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11 jun 2016

MICRORRELATO: "MÚSICA".


   Permítame acomodarme entre sus piernas y desnudar mi espalda, maestro. Su música me conquistó. Cerré los ojos y quedé atrapada entre sus hilos como la clave de Sol en la partitura. Escucharlo tocar me hizo vibrar, gozar, soñar..., amar. Y esta noche, observando enamorada el devenir de sus manos y la agitación de sus dedos estremeciendo cada compás... me convertí en instrumento. Mi voz se ha hecho melodía y en mi piel afloran las cuerdas del violoncelo de sus amores. Deseosas de ser tocadas.
    Permítame acomodarme entre sus piernas y desnudar mi espalda, maestro. Porque esta noche no deseo sentir la música. ¡Quiero ser música! Para usted.

 **

   A veces, el germen de una idea te asalta y partir de ahí construyes una pequeña historia. Acto seguido, buscas una imagen apropiada para ilustrarlo y publicas.
   Otras veces, es una imagen la que hace saltar tu inspiración de inmediato; como un resorte, como quien pone un dedo en la llaga, como quien te pellizca haciéndote reaccionar. Este es uno de esos casos.
   Gracias por la imagen, amiga. 
    
   

7 abr 2016

MICRORRELATO: "EN SUEÑOS".

   He estado buscándote en sueños mientras tú buscabas refugio en los sueños de otra. No huías de mí, no me habías visto. Pero podías sentirme, lo sé. Intuías mi aroma… Y apreciabas en tu piel deslizarse mis suspiros al pasar cerca de ti, como una brisa embriagadora que te nublaba el sentido. No sabes quién soy. Ni siquiera mi nombre. Pero eso no importa cuando las emociones ruedan, cuando nos arrollan y nos descerebran…
   Me aproximo a tu espalda. Ágil. Etérea. Mantengo silencio pero nuestras pieles hablan, claman a voces por sus poros dilatados, amparadas por la desnudez de los sueños que se asemeja a la nuestra permitiéndonos ser libres, sin vestiduras, sin identidad, sin leyes ni normas impuestas contra natura…
   Te agitas, te estremeces cuando mis dedos te tocan. Sonrío. Y entre ellos te tomo preso para llevarte en volandas hasta mis confines, lejos de ella, lejos de todos. Te giras y me miras por primera vez. Mis ojos negros conjuran como hechiceros mientras mis labios te rozan, en un juego de seducción que te atrapa y te excita, que invita a tus pupilas a recorrerme rendidas, impacientes, gritándome agitadas lo que he de hacer…
   Dime… Dime dónde posarás mis manos... Dime adónde arrastrarás mi boca... Dime en dónde cobijarás mi aliento, mis besos… En qué punto de tu cuerpo me permitirás dejarte marca...
   La tuya la llevo impresa. Mordiste mi corazón en el mismo instante en que te conocí al soñar. Y ahí te sentenciaste. Gozarás como jamás gozaste, sentirás como jamás sentiste… Pero ya no volverás. 
© Pilar Muñoz - 2016

27 feb 2016

MICRORRELATO: "MELODÍA DE DESEO".



   Tocas la guitarra mientras me desnudo. Acordes suaves, sentidos. Las cuerdas vibran, al igual que mis manos liberando los botones de mi blusa. Te miro y me dejo caer sobre la cama. La tela se abre y mis pechos emergen, ocultando parte de su voluptuosidad bajo la seda, jugando al escondite con tus pupilas, dilatadas, deseosas. Tu pulso acelerado se sincroniza con el ritmo in crescendo de la melodía. Y las notas que cobran vida en tus manos vienen a acariciarme, a lamer mi piel desnuda erizándola. Puedo sentir el fuego que irradias y me revuelvo. Tu aliento me busca y mis labios se abren. Contoneo mis caderas con levedad y mis muslos tiemblan..., y se distancian uno de otro invitando al eco de tu guitarra a adentrarse en mí, como algo tuyo que tanto anhelo… Te dedico una mirada lánguida, como un reclamo, y te revelo cómo mi cuerpo grita tu nombre, cómo mi sexo derrama lágrimas de deseo humedeciendo las sábanas. Castigas las cuerdas, viertes sobre ellas tu furia contenida, tu excitación compartida con la mía, traducida en gemidos mientras me acaricio a la espera de que las notas mueran… y vengas a mí.
© Pilar Muñoz - 2016

 

20 dic 2015

RELATO: "BATALLAS".

   Sus palabras de hielo me queman, bullen en mis oídos alertados por el tono de su voz. Yo callo. Y espero. Paciente. Hasta ver cómo el piso se inunda con sus vocablos irascibles, convulsos, lanzados contra la nada, contra todo y contra todos. Contra mí. Respiro. Y elijo mis armas. Como buena estratega.
   Me acerco a él, en silencio, con la mirada baja, arrastrando el paso con lentitud. Rodeo su cuerpo y me sitúo a su espalda. Y poso una mano en su cintura con suavidad. Me ignora, continúa con su circunloquio ininteligible para mí. Pero no me detengo. Rozo sus dorsales con mis senos y los hago oscilar, para que los sienta tras él. Apenas una caricia, una insinuación, y sus palabras frenan su ritmo, se vierten con intensidad menor. Avanzo unos centímetros, me aprieto un poco más. Deslizo ambas manos para rodearlo, abrazándolo con parsimonia, mientras mis labios humedecen su nuca. Puedo sentir en ellos cómo su garganta vibra para que nazca su voz, aún irritada, pero más apaciguada. No me rehúye, no se mueve. Se deja hacer, absorto en su queja constante que ya casi no gira en torno a mí. Él reclina su cabeza apenas nada, pero lo hace, para acoger el beso que dejo reposar en su cuello. Y yo insinúo una pequeña sonrisa victoriosa ante la muestra de debilidad del guerrero. Aún así, no quiere callar. Se resiste a mantener silencio. Y continúo la lid. Inicio la travesía con mi mano abierta, hacia adelante, bordeando su cadera hasta arribar a buen puerto, entre sus piernas. Masajeo. Paro. Observo. Y escucho. Su lenguaje espaciado y su afonía incipiente me alientan a continuar. La ofuscación se va transformando en deseo. Y su ímpetu y su fuerza decrecen a medida que aumenta el grosor de su miembro más descerebrado, el único que burla órdenes superiores, que tiene autonomía propia... El único capaz de hacer que se desvanezcan los pensamientos cediendo a los impulsos el timón de mando. Su mutismo es absoluto cuando echa sus brazos atrás, estrechándome aún más contra él para alcanzar mis nalgas. Mi pelvis se encaja bajo las suyas, mis dedos bucean ahora en su pantalón, y un vaivén comienza, adelante y atrás, como indicativo evidente de lo que les pide hacer para aliviar su tensión. Ya solo escucho un susurro, camuflado entre inspiraciones y espiraciones excitadas. El guerrero capitula. Despojado de poder como antaño ocurriera a Sansón a manos de otra mujer. O a Aquiles. Alcanzado de muerte en su punto débil.

   Son absurdos los combates cuerpo a cuerpo, los enfrentamientos con las mismas armas. La estrategia usada con inteligencia nos permite detectar la vulnerabilidad del enemigo. Y llevarlo a la rendición o darle muerte sin haber entrado a batallar siquiera.
   Ya estoy preparada. Ya puedo hacer de nuevo lo que me venga en gana.

24 nov 2015

RELATO: "LA ESPERA".

   El fuego crepita, apenas interrumpiendo el silencio que dejaste. No puede calmar el frío que siento. Me acurruco en la alfombra, sentada en el suelo, recostada en el sofá desde el que solía mirar las llamas junto a ti cada domingo. Cruje la madera vieja de esta cabaña, impregnada, hasta su última astilla, de la pasión que compartimos a escondidas, del amor que yo te di. Observo apenada la puerta por la que marchaste y quisiera golpearla, por permitir tu huida... Siento que muero a pequeños sorbos, en cada día que pasa, en cada tarde de soledad frente a esta chimenea que guarda silenciosa nuestros secretos de amor. La razón me reprende. Y yo la acallo. Porque solo quiero escuchar a este corazón loco que baila y palpita en mi pecho cuando pienso en ti. A este corazón loco que me devuelve la vida. Las ganas de vivir.
   Unos pasos me alertan. Sigilosos, temerosos. La emoción me ahoga al reconocerte aproximándote a mí, mirándome. Observo tu rostro e intento leerte. ¡¿Qué has venido a decirme?! Te brillan los ojos, destellan como nunca hicieron. No, calla, no digas nada..., lo sé. Te asusta perderme, tanto como yo a ti. Te sacudiste las dudas, como los árboles sacuden sus hojas en otoño… Y ahora regresas, anhelando encontrarme aquí.
   Un suspiro vuela, revolotea cómplice entre tú y yo. Me adentro en tus ojos y navego por tu mirada calma, que me arropa y delata un sentimiento que me cautiva, que me sabe a vino dulce, que me embriaga y me invita a perder la noción del tiempo, del lugar en el que estamos para tomar conciencia de ti y de mí.
   Despliego la manta que me envuelve y te invito a pasar dentro, a fundirnos piel con piel sobre la alfombra que nos acuna. Avanzas un paso, hundes tu cabeza en mi pecho y aspiras la estela del suave perfume con el que he estado esperándote cada tarde, cada noche, cada amanecer…, la fragancia que en él derramé para ti. Solo para ti. Mi pulso late. Siento como tu calor se expande acaparándome entera, como tus labios rozan mi cuerpo mientras mis dedos bucean entre tu pelo apresándote, dejando caer en él una llovizna de lágrimas manadas del corazón. Enamoradas. Apasionadas. Dulces como un vil veneno.
   No me muevo. Quiero hacer perdurar este sueño que ahora vivo despierta, aun con los ojos cerrados. Un sueño de amor en el que desearía sentirte con toda intensidad: con mi boca estremeciéndote, con mis oídos escuchando tus gemidos derrotados, con mi piel erizada en los pechos, en mi vientre, en las yemas de mis dedos al tocarte y excitarte, aspirando tu aroma que me vuelve loca y que me atrae hasta ti... Pero no te atreves. Por vez primera no te atreves a rendirte, confesándome en silencio que no has venido a buscarme para saciar tu sed. Sino tu alma.
   «Hazme el amor» —te pido, con un hilo de voz—. Y escucho como tu corazón palpita al compás del mío mientras posas tu frente sobre mi frente, mientras tu boca muerde mis labios en una caricia suave, mientras tu mano acaricia mis senos, que pierden la timidez ante quien se sabe dueño... Mientras se enarbola tu sexo y el mío se licua al sentirlo cerca, rozándose, reconociéndose, decididos a fundirse en arrebatos de placer.
   «Llévame al cielo» —susurro—. Y mi cuerpo se curva ante las sacudidas rítmicas que tu pasión me provoca. Mientras me llenas. Mientras me abrazas. Mientras me muerdes y aseguras, al compás de tus gemidos, que me amas, que no me abandonarás.

   Y te creo. Porque mi mente y mi corazón bailan juntos... Ahora, sí.
   Te creo.  
 © Pilar Muñoz - 2015

27 dic 2014

RELATO: "VUELVE A MÍ".

   Me abrasa el silencio, casi tanto como el calor adherido a las paredes de esta habitación que rezuman nuestro aliento vertido al aire, denso y entrecortado como una melodía de pasión, apresado entre sus poros para no delatarnos, para no desvelar su cariz ni la intensidad de su música convertida en gemidos día tras día. Me quema la ropa pegada al cuerpo, el tacto rugoso de la tela que no acostumbro a llevar cuando estoy contigo. Y me ahoga el pensamiento de no saber cuándo me liberarás de nuevo, cuándo volverán a deslizarse los botones de mi blusa entre tus dedos permitiendo que mis pechos acomoden tu mirada, cuándo dejarás caer mi falda para acariciar mis muslos, mis nalgas…, para encajar mis caderas en las tuyas y balancearlas con una cadencia pausada que se acelera y se torna loca al compás de nuestra excitación, de nuestra pasión no contenida, incontrolable…, furiosa. 
   Aspiro los efluvios de tu cuerpo, que aún vagan a mi alrededor a pesar del tiempo, y cierro los ojos intentando ocultar la melancolía que los tiñe mientras permito que mis propias manos despojen mi piel de sus vestiduras, que me desnuden con lentitud y me acaricien por entero cual si fueran las tuyas, con el dolor prendido al alma por no sentirte una vez más junto a mí. 
   Me siento ante la ventana y me ilumina el albor de la luna. Una brisa leve se filtra a través de ella y besa la desnudez de mi espalda, erizando mi nuca al imaginar por un instante que son tus labios los que se pasean por ella de arriba abajo, que es tu lengua la que me degusta como preámbulo a lo que te ofreceré después. Y entonces abro las piernas como si un resorte débil e involuntario se hubiera instalado dentro de mí, a la espera de que tus manos avancen para llevarme al éxtasis donde me quiero perder. 
   Jadeo, guiada por la emoción, el delirio, la lujuria o, tal vez, por la tristeza que me golpea el pecho en nombre de la soledad. Vuelvo la vista y observo la lejanía, el horizonte azulado de esta noche de verano. Y un reclamo fluye de mis entrañas, un reclamo extraño que mana con fuerza de mi entrepierna, de mi mente y de mi corazón, formando un cóctel imposible de desligar: 

   Vuelve a mí. Te espero. 

© Pilar Muñoz Álamo - 2014

6 oct 2014

RELATO: "ELLA ME ESPERA."

   Ella me espera. Se ha sentado al borde de la cama, bebiendo a través de su piel la claridad de la luna, que reviste sus piernas, su vientre, sus senos de un matiz perlado que resalta sus curvas y perfila sus volúmenes apetecibles. Sabe que me encuentro agazapado, observándola a través de la rendija del baño sin atreverme a salir. Entreabre sus piernas, dejando que los hilos que bordean el mantón que cubre su desnudez se confundan con su vello insinuando sus labios, sus oquedades húmedas por las que quiero colarme. Mi sexo se enerva y se engrandece guiado por un instinto que se ha mantenido intacto a pesar de todo. Y la piel de mis manos, de las yemas de mis dedos muere por tocarla, por recorrer sus perfiles y apreciar la textura de un cuerpo que no recuerdo, de unos pechos firmes que me subyugan, que deseo apresar para notarlos palpitar como lo hace mi corazón en estos momentos. 
   Observo su boca.  No sé cómo saben sus labios. Quiero morderlos como a una fruta prohibida, saborearlos con la punta de mi lengua anticipando un cosquilleo que me excita y me estremece. Ella lo sabe, que debe reconquistarme, seducirme, hacerme suyo fundiéndonos en un abrazo piel con piel, mientras me acoge entre sus piernas para hacer que invada su rincón ardiente donde tantas veces vibré al compás de la pasión, sin que yo ahora consiga evocarlo. Dicen que es mi mujer. Los recuerdos aniquilados por aquel golpe no me permiten saber si es verdad. Pero hay algo en sus pupilas al mirarme que me hace sentir en casa cuando la toco, cuando la beso con sutileza sin atreverme a más.
    Hoy será el día. Hoy será el día en que la posea de nuevo hasta el amanecer. Hasta que la luna nos despida ahogados en el placer. Entre roces y gemidos. Entre sonrisas y llantos emocionados por haber recuperado lo que un día perdimos y el corazón nos devuelve con un guiño esquivo que reta a la mente. 
   Hoy será el día en que me funda con ella sin temor a equivocarme. 
 
© Pilar Muñoz Álamo - 2014

2 oct 2013

RELATO: "DESEOS DE FICCIÓN"

   Raquel abre los ojos con la respiración entrecortada, un golpe metálico la ha extraído del sueño excitante en que se hallaba inmersa. Tenues rayos de sol se filtran a través de la persiana, bañando de claroscuros su cuerpo apenas cubierto por su ropa interior de satén. Con lentitud, extiende la mano, palpando el lado derecho de la cama para buscar a David y continuar con él lo que en su sueño acababa de iniciar con un extraño provocándole un resquicio de humedad entre sus piernas. Está vacía. Las sábanas frías y el murmullo procedente de la cocina revelan que él se encuentra allí desde hace rato, dando una mano de pintura al techo como habían acordado el día anterior.
   Notando aún los pálpitos en la sien, se incorpora y se dirige al baño descalza, dedicándose unos minutos para observarse de arriba abajo en la luna del espejo. Su cuerpo estirado por las horas de sueño luce unas curvas trazadas con exquisitez que no duda en exponer aun más bajando ligeramente los tirantes estrechos y la tela del sujetador semitransparente y desplazando los bordes externos de su pequeña braga para adentrarla entre sus nalgas, prietas y redondeadas. Alborota su cabello con los dedos y pone unas gotas de perfume a ambos lados de su cuello permitiendo que resbalen hasta impregnar sus pechos, y retoca la máscara de sus pestañas y la línea negra pintada en sus ojos desde la noche anterior.
   Sus pasos sigilosos le permiten postrarse en el quicio de la puerta para observar la silueta escultural de David encaramada en la escalera, antes de que él se percate de su presencia. Vislumbra con detalle sus muslos bronceados, el centro de su deseo enmarcado por las costuras adicionales de sus boxers ajustados y los trazos de su musculatura fornida y atrayente aflorando por su vieja camiseta sin mangas y de largo recortado. Ella abre los ojos con el deseo encendido, incrementado ante la visión de unas diminutas gotas de pintura que, salpicando su pelo, le infieren un atractivo aún mayor de maduro interesante.
   Raquel carraspea para hacerse notar. En un derroche de sensualidad se recuesta sobre el marco de la puerta y muestra su exuberancia con los labios entreabiertos, humedecidos por el pasear constante de su lengua. Los ojos de David se posan sobre ella y su boca esboza una sonrisa acompañada de un "buenos días" apenas perceptible; ha perdido la voz al verla acercarse con mirada libidinosa, envuelta en el dulzón aroma que tanto lo excita. Hace amago de bajar, pero Raquel lo retiene mientras le ordena con mirada lasciva seguir pintando. Él vuelve a izar el rodillo embadurnado de blanco con la concentración perdida, mientras ella se coloca al pie de la escalera frente a él, sorteando el puente metálico para poder desplazar sus manos con libertad plena y ascender con suavidad por la cara interna de sus muslos hasta el nexo de unión, que comienza a tornarse prominente ante las caricias y la estampa turgente de Raquel que puede verse desde lo alto. Sus dedos femeninos inician bajo la tela flexible con destreza la búsqueda de una piel aterciopelada cada vez más estirada y recorren su largo contorno una y otra vez con sus yemas entrenadas. La respiración acompasada de David comienza a alterarse ante la excitación de su sexo y la mirada provocativa de Raquel, que no está dispuesta a parar.
   David suelta el rodillo en el interior de la lata y se agarra momentáneamente al arco de la escalera para desprenderse de sus bóxers con agilidad. Y permanece inmóvil, de pie sobre el último peldaño, con sus caderas a la altura del rostro de Raquel que ya ha comenzado a acariciar efusivamente sus nalgas aproximándolo a ella. Él inspira, retiene el aire y exhala una bocanada al notar el roce de sus rodillas con los pechos desnudos de su chica, y su sexo enarbolado perdiéndose en su maravillosa oquedad oscura.
   Sintiendo alterado el equilibrio y ante el deseo de dar ocupación a sus manos ociosas, David detiene la acción por un momento y baja, apartando la escalera con brusquedad, rodea a Raquel por la cintura y la oprime contra su cuerpo deslizando las manos por su espalda, por su vientre, pellizcando sus senos con fuerza hasta sentir el deseo irrefrenable de poseerla allí mismo.
   En un impulso desbocado, agarra la braga y la desgarra lateralmente haciéndola caer al suelo, la obliga a abrir las piernas y posando ambas manos bajo sus nalgas la eleva hasta colocarla a horcajadas sobre sus caderas. Raquel, excitada, rodea su cuello con los brazos y lo besa con furor, mordisqueando sus labios, explorando su boca con ansia, mientras él camina con ella hasta la encimera donde la deja caer. La frialdad del mármol, en contraste con el calor de su sexo, la estremece erizándole la piel. Ella se retrepa hacia atrás y abre aún más las piernas esperando recibirlo, mirándolo a los ojos sin musitar palabra, ahogando los gemidos que sin lugar a dudas vendrán después. David la observa complacido y desliza las manos por su cuello, por sus senos, por su cintura y por sus caderas, hasta tirar de sus piernas para colocarla al borde de aquel improvisado asiento con la intención estudiada de dejar accesible el camino por el que adentrarse en ella con ímpetu sublime, hasta alcanzar el éxtasis en una exhalación conjunta.
   Él permanece de nuevo inmóvil unos minutos, sin salir de aquella entraña cálida que lo acoge, con el sudor enfriando sus cuerpos y a la espera de recobrar el aliento y recuperar en parte el compás de la respiración. Raquel recorre con sus uñas largas y esculpidas las vertebras excitadas de David, sus dorsales torneadas, sus bíceps aún tensados, la nuca postrada al reposar la cabeza sobre el hombro. Un nuevo vaivén comienza con sutileza; un nuevo arranque a velocidad lenta que amenaza con tornarse acelerada de un momento a otro, no sin antes hacerla bajar de donde está sentada para girarla hacia la pared, y que la mirada de David alcance a ver ahora su espalda y sus nalgas en cada uno de sus arrebatos.


   Cierro el libro y tomo aire, este capítulo ha sido lo más. Me avergüenza decirlo, pero estoy excitada, nunca había leído erótica por considerarla obscena, pero esta historia romántica me tiene absorbida imaginando un sueño que quiero reproducir en mi vida ahora que la madurez ha revolucionado mis hormonas y tengo la libido a flor de piel. Voy a dejarme de ñoñerías, de practicar este amor de aguas calmas como si fuera un vejestorio sin atractivo alguno, mi vida pide a gritos un soplo de aire fresco. Quiero sorprender a Pepe, vivir con él experiencias nuevas que nos exciten, como a los protagonistas de estas novelas que tengo intención de seguir leyendo.
   Agudizo el oído y escucho un sonido metálico procedente de la cocina. ¡Esto no puede estar pasándome a mí! Pepe se ha decidido por fin a cambiar la maldita bombilla que me recuerda a una discoteca de feria cuando cocino. ¡Esta es mi oportunidad!
   Doy un salto de la cama y me adentro en el baño con el corazón bailando. Enciendo los halógenos dispuestos en el techo y recibo una lluvia de luz que me ilumina el cuerpo, y los pliegues y arrugas que habitan en él… también. Me observo por mitades en el espejo de la pared con el nuevo conjunto de lencería burdeos que compré en el merca tres días atrás. No queda mal, aunque en mi caso, las curvas de mi cuerpo se asemejan más a los escalones del porche que a las líneas exquisitas de la prota del relato. Me estiro lo que puedo para evitar los surcos que dividen mi abdomen en franjas horizontales y acomodo mi braga para parecer más sensual, pero no encuentro el lugar perfecto donde acoplarla, tal vez sea demasiado pequeña: el rebrote de grasa que rodea mis caderas aflora igualmente la ponga donde la ponga, por lo que decido reliar el borde y adentrarla entre mis nalgas para exhibirme sexy, dejando al descubierto los hoyuelos que alguien bautizó con mucha bondad como piel de naranja, y que están metamorfoseando a cráteres del Vesubio a paso veloz. Pero no me importa, me consta que a mi Pepe le gusta mi culo; él dice con voz de encanto que así blandito se coge mejor.
   Espeso mis pestañas con algo de rímel y pinto mis labios de rojo pasión. Deslizo los tirantes del sujetador, aparto la blonda, humedezco mis senos con unas gotas de mi perfume más preciado (el único que tengo) y avanzo con paso sexy y la respiración cortada para mantener el tipo hasta dejarme caer en el quicio de la puerta con pose insinuosa. Pepe está a lo suyo y no me ve. Carraspeo para llamar su atención y siento un cosquilleo nervioso por el cuerpo, una mezcla de rubor y excitación ante lo que será la mirada y las primeras palabras de Pepe cuando me vea.
  —¡¡Niña, joder, que te van a ver los vecinos, que está todo abierto!!” –exclama él, mirando hacia la terraza como un poseso.
   Ignoro su comentario; ya estoy acostumbrada a esos celos que tanto me gustan y que me hacen sentir solo suya. Lo miro de arriba abajo y mi pulso se acelera: los remolinos de su pelo cano, su rostro anguloso con barbita de ocho días, su pecho mullido donde arrebujarme para dormir, el flotadorcillo que protege la tableta de chocolate para que no se derrita, sus muslos velludos con caracolillos perfectos..., y los slips ausentes bajo el corto pantalón deportivo que lleva puesto, cuya redecilla recoge mi fuente del placer como  un nido de ave.
   Avanzo con hambre de sexo hacia la escalera en la que está encaramado. El plafón de cristal se resiste y eso me da tiempo para imitar a mi admirada Raquel recorriendo los muslos de mi marido hasta adentrar las manos bajo la tela del pantalón con todo el erotismo de que soy capaz.
   —¡¡Coño, que manos más frías tienes!!
   Su exclamación me asusta, pero continúo, metida en mi papel de hembra erótica. Los bordes de la redecilla están clavados en sus ingles, por más que intento no puedo introducir los dedos para acariciar su sexo, así es que, sin perder mi sonrisa lasciva deseosa de correspondencia, comienzo a masajear su entrepierna para insuflarle la sangre que noto que le falta aún.
   —Niña, estate quieta —dice con la vista clavada al techo intentando encajar la bombilla nueva sin conseguirlo—. ¡Niñaaaaa, mira que este no es sitio, que me va a dar un calambrazo de narices y me voy a quedar tieso, estate quietecita ya!
   Me mira algo sorprendido y sonrío, sin pronunciar palabra. Dispuesta a seguir con mi empresa, tiro hacia abajo de la prenda que lleva puesta para liberar el falo que me vuelve loca. No hay manera. La boca comienza a resecárseme de mantener los labios entreabiertos y la sonrisa clavada. El pantalón no cede. Con voz sensual le advierto que no puedo deshacer el nudo que los sujetan a su cintura y que necesito ayuda. La magia del momento se rompe ligeramente durante la lucha encarnizada que aquel nudo de marinero hecho a conciencia nos hace librar. Mis dientes toman el mando y mi respiración se vuelve a agitar cuando por fin cede y puedo deslizar el pantalón corto por sus piernas con lentitud. Su sexo aparece ante mí y me detengo, extasiada. Lo veo moverse con cada pálpito, izándose con esfuerzo en cada pulso hasta alcanzar la horizontal. Lo tengo justo frente a mi rostro, me sudan las manos, no sé qué hacer. No me he visto nunca en tesitura tal y me da cierto rubor acercarme a aquello para engullirlo a plena luz del día. Con mi bloqueo mental no reparo en que he dejado los pantalones de Pepe medio enredados en sus tobillos, trabados en una de sus zapatillas que no los deja salir. Me pongo nerviosa cuando observo que está braceando en el aire para mantener el equilibrio que ha perdido por mi hazaña erótica.
   —¡¡Menuda hostia me voy a dar con tus inventos, María, que este no es sitio, te lo estoy diciendo!! —advierte mientras baja de la escalera blanco como la pared-. ¡Anda, vamos p'allá!
   —No, en la cama no, Pepe, aquí. ¡Tómame aquí!
   ¡Por fin reacciona! Mi marido reacciona y sucumbe a mis encantos sensuales sin dilación. Sigo acariciando su abdomen, su pecho, su nuca, su pelo... Él dirige sus manos hacia mi braga de encaje para bajarla (me estoy clavando el borde de la encimera en la espalda, pero mi excitación sublime no me permite quejarme).
  —¡¡Rómpelas, Pepe!! —le ruego solícita imaginando al espécimen de David haciendo aquello con las bragas de Raquel.
  —¡¿El qué?! —pregunta sorprendido, parando en seco la maniobra—. ¿Que las rompa? ¡Pero si son las nuevas, ¿no te las compraste el viernes?!
  —¡Desgárralas, Pepe! —insisto con los labios secos.
  Mi marido agarra la prenda con las dos manos y da un tirón seco sin éxito. Vuelve a intentarlo mientras me clava el resto de la prenda en la entrepierna con el tirón.
   —¡¡Joder, con las bragas del merca, pues sí que resisten!!
   Hace un tercer intento con fuerza desbocada de gladiador romano mientras yo cierro los ojos por temor a que el hematoma de la costura opuesta se instale en mis caderas durante un mes. Al fin lo consigue y una sonrisa aflora a mi rostro. ¡Lo estoy consiguiendo, estoy recreando fielmente la escena que acabo de leer!
   —¡Me he hecho daño, hostia! —vocifera mirándose los dedos.
   Me apresuro a tomar su mano entre las mías y las acerco a mi boca. Las beso y las recorro con la punta de la lengua para suturar las marcas de la costura. Un escalofrío me recorre el cuerpo, ¡hasta estoy improvisando, Dios! Rozo su miembro y me abro de piernas sin dejar de mirarlo. Tomo sus manos de nuevo y las sitúo bajo mis nalgas.
   —Levántame, Pepe -le ordeno con voz ronca.
  —¡Que yo no estoy pa' estos trotes, María, que estoy muy mal de la espalda. ¿Y si seguimos ya en la cama? —sugiere con un deje de resignación.
   —Venga, Pepe, hazlo por mí, yo te ayudo.
   Flexiono las rodillas ligeramente y me impulso hacia arriba al tiempo que él me sujeta por el trasero. Me encaramo a sus caderas como un chimpancé huérfano, cruzando las piernas a su espalda para no caer, porque noto como me voy escurriendo poco a poco sin remisión. Me apresuro a señalarle la encimera, besándole el cuello con pasión.
   —Ahora, siéntame aquí, Pepe, y fóllame.
   Aquel verbo hecho carne resuena en la cocina como una bomba. Con lo erótico y excitante que queda en boca de Raquel, en la mía ha sonado a pilingui barriobajera sin sentimientos ni corazón. Y yo quiero mucho a mi Pepe, bien lo sabe él. Pero ha debido de sonarle igual que a mí, porque aún sigue mirándome, a pesar de encontrarme ya a la altura casi de sus rodillas con las piernas todavía cruzadas por detrás de él para no terminar de caer del todo. Finalmente, se recompone sin decir nada, mi obscenidad lo ha dejado mudo. Hace un esfuerzo colosal por levantarme de nuevo y con total brusquedad me deja caer de nalgas sobre el mármol de la cocina. Cientos de diminutos pinchazos se clavan en mi piel como agujitas afiladas.
    —¡¡Cago en la madre que parió al niño!! ¡Le he dicho mil veces que recoja las migas de pan de la encimera cuando se haga el bocadillo, y nada, ni caso! —grito enfadada por aquella invasión vaginal de levadura.
   Me bajo de un salto, sacudo las migas y me subo de otro. Las interrupciones... cuanto más cortas mejor. Me alboroto el pelo, sonrío de nuevo como si nada hubiera pasado y desplazo el culo por la encimera hasta colocarme en el borde. Me mantengo erguida (en el primer intento de retreparme hacia atras como hizo Raquel me asesté un golpe en la cabeza con el tirador de la vitrina, ella debía tener la pared libre) y abro las piernas invitando a mi marido a que me posea. Pepe se aproxima entusiasmado, con ojos de deseo encendido (no sé si es por mí o porque quiere que termine ya el numerito de una vez).
   No lo encuentro. El sexo de mi marido se ha perdido bajo la encimera, su metro sesenta no le permite estar a la altura de mi entrepierna para poder encajar nuestras piezas y componer el puzle que tanto ansío. Lo veo empinarse, ponerse de puntillas para ganar unos centímetros de altura, como los perrillos de diferente raza cuando quieren copular.
   —¡Que no llego, María! —dice agobiado.
   —El banquete, coge el banquete pequeño que uso para alcanzar los tarros. 
   Pepe resopla, es un sol. Por más que proteste, en el fondo sólo desea complacerme, estoy segura de que nuestra vida sexual a partir de ahora será distinta, más rica, más excitante, más...
  Su primera embestida evapora mis pensamientos, hace que flote a la estratosfera, que me sienta Raquel, una diosa del Olimpo en brazos de mi Adonis particular, que viva un sueño, que cumpla con mis deseos de ficción sin preocuparme para nada por la realidad.
   —¡¡¡El condón!!! ¡¡Pepe, el condón!! ¡Que no te has puesto condón, Pepe!
   —¡Pero cómo me voy a poner condón si no has parado de decirme lo que tenía que hacer! ¿Ves? Si lo hubiéramos hecho en la cama como Dios manda, habría caído en la cuenta del globito. Pues... tú dirás...
   —¡No importa, sigue, cometamos una locura de juventud!
   —Te recuerdo que la última locura de juventud se llama Lola.
   No escucho lo último que dice, me dejo llevar por sus impulsos desbocados, medidos a conciencia, eso sí, para no caerse del taburete que cada vez cruje más, pero deliciosos. Mi pulso se acelera al compás de sus gemidos de toro de Mihura, sin importarnos las miradas de vecinos envidiosos de nuestra pasión. Hasta que llega al éxtasis y echa el freno con más eficacia que el ABS. Yo aún estoy a medio gas, necesito algo más, dos, tres..., cuatro empujoncitos más. Pero acaba. Se retira exhausto, se baja del pedestal y busca sus pantalones con el cordón destrozado por el suelo de la cocina.
   —Otra vez, Pepe, no te vayas, tómame otra vez  —suplico apasionada.
   —¡Sí, vamos, que te crees tú que esto se recupera tan pronto! Además, son las siete cuarenta y cinco, a las ocho empieza el partido de la Champions y tengo que ir a por cervezas. Esta noche repetimos, ¿vale, pichoncito?



   © Pilar Muñoz Álamo - 2013
      

20 mar 2013

RELATO: "DESEO VIRGINAL"

  
 Hace algunas semanas me apunté a la Quincena erótico-festiva del blog Libros que hay que leer y en la entrada que publiqué anunciando mi participación, incluí un pequeño fragmento erótico de invención propia en homenaje a tal "evento". No formaba parte de ningún relato, pero hubo quien a partir de haberlo leído me alentó a continuarlo y transformarlo en una pequeña historia. Y como yo sucumbo muy fácilmente a los desafíos y retos varios (no sé si para bien o para mal), pues eso es justamente lo que hecho, utilizarlo como primer párrafo de un pequeño relato con erotismo en estado puro. ¡Del fino, ¿eh?, creo yo! No sé vosotr@s lo que pensaréis :)
   
   Ahí va:


 "DESEO VIRGINAL"

   Abrí la puerta del baño envuelta en una nube de vaho que me hizo resurgir de ella como una esfinge sinuosa, sofocada por el calor extremo del agua que minutos antes había besado mi cuerpo, cada centímetro de mi piel que ahora lucía tersa, aterciopelada y suave, impregnada por entero de aquella esencia de miel y almendras de aroma cautivador y sabor dulce. Tardé un instante en acomodarme a la penumbra salpicada por la tenue luz de las velas dispuestas por el dormitorio y a la melodía suave que incitaba a mis sentidos a dejarse llevar. Una silueta masculina de torso desnudo se aproximó a mí lentamente, en silencio, esbozando una sensual sonrisa de labios carnosos mostrando deseo. Noté sus manos abriéndose paso por la abertura de mi albornoz, ensanchándola al tiempo que recorría con sus manos mi cintura atrayéndome hacia él. Mi pelo mojado dejó escapar algunas tímidas gotas de agua que recorrieron mis hombros hasta llegar a mis senos, donde iniciaron un suave descenso bordeando sus curvas pronunciadas y sensuales. Él clavó sus ojos en ellas, secándolas con las yemas de los dedos para besar después las huellas de humedad que habían dejado a su paso y que ahora se incrementaban al contacto con sus labios, con su boca, con su lengua excitada incapaz de detenerse. Un gemido efímero y apasionado huyó de mí para confundirse con las notas musicales dispersas en el ambiente, como preámbulo de lo que prometía ser una noche de sumo placer.

   Me pregunté por un instante cómo diantres había aparecido él allí; los efluvios del alcohol debieron haber jugado al escondite con mi memoria, sin dejarla adivinar si había sido yo quien lo había invitado a subir o tal vez fue él quien me transportó literalmente hasta mi habitación de hotel para protegerme de las consecuencias nefastas del cava que había bebido hasta perder la razón. Pero no me importó. Las sacudidas eléctricas que sus roces provocaban en mi cuerpo silenciaban el miedo hacia mi primera vez, tantas veces soñada, aventurada hasta la saciedad dejándome llevar por una mezcla de romanticismo desbocado y ausencia de detalles ante lo que no había conocido nunca en primera persona, tan solo en las novelas de Corín Tellado que mi madre solía leer. Entonces sentí miedo, y un rubor espantoso al ser consciente de que no sabría cómo actuar, ni cómo responder ante aquel extraño que parecía dominar el arte amatorio en mucha mayor medida de lo que yo había podido leer. 

   Una de sus manos ascendió muy lentamente por la cara interna de mis muslos hasta llegar a su confluencia, mirándome a los ojos y esbozando una sonrisa con su boca amplia que no dudó en utilizar para sellar la mía antes de que yo pudiera confesarle el secreto de mi virginidad más absoluta, como si ya lo intuyera y no le importara nada. O tal vez como si aquello le excitara mucho más. Comprendí que sólo tenía que dejarme llevar, permitirle hacer a él y a mis instintos libidinosos, fuertes como nunca imaginé que pudieran ser.

   Me despojó del albornoz que aún se apoyaba sobre mi espalda y caí completamente desnuda sobre la cama, empujada levemente por su cuerpo. Él mantuvo el equilibrio y permaneció en pie durante unos segundos que me parecieron eternos, mirándome de arriba abajo con lascivia y un deseo reflejado en sus ojos que me intimidó. Y me gustó, haciéndome notar un cosquilleo entre mis piernas que me obligó a apretarlas una contra otra y revolverme ante su gesto de aprobación. 

   Se inclinó sobre mí y sujetó mis manos elevándolas sobre mi cabeza, haciéndome sentir excitantemente expuesta, vulnerable, y comenzó a recorrer mi piel por entero con la boca y con sus manos, cada pliegue, cada pequeño rincón ignorado hasta por mí, besándolo, lamiéndolo, pellizcándolo. Recobré la libertad de mis manos y le correspondí, acariciando su espalda, su pelo, sus brazos torneados y su pecho desnudo, su sexo, sus nalgas. Me sentí feliz, desinhibida, pletórica por aquella opera prima tan excitante que abriría paso, sin duda alguna, a otras muchas funciones a partir de aquel momento. 

   Mi respiración acelerada comenzó a descontrolarse a medida que su entrepierna abultada presionaba la mía cada vez más, moviéndose insinuosamente, buscando un hueco por donde colarse dentro de mí, mientras sus gemidos me susurraban al oído que había llegado el momento más temido. Y el más deseado, tal vez.

   Aprisionó mi cuerpo bajo el suyo y esperó, incrementando mi excitación de manera sublime al sentir cada centímetro de mi piel unida a la suya. Un reflejo de luna penetró a través de la ventana iluminándolo con lentitud, avanzando desde el extremo de sus pies hasta besarle la nuca, momento en que una descarga de excitación lo fustigó obligándome a separar los muslos ampliamente con ayuda de sus piernas fuertes y musculadas, clavándome su daga de forma brusca e impetuosa sin ninguna concesión una y otra vez. Un dolor intenso aguijoneó mi vientre y cerré los ojos, al tiempo que él sumergía su cabeza en mi clavícula con deseo enloquecido, buscando mi cuello con sus labios henchidos de fogosidad extrema. Noté el roce de su boca sobre mi piel, abriéndose cada vez más, percibiendo la calidez de su aliento y la humedad de su lengua como un animal poseso, completamente fuera de sí. Y entonces los sentí. Entonces sentí los hilillos de sangre que sus colmillos afilados habían hecho resbalar por mi cuello mientras él succionaba mi vida y mi preciada virginidad con los ojos desorbitados y el semblante victorioso, recobrando así una centuria de vitalidad renovada. La laxitud de mis miembros me impidió moverme, dejándome llevar, poco a poco, por el sueño inmortal que me acompañaría hasta el otro lado para siempre. Hasta el lado infinito de las sombras.

Pilar Muñoz Álamo - 2013


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