Miles de risas rotas, de conversaciones truncadas... Miles y miles de lágrimas inundando el suelo de Madrid, de España, del Mundo... Un cielo azul tornádose violáceo, anaranjado, rojizo..., hasta convertirse en un rojo oscuro y espeso..., el de la sangre derramada por cientos y cientos de inocentes que sólo deseaban vivir, luchar, reír o amar. Un cielo azul tornándose gris y negro..., el tono amargo y desolador al que deja paso la esperanza perdida, las ilusiones muertas, los lazos filiales y consanguíneos sesgados de un hachazo demoledor por la sinrazón, por la barbarie elevada a la última potencia.
Dediquemos unos minutos a su memoria, a la memoria de quienes nunca debieron marcharse por voluntad de otros. Y dediquemos unos minutos a la esperanza, a la esperanza de que vuelva la cordura a quienes la hayan perdido, a la esperanza de que acciones como ésta jamás se vuelvan a repetir.
Hay una canción que a mí me parece preciosa y que recoge uno de tantos momentos que pudieron tal vez haberse vivido en aquel último viaje. Dejemos hoy un himno en recuerdo de todos ellos. Sólo la voz, sin imágenes que sirvan para recrear lo que tanto daño nos ha producido a lo largo de este tiempo y aún nos sigue produciendo: