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7 abr 2016

MICRORRELATO: "EN SUEÑOS".

   He estado buscándote en sueños mientras tú buscabas refugio en los sueños de otra. No huías de mí, no me habías visto. Pero podías sentirme, lo sé. Intuías mi aroma… Y apreciabas en tu piel deslizarse mis suspiros al pasar cerca de ti, como una brisa embriagadora que te nublaba el sentido. No sabes quién soy. Ni siquiera mi nombre. Pero eso no importa cuando las emociones ruedan, cuando nos arrollan y nos descerebran…
   Me aproximo a tu espalda. Ágil. Etérea. Mantengo silencio pero nuestras pieles hablan, claman a voces por sus poros dilatados, amparadas por la desnudez de los sueños que se asemeja a la nuestra permitiéndonos ser libres, sin vestiduras, sin identidad, sin leyes ni normas impuestas contra natura…
   Te agitas, te estremeces cuando mis dedos te tocan. Sonrío. Y entre ellos te tomo preso para llevarte en volandas hasta mis confines, lejos de ella, lejos de todos. Te giras y me miras por primera vez. Mis ojos negros conjuran como hechiceros mientras mis labios te rozan, en un juego de seducción que te atrapa y te excita, que invita a tus pupilas a recorrerme rendidas, impacientes, gritándome agitadas lo que he de hacer…
   Dime… Dime dónde posarás mis manos... Dime adónde arrastrarás mi boca... Dime en dónde cobijarás mi aliento, mis besos… En qué punto de tu cuerpo me permitirás dejarte marca...
   La tuya la llevo impresa. Mordiste mi corazón en el mismo instante en que te conocí al soñar. Y ahí te sentenciaste. Gozarás como jamás gozaste, sentirás como jamás sentiste… Pero ya no volverás. 
© Pilar Muñoz - 2016

27 feb 2016

MICRORRELATO: "MELODÍA DE DESEO".



   Tocas la guitarra mientras me desnudo. Acordes suaves, sentidos. Las cuerdas vibran, al igual que mis manos liberando los botones de mi blusa. Te miro y me dejo caer sobre la cama. La tela se abre y mis pechos emergen, ocultando parte de su voluptuosidad bajo la seda, jugando al escondite con tus pupilas, dilatadas, deseosas. Tu pulso acelerado se sincroniza con el ritmo in crescendo de la melodía. Y las notas que cobran vida en tus manos vienen a acariciarme, a lamer mi piel desnuda erizándola. Puedo sentir el fuego que irradias y me revuelvo. Tu aliento me busca y mis labios se abren. Contoneo mis caderas con levedad y mis muslos tiemblan..., y se distancian uno de otro invitando al eco de tu guitarra a adentrarse en mí, como algo tuyo que tanto anhelo… Te dedico una mirada lánguida, como un reclamo, y te revelo cómo mi cuerpo grita tu nombre, cómo mi sexo derrama lágrimas de deseo humedeciendo las sábanas. Castigas las cuerdas, viertes sobre ellas tu furia contenida, tu excitación compartida con la mía, traducida en gemidos mientras me acaricio a la espera de que las notas mueran… y vengas a mí.
© Pilar Muñoz - 2016

 

21 nov 2014

RELATO: "AMOR EN LAS ONDAS".

  Te enamoró mi voz, la caricia de mis palabras preñando la noche de soplos de aliento, acunando tu congoja entre algodones para aliviarla, para teñirla de luz entre tanta sombra. Tantas veces me abordaste a través de las ondas que aquel programa de radio se me quedó corto. Me sedujiste con la sensibilidad de tu corazón roto, despechado por un amor imposible que te fracturó en dos cuando te abordó la soledad de su partida, de su huída de ti. Me acostumbré a escucharte, a que recalara tu confesión en mis oídos sembrándolos  con sentimientos y emociones que jamás pensé que un hombre pudiera sentir. Me acostumbré a contestar a tus continuos porqués hasta agotar mis recursos de terapeuta emocional para echar mano de los dictados del alma, sabios, empáticos hasta acabar conectándonos con un hilo invisible robusto como el acero, balsámicos hasta envolverte en un aura de paz en la que soñaba adentrarme contigo, cada noche. Esperaba ansiosa escuchar el tono grave de tu voz en cada llamada y mi corazón palpitaba, temeroso por que sus redobles pudieran ser captados por un micrófono audaz.
   Tus preguntas sonaron a excusas con el paso del tiempo, a excusas para poder contactar conmigo por unos minutos elásticos que se fueron alargando de manera progresiva hasta prolongar la charla tras apagar las luces, tras la despedida pública de un programa nocturno que amenazaba con ensamblar las estrellas y el alba bajo una conversación confidente,  amorosa, eterna.  Tus halagos, tus piropos, las confidencias vertidas sobre nosotros impregnándonos de complicidad me pidieron verte, conocerte, tocarte. Pero me aterró no ser como imaginabas, me asustó no despertar tu admiración física en igual medida que dialéctica. Por ello te envié mi fotografía antes de encontrarnos, antes de que llegara el momento tan esperado en que nuestros cuerpos se encontraran frente a frente, rompiendo la barrera del sonido para ser inundados de luz bajo la que observarnos, desearnos…, amarnos.
   Soñé con un amor a primera vista que despertara nuestra pasión, como extensión a lo que ya sentían nuestros corazones tras meses plagados de mensajes a través de las ondas. Me revolví nerviosa en el banco del parque, bajo una lluvia de hojas secas que esperaba oír crujir cuando corriera a tu encuentro para abrazarte, para besarte bajo aquel arco trazado por árboles doblegados por el viento, dispuesta a dejarme caer sobre el lecho dorado del camino para fundirme contigo, con tu cuerpo, aun temerosa de no encontrar en tus pupilas la marca del deseo que sentía yo. Temerosa de defraudarte.
   Me repetí mil veces tus últimas palabras escritas –“eres preciosa”-, para tranquilizarme al verte a lo lejos. Tu bastón oscilando a ras de suelo, trazando un vaivén horizontal medido y continuo por delante de ti, me desarmó. Respire hondo y me abracé a mí misma para sobreponerme, para no sentirme absurda y frívola por haberme engalanado de arriba abajo como si aquello pudiera importarte.
   Tu amplia sonrisa y tu voz grave al saludarme me hicieron sentir la mujer de tus sueños. De tus sueños. Fiel a la imagen que tu mente se había forjado de mí como la más maravillosa del mundo, sin nada que pudiera alterar ese convencimiento pleno que tenías tú. Recorriste mi rostro con las yemas de tus dedos mientras yo pronunciaba tu nombre, y el destello manado de tus pupilas me recorrió el cuerpo entero, con un grado de placer sublime. Con aquellos gestos me hiciste el amor. Bajo un cielo de árboles, en aquel parque. 
  © Pilar Muñoz Álamo - 2014

20 ene 2014

RELATO: "AMOR A TRES BANDAS"

   Quédate. No te marches esta noche. Cumple tu promesa y ámame despacio, mirándome a los ojos, que te hablan en silencio. Desnúdame lento y huye de la pasión desenfrenada que te obliga a poseer mi cuerpo y no mi alma.
   Estoy cansada, hastiada de encajar mi vida en apenas unos poros de la tuya, de esperar nuestros encuentros fugaces en una lóbrega habitación de hotel, con la ropa justa para no restar segundos a un reloj que solo marca los minutos para nosotros.
   Deseo sentir tus manos sobre las mías entrelazando los dedos mientras gozamos, no aprisionando mis pechos como si alguien tuviera la intención de arrebatártelos; deseo apreciar el roce de tus labios surcando los míos, provocándome un cosquilleo cómplice que nada tenga que ver con la forma ansiosa con que muerdes mi boca cual fruta prohibida; deseo escuchar palabras de amor sincero que desplacen, aunque solo sea por una vez, las obscenidades con que riegas mis oídos nada más verme postrada ante ti. Anhelo ser objeto de unas caricias que me hagan ascender hasta el Olimpo de los Dioses sin sufrir tus arrebatos, que me invitan por la fuerza a abrir las piernas para cobijar tu daga que me desgarra por dentro bajo el furor de tus embestidas; observar tu rostro mientras me acurrucas cuando todo acaba, y no tu espalda cubriéndola con premura para salir huyendo cuando apenas han cesado los espasmos que anuncian un nuevo final, el final de cada cita sellada por el sudor del sexo que practicamos como posesos, y que parece haberse convertido en la única razón de ser de la extraña relación que nos ata.
   Quédate. Destierra las excusas que esconden tu cobardía para confesarle a ella que se han diluido los sentimientos que sustentaban vuestra frágil unión conyugal. Y quédate conmigo.
   Dime que me amas, que soy en tu vida algo más que un trozo de carne que saborear cuando te place. Dime que me amas y pon punto y final a este juego a tres bandas del que sales victorioso exclusivamente tú.

   © Pilar Muñoz Álamo - 2013

2 jul 2013

"FUEGO Y AGUA"

   Como la cara y la cruz. Como el haz y el envés. Como la noche y el día. Como la luna y el sol. Entidades opuestas agitándose en mis entrañas, luchando por emerger en maravilloso equilibrio. Por requisar las riendas de mi cuerpo y de mi alma según tú me pidas, según tú desees:


   Tus pupilas recorren mi boca con mirada impúdica y me posee la lujuria como un espíritu huido del mismísimo infierno. Mi volcán interno erupciona y mi piel se enciende. Mis ojos se pierden bajo el lienzo sensual de mis párpados caídos. Mis labios se humedecen y mi lengua se agita, nerviosa por conquistar tus campos de batalla ocultos y tu excelso estandarte para hacerlos suyos llevándolos a la rendición. Mis senos se enervan y mi cuerpo se arquea subyugado a tus manos que apenas comienzan a acariciarlo. Descargas eléctricas me golpean como látigos y excitan mis nervios hasta la locura. El fuego me quema, me desboca, prende entre mis piernas al tiempo que mi mente construye la estratagema perfecta para darte placer hasta caer exhaustos, degustados mutuamente por el desenfreno de un instinto primitivo que sólo entiende de carne. Y de deseo.


  Tus ojos perforan los míos con aura de ternura y mi corazón se emblandece. El manantial de aguas mansas que duerme plácido despierta, se expande y mi piel se licua. Una mirada de amor resbala por mis pupilas y analiza embelesada la profundidad de tu ser, traspasando una frontera física en la que ya no reparo. Mis labios se secan y mi lengua vocaliza y cuestiona tus emociones deseando intensamente que seas feliz. Mis brazos se abren para envolverte y acurrucarte en quietud absoluta contra mi pecho, mientras la piel de mis manos viste la tuya de un halo de protección que emana de mi cuerpo cual si fuera el elixir de la vida que te impedirá morir... y sufrir. El agua que brota me inunda y aplaca los rescoldos del fuego que ya no me abrasa, que tornan mi sexo al cáliz eterno de función maternal para el que fue creado. Me fundo contigo haciendo coincidir mi alma y la tuya, en un trasvase de sentimientos mutuos que nos enlaza como entes superiores bajo un mismo karma que nos mantendrá unidos hasta el fin de la eternidad, como una prolongación mutua de lo que siempre anhelamos ser, y de lo que juntos hemos sido capaces de construir. Y siento que te amo. Profundamente.

Soy agua o fuego. Fuego y agua, soy.

Lo que desees.
Cuando desees.


14 feb 2013

RELATO DE SAN VALENTÍN: "MI MEJOR NOVELA"


Me quedé en blanco cuando te vi. El discurso que mi mente había repetido hasta la saciedad se diluyó como agua entre mis manos, letra a letra, dejándome presa del pánico en mitad de la nada. Mi editor salió al quite como los buenos toreros, al tiempo que yo me sentía como una estatua de sal a punto de desmoronarse, recorriendo las facciones de tu rostro para adivinar por qué sentimiento te habías hecho acompañar para llegar hasta mí. Mis entrañas clamaron por que estos diez años hubieran disipado el dolor que te provoqué. ¡Tantas veces recé por que me olvidaras! ¡Tantas veces lloré por no haberte olvidado! ¡Y tantas veces dudé si hice bien desvaneciéndome en tu vida sin ofrecerte una explicación cierta!

Titubeé y alteré el discurso para seguir callando cuando vi que ella tomaba tu mano y te regalaba una sutil caricia sentada a tu lado. Se me fracturó el corazón, por las mismas cicatrices que no habían terminado de sanar aún. ¡Cuánto hubiera dado por que vinieras a rescatarme de aquel escenario para volver a empezar, por que me hubieras besado y hubiéramos vuelto atrás el tiempo para bebernos la vida sin importarnos nada! Pero me sentí feliz, por ti, por esa ignorancia que te había consentido rehacer tu vida como yo deseaba que tú la vivieras. Plena.

Aguardaste al final, hasta la pregunta última enunciada por los lectores curiosos, ávido por absorber cuanto tenía que desvelar de una novela en la que yo desnudaba mi alma por primera vez sin confesarlo abiertamente, protegida por el parapeto de una ficción aparente. Aparente para todos. Menos para ti. Y temblé. Temblé por que la hubieras leído, por que te hubieras adentrado en las miserias emocionales con las que había tenido que convivir desde el minuto siguiente a decirte adiós, sin que hubiera podido sobreponerme a ellas a pesar de mi búsqueda incesante por alcanzar la paz, el sosiego y la tranquilidad que no hallé jamás por el daño que me obligué a infligirte. Por seguir amándote hasta dolerme.

El halo último de esperanza que albergaba de que así no fuera se disipó cuando sentí tu presencia a dos pasos de mí, tendiéndome tu ejemplar para que yo estampara mi firma hermanada con una dedicatoria que no sabía cómo expresar acertadamente para contentarte a ti. Y a mí. ¿Cómo calificarte si aún contenía la respiración por tenerte cerca, si aún recordaba el aroma inconfundible de tu cuerpo, si aún me parecía percibir la textura de tu piel en las yemas de mis dedos y en mis manos, si aún me parecía escuchar el envolvente susurro de tu voz antes de dormir? ¿Cómo calificarte si desconocía si ya me habías perdonado o era el odio el que te había llevado hasta allí?

Te miré a los ojos, temerosa por lo que en ellos pudiera encontrar, y a mi sonrisa emocionada correspondiste con un beso en mi mejilla, dulce, con un sentimiento sublime de afecto adherido a tus labios. El brillo especial que tu mirada me dedicó me hizo enmudecer y llorar por dentro, mientras tragaba la angustia funesta de perderte otra vez. “¿Cómo te va?” -me preguntaste con la voz entrecortada-. Y mentí. De nuevo te mentí induciéndote a creer que mi mundo literario había llenado el hueco que dejaste, que mi éxito profesional me había permitido sentirme orgullosa de mí misma, que las vidas ficticias y los lugares imaginarios que yo acertaba a recrear constituían un viaje perfecto hacia el mundo de los sueños del que ahora ya no querría salir; cuando lo único cierto es que el arte de escribir se erigió como un refugio descubierto tras mi huida para poder paliar el dolor, y aún así no había conseguido menguarlo. Y no me atreví a indagar en tu vida, porque no podría asimilar que el mayor sacrificio de la mía no hubiera servido para nada. Preferí seguir nadando en la ignorancia y rememorar el universo ideal que en mi mente yo había construido para ti, y por el que  luché a cuerpo descubierto un cierto día sin confesarte nada; ese mismo universo de felicidad completa que tú ideaste y en cuyo seno habrían de integrarse irremediablemente los hijos que yo descubrí un tiempo después que me sería imposible darte. Ahora ya no sé si la biología cruel fue la que nos separó. O tal vez fui yo y mi amor sublime, que me obligó a decidir por ti cómo debías vivir tu vida para ser feliz.

Te marchaste de aquella sala sin desvelarme nada. Pero tus palabras últimas son ahora el elixir que me permite subsistir cada día sin desfallecer. Y las oigo resonar allá por donde voy, como un eco de amor que no morirá jamás.  “Nunca podré olvidarte” -me dijiste-, “siempre te amaré.”

© Pilar Muñoz Alamo - 2013

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