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30 oct 2013

¡FELICIDADES Y A POR TODAS!

   A veces cuestiono los perjuicios que la tecnología y las redes sociales han causado en nuestras relaciones humanas, esas relaciones físicas entrañables en las que, de tú a tú, mirándose a la cara y observando cada uno de esos gestos que conforman el lenguaje no verbal –importantísimo en la comunicación- manteníamos una charla amistosa en la compañía de un café o tomando el aire sentados en un banco del parque. Cuestiono hasta qué punto supone para muchos de sus usuarios una forma de enganche permanente y difícil de sortear que merma la posibilidad de practicar otras actividades placenteras que antes copaban gran parte de nuestro tiempo libre. Pero no puedo dejar de obviar y de valorar el fundamento real, la razón para las que fueron creadas: la de unir y estrechar lazos entre quienes no tendrían de otra forma la oportunidad de haberse conocido e incluso la de ser partícipes de miles y millones de acontecimientos a poca distancia temporal del momento en que se producen.

  Pero no voy a hablar simplemente de relaciones de amistad entre desconocidos, voy a hablar de la sensación especial que produce la cercanía y el contacto directo –o casi directo- con quienes en otros tiempos se alzaron en pedestales inalcanzables erigiéndose como figuras un tanto irreales por aquello de gozar de una habilidad de la que otros carecían y que les envolvía en ese aura de seres mágicos, de grandes maestros, de figuras un tanto misteriosas por desconocimiento además de los aspectos personales que le hubieran devuelto su condición de humanos, entre los que se encuentran, cómo no, los escritores.

   Hay quienes siguen defendiendo que el escritor debe mantener un aura de cierto misterio para conservar ese prestigio que reporta tener una mano y una mente de oro para escribir y vender sus letras –esto lo he leído por ahí en algún sitio, procedente de un debate o una conferencia en no sé dónde, pero no me preguntéis porque a veces no tengo la cabeza muy allá, aunque os aseguro que es completamente cierto-. Sin embargo yo no me siento más tentada de comprar literatura a quienes siguen manteniendo las distancias, a quienes siguen apostando por ser dioses, sino que me place enormemente el hecho de poder tener la oportunidad de contactar con ellos y ser respondida, de poder intercambiar comentarios directos sobre novelas de su autoría, de tener la ocasión de dejarles un mensaje de tú a tú -a través de la red social- de lo que ha significado para mí la historia que han plasmado en las páginas digitales o de papel de sus libros editados. Y sobre todo y ante todo, me complace muchísimo poder ser testigo, como lo estoy siendo, del día a día en la evolución literaria de muchos autores que han partido de la nada y van escalando puestos poco a poco con esfuerzo, ilusión, voluntad, tesón, fortaleza para superar los baches, imaginación, autoestima y muchas ganas de conseguir un sueño al que llevan aspirando años con la ayuda justa para conseguirlo. Me complace y me enorgullece poder decir algún día que “los vi nacer”. Y así lo deseo sinceramente. Porque el éxito de unos no deja de ser un indicio claro de que la perseverancia y el trabajo constante permiten obtener logros en la vida. Y eso constituye una lección de optimismo digna de tener en mente para cualquier empresa que otros decidamos abordar.

   He conocido a escritores que ya están arriba. He conocido a escritores que aún están luchando por salir del anonimato de la mano de una editorial fuerte que apueste por ellos, y que sé seguro que lo conseguirán; su temperamento y sus letras así me lo dicen. Y he conocido a otros que están ahora en medio de ese camino de ilusión, que se encuentran ya cruzando el río de una orilla a otra gracias a Ediciones B, con una mezcla de regocijo y miedo en el cuerpo por la incertidumbre de lo que les espera, pero remando en la buena dirección; tal vez unos más avanzados que otros, pero todos hacia un mismo destino. 

   Esta entrada va por ellos. O por ellas, mejor dicho. Por que alcancen a tocar la gloria. Por que culminen con éxito su deseo de convertirse en escritoras reconocidas. Por que sus letras sean leídas por quienes ahora desconocen por completo su identidad. Por que no cambien, por que sigan siendo tal cual son, mostrándose con la humildad que les valió para ganarse el apoyo de sus amigos y conocidos –entre otras cosas-. Por que mantengan la cercanía con los lectores a los que ahora se deben y a los que se deberán aún más en un futuro si su camino ascendente las lleva muy alto.

   A ellas les digo ¡¡¡felicidades y a por todas!!!  Y a vosotros os invito a darles vuestro apoyo acercándoos a esa narrativa pulcra y a esas historias noveladas que merece la pena leer. Yo ya lo he hecho. Y prometo seguir haciéndolo ;)





ANTONIA J. CORRALES

  
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MARIA JOSÉ MORENO

 



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15 ago 2013

"BAJO LOS TILOS" de MARÍA JOSÉ MORENO.

   


   No he leído mucho en estas vacaciones. Tengo que reconocer que el intenso proceso de corrección de mi propia escritura en estos últimos meses hasta verla del todo terminada me dejó la mente un poquito lerda para concentrarme en más letras, así es que al último libro que abordé (La bibliotecaria de Auschwitz) me ha llevado verle el fin más tiempo de lo que hubiera querido. Tal vez por ello, cuando dije de comenzar el siguiente opté por dejar a un lado el tocho que tenía previsto -a pesar de sus buenísimas críticas- para adentrarme en su lugar en historias de menos páginas. Pero en esta ocasión, quise que estuvieran contadas por nuevos valores literarios cuya narrativa aún no había descubierto, movida tal vez por lo que despierta esa cercanía que nos proporcionan las redes sociales y el contacto directo o indirecto con quienes luchan por meter la cabeza en el mundillo de los escritores con la ilusión palpable de no volver a sacarla de ahí jamás. Y así topé con María José Moreno y con su novela corta Bajo los tilos, una novela intimista, según ella misma define, en la que fluyen los sentimientos y las emociones que despiertan los secretos inconfesables de la propia familia de la protagonista a la que ella -ingenua- creía conocer. Y como ya sabéis (por lo que escribo y, sobre todo, por ese libro de relatos que circula por ahí) que me atraen especialmente este tipo de historias cargadas de las emociones que la propia vida nos depara, pues no dudé en descargármela de Amazon para engullirla en nada y menos de tiempo. 

   A veces no dejo de sorprenderme de la confianza con que me hablan mis hijos, de su desparpajo para confesarme y preguntarme cuestiones que en muchas ocasiones rayan la intimidad, tanto la mía como la suya propia. Y no porque me asombre, porque me violente o porque yo no haya fomentado tal actitud en ellos, sino porque no puedo evitar ser consciente de lo mucho que ha evolucionado nuestra sociedad en relativamente pocos años, de cómo los lazos de unión en la familia se han ido tejiendo cada vez más en sentido transversal y horizontal, en lugar de vertical, hasta llegar a hablarnos de tú a tú; a veces, puede que hasta en exceso. 
   Pero no seré yo la que le haga ascos a ese tipo de relación, todo lo contrario. Aunque perdure la necesidad de establecer unos límites claros en las relaciones paterno-filiales, celebro que agonice y hasta muera ese respeto enfermizo e invalidante que hace años coartaba la libertad de la familia para levantar la voz y huir de una tolerancia aberrante, para confesar los problemas de sus miembros, los temores de la vida de cada cual, o esos secretos del pasado que siempre pesan sobre el futuro, magnificados a veces por una cuestión de moralidad caduca, de retrógrada educación, o por unas normas sociales rígidas y carentes de sentido común que nadie se atrevía a poner en tela de juicio alegramente. Y ése es el núcleo, la base sobre la que María José Moreno sustenta su historia. 
   Durante toda su lectura no he podido evitar que mi mente divagara por  familiares de generaciones anteriores analizando su estilo de vida aunque solo fuera de pasada, por esos momentos en los que, sentados un domingo alrededor de la mesa camilla, mi madre nos ha desvelado secretillos ocultos de mayor o menor importancia de tíos, primas o abuelos que nunca antes se atrevieron a lanzar a los cuatro vientos por vergüenza, temor, odio o por el más que probable rechazo social, cuando la generación de nuestros hijos no tendría ahora ningún remilgo por revelarlos. Me ha hecho reflexionar incluso en las veces en que nosotras mismas hemos obviado que nuestra madre, además de madre, era hija, esposa, amiga o amante, y que sus sentimientos y su forma de vivir esas relaciones no solo eran distintas a las que mantenían con nosotras, sino que además desconocíamos sus detalles por no haber estado presente en sus círculos cuando actuaban como tales. Y muchas de esas facetas, al igual que ocurre en la novela, las hemos descubierto cuando ya no estaban, cuando hemos dejado de mirar en una sola dirección para conocer las impresiones que de ella tenían quienes también compartieron su vida; afirmaciones -a modo de ejemplo- como que de joven fue una mujer de bandera capaz de levantar pasiones, que era una consejera excelente para todas sus amigas, que tenía un espíritu de sacrificio mudo digno de admirar, que era una confidente extraordinaria, capaz de llevarse los secretos vertidos sobre ella hasta la tumba..., o descubrir que también sentía deseos carnales como cualquiera de nosotras. Revelaciones que nunca se hicieron en su momento por haber sido coartada su libertad de alguna forma o por cuestiones inherentes a la propia educación que se les impartió y que en muchas ocasiones ha levantado un muro de cristal engañoso entre la familia por su aparente transparencia, pero de franqueo imposible por la sólida estructura que siempre tuvo y que no nos dejó llegar hasta el corazón donde dormía oculto más de un secreto. 
   Dicen que en la vida siempre existen segundas oportunidades, pero no siempre es así. Los errores y sucesos del pasado pueden olvidarse, aunque en ciertas ocasiones su peso hace mella en un futuro que, o bien no se construirá de la misma forma, o incluso puede que se desmorone ante algún descubrimiento que haga tambalear las bases sobre las que construimos nuestra vida, como ocurre en Bajo los tilos. Y resultará complicada de recontruir cuando la oportunidad de redimirnos, de pedir perdón, de ofrecer ayuda, de modificar nuestra actitud ya no sea posible. En tal caso, el peso de nuestra conciencia puede resultar una losa demasiado pesada de sobrellevar, aunque el amor por la familia y el deseo ferviente de mantenerla unida a pesar de todo puede ser lo que contribuya con éxito a salvar el escollo, como María José deja patente en su historia. 

   Es esta una novela intimista, ciertamente, cuya lectura me ha resultado pausada, tranquila, tal vez porque María José se recrea en las descripciones para ofrecernos una visión detallada de la forma en que está trazada la vida de María, su protagonista, y de las emociones que van despertándose en ella a medida que se van desvelando indicios de que las cosas no son como parecían, ni su familia es quien aparentaba ser. 
   La intriga de conocer los secretos inconfesables de los que nunca supo, mezclados con las percepciones viscerales y sentimentales de la protagonista son las dos notas que caracterizan la novela, aderezada por una narración de lenguaje sencillo pero muy cuidado, yo diría que más cuidado de lo que aparentemente podría parecer.


   Os dejo la sinopsis, y si os animáis a leerla, podéis encontrarla en Amazon, ahora bajo el sello de Ediciones B.

       Elena fallece en el avión que la traslada de Madrid a Nueva York. Su familia no sabía que había emprendido ese viaje. Elena guardaba un gran secreto.
         Cuando su hija María recibe la trágica noticia, se ve envuelta en una espiral de preguntas sin respuesta. ¿Qué hacía su madre en ese avión?, ¿por qué iba a Nueva York?, ¿por qué no se lo había contado a nadie?... Preguntas que la sumen en una difícil y tenaz búsqueda en el pasado de su madre hasta conocer sus más íntimos, oscuros y dolorosos secretos. 


   



   

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