Te
miro a los ojos y las palabras cesan, se extravían entre un murmullo de
sensaciones rebotando bajo mi piel, como átomos incontrolados de deseo
y emoción. Dudo. Pero veo descender tu mirada hasta posarse en mis
labios y tu corazón sonríe. Entonces me aproximo lenta, tímida,
invadiendo esa distancia escasa que hemos ido acortando mientras una
charla intrascendente excusaba el motivo auténtico de
nuestra cita, de nuestro encuentro tan deseado. Pongo mi mano en tu
cuello, suave, delicada. Y las yemas de mis dedos hablan por mí, riegan
tu pulso del amor sentido desde hace tiempo. El tropiezo fugaz de
nuestras pupilas me intimida. Pero sigo, agitada, nerviosa. Percibo tus
dedos adentrándose en mi pelo, impidiéndome el retroceso como respuesta a
un sentimiento compartido, a un deseo mutuo. Entreabro los labios e
inclino mi rostro con levedad, buscándote. El contacto tibio de nuestras
bocas me sume en un tempo lento y largo en el que no tiene cabida la
realidad. Me siento perdida e incapaz de regresar de este valle
encantado tan soñado, con los fuegos de artificio intimidando al
raciocinio, atrincherado en algún lugar recóndito del que no puede
salir. Mi corazón palpita hasta hacerme daño mientras dura este
intercambio de emociones, transferidas de mí hacia ti, de ti hacia mí, a
través de este conducto mágico que nos permite entrelazarnos con
sublime intimidad. Nos cedemos parte de nuestro ser, de nuestra esencia
de hombre… y de mujer. Sellamos nuestros sentimientos con este beso
largo y profundo plagado de confesiones tácitas. Entre ellas, el pacto
de silencio que nos acompañará cuando, al despedirnos, seamos
conscientes de que todo habrá acabado sin apenas empezar, de que
tendremos que vivir de este recuerdo para siempre, alimentándonos de él.
Día a día.
© Pilar Muñoz Álamo - 2013