30 jun 2018

«SE LLAMABA MANUEL» de VÍCTOR FERNÁNDEZ CORREAS


 SINOPSIS

El cuerpo del joven Manuel Prieto aparece en el Cerro Garabitas de la Casa de Campo de Madrid el día de Nochebuena de 1952. Gonzalo Suárez, inspector de segunda del Cuerpo General de Policía, se hace cargo del caso. Un caso que, sin saberlo, cambiará su vida tal y como la conoce.
El teniente Arturo Saavedra negocia los términos del acuerdo que permitirá a Estados Unidos establecer bases militares en España. Y lo hace por convicción, pero también por interés personal: las negociaciones son la puerta abierta a la nueva vida que ansía por encima de todo.
Marga Uriarte vive con odio. En el pasado coqueteó con el entorno del Partido Comunista de España. Ahora, un viejo conocido le pide ayuda en nombre del partido. Lo que parecía un mero trámite para ganar algo de dinero se convierte en una oportunidad inmejorable para saldar cuentas con su pasado.
Tres historias que se desarrollan en una España en la que, se aseguraba, había empezado a amanecer. Aunque no para todos.



   Hace un par de años me llegó un mensaje de Víctor Fernández Correas. No era el primero que recibía de él ni sería el último, pero este volvía a ser especial, porque venía de nuevo aderezado con literatura y he de reconocer que esos mensajes me encantan; aunque también me asustan, sobre todo cuando a través de ellos no me hacen partícipe, simple y llanamente, de un fragmento de novela o de una pequeña escena para mi deleite, sino que llegan de la mano de una petición concreta que conlleva una cierta responsabilidad por mi parte, literariamente hablando. En esta ocasión, a la media novela anexada al mensaje, Víctor añadía una petición, en apariencia, muy sencilla: «Quiero que me digas si crees que merece la pena seguir escribiendo esta historia». 

   Yo no dije nada en aquel momento. A juzgar por los fragmentos que ya había tenido el privilegio de leer antes —y que me habían encantado—, podría haber aventurado que sí, pero no lo hice, porque me gusta ir siempre con mi verdad por delante, mi honestidad no me permite engañar, ni endulzar el oído de nadie con mentiras piadosas que no ayudan, máxime cuando se trata de amigos, y yo necesitaba comprobar primero cómo él había dispuesto y movido sobre el tablero todas las piezas de la novela para poder ofrecerle mi particular opinión. No, no le dije nada, pero sí que pensé para mí solita: «¡¿Y cuándo algo de lo que tú has escrito no ha merecido la pena, hijo de mi vida?!» :) Cuando acabé, mi respuesta fue clara y contundente, tenía que seguir adelante. Hasta el final. 

   Aquella primera mitad ya auguraba el calibre de novela que ha resultado ser. Ya llevaba el sello propio del autor, que no se conforma con escribir una obra con la que salir del paso. No. El buen hacer literario de Víctor Fernández Correas busca crear una historia interesante, y nada simple, que entremezcla con varios hilos argumentales que le dan solidez a la trama; las sitúa en un espacio temporal histórico amplia y perfectamente documentado; y en un espacio físico que recrea con tal genialidad, que hasta somos capaces de verlo, olerlo, sentirlo, escucharlo... Disfrutarlo y sufrirlo. Con solo unas pinceladas certeras. Porque Víctor juega con las palabras como los grandes pintores con sus pinceles; con apenas unos trazos es capaz de recrear la escena que tiene en mente transmitiéndonos su esencia, el alma, aquello que la caracteriza hasta involucrarnos en ese mismo escenario como si fuéramos testigos directos de cuanto está pasando. Así nos traslada hasta el Madrid de los años cincuenta, de mitad del siglo XX, con una narración que, como bien han dicho otros, tiene tintes costumbristas por los detalles de la época que aporta y que, lejos de sobrar, son bien recibidos para creernos aún más lo que estamos leyendo.

   Cuando ediciones Versátil dijo de incluir «Se llamaba Manuel» en su catálogo de narrativa, y no en Off Versátil —dedicado al thriller y a la novela negra—, lo celebré. Porque esta novela escapa a los límites habituales de este género, y no es una novela policíaca sin más. Hay un asesinato y una investigación a cargo del Cuerpo General de Policía de la época, sí, pero en torno a ella se dan cita otros muchos aspectos que, a mi modo de ver, no solo engrandecen la historia, sino que cobran, incluso, una mayor relevancia que el asesinato en sí, como son la política, el estamento militar con sus propios intereses (interiores y exteriores), las cortapisas y los beneplácitos del Régimen franquista, una visión social centrada en las relaciones humanas, conyugales, económicas y hasta homofóbicas, la venganza, la lucha por la supervivencia, el amor... Todo ello muy bien combinado y repartido en dosis «capitulares» que siempre te dejan con ganas de más por la habilidad con la que el autor maneja el suspense.

   ¿Y de los personajes? ¿Qué deciros de los personajes? Que están bordados, tanto los principales como los secundarios. Son humanos, reales, tangibles, coherentes... Podrán gustarnos o no, podremos empatizar con ellos o no, pero te miran de frente y te plantan cara, no están hechos de humo, sueños idealizados o deseos de ficción. No son planos. Son de carne y hueso, tienen su propio temperamento, alma y corazón, aunque alguno de ellos lo tenga de piedra.

   Marga Uriarte, Gonzalo Suárez, Arturo Saavedra, el Canelita, Escolástica Sainz...

   Todos ellos, y algunos más, desfilarán con sus vidas a lo largo de las 350 páginas de una novela que se nos hace corta; vidas contadas con el estilo narrativo de un escritor que tiene una voz propia inconfundible y que me encanta...

   Una voz «literaria» que deseo, de corazón, que no enmudezca nunca. 

   Felicidades, Víctor. Mucho éxito.
 

25 jun 2018

«AQUELLO QUE FUIMOS». MI NUEVA NOVELA.



   Son incontables las veces en que parecemos tener claro quién es víctima y quién verdugo; a quién hemos de salvar y a quién culpar sin ninguna contemplación, a pesar de contar con elementos mínimos, los que nos brinda el hecho de ser testigos de un único suceso puntual, sin ahondar en nada más. No reparamos entonces en la probable conjunción de ambos papeles, ni siquiera en su alternancia dentro de un mismo ser. Como tampoco reparamos en la triste realidad de que cualquiera de nosotros, y en cualquier momento, puede dejar víctimas a su paso sin pretenderlo, incluso aquel que siempre juró que jamás dañaría a nadie.

  Decisiones. Trascendentes o intrascendentes, cobardes o valientes, que no solo condicionan nuestra vida, sino la de aquellos que habitan a nuestro alrededor. Decisiones y acciones que truncan el camino de los inocentes hasta convertirlos en culpables, para luego enjuiciarlos moral y legalmente como si todo, absolutamente todo, fuera producto exclusivo de su voluntad.

   Pero... ¿en realidad es así?


   Hace algo más de tres años, esta reflexión comenzó a apropiarse de mi pensamiento: la del poder de las decisiones —propias o ajenas— y la interacción con sus consecuencias en un juego de rol en el que víctimas y verdugos podían alternar papeles sin pretenderlo, por desconocimiento, quizás por maldad, por una despiadada presión social o familiar, o incluso por autodefensa o instinto de supervivencia. Decidí entonces, al igual que ya me ha ocurrido otras veces, alimentar el germen de esa idea profunda e interesante para crear una historia en torno a ella, convirtiéndola en novela. En novela de las que me gustan, ficticia y a la vez real, además de atemporal.

   Así nació «Aquello que fuimos».

   Vuelvo con esta novela a esa ficción contemporánea con la que empecé, que plasma la realidad actual, las emociones, los sentimientos, las reflexiones que subyacen a los hechos ficticios que conforman la historia, aunque sin olvidar esos matices literarios en su trama que conquistan al lector, que lo enganchan con su intriga, con sus giros argumentales e incluso con esos debates mentales que nacen a raíz de la actitud de los protagonistas y demás personajes que transitan por la historia.

   Más de un año y medio en escribirla. Y otro tanto para releerla y corregirla de forma incansable hasta dejarla depurada y linda. Una novela compleja de la que me siento orgullosa y para la que hubiera deseado un respaldo editorial que le diera acceso a lectores nuevos, a aquellos que apenas frecuentan las redes ni son adeptos a la tecnología digital, sino a las librerías y demás establecimientos con aroma a papel, que gustan de tocar los libros, ojearlos y hojearlos antes de llevárselos puestos. Pero no ha podido ser, hay puertas que no se abren; pero sí cajones. Los que invitan a darle una oportunidad —aunque sea más pequeña y limitada— a novelas como esta, que merece ser compartida con esos lectores fieles que nunca fallan y a los que todo les debo. Y por qué no, a mis dos protagonistas, que quieren alzar la voz para contar sus vidas con una humanidad plena y con esa fortaleza que aporta la experiencia, el miedo, la superación, el deseo de vivir y, por encima de todo, el deseo de ser feliz.

   Blanca. Fuensanta. Víctor.

   Tres nombres que han estado y vivido conmigo durante mucho tiempo. Que han ido creciendo hasta hacerse grandes, conquistándome con su forma de ser y de actuar. Con su manera de evolucionar.

   Ahora espero que os conquisten a vosotros. Nada me gustaría más.

   El 4 de julio tenéis una cita con ellos.
   Si os apetece.


«NUNCA SUBESTIMES UNA DECISIÓN, POR INSIGNIFICANTE QUE PAREZCA.
EL RUMBO DE TU VIDA PODRÍA DEPENDER DE ELLA.»

30 may 2018

CHARLA CON MIKEL ALVIRA, AUTOR DE «EL COLOR DE LAS MAREAS»


    Hola, Mikel, bienvenido a esta casa.

   Antes de nada, quisiera felicitarte por «El color de las mareas», una novela que me ha encantado por su preciosa historia, su trama, su buenísima narrativa y por la cantidad de reflexiones vertidas en ella, a través de los personajes y de forma directa en esos párrafos independientes que no tienen desperdicio y que he disfrutado muchísimo.
   Quizá porque las reflexiones me pierden y porque el trasfondo de la historia, la psicología de los personajes y las relaciones entre ellos tienen para mi tanta trascendencia como la historia en sí es por lo que he querido centrar esta charla en esos pensamientos que salpican la novela, más que en su argumento. Y también porque me atrae conocer esa faceta tuya de pensador y comunicador tanto como la de escritor.
   Gracias por abrirte y permitirnos conocerte un poco más en este aspecto.

   Gracias a ti por esta oportunidad y, sobre todo, por apoyar con tus palabras las palabras de otros. Siempre he dicho que esto de escribir nos tiene que llevar a tender puentes, a crear lazos. Y no cabe duda de que tú eres una buena creadora de lazos. Estoy encantado.

   Nunca me habían llamado «creadora de lazos», pero me suena muy bien, me gusta, ja, ja.
   La novela comienza con una frase contundente y atractiva: «Se llamaba Beatriz Tussaud y no se casó con el amor de su vida». A un lector actual, esta frase le puede llamar la atención, resultarle atrayente, porque solemos estar convencidos de que la persona con la que nos casamos es y será el amor de nuestra vida. Pero, ¿a un lector de finales del siglo XIX —época en la que esto sucede—, ¿le resultaría extraña esa afirmación?

   Sin duda. La novela arranca en 1898, un momento vertiginoso en España, y se desarrolla a lo largo de las cinco primeras décadas del XX. En aquella época, lo de casarse por amor no se concebía como ahora. Afortunadamente, hemos progresado como sociedad y, aunque quede un largo trecho para que la equidad hombres-mujeres sea real, hemos avanzado respecto a ese punto. Sin ser una novela feminista, la mujer ocupa un lugar importante en el sostenimiento de la trama, con una Beatriz que no se casó con el amor de su vida (o sí; eso, el lector lo descubrirá) pero que luchó siempre por sacar a su familia adelante.

   Amor y pasión no siempre van unidas. Lina no cree en el amor, cree en la pasión. ¿En qué deberíamos creer para tener una buena relación? ¿Cuál de las dos elegirías tú?

    Una relación sana ha de basarse en tres principios, en tres pilares. La Pasión, por supuesto: sin pasión, sin sexo, sin chispa, sin calor, una relación de vuelve un mero contrato entre rutinas, que puede ser satisfactorio en lo organizativo, pero frustrante en lo emocional. Además, el Pasado: una pareja ha de acumular pasado en común, experiencias en común, vivencias compartidas; tanto las sublimes como las cotidianas: compartir tiempo, compartir instantes, compartir tropiezos y alegrías. El pasado no se imposta. Y, por último, Proyecto: esto es, creer en construir algo juntos, y no solo la educación de los hijos, si los hay. He visto familias romperse por no tener un destino común, un proyecto común. Y el proyecto más hermoso es la construcción de cada miembro de la persona autónomamente. Una relación es la suma de dos, sin negar lo particular de cada uno, el crecimiento de cada cual, los momentos individuales, puestos al servicio de un proyecto común.


   Comparto todo lo que dices, sobre todo la importancia de ese proyecto común que marca el futuro y que hace que dos líneas que comenzaron paralelas y muy unidas no terminen separándose. Aunque a veces, cuando entran otros elementos en el terreno de juego... Por ejemplo, otro hombre, como ocurre con Beatriz. Porque hay dos hombres en su vida, Marcel y Daniel.
   En la vida real, ¿se puede amar a dos personas a la vez, Mikel? Y no digo querer, digo amar.

   El amor no conoce límites, más allá de los que nos impone lo cultural. En nuestro caso, la cultura judeocristiana de la que somos herederos nos ha impuesto el límite de la monogamia. Pero el amor, como emoción primaria, desbordante e insondable, es ilimitado.

   Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que en nombre del amor pueden acometerse actos heroicos y también estupideces. ¿Crees que hay veces en que el amor sentido por la otra persona y lo que en su nombre somos capaces de hacer puede llegar a estar reñido con la propia dignidad? ¿Hasta dónde deberían llegar uno y otra?

   Las estupideces por amor, si las comete un poeta, un pirata o un loco, son perdonables y hasta heroicas. Todos deberíamos tener a nuestro lado un Shakespeare que glosara nuestras estupideces, para convertirlas en episodios épicos. Con todo, y por ser práctico, hasta que alguien mute nuestros delirios en gestas bequerianas, lo mejor es mantener la dignidad a buen recaudo. Y ahí tienen mucho que ver los dos fundamentos de la persona: autoconcepto y autoestima. Si los trabajáramos más, el amor y sus consecuencias serían menos tormentosos. 
   Autoestima. La otra gran sufridora en muchos de los fracasos amorosos. Y si estos giran en torno a una misma persona, incluso más. En la novela se dice que «Dos abandonos en una vida son un precio demasiado alto para cualquier corazón». ¿Crees en las segundas oportunidades? ¿Y en las terceras, son posibles?

   La vida es demasiado breve como para andarse con demoras. Solo tenemos una vida y, además, no sabemos cuánto va a durar. Así que concedamos tantas oportunidades como sean necesarias. La existencia no puede ser un cúmulo de oportunidades perdidas sino, al revés, un abanico de oportunidades concedidas. ¡Claro que creo! Porque creo que el ser humano es capaz de evolucionar, cambiar, corregir, avanzar. Es la base de la evolución.

   Yo también creo en ellas, necesité tres para estabilizar mi relación, ja, ja, ja.
   ¿Amor en calma o amor loco? ¿De verdad, toda historia de amor que se precie debería tener un punto de locura, un punto de inconsciencia, por aquello de que el corazón se impone a la razón?

    El amor no es un concepto ni aprehensible ni mensurable ni racionalizable. Con todo, se ha hablado a veces de las fases del amor o de los tipos de amor. No sé cuál es más amor que otro, pero lo cierto es que no es igual el amor del flechazo adolescente que el reposado amor de quien ha compartido una vida. Reivindico con igual fuerza la locura de amor como el amor maduro.

   Hay una cuestión que siempre he sopesado respecto a las infidelidades, y es hasta qué punto podemos hablar de infidelidad sin que haya «cuernos» de por medio. ¿Marcel es infiel por pensar y desear a Beatriz mientras está con otra mujer? Según tú, ¿cuándo se puede hablar de infidelidad?, ¿dónde trazamos la línea?

   La línea la debería poner cada pareja, sin estándares ni prejuicios. El problema es que en muchas parejas se dan por sentados límites que no ha puesto la pareja, sino la cultura. Si se hablara más en la pareja, muchos de esos fantasmas desaparecerían.

   Comunicación. Siempre, comunicación, en todo y para todo, ¿verdad?


   «Huir es de cobardes», suele decirse, y es verdad que casi siempre se tacha la huida como un acto de cobardía. Pero yo a veces pienso que cuando esa huida supone una renuncia en nombre del amor, también demuestra ser, en el fondo, un acto de valentía, porque sabemos que sufriremos y aun así lo hacemos, en ocasiones, por bien del otro. Bajo tu punto de vista, ¿quién demostró ser más valiente, Beatriz o Marcel? (Sin spoilers, ¿eh?)

    Huir no es ni cobardía ni valentía. Huir es un verbo que puede responder a motivaciones totalmente opuestas. No podemos juzgar la acción (huir); mucho menos lo que a alguien le lleva a huir (los motivos). Que cada cual actúe conforme a sus principios y sus convicciones. En este caso, tanto uno como otro actúan de acuerdo con lo que a ellos les mueve y les conmueve. Nada que objetarles, más allá de que la acción nos parezca reprobable o no.

   ¿La mirada es fundamental en el amor? ¿Qué papel juega en él?

    Una mirada es siempre el inicio de una relación. Una mirada literalmente hablando o una mirada como metáfora de una palabra, un gesto, un guiño... Toda historia de amor ha empezado con una mirada, sea como sea.

   Eso iba a apuntarte, que hoy en día cada vez más relaciones comienzan en redes sociales donde no hay un contacto visual en sentido literal, pero es cierto que hay otras maneras de establecer esa complicidad equivalente a la de una mirada.
   Sigamos hablando de relaciones y amor. Siempre me ha llamado la atención la abnegación de las madres, capaces de aceptar o renegar de ese amor por el bien de sus hijos. Muchas cosas han cambiado respecto a la manera de sentir y vivir el amor a lo largo de los años. ¿En este aspecto también? ¿Y en la figura del padre?

    La cultura moldea la personalidad de los individuos, marcando límites y aportando pistas para actuar. De igual manera, la cultura se moldea a partir de los individuos que la viven. Es el huevo y la gallina. Por eso podemos decir que muchas cosas han cambiado, que las madres, como los padres, han modificado su visión de la maternidad-paternidad, precisamente porque la cultura, el marco referencial, ha cambiado; tanto como a la inversa: afortunadamente, ya no estamos en una cultura como la de inicios del XX.

   Ya que hablas de cultura... Dicen que el sexo, el poder y el dinero son los tres pilares que mueven el mundo. ¿En qué lugar queda el amor? Porque está claro que ya…, formando un pack indivisible con el sexo no va, ja, ja, ja.

    Bueno, hemos hablado antes de la pasión, del sexo. No nos referimos solo al amor de pareja, en el que el sexo ha se ser pieza clave. Hay otros tipos de amores, tan sublimes o más, en los que no hay sexo. En la novela se ven: amor filio-paterno, amor entre iguales, amor fraternal... Y, por mucho que se diga, sigo pensando que lo que mueve al mundo quizás sí sea el sexo, el poder y el dinero, pero lo que mueve a la especie es el instinto de supervivencia; instinto que, en el caso del ser humano, necesita del amor para trascender con dignidad.


   Me gusta pensar que sea así, que nos mueva algo mucho más profundo que esta triada de la que siempre se habla, que el «corazón» sea también un buen motor en nuestras vidas. Un motor bueno aunque ¡testarudo! Yo siempre he pensado que a la mente se la puede convencer, pero a él no tanto. ¿Será porque en el fondo no queremos obligarlo, porque sería como morir un poco si le impedimos sentir lo que siente? Suena un poco a paranoia, pero…

   El amor siente. No sé si es algo que reside en el corazón, en el pecho, en el estómago o en el cerebro. Puede condicionarse, limitarse, reeducarse. Es falso que no se le pueda convencer. Claro que se puede. Toda la psicología conductista se basa en ello. Con todo, soy amigo de dar rienda suelta a las emociones porque nunca generan tanto caos, tanto desorden ni tanto dolor como la sociedad cartesiana en la que estamos ha querido hacer creer. Lo dionisíaco se ha descartado a partir de Descartes y eso me da mucha pena.

   «Somos la energía que irradiamos. Somos la voz con la que tendemos puentes, el saludo, la sonrisa». Esta es una afirmación con la que estoy totalmente de acuerdo, siempre he pensado que en gran parte —aunque no en toda—, somos aquello que proyectamos. El problema es que —al igual que ocurre en toda comunicación— el receptor de esa energía la puede interpretar, experimentar o sentir de una u otra manera. ¿Estriba ahí la diferencia, tan grande a veces, entre unas relaciones interpersonales y otras, en que unas sean un éxito y otras un fracaso cuando la persona que irradia esa energía es la misma? ¿O es que esta también cambia según sea el que tiene en frente…?

   Pienso que si actuamos con honestidad, prudencia y tacto, todo es más sencillo. Apartarse de aquellas personas que limitan nuestra energía, nuestro "buen rollo", es esencial para vivir con aceptables dosis de felicidad.

   «Tender puentes», una de tus expresiones más repetidas o que más ocasión he tenido de leerte últimamente.
    A ver, pensemos... Para tender puentes son necesarios, al menos, dos pilares. Uno de ellos lo pones tú. En un mundo aparentemente social pero en el que a la hora de la verdad mucha gente va a lo suyo, ¿las personas con las que te cruzas terminan poniendo ese otro pilar para construir el puente que tú pretendes, Mikel? ¿O pasan?

    Hay mucha gente a quien no le interesa tender un puente conmigo, lo cual es comprensible. No basta con, como dices, que uno de los dos pilares quiera; se necesita el otro. Pero, por fortuna, hay muchas a las que sí les interesa y con ellas es sencillo tenderlos. Ahora bien, los puentes no solo hay que construirlos, luego hay que transitarlos: una carta, un mensaje, una llamada... y, mejor aún, un verse, un mirarse a los ojos. No basta con el contacto; éste ha de ser de calidad. Y la calidad solo se logra con la calidez.

   Yo he puesto el mío para construir un puente contigo, ¿eh?, ja, ja, ja, y estoy encantada.

  ¿Hacia quiénes sientes un interés especial por comunicarte?

   Hacia cualquier persona que tenga inquietud, que se emocione y emocione, que quiera aprender, que se arriesgue, que se entregue sin imposturas. Detesto los avatares; yo soy más de mirarnos a los ojos, como ya he dicho. No tengo patrones. A veces la chispa surge y el contacto se crea, sin forzar nada.

   Leyendo tu novela me ha dado por pensar en lo vulnerables que somos, en cómo un revés de la vida puede acabar con su estabilidad, incluso con ella en cuestión de minutos, después de haber luchado, peleado y hecho lo imposible por mantenerla de la mejor manera posible, sin escatimar esfuerzos. ¿De verdad somos tan frágiles y tan vulnerables como das a entender? ¿Podría ser la época en la que se centra la novela una de las mayores causantes de esa vulnerabilidad? ¿O es porque —literariamente hablando— un cierto punto de tragedia le confiere un atractivo a la ficción que de otra forma no tendría y por eso lo muestras así?

   No creo que en la novela haya más tragedia que en la vida real de estos inicios del XXI. La tragedia o la comedia no lo marcan tanto los acontecimientos como la arquitectura emocional, la actitud, con la que desciframos esos acontecimientos. La vida es vulnerable, sí, efímera, imprevisible. Por mucho que nos empeñemos en programarla, siempre nos sorprende.

   Sí, yo diría que más sorprendente incluso que la ficción, aunque algunos todavía parezcan resistirse a creerlo.

   «Hay personas cuyas vidas son planas, sin matices. Personas que no toman conciencia de la existencia». ¿Hasta qué punto hay que arriesgarse a vivir, Mikel? Aun siendo conscientes de que, como dices en «El color de las mareas», cada instante nos puede marcar el futuro…

   Hay que arriesgarse. Eso no significa vivir locamente, ser imprudente, hacer daño con la justificación de nuestra personalidad o lanzarnos al vacío. Tal vez el mayor riesgo sea vivir conscientemente.


   Me quedo con esta última frase, ya tengo para pensar toda la tarde :)

   ¿Tú también crees que la felicidad se mide en instantes?

    Sí, por supuesto. La felicidad no es un estado estable, es un gas inestable. Y hablo como si supiera algo de química. Quiero decir que la felicidad no es algo que se alcanza sino algo que se construye. Y en esa construcción, los momentos, los instantes, son las piezas. La felicidad supera al placer.

   ¿Y el tiempo? Nos quejamos del tiempo. Que nos asfixia, que nos ahoga; siempre queremos pararlo. Pero yo creo que es esa presión a la que nos somete el tiempo la que nos hace vivir determinados momentos con mayor intensidad y deleite, porque sabemos que tendrán fin y dejaremos de disfrutarlos. ¿A qué puede destinar Mikel Alvira tres minutos de su tiempo que le satisfaga de verdad, intensamente?

   Hay una lista enorme. Podría citar muchas acciones de tres minutos que me satisfacen enormemente. Si tengo que quedarme con algo, una conversación, aunque sea tan corta como de tres minutos.

    ¿Por qué es tan grande el deseo por lo prohibido, lo inalcanzable, lo imposible?

   Porque somos curiosos por naturaleza. La curiosidad nos ha hecho evolucionar como especie. Está ahí, en nuestros genes. Si además se es poeta como yo, permítaseme la broma, va con el oficio.

   Hay un momento en el que Beatriz afirma que los sentimientos pueden doblegarse. ¿Tú también lo crees? Porque yo tengo mis dudas…

   Sí, ya he dicho antes que creo que puede modificarse la conducta. Pueden anularse los sentimientos o crearse artificialmente. Con todo, ojalá viviéramos satisfechos con cómo los gestionamos. Para ello hacen falta altas dosis de madurez emocional y, desgraciadamente, eso ni se entrena ni se cultiva.

   ¡Qué difícil lo pones...! :)

   Hay mentiras que salvan vidas, que evitan males mayores, que provocan restablecimientos emocionales… Pero muchas personas no toleran una mentira, ni siquiera aquellas que llamamos «piadosas». ¿Mentir es pecado, Mikel? ¿Tú perdonarías más de una de las mentiras que afectan a los personajes y a la historia de «El color de las Mareas»?

    Lo del pecado tiene que ver con la tradición cristiana, que se ha basado en el miedo para imponer poder u controlar a las personas. La mentira es tan subjetiva como la verdad. ¿O es que existen verdades absolutas? Perdonar, sin embargo, es un acto sublime que nos dignifica como seres humanos.

   «La tristeza deriva en melancolía y, entonces, como versos malditos, las frases se vuelven profundas y hermosas y las manos crean al dictado de los latidos». ¿Ese estado emocional saca nuestra parte más filosófica, más trascendental? ¿Es en ese estado cuando más sentimos la necesidad de buscar el alma y el corazón de cuanto nos rodea, cuando se buscan porqués con mayor ahínco, cuando somos capaces de emanar poesía sin ser poetas?

    Yo no necesito de la tristeza para crear, para pensar, para reflexionar. Al contrario, la tristeza me paraliza. Sin embargo, confieso que cierta melancolía confiere una escenografía muy dramática para la creación.

   Por cierto, Mikel, ¿además de buen escritor, también eres poeta?

    Ante todo, poeta. Un poeta que escribe novelas. Un poeta que ama. Un poeta que cree. Un poeta que estudia, piensa, recita, duele, ríe, comparte. Sin el Mikel poeta, el Mikel novelista sería solo un contador de historias. Y no hablo de ser poeta como un tejedor de versos sino como alguien cuya actitud es la de encontrar claves para descifrar el mundo y las personas que lo sustentan.


   Después de leerte y, sobre todo, después de escucharte en esta charla no me cabe la menor duda.

   «Las fantasías precipitan estados de ánimo o manifestaciones corporales de la misma manera que las experiencias auténticas». ¿En qué medida vives, sientes o te emocionas con esa fantasía que supone la historia de una novela? ¿Has creado alguna de ellas de una manera particular o especial porque te hubiera gustado vivirla así?

    Quienes creamos, quienes escribimos, tenemos la oportunidad, como quienes leen, le vivir vidas ajenas. Eso es fascinante, sin duda. Yo hago ficción. No pretendo aleccionar ni sentar cátedra; no busco aleccionar ni enseñar. Si acaso, conmover. La ficción, que es la materialización de la fantasía, es una excusa perfecta para ello. Por eso no es tanto de qué habla la novela como de qué podemos hablar con la excusa de la novela.

   Cuánto me identifico con tus palabras, Mikel. «Conmover». Una de mis favoritas en relación con la literatura...
   Podría estar haciéndote preguntas hasta el día del Juicio Final, pero como no es cuestión de publicar una charla por entregas, acabo ya…
   Exprésame con —a lo sumo— tres palabras lo que ha supuesto para ti escribir esta historia.

    Riesgo, convicción, emoción.

   Mil gracias por aceptar mi invitación, Mikel, ha sido un auténtico placer escucharte, de verdad. Te deseo todo el éxito del mundo con estas mareas que, a mí al menos, me han conquistado totalmente.

   Mil gracias a ti. Charlas así son las que hacen que esto cobre sentido; si no, sería solo hacer libros.




7 may 2018

LIBROS Y ESTRELLAS TERRENALES


   Todo evoluciona en la vida del escritor. O al menos, así debería ser. Desde la casilla de salida —o lo que es lo mismo, la posición de novel— hasta el rango de escritor profesional hay todo un trecho que no precisamente se recorre de una manera lineal. En ninguno de sus aspectos. Y aquí hay algo que me resulta particularmente curioso: el grado de ignorancia o desconocimiento del arte de escribir —y de los entresijos del mundo literario— es inversamente proporcional a la aspiración de tocar el cielo con las manos. O a la sensación de que es difícil tocarlo. Así lo percibo yo.

   Ya lo decía Sócrates: «Sólo sé que no sé nada», en contraposición a los perfectos ignorantes que creían saberlo todo. Y es que esto mismo también suele ocurrir en el mundo literario; a medida que un escribiente va convirtiéndose, con sudor, lágrimas, esfuerzo y constancia, en un literato, más lo aborda la sensación de lo mucho que aún le queda por aprender, más alejado ve el cielo estrellado y más menguadas sus posibilidades de gustar a todo el mundo. Paradójicamente, va bajando peldaños del cielo al suelo a medida que adquiere conocimientos y, sobre todo, experiencia. Gana en sensatez y sus miras se amplían. Hasta llegar a un punto en que ya no pretende conquistar el Olimpo (aunque lo siga deseando); se conforma con un puñado de lectores fieles que sepan entender su obra, que sigan enamorados de su forma de escribir y que esperen confiados y pacientes a la siguiente entrega  mientras ellos siguen trabajando por perfeccionar su arte. Tampoco quieren alcanzar el firmamento si ello conlleva el riesgo de perderlo a los dos días; prefieren buscar acomodo en alguna nube baja y acabar formando parte del paisaje, terminar —con el paso de los años— completamente integrados en él.

   Quizás la culpa de ese ansia inicial de grandeza la tengan las mieles de esas carreras meteóricas que, de vez en cuando, saltan a la palestra en forma de best-seller, encumbrando un nombre —o un título— que suena por todas partes y que nos hace obviar que eso supone un algo extraordinario con escasa probabilidad de volver a repetirse. Quizás la culpa de aspirar a lo más alto la tenga el dicho frecuente de que si no hay ventas cuantiosas te morirás de asco sin que nadie te publique, y eso, claro, implica la obligación de gustar a todo Dios. Quizás también tenga parte de culpa el egocentrismo de pensar que somos los mejores, que estamos tocados por la varita divina y que nacimos con un don especial que nos permitirá saltarnos a la torera los sudores por los que pasaron otros para alcanzar la misma meta.

   Seamos francos. A los noveles, les suele —nos suele, metámonos todos— acompañar la ingenuidad, salvo honrosas excepciones; ingenuidad que, entre otras muchas cosas, suele venir acompañada por una especial vulnerabilidad a la crítica. Y aquí es donde entran en juego las estrellas terrenales con sus comentarios adyacentes (si los tienen, que a veces ni eso) colgadas en plataformas de lectura como Goodreads, Amazon o similar. Un firmamento estrellado del que parece depender nuestra vida literaria como quien pende de un arnés a doscientos metros de altura en caída libre, sin darnos cuenta (somos ingenuos, recordad) que la subjetividad impera en gran medida a la hora de concederlas, no solo por cuestiones personales del lector, sino por cuestiones grupales por las que se ven influenciados y que pueden estar o no en lo cierto; sin darnos cuenta de que, al igual que hay buenos y malos escritores, también hay buenos y malos lectores, admitámoslo; sin darnos cuenta de que no es bueno cualquier momento para leer cualquier cosa; o que las experiencias concretas vividas por quien tiene el libro entre las manos influyen en demasía —en bastantes ocasiones— a la hora de considerar y dar mayor o menor credibilidad a una historia. Sin percatarnos de que, en otras tantas ocasiones, desconocer los aspectos formales por los que se rige la escritura —o la construcción de una novela— hace que una obra no pueda valorarse en toda su globalidad, sino única y exclusivamente por las sensaciones que la historia provoca. Y la literatura es mucho más que eso.

   Sí, ya lo sé. «Es que para gustos… colores», «es que estoy en mi derecho de valorar una novela como me parezca, sin más», «es que no tengo por qué saber escribir para decir si una obra me ha parecido buena o no». Estáis en lo cierto. Como lectores podéis —podemos— plasmar vuestra impresión de manera estrellada con total libertad, con o sin comentario (aunque en este último caso de poco ayude al autor de la obra). Pero ahí debe estar el escritor, despojado de su chaqueta de ignorante, iluso o ególatra y revestido de experiencia, sagacidad, humildad y sensatez para aprender a observar el firmamento con conocimiento de causa y con capacidad de análisis, con el fin de apartar aquellas que carecen de fundamentación coherente y mantener las que suponen un juicio crítico acertado de lo que él publicó. Y esto, para bien o para mal. Porque tan engañoso es embriagarse con las estrellas concedidas cuando la obra en realidad no las merece, como considerarla un bodrio por el hecho de no haber sido apreciada por una mayoría cuantiosa de lectores de una plataforma concreta.  Y a la hora de hacer estas consideraciones parece volver a primar la experiencia, la profesionalidad y la capacidad del literato.

   ¿En qué me baso para afirmar esto?
   En un hecho que he venido observando a través del tiempo y que he ido apreciando a medida que conocía más a fondo la manera de obrar de unos escritores y otros: a quienes más les importa este elenco de cielos estrellados es a los autores que comienzan, a los que dan sus primeros pasos, a quienes necesitan de este beneplácito —convertido en dorada valoración numeral— para sentirse seguros en su andadura, como aval de que gustan y de que merece la pena, por tanto, seguir escribiendo; a los que sienten que solo los leerán si los demás se ven contagiados por este despliegue de estrellas gráficas —como única salida—; a quienes la falta de experiencia los hace pensar que no pueden tener detractor alguno si quieren conseguir un nombre en el mundo de la escritura.

   Aquellos otros, cuya solvencia literaria alcanza un nivel aceptable, ya ni los miran. Y si lo hacen, toman en consideración única y exclusivamente aquellos a los que conceden una cierta autoridad.

   Tal vez porque ya han aprendido que no pueden gustar a todo el mundo. Tal vez porque ya han entendido que un simple número jamás podrá equipararse a un puñado de buenas razones.

   Tal vez porque la fuente de la que procede la crítica puede ser tan determinante como la crítica en sí.

15 abr 2018

MICRORRELATO: «HOY TODO IRÁ BIEN»


   Apenas despunta el amanecer. Se escucha el primer trinar de pájaros y, a lo lejos, los sonidos incipientes de una ciudad que despierta. El aroma a café impregna la casa. Una taza humeante, con el mensaje grabado de «Hoy todo irá bien», la espera sobre la encimera. Ella está absorta en sus pensamientos, que divagan adormilados entre recuerdos, los de la noche anterior, tórrida y desbocada. Un albornoz viste su cuerpo, aún mojado; el cabello revuelto, recién cortado, con algún rizo insurgente cayendo sobre su rostro; y unas gotas de perfume, fresco, estimulante, perdidas en el escote. Unta con mermelada el pan tostado y lo ve pasar, a él, dejando atrás la puerta de la cocina para buscar aquella otra por la que marcharse. Para no volver, quizá. Como hicieron otros. Ella suspira. Sin lamentos. Ya está acostumbrada al todo y la nada. A la cara y la cruz. A una pasión sin amor que da rienda suelta a un instinto carnal sin sentimiento. Que prende como un incendio y se apaga asolado por la marea.

   Agudiza el oído y no escucha la puerta, sino el ruido sordo de unas pisadas que vuelven. Las de él. Que sigiloso como un felino entra en la cocina, mirándola. Se frena a su espalda y con los brazos rodea su cintura. Ella se queda varada, como un velero amarrado a puerto. Esperando. Él inclina su rostro con lentitud, sumerge la nariz entre sus cabellos y la besa en la nuca. Apenas un roce de labios y allí se queda. Impasible. Con el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Ella mira el reloj, en una interpretación errónea de mujer mal amada. «No hay tiempo, llegarás tarde», susurra. «No pretendo nada, solo quería sentirte», le contesta él, con la boca en su oído, piel con piel. Ella se estremece y cierra los ojos, convirtiendo ese último beso en un recuerdo único, privilegiado. En un recuerdo con otro mensaje impreso que ya no podrá olvidar jamás. El de su nombre. Gabriel.

© Pilar Muñoz Álamo - 2018

 
 

1 abr 2018

ESCRITORES. LA OTRA CARA DEL AISLAMIENTO.


   Escucho, bastante a menudo, hablar a los escritores de su aislamiento, de su encierro en el despacho, en su santuario particular para gestar su siguiente obra. Se aislan de las redes sociales (que, con frecuencia, dejan en manos de otros a nivel oficial) y cuando asoman a la palestra por alguna razón, los escucho (o los leo) referirse a la historia que estan creando y a sus personajes con una pasión inusitada. Desbordan emoción cuando afirman estar escribiendo algo grande y precioso, escuchar a sus personajes, ahondar en sus vidas, en sus motivaciones, con el fin de poder trasladárselas al lector con todo el detalle necesario para que los vivan, los sientan y se vean conquistados por ellos y cuanto les acontece. Y yo suspiro, empatizando con ellos al considerar, inconscientemente, que es el estado ideal, máxime cuando además, como digo, los escucho hablar de encierro y dedicación exclusiva, porque me suena a algo magno, importante, enorme, digno de un escritor con mayúsculas, pensando, por una décima de segundo, que esa es la diferencia entre un «escritor» y aquel otro que no lo es, como si el aislamiento y la dedicación exlusiva fueran los créditos oficiales que les otorgan tal calificación.

   Pero entonces me detengo a pensar y aparece, como otras tantas veces, mi espíritu crítico. Y lo primero que aprecio es esa capacidad de contagio que tiene la pasión bien transmitida. Cuando una emoción se siente y se sabe canalizar y transmitir adecuadamente, el receptor la siente en propia piel y, además, en muchas ocasiones, se la cree, tanto si es verdad como si no lo es. En este caso, quién mejor que un escritor, acostumbrado a narrar y describir tanto hechos como emociones, puede transmitir su propia pasión, su propia forma de valorar sus cosas a quienes lo leen o escuchan hasta el punto de convencerlos, de hacerlos percibir que realmente ese estilo de vida que profesan condiciona que aquello que escriben merece de verdad la pena, tal y como lo cuentan; lo cual, dicho sea de paso, alimenta ese punto de vista de que los escritores auténticos, los grandes, son los que se deben en exclusiva a la escritura sin que se inmiscuya nada más. 

   ¿Pero realmente es así? ¿Dedicarse en exclusiva a una labor, que no tiene además reconocimiento oficial, te otorga esa condición? Y, de igual forma, ¿no dedicarte exclusivamente a ella, te la quita? Alguien puede autodenominarse «abogado», por ejemplo, por haber obtenido la licenciatura en Derecho, incluso aunque no ejerza la profesión y no resulte muy ético decirlo. Pero no hay una titulación universitaria, ni extrauniversitaria, que acredite la condición de escritor; a lo sumo, algunos cursos de narrativa, que más demuestran cierta preparación curricular que un nombramiento en sí. ¿Podemos dejar en manos de las condiciones de vida de quien escribe el que pueda calificarse como tal? Yo creo que no. En todo caso, podremos envidiarlo, pero no más :)

   Siguiendo con el cauce de reflexiones que se me han venido a la cabeza, me ha dado luego por analizar, con cierto detalle, las diferencias entre sus circunstancias y las mías propias, entre su estilo de vida (del escritor «ermitaño») y el mío con respecto a las letras, y la verdad es que creo que son sustanciales, diametralmente opuestas, me atrevería a decir. Y si no, juzgad por vosotros mismos:
 
   Mis personajes han venido conmigo al supermercado y sus reflexiones han compartido espacio con la fruta, las verduras y demás productos en el papel de mi lista de la compra; sus acciones me han robado parte de la memoria del móvil y me han privado de la visión de más un gol desde la grada en un partido de fútbol infantil; los imprevistos de la trama o un diálogo espontáneo han incrementado la rentabilidad de un portátil destinado a su mayor y mejor función: su portabilidad hasta lugares inverosímiles; y la emoción de una escena trasladada «al papel» me ha hecho derramar lágrimas en público, alejada de ese aislamiento idílico del escritor al uso. He ganado en capacidad para hacerme la sorda, o en atención selectiva, si hablamos con propiedad; en rapidez de concentración, en abstracción, en combinar facultades sin mezclarlas, como leer el último capítulo escrito con el ojo izquierdo mientras el derecho sigue las instrucciones de la receta de cocina en la que me encuentro afanada. Encontrar una rutina horaria o de cualquier otra índole que me permita organizar el trabajo es imposible. 

   ¿Qué os parece? No me lo digáis, ya sé la conclusión a la que habéis llegado: que así no puede salir nada bueno, solo una historia sencilla, simple, lineal, sin profundidad alguna, con personajes inconsistentes. 

   Pero... no es verdad. 

   Me he dado cuenta de que una novela se compone de multiples elementos, de múltiples piezas, al estilo de un puzzle, que no necesariamente hay que construir en orden ni de manera secuencial. Nosotros elegimos en qué parte nos centramos y con qué otras actividades las combinamos para optimizarla al máximo. Y contamos con un tiempo que podemos estirar a nuestra merced. En completar el puzzle, indudablemente, tardamos bastante más, no nos vamos a engañar. Pero lo terminamos haciendo. Sin sacrificar cuanto —y a cuantos— tenemos alrededor, bien porque no queramos o porque no podamos. Y lo mejor de todo, lo que más me llena de satisfación en este instante: darme cuenta de que no se halla diluida en nosotros esa pasión por los personajes y por la historia que los escritores «clásicos» afirman sentir con tanta euforia, ni se pierde nuestra receptividad por cuanto tienen que contarnos, los escuchamos en todas partes; ni soslayamos el esfuerzo de hacerles llegar a los lectores nuestra narrativa más impecable, nuestra trama mejor hilada y documentada, las emociones transmitidas al detalle, tal cual las hemos sentido de forma previa, aunque estas nos hayan abordado dentro del coche, a la puerta de un colegio, y no en la soledad de nuestro despacho, dispuesto como un santuario para facilitarnos la labor de escribir, de crear.

   No. Definitivamente, la calidad del escritor y su calificación como tal no la marca la exclusividad de esta empresa. La marcan sus conocimientos y su capacidad para llevarlos a la práctica de manera eficaz. Por ello no debo considerar escritor a quien ha decidido dedicarse unicamente a tal labor -por mucho que me contagie sus emociones y su percepción propia de sí mismo y de su obra-, sino a quien conoce el oficio a fondo, con independencia del grado de piruetas circenses que deba hacer a diario para poder sentarse a escribir. El aislamiento, el encierro, la exclusividad, por mucho que intenten encumbrarlos, no garantiza absolutamente nada. 

   Yo soy autora de algunas novelas, no creo ser «escritora». Pero si no ostento tal condición, no es por mi deber de combinarla con unas cuantas obligaciones más, sino porque entiendo que aún me queda oficio por aprender. Por lo demás, mi pasión (y la de otros en mis mismas circunstancias) por escribir una buena obra, por sus personajes, por su historia, por sus verdades..., mi capacidad para emocionarme con lo que imagino y escribo es, y seguirá siendo, intensa, tan intensa como la que más, a pesar de compartirla, todos los días del año, con un trabajo a tiempo completo, un marido, una familia, unos hijos, una rutina casera, unos amigos y otras muchas actividades de las que me apetece disfrutar.

   Como ya he dado a entender, la única diferencia vendrá marcada, en todo caso, por el mayor o menor oficio y por el tiempo. Pero esto último no me preocupa, no tengo prisa.

   Tan solo siento preocupación por que merezca la pena esperar.

20 mar 2018

RELATO: «LA ÚLTIMA ESCENA»

  
   Lo conocí hace algo más de tres años y no fue, precisamente, en el lugar más romántico del mundo. Pero era el mío. Mi mundo. O al menos, el que yo habitaba cada tarde desde el día en que decidí ponerme la tristeza por montera para pasearla por lugares ajenos a mi propio hogar, a ver si así le daba el aire y mutaba esa tez agria que me estaba haciendo la vida imposible; primero, por la maldita sensación de soledad que el nido vacío provoca, y segundo, por una viudedad prematura que me dejó el eco de mi propia voz por compañera, hora tras hora, día tras día, a la espera de las visitas fugaces que a mis hijos quisiera concederles su estrés.

   Cuando me hablaron de aquel lugar de ocio para la «tercera edad», el estómago me dio un vuelco. Perdí la mirada para evocar su fachada, que tantas veces había recorrido ágil como una pluma camino al colegio, a la compra, al centro de salud situado a escasos metros. Apenas me daba tiempo a mirar por sus ventanas para alcanzar a ver manos temblorosas en partidas de dominó; o para escuchar a través de ellas la música que servía de fondo a las clases de gimnasia o el parloteo de las mujeres que, entradas en años, mostraban con orgullo las fotos de quienes —apuesto— debían de ser sus nietos. Nunca pensé que me llegaría el momento. Como si la vejez me estuviera vedada. Como si la vida hubiera apartado los ojos para hacer una excepción conmigo.

   A pesar de todo, acepté. Los días en casa pasaban en exceso lentos, las horas eran demasiado largas y mis actividades rutinarias no alcanzaban a cubrirlas todas como para no sentir la soledad y el hastío como losas pesadas de soportar. Así es que hice acopio de realidad y acabé incluyendo en mi cartera aquel carné que me permitía apuntarme a clases de maquillaje, costura o inglés básico —por si el milagro de conocer Londres aún era posible—, a la biblioteca, hasta a cursos de redes sociales para mantener contacto con quienes estaban lejos, impedidos por una distancia que a nuestra edad se había vuelto especialmente inquebrantable. En mi carné no figuraba Carlos, la persona de la que he comenzado hablando; aunque para mí resultó ser la «opción estrella», destinada sin saberlo a darle esplendor a mi vida.

   Mi amistad con Carlos fue ganando intimidad sin apenas darnos cuenta. Su rostro emanaba dulzura a pesar de sus marcadas facciones surcadas de arrugas. Me hacía nadar en sus ojos claros cuando me hablaba, con su mirada limpia y calmada, al tiempo que me imbuía de su conversación literaria, cuajada de libros. Para mi regocijo, mi pasión por la lectura —mermada por las cataratas— fue a darse de bruces con aquel pozo literario investido de profesor de lengua al que empecé a admirar. Nuestros cafés disfrutaban de charlas interminables, nos acogían rincones cómplices de palabras dulces, de tímidos roces de adolescentes, y en cada paseo los árboles celebraban nuestra complicidad con un aplauso de hojas derramadas sobre nosotros. Ni un solo día dejamos de vernos durante tres años, con la excepción de las semanas de gripe y algunos otros copados por alguna obligación mayor. Hasta sufrir aquel maldito accidente, una caída tonta al trastabillar en un peldaño de la escalera. Me di en la rodilla un golpe descomunal y me rompí la cadera.  Tuvieron que operarme. Y aquello no habría tenido mayor relevancia si no fuera porque no me dejaron bien. El éxito de la rehabilitación se redujo a la mitad en un tiempo doble y la silla de ruedas, que venía utilizando hasta entonces, exigió un papel protagonista pasando a ser considerada tan compañera en casa como mi voz. Hablarle de tú a la vejez me producía un cierto espasmo; pero acusar la directa mirada de la dependencia me terminaba de congelar.

   Mis hijos decidieron turnarse. A tempranas horas de la mañana venían a casa y me ayudaban a levantarme antes de irse a trabajar, después de asearme a cuatro manos con más pena que dignidad. Lo demás intentaba hacerlo sola, pero sortear barreras me costaba un mundo; lo más insignificante podía llevarme horas y un despliegue inmenso de habilidad. La mayoría de las tardes contaba con Carlos. Unas veces, desarrollaba en casa sus actividades de ocio; otras tantas, empujaba la silla como un mocetón fornido hasta llegar al parque o a cualquier otro lugar donde poder quemar el tiempo de la forma más amena posible.

   No vino sin embargo un martes en que mis hijos se presentaron en casa para tomar café, tras un anuncio hecho oficial. Me encontraron arrebujada en la silla, al calor del brasero, y en la tele una película que me encantaba rememorar.

   —¿Qué estás viendo? —me preguntó mi hija al entrar.
   —¿No te acuerdas? —le respondí, bañada en nostalgia.

   Olga miró a la pantalla de manera nerviosa, sin dejar de parlotear. Mi hijo Luis, en silencio y sin preámbulos, sacó unos dulces, los puso sobre la mesa y se prestó a hacer el café. Una vez servido, Olga carraspeó. Varias veces. Mirando a Luis. Yo, a pesar del desconcierto que me producía la situación, devolví la vista a la tele para no perderme el final.

   —¿Dirty dancing? —preguntó mi hijo.

   Asentí mientras notaba que Olga clavaba su mirada en mí.

   —Mamá…
   —Espera, espera —la interrumpí emocionada—, si ya se va a acabar. Mira, ahora es cuando llega Patrick Swayze y le dice a ella eso de…
   —Mamá…
   —…eso de «no permitiré que nadie te arrincone». —Emulé la contundencia con la que lo decía—. ¿Te acuerdas de lo que nos emocionamos cuando lo escuchamos por primera vez? Recuerdo ese día perfectamente, tú estabas…
   —¡Mamá! —exclamó mi hija, alzando la voz—. Deja la película, por favor, esto es importante. 

   Suavizó el tono, pero mi crispamiento permaneció intacto. Ignoré la escena, cerré la boca y esperé a que hablara, con una expectación enorme. Había algo en sus ojos que no me gustaba, me estaban produciendo angustia. Después de muchas divagaciones y palabras sin sentido, por fin lo soltó.

   —Mamá, esta situación resulta insostenible. Yo trabajo y Luis también. No sabemos cuánto tiempo tardarás en poder valerte sola. Y están los niños, sus actividades, sus necesidades, que tú ya sabes por experiencia que son muchas. Mi marido, su mujer… No podemos abarcar a todo, pero no queremos abandonarte…

   Me retorcí las manos en el regazo, una contra otra.

   —¿Qué intentas decirme, Olga? —Ella miró a Luis, en una clara petición de ayuda.
   —Mamá —continuó él—, necesitas que te atiendan más horas al día. Le hemos estado dando vueltas a la idea de contratar a alguien que pueda cuidarte, pero tu pensión…, ya sabes, es la justa, y tampoco tienes dinero ahorrado para poder cubrir ahora esta necesidad.

   Tragué saliva y noté el sabor salado de una lágrima incipiente. Lo que decía era verdad. Mi pensión de viudedad era la mínima que podía quedarme por el trabajo autónomo de un marido taxista. Yo no generaba ingresos propios, no había cotizado, quise dedicarme a mis hijos en cuerpo y alma, renunciando, por y para ellos, a una vida laboral. Y nuestros ahorros se habían esfumado en costear sus estudios y en regalarles la entrada que les exigía la inmobiliaria para poder comprar las casas en las que vivían con tanta comodidad.

   —Nosotros tenemos muchos gastos —siguió diciendo Olga—: la universidad de Blanca, el colegio mayor, las clases de piano, el carné de conducir… Y otras deudas por pagar, como el coche, la hipoteca...

  «...Y el apartamento de la playa al que le has echado el ojo», no pude evitar pensar.

   —Luis está igual.

   Mi hijo era médico y mi hija, abogada. Con tan buenos sueldos como sus parejas. Con un nivel intelectual tan alto como ganas de vivir la buena vida. Los dos.

   Olga apuró el café ya frío y cogió aire.

   —Mi hermano y yo creemos que lo mejor sería vender el piso. Nos vendría bien a todos esa ayuda... ¡Sobre todo a ti, mamá, eso resolvería el problema! —se apresuró a decir, para evitar la desvergüenza.


   Agaché la cabeza para que no apreciaran el brillo en mis ojos, mi dignidad de madre no me permitía exhibir el dolor. Mercadeaban con lo único que tenía. La herencia de su padre los estaba esperando y mi desgracia les había brindado la excusa ideal.

   —¿Y dónde se supone que voy a vivir? —pregunté con entereza. Ambos se miraron y el calor se apoderó de sus mejillas—. Espera, no me lo digas. Creo que ya lo sé.

   Hice amago de empujar mi silla y salir de allí, no podía soportar más. Mi hija dejó caer la mano sobre mi brazo, en un intento de detenerme.

   —Iremos a la residencia a verte siempre que podamos, mamá, te lo prometo…

   No sé si había congoja o no en su voz, pero aunque así fuera, no hubiera servido para consolarme. La decisión, interesada y drástica, ya estaba tomada. Por ellos. Solo por ellos. No se dignaron a preguntarme, en ningún momento, lo que pensaba yo, ni tuvieron en cuenta mis sentimientos. Yo estaba inválida, pero no muerta. Ni tan siquiera senil.

   Cuando se hubieron marchado, miré a mi alrededor con el pecho oprimido. Me apenaba sobremanera lo que estaría obligada a sacrificar: mi hogar, mis recuerdos impresos en cada palmo, en cada objeto, en cada rincón… Me arrebatarían el latido del pasado que me regalaba a diario la amable sensación de no haberlo perdido todo. Y me separarían de él. De Carlos. El hombre que había pintado mi corazón de rosa y llenado mi vida con letras de enorme significado.

   Lloramos. Mi amor y yo. Lloramos en silencio, sentados en un parque, con mi cabeza sobre su hombro. Con un sol tibio que aspiraba a amortiguar el frío que sentía por dentro. Carlos me acarició el rostro en un derroche de ternura y me acurrucó en sus brazos. Entonces comenzó a mecerme, como si iniciara un baile al compás de una melodía imaginada, un baile suave, como el de las hojas arremolinándose al caer.

   Semanas más tarde llegué a una residencia a las afueras de la ciudad. Con un par de maletas y una caja pequeña repleta de fotografías. Nada más. Después de echar unas cuantas firmas y acomodarlo todo en mi habitación, mis hijos me invitaron a tomar asiento juntos en la sala de estar, ofreciéndome su compañía antes del adiós. Una mesa baja, tres sillones; Olga a un lado y Luis al otro. En medio, yo, sin poder hablar; la garganta se me había cerrado. Más aún al ver la película que proyectaban de nuevo en televisión. She’s like de wind; así me dijo mi nieta que se llamaba la canción de Dirty Dancing con la se despiden los protagonistas. Y esa fue la que comenzó a sonar.

   Mis lágrimas brotaron imparables, no podía despegar la vista de la pantalla. Todo se me vino encima, el mundo se desmoronó sobre mi cabeza. Con el deseo de ver un final feliz, aunque fuera ficticio, esperé a que Patrick Swayze entrara en escena para rescatar a su amor. Pero no fue él, sino Carlos. Fue Carlos quien abrió la puerta de aquella sala y permaneció varado unos segundos bajo el dintel, buscándome con la mirada hasta encontrar mis pupilas. Entonces avanzó hacia mí con su traje oscuro, los ojos claros, el cabello gris. Con porte firme, como digno protagonista de nuestra última escena, me tendió su mano. Y ante la mirada atónita de Luis y Olga dejó escapar una grave aunque afectada voz:

   —No permitiré que tus hijos te arrinconen... ¿Te quieres casar conmigo?

© Pilar Muñoz Álamo - 2018



***
   Este relato fue escrito, expresamente, para su publicación en el número de febrero/2018 de la revista «Pasar Página», a cuya directora, Mercedes Gallego, y editora, Almudena Gutiérrez, agradezco su invitación de colaborar en ella.

   Os animo a visitar el blog de la revista en el que podéis encontrar los enlaces de los números publicados hasta el momento y demás contenido que sé, con seguridad, que os va a interesar.  
No os la perdáis.




Lecturas 2018.

Estamos en GOODREADS

Estamos en GOODREADS
Pincha en la imagen.

Blog Archive

Audio relatos

Con la tecnología de Blogger.

Blogroll

Seguidores