23 sept 2015

RELATO: «ALGO MÁS QUE UN BUEN AMIGO».

 *Relato ganador del concurso de Post Solidarios convocado
 por la Fundación Mutua Madrileña en 2015*

   El sol nos dio la bienvenida. Me agradaban los días de primavera con sus tardes largas, temperaturas suaves, olor a azahar y algarabía en las calles. Los ancianos lo agradecían. Abandonar por unas horas las estancias cerradas del Centro y disfrutar del aire libre y de los múltiples estímulos visuales y auditivos les hacía bien, aunque a veces parecieran continuar inmersos en su propio mundo. Tres sanitarios los acompañábamos durante su estancia en el parque, sentados bajo los árboles, en los bancos de madera habilitados para tal fin o, en el peor de los casos, en sus sillas de ruedas si no eran capaces de mantener el equilibrio corporal.
   Tras diez años de trabajo en el Centro para enfermos con Demencia todavía seguía maravillándome al observarlos, cada cual con sus obstinaciones, con sus rutinas de seguridad personal, con sus diálogos incoherentes para mí y tan veraces para ellos... Seguían despertando mi ternura y mi satisfacción personal y profesional ante cualquier atisbo de felicidad reflejada en sus rostros o en sus comportamientos, aunque esta se deslizara por sus cuerpos a la velocidad del rayo.
   Los miré a todos para comprobar que estaban cómodos. Para facilitar su relación social, había sentado por parejas a algunos de ellos; a otros, les entregué un pasatiempo con el que entretenerse, y a José, como siempre, lo acomodé frente a la pista deportiva en la que unos chicos solían jugar al fútbol cada tarde. Estaba casi convencida de que le gustaba verlos, un destello aparecía en sus ojos cuando seguía la trayectoria del balón; aunque no podía asegurarlo, apenas había articulado palabra desde que llegó.
   Me aposté sobre un muro bajo de piedra, a no mucha distancia de él, y me entretuve momentáneamente en repasar los informes de la mañana. El impacto de la pelota a escasos metros me asustó, había salido despedida por encima de la valla metálica que bordeaba al campo y había ido a parar a los pies de José. Me recriminé la inconsciencia de haberlo perdido de vista, podría haberlo dañado, y me dispuse igualmente a recriminar a los chicos que jugaran con tal ímpetu ante la cercanía de los mayores. Pero una fuerza me retuvo, me obligó a quedarme quieta cuando vi esbozar a José una sonrisa clara en presencia del esférico, al tiempo que intentaba empujarlo con el pie desde el asiento que ocupaba. El niño llegó corriendo en un claro afán por recuperar lo que era suyo, y se frenó al cogerlo y observar que José estiraba los brazos para agarrarlo también. Por unos segundos sus miradas se cruzaron, el chico con el balón asido por ambas manos y José con sus brazos extendidos, reclamándolo. Parpadeé varias veces sorprendida por la escena y dejé a un lado los papeles para no perder detalle. Sus compañeros de juego, desde la pista, increpaban al chaval para que regresara y reanudara el juego interrumpido. Él los miró un instante y de nuevo giró el rostro hacia José.
   —¿Lo quieres coger? —le preguntó al anciano con desparpajo.
   José no articuló palabra, pero sus ojos abiertos de par en par hablaron por él.
   —¡¡Eh, tú, venga ya, echa la pelota de una vez!! —insistieron, pero el chico esta vez no se dignó a mirarlos—. ¡¿Eres gilipollas o te lo haces?! ¡Que traigas ya la pelota!
   —¡¡A la mierda, el balón es mío y hago con él lo que me da la gana, ¿vale?!! —gritó.
   En otro momento me hubiera sentido tentada a moderar su lenguaje pero no lo hice, no quería distraer su atención. El chico le acercó el balón y José hizo amago de levantarse. Salté de mi asiento para ayudarlo, no me fiaba de que pudiera caer.
   —¡Espera, espera, ya voy yo! —le advertí al pequeño.
   Animé a José a levantarse apoyándose en mis manos y me puse tras él para sujetarlo por la cintura. El chico le tendió el balón y se hizo a un lado, anticipando sus intenciones con habilidad. José agarró la pelota, la hizo girar para poder observarla con detenimiento y la dejó caer en vertical propinándole una patada certera con el empeine que la hizo estamparse contra la valla y volver al lugar en donde estábamos.
   —¡¡Vaya!! —exclamó el niño, sorprendido, con sus negras pupilas dilatadas—. ¡¡¿Eres bueno, ¿eh?, y además, zurdo!!
    —¡Soy futbolista! —masculló José orgulloso, masticando cada sílaba.
   Noté un leve temblor de piernas y una emoción extraña provocada por la consecución de un logro mil veces perseguido: que José hablara. Volví a sentarlo ante la inocente mirada del pequeño.
   —¿Eres futbolista? —le preguntó el chico—. ¿Profesional? Pero tú ya no puedes...
   Le hice una mueca cómplice para evitar que terminara la frase, incitándolo a que siguiera tratándolo como tal. Y él chico supo interpretar mi lenguaje de gestos.
   —¿Cómo te llamas? —le pregunté al chaval de ojos grandes y pelo largo, seguro que a imitación de alguno de sus ídolos.
   —Me llamo Luis, pero me dicen Torres..., como Torres..., el del Atlético de Madrid. Es mi apellido —puntualizó—. ¿Y él?
   —José.
   —¿En qué equipo juegas, José?
   —¡En el Sevilla! —contestó el anciano con lucidez.
   —¡Ostras, ese es un buen equipo! ¿Y de qué juegas? ¿De delantero? ¿O de defensa? Yo soy delantero, me gusta meter goles,  golpeo bien, ¿sabes?, pero sobre todo soy un crack en los regates, me voy de tres y de cuatro sin problema, los dejo más tirados...
   Continuaron hablando durante algo más de media hora. Ante algunas afirmaciones de José, Luis me miraba extrañado, incapaz de comprender por entero la visión que el hombre poseía de sí mismo a sus setenta años de edad. El chico le hizo partícipe de su entusiasmo por el deporte rey y arrancó del anciano recuerdos nítidos de su juventud que me apresuré a anotar para contrastar posteriormente con su familia. De haber tenido una cámara fotográfica habría inmortalizado el semblante y las facciones renovadas de José, me parecía estar ante una persona distinta. 
   El sol comenzó a esconderse y respondí a mis compañeros afirmativamente, debían llevarse adentro a los ancianos, incluyendo a José; empezaba a refrescar.
   —¿Tú cómo te llamas, niño? —le preguntó José antes de marchar.
   —Pero si ya te lo he dicho, me llamo Luis...
   —¿Y cuántos años tienes?
   —Once.
   —¿Y de qué juegas? ¡Ya lo sé —afirmó José—, tienes pinta de portero, ¿a que eres portero?!
   Mercedes, mi compañera, sonrió ante la perplejidad de Luis, y yo aproveché para retener al chico por un instante y hablar a solas con él.
    —¿Qué le pasa? —me preguntó, con cierto rubor en las mejillas—. ¿Ya no se acuerda de lo que le he dicho? Ni mi nombre, ni de qué juego…
   —Así es, no lo recuerda —le contesté con dulzura—. ¿Has oído hablar del Alzheimer, Luis?
   Asintió con la cabeza.
   —Se te olvidan las cosas o algo así..., creo. Pero... no entiendo —concluyó tras permanecer pensativo unos segundos.
   —El qué no entiendes, dime.
   —No se acuerda de mi nombre y sin embargo..., se acuerda de un montón de cosas de cuando jugaba al fútbol..., y de eso hace mucho tiempo. Aunque... tampoco entiendo por qué habla como si fuera joven, ¿es que él no se ve, no ve lo mayor que es?
   Me acomodé en el banco junto a Luis, no tenía prisa por entrar, aclarar sus dudas me pareció importante en aquel momento. Satisfacer el interés de aquel chico por entender el mal de José contribuiría a fomentar su comprensión y su empatía hacia él, y por extensión, su solidaridad. «La educación lo es todo», me recordé, «y también el conocimiento»; despertar conciencia de lo que existe más allá de nuestro entorno inmediato, y de sus carencias, es crucial.
   —Imagina una gran red bajo el mar, con miles y miles de peces en su interior —comencé a explicar a Luis—. Mientras la red esté nueva, todos los peces permanecerán dentro. Pero, ¿qué ocurrirá si alguno de los hilos de la red se rompe y se le hace un agujero mayor?
   —Pues que los peces se escaparán —contestó con determinación.
   —Así es, Luis. Para que lo entiendas, la mente de José, o de cualquier otra persona como tú y como yo, es como una red, todas las células nerviosas de su cerebro están enlazadas unas con otras por una especie de hilos. Y los recuerdos —los de José, los tuyos o los míos— es como si fueran los peces: se quedarán dentro, guardados, si la red no está rota; pero si lo está, escaparán y los perderemos.
   —¿Todos?
   —Bueno…, si la red tiene uno o dos agujeritos, solo se perderán unos cuantos; pero si se van rompiendo más hilos hasta hacerse cientos de agujeros y estos son cada vez más grandes… Y resulta que la red de José... está bastante rota.
   Luis permaneció en silencio durante unos segundos, mirando a la nada, pensativo.
   —¡Oki! Ya me entero —dijo al fin—. Pero…  hay algo que sigo sin entender —rectificó—. ¿Por qué se le olvida mi nombre si se lo acabo de decir y no se le olvidan las cosas que hizo hace tantos años?
   —Tu nombre es como un pececillo recién nacido, acaba de entrar en la red y todavía no ha crecido lo suficiente. Es fácil que consiga escabullirse por cualquier pequeño agujerillo que pueda encontrar. Los recuerdos del fútbol y de su juventud hace mucho que están con él y se han ido haciendo grandes con el paso del tiempo. No escaparon hace años porque la red estaba nueva, impecable, y ahora tampoco pueden hacerlo fácilmente porque al ser tan grandes no caben por los agujeros aún pequeños. Por eso los conserva con él. Pero tarde o temprano, también se irán.
   —¿Sí? —preguntó Luis, con un deje apenado.
   —Sí. Porque la red de José seguirá rompiéndose poco a poco, Luis, hasta que los agujeros sean tan grandes que ya no haya manera de retener nada entre sus hilos.
   El chico bajo la vista, tomando conciencia de lo aquello significaba, sin duda algo nuevo para él.
   —¿Y no se puede arreglar?
   Chasqueé la lengua con pesadumbre.
   —De momento no sabemos muy bien cómo hacerlo. Pero sí intentamos que no siga rompiéndose con facilidad, intentamos que tarde más tiempo en deteriorarse y que José pueda vivir mejor.
   —¿Y eso cómo se hace? —preguntó, mirando y acariciando al balón.
   —Como tú lo has hecho hoy.
   Luis levantó la cabeza con rapidez e inquirió una aclaración con sus ojos. Creo que por un momento se sintió orgulloso de sí mismo. Continué alabándolo.
   —¿Sabes que eres la primera persona que ha conseguido que José hable desde que está aquí, en el Centro? Lo he intentado de mil formas —enfaticé, para hacerlo sentir cómplice—. Tú has conseguido que evoque recuerdos de su juventud, que hable de ellos... Has logrado que esta tarde sea feliz, Luis. Y has sido capaz de conseguirlo tú solo, sin que nadie te dijera cómo.
   —Pero yo... no he hecho nada, solo le di el balón porque pensé que lo quería... —Le tembló la voz.
   —A veces ayudamos sin proponérnoslo. Cualquier detalle, cualquier cosa que hagamos por los demás en cualquier momento puede convertirse en una buena acción. No se necesita mucho para hacer feliz a alguien, al menos por un momento, ni siquiera un gran esfuerzo por nuestra parte. Hay personas tan necesitadas que cualquier ayuda que podamos ofrecerles les hace sentir genial, y no siempre es cuestión de dinero, ¿sabes?, también podemos dar afecto, cariño, amistad…, algo de nuestro trabajo o de nuestro tiempo… ¡Tú actitud hacia José ha sido lo mejor que podía pasarle hoy!
   —¿Por hablar con él? —preguntó con inocencia.
   —Por hablar con él, por dejarle tu pelota, por compartir la pasión que tenéis en común, por dedicarle un poco de tu tiempo... Juegas a diario con tus amigos, ellos te tienen siempre. Renunciar hoy, como lo has hecho, a estar con tus amigos por estar con José ha sido un gran acto de solidaridad por tu parte. José lo necesitaba. Y tú se lo has dado.
   Volvió a acariciar el balón, asimilando mis palabras, tomando conciencia de un acto que él no podía imaginar que alcanzara tal repercusión. Se irguió en el banco, se creció. Su mirada cobró intensidad y se invistió de un brillo especial.
   —Si vuelvo a hablar con él..., otro día..., ¿su red se hará más fuerte, será más difícil que se rompa?
   —Claro que sí. Pero sobre todo..., le harás feliz, estoy segura.
   Se apartó un mechón de pelo que caía sobre su frente, como si intentara despejar su mente.
   —Puedo venir mañana un ratillo antes de que empiece el partido... —dijo sin mirarme, reflexionando en voz alta—, no me cuesta. Y le puedo presentar a alguno de esos —Cabeceó en dirección a la pista donde yacían tumbados sus amigos a la espera paciente de que se dignara a reunirse de nuevo con ellos—. Al Chema, que es portero y le puede enseñar las manazas que tiene. ¡Ese sí que tiene pinta de portero! —exclamó con entusiasmo.
   —Le encantará conocerlo, estoy convencida.
   Luis se levantó despacio, sin saber bien cómo despedirse. Flotaba. Caminaba sobre las puntas de sus pies. Antes de llegar a la pista se giró.
   —¿Hay más como yo? —inquirió con timidez y una pizca de orgullo—. ¿Hay más chicos que... ayudan a otros como José?
   —Se llaman "voluntarios". Sí, hay más. Vienen con frecuencia para dedicar un poco de su tiempo a estas personas, para charlar con ellas, jugar, contarle historias o escuchar las que ellas quieran contar. Pero ninguno es de tu edad. Eres el voluntario más joven del Centro, puedes sentirte orgulloso. Ojalá muchos otros chicos fueran como tú.
   Luis echó a correr sin decirme adiós, levantando el brazo para llamar la atención.
   —¡¡Chema!! ¡Ven, tengo que contarte algo!
   Se me nubló la vista. «No todo está perdido —pensé—, aún quedan corazones nobles, algunos... jóvenes, pero de gran tamaño».

© Pilar Muñoz Álamo - septiembre 2015.
***
   Vivimos en un mundo globalizado, rodeados por cientos o miles de personas con las que “convivimos” o nos cruzamos a diario y de las que nada sabemos. A pesar de formar parte de un amplio colectivo, acabamos comportándonos como individuos aislados, subyugados por una soledad impuesta o buscada, luchando por sobrevivir valiéndonos por nosotros mismos, cuando de estrechar nuestras manos, aunando y compartiendo esfuerzos, todo sería indiscutiblemente más fácil. Nos matan la cultura del tiempo y la de las posesiones, ambas tan valoradas por una sociedad que puede infundirnos todo menos orgullo. Y no reparamos en que el primero se agota y, las segundas, no alimentan los valores espirituales por los que deberíamos seguir luchando a toda costa.
   Pero no todo está perdido. David venció a Goliath.
   Aún existen corazones como el suyo, dispuestos a luchar. Y muchos más que llegarán.

   Gracias a la Fundación Mutua Madrileña por su labor solidaria y por la iniciativa de fomentarla a través del Concurso de Post Solidarios del que este forma parte.

   Más información, a través de su página web www.premiosvoluntariado.com.



18 sept 2015

MICRORRELATO: "AMOR VERDADERO".


Él acerca su mano a la de ella y se entrecruzan. Su dedo pulgar oscila de un lado a otro, dibujándole en el dorso una caricia suave que ella reconoce, haciéndola sonreír. La luz inunda sus ojos, irradiando destellos que no han perdido su intensidad aunque nazcan de unas pupilas cansadas, castigadas por el paso de los años. Él los acoge y los acuna en su alma, en su corazón debilitado del que tanto presume por no lucir arrugas como las que surcan su rostro. Callan. No precisan palabras para entenderse. Sus miradas lo dicen todo. La ternura les endulza el aire que respiran, que comparten desde hace más de medio siglo como tantas otras cosas. Ella posa su cabeza sobre el hombro de él. Y él la abraza. Miran al horizonte con sosiego envidiable, con la calma que brinda una soledad ausente. Nada los perturba. Nadie se inmiscuye en su burbuja de amor, de la que son protagonistas exclusivos cada día, cada minuto, cada segundo. Cierran los ojos y esperan que el tiempo pase. Entregándose uno a otro como siempre hicieron. Antes, con la carne; ahora, con su alma convertida en una. El mundo se reduce a ellos. El universo es una nimiedad comparado con la inmensidad de lo que sienten.
Yo, observándolos, me respondo por primera vez a la eterna pregunta de si el amor verdadero existe. Y lo hago con el profundo anhelo de encontrar a quien pasados algunos años sea capaz de iluminar mi vida con solo mirarme. Al igual que yo a él. Al igual que ellos.
Pilar Muñoz Álamo - septiembre 2015.

14 sept 2015

MICRORRELATO: "TARDE".

 
    Llegué tarde a tu vida. Mi reloj quedó parado y calculé mal el tiempo. Horas vacías..., días vacíos..., apeada de una rueda que tú jamás perdiste. Te vi pasar. Rayos de sol pincelaron tu cuerpo y extendí mi mano para alcanzarte. Pero tu piel resbaló entre mis dedos y volví a quedar varada en puerto sin saber qué hacer. Si echar a correr... Si gritarte. Si reclamarte a mi lado atendiendo a la llamada de un corazón que me ordenaba descerebrado. Mi clamor interno y mudo te hizo girar el rostro. Tus ojos besaron los míos... y tus pupilas libaron mi boca como miel de abejas. Derramé un suspiro al aire y lo vestí de menta y canela para atraparte. Pero tu mano no abandonó su cintura, tus dedos no cesaron de acariciar su espalda ni murieron tus pasos para volver atrás... Para venir a mí.
    Ella te alcanzó primero. Yo llegué tarde. Pero el amor no muere a pesar del tiempo. No envejece. Rejuvenece y se hace más fuerte mientras te alejas. Esperando. Esperando a que la rueda gire y... tal vez, solo tal vez, de nuevo pases frente a mí.


Pilar Muñoz Álamo - septiembre 2015.

11 sept 2015

CHARLA CON LA ESCRITORA MARÍA JOSÉ MORENO.


MARÍA JOSÉ MORENO (1958) nació en Córdoba (España), donde reside. Escritora, psiquiatra y profesora titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Córdoba, se inició en el ámbito de las publicaciones con artículos científicos y libros en el campo de la Psiquiatría. En el año 2010 quedó finalista en el Certamen de Novela por entregas (ediciones Fergutson) con su novela «Vida y milagros de un ex». Publicada en 2011 en formato eBook, consiguió más de cuarenta mil descargas. Actualmente está a la venta bajo el sello B de Books. En 2012 publicó «Bajo los tilos», novela de corte intimista que estuvo más de un año en los top de ventas de las plataformas digitales más importantes y que Vergara (Ediciones B) publicó en papel en enero de 2014.



   Bienvenida a esta casa, María José, es un placer tenerte aquí.

   El próximo lunes, 14 de septiembre de 2015, será sin duda una fecha muy señalada. La caricia de Tánatos se vestirá de gala para presentarse en sociedad con traje y padrinos nuevos, después de que viera la luz en digital, hace ya dos años y medio, de la mano de El desván de la memoria. Esta vez lo hace bajo el sello editorial de Off Versátil, en papel, con portada nueva y revisada. ¿Por qué revisada? ¿Por directrices de la editorial o por esa autoexigencia de escritora perfeccionista que sé que tienes? :)

    La editorial no ha tenido nada que ver. Antes de que ellos apostaran por publicarla yo había decidido revisarla, en parte por sugerencias de los lectores y también por la distancia que ya tenía desde su publicación por primera vez. Cuando publicas en digital tienes la posibilidad de revisar las veces que quieras y lo que parece una ventaja llega a convertirse en un castigo, si como dices, uno tiene una vena perfeccionista, jajaja.

    Por eso hay escritores que dicen no volver a leer sus novelas una vez publicadas, supongo que para evitar ese deseo de modificar algo a posteriori. Pero no deja de ser una ventaja del formato digital el poder subsanar al menos esas erratas o errores involuntarios que se detectan cuando una novela ya ha sido editada, aunque suponga un castigo, como tú apuntas :)
   Has dicho que algunas de esas revisiones las has hecho atendiendo a ciertas sugerencias de los lectores. Yo sigo tu trayectoria desde hace tiempo, y hay algo que no he dejado de preguntarme en mi afán continuo de entender cómo funciona este mundillo literario y, precisamente, la mente de los lectores. A ver..., publicas tu novela Bajo los tilos en 2012 y consigues con ella posicionarte en el nº 1 del Top 100 de Amazon y mantenerte en esos primeros puestos durante bastante tiempo, contabilizando más de diez mil descargas en digital. Eso implica un gran número de lectores acercándose a ti, conociendo tu forma de escribir, tu estilo personal y valorándote muy positivamente como escritora. Cualquiera pensaría que tal éxito sienta un precedente para que tu siguiente novela goce de la confianza de las lectores casi de forma automática; sin embargo, yo tengo la sensación de que la respuesta con La caricia de Tánatos no fue la esperada. ¿Me equivoco?

   Esto que me preguntas lo he pensado y analizado y mi respuesta es el fruto de ello. Por un lado, cuando publiqué Bajo los Tilos en Amazon en formato digital el azar quiso que se conjuntaran una serie de fenómenos que hicieron que la novela tuviera miles de lectores: Amazon acababa de instalarse en España, favorecía mucho la publicación independiente, la generación kindle se extendió por las redes sociales, estas comenzaban a tener un gran auge e hicieron posible el contacto entre escritores y lectores por lo que el boca oreja funcionaba muy bien. Un año después, éramos muchos más escritores en Amazon, concretamente se había duplicado la cifra y los lectores seguían siendo los mismos. Por otro lado, al ser novelas muy diferentes no podemos hacer una comparación objetiva. Bajo los Tilos es una novela intimista, aunque haya un trasfondo de maldad, la trama mezcla el amor, el odio y la reconciliación sobre la base de un secreto y eso funciona muy bien. La caricia de Tánatos es una novela de trama más complicada, donde los personajes se nos muestran en su forma real de ser, con sus defectos y virtudes y donde la presencia de un maltratador le da unos tintes que a los lectores les cuesta más. La problemática psicológica de fondo en relación con el Mal nos toca muy de cerca. Quizá su público estaría más entre los que les gusta la novela negra en todos sus subgéneros.

    Iba a preguntarte a qué creías que podía deberse, pero ya me has contestado :)
    Yo tengo que hacerte una confesión, María José, aunque después de lo que acabas de apuntar me tranquiliza saber que tal vez no soy la única a la que le ha pasado.  Leí Bajo los tilos hace dos años, siguiendo esa línea de lectura intimista —como tú también la has definido—, relajada y reflexiva que tanto me gustaba y me sigue gustando. Pero cuando vi la sinopsis de La caricia de Tánatos tuve la sensación de no estar preparada en aquel momento para enfrentarme a una lectura de ese tipo, tal vez dejándome llevar por esos "prejuicios" que anticipan lo que vamos a encontrar en una trama, aunque nos equivoquemos. Por lo que has comentado antes y por mi propia experiencia, deduzco pues que hay lectores a los que les "asusta" enfrentarse a determinados temas en la ficción. Pero suponiendo que esto no sea así, ¿tú crees que de todas formas los lectores se acomodan leyendo determinadas temáticas o un género con el que se sienten a gusto y rehúyen cambiar a otro, aunque sepan de antemano que quien lo ha escrito es una garantía de calidad literaria?

   Hay lectores de casi cualquier género, como yo (menos terror y ciencia ficción, jajaja). Otros son fieles a la novela romántica, de zombis o novela negra y no salen de ahí; creo que estos casos son lo menos. A la mayoría de los lectores les gusta una novela buena, que los sumerja en sus páginas y no puedan dejar de leerla, que se acuesten y sigan recordando la novela. Además la ventaja que tiene La Caricia de Tánatos es que es poco sangrienta aunque sí muy real. Juega con el Mal que está a nuestro lado, el que de verdad hace daño, el que puede matar a cualquier currito de a pie. Pero también plantea otras subtramas, entre ellas una de corte romántico entre los protagonistas que contrapesa la dureza de algunos capítulos. El thriller psicológico está afianzándose como subgénero porque llega y bien al corazón de los lectores. Cuando lees novelas de este tipo no puedes decir: «Eso solo pasa en las novelas o en las películas», porque te puede pasar a ti vivas donde vivas.

   Hablemos de "imagen". Versatil ha vestido a La caricia de Tánatos con una portada radicalmente distinta. Ya sabemos que el título, la portada y la sinopsis forman un trío más impactante aún que tu Trilogía del Mal, hasta el punto de influir en las ventas —al menos inicialmente— de manera muy significativa. Dándole unas cuantas vueltas al asunto, yo he llegado a la conclusión (corrígeme si me equivoco) de que los escritores os empeñáis en reflejar en portada la esencia de la novela, algún detalle que sirva de referente válido de lo que en ella se cuenta o de su significado; sin embargo, las editoriales juegan con la metáfora, a veces incluso se decantan por una portada agradable a la vista, atrayente, que nada tiene que ver con el contenido de la novela, aunque resulte engañoso para el lector, "marketing" se le llama. Personalmente, creo que la portada antigua de la novela era más simbólica y menos metafórica, pero la estética de la actual conquista a los ojos infinitamente más. ¿Con qué concepto te quedas? ¿Hasta qué punto tener una idea acertada de la trama de una novela a través de su portada es importante, contando con una sinopsis que está expresamente destinada a tal fin?

   La caricia de Tánatos ha tenido tres portadas y una que se quedó en el cajón. La primera, con la que salió hacía hincapié en la tela de araña, que define cómo la maldad se entreteje entre las personas con algún símbolo psicológico, como es una de las láminas del test de Roscharch o test de las manchas de tinta. Como no funcionaba bien en ventas, me sugirieron que la cambiara para hacerla más llamativa respecto a la trama y escogí esa foto de una maniquí (inánime) llorando porque representaba a Marina, la mujer que caía en manos del psicópata y perdía su personalidad hasta el punto de destruirla. La editorial ha optado, como bien dices, por algo más metafórico. Eva Olaya ha hecho un excelente trabajo. Me parece una portada perfecta y de una elegancia extrema que además invita a leer la historia. Una de las bailarinas representa a Mercedes la protagonista en su lucha contra el Mal y por eso presenta distintas posiciones en cada una de las novelas. Respondiendo a tu pregunta concreta, en este momento me decanto por una portada atractiva que haga que el lector se acerque a leer la sinopsis, que a su vez también debe de ser atrayente.

   Ya no te pregunto qué te parece la portada actual, veo que te encanta, jajaja.
   Hay autores que son referentes de la novela romántica, otros lo son de la novela intimista, histórica o, también, de la novela negra. Escribir, puede escribirse en distintos géneros, pero parece que los lectores tenemos tendencia a encajar a cada escritor en uno concreto y confiamos mucho más en el éxito de su novela cuando su temática se encuadra dentro de ese género. Según tú misma y según percibes de los lectores, ¿dónde encaja María José Moreno?

   Creo que no me encajan en ningún género concreto porque ni yo lo hago. Me lo pregunto a menudo pero aún no he obtenido respuesta. En cuanto lo sepa serás la primera en conocerlo.

   De acuerdo, espero a la exclusiva entonces, jajaja.
   De la imagen pasemos al fondo, a la novela en sí: La caricia de Tánatos ha sido presentada como un thriller psicológico, pero eso no es una novedad, ya se habló de ella en esos términos cuando salió publicada con El desván de la memoria con el fin de diferenciarla de la novela negra típica. Un thriller psicológico desarrollado bajo la pluma de una escritora que es psiquiatra de profesión ofrece una garantía de verosimilitud en su trama, de estar respaldada por un conocimiento profundo del tema que puede suplir perfectamente a la mejor documentación. ¿Este aspecto ha jugado a tu favor para que los lectores confíen en la novela? ¿O crees que han tomado como referente únicamente tu forma de escribir?

   Sin duda el que sea psiquiatra ha favorecido el curso de esta novela. Como bien dices lo lectores saben que lo que leen aunque sea ficción es el resultado de casi treinta años de experiencia profesional. También, el cómo está contado. Es decir, de una manera que les es fácil de entender, les hace identificarse con algunos de los protagonistas y tumbarse incluso en ese diván de Mercedes donde transcurre parte de la novela.

   Yo tengo que decir —si no lo he dicho ya— que lamento profundamente no haberla leído antes, porque la novela, empleando el argot de los lectores, me la "bebí" en nada y menos de tiempo. Juegas con las palabras como quieres, manejas el lenguaje y sus herramientas a placer, eres tan capaz de crear una narrativa pausada, relajante e intimista como imprimirle la celeridad y la tensión propia de una novela de intriga que no te permite dejar de leer. No quiero definir a La caricia de Tánatos como una simple novela de intriga, porque es mucho más. Dime tú qué la diferencia de una novela negra convencional.

  No hay asesinos en serie, ni asesinos al uso, ni policías, ni FBI, ni detectives con gabardina alcoholizados pero muy agudos. Los protagonistas de esta novela son gente corriente como nuestros vecinos, la chica que nos vende un piso, el camarero que nos sirve una cerveza, el que nos hace un seguro..., que intentan sobrevivir en un mundo en el que el Mal convive con nosotros y que mantiene una lucha continua con el Bien aunque no seamos conscientes de ello. A personas, marcadas por su infancia —como todos— a las que la vida les va más o menos bien, de pronto se les pone todo patas arriba.

   Patas arriba me has puesto tú el estómago en más de un momento durante su lectura, pero no porque haya encontrado descripciones escabrosas y desagradables, como sucede en muchas novelas con crímenes o asesinatos de fondo, sino porque, efectivamente, he reconocido situaciones temerosas que podrían darse en nuestra vida real; ese encuentro con el Mal lo he visto mucho más factible de suceder que el hecho en sí de verme envuelta en algún crimen o situación similar, como tú ya has expuesto antes. Esa "cercanía", además de provocar una mayor inquietud, ¿aumenta el atractivo de la novela de cara al lector? ¿En qué casos crees tú que podría convertirse —por el contrario— en un hándicap para que sea leída, si es que los hay? 

   Como te decía antes, cada vez está teniendo más éxito este tipo de novelas por lo que tú comentas. Las reconocemos como más cercanas y posibles. Por regla general no tiene que ser rechazada por el lector por esa cualidad, aunque es verdad que en personas que tengan problemas personales del tipo de los reflejados en la novela y de los que no son conscientes, les pueda provocar cierto rechazo. Si eso ocurriera, sería un dato importante para darse cuenta de que tienen problemas y solicitar ayuda.

   De esto último, precisamente, quería yo hablar. Porque hay otro elemento que a mí me gustaría destacar de La caricia de Tánatos y es el hecho de centrar una parte de la trama en el maltrato psicológico, en el origen, desarrollo y consecuencias de una relación altamente tóxica en la que la manipulación psicológica alcanza su máximo exponente. Y me parece particularmente interesante la manera en que lo muestras, porque lo haces a tres voces: la del propio maltratador, la de la víctima inocente e ignorante y la de Mercedes, la psiquiatra que atiende a Marina (la víctima) y que advierte el riesgo y el peligro al que su paciente se va exponiendo de manera progresiva. Tampoco expones el tema de cara al lector de la misma forma en que suele abordarse esta temática en novelas intimistas —que a veces parecen emular a los libros de autoayuda— sino imprimiéndole ese carácter de thriller del que venimos hablando hasta ahora y que la hace mucho más atrayente, bajo mi punto de vista. Y yo ahora te pregunto, María José, ¿cuál es realmente la razón que te ha llevado a elegir el maltrato psicológico, a manos de un psicópata, como trama principal en La caricia de Tánatos?  ¿Prima el thriller como género por encima de la temática, o en el fondo buscabas abordar este tema con fines didácticos aunque lo hayas disfrazado de novela negra?

   El maltrato es un tema complicado y aún más el psicológico. El físico es objetivo y se lleva trabajando muchos años sobre él para que se denuncie y se han creado muchas plataformas para las víctimas. El psicológico es difícil de comprobar por lo que se pone en tela de juicio con frecuencia y más si este maltrato es llevado a cabo por «lobos disfrazados de corderos», como es Marcos, el psicópata. La denuncia ni siquiera es posible porque nadie entendería que una persona tan educada, servicial, cuidadosa, que te quiere tanto pueda hacerte daño. Creo que la víctima de maltrato psicológico está sola, sola, ante esa situación de la que no es capaz de salir, por su propia manera de ser (personalidad dependiente), y le puede llevar a extremos insospechados. Cuando escogí este tema auné que fuera una novela atrayente pero que sirviera para que las mujeres abrieran los ojos ante esos «encantadores de serpientes» tan dañinos y malvados.
   Me gustaría aclarar que aunque en este caso escogí que fuera una mujer la maltratada para el desarrollo de la trama, el maltrato psicológico es el que realiza con frecuencia la mujer sobre el hombre.

   Me vas a perdonar que te haga esta pregunta, pero me resulta inevitable :). Tú eres psiquiatra de profesión, Mercedes (la protagonista) es psicóloga; ambas estáis muy familiarizadas con las  patologías que giran en torno a los trastornos de personalidad; las dos vivís en Córdoba y, muy probablemente, pasearéis por los mismos lugares e incluso tendréis un estilo de vida parecido como consecuencia de vuestra común actividad profesional. María José…, tú no serás Mercedes, ¿no? :) ¿Cuánto hay de ti en tu personaje?

   No soy Mercedes, jajaja. En lo personal hay poco de mí en ella, pero en lo profesional mucho. Desde la imagen de su despacho hasta las sesiones de terapia está escrito desde mi saber y actuar profesionalmente.

    Ya me parecía a mí que algo había...,jajaja.
    Ediciones Versátil no se limita a publicar La caricia de Tánatos, también ha comprado los derechos de la segunda y tercera parte de lo que ha sido bautizado como la Trilogía del Mal, una apuesta muy atractiva por lo que he podido ver hasta ahora; primero, porque tu formación profesional te aporta bagaje suficiente como para construir tramas numerosas e interesantes en torno al tema; segundo, porque ya he podido comprobar cómo te desenvuelves en este género, y a nivel narrativo, de construcción de trama y también de personajes has demostrado tener solvencia suficiente, dominas el estilo y los elementos propios del thriller; y tercero, porque percibo en la apuesta de Versátil una seriedad y una calidad profesional superior a la mostrada por otras editoriales actuales de su mismo nivel. ¿Cuál es tu impresión con respecto a este último punto? ¿Qué expectativas te has forjado tú a raíz de tu relación con Versátil editorial?

   La caricia de Tánatos siempre la concebí como la primera de una Trilogía sobre el Mal. Cuando escribí la segunda, tuve una oferta de otra editorial pero no me convenció y decidí publicarla por mi cuenta en Amazon. Por medio, el interés de un bloguero hacia la novela, Francisco Portela, me puso en contacto con ediciones Versátil. Les envié las dos novelas y estuvieron valorando diversas posibilidades hasta que decidieron publicar la trilogía completa comenzando por la primera, pero con fechas de salida de la segunda y tercera en el 2016.  Les gustó mucho el proyecto y están muy ilusionados con él, lo mismo que yo. Espero que se venda bien y llegue a muchos lectores. El contacto con mis editoras es muy cercano y fácil y se están volcando tanto en la novela como en mí, lo que me resulta diferente de otras veces que he publicado con editorial en papel.

   Volviendo un momento a mi planteamiento anterior, al hablar de “trilogía” me asalta otra duda que, además, sería muy interesante que aclararas de cara a todos tus potenciales lectores. Tú y yo sabemos que a muchos de ellos no les gustan los finales abiertos y menos aún, tener que esperar a la siguiente entrega para cerrar los distintos hilos que discurren por la trama; eso les hace ser reacios a iniciar una trilogía, máxime cuando las siguientes novelas todavía no han visto la luz. Sin embargo, La caricia de Tánatos no queda expresamente abierta, no se hace necesario esperar a la siguiente entrega para que el final resulte satisfactorio. ¿Hablamos entonces de una trilogía con novelas autoconclusivas? Si es así, ¿por qué “La trilogía del Mal” y no tres novelas independientes y completamente distintas? ¿Cuál es su nexo de unión?

   En efecto, cada novela es autoconclusiva  en su trama principal referida a un aspecto concreto del Mal y se pueden leer de manera independiente. Lo que hizo que fuera una trilogía es porque  además de que se mantienen los personajes principales, hay una subtrama de fondo que se resuelve en la tercera novela. Esto hizo que nos decantáramos por una trilogía en lugar de una serie con un mismo protagonista. No te cuento más. Ahora lo importante es que la lean  y conocer qué piensan de ella mis lectores en papel porque en digital tiene noventa y un comentario en Amazon y casi una media de cinco estrellas ;-)

   Nos dejas con la intriga, jaja. Pero apuesto a que si las entregas siguientes (El poder de la Sombra y La fuerza de Eros) están al mismo nivel que La caricia de Tánatos (que no dudo ni por asomo que lo estarán) veremos triplicado ese firmamento de estrellas en Amazon y fuera de él, seguro :)

   Mil gracias por haberme acompañado, María José, por haber tenido esta charla conmigo y por aclararnos muchos de los entresijos de esta trilogía que auguro que será todo un éxito.

 
Te deseo lo mejor!

***
(La caricia de Tánatos, primera entrega de la Trilogía del Mal, 
estará desde el próximo lunes a la venta en todas las librerías y centros comerciales de España.)


24 ago 2015

CHARLA CON LA ESCRITORA MIRIAM BEIZANA VIGO.

Miriam Beizana Vigo nace en A Coruña, el 20 de agosto de 1990, de madrugada.
Administrativa y camarera de profesión. Estudiante de Literatura por la UNED. Ávida lectora y fanática escritora, desde su más tierna infancia escribe relatos, puñados de borradores de novelas y ensayos personales. Sin embargo, es ‘Marafariña’ la primera obra que se decide al fin a auto publicar.

También realiza críticas de cine y literatura en su blog personal: Las mentiras que escribí.
 

  Hola, Miriam! Bienvenida a esta casa, es un placer tenerte aquí.

  No me gustaría comenzar esta charla sin felicitarte por tu ópera prima y por lo que esta significa, a nivel literario y a nivel personal. Me declaro una apasionada de la novela intimista, pero aún más cuando los sentimientos y emociones propios de sus personajes  vienen acompañados de un trasfondo que me sacude, que me incita a pensar, a reflexionar, cuando consiguen remover algo dentro de mí. Y Marafariña me ha removido, y mucho.
   Por cierto, ¿Marafariña existe en la realidad? Porque a mí me ha parecido algo vivo, muy tangible y muy real.

   Antes de nada, Pilar, tengo que agradecerte el haber contado conmigo para esta entrevista, o esta charla literaria o, tal vez, este diálogo íntimo y sincero.
   Sería una estupidez por mi parte decir que Marafariña no existe y también lo sería indicar que tan solo existe una única Marafariña en el universo infinito. En realidad mi Marafariña ficticia es el lugar más realista y auténtico en el que he tenido el placer de estar, donde he echado mis raíces, adherido a su latido por la eternidad. Existen millones de ‘Marafariñas’, la mayor parte particulares. Espesuras verdes, hermosas y vivas, donde muchas mentes inquietas buscan tranquilidad entre sus árboles, sus hojas, el silbido melodioso del viento y la infinidad de ese silencio cargado de sentimientos encontrados.
   Diría que Galicia, mi lugar natal, donde he nacido y crecido, es lo que ha dado lugar a la imaginación de la Marafariña en la que vive Ruth. Pues estas tierras gallegas, tan mágicas, místicas y misteriosas, están llenas de esos lugares verdes y eternos que no terminan nunca pues jamás han tenido inicio.

  Fíjate que no aún no he tenido la suerte de conocer Galicia, pero a la vista de tus descripciones y escuchándote ahora me están entrando unas ganas locas de perderme en ella :).
   Cuando comencé a leer tu novela no sabía que su historia tenía tintes autobiográficos. En un principio no me pareció algo a tener en cuenta, porque creo que la imaginación puede suplir perfectamente a la realidad, pero después de terminarla y de conocer lo que sucede en las vidas de Ruth y Olga me ha parecido que ganaba aún más en verosimilitud al estar escrita con conocimiento de causa. ¿Has sentido en algún momento que el hecho de ser autobiográfica te haya hecho ganar lectores, o ha sido al contrario?

   Al principio, cuando empecé a dar a conocer Marafariña era muy reacia a decir qué se escondía tras ella. De hecho, la primera edición está firmada por mis iniciales ‘M.B.Vigo’ porque mi valentía no era suficiente para que mi nombre completo luciera en su portada.

   Cuando la publiqué y comencé con las campañas de publicidad, sobre todo vía twitter, en ningún momento me atrevía a señalar su faceta de ‘ficción autobiográfica’ porque, en cierta parte, eso me hacía sentir vulnerable y frágil. Además, en un primer momento, no sabía de qué manera iban a reaccionar los lectores que se salían de mi círculo cercano, así que el anonimato me protegía de las críticas fulminantes y personales.
   Pero poco a poco, cuando las primeras opiniones y mensajes me fueron llegando, empecé a liberarme del miedo y a insuflarme de orgullo por haberme atrevido a escribir y publicar esa Marafariña. No es que me volviera valiente de repente, sino que el apoyo de los lectores me hizo pensar que debía dejar de mentirme y acercarles lo que Marafariña es realmente. Creo que cuando al fin me atreví a señalar que se trataba de una historia autobiográfica empecé a suscitar interés en ese aspecto, sí. Morbo, curiosidad, no lo sé. Pero conseguí darle el impulso inicial que tanto necesitaba.

   Me gustaría pensar que es más curiosidad que morbo, creo que ese componente de “verosimilitud” que siempre está en el aire en la ficción se consolida cuando sabemos que la historia tiene buena parte de realidad y es lo que nos incita en mayor medida a conocerla, porque sabemos que la sentiremos como más cercana. De cualquier forma, me alegra que eso haya jugado a favor de ti y de la novela.

   Siempre he sido de la opinión de que hay escritores a quienes les mueve su necesidad de escribir (la mayoría, diría yo) y otros a quienes les mueve su necesidad de contar una historia y sobre todo, lo que esa historia encierra e implica. Dime, ¿cuál de las dos te llevó a escribir Marafariña?

   Mentiría si no dijera que siempre, desde que era niña, he sentido una necesidad de escribir que no he podido retener. La escritura fue mi vía de escape, mi manera de soñar y la que calmaba mis pensamientos, pues siempre fui una cría hartamente sensible y con una gran tendencia a la tristeza. Sentarme a escribir, imaginar y plasmar, hacer que mis personajes sintieran lo que yo sentía me hacía normalizarme y me acariciaba de alivio.
Pero pasó mucho tiempo hasta que Marafariña llegó a ser como es la obra que ahora está publicada en Amazon. Estaba llena de mentiras, de reflejos de la realidad, de historias que encubrían mi propia verdad. En los primeros borradores, Olga era un mero personaje secundario que entorpecía el buen camino de Ruth que amaba a su novio de la infancia. La religión, además, no tenía cabida porque no tenía el coraje suficiente para reflejarlo en Ruth (en mis letras).
   En definitiva, mis historias daban tumbos alrededor de un núcleo que no me atrevía a destapar. Eso me llenaba de vacío y escribir no me liberaba cómo antes. Cuando hace un tiempo (no demasiado) me dije: ‘No, Miriam, no estás contando la historia que quieres contar’ y me dispuse a dejar de auto-censurarme, me di cuenta de que necesitaba escribir la Marafariña real más que cualquier otra cosa.

   Si yo tuviera que elegir una sola palabra para definir lo que me ha suscitado la lectura de esa “Marafariña real” diría que AMOR,  así, con mayúsculas; aunque hay otra que se me quedaría a flor de piel, y es VALENTÍA. Porque en la historia de Ruth  y Olga se combinan dos cuestiones vitales que yo considero muy delicadas de tratar, y sobre todo de vivir: la religión y la homosexualidad. Vamos a hablar un poco de ellas, si te parece.
   En la novela, Ruth ha crecido en el seno de una familia adepta a los Testigos de Jehová, una religión —según tú misma relatas y describes en ella— muy estricta en sus creencias, con unas directrices muy marcadas que hay que seguir de manera prácticamente obligatoria. ¿Qué hay de la libertad personal?, me pregunto.  Al leer la novela he tenido la impresión de que se atentaba demasiado contra la dignidad de Ruth en nombre de la religión, he llegado a sentir, incluso, una especie de claustrofobia al verla encerrada en ella en contra de su voluntad. ¿Cuánto hay en ello de verdad y de ficción?

   Como tan bien señalas, y gracias por haberlo comprendido de forma tan acertada, Marafariña es una especie de camino lleno de escollos para llegar a ese anhelado e imposible AMOR y, de hecho, la VALENTÍA es indispensable para alcanzarlo. Creo que no es necesario que se trate de una relación complicada, ni llena de dificultades, para que ser valiente sea fundamental para atreverse a amar con el corazón abierto.
   Ruth se ha criado en los Testigos de Jehová, bajo el seno de sus padres, que se han abrazado a esa fe por la pérdida prematura de su hijo primogénito Miguel. Hay que tener en cuenta que el dolor que Esther y José soportan es brutal, y la religión que los ha acogido se alimenta de ese sufrimiento y trata de convertirlo en una esperanza radical (la forma en la que, básicamente, se llega al insano fanatismo).
   Conozco cómo funciona esa religión en primera persona y no he querido mentir ni exagerar al respecto. De hecho, ni los padres ni la situación de Ruth es tan extrema como otras que he llegado a conocer (y que a día de hoy todavía existen). Sí que es verdad que Ruth está muy encadenada a esas directrices, y que su entorno la empuja a seguir el camino tan escrupulosamente marcado. Pero también es verdad que Ruth a duras penas intenta oponerse a tal situación y es muy complaciente. Sí, está muy condicionada y es demasiado joven para disfrutar de su independencia, pero creo que le faltaba ferocidad y atrevimiento. El problema de Ruth es que la culpa y el chantaje de Esther, la machacaban de forma que estaba amordazada doblemente.
   Porque este tipo de creencias no solo te ahogan con las normas y las obligaciones sociales (el tiempo empleado en asistir a las reuniones, prepararlas con antelación en casa, asistir a la predicación y demás) sino en la manera de manipular la mente más firme, la forma en clavar agujas con el veneno de la culpa e, incluso, hacer sentir mal a las personas por rozar la felicidad tachándolas de egoístas.

   Me gusta y admiro a quienes luchan por lo que quieren, Miriam, a quienes defienden sus ideales, su forma de sentir y de pensar e intentan vivir su vida fieles a sí mismos y a sus creencias. Me parece algo muy loable siempre y cuando no se le haga daño a los demás. Pero esto último es lo que considero más peliagudo, porque a veces, al defender esa manera de vivir tu vida puedes herir a aquellos a los que más quieres, a los que amas. Ruth se encuentra en esa tesitura siendo aún muy joven. ¿Qué debe prevalecer, ella misma o ellos? ¿Qué siente cuando descubre que está viviendo en contra de sus creencias y qué tiene frente a ella ese muro insalvable formado por su familia y por toda la congregación religiosa? ¿De dónde se sacan las fuerzas para imponer su criterio?

   Brillante pregunta.
   En realidad Ruth no tiene una fe fuerte en Jehová Dios ni en la maravillosa promesa de la salvación. Va a tientas, se tambalea en el umbral, pero su instinto espiritual es muy básico. Tan solo siente esa conexión de ‘adoración’ con el bosque de Marafariña y el influjo de la naturaleza, lo único que le da equilibrio.
   Sin embargo, lleva toda su corta vida intentando abrir su mente y buscar el camino de la creencia y la fe. Busca la forma en la que llegar a Dios, sentirlo y creer en él para que toda esa rutina atosigante le resulte más sencilla. El problema de religiones como la que a Ruth le ha tocado, es que se muestran muy inflexibles con cualquier tipo de conducta que atente contra los principios que consideran universales e inalterables, como es el caso de la homosexualidad. La homosexualidad es vista como algo terminantemente prohibido, no se anuda en comprender al hermano o hermana que ‘lo siente’ y se niega la posibilidad de aceptarlo tal y como es. Esto, por supuesto, deja a muchos miembros de tal Organización en una situación desoladora. Imagínate. Ruth apenas tiene nada más en su vida que sus padres, los hermanos cristianos y su rutina espiritual. Si sale de ahí, se encuentra con un vacío que con diecisiete años es muy difícil de llenar.
   Un miedo atroz es lo que siente Ruth al darse cuenta de que su relación con Jaime no irá a ninguna parte y que su amor por una mujer crece con tanta fuerza que no puede detenerlo aunque ponga todo su empeño en ello. Un miedo fulminante y una culpa sangrante que la bloquea y le impide reaccionar. Las fuerzas que consigue alcanzar para comenzar a oponerse surgen de ese AMOR tan fuerte, sin barreras, que Olga le hace sentir y que es más poderoso que cualquier otra cosa. ¿No es el amor la fuerza que todo lo mueve, que todo lo puede?

   En las buenas personas, en las personas de buen corazón, sí, sin duda. Siempre he dicho que el amor es un déspota, te hace sentir y actuar sin atender a razones, en todas sus facetas, pasional, filial…
   Antes has dicho que —al escribir la novela— en ningún momento has querido mentir ni exagerar en relación al tema de la religión. A colación de esto surge una cuestión que no he dejado de plantearme desde que leí Marafariña. Y es ese dilema que se plantea entre el respeto a los demás y la propia libertad de expresión, la libertad de contar nuestras propias experiencias. ¿Cómo se guarda ese equilibrio? ¿Cómo se mantiene una en el límite? En la novela se narran las vivencias propias de Ruth y las vividas por ella en el seno de su familia y en el de su congregación religiosa. Contar lo que a ella le sucede implica desvelar las creencias, actitudes, el comportamiento y la forma de ser y actuar de quienes han formado parte directa en su vida diaria, y cuando estas no son precisamente dignas de alabar… ¿Te has planteado todo esto a la hora de escribirla o te has dejado llevar sin más?

   La verdad es que no me he planteado en ningún momento el hecho de manchar la imagen de ningún sector religioso, ni tampoco he pretendido hacer una crítica fulminante y gratuita.
   Si me he tomado la libertad de escribir y relatar la verdad sin miedo es porque me estoy limitando a contar algo que yo he vivido, yo he sentido y he conocido de primera mano. Esa manipulación, ese control exhaustivo, esas garras alrededor de la vida que no te permiten soltarte. ¿Acaso no tengo el derecho de contar sobre algo tan real como lo vivido en mis propias carnes?
   También es cierto que no se puede generalizar. Ni todos los Testigos de Jehová responden a la descripción de José y Esther, ni de Ruth, ni todas las Congregaciones son iguales. Son personas con un código moral muy bueno, he conocido a personas llenas de bondad y humildad dentro de esta agrupación religiosa (Cristina es un buen reflejo de ello), cuyas intenciones son desinteresadas y solo buscan hacer el bien. La religión también tiene su cara amable, implanta principios que no se suelta jamás y que agradezco tener en mí. La humildad, la sinceridad, la templanza y la docilidad son características encomiables en cualquier ser humano que se están perdiendo de manera muy rápida.
   Aunque un tiempo atrás fui muy creyente (más de lo que Ruth ha llegado a ser) y ahora no lo sea, quiero seguir respetando algunos de esos principios que creo que son fundamentales en la existencia, no para ningún Dios, sino para una misma.

   Comparto completamente esto último que acabas de decir, creo que hay ciertos principios, llamémosle morales, que deberían formar parte de todos y cada uno de nosotros con independencia de la doctrina religiosa que practiquemos, incluso en el ateísmo.
   ¿Podemos considerar entonces que lo que relatas en Marafariña es la vivencia puntual de Ruth, o podría ser extrapolable a otras muchas mujeres que practican la misma doctrina religiosa?

   Como señalé en otra pregunta, sí que hay muchas otras hermanas (y hermanos) que han vivido situaciones parecidas a Ruth. Incluso otras más drásticas y/o más suaves. Y no solo es la homosexualidad un lastre, sino muchos otros aspectos. El simple hecho de iniciar una relación con otra persona del sexo opuesto que no sea de la Congregación es un auténtico quebradero de cabeza.
   Hay que partir de la base de que los padres (que suelen ser las personas que imponen esas creencias) creen firmemente que si sus hijos siguen las doctrinas bíblicas vivirán para siempre en un paraíso, sin dolor ni enfermedad ni muerte. Esa esperanza es tan real para ellos, tan fuerte, que esa conducta estricta es derivada de los fuertes deseos que tienen de que sus hijos, o las personas a las que quieren, cumplan las Leyes divinas. Por eso sí, lo que Ruth vive es algo que se puede extrapolar a otras muchas personas de la misma religión.

   Entremos de lleno a hablar de amor, de ese sentimiento que mana del corazón y que, para mí, no atiende a sexos, sino —en todo caso— a géneros. Has construido, literariamente hablando, una historia de amor preciosa entre Ruth y Olga y te felicito por ello, porque las relaciones de amor homosexual, por mucha mente abierta que presumamos tener, aún suscitan rechazo en algunos casos y un cierto morbo en otros tantos. Sin embargo, me cuesta pensar que algún lector pueda sentir cualquiera de las dos cosas leyendo Marafariña, por la dulzura, por la sensibilidad y por ese mensaje subliminal de amor puro (como ya decía en mi reseña) que se respira en cada encuentro y en la relación en general. ¿Cómo ha sido para ti escribirla? ¿Qué has sentido ante el reto de desnudar el alma sabiendo (supongo yo) que los lectores podrían ser más jueces que testigos? ¿De dónde has sacado ese tacto para contarla de una forma tan bonita? :)

   Muchas gracias por tus palabras, Pilar.
   No fue fácil, como ya he dicho, tomar la determinación de quitar el velo de mi alma y esculpir las letras necesarias para hacer real algo que, como bien dices, todavía suscita recelo y rechazo por algunas partes de la sociedad (y no necesariamente solo personas religiosas).
   Tal y como los escritores heterosexuales escriben sobre todo tipo de relaciones entre personas de diferente sexo, yo he querido hacerlo con la misma naturalidad, sin caer en el pretexto fácil de: ”¡Qué fuerte, una relación lésbica!”. Lo que he querido desde el primer momento es que cualquier lector, sea cual sea su ideología, se olvidase del matiz de que estábamos ante un romance entre dos chicas y lo sintiera como un amor entre dos personas, que se unen, que se quieren de verdad, que solapan sus almas y persiguen su destino a pesar de todo lo que siembran a su alrededor.
   Escribir la historia de Ruth y Olga ha sido una de las experiencias más hermosas que he vivido nunca. Durante todos los años que estuve haciendo nacer a mis dos niñas, moldeando sus vidas y poniéndome en su piel, he querido crecer con ellas, sentir como ellas, llorar como ellas y reír como ellas. Ahondar en su relación, en su despertar sexual, en su conocimiento, en su aceptación, ha sido toda una experiencia, ya no solo como escritora sino también como persona. Al mismo tiempo que iba haciendo que Ruth y Olga se acercasen más, que eliminasen sus barreras, sentía que yo misma estaba llevando a cabo una evolución personal, que me hacía más fuerte, más decidida y que me aceptaba más a mí misma.
   Sí, claro que me sentía temerosa de los juicios de valor de los lectores, y aún conservo ese miedo. Pero he de decir que de momento no he tenido ningún tipo de rechazo o de queja, tal vez sorpresa (sobre todo por círculos más conocidos que no sabían de esa faceta de mí), pero nadie ha criticado nada. Y eso me hace sentirme muy tranquila y muy aliviada.
   En cuanto a la ternura, me he basado en la forma en la que yo siento el amor. Estamos hablando de una primera relación, esa que se siente en la adolescencia y que se vive como ninguna otra. A esas edades, todavía tenemos fe en todo, todavía creemos en el amor eterno y nos arraigamos a la persona que nos enamoramos de forma obsesiva y casi enfermiza. No existe la maldad, ni las dobleces. Solo ese silencio cargado de amor cuando te tumbas al lado de esa mujer, o ese hombre, que lucha por dejar de ser niño, y quiere experimentar el sentimiento más maravilloso que existe. Creo que en mayor o menos medida todos hemos experimentado esa ternura explosiva en el pecho, esas ganas de llorar de pura conmoción y esa felicidad radiante.

   Llevamos casi todo el tiempo hablando de Ruth, porque tal vez es la que lleva el peso más gravoso en esta historia, pero Olga juega un papel clave, fundamental, al ser el origen y el detonante que hace virar en 180º el camino de Ruth. ¿Cómo es Olga? ¿Qué tiene para producir ese despertar rotundo en su amiga, para abrirle los ojos y hacerla enfrentarse al mundo y a sí misma?

   Olga, y aunque no está bien que yo lo diga, es el personaje del que más orgullosa me siento y con el que siento un vínculo casi real. Me despierta una ternura y una empatía que ni siquiera la propia Ruth ha podido hacerlo. Es pura pasión, puro coraje y pura libertad. Olga no entiende de normas arraigadas, ni de caminos a seguir, ni de coacción. Es como un ave con alas radiantes, que cree que puede hacer lo que quieras, volar, desprenderse y conocer el infinito.
   También siente miedo, también es joven, y conoce muy bien el dolor (la pérdida de su madre ha sido un suceso devastador que su mente no puede asimilar). Está llena de rabia, pero una rabia que odia y de la que anhela desprenderse. Se obceca en sí misma, se cierra, no puede manejar la ira que siente y su raciocinio se golpea contra la realidad creando en ella un difícil desbarajuste personal. Olga es fascinante, y me alegra saber que muchos lectores así lo sienten.
   ¿Cómo consigue embaucar a Ruth? Sin quererlo. Desde la primera vez que se ven en la cena en casa de Ruth, su primer y torpe encuentro, en una situación extraña y difícil para las dos, Olga remueve algo en Ruth que desconocía. A ella también le producía fascinación el color de sus ojos (ese negro como la noche) y la fuerza que irradiaba de ella en forma de dolor. Además, tiene una personalidad muy fuerte, una estética peculiar. Olga no responde a ningún tipo de canon o norma de modas, parece estar muy alejada del mundo real y urbano y, al mismo tiempo, en completa sintonía con él. Ruth siente mucha compasión por ella, pero también una envidia incontrolable y una atracción hasta el momento desconocida. Y lo que termina por forjar ese lazo es la manera en la que Olga la comprende, la adora tal y como es, le otorga esa fascinación y ese amor sin tapujos y sin vergüenza.

   Algo que he notado a lo largo de toda la novela ha sido una especie de necesidad imperiosa por describir con todo detalle esos sentimientos y esas emociones de los que hablas, referidos a la pareja protagonista pero sobre todo a Ruth, no solo lo que sentían, sino lo que las llevaba a actuar de esa forma, a comportarse como tales. Las descripciones no solo son numerosas, también son, en muchos pasajes, viscerales, desgarradoras, escritas con el corazón fuera del cuerpo. ¿Por qué? Es como si al escribir su historia buscaras por encima de todo la empatía del lector, su aceptación, su comprensión absoluta hacia sus vivencias y hacia sus decisiones, ponerlo de parte de Olga y de Ruth de manera incondicional, o esa es la impresión con la que yo me he quedado. ¿Estoy en lo cierto o está motivado por alguna otra cuestión?

   Gracias por señalar eso, Pilar, porque de verdad que era algo que quería plasmar con detalle. No me refiero al hecho de describirlo todo minuciosamente para que el lector entendiera y empatizara (aunque me alegro que eso haya funcionado), sino la esencia de Marafariña y los sentimientos de las protagonistas, de Olga y de Ruth.
   Creo que era muy importante en esta novela ser descriptiva y minuciosa, aunque también es verdad que es algo muy implícito en mi forma de escritura, porque intento abrir al lector un mundo diferente, una Marafariña, una forma de contemplar la vida y una manera de vivir diferente. Era fundamental para mí conseguir hacer llegar al público lo que Marafariña era para mí, cómo yo la sentía, cómo yo la vivía y cómo me transmitía. Y, también, quería que Ruth y Olga llegaran a ser tan reales y estar tan vivas. Tal vez he pecado de tediosa en ciertos pasajes, pero lo cierto es que no me he contenido nada en ese aspecto. Marafariña es infinita, no podía guardarme nada de ella por ahorrarme un puñado de páginas.

   Yo decía al principio que religión y homosexualidad era dos aspectos delicados de tratar y de vivir. Si al hablar de religión hacemos alusión a una doctrina que considera la homosexualidad como una aberración, la cosa se complica en exceso, por lo que entiendo perfectamente por lo que pasa la protagonista (no cuento nada, que no quiero hacer spam). ¿Qué ovarios (con perdón) hay que tener para hacer valer tus propias creencias religiosas o morales y tu verdadera condición sexual al mismo tiempo, estando prácticamente anulada y presa del entorno?

   Existen muchos aspectos de este tema que dan lugar a discusiones extrañas, dependiendo de con quién hables y de su ideología. El problema radica en la manera en la que ‘los hombres’ han hecho uso de la religión, convirtiéndola en un sistema de normas estrictas que ahogan la libertad personal.
   Hay muchos sectores religiosos, sobre todo católicos, que aceptan y conjugan la homosexualidad con la religión, basándose en que Dios es Amor y en que Jesucristo no repudiaba a nadie. Respeto enormemente a este tipo de grupos, y no pretendo de ninguna forma desprestigiar a nadie. Pero cuando tienes cierto conocimiento de las Escrituras Sagradas hay cosas que son imposibles de unir por mucho que una se obceque en tal fin. Como Testigo de Jehová leí la Biblia varias veces y la estudié a fondo, y cuanto más la estudias, más preguntas te haces y más dudas acribillan la fe impoluta. ¿Cómo pretenden que una Organización que aboga que ‘los hombres que se acuestan con hombres no heredarán el reino de los cielos’ sea conjugable con la homosexualidad? Me parece hasta insultante que alguien quiera seguir sintiéndose cercano a ciertas Organizaciones religiosas mientras te dan patadas en el estómago y te repudian personalmente.
   A mí me parece algo que no se puede unir. De hecho, creo que la creencia es poco plausible para cualquier tipo de persona liberal y tolerante en muchos aspectos. Siempre y cuando, claro, estas personas que presumen de ‘fieles’ ‘católicos’ y que llevan crucifijos al cuello, hayan gastado algo de tiempo de su vida en leer las palabras en las que se basa su fe. Lo cual es, en verdad, de lo que se valen estas agrupaciones: la ignorancia y las sombras de lo oculto.

   ¿Habría sido todo más fácil para Ruth y Olga de haberse conocido unos cuantos años después, con mayor madurez?

   Podría darte dos tipos de respuesta, todo dependería de la manera en la que Ruth se hubiera resignado y aceptado su situación a lo largo de los años.
   Es sencillo que, con el tiempo, perdiera cualquier impulso de libertad y simplemente se dejase mecer por sus circunstancias, encontrar el factor cómodo de sentirse parte de un algo, de un grupo que, además, si te mantienes íntegro, eres activo y complaciente, obtendrás la admiración y el ‘cariño’ de todos los hermanos. Añadimos a esto que Ruth carecería de ningún aliciente fuera de ese círculo, no tendría nada de interés en el mundo ‘mundano’.
   Pero también podría darse el caso de que Ruth nunca dejase que esas creencias amordazasen su boca y tapasen sus ojos, y que con el tiempo, al encontrar la suficiente madurez e independencia económica, estallase y abandonase las cadenas que tanto la oprimen. No dejaría de ser un paso difícil, y haría falta mucha valentía para irse y quedarse sola… pero si Olga apareciese en su vida en esas circunstancias, es posible que le resultase más sencillo tomar la iniciativa

   ¿Por qué este título, “Marafariña”? ¿Tan importante es el papel que juega el lugar para ostentar el título de la novela? Aunque escuchándote hablar de ella a lo largo de esta charla, deduzco que sí.

   Marafariña es un nombre al que le tengo un cariño especial. Un día, divagando en una larga clase de historia en la ESO, se me ocurrió. Garabatee esas letras en una hoja cuadriculada y me imaginé ese bosque verde, infinito y libre. Lo más hermoso y puro que vislumbré nunca. Es algo que emplee para muchas cosas: fue mi nickname por los mundos de internet, sobre todo cuando pertenecí a un curioso e íntimo grupo de escritores que a día de hoy siguen refiriéndose a mí como ‘Mara’; fue el lugar en el que se desarrollaron múltiples historias y relatos que escribí desde mi adolescencia; era un nombre al que recurría casi a diario, y me abrazaba. La conexión que sentí con Marafariña me ha acompañado desde muy pronto, y con el tiempo solo se hizo más fuerte.
   Como ya comenté más arriba, esta novela tomó muchas formas y muchos caminos, pero siempre mantuvo su esencia, su telón de fondo, tan silencioso y melódico a la par. Marafariña esconde todo de mí, todo de Ruth y todo de Olga. Sería injusto titular de otra forma la obra que, sin Marafariña, sería difícil que alcanzase ser lo que es ahora.

   Entiendo pues que constituye más un homenaje a lo que ese término significa en tu vida y para ti que al lugar físico que describes en la novela y al que le has dado este nombre…
   Miriam, a mí me ha merecido la pena leer Marafariña. ¿A ti te ha merecido la pena escribirla? ¿Y publicarla?

    Muchas gracias, me alegra que de verdad te haya merecido la pena.
   A mí sí, claro que me ha merecido la pena y mucho más. Me ha reportado más satisfacciones a nivel personal que ninguna otra cosa. Me ha ayudado a mantener mi autoestima que es algo que en ocasiones me cuesta muchísimo. Me ha hecho sentir seguridad, encontrar alivio y espantar fantasmas. También, me ha servido para acercarme más a muchas personas de mi entorno y conocer a gente nueva, como tú, maravillosa.
   Tanto los años que he escrito sus letras, empapándome de su hermosura, ahondando en Ruth y Olga, compartiendo esta historia con gente. Acudiendo a refugiarme en mi Marafariña cuando me encontraba perdida… Siempre ha sido mi aliento de aire fresco, mi propia guía y mi abrazo incondicional. El estar llegando a otras personas, el estar acariciando con mis letras a otros lectores, es mucho más de lo que tan siquiera podría soñar. Me siento radiante en ese sentido.

   Me alegra escucharte decir eso. ¿Has tenido que lidiar con algún aspecto negativo desde que la novela vio la luz?

   Muchos menos de los que habría esperado.
   Me daba miedo la manera en la que reaccionaría mi familia, mis padres, mi hermana, compañeros de trabajo... Más que nada por algunas escenas y algunos aspectos ahí expuestos que, por desgracia, no son agradables y que te hacen verte un poco expuesta.
Sin embargo, la gran mayoría han entendido y aceptado la obra y la han aplaudido. Me ha permitido, como ya dije, acercarme a personas de mi alrededor que al conocer esa faceta de mí han sentido que comprendían muchas cosas. Los aspectos negativos, las críticas o los que se avergüenzan y rechazan la obra, son minoría y prefiero no darle más vueltas a quienes no hacen amago de entenderlo.

   Yo sé que tú estás trabajando en otros proyectos y tú sabes que yo seguiré leyéndote, ¿verdad? :)

   ¡Qué bien! Iba a tomarme un descanso largo después de haber terminado Marafariña porque me había sentido bastante superada al finalizar por toda la tensión acumulada. Pero lo cierto es que no he podido evitarlo.
   Simultáneamente, mientras escribía Marafariña, escribí un ensayo en forma de novela histórica-dramática que se correspondería con la obra que tristemente dejó inacabada Estefanía, la madre de Olga. Durante el verano le he dado los últimos retoques y ya está lista para nacer, ‘Todas las horas mueren’. Es una obra breve pero intensa, que tengo ya muchas ganas de publicar (lo haré en Enero de 2016) y que los lectores de Amazon conozcan otra forma de escribir muy diferente a la que mostré en Marafariña.  Además, fue liberador para mí escribir algo que se desprendiera de los tintes autobiográficos.
   Ahora estoy inmersa en Marafariña Libro Segundo, proyecto que creo que me llevará algunos años pero que estoy acogiendo con muchísimas ganas e ilusión, sobre todo por el apoyo que estoy recibiendo de la gente que ha entrado en Marafariña y de verdad que lo ha disfrutado. Creo que Ruth y Olga se merecen una continuación porque, “¿no es ridícula la idea de no volver a verse?”

   Rosa Montero diría que sí, jaja.

   Gracias por dejar que nos acerquemos a ti, por haber charlado conmigo a corazón abierto y permitirnos que conozcamos a quien ha puesto mucho más que el alma en la construcción de Marafariña. Ha sido un auténtico placer, Miriam.

  Gracias a ti, Pilar, por esta gran entrevista, y por todo tu apoyo en este proyecto.

***

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