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22 nov 2018

RELATO: «HOJAS PARA EL RECUERDO»


   En este banco del parque me declaraste tu amor, en una noche preñada de luna llena, ¿te acuerdas? Yo era una jovenzuela loca y tú un donjuán de tres al cuarto, descarado y guapetón, pretendido por las mozuelas de mi escuela y de mi calle a espaldas de sus papás, porque labia te sobraba, pero te faltaban los billetes con los que conquistar sus corazones ignorantes de emoción. Yo rehuía tu presencia por esa pose altanera y tu falta de humildad, creyente de que tu cara bonita sería un pasaje hacia una felicidad soñada junto a una dama y señorita como yo. Qué ilusa fui. No supe que al no mirarte me convertiría en un reto, en una meta por conquistar. Que plantarías tu bandera en mitad de mi corazón tras conquistarlo como Neil Armstrong la luna. Sin podérmela arrancar en los once lustros que vivimos juntos. Ni siquiera cuando me dijiste adiós.

   Caen las hojas de los árboles y me acarician las piernas, con el mismo roce suave con el que tus manos se aventuraban en esa época de juventud. Los ojos encendidos, la boca prieta. Y el ansia por poseerme cristalizando en tu piel. Qué sofocos me subían. Me palpitaba el pecho, aunque no te lo confesara; no podía permitir que antes de nuestras nupcias mancillaras mi virtud, que me pusieras en boca de las demás. Y ahora río y descubro que fui tonta. Por acallar un instinto placentero vetado sin argumentos por aquella sociedad; por ignorar esa naturaleza animal que Dios nos dio para algo más que para procrear.

   Ahora tengo un pretendiente, a mis ochenta, mira tú. Me tiemblan las manos cuando lo veo, pero no puedo asegurar que las mueva la emoción y no la edad. Me toco el pecho y mi corazón no baila al pronunciar su nombre, aunque me reconforta su compañía. ¿Acaso será por la soledad?

   Dudo si quedé privada de sentimientos, si estos cayeron al suelo dejándome las entrañas huecas como un árbol muerto, sin brotes nuevos, sin savia alguna que los haga florecer. Si te los llevaste tú a ese lugar sin nombre en el que me esperas.

   Dudo si consentirle a este nuevo hombre que me dé su amor. Si guardar tu ausencia, según me educaron. Si dejarás de quererme por considerarlo traición.

   Dudo si volver a sentarme en este banco, porque los recuerdos me matan. O dejar para siempre que las hojas me acaricien. Como si fueras tú. 
© Pilar Muñoz Álamo - 2018

20 mar 2018

RELATO: «LA ÚLTIMA ESCENA»

  
   Lo conocí hace algo más de tres años y no fue, precisamente, en el lugar más romántico del mundo. Pero era el mío. Mi mundo. O al menos, el que yo habitaba cada tarde desde el día en que decidí ponerme la tristeza por montera para pasearla por lugares ajenos a mi propio hogar, a ver si así le daba el aire y mutaba esa tez agria que me estaba haciendo la vida imposible; primero, por la maldita sensación de soledad que el nido vacío provoca, y segundo, por una viudedad prematura que me dejó el eco de mi propia voz por compañera, hora tras hora, día tras día, a la espera de las visitas fugaces que a mis hijos quisiera concederles su estrés.

   Cuando me hablaron de aquel lugar de ocio para la «tercera edad», el estómago me dio un vuelco. Perdí la mirada para evocar su fachada, que tantas veces había recorrido ágil como una pluma camino al colegio, a la compra, al centro de salud situado a escasos metros. Apenas me daba tiempo a mirar por sus ventanas para alcanzar a ver manos temblorosas en partidas de dominó; o para escuchar a través de ellas la música que servía de fondo a las clases de gimnasia o el parloteo de las mujeres que, entradas en años, mostraban con orgullo las fotos de quienes —apuesto— debían de ser sus nietos. Nunca pensé que me llegaría el momento. Como si la vejez me estuviera vedada. Como si la vida hubiera apartado los ojos para hacer una excepción conmigo.

   A pesar de todo, acepté. Los días en casa pasaban en exceso lentos, las horas eran demasiado largas y mis actividades rutinarias no alcanzaban a cubrirlas todas como para no sentir la soledad y el hastío como losas pesadas de soportar. Así es que hice acopio de realidad y acabé incluyendo en mi cartera aquel carné que me permitía apuntarme a clases de maquillaje, costura o inglés básico —por si el milagro de conocer Londres aún era posible—, a la biblioteca, hasta a cursos de redes sociales para mantener contacto con quienes estaban lejos, impedidos por una distancia que a nuestra edad se había vuelto especialmente inquebrantable. En mi carné no figuraba Carlos, la persona de la que he comenzado hablando; aunque para mí resultó ser la «opción estrella», destinada sin saberlo a darle esplendor a mi vida.

   Mi amistad con Carlos fue ganando intimidad sin apenas darnos cuenta. Su rostro emanaba dulzura a pesar de sus marcadas facciones surcadas de arrugas. Me hacía nadar en sus ojos claros cuando me hablaba, con su mirada limpia y calmada, al tiempo que me imbuía de su conversación literaria, cuajada de libros. Para mi regocijo, mi pasión por la lectura —mermada por las cataratas— fue a darse de bruces con aquel pozo literario investido de profesor de lengua al que empecé a admirar. Nuestros cafés disfrutaban de charlas interminables, nos acogían rincones cómplices de palabras dulces, de tímidos roces de adolescentes, y en cada paseo los árboles celebraban nuestra complicidad con un aplauso de hojas derramadas sobre nosotros. Ni un solo día dejamos de vernos durante tres años, con la excepción de las semanas de gripe y algunos otros copados por alguna obligación mayor. Hasta sufrir aquel maldito accidente, una caída tonta al trastabillar en un peldaño de la escalera. Me di en la rodilla un golpe descomunal y me rompí la cadera.  Tuvieron que operarme. Y aquello no habría tenido mayor relevancia si no fuera porque no me dejaron bien. El éxito de la rehabilitación se redujo a la mitad en un tiempo doble y la silla de ruedas, que venía utilizando hasta entonces, exigió un papel protagonista pasando a ser considerada tan compañera en casa como mi voz. Hablarle de tú a la vejez me producía un cierto espasmo; pero acusar la directa mirada de la dependencia me terminaba de congelar.

   Mis hijos decidieron turnarse. A tempranas horas de la mañana venían a casa y me ayudaban a levantarme antes de irse a trabajar, después de asearme a cuatro manos con más pena que dignidad. Lo demás intentaba hacerlo sola, pero sortear barreras me costaba un mundo; lo más insignificante podía llevarme horas y un despliegue inmenso de habilidad. La mayoría de las tardes contaba con Carlos. Unas veces, desarrollaba en casa sus actividades de ocio; otras tantas, empujaba la silla como un mocetón fornido hasta llegar al parque o a cualquier otro lugar donde poder quemar el tiempo de la forma más amena posible.

   No vino sin embargo un martes en que mis hijos se presentaron en casa para tomar café, tras un anuncio hecho oficial. Me encontraron arrebujada en la silla, al calor del brasero, y en la tele una película que me encantaba rememorar.

   —¿Qué estás viendo? —me preguntó mi hija al entrar.
   —¿No te acuerdas? —le respondí, bañada en nostalgia.

   Olga miró a la pantalla de manera nerviosa, sin dejar de parlotear. Mi hijo Luis, en silencio y sin preámbulos, sacó unos dulces, los puso sobre la mesa y se prestó a hacer el café. Una vez servido, Olga carraspeó. Varias veces. Mirando a Luis. Yo, a pesar del desconcierto que me producía la situación, devolví la vista a la tele para no perderme el final.

   —¿Dirty dancing? —preguntó mi hijo.

   Asentí mientras notaba que Olga clavaba su mirada en mí.

   —Mamá…
   —Espera, espera —la interrumpí emocionada—, si ya se va a acabar. Mira, ahora es cuando llega Patrick Swayze y le dice a ella eso de…
   —Mamá…
   —…eso de «no permitiré que nadie te arrincone». —Emulé la contundencia con la que lo decía—. ¿Te acuerdas de lo que nos emocionamos cuando lo escuchamos por primera vez? Recuerdo ese día perfectamente, tú estabas…
   —¡Mamá! —exclamó mi hija, alzando la voz—. Deja la película, por favor, esto es importante. 

   Suavizó el tono, pero mi crispamiento permaneció intacto. Ignoré la escena, cerré la boca y esperé a que hablara, con una expectación enorme. Había algo en sus ojos que no me gustaba, me estaban produciendo angustia. Después de muchas divagaciones y palabras sin sentido, por fin lo soltó.

   —Mamá, esta situación resulta insostenible. Yo trabajo y Luis también. No sabemos cuánto tiempo tardarás en poder valerte sola. Y están los niños, sus actividades, sus necesidades, que tú ya sabes por experiencia que son muchas. Mi marido, su mujer… No podemos abarcar a todo, pero no queremos abandonarte…

   Me retorcí las manos en el regazo, una contra otra.

   —¿Qué intentas decirme, Olga? —Ella miró a Luis, en una clara petición de ayuda.
   —Mamá —continuó él—, necesitas que te atiendan más horas al día. Le hemos estado dando vueltas a la idea de contratar a alguien que pueda cuidarte, pero tu pensión…, ya sabes, es la justa, y tampoco tienes dinero ahorrado para poder cubrir ahora esta necesidad.

   Tragué saliva y noté el sabor salado de una lágrima incipiente. Lo que decía era verdad. Mi pensión de viudedad era la mínima que podía quedarme por el trabajo autónomo de un marido taxista. Yo no generaba ingresos propios, no había cotizado, quise dedicarme a mis hijos en cuerpo y alma, renunciando, por y para ellos, a una vida laboral. Y nuestros ahorros se habían esfumado en costear sus estudios y en regalarles la entrada que les exigía la inmobiliaria para poder comprar las casas en las que vivían con tanta comodidad.

   —Nosotros tenemos muchos gastos —siguió diciendo Olga—: la universidad de Blanca, el colegio mayor, las clases de piano, el carné de conducir… Y otras deudas por pagar, como el coche, la hipoteca...

  «...Y el apartamento de la playa al que le has echado el ojo», no pude evitar pensar.

   —Luis está igual.

   Mi hijo era médico y mi hija, abogada. Con tan buenos sueldos como sus parejas. Con un nivel intelectual tan alto como ganas de vivir la buena vida. Los dos.

   Olga apuró el café ya frío y cogió aire.

   —Mi hermano y yo creemos que lo mejor sería vender el piso. Nos vendría bien a todos esa ayuda... ¡Sobre todo a ti, mamá, eso resolvería el problema! —se apresuró a decir, para evitar la desvergüenza.


   Agaché la cabeza para que no apreciaran el brillo en mis ojos, mi dignidad de madre no me permitía exhibir el dolor. Mercadeaban con lo único que tenía. La herencia de su padre los estaba esperando y mi desgracia les había brindado la excusa ideal.

   —¿Y dónde se supone que voy a vivir? —pregunté con entereza. Ambos se miraron y el calor se apoderó de sus mejillas—. Espera, no me lo digas. Creo que ya lo sé.

   Hice amago de empujar mi silla y salir de allí, no podía soportar más. Mi hija dejó caer la mano sobre mi brazo, en un intento de detenerme.

   —Iremos a la residencia a verte siempre que podamos, mamá, te lo prometo…

   No sé si había congoja o no en su voz, pero aunque así fuera, no hubiera servido para consolarme. La decisión, interesada y drástica, ya estaba tomada. Por ellos. Solo por ellos. No se dignaron a preguntarme, en ningún momento, lo que pensaba yo, ni tuvieron en cuenta mis sentimientos. Yo estaba inválida, pero no muerta. Ni tan siquiera senil.

   Cuando se hubieron marchado, miré a mi alrededor con el pecho oprimido. Me apenaba sobremanera lo que estaría obligada a sacrificar: mi hogar, mis recuerdos impresos en cada palmo, en cada objeto, en cada rincón… Me arrebatarían el latido del pasado que me regalaba a diario la amable sensación de no haberlo perdido todo. Y me separarían de él. De Carlos. El hombre que había pintado mi corazón de rosa y llenado mi vida con letras de enorme significado.

   Lloramos. Mi amor y yo. Lloramos en silencio, sentados en un parque, con mi cabeza sobre su hombro. Con un sol tibio que aspiraba a amortiguar el frío que sentía por dentro. Carlos me acarició el rostro en un derroche de ternura y me acurrucó en sus brazos. Entonces comenzó a mecerme, como si iniciara un baile al compás de una melodía imaginada, un baile suave, como el de las hojas arremolinándose al caer.

   Semanas más tarde llegué a una residencia a las afueras de la ciudad. Con un par de maletas y una caja pequeña repleta de fotografías. Nada más. Después de echar unas cuantas firmas y acomodarlo todo en mi habitación, mis hijos me invitaron a tomar asiento juntos en la sala de estar, ofreciéndome su compañía antes del adiós. Una mesa baja, tres sillones; Olga a un lado y Luis al otro. En medio, yo, sin poder hablar; la garganta se me había cerrado. Más aún al ver la película que proyectaban de nuevo en televisión. She’s like de wind; así me dijo mi nieta que se llamaba la canción de Dirty Dancing con la se despiden los protagonistas. Y esa fue la que comenzó a sonar.

   Mis lágrimas brotaron imparables, no podía despegar la vista de la pantalla. Todo se me vino encima, el mundo se desmoronó sobre mi cabeza. Con el deseo de ver un final feliz, aunque fuera ficticio, esperé a que Patrick Swayze entrara en escena para rescatar a su amor. Pero no fue él, sino Carlos. Fue Carlos quien abrió la puerta de aquella sala y permaneció varado unos segundos bajo el dintel, buscándome con la mirada hasta encontrar mis pupilas. Entonces avanzó hacia mí con su traje oscuro, los ojos claros, el cabello gris. Con porte firme, como digno protagonista de nuestra última escena, me tendió su mano. Y ante la mirada atónita de Luis y Olga dejó escapar una grave aunque afectada voz:

   —No permitiré que tus hijos te arrinconen... ¿Te quieres casar conmigo?

© Pilar Muñoz Álamo - 2018



***
   Este relato fue escrito, expresamente, para su publicación en el número de febrero/2018 de la revista «Pasar Página», a cuya directora, Mercedes Gallego, y editora, Almudena Gutiérrez, agradezco su invitación de colaborar en ella.

   Os animo a visitar el blog de la revista en el que podéis encontrar los enlaces de los números publicados hasta el momento y demás contenido que sé, con seguridad, que os va a interesar.  
No os la perdáis.




23 sept 2015

RELATO: «ALGO MÁS QUE UN BUEN AMIGO».

 *Relato ganador del concurso de Post Solidarios convocado
 por la Fundación Mutua Madrileña en 2015*

   El sol nos dio la bienvenida. Me agradaban los días de primavera con sus tardes largas, temperaturas suaves, olor a azahar y algarabía en las calles. Los ancianos lo agradecían. Abandonar por unas horas las estancias cerradas del Centro y disfrutar del aire libre y de los múltiples estímulos visuales y auditivos les hacía bien, aunque a veces parecieran continuar inmersos en su propio mundo. Tres sanitarios los acompañábamos durante su estancia en el parque, sentados bajo los árboles, en los bancos de madera habilitados para tal fin o, en el peor de los casos, en sus sillas de ruedas si no eran capaces de mantener el equilibrio corporal.
   Tras diez años de trabajo en el Centro para enfermos con Demencia todavía seguía maravillándome al observarlos, cada cual con sus obstinaciones, con sus rutinas de seguridad personal, con sus diálogos incoherentes para mí y tan veraces para ellos... Seguían despertando mi ternura y mi satisfacción personal y profesional ante cualquier atisbo de felicidad reflejada en sus rostros o en sus comportamientos, aunque esta se deslizara por sus cuerpos a la velocidad del rayo.
   Los miré a todos para comprobar que estaban cómodos. Para facilitar su relación social, había sentado por parejas a algunos de ellos; a otros, les entregué un pasatiempo con el que entretenerse, y a José, como siempre, lo acomodé frente a la pista deportiva en la que unos chicos solían jugar al fútbol cada tarde. Estaba casi convencida de que le gustaba verlos, un destello aparecía en sus ojos cuando seguía la trayectoria del balón; aunque no podía asegurarlo, apenas había articulado palabra desde que llegó.
   Me aposté sobre un muro bajo de piedra, a no mucha distancia de él, y me entretuve momentáneamente en repasar los informes de la mañana. El impacto de la pelota a escasos metros me asustó, había salido despedida por encima de la valla metálica que bordeaba al campo y había ido a parar a los pies de José. Me recriminé la inconsciencia de haberlo perdido de vista, podría haberlo dañado, y me dispuse igualmente a recriminar a los chicos que jugaran con tal ímpetu ante la cercanía de los mayores. Pero una fuerza me retuvo, me obligó a quedarme quieta cuando vi esbozar a José una sonrisa clara en presencia del esférico, al tiempo que intentaba empujarlo con el pie desde el asiento que ocupaba. El niño llegó corriendo en un claro afán por recuperar lo que era suyo, y se frenó al cogerlo y observar que José estiraba los brazos para agarrarlo también. Por unos segundos sus miradas se cruzaron, el chico con el balón asido por ambas manos y José con sus brazos extendidos, reclamándolo. Parpadeé varias veces sorprendida por la escena y dejé a un lado los papeles para no perder detalle. Sus compañeros de juego, desde la pista, increpaban al chaval para que regresara y reanudara el juego interrumpido. Él los miró un instante y de nuevo giró el rostro hacia José.
   —¿Lo quieres coger? —le preguntó al anciano con desparpajo.
   José no articuló palabra, pero sus ojos abiertos de par en par hablaron por él.
   —¡¡Eh, tú, venga ya, echa la pelota de una vez!! —insistieron, pero el chico esta vez no se dignó a mirarlos—. ¡¿Eres gilipollas o te lo haces?! ¡Que traigas ya la pelota!
   —¡¡A la mierda, el balón es mío y hago con él lo que me da la gana, ¿vale?!! —gritó.
   En otro momento me hubiera sentido tentada a moderar su lenguaje pero no lo hice, no quería distraer su atención. El chico le acercó el balón y José hizo amago de levantarse. Salté de mi asiento para ayudarlo, no me fiaba de que pudiera caer.
   —¡Espera, espera, ya voy yo! —le advertí al pequeño.
   Animé a José a levantarse apoyándose en mis manos y me puse tras él para sujetarlo por la cintura. El chico le tendió el balón y se hizo a un lado, anticipando sus intenciones con habilidad. José agarró la pelota, la hizo girar para poder observarla con detenimiento y la dejó caer en vertical propinándole una patada certera con el empeine que la hizo estamparse contra la valla y volver al lugar en donde estábamos.
   —¡¡Vaya!! —exclamó el niño, sorprendido, con sus negras pupilas dilatadas—. ¡¡¿Eres bueno, ¿eh?, y además, zurdo!!
    —¡Soy futbolista! —masculló José orgulloso, masticando cada sílaba.
   Noté un leve temblor de piernas y una emoción extraña provocada por la consecución de un logro mil veces perseguido: que José hablara. Volví a sentarlo ante la inocente mirada del pequeño.
   —¿Eres futbolista? —le preguntó el chico—. ¿Profesional? Pero tú ya no puedes...
   Le hice una mueca cómplice para evitar que terminara la frase, incitándolo a que siguiera tratándolo como tal. Y él chico supo interpretar mi lenguaje de gestos.
   —¿Cómo te llamas? —le pregunté al chaval de ojos grandes y pelo largo, seguro que a imitación de alguno de sus ídolos.
   —Me llamo Luis, pero me dicen Torres..., como Torres..., el del Atlético de Madrid. Es mi apellido —puntualizó—. ¿Y él?
   —José.
   —¿En qué equipo juegas, José?
   —¡En el Sevilla! —contestó el anciano con lucidez.
   —¡Ostras, ese es un buen equipo! ¿Y de qué juegas? ¿De delantero? ¿O de defensa? Yo soy delantero, me gusta meter goles,  golpeo bien, ¿sabes?, pero sobre todo soy un crack en los regates, me voy de tres y de cuatro sin problema, los dejo más tirados...
   Continuaron hablando durante algo más de media hora. Ante algunas afirmaciones de José, Luis me miraba extrañado, incapaz de comprender por entero la visión que el hombre poseía de sí mismo a sus setenta años de edad. El chico le hizo partícipe de su entusiasmo por el deporte rey y arrancó del anciano recuerdos nítidos de su juventud que me apresuré a anotar para contrastar posteriormente con su familia. De haber tenido una cámara fotográfica habría inmortalizado el semblante y las facciones renovadas de José, me parecía estar ante una persona distinta. 
   El sol comenzó a esconderse y respondí a mis compañeros afirmativamente, debían llevarse adentro a los ancianos, incluyendo a José; empezaba a refrescar.
   —¿Tú cómo te llamas, niño? —le preguntó José antes de marchar.
   —Pero si ya te lo he dicho, me llamo Luis...
   —¿Y cuántos años tienes?
   —Once.
   —¿Y de qué juegas? ¡Ya lo sé —afirmó José—, tienes pinta de portero, ¿a que eres portero?!
   Mercedes, mi compañera, sonrió ante la perplejidad de Luis, y yo aproveché para retener al chico por un instante y hablar a solas con él.
    —¿Qué le pasa? —me preguntó, con cierto rubor en las mejillas—. ¿Ya no se acuerda de lo que le he dicho? Ni mi nombre, ni de qué juego…
   —Así es, no lo recuerda —le contesté con dulzura—. ¿Has oído hablar del Alzheimer, Luis?
   Asintió con la cabeza.
   —Se te olvidan las cosas o algo así..., creo. Pero... no entiendo —concluyó tras permanecer pensativo unos segundos.
   —El qué no entiendes, dime.
   —No se acuerda de mi nombre y sin embargo..., se acuerda de un montón de cosas de cuando jugaba al fútbol..., y de eso hace mucho tiempo. Aunque... tampoco entiendo por qué habla como si fuera joven, ¿es que él no se ve, no ve lo mayor que es?
   Me acomodé en el banco junto a Luis, no tenía prisa por entrar, aclarar sus dudas me pareció importante en aquel momento. Satisfacer el interés de aquel chico por entender el mal de José contribuiría a fomentar su comprensión y su empatía hacia él, y por extensión, su solidaridad. «La educación lo es todo», me recordé, «y también el conocimiento»; despertar conciencia de lo que existe más allá de nuestro entorno inmediato, y de sus carencias, es crucial.
   —Imagina una gran red bajo el mar, con miles y miles de peces en su interior —comencé a explicar a Luis—. Mientras la red esté nueva, todos los peces permanecerán dentro. Pero, ¿qué ocurrirá si alguno de los hilos de la red se rompe y se le hace un agujero mayor?
   —Pues que los peces se escaparán —contestó con determinación.
   —Así es, Luis. Para que lo entiendas, la mente de José, o de cualquier otra persona como tú y como yo, es como una red, todas las células nerviosas de su cerebro están enlazadas unas con otras por una especie de hilos. Y los recuerdos —los de José, los tuyos o los míos— es como si fueran los peces: se quedarán dentro, guardados, si la red no está rota; pero si lo está, escaparán y los perderemos.
   —¿Todos?
   —Bueno…, si la red tiene uno o dos agujeritos, solo se perderán unos cuantos; pero si se van rompiendo más hilos hasta hacerse cientos de agujeros y estos son cada vez más grandes… Y resulta que la red de José... está bastante rota.
   Luis permaneció en silencio durante unos segundos, mirando a la nada, pensativo.
   —¡Oki! Ya me entero —dijo al fin—. Pero…  hay algo que sigo sin entender —rectificó—. ¿Por qué se le olvida mi nombre si se lo acabo de decir y no se le olvidan las cosas que hizo hace tantos años?
   —Tu nombre es como un pececillo recién nacido, acaba de entrar en la red y todavía no ha crecido lo suficiente. Es fácil que consiga escabullirse por cualquier pequeño agujerillo que pueda encontrar. Los recuerdos del fútbol y de su juventud hace mucho que están con él y se han ido haciendo grandes con el paso del tiempo. No escaparon hace años porque la red estaba nueva, impecable, y ahora tampoco pueden hacerlo fácilmente porque al ser tan grandes no caben por los agujeros aún pequeños. Por eso los conserva con él. Pero tarde o temprano, también se irán.
   —¿Sí? —preguntó Luis, con un deje apenado.
   —Sí. Porque la red de José seguirá rompiéndose poco a poco, Luis, hasta que los agujeros sean tan grandes que ya no haya manera de retener nada entre sus hilos.
   El chico bajo la vista, tomando conciencia de lo aquello significaba, sin duda algo nuevo para él.
   —¿Y no se puede arreglar?
   Chasqueé la lengua con pesadumbre.
   —De momento no sabemos muy bien cómo hacerlo. Pero sí intentamos que no siga rompiéndose con facilidad, intentamos que tarde más tiempo en deteriorarse y que José pueda vivir mejor.
   —¿Y eso cómo se hace? —preguntó, mirando y acariciando al balón.
   —Como tú lo has hecho hoy.
   Luis levantó la cabeza con rapidez e inquirió una aclaración con sus ojos. Creo que por un momento se sintió orgulloso de sí mismo. Continué alabándolo.
   —¿Sabes que eres la primera persona que ha conseguido que José hable desde que está aquí, en el Centro? Lo he intentado de mil formas —enfaticé, para hacerlo sentir cómplice—. Tú has conseguido que evoque recuerdos de su juventud, que hable de ellos... Has logrado que esta tarde sea feliz, Luis. Y has sido capaz de conseguirlo tú solo, sin que nadie te dijera cómo.
   —Pero yo... no he hecho nada, solo le di el balón porque pensé que lo quería... —Le tembló la voz.
   —A veces ayudamos sin proponérnoslo. Cualquier detalle, cualquier cosa que hagamos por los demás en cualquier momento puede convertirse en una buena acción. No se necesita mucho para hacer feliz a alguien, al menos por un momento, ni siquiera un gran esfuerzo por nuestra parte. Hay personas tan necesitadas que cualquier ayuda que podamos ofrecerles les hace sentir genial, y no siempre es cuestión de dinero, ¿sabes?, también podemos dar afecto, cariño, amistad…, algo de nuestro trabajo o de nuestro tiempo… ¡Tú actitud hacia José ha sido lo mejor que podía pasarle hoy!
   —¿Por hablar con él? —preguntó con inocencia.
   —Por hablar con él, por dejarle tu pelota, por compartir la pasión que tenéis en común, por dedicarle un poco de tu tiempo... Juegas a diario con tus amigos, ellos te tienen siempre. Renunciar hoy, como lo has hecho, a estar con tus amigos por estar con José ha sido un gran acto de solidaridad por tu parte. José lo necesitaba. Y tú se lo has dado.
   Volvió a acariciar el balón, asimilando mis palabras, tomando conciencia de un acto que él no podía imaginar que alcanzara tal repercusión. Se irguió en el banco, se creció. Su mirada cobró intensidad y se invistió de un brillo especial.
   —Si vuelvo a hablar con él..., otro día..., ¿su red se hará más fuerte, será más difícil que se rompa?
   —Claro que sí. Pero sobre todo..., le harás feliz, estoy segura.
   Se apartó un mechón de pelo que caía sobre su frente, como si intentara despejar su mente.
   —Puedo venir mañana un ratillo antes de que empiece el partido... —dijo sin mirarme, reflexionando en voz alta—, no me cuesta. Y le puedo presentar a alguno de esos —Cabeceó en dirección a la pista donde yacían tumbados sus amigos a la espera paciente de que se dignara a reunirse de nuevo con ellos—. Al Chema, que es portero y le puede enseñar las manazas que tiene. ¡Ese sí que tiene pinta de portero! —exclamó con entusiasmo.
   —Le encantará conocerlo, estoy convencida.
   Luis se levantó despacio, sin saber bien cómo despedirse. Flotaba. Caminaba sobre las puntas de sus pies. Antes de llegar a la pista se giró.
   —¿Hay más como yo? —inquirió con timidez y una pizca de orgullo—. ¿Hay más chicos que... ayudan a otros como José?
   —Se llaman "voluntarios". Sí, hay más. Vienen con frecuencia para dedicar un poco de su tiempo a estas personas, para charlar con ellas, jugar, contarle historias o escuchar las que ellas quieran contar. Pero ninguno es de tu edad. Eres el voluntario más joven del Centro, puedes sentirte orgulloso. Ojalá muchos otros chicos fueran como tú.
   Luis echó a correr sin decirme adiós, levantando el brazo para llamar la atención.
   —¡¡Chema!! ¡Ven, tengo que contarte algo!
   Se me nubló la vista. «No todo está perdido —pensé—, aún quedan corazones nobles, algunos... jóvenes, pero de gran tamaño».

© Pilar Muñoz Álamo - septiembre 2015.
***
   Vivimos en un mundo globalizado, rodeados por cientos o miles de personas con las que “convivimos” o nos cruzamos a diario y de las que nada sabemos. A pesar de formar parte de un amplio colectivo, acabamos comportándonos como individuos aislados, subyugados por una soledad impuesta o buscada, luchando por sobrevivir valiéndonos por nosotros mismos, cuando de estrechar nuestras manos, aunando y compartiendo esfuerzos, todo sería indiscutiblemente más fácil. Nos matan la cultura del tiempo y la de las posesiones, ambas tan valoradas por una sociedad que puede infundirnos todo menos orgullo. Y no reparamos en que el primero se agota y, las segundas, no alimentan los valores espirituales por los que deberíamos seguir luchando a toda costa.
   Pero no todo está perdido. David venció a Goliath.
   Aún existen corazones como el suyo, dispuestos a luchar. Y muchos más que llegarán.

   Gracias a la Fundación Mutua Madrileña por su labor solidaria y por la iniciativa de fomentarla a través del Concurso de Post Solidarios del que este forma parte.

   Más información, a través de su página web www.premiosvoluntariado.com.



18 sept 2015

MICRORRELATO: "AMOR VERDADERO".


Él acerca su mano a la de ella y se entrecruzan. Su dedo pulgar oscila de un lado a otro, dibujándole en el dorso una caricia suave que ella reconoce, haciéndola sonreír. La luz inunda sus ojos, irradiando destellos que no han perdido su intensidad aunque nazcan de unas pupilas cansadas, castigadas por el paso de los años. Él los acoge y los acuna en su alma, en su corazón debilitado del que tanto presume por no lucir arrugas como las que surcan su rostro. Callan. No precisan palabras para entenderse. Sus miradas lo dicen todo. La ternura les endulza el aire que respiran, que comparten desde hace más de medio siglo como tantas otras cosas. Ella posa su cabeza sobre el hombro de él. Y él la abraza. Miran al horizonte con sosiego envidiable, con la calma que brinda una soledad ausente. Nada los perturba. Nadie se inmiscuye en su burbuja de amor, de la que son protagonistas exclusivos cada día, cada minuto, cada segundo. Cierran los ojos y esperan que el tiempo pase. Entregándose uno a otro como siempre hicieron. Antes, con la carne; ahora, con su alma convertida en una. El mundo se reduce a ellos. El universo es una nimiedad comparado con la inmensidad de lo que sienten.
Yo, observándolos, me respondo por primera vez a la eterna pregunta de si el amor verdadero existe. Y lo hago con el profundo anhelo de encontrar a quien pasados algunos años sea capaz de iluminar mi vida con solo mirarme. Al igual que yo a él. Al igual que ellos.
Pilar Muñoz Álamo - septiembre 2015.

Lecturas 2018.

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