
Entro en el salón pellizcándome a mí misma en un intento de contenerme, de no saltar a tus brazos para estamparte un beso en los labios delante de todo el mundo, como me apetece hacer; para no gritar, antes de que tú lo sepas, que llevo en mi vientre el latido compartido de tu ser y el mío, como marca indiscutible de nuestra felicidad plena, del comienzo de una vida nueva que acabará por disipar el miedo que ahora siento debido a mi juventud.
Te das la vuelta. Y espero una sonrisa que me atraiga hasta tus brazos. Que me ampare. Que proteja al fruto de mis entrañas y a quien está dispuesta a darte tierra, cielo y luna. Pero el rictus de tus labios le arrebata su lugar y desata un vendaval de emociones que me aterran. Dejo de respirar e interpreto el mensaje en tus ojos con la angustia apostada en los míos. Me ordenan marchar. Largarme de aquel lugar en el que no queda espacio ni amor para una más. Ellas se arremolinan, te tocan, te piropean y te idolatran. Tú repartes besos, caricias, palabras engalanadas... Y tus dedos juegan con sus cabellos mientras les prometes las mismas dulzuras que aquella noche me prometiste a mí...
Los colores se desvanecen y el mundo se hunde bajo mis pies al oírles murmurar, como siempre hicieron. Yo camino erguida sin saber adónde. Bajo las estrellas, tal vez... Para poder llorar.
© Pilar Muñoz Álamo - 2015
precioso
ResponderEliminarPrecioso. Y triste. Y muy real...
ResponderEliminarBesotes!!!