Miré a mi alrededor y observé cada detalle, cada suceso, cada experiencia vivida y cuajada de emociones por mis amigas, mis vecinas, mis familiares o cualquier otra mujer desconocida cuyo rostro me hubiera evocado una historia, real o imaginada, pero que de seguro no era descabellada aún siendo inventada. Y las escribí, para que muchas e incluso muchos de vosotros pudieráis sentiros identificados con tales vivencias, para haceros pensar en profundidad en cuanto había acontecido y en la forma en que había acontecido, para obligaros a deteneros y cuestionar si todo aquello que se relata sucede en realidad y por qué, si es de justicia que así sea y si la reacción y la forma de sentir de las protagonistas de cada historia es semejante a la que podríamos haber tenido nosotros.
Y efectivamente, os habéis sentido identificadas con ellas, os habéis reconocido en muchas de ellas y las habéis sentido muy cerca. Pero son de aquí. Todas estas mujeres que protagonizan mis relatos son de aquí, viven dentro de nuestras fronteras. Y aún así, os habéis sentido indignadas, acongojadas, sublevadas, enfadadas o quejosas en ciertos momentos al ser conscientes de que aún nos queda mucho por superar, por avanzar y por conseguir.
Pero el mundo de la mujer no termina a nuestro alrededor. Éste es el nuestro, nuestro mundo, áquel en el que a nosotras nos ha tocado vivir. Es uno de ellos, tan solo uno de ellos. Pero existen otras muchas vidas ahí fuera, al otro lado de nuestros límites, de nuestras fronteras, y basta con observar cómo es su vida en algunos otros lugares no tan lejanos, al otro lado del mar, del desierto, de las montañas... para que tengamos que elevar la vista al cielo y clamar por lo que aún se tolera, por lo que aún se sufre y por las aberraciones que contra las mujeres se cometen. ¡También ellas merecerían ser protagonistas de muchos libros, de muchos relatos que dieran la vuelta al mundo una y otra vez, incesantemente, hasta conseguir que la sensibilización de la opinión pública terminara por defenderlas con tal fuerza que ni gobiernos ni religiones pudieran seguir cerrando el puño que las oprime y que las destruye, día a día, física, moral y psicológicamente.
Esta semana he estado revisando mis correos. Muchos de ellos aún estaban por abrir, a pesar del tiempo. Y he encontrado uno que me ha impactado, no por su novedad, sino porque me ha recordado que nuestra dignidad como mujeres y ante todo como personas está por encima de todo, cosa que muchos parecen olvidar y, en otros casos, hasta regodearse de ello en beneficio propio, para su satisfacción personal.
El vídeo que os muestro tal vez lo hayais visto ya. Gira en torno a la defensa de la erradicación de la ablación o mutilación genital que se practica a las niñas y adolescentes en algunos países para preservar, según defienden, la pureza y la virginidad de éstas hasta el momento del matrimonio -entre otras muchas razones que a mí me parecen absurdas-, una práctica que ha sido considerada mundialmente como una violación fundamental de los derechos humanos, pero que aún se sigue practicando, provocando enfermedad física, mental y hasta la muerte.
Queda mucho camino por recorrer. E incluso muchas vidas anónimas por defender y que se encuentran, actualmente, atrapadas a unos cuantos miles de kilómetros de distancia. O no tantos, quizás.
Fotografía de cabecera: La modelo Waris Dirie, embajadora especial de la ONU, en lucha contra la ablación genital femenina. (Fuente: El Mundo.es)