en silencio por mi muslo y lo recorre varias veces, mientras su boca baja unos cuantos centimetros en dirección a la confluencia de mis senos. Me quedo quieta y un temblor ligero doblega mis piernas. Me siento desconcertada, confusa. Una de sus manos acaricia mi espalda con las yemas de sus dedos, ascendiendo por todas y cada una de mis vertebras, provocándome una descarga eléctrica que eriza el vello de mis brazos mientras la otra mano traspasa la frontera de mis caderas  y recorre mi cintura para acabar posándose bajo mi pecho. No sé cómo reaccionar. Mi estómago hace tiempo que inició un baile imposible de detener, no sé bien si como fruto de mi excitación o es que me siento avergonzada como una adolescente transgrediendo las normas morales que le han sido impuestas. Hago un esfuerzo por recordarme que él es mi amigo, mi compañero al que veré mañana sentado en un despacho a escasos metros de donde el mío se ubica, y me obligo a hacerlo parar porque sé que no es un sentimiento de amor el que motiva sus actos. Pero me rebelo. Lo noto junto a mí y siento estar tocando el cielo. En un último instante de duda su mano asciende apenas dos centímetros y su dedo pulgar se eleva recorriendo mi pecho con un suave vaivén que endurece mis pezones en respuesta inmediata al placer que me suscita. Escucho cómo su respiración se detiene y deduzco que me está dando tiempo para reaccionar, para retirarme, para impedirle seguir. Pero no lo hago, no deseo hacerlo parar. Cojo su mano con tacto, con dulzura y la dirijo hasta los botones de mi camisa que él no duda en empezar a soltar mientras recobra la respiración perdida, ahora más acelerada. Libera uno, dos, los tres primeros, y aparta la tela hacia los lados para dejar a la vista la redondez de mis senos húmedos por el paso de sus lágrimas saladas. Comienza a besarlos, tratando de borrar sus propias huellas con sus labios, aspirando el aroma que mana de mi piel y que deseo que le haga marear como a mí el suyo. Su mano posterior, la que acaricia mi espalda, se acelera y comienza a clavarme ligeramente las uñas mientras yo correspondo acariciando su torso y sus brazos con miedo a hacerlo marchar, a que reaccione y se pregunte qué demonios está haciendo ahora conmigo, rompiendo así el hechizo que comienza a provocar discontinuos y subyugantes calambres en mi entrepierna.
   Recobra la maniobrabilidad de ambas manos y termina de abrirme la camisa desplazando hacia abajo mi ropa interior, dejando mis pechos al descubierto de forma lenta y paulatina a medida que su lengua recorre su anatomía centímetro a centímetro hasta llegar al contorno de la areola erizada y endurecida, y comienza a lamerlos al compás de mis primeros gemidos, que escapan irremediablemente para perderse en la atmósfera densa que acaba de crearse donde antes creí imposible que sucediera nada.
   La presión de su rostro sobre mi pecho me doblega, me hace caer hacia atrás posando mi espalda a lo largo del sofá. Mi pulso acelerado grita, aclama en silencio que continúe, que me lleve hasta el limbo de las sensaciones a voluntad plena. El botón de mi pantalón se suelta y aflora el encaje blanco y estrecho de mis braguitas, dándole la bienvenida a unas manos que no son las mías, y que están próximas a acoger la parte de mi anatomía que está a punto de desaguarse. Él se libera de su camiseta estrecha y me muestra el torso que apenas conocía por intuición. Suspiro profundamente bendiciendo el momento en que se marcharon todos favoreciendo este encuentro.
  Cuando sus manos sujetan mis caderas, elevándolas para dejar palpable mi completa desnudez que él está a punto de saborear, pienso que todo debe ser un sueño, que no puede ser real una emoción tan fuerte, tan intensa dentro de mí que me está haciendo estremecer por un deseo sublime de que me posea, en cuerpo y alma, día tras día, minuto tras minuto. Y así es. El sonido agudo y repetitivo de la alarma de mi teléfono móvil me devuelve a la realidad. La de la vida cotidiana. La de mis mañanas sola. La de mi trabajo rutinario cerca de quien despierta en mí sueños sublimes como el que acabo de tener. Que no resulta ser el primero. Y preveo que tampoco el último.
 © Pilar Muñoz - 2013

4 nov 2015

MICRORRELATO: "AMOR CARNAL".

   Quiero verme sorprendida por tu irrupción en este aposento en el que me encuentro. Que hagas detenerse al aire para que solo el flujo de mi respiración navegue a tu alrededor, a velocidad creciente, delatando lo que mi corazón siente y lo que mi piel clama cuando te miro. Quiero que me ordenes elevar mis brazos para atracarme, para cachear las curvas de mi desnudez con la yema de tus dedos, con tus manos fuertes como arma de posesión mientras permanezco impávida, dejándome hacer sometida a tu voluntad. Quiero que tus ojos desborden lascivia y me abrasen al recorrerme, mientras los míos hacen lo suyo con tu boca, con tu torso perfilado y tu abdomen perfecto, con tus caderas estrechas y bien entrenadas para acometidas salvajes, con el mástil que aguarda entre ellas pugnando por alcanzarme, señalándome directamente en actitud desafiante, como si ya me hubiera elegido y no tuviera marcha atrás. Quiero tragar saliva para calmar los nervios que me provoca tu proximidad, para calmar la excitación mutua que electriza el vello de nuestra piel. Y quiero gritar tu nombre en un susurro intenso junto a tu oído cuando mi cuerpo se desmorone devastado por el placer que solo tú eres capaz de darme.
   Quiero que este deseo traspase la barrera del tiempo y se transforme en realidad.
   Esta tarde.
   Ahora.
   Ya.
© Pilar Muñoz - 2015




8 oct 2015

MICRORRELATO ERÓTICO: "RETRATO A CIEGAS".



   Me ruborizo ante el lienzo inmaculado en el que vas a recrearme. Prometes no mirar mi desnudez y me dejo llevar, nerviosa. Cierras tus ojos. Mi ropa cae. Tiemblo. Tus manos se acercan y tocan mi piel. Recorren mi cuerpo, a ciegas, una y otra vez, hasta memorizar las curvas que trasladarán a la tela portando pintura en los dedos, como pinceles ardientes. Vas y vienes. Me estremezco. Y tú te agitas al apreciar la excitación en mis pechos y en mis rincones secretos. Lanzo un gemido al aire y te apreso, pidiéndote ser musa y además lienzo en el que tu boca trace infinitas pinceladas hasta el amanecer. 

© Pilar Muñoz - 2015.


2 oct 2013

RELATO: "DESEOS DE FICCIÓN"

   Raquel abre los ojos con la respiración entrecortada, un golpe metálico la ha extraído del sueño excitante en que se hallaba inmersa. Tenues rayos de sol se filtran a través de la persiana, bañando de claroscuros su cuerpo apenas cubierto por su ropa interior de satén. Con lentitud, extiende la mano, palpando el lado derecho de la cama para buscar a David y continuar con él lo que en su sueño acababa de iniciar con un extraño provocándole un resquicio de humedad entre sus piernas. Está vacía. Las sábanas frías y el murmullo procedente de la cocina revelan que él se encuentra allí desde hace rato, dando una mano de pintura al techo como habían acordado el día anterior.
   Notando aún los pálpitos en la sien, se incorpora y se dirige al baño descalza, dedicándose unos minutos para observarse de arriba abajo en la luna del espejo. Su cuerpo estirado por las horas de sueño luce unas curvas trazadas con exquisitez que no duda en exponer aun más bajando ligeramente los tirantes estrechos y la tela del sujetador semitransparente y desplazando los bordes externos de su pequeña braga para adentrarla entre sus nalgas, prietas y redondeadas. Alborota su cabello con los dedos y pone unas gotas de perfume a ambos lados de su cuello permitiendo que resbalen hasta impregnar sus pechos, y retoca la máscara de sus pestañas y la línea negra pintada en sus ojos desde la noche anterior.
   Sus pasos sigilosos le permiten postrarse en el quicio de la puerta para observar la silueta escultural de David encaramada en la escalera, antes de que él se percate de su presencia. Vislumbra con detalle sus muslos bronceados, el centro de su deseo enmarcado por las costuras adicionales de sus boxers ajustados y los trazos de su musculatura fornida y atrayente aflorando por su vieja camiseta sin mangas y de largo recortado. Ella abre los ojos con el deseo encendido, incrementado ante la visión de unas diminutas gotas de pintura que, salpicando su pelo, le infieren un atractivo aún mayor de maduro interesante.
   Raquel carraspea para hacerse notar. En un derroche de sensualidad se recuesta sobre el marco de la puerta y muestra su exuberancia con los labios entreabiertos, humedecidos por el pasear constante de su lengua. Los ojos de David se posan sobre ella y su boca esboza una sonrisa acompañada de un "buenos días" apenas perceptible; ha perdido la voz al verla acercarse con mirada libidinosa, envuelta en el dulzón aroma que tanto lo excita. Hace amago de bajar, pero Raquel lo retiene mientras le ordena con mirada lasciva seguir pintando. Él vuelve a izar el rodillo embadurnado de blanco con la concentración perdida, mientras ella se coloca al pie de la escalera frente a él, sorteando el puente metálico para poder desplazar sus manos con libertad plena y ascender con suavidad por la cara interna de sus muslos hasta el nexo de unión, que comienza a tornarse prominente ante las caricias y la estampa turgente de Raquel que puede verse desde lo alto. Sus dedos femeninos inician bajo la tela flexible con destreza la búsqueda de una piel aterciopelada cada vez más estirada y recorren su largo contorno una y otra vez con sus yemas entrenadas. La respiración acompasada de David comienza a alterarse ante la excitación de su sexo y la mirada provocativa de Raquel, que no está dispuesta a parar.
   David suelta el rodillo en el interior de la lata y se agarra momentáneamente al arco de la escalera para desprenderse de sus bóxers con agilidad. Y permanece inmóvil, de pie sobre el último peldaño, con sus caderas a la altura del rostro de Raquel que ya ha comenzado a acariciar efusivamente sus nalgas aproximándolo a ella. Él inspira, retiene el aire y exhala una bocanada al notar el roce de sus rodillas con los pechos desnudos de su chica, y su sexo enarbolado perdiéndose en su maravillosa oquedad oscura.
   Sintiendo alterado el equilibrio y ante el deseo de dar ocupación a sus manos ociosas, David detiene la acción por un momento y baja, apartando la escalera con brusquedad, rodea a Raquel por la cintura y la oprime contra su cuerpo deslizando las manos por su espalda, por su vientre, pellizcando sus senos con fuerza hasta sentir el deseo irrefrenable de poseerla allí mismo.
   En un impulso desbocado, agarra la braga y la desgarra lateralmente haciéndola caer al suelo, la obliga a abrir las piernas y posando ambas manos bajo sus nalgas la eleva hasta colocarla a horcajadas sobre sus caderas. Raquel, excitada, rodea su cuello con los brazos y lo besa con furor, mordisqueando sus labios, explorando su boca con ansia, mientras él camina con ella hasta la encimera donde la deja caer. La frialdad del mármol, en contraste con el calor de su sexo, la estremece erizándole la piel. Ella se retrepa hacia atrás y abre aún más las piernas esperando recibirlo, mirándolo a los ojos sin musitar palabra, ahogando los gemidos que sin lugar a dudas vendrán después. David la observa complacido y desliza las manos por su cuello, por sus senos, por su cintura y por sus caderas, hasta tirar de sus piernas para colocarla al borde de aquel improvisado asiento con la intención estudiada de dejar accesible el camino por el que adentrarse en ella con ímpetu sublime, hasta alcanzar el éxtasis en una exhalación conjunta.
   Él permanece de nuevo inmóvil unos minutos, sin salir de aquella entraña cálida que lo acoge, con el sudor enfriando sus cuerpos y a la espera de recobrar el aliento y recuperar en parte el compás de la respiración. Raquel recorre con sus uñas largas y esculpidas las vertebras excitadas de David, sus dorsales torneadas, sus bíceps aún tensados, la nuca postrada al reposar la cabeza sobre el hombro. Un nuevo vaivén comienza con sutileza; un nuevo arranque a velocidad lenta que amenaza con tornarse acelerada de un momento a otro, no sin antes hacerla bajar de donde está sentada para girarla hacia la pared, y que la mirada de David alcance a ver ahora su espalda y sus nalgas en cada uno de sus arrebatos.


   Cierro el libro y tomo aire, este capítulo ha sido lo más. Me avergüenza decirlo, pero estoy excitada, nunca había leído erótica por considerarla obscena, pero esta historia romántica me tiene absorbida imaginando un sueño que quiero reproducir en mi vida ahora que la madurez ha revolucionado mis hormonas y tengo la libido a flor de piel. Voy a dejarme de ñoñerías, de practicar este amor de aguas calmas como si fuera un vejestorio sin atractivo alguno, mi vida pide a gritos un soplo de aire fresco. Quiero sorprender a Pepe, vivir con él experiencias nuevas que nos exciten, como a los protagonistas de estas novelas que tengo intención de seguir leyendo.
   Agudizo el oído y escucho un sonido metálico procedente de la cocina. ¡Esto no puede estar pasándome a mí! Pepe se ha decidido por fin a cambiar la maldita bombilla que me recuerda a una discoteca de feria cuando cocino. ¡Esta es mi oportunidad!
   Doy un salto de la cama y me adentro en el baño con el corazón bailando. Enciendo los halógenos dispuestos en el techo y recibo una lluvia de luz que me ilumina el cuerpo, y los pliegues y arrugas que habitan en él… también. Me observo por mitades en el espejo de la pared con el nuevo conjunto de lencería burdeos que compré en el merca tres días atrás. No queda mal, aunque en mi caso, las curvas de mi cuerpo se asemejan más a los escalones del porche que a las líneas exquisitas de la prota del relato. Me estiro lo que puedo para evitar los surcos que dividen mi abdomen en franjas horizontales y acomodo mi braga para parecer más sensual, pero no encuentro el lugar perfecto donde acoplarla, tal vez sea demasiado pequeña: el rebrote de grasa que rodea mis caderas aflora igualmente la ponga donde la ponga, por lo que decido reliar el borde y adentrarla entre mis nalgas para exhibirme sexy, dejando al descubierto los hoyuelos que alguien bautizó con mucha bondad como piel de naranja, y que están metamorfoseando a cráteres del Vesubio a paso veloz. Pero no me importa, me consta que a mi Pepe le gusta mi culo; él dice con voz de encanto que así blandito se coge mejor.
   Espeso mis pestañas con algo de rímel y pinto mis labios de rojo pasión. Deslizo los tirantes del sujetador, aparto la blonda, humedezco mis senos con unas gotas de mi perfume más preciado (el único que tengo) y avanzo con paso sexy y la respiración cortada para mantener el tipo hasta dejarme caer en el quicio de la puerta con pose insinuosa. Pepe está a lo suyo y no me ve. Carraspeo para llamar su atención y siento un cosquilleo nervioso por el cuerpo, una mezcla de rubor y excitación ante lo que será la mirada y las primeras palabras de Pepe cuando me vea.
  —¡¡Niña, joder, que te van a ver los vecinos, que está todo abierto!!” –exclama él, mirando hacia la terraza como un poseso.
   Ignoro su comentario; ya estoy acostumbrada a esos celos que tanto me gustan y que me hacen sentir solo suya. Lo miro de arriba abajo y mi pulso se acelera: los remolinos de su pelo cano, su rostro anguloso con barbita de ocho días, su pecho mullido donde arrebujarme para dormir, el flotadorcillo que protege la tableta de chocolate para que no se derrita, sus muslos velludos con caracolillos perfectos..., y los slips ausentes bajo el corto pantalón deportivo que lleva puesto, cuya redecilla recoge mi fuente del placer como  un nido de ave.
   Avanzo con hambre de sexo hacia la escalera en la que está encaramado. El plafón de cristal se resiste y eso me da tiempo para imitar a mi admirada Raquel recorriendo los muslos de mi marido hasta adentrar las manos bajo la tela del pantalón con todo el erotismo de que soy capaz.
   —¡¡Coño, que manos más frías tienes!!
   Su exclamación me asusta, pero continúo, metida en mi papel de hembra erótica. Los bordes de la redecilla están clavados en sus ingles, por más que intento no puedo introducir los dedos para acariciar su sexo, así es que, sin perder mi sonrisa lasciva deseosa de correspondencia, comienzo a masajear su entrepierna para insuflarle la sangre que noto que le falta aún.
   —Niña, estate quieta —dice con la vista clavada al techo intentando encajar la bombilla nueva sin conseguirlo—. ¡Niñaaaaa, mira que este no es sitio, que me va a dar un calambrazo de narices y me voy a quedar tieso, estate quietecita ya!
   Me mira algo sorprendido y sonrío, sin pronunciar palabra. Dispuesta a seguir con mi empresa, tiro hacia abajo de la prenda que lleva puesta para liberar el falo que me vuelve loca. No hay manera. La boca comienza a resecárseme de mantener los labios entreabiertos y la sonrisa clavada. El pantalón no cede. Con voz sensual le advierto que no puedo deshacer el nudo que los sujetan a su cintura y que necesito ayuda. La magia del momento se rompe ligeramente durante la lucha encarnizada que aquel nudo de marinero hecho a conciencia nos hace librar. Mis dientes toman el mando y mi respiración se vuelve a agitar cuando por fin cede y puedo deslizar el pantalón corto por sus piernas con lentitud. Su sexo aparece ante mí y me detengo, extasiada. Lo veo moverse con cada pálpito, izándose con esfuerzo en cada pulso hasta alcanzar la horizontal. Lo tengo justo frente a mi rostro, me sudan las manos, no sé qué hacer. No me he visto nunca en tesitura tal y me da cierto rubor acercarme a aquello para engullirlo a plena luz del día. Con mi bloqueo mental no reparo en que he dejado los pantalones de Pepe medio enredados en sus tobillos, trabados en una de sus zapatillas que no los deja salir. Me pongo nerviosa cuando observo que está braceando en el aire para mantener el equilibrio que ha perdido por mi hazaña erótica.
   —¡¡Menuda hostia me voy a dar con tus inventos, María, que este no es sitio, te lo estoy diciendo!! —advierte mientras baja de la escalera blanco como la pared-. ¡Anda, vamos p'allá!
   —No, en la cama no, Pepe, aquí. ¡Tómame aquí!
   ¡Por fin reacciona! Mi marido reacciona y sucumbe a mis encantos sensuales sin dilación. Sigo acariciando su abdomen, su pecho, su nuca, su pelo... Él dirige sus manos hacia mi braga de encaje para bajarla (me estoy clavando el borde de la encimera en la espalda, pero mi excitación sublime no me permite quejarme).
  —¡¡Rómpelas, Pepe!! —le ruego solícita imaginando al espécimen de David haciendo aquello con las bragas de Raquel.
  —¡¿El qué?! —pregunta sorprendido, parando en seco la maniobra—. ¿Que las rompa? ¡Pero si son las nuevas, ¿no te las compraste el viernes?!
  —¡Desgárralas, Pepe! —insisto con los labios secos.
  Mi marido agarra la prenda con las dos manos y da un tirón seco sin éxito. Vuelve a intentarlo mientras me clava el resto de la prenda en la entrepierna con el tirón.
   —¡¡Joder, con las bragas del merca, pues sí que resisten!!
   Hace un tercer intento con fuerza desbocada de gladiador romano mientras yo cierro los ojos por temor a que el hematoma de la costura opuesta se instale en mis caderas durante un mes. Al fin lo consigue y una sonrisa aflora a mi rostro. ¡Lo estoy consiguiendo, estoy recreando fielmente la escena que acabo de leer!
   —¡Me he hecho daño, hostia! —vocifera mirándose los dedos.
   Me apresuro a tomar su mano entre las mías y las acerco a mi boca. Las beso y las recorro con la punta de la lengua para suturar las marcas de la costura. Un escalofrío me recorre el cuerpo, ¡hasta estoy improvisando, Dios! Rozo su miembro y me abro de piernas sin dejar de mirarlo. Tomo sus manos de nuevo y las sitúo bajo mis nalgas.
   —Levántame, Pepe -le ordeno con voz ronca.
  —¡Que yo no estoy pa' estos trotes, María, que estoy muy mal de la espalda. ¿Y si seguimos ya en la cama? —sugiere con un deje de resignación.
   —Venga, Pepe, hazlo por mí, yo te ayudo.
   Flexiono las rodillas ligeramente y me impulso hacia arriba al tiempo que él me sujeta por el trasero. Me encaramo a sus caderas como un chimpancé huérfano, cruzando las piernas a su espalda para no caer, porque noto como me voy escurriendo poco a poco sin remisión. Me apresuro a señalarle la encimera, besándole el cuello con pasión.
   —Ahora, siéntame aquí, Pepe, y fóllame.
   Aquel verbo hecho carne resuena en la cocina como una bomba. Con lo erótico y excitante que queda en boca de Raquel, en la mía ha sonado a pilingui barriobajera sin sentimientos ni corazón. Y yo quiero mucho a mi Pepe, bien lo sabe él. Pero ha debido de sonarle igual que a mí, porque aún sigue mirándome, a pesar de encontrarme ya a la altura casi de sus rodillas con las piernas todavía cruzadas por detrás de él para no terminar de caer del todo. Finalmente, se recompone sin decir nada, mi obscenidad lo ha dejado mudo. Hace un esfuerzo colosal por levantarme de nuevo y con total brusquedad me deja caer de nalgas sobre el mármol de la cocina. Cientos de diminutos pinchazos se clavan en mi piel como agujitas afiladas.
    —¡¡Cago en la madre que parió al niño!! ¡Le he dicho mil veces que recoja las migas de pan de la encimera cuando se haga el bocadillo, y nada, ni caso! —grito enfadada por aquella invasión vaginal de levadura.
   Me bajo de un salto, sacudo las migas y me subo de otro. Las interrupciones... cuanto más cortas mejor. Me alboroto el pelo, sonrío de nuevo como si nada hubiera pasado y desplazo el culo por la encimera hasta colocarme en el borde. Me mantengo erguida (en el primer intento de retreparme hacia atras como hizo Raquel me asesté un golpe en la cabeza con el tirador de la vitrina, ella debía tener la pared libre) y abro las piernas invitando a mi marido a que me posea. Pepe se aproxima entusiasmado, con ojos de deseo encendido (no sé si es por mí o porque quiere que termine ya el numerito de una vez).
   No lo encuentro. El sexo de mi marido se ha perdido bajo la encimera, su metro sesenta no le permite estar a la altura de mi entrepierna para poder encajar nuestras piezas y componer el puzle que tanto ansío. Lo veo empinarse, ponerse de puntillas para ganar unos centímetros de altura, como los perrillos de diferente raza cuando quieren copular.
   —¡Que no llego, María! —dice agobiado.
   —El banquete, coge el banquete pequeño que uso para alcanzar los tarros. 
   Pepe resopla, es un sol. Por más que proteste, en el fondo sólo desea complacerme, estoy segura de que nuestra vida sexual a partir de ahora será distinta, más rica, más excitante, más...
  Su primera embestida evapora mis pensamientos, hace que flote a la estratosfera, que me sienta Raquel, una diosa del Olimpo en brazos de mi Adonis particular, que viva un sueño, que cumpla con mis deseos de ficción sin preocuparme para nada por la realidad.
   —¡¡¡El condón!!! ¡¡Pepe, el condón!! ¡Que no te has puesto condón, Pepe!
   —¡Pero cómo me voy a poner condón si no has parado de decirme lo que tenía que hacer! ¿Ves? Si lo hubiéramos hecho en la cama como Dios manda, habría caído en la cuenta del globito. Pues... tú dirás...
   —¡No importa, sigue, cometamos una locura de juventud!
   —Te recuerdo que la última locura de juventud se llama Lola.
   No escucho lo último que dice, me dejo llevar por sus impulsos desbocados, medidos a conciencia, eso sí, para no caerse del taburete que cada vez cruje más, pero deliciosos. Mi pulso se acelera al compás de sus gemidos de toro de Mihura, sin importarnos las miradas de vecinos envidiosos de nuestra pasión. Hasta que llega al éxtasis y echa el freno con más eficacia que el ABS. Yo aún estoy a medio gas, necesito algo más, dos, tres..., cuatro empujoncitos más. Pero acaba. Se retira exhausto, se baja del pedestal y busca sus pantalones con el cordón destrozado por el suelo de la cocina.
   —Otra vez, Pepe, no te vayas, tómame otra vez  —suplico apasionada.
   —¡Sí, vamos, que te crees tú que esto se recupera tan pronto! Además, son las siete cuarenta y cinco, a las ocho empieza el partido de la Champions y tengo que ir a por cervezas. Esta noche repetimos, ¿vale, pichoncito?



   © Pilar Muñoz Álamo - 2013
      

20 mar 2013

RELATO: "DESEO VIRGINAL"

  
 Hace algunas semanas me apunté a la Quincena erótico-festiva del blog Libros que hay que leer y en la entrada que publiqué anunciando mi participación, incluí un pequeño fragmento erótico de invención propia en homenaje a tal "evento". No formaba parte de ningún relato, pero hubo quien a partir de haberlo leído me alentó a continuarlo y transformarlo en una pequeña historia. Y como yo sucumbo muy fácilmente a los desafíos y retos varios (no sé si para bien o para mal), pues eso es justamente lo que hecho, utilizarlo como primer párrafo de un pequeño relato con erotismo en estado puro. ¡Del fino, ¿eh?, creo yo! No sé vosotr@s lo que pensaréis :)
   
   Ahí va:


 "DESEO VIRGINAL"

   Abrí la puerta del baño envuelta en una nube de vaho que me hizo resurgir de ella como una esfinge sinuosa, sofocada por el calor extremo del agua que minutos antes había besado mi cuerpo, cada centímetro de mi piel que ahora lucía tersa, aterciopelada y suave, impregnada por entero de aquella esencia de miel y almendras de aroma cautivador y sabor dulce. Tardé un instante en acomodarme a la penumbra salpicada por la tenue luz de las velas dispuestas por el dormitorio y a la melodía suave que incitaba a mis sentidos a dejarse llevar. Una silueta masculina de torso desnudo se aproximó a mí lentamente, en silencio, esbozando una sensual sonrisa de labios carnosos mostrando deseo. Noté sus manos abriéndose paso por la abertura de mi albornoz, ensanchándola al tiempo que recorría con sus manos mi cintura atrayéndome hacia él. Mi pelo mojado dejó escapar algunas tímidas gotas de agua que recorrieron mis hombros hasta llegar a mis senos, donde iniciaron un suave descenso bordeando sus curvas pronunciadas y sensuales. Él clavó sus ojos en ellas, secándolas con las yemas de los dedos para besar después las huellas de humedad que habían dejado a su paso y que ahora se incrementaban al contacto con sus labios, con su boca, con su lengua excitada incapaz de detenerse. Un gemido efímero y apasionado huyó de mí para confundirse con las notas musicales dispersas en el ambiente, como preámbulo de lo que prometía ser una noche de sumo placer.

   Me pregunté por un instante cómo diantres había aparecido él allí; los efluvios del alcohol debieron haber jugado al escondite con mi memoria, sin dejarla adivinar si había sido yo quien lo había invitado a subir o tal vez fue él quien me transportó literalmente hasta mi habitación de hotel para protegerme de las consecuencias nefastas del cava que había bebido hasta perder la razón. Pero no me importó. Las sacudidas eléctricas que sus roces provocaban en mi cuerpo silenciaban el miedo hacia mi primera vez, tantas veces soñada, aventurada hasta la saciedad dejándome llevar por una mezcla de romanticismo desbocado y ausencia de detalles ante lo que no había conocido nunca en primera persona, tan solo en las novelas de Corín Tellado que mi madre solía leer. Entonces sentí miedo, y un rubor espantoso al ser consciente de que no sabría cómo actuar, ni cómo responder ante aquel extraño que parecía dominar el arte amatorio en mucha mayor medida de lo que yo había podido leer. 

   Una de sus manos ascendió muy lentamente por la cara interna de mis muslos hasta llegar a su confluencia, mirándome a los ojos y esbozando una sonrisa con su boca amplia que no dudó en utilizar para sellar la mía antes de que yo pudiera confesarle el secreto de mi virginidad más absoluta, como si ya lo intuyera y no le importara nada. O tal vez como si aquello le excitara mucho más. Comprendí que sólo tenía que dejarme llevar, permitirle hacer a él y a mis instintos libidinosos, fuertes como nunca imaginé que pudieran ser.

   Me despojó del albornoz que aún se apoyaba sobre mi espalda y caí completamente desnuda sobre la cama, empujada levemente por su cuerpo. Él mantuvo el equilibrio y permaneció en pie durante unos segundos que me parecieron eternos, mirándome de arriba abajo con lascivia y un deseo reflejado en sus ojos que me intimidó. Y me gustó, haciéndome notar un cosquilleo entre mis piernas que me obligó a apretarlas una contra otra y revolverme ante su gesto de aprobación. 

   Se inclinó sobre mí y sujetó mis manos elevándolas sobre mi cabeza, haciéndome sentir excitantemente expuesta, vulnerable, y comenzó a recorrer mi piel por entero con la boca y con sus manos, cada pliegue, cada pequeño rincón ignorado hasta por mí, besándolo, lamiéndolo, pellizcándolo. Recobré la libertad de mis manos y le correspondí, acariciando su espalda, su pelo, sus brazos torneados y su pecho desnudo, su sexo, sus nalgas. Me sentí feliz, desinhibida, pletórica por aquella opera prima tan excitante que abriría paso, sin duda alguna, a otras muchas funciones a partir de aquel momento. 

   Mi respiración acelerada comenzó a descontrolarse a medida que su entrepierna abultada presionaba la mía cada vez más, moviéndose insinuosamente, buscando un hueco por donde colarse dentro de mí, mientras sus gemidos me susurraban al oído que había llegado el momento más temido. Y el más deseado, tal vez.

   Aprisionó mi cuerpo bajo el suyo y esperó, incrementando mi excitación de manera sublime al sentir cada centímetro de mi piel unida a la suya. Un reflejo de luna penetró a través de la ventana iluminándolo con lentitud, avanzando desde el extremo de sus pies hasta besarle la nuca, momento en que una descarga de excitación lo fustigó obligándome a separar los muslos ampliamente con ayuda de sus piernas fuertes y musculadas, clavándome su daga de forma brusca e impetuosa sin ninguna concesión una y otra vez. Un dolor intenso aguijoneó mi vientre y cerré los ojos, al tiempo que él sumergía su cabeza en mi clavícula con deseo enloquecido, buscando mi cuello con sus labios henchidos de fogosidad extrema. Noté el roce de su boca sobre mi piel, abriéndose cada vez más, percibiendo la calidez de su aliento y la humedad de su lengua como un animal poseso, completamente fuera de sí. Y entonces los sentí. Entonces sentí los hilillos de sangre que sus colmillos afilados habían hecho resbalar por mi cuello mientras él succionaba mi vida y mi preciada virginidad con los ojos desorbitados y el semblante victorioso, recobrando así una centuria de vitalidad renovada. La laxitud de mis miembros me impidió moverme, dejándome llevar, poco a poco, por el sueño inmortal que me acompañaría hasta el otro lado para siempre. Hasta el lado infinito de las sombras.

Pilar Muñoz Álamo - 2013


13 mar 2013

LA CANCION DE NORA y reflexiones varias.


   Cuando decidí apuntarme a la Quincena erótico-festiva de Laky lo hice por un simple arrebato momentáneo, de esos que siempre he tenido, pero por los que últimamente parezco dejarme llevar sin tantos remilgos ni reflexión alguna. Aunque tal vez fuera también porque, en el fondo, me alegró ver que por fin comenzamos a dejar el rubor a un lado para hacer alarde de esa imagen de mujer moderna, actual y liberada de la que tanto presumimos, pero que, para ciertas cosas, aún anda un poquito lejos de aflorar del todo. Y si me refiero expresamente a las mujeres es porque los hombres, en ese sentido, ya perdieron el rubor y la vergüenza hace mucho tiempo, para bien de ellos. Lo que me resulta un poquito lamentable es que esta especie de "revolución" haya tenido que venir de la mano del famoso Sr. Grey (Trilogía "50 sombras de Grey" -por si alguien de otro planeta nos visita y no conoce a este señor-), que haya tenido que ser él precisamente quien nos saque a torear sin miedo cuando ya había multitud de personajes envueltos en infinidad de novelas de corte erótico esperando ser leídas y deseando encontrar un hueco en nuestras estanterías, sin que pudieran llegar hasta ellas, en algunos casos, por no ser un género de nuestro gusto, pero en otros muchos -estoy segura- porque no nos atrevíamos a pasearnos por la sección de literatura erótica de unos grandes almacenes ojeando libros y pasando páginas para acabar acercándonos a la caja y acometer el trance de comprarlo bajo la mirada de la clienta de al lado, simple y llanamente. Y si no, decidme si alguna de vosotras no ha leído alguna vez una novela de este tipo forrada en papel opaco para no desvelar su título ni la imagen de portada, ¿cierto? Y no me digáis tampoco que no había literatura erótica pensada para mujeres, con una historia bien desarrollada y con un lenguaje no tan burdo, soez y pornográfico, porque ahí estaba, por ejemplo, "Las edades de Lulú", y estoy por apostar que más de una no se ha atrevido a leerla hasta ahora.

   A continuación llegó la segunda parte, elegir un título para después reseñarlo en el plazo establecido. Además de recibir unas cuantas recomendaciones de quienes son amantes y entendidos de la novela erótica desde siempre, también me preocupé de darme una vueltecita por la blogosfera y por las webs literarias para ver qué títulos han proliferado a raíz de este boom al que ahora parecen haberse apuntado escritores y editoriales por doquier, con el fin de aprovechar el tirón comercial que este género  parece tener actualmente, al igual que los vampiros ya hicieron su agosto tiempo atrás. Y me anduve con mucho tiento,  porque temía que de nuevo el Sr. Grey pudiera haber creado escuela y que el pack indivisible romanticismo absoluto - sumisión femenina fuera casi, casi, la única combinación erótica digna de contar con el beneplácito de las lectoras. Es cierto, a la mayoría de las mujeres les gusta que las seduzcan, que las protejan, sentirse -de vez en cuando- en los brazos de un "tipo duro" y, tal vez, en sus fantasias sexuales, ser sometidas por el galan de turno como un rasgo inherente a esa masculinidad que nos puede resultar inevitablemente atractiva. Pero de ahí a pasarnos la vida esposadas, maniatadas, cegadas por pañuelos y artilugios varios y obligadas a ejercer una sumisión total sin posibilidad de réplica ni de invertir los papeles cuando nos plazca, va un abismo. Y como ya sabemos por experiencia que cuando se encuentra una fórmula que funciona se explota hasta dejar el pozo seco y hasta desértico, temía toparme de nuevo con este tipo de historia aderezada por todos los elementos ideales que la convierten automáticamente en bestsellers tras un estudio exhaustivo de la psicología femenina.

   Cuando estaba a punto de hacerme con una recomendación "culta" para leer, una conocida se cruzó en mi camino ofreciéndome la novela de Erika Lust, La canción de Nora. Entonces salté como un resorte y pregunté: "¿Es de sado-masoquismo?". "No". "¿Va de BDSM?" "No". "¿La mujer es sumisa?" "Noooooo". "Entonces me lo quedo." Y tengo que reconocer que he acertado en mi elección, no porque me haya gustado expresamente, sino porque me ha sorprendido que su planteamiento argumental se saliera de los cánones habituales en la literatura erótica actual y, digamos que, comercial, aunque yo no sabría realmente si catalogar a esta novela como erótica, y luego explicaré por qué.

   Esta es la sinopsis que aparece en la contraportada del libro:

Nora tiene veinticuatro años, mucho carácter y arrojo, más sentido del humor y, sobre todo, unas ganas infinitas de disfrutar de lo que la vida le pone por delante.


Durante los inicios de su carrera en el cine en la Barcelona más cool, se debatirá entre dos hombres muy diferentes: Xavier, un joven productor ambicioso y sofisticado, y Matías, un creativo apasionado, atractivo y misterioso.


   La fórmula que Erica Lust utiliza en esta novela huye de los elementos típicos que se dan cita en la mayoría de las novelas eróticas que ahora están en boga, y que a mí personalmente me da la impresión de estar escritas con las miras puestas casi exclusivamente en el público femenino, en las que aparece, casi de forma genérica, una relación estrecha entre hombre y mujer con una mayor o menor confluencia de sentimientos mutuos que transcienden a su vida sexual. La historia que su autora nos cuenta está basada en la vida cotidiana de Nora -sueca de origen- durante su estancia en Barcelona, en la que confluye un esfuerzo continuo por buscar trabajo y desarrollar su labor profesional en el mundo del cine, y su manera particular de vivir la vida y de relacionarse con el sexo opuesto. La relación de pareja que habitualmente suele asociarse a las relaciones sexuales no está presente de forma estricta en este caso. Nos encontramos ante una imagen, a mi modo de entender, que comienza a ser más acorde con la realidad de la juventud actual -a la que Nora pertenece-, una juventud bastante más despreocupada y que evita el compromiso en grado sumo para dar rienda suelta a los instintos de la carne, dejándose llevar por los placeres sexuales que reportan las relaciones esporádicas de un solo día a las que no se sabe, a priori, si seguirán algunas más. A pesar de debatirse entre la afectividad que le reporta Xavier y la pasión algo más desenfrenada que le despierta Matías, Nora mantiene una libertad plena para disfrutar de todo lo que pueda cruzarse en su camino sentirse atada, porque ésa es su manera de entender la vida.

   Y si el planteamiento de la relación sexual que mantiene la protagonista difiere de lo habitual, también lo hace la estructura argumental de la novela, y eso es precisamente lo que más me ha sorprendido. No existe una trama trabada ni elaborada, no existe el típico planteamiento-desarrollo-desenlace que suele ser típico en una novela, no hay aparentemente un final buscado ni una razón de ser en los hechos que acontecen. En esta novela se cuenta lo que ocurre en la vida de Nora durante unos años determinados de su vida, sin más pretensión que la de mostrar su manera de vivir, de enfrentarse al mundo tal y como lo conocemos, de relacionarse con su familia de una manera incluso entrañable, de pelear por un futuro relativamente estable y de disfrutar de la música, de los bares de copas, de las relaciones amistosas en todas sus vertientes y del sexo de la forma y manera en que se presente: pasional, desbocado, superficial, sentimental y hasta como herramienta de desahogo y liberador de tensiones utilizada en solitario. No hay ninguna intención de mitificar el sexo, de describir ensoñaciones románticas maravillosas, de crear personajes idílicos o fantasiosos que queden grabados en nuestra mente al terminar el libro, preguntándonos una y otra vez dónde están porque yo no los encuentro. Erika Lust nos muestra una imagen más real de lo que pensamos de la manera en que muchos jóvenes comienzan a entender la vida actualmente y lo hace con un lenguaje desenfadado, sin utilizar un estilo narrativo depurado, sino muy cercano y ocurrente. En algunos pasajes me ha recordado el estilo narrativo de Brenda Lewis en Nunca volveremos a ser las mismas.

   Sin embargo, y a pesar de lo que he venido comentando anteriormente, hay algo en esta novela que me hace dudar de su catalogación de "erótica"; creo que yo no la entiendo como tal. He buscado la definición de erotismo para confirmar lo que yo tenía entendido por este término, y esto es lo que he encontrado:

    1. Amor sensual, sexualidad.
    2. Cualidad de lo erótico, de lo que provoca excitación sexual.
    3. Expresión o descripción artística del amor físico.

    En tal sentido, tengo que decir que además de que las escenas de sexo no son en absoluto numerosas, la forma de presentarlas me ha parecido que más que estar narradas de una forma novelada, están descritas de manera explícita como si se tratara de un guión cinematográfico que hay que seguir. En la mayoría de los casos no me han parecido sensuales, el estilo narrativo que plasma la escenificación no me ha parecido ni remotamente cercano a lo artístico -aunque he de decir que tampoco hace uso de un lenguaje soez que nos produzca repulsa, ni en ellas se describen prácticas por las que vayamos a escandalizarnos en absoluto, a pesar del detalle con que están descritas-. Y el hecho de que no exista un preámbulo narrativo mínimo que vaya calentando motores hasta acercarnos al momento "acto sexual", unido a la forma directa, clara y explícita de contar la escena, tampoco invita en exceso a la excitación; conmigo, al menos, no lo ha conseguido. Y al género masculino (que no necesita preámbulos y que suele ser amante de ir al grano) me temo que le parecerán escenas un tanto light como para conseguir el mismo propósito.

   A pesar de todo lo que he dicho y aunque parezca que no me ha gustado, tengo que romper una lanza en favor de la novela por su originalidad, por tratar de mezclar una trama desenfadada, ágil y entretenida con pasajes de sexo explícito recreados en mayor medida y con más detalle que el resto de las escenas de la novela, por huir de los tópicos actuales en literatura erótica, por desmitificar las relaciones sexuales tal y como las presentan muchas novelas románticas subidas de tono y por mostrar una imagen de la mujer liberada, dueña de su cuerpo, de sus sentimientos y de elegir aquello que quiere sentir y con quien, sin complejo y sin temor a mantenerse alejada de relaciones amorosas o a comprometerse en ellas si el corazón, finalmente, se lo acaba pidiendo.


23 feb 2013

QUINCENA ERÓTICO-FESTIVA: ME APUNTO.


“Abrí la puerta del baño envuelta en una nube de vaho que me hizo resurgir de ella como una esfinge sinuosa, sofocada por el calor extremo del agua que minutos antes había besado mi cuerpo, cada centímetro de mi piel que ahora lucía tersa, aterciopelada y suave, impregnada por entero de aquella esencia a miel y almendras de aroma cautivador y sabor dulce. Tardé un instante en acomodarme a la penumbra salpicada por la tenue luz de las velas dispuestas por el dormitorio y a la melodía suave que incitaba a mis sentidos a dejarse llevar. Una silueta masculina de torso desnudo se aproximó a mí lentamente, en silencio, esbozando una sensual sonrisa de labios carnosos mostrando deseo. Noté sus manos abriéndose paso por la abertura de mi albornoz, ensanchándola al tiempo que recorría con sus manos mi cintura atrayéndome hacia él. Mi pelo mojado dejó escapar algunas tímidas gotas de agua que recorrieron mis hombros hasta llegar a mis senos, donde iniciaron un suave descenso bordeando sus curvas pronunciadas y sensuales. Él clavó sus ojos en ellas, secándolas con las yemas de los dedos para besar después las huellas de humedad que habían dejado a su paso y que ahora se incrementaban al contacto con sus labios, con su boca, con su lengua excitada incapaz de detenerse. Un gemido efímero y apasionado huyó de mí para confundirse con las notas musicales dispersas en el ambiente, como preámbulo de lo que prometía ser una noche de sumo placer.”


  No, éste no es ningún párrafo extraído de la novela que estoy leyendo, tan sólo es un párrafo inventado en el momento de publicar esta entrada y con el que quiero rendir homenaje a la Quincena Erótico-festiva con la que Laky (Libros que hay que leer) nos reta en su blog y a la que, aún no sé bien por qué, he decidido apuntarme. 
   No suelo hacer reseñas en este blog de los libros que leo, pero hoy me he levantado con el paso cambiado y he pensado que es bueno dejarse llevar por impulsos de vez en cuando, disfrutarlos y experimentar sus efectos. Porque de ellos también se aprende y como ése es precisamente uno de mis objetivos en la vida, pues allá voy, a leer una novela de género erótico (que no es la primera, ni será la última) y a dar después mis impresiones de lo que a nivel personal me ha parecido
   Aún no sé cuál elegir. Después de haber abordado al Sr. Grey y haber salido un poquito escaldada con su lectura -que no me gustó nada-, intentaré tener cuidado con mi elección, porque si a algún género hay que pedirle tacto, elegancia y calidad narrativa es precisamente a éste. Siempre he sido de la opinión de que se puede decir y contar absolutamente todo, pero con sumo esmero y meticulosidad en cuanto a la forma en que se dice o en que se cuenta, porque de ahí surgirán las mejores o peores consecuencias que puedan sobrevevenir después. 
   Aún estáis a tiempo de apuntaros, arriba os he dejado el enlace. Será bueno leer después las críticas variadas de novelas diferentes que nos puedan abrir el campo a lecturas de calidad, alejadas, en la medida de lo posible, de lo burdo, lo zafio o lo chabacano, y de historias que, en el fondo, nada tienen de interés. 


Reseña:
La canción de Nora de Erika Lust.

 
    

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