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2 mar 2018

MICRORRELATO: «LLORA»



   Llora. Con su frente sobre el cristal, haciendo que se confundan sus lágrimas con las gotas que por él resbalan. Llueve. Y un manto de grises lo envuelve todo, abarcando su corazón. Sus ojos vidriosos no alcanzan a perfilar el paisaje, pero lo siente, siente la bruma y los colores desdibujados dentro de sí. Los sueños deshechos. La mirada debilitada. Las fuerzas mermadas para poder seguir.

   Llora. Y percibe el regusto amargo de la nostalgia sobre sus labios, del amor desvaído que resuena como un eco ahora lejano, del vacío en su alma, que ha quedado muda por un tiempo. La música calla. Solo a los acordes lentos se les permite sonar, porque el cuerpo está adormecido, no quiere bailar. Ni tampoco escuchar palabras que no provengan de su propia voz.

   Llora. Desahogándose. Vaciando la pena que la corroe. Mientras se debaten sus pensamientos entre cerrar un cuento que ya acabó o darse una oportunidad en una batalla perdida. Llora mientras se pregunta a sí misma qué fue lo que falló. Sin saber que hay preguntas sin respuesta, porque el corazón no atiende a razones. Porque vive y se alimenta de latidos cuyo ritmo ni siquiera nosotros mismos podemos marcar.

   Sigue llorando. Sintiendo imposible lo que tarde o temprano sucederá. Que las nubes dejarán de derramar agua, como harán sus ojos. Que el sol reaparecerá, dibujando en el paisaje colores bellos al fundirse con las gotas de rocío, devolviendo el brillo a sus pupilas al besar las últimas lágrimas que quedarán en ellas. Que de nuevo el cielo se tornará azul y su corazón rojo, a un paso tan silencioso y lento que no podrá frenarlo. Que la curva de su sonrisa ganará en profundidad y la música volverá a sonar, permitiendo que el cuerpo se meza, se agite y termine bailando como lo hizo antaño. Que levantará la cabeza y dejará de observar el suelo para mirar alto, para echar a andar con ademán decidido y paso firme, restablecida de unas heridas que habrán sanado y cuyas cicatrices le recordarán que es grande, valiente y fuerte. Que la alegría la aguarda en cualquier rincón. En el instante más inesperado. Y en compañía de la única persona que, de seguro, terminará devolviéndole la felicidad: ella misma.
 
© Pilar Muñoz Álamo - 2018

30 mar 2015

RELATO: "LA RECONQUISTA".

 

   Rompí mi promesa de salir de allí sin mirar atrás. Sabía que me dolería, pero cumplirla sería dar la espalda a mi propia vida, a un pasado demasiado intenso para arrojarlo al cesto de los papeles sin rendirle un homenaje merecido. Así es que me giré antes de apagar las luces por última vez, con la emoción contenida y un súbito amargor de boca de varios meses de crianza.  Tragué saliva y exhorté a mis pupilas a pasear de manera plácida y nostálgica por todos y cada uno de los rincones de una estancia laboral que había absorbido la mitad de mi vida, y que me había regalado a su vez la posibilidad de construir la otra mitad tal y como había querido. Cientos de recuerdos picotearon mi mente, asociados a una imagen de mí misma que había evolucionado en paralelo con los días, con los meses, con los años. Evoqué el empuje de mi juventud enlazado al placer de sentirme independiente, útil, capaz;  la fuerza de esa incipiente madurez que invita a tomar decisiones, a sugerirlas, a luchar por lo cabal, por acaparar estrategias de futuro que la experiencia reporta; la responsabilidad y el temple que los hijos nos regalan además de su sonrisa y que hacen mella en cuantos pasos trazamos en la vida a raíz de su nacimiento; el espíritu de lucha por solventar los escollos del barco en que navegamos, y que provocan un miedo atroz a dejarlo a la deriva por temor a que un impacto bajo la quilla se lo lleve al fondo y termine por arrastrarnos.
   Una lluvia de sentimientos mojó cada estampa, por momentos débil, en otros intensa, hasta convertirse a ratos en aguaceros rabiosos que no me dejaban abrir los ojos para continuar mirando. Un sirimiri dulce, nostálgico y penoso compartió escenario con la tormenta manada de la impotencia, de la pérdida de control de mi propio destino puesto en manos de otros, de una lucha encarnizada que resultó ineficaz por la indolencia ajena…  Y sentí dolor en el pecho, furia en las entrañas y una humedad en mis ojos, vidriados de pura lástima. Hacia mi pasado. Hacia mí misma.
   Eché la persiana y su crujido metálico sentenció el final de una etapa que me había resistido a cerrar. Por orgullo. Por miedo. Por falta de valentía, tal vez, para afrontar el vacío que anticipaba que se apostaría a mis pies, sabiendo que debería aprender a caminar sobre el abismo, sin red. Le di la espalda y haciendo acopio de valor miré hacia el frente, apostada en la linde imaginaria trazada con el exterior. El paisaje ante mis ojos jamás se me antojó tan inhóspito, tan frío, tan tenebroso, como si fuera consciente por primera vez de los agujeros negros ocultos en el espacio, dispuestos a engullirme al menor descuido. Sentí pánico al vislumbrar los rasgos de hostilidad que el nuevo rostro de la vida mostraba ante mí. El sol dio paso a las sombras, el azul del cielo mutó a gris y escuché silencio en una calle invadida de gente inmersa en su propio mundo, en el devenir de un mundo del que por un momento me sentí excluida, como si hubiera dejado de pertenecer a él.
   Inicié el camino con lentitud reparando en todo cuanto acontecía alrededor de mí, percibiendo matices que había pasado por alto hasta entonces, descubriendo la fealdad de su envés, envidiando su cara amable orientada en otra dirección. Siempre había mirado al futuro con intención de mejorarlo, de disfrutarlo y hacérselo disfrutar a los míos en mayor medida de lo que había venido haciéndolo hasta el momento; nunca lo observé a través del prisma de la supervivencia. Ahogué un ruego sordo y mudo, un susurro imperceptible tan intenso como descorazonado, y me lo fui repitiendo como un mantra destinado a espantar la mala suerte. Jamás le pedí tan poco a la vida, y a la vez tanto, como le pedí entonces: un trabajo nuevo que nos consintiera vivir. Tan solo eso: vivir. Sin angustia cada mañana, sin la desolación y el miedo dejándome notar su aliento ante la fragilidad del hilo del que pendían mis hijos y que estaba a punto de romperse entre mis dedos.
   Mis hijos. Su imagen reflejada en el parabrisas del coche me devolvió la luz que me había robado el sol. Me vi cegada por su sonrisa, esa línea curva que no estaba dispuesta a que las circunstancias enderezaran, y mucho menos la invirtieran. Rebotaron por mi mente los mensajes de apoyo de familiares y amigos, y los agradecí. Aunque me dije a mí misma que las palabras sirven para alimentar el ánimo pero no el estómago, y que en mis manos estaba que los suyos no quedaran vacíos, que no hubiera de llenarlos de frases hechas, deseos retóricos y palmadas en la espalda con promesas incumplidas o imposibles.
   Exhalé un suspiro y me sacudí. Agarré por las orejas el optimismo que había perdido y lo adherí a mi cuerpo como una segunda piel. Y eché mano de estos tintes de juventud y de sus destellos de insensatez que te llevan a pensar que todo es posible, que el mundo está a nuestros pies si tenemos destreza suficiente para bebérnoslo. Desperté mi espíritu de lucha a base de manotazos y lo vestí con armadura y lanza, dispuesta a conquistar cuanto fuera necesario para rehacer lo que nunca debió desmoronarse.
   Nadie vendría a salvarme. A salvarnos. Las contiendas se ganan en el campo de batalla, jamás desde la trinchera. Cuerpo a cuerpo, cara a cara, haciéndonos valer a lo largo y ancho del territorio, sin descanso. Hasta negociar la paz que te devuelva una ubicación digna, con tu nombre escrito en la historia y no fuera de ella.
   Muchas lo consiguieron antes que yo. Recompusieron sus sueños rotos con una valentía que a mí no me faltaba. Yo no podía ser menos.
  Aceleré con un tímido rayo de sol acariciándome la nuca y la vista puesta en el horizonte, donde las hojas de los árboles habían dejado escrito mi próximo objetivo: reconquistar mi vida, nuestra vida. Y enfilé hacia él. Con los redaños suficientes para cantar victoria más pronto que tarde.

 

Lecturas 2018.

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