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24 mar 2015

"PEPE PEPINO" de MARIA JOSÉ MORENO.


¡Hola!
Me llamo Pepe Pepino y soy un niño muy especial. Soy de color verde. No tengo la cabeza redonda como tú y vengo de un lugar que está en el cielo muy, muy lejos.
Si quieres saber qué hago en tu planeta, por qué me llamo Pepe o conocer a mis nuevos amigos solo tienes que abrir las páginas de este cuento.
¿Te animas?
Lo pasarás guay.  


   He conocido esta tarde a este personajillo de color verde con carita de buenazo. Si hace unos días terminaba de leer una novela juvenil, hoy he dado unos cuantos pasos más en mi regresión de edad para acercarme a un cuento precioso. Pero no me he vestido de niña. Esta vez me he visto a mí misma sentada en la cama, en el silencio de la noche, con una lamparita encendida y mis dos peques acurrucados junto a mí, uno a cada lado, escuchando cómo les contaba un cuento mientras ellos ponían imágenes a mis palabras gracias a las ilustraciones de sus páginas. Y he lamentado que Pepe Pepino no hubiera caído en mis manos por aquel entonces, porque les habría encantado, se habrían quedado embobados con su semblante despierto, con la forma original de su cabeza y de su cuerpo enjuto y con la belleza de unos dibujos alegres y muy dulces a un mismo tiempo, como si la mano de quien los ha diseñado y pintado desprendiera ternura por todos sus poros. 

   Son pocas las páginas que llenan el cuento, como todos ellos, porque el tedio suele asolar a los más pequeños cuando la historia se extiende en exceso, pero sobre todo porque no es necesario demasiado lenguaje para transmitir un mensaje. Y el que aquí se enconde está bañado de amor, de compasión, de lazos afectivos férreos, de tolerancia, de amistad... 

   Nacemos con la mente como una tabula rasa, sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, sin hábitos ni costumbres, sin conductas aprendidas, solo aquellas instintivas con las que la madre naturaleza nos arroja al mundo para asegurar nuestra supervivencia. Todo lo demás está en nuestras manos, en las manos adultas que darán forma a esas pequeñas mentes repletas de inocencia. Y qué mejor que hacerlo con las herramientas adecuadas, como puede ser un libro que inculque valores, que nos ayude a transmitirles un mensaje deseable que fortalezca su formación y educación.

  Se nota el mimo con el que María José Moreno ha creado este cuento, con el que ha dado vida a un personaje que me resisto a pensar que sólo ha nacido para protagonizar una historia. Creo, personalmente, que la baza fuerte de esta apuesta no está en el cuento en sí, sino en el propio Pepe Pepino y todo lo que puede aportar, con sus anécdotas, con sus experiencias, con sus relaciones afectivas, con su forma de entender la vida y este nuevo planeta en el que acaba de aterrizar. Creo, personalmente, que este debe ser solo el comienzo de otras muchas historias que sirvan de cauce para educar a los niños de la mano amiga de un personaje entrañable de color verde con cabeza de pepino. 

   ¡Felicidades, María José! No todo el mundo es capaz de crear una historia intimista y emotiva, de adentrarse en la mente de un psicópata, de describir experiencias repletas de humor en la vida de un ex y de hacer alarde de una sensibilidad infantil palpable para acercarse con éxito a los más pequeños, como seguro lo harás.  



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10 dic 2012

RELATO: "EN BUSCA DEL MESÍAS"

   ¡Hoy me he despertado tempranito, porque tengo que cumplir una importantísima misión!

Fuente: Tienda de arte - http://www.artelista.com/

   He cogido a mi muñeca Dora, la que tiene el pelo rizado y es de color, como yo, y he saltado despacito por encima de la manta de colores y agujeritos con la que nos arropa mi madre a mis hermanos y a mí por las noches a la hora de dormir.  Oigo llorar a Wanda en la habitación de al lado, pero todos los demás duermen. Los papás ya se han ido a trabajar y hasta la noche no volverán. No podré despedirme del mío, porque si se entera de mi aventura, no me dejará marchar; aunque tampoco sé ahora mismo dónde está. Mi mamá dijo que le habían cambiado su trabajo de lugar y que ahora está muy disgustado, porque esta avenida es muy grande, los coches corren demasiado y el semáforo está tan poco tiempo en color rojo que apenas puede vender, y además ¡hasta lo pueden atropellar! Antes repartía muchos pañuelos, arbolitos de colores, de los que huelen bien, y otros adornitos para el coche, pero ahora casi toda la gente le dice que no y muchas veces  ni lo miran.
   Pero mi papá no es el único que tiene problemas, yo lo sé, porque me lo dicen mis amigos en el comedor de los curas, cuando vamos toda la familia para almorzar. Denisa, mi amiga rumanita, ya no va al colegio. Sale todas las mañanas con su madre a buscar chatarra, pero ya casi no encuentran, porque han venido muchos desde su país y todos tienen un trabajo igual que ellos. Pero no quieren marcharse. Ella dice que su mamá tuvo más niños para que no los echaran de aquí, porque esto era el paraíso. Podían ir al cole a aprender y aquí los curaban gratis, pero yo no sé si eso es verdad, que esto sea el paraíso, aunque todos se empeñen muchas veces en decirlo.
   Un día le pregunté a mamá por qué vivíamos aquí, en este país llamado España, si todos son blancos menos nosotros. Ella me dijo que para huir del infierno en el que antes estaban, pero yo no lo entendí. Creía que uno iba al infierno cuando se moría, pero ellos aún estaban vivos cuando decidieron venir aquí. Pensando mucho, me dije que entonces ahora debíamos estar en el Cielo, pero yo no lo imagino de esta forma. La profe de religión nos dice que el Cielo es un lugar mágico donde nadie sufre y todos viven en paz y colmados de felicidad, y yo creo que eso no ocurre aquí. Rosi llora casi todas las mañanas. Su mamá es de un país llamado Bolivia, o algo así, y a ella también le dijo que hizo un viaje muy, muy largo porque esto era el paraíso. Pero ahora no la ve. Trabaja cuidando abuelitos en una casa y no puede estar con ella durante toda la semana, tan sólo cuando llega el sábado, y el domingo se tiene que volver a marchar. Pero yo le digo que ella tiene mucha suerte, porque su mamá trabaja calentita en un hogar y como sabe español, cuando la echan de un trabajo, casi siempre encuentra otro; siempre con ancianitos y durante muchas horas, pero al menos tiene un poquito de dinero para  comer y vestir. Así es que yo sigo sin saber dónde se encuentra el paraíso y por eso un día se lo pregunté a Sofía, mi amiga española del cole que antes vestía muy bien, pero que ahora casi siempre va con chandal y con rodilleras de la feas, (que ella odia porque dice que son de niño y antes nunca las llevaba), y me ha dicho que está en Las Bahamas, al menos eso es lo que dice su madre, pero tampoco sé dónde está ese lugar. Estuve a punto de preguntárselo a alguno de los niños nuevos que ahora van al comedor,  con unos padres muy bien vestidos que yo no había visto nunca antes, pero no me atreví, me miraban con recelo, como si yo fuera un bicho raro o algo así; aunque ahora también ellos van allí, así es no deben de ser mejores que yo, eso dice mi mamá.
   Un día les escuché hablar de el Salvador, ese hombre famoso que manda ahora en nuestro país, creo. Decían que les había engañado, que prometió venir a salvarnos a todos de lo malo que antes había hecho otro, pero que estaba “hundiendo el país”. Yo miré en el suelo y en la calle y me pareció que todo estaba igual de llanito que siempre, pero no les pregunté por qué. Y también les escuché decir que todo acabaría destruído si no aparecía un nuevo Mesías que nos trajera paz y mucha prosperidad, porque pronto nadie tendría ya para comer. Y yo me preocupé, así es que he decidido ir a buscarlo. La profe de religión siempre dice que El Mesías no es de este mundo, pero yo creo que sí, que ha decidido volver, al menos yo eso creo, porque un hombre tan famoso como San José salía antes por la tele predicando y diciendo que se iba a arreglar todo, como si fuera un profeta de los que salen en la Biblia, y además..., creo que hasta tenían el mismo oficio los dos. Aunque... ¿San José era zapatero... o era carpintero...?
   He guardado en mi mochila unas botellas de agua, algo de comer y una rebeca por si hace frío. Sé que vendrá al mundo el 24 de diciembre y tengo que llegar la primera para traerlo hasta aquí nada más nacer. Porque Rosi, Denisa y yo ya no queremos viajar más, queremos quedarnos aquí. Y mis amigos del cole -Ruben, que ahora vive con sus abuelos todos juntos en la misma casa porque un señor banquero se quedó la suya; María, que antes me daba toda su ropa cuando ya estaba un poquito gastada y ahora lleva puesta la de su prima, que es dos años mayor; Ernesto, el que tenía antes ese coche tan grandote y tan bonito y que ahora siempre viene en bici al cole con su papá...- todos esos, tampoco se quieren marchar. ¡Así es que yo seré la salvadora, yo iré en busca de El Mesías! Pero antes de partir, miraré un ratito al cielo a ver si encuentro una estrella muy brillante que me guíe como la de Belén, para que Dora y yo sepamos hacia dónde caminar.
   ¡Vosotros esperadme! Que yo lo traeré de la manita cargado de paz y felicidad. Lo prometo. 
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13 jun 2012

¿QUÉ PUEDE OFRECER UN RELATO?



Dentro del género literario de la narrativa, quienes escribimos cuento o relato corto debemos ser muy conscientes de que, hoy por hoy, la tendencia más generalizada y lo que por tanto goza de mayor aceptación entre los lectores de literatura de ficción es la novela, tal vez por la creencia extendida de que la brevedad de un relato o de un cuento no nos va a permitir adentrarnos de lleno en una historia completa y relativamente detallada, como sí suele ocurrir cuando nos enfrentamos a las más de cien páginas escritas de cualquier novela. Pero yo me atrevería a decir que ¡nada más lejos de la realidad!
Según palabras de Marina Mayoral -novelista y escritora también de relato-, “la novela es como un veneno lento y el cuento, como un navajazo”, dando a entender con ello, según ha sido expuesto ya en algunos otros foros y blogs literarios con los que estoy plenamente de acuerdo, que un cuento debe de ser conciso, pero sin perder por ello la profundidad y una intensidad  que puede conseguirse no solo eliminando todo lo superfluo, todo lo que no aporta algo realmente esencial para la trama, sino sabiendo elegir además las palabras adecuadas y la composición de unas frases que en muchos casos nos permita sugerir, más que decir; que nos permita transmitir y dar a entender muchas más cosas de las que se dicen en realidad, como una forma de economizar al máximo el espacio… pero no la información. Partiendo de estas premisas y teniéndolas muy presentes, a pesar del número reducido de palabras escritas, podemos conseguir recrear, no sólo un pasaje estático de la historia de su protagonista, sino llegar a describir con cierto detalle una serie de acontecimientos que pueden incluso extenderse temporalmente,  y ser capaces de construir además unos personajes bien perfilados y profundos que nos permitan sensibilizarnos con su vivencia, empatizar con ellos y sentirlos incluso muy cercanos a nosotros como lectores.
A mí personalmente, al igual que ya está admitida la distinción entre relatos y microrelatos  para referirnos a aquellos que tan sólo ocupan un par de líneas -pero que son capaces de englobar o de sugerir muchísima información dentro de ellas-,  me gustaría que también estuviera aceptada la posibilidad de hablar de novelas y de “micronovelas”, para poder definir de esta forma el estilo de los cuentos o de los relatos cortos que componen “ELLAS TAMBIÉN VIVEN”.
Cuando yo comencé a escribir los primeros relatos que componen este libro, ni siquiera sabía que acabaría escribiendo un libro. Más que ser yo la que buscara una historia que contar, podría decir que fueron estas historias las que me encontraron a mí cuando me detuve a observar concienzudamente todo lo que sucede a nuestro alrededor, y en particular, cuando me detuve a observar y a analizar muchas de las vivencias y de las experiencias, ¡tan intensas a veces!, de nosotras, las mujeres, en nuestra sociedad actual. En ese mismo instante, tuve muy claro que podía huir sin problema de lo excesivamente fantasioso, de lo histórico, de lo misterioso o de lo exótico…, para centrarme en recrear muchos de los acontecimientos que nos suceden en nuestra vida y en nuestra realidad cotidiana, porque aunque a veces no lo parezca, las mujeres tenemos muchas cosas que contar, muchas experiencias vividas que merece la pena sacar a la luz y compartir con los demás. 
Dieciséis  historias de este tipo, dieciséis vivencias de este tipo, protagonizadas todas ellas por mujeres y contadas de primera mano por ellas mismas, -y con las que más de una o uno de los que ahora leéis esto os sentiríais identificados-, son las que conforman esta recopilación de relatos de ficción; relatos en los que se dan cita las experiencias vitales de todas ellas en nuestra sociedad de hoy, su forma –nuestra forma- particular de percibirlas y de afrontarlas, y todo ese cúmulo intenso de pensamientos, emociones y  sentimientos que nos suele embargar a todas cuando nos tenemos que enfrentar a ese tipo de vivencias:  la historia del ama de casa que se ve abocada a ejercer la prostitución para salvar a su familia de la crisis económica, la mujer casada que se ve envuelta en un conflicto pasional del que no sabe cómo salir, la madre soltera que ha de afrontar en solitario la enfermedad de su hijo pequeño, la trabajadora vulnerable y con escaso sueldo que acaba siendo víctima de un acoso laboral, la cuarentona que ha de enfrentarse a la infidelidad cibernética de su marido, la profesional cualificada e inteligente que ha de elegir entre su prometedora carrera o la maternidad... son algunos ejemplos de estas historias, contadas con detalle en tan sólo unas cuantas páginas de papel. 

Si tuviéramos que catalogar a este libro, podríamos decir que estamos ante literatura realista, pero siempre dentro del género de la narrativa de ficción. “Ellas también viven” no es un libro de autoayuda, ni de corte psicológico o sociológico. Estamos ante relatos literarios de ficción que son, vuelvo a repetir, historias completas con un planteamiento de la trama, un desarrollo de la misma y un final, y que incluyen además, como a mi juicio no podía ser de otra forma, todos esos aspectos propios de las novelas cuales son la intriga, la tensión, la emoción, la incertidumbre o la sorpresa. Porque todos los que somos amantes de la lectura sabemos que, al fin y al cabo, son estos matices los que más nos incitan siempre a seguir leyendo, a seguir pasando páginas para ver al final en lo que termina la historia. Desde aquí te invito a descubrirlas. A dejaros sorprender.  



Y vosotros... ¿sois reacios a leer relatos?
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10 feb 2012

SANT JORDI BLOGUERO. CUENTO: "EL LIBRO Y LA ROSA"


"EL LIBRO Y LA ROSA"


     -¡Apaga la luz y duerme, mañana estarás cansada!
     La voz grave de mi madre volvió a resonar como un eco profundo en mi habitación. La luz tenue de mi cuarto se filtraba a través de las rendijas de la puerta y ese leve resplandor era más que suficiente para velar el sueño ligero con el que me había venido vigilando desde que nací. Yo estaba completamente desvelada. El sopor cálido del verano turbaba un merecido descanso e invitaba a disfrutar del aire del exterior. Abrí la ventana y apagué la luz. Una lengua plateada y reluciente se adentró hasta el fondo, iluminando los más recónditos rincones de la estancia.  Me volví extrañada y pude verla, radiante, pletórica, con su magnífica redondez, a punto de hermanarse con el astro rey en brillo y luminiscencia, copando un cielo estrellado e irisado por sus reflejos. La miré y me sonrió. ¡La luna me sonrió! De pronto, la vi bajar, permitiéndome ver su rostro alegre, insinuante. Un destello luminoso se desprendió y fue a posarse en uno de los estantes que cobijaba mi colección de cuentos infantiles y las letras doradas impresas en el lomo de uno de ellos parecieron resucitar. La miré de nuevo y me guiñó, invitándome a rescatarlo del lugar en el que había estado sepultado durante años.
     No quise encender la luz, el resplandor de la luna a mis espaldas era más que suficiente para dejarme apreciar con sumo detalle las letras estampadas en las hojas de aquel cuento. “El libro y la rosa”. Abrí la portada y allí estaba ella, de nuevo, dibujada en la página primera con el mismo rostro que acababa de mostrarme, inundando de luz las almenas imponentes de un castillo medieval. Me dejé llevar subyugada por una fuerza imposible de definir, y comencé a leer con pausa, refugiándome de nuevo en mi niñez:
      En una noche de abril, los vítores de alegría sobrevolaron el Reino de la Madre Luna. Una nueva princesita, Azahara, acababa de nacer, colmada de parabienes y deseos rebosantes de dicha y felicidad. Era la tercera de tres hermanas, hija del Rey Leonardo y la Reina Sol, su segunda y joven esposa, hermosa como una estrella y de dulce corazón.
     Un suspiro emocionado emanó del Rey cuando se hubo asomado para ver de cerca el rostro angelical de la pequeña. Su belleza lo encandiló. Sus mejillas sonrosadas, su fino pelo rubio, ensortijado, sus profundos ojos claros y una boca perfilada, como una pequeña rosa aún sin abrir, suscitó su alivio y disipó el mayor de sus temores, acumulado desde el día en que un malsano curandero vaticinó su enfermedad. El Reino de la Madre Luna, su tesoro más preciado, debía quedarse a buen recaudo, pero era precisa una boda real para poder ostentar la corona de mando y preveía que tendría que sortear un grave inconveniente si no nacía un vástago varón en el seno de su hogar. Tendría que esperar a que un digno caballero pidiera la mano de alguna de sus hijas, y la belleza ausente de las dos primeras, unido a un carácter huraño e irascible, espantarían sin duda a los posibles pretendientes de todos los alrededores. Con Azahara en el mundo, su Reino estaba salvado. Su rostro sembraría la atracción por doquier,  sólo necesitaría, por su parte, criarla y educarla en la bondad y en la complacencia.
     Y así fue. Azahara creció sumisa y obediente por la estricta educación del Rey Leonardo, sin acertar a comprender por qué sus dos hermanas podían disfrutar de la libertad que a ella le vetaban. Su altanería la sorprendía, pero más aún que su padre no se enfureciera ni las reprendiera por ello. Sin embargo, ella apenas podía alzar la voz, ni actuar según su instinto, ni  contradecir las órdenes de sus padres o de su institutriz. Conforme fueron pasando los años, el brillo en los ojos de Azahara se fue apagando y su corazón marchitando. Y comenzó a llorar, cada vez con más frecuencia, hasta quedarse dormida, noche tras noche, entre las sábanas de seda azul.
       Levanté los ojos del cuento con una ligera congoja oprimiéndome el pecho. ¿Sería verdad? ¿Sería verdad que en aquella época había que atender a la voluntad dictatorial de un padre? “Pobre princesa” –pensé-. “Está atrapada por su propia belleza”.
        Con los ojos lacrimosos, continué leyendo, deseosa de saber lo que vendría a continuación.
        - Estoy atrapada en mi propia belleza –susurró Azahara en sueños.
Me sobresalté.  No creía haber leído aquel cuento, pero tal vez fuera que no lo recordaba. Mi subconsciente debía tener guardados algunos pasajes en un lugar oculto. Recobré la templanza y devolví la vista al libro para seguir leyendo.
          Al cumplir los dieciocho, el Rey Leonardo organizó la fiesta más lujosa que jamás se había vivido, con la única finalidad de buscar para Azahara un esposo digno de ser rey. Los preparativos se prolongaron durante todo un mes. Músicos, artesanos, trovadores, costureras, cocineros…, un sinfín de oficiantes participaron en la preparación del evento, sin faltar los jardineros, imprescindibles para inundar de color y buen aroma los alrededores de palacio.
          Un día, Azahara aprovechó la ausencia de su ama y bajó a pasear por el jardín, surcando los setos atiborrados de flores multicolor y de sutil fragancia. Un chico joven se afanaba en sembrar rosas blancas y amarillas por orden de la Reina Sol; debían ser las que Azahara llevara prendidas en el pelo en el día de su boda. El joven jardinero se levantó al oír de cerca sus pasos, sorprendido por la proximidad de la princesa y su asombrosa belleza. La voz no acertó a salir de su garganta muda. Azahara lo miró y sus ojos quedaron prendados de su guapura fresca y natural. Tenía una mejilla trazada por algunos restos de tierra oscura, un mechón de pelo negro caído sobre la frente, sin llegar a ocultar completamente el profundo color negro de sus ojos, grandes y expresivos, y una angulosa mandíbula aportándole un gesto deliciosamente varonil. El corazón de Azahara saltó y sus mejillas se llenaron de un aterciopelado color rojo. El cruce de miradas bastó por aquel día, pero no por siempre. Azahara durmió aquella noche con una sonrisa en los labios y a la mañana siguiente bajó, de nuevo, desafiando las órdenes paternas de no caminar sola por palacio.
        La conversación se fue alargando y Azahara notó que la vivacidad, la alegría y la ilusión habían vuelto a su vida, hasta que una mañana el Rey Leonardo irrumpió en su aposento con el rostro rígido y la boca prieta.
         - Te han visto en compañía de un vulgar jardinero, ¡y no un día, sino varios! –le gritó. ¡Como osas desafiar mis órdenes! Eres la esperanza de este reino, su prevalencia depende de ti, de tu desposorio con un caballero digno de ser rey. No volverás a salir, te está terminantemente prohibido conversar con nadie a excepción de tu familia, ¿has entendido? La próxima semana será la fiesta de tu compromiso. De ella saldrás comprometida con algún apuesto joven de buena posición. Hasta entonces, te estaré vigilando.
        Azahara comenzó a llorar y yo con ella. La crueldad del rey me parecía injusta y aberrante. Le había partido el corazón y ella no había sido capaz de decir nada, ¿cómo había podido mantener silencio y asumir su destino con aquella resignación?
        Continúe observando aquella página del cuento y su bonita ilustración. Tras horas de llanto desgarrador, Azahara se había quedado dormida.
        - ¿Por qué te resignas, Azahara? ¿Por qué no luchas por lo que quieres? –pregunté en voz alta.
        - Soy bella –me contestó en sueños-. Las mujeres bellas, todas las cosas bellas, están llenas de bondad, no luchan.
        Volví a sobresaltarme, esta vez aún más que la anterior.  ¿Me había contestado?
        - Eso no es cierto –apunté-. Observa una rosa. Es bella, excesivamente bella, y sin embargo, posee grandes espinas para defenderse.
         - ¿Una rosa? –preguntó sin abrir los ojos-.
         Miré la ilustración sin saber lo que estaba pasando. La luna seguía a mi espalda. La miré y me volvió a sonreír. No entendía nada.
        - Las rosas son tan bellas que necesitan defenderse para que no les hagan daño. Todos quieren arrebatarlas de su espacio, aún a riesgo de marchitarlas, tan sólo para satisfacer los deseos de quien las arranca, atraídos por su dulzor, su aroma y su bonita presencia. Pero ellas merecen vivir felices rodeadas de otras flores, merecen disfrutar de su vida con plena libertad. Por eso crean espinas, para no doblegarse fácilmente ante sus enemigos.
         Azahara despertó mirando a su alrededor, confusa, pero fuerte. Se vistió presurosa y se dirigió hasta la puerta. Estaba cerrada bajo llave, pero no perdió la esperanza. Se levantó el vestido y descendió por la ventana ayudándose de las robustas ramas de un árbol y corrió despavorida hasta el jardín. Buscó y buscó a su joven amado, pero no estaba, había sido conducido lejos de palacio por orden imperial. Azahara buscó las rosas, las rosas blancas y amarillas  que aquel chico de nombre desconocido había sembrado para ella y arrancó una de cada color. Su piel se rasgó con sus afiladas espinas, pero no le importó. Se estaban defendiendo, como ella debía de haber hecho desde que nació.
        Subió a su habitación y extrajo un pequeño libro con hojas de pergamino plagadas de lindos poemas de amor y con la sangre que manaba de sus dedos escribió una sucinta misiva entre sus páginas, pidiendo a su amor ser rescatada de las garras de aquel reino. Deshojó las rosas con todo el dolor de su corazón, posando entre sus páginas los pétales blancos y amarillos que servirían para dar razón de que era de ella de quien partía aquella imperiosa llamada.
      Su ama de cría, consciente de su sufrimiento desde el día en que nació, sirvió de mensajera real para hacer llegar el libro y las rosas hasta su destinatario, tan perdidamente enamorado como ella. Alejandro acudió a su llamada, valiente y presuroso, dispuesto a secundar el día en que Azahara decidió, por sí misma, que quería ser feliz.
     Cerré el libro con lágrimas en los ojos, embargada por la emoción y rebosando felicidad. Tenía la sensación de haber cambiado algo, de haber hecho algo por aquella dulce princesa atrapada en un cuento y en su propia vida. Permanecí toda la noche despierta, observando cómo la luna volvía a ascender despacio, pero con una sonrisa plena y deslumbrante, hasta cruzarse con el astro rey que venía a usurparle el sitio con presunción.
      Entonces me di cuenta de la intención de la luna.  Quería que yo conmemorara aquel acto de amor y valentía que Azahara protagonizó, enviando un libro y una rosa con el único fin de hacer saber que la decisión de ser felices en la vida, es nuestra y solo nuestra, y que puede tomarse en cualquier momento y en cualquier lugar. Yo así lo voy a hacer, haciéndolos llegar a un buen amigo o a una buena amiga. ¿Queréis vosotros hacer lo mismo? ¿Queréis secundar esta bonita iniciativa? Cogeros de la mano de KAYENNA, ella os guiará.

Mª del Pilar Muñoz Alamo - 2012


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