23 jun 2013

DECÁLOGO DE REFLEXIONES



   Los grandes conocimientos engendran las grandes dudas.(Aristóteles)

  Mientras más conozco este mundo de letras, más dudas tengo sobre qué camino tomar.

  El conocimiento descansa no solo sobre la verdad sino también sobre el error. (Carl Jung). 

   De los errores se aprende. Ahora sé lo que NO debo volver a repetir.

  El conocimiento sólo puede ser recibido de una manera, a través de la experiencia, no hay otra manera de saber. (Swami Vivekananda)

  Si algo de positivo han tenido estos tres años ha sido la experiencia de apreciar de primera mano los entresijos de este mundo complejo, lleno de satisfacciones por un lado, pero por otro, repleto de obstáculos naturales y, por desgracia, también "artificiales".

 Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres. (Emiliano Zapata)

   Yo quiero seguir siendo esclava de MIS principios, no de los principios de los demás. Pero cuando de tirarse al río se trata, nadar a contracorriente puede llegar a ahogarte. En ese caso no queda otra que elegir entre venderte, o mantenerte en tu orilla y renunciar a alcanzar ese otro lado en el que alguna vez quisiste estar. Optar por un término medio tal vez no sea posible. Aun así, se intentará.
  
  Si crees totalmente en ti mismo, no habrá nada que esté fuera de tus posibilidades. (Wayne Dyer)

  Cierto. Pero hay veces en que todo no depende de ti. En tal caso, si esas posibilidades -a pesar de ser patentes- no son reconocidas por los demás, resulta imposible avanzar y conseguir los logros que te propusiste. Paciencia y perseverancia hasta la muerte será lo que jamás se deberá perder. Y el tiempo dirá finalmente quién desplegó mayor fuerza, si tú… o ellos.

  Todos nosotros, en determinados momentos de nuestras vidas, necesitamos tener asesoramiento y recibir la ayuda de otras personas.(Alexis Carrel)

   Hay quien se cree autosuficiente para conseguir sus logros. Se equivoca.
   Hay quien es consciente de necesitar ayuda ajena, y como tal, la toma. Pero no la da.
   Hay quien tiene una tendencia innata a ayudar a quienes son compañeros de viaje. Pero esa ayuda no le es devuelta cuando la requiere. O se la quitan cuando menos lo espera. 
  En este mundo de las letras, todos necesitan de todos para auparse mutuamente, pero a la vez, muchos miran a muchos por el rabillo del ojo para evitar que alcancen un nivel mayor al que ellos tienen, y no dudan en ponerles techo si es necesario para mantenerlos bajo control. Competencia, llamémosle. Tal vez por ello Ricardo Arjona también tenga parte de razón cuando dice: “Aquí no es bueno el que ayuda, sino el que no jode.”

  Nunca desistas de tus sueños. Sigue las señales. (Paulo Coelho)

  Mi sueño no es escribir, es transmitir. En el primer caso, se necesitan lectores para cumplirlo. En el segundo, más que lectores se necesitan receptores de mente abierta, dispuestos a capar el mensaje, interpretarlo y reflexionar sobre él. No sé si las señales que yo sigo apuntan al mundo literario o a otras disciplinas de las que provengo y en las que me siento mejor ubicada. Tal vez a ambas, si es que son combinables. O eso espero. 

  Solamente en los sueños somos libres. El resto del tiempo necesitamos el sueldo. (Terry Pratchett)

  Ese sueldo ajeno al mundo literario que yo tengo la suerte de percibir es precisamente el que me permite vivir este sueño con libertad plena, conforme a mis convicciones, a mi forma de ser y de pensar, a mi manera de reaccionar y de actuar, y sin tener que sacrificar lo que deseo contar y cómo lo quiero contar en pro de las modas, las tendencias literarias actuales o aspectos comerciales que a veces actúan en contra de la creación de buena literatura, o al menos, de aquella con la que una se siente a gusto. 

  El miedo es el más ignorante, el más injurioso y el más cruel de los consejeros. (Edmund Burke) 

  En este mundillo y en mi caso, el miedo es directamente proporcional al nivel de raciocinio con que analizo todos los factores que intervienen en el éxito del proyecto, e inversamente proporcional al nivel de ignorancia de todos ellos. Tal vez por eso ahora estoy aterrada, cuando dos años atrás llevaba la valentía grabada en la frente. La única solución para seguir adelante es hacerme la loca, forzarme una demencia transitoria que me haga obviar los grandes toros de Mihura que antes nunca vi, entre otras cosas porque no sabía que existían. Y eso es lo que haré.

  Aquellos que no se arriesgan no sufrirán derrotas, sin embargo, nunca tendrán victorias. (Richard Nixon)

  Ésta es mi máxima consigna en estos momentos. Seguir arriesgando, seguir luchando, seguir levantándome cuando me tumben, seguir emprendiendo nuevas batallas y nuevos proyectos, seguir celebrando mis pequeñas victorias, que siempre serán el preámbulo de algo mejor. 

  Me siento algo cansada, pero fuerte. Me siento algo perdida, pero con la suficiente seguridad en mí misma como para saber que encontraré el camino que quiero -o siento que debo- seguir. Tengo demasiadas cosas claras en mi vida, muchas bases sólidas que son imperturbables e inmutables, pero afortunadamente, también tengo otras muchas que aprender y que escuchar, por eso seguiré aceptando la ayuda, el consejo, el diálogo y el apoyo moral y físico de las manos amigas me han venido brindando todo eso hasta ahora y a las que hoy quiero agradecer desde aquí, con todo mi corazón, haberme hecho sentir de primera mano que estaban ahí. Vosotros sabéis quiénes sois. Os quiero, y no dudeis que os tendré siempre muy presentes dentro de mí.

10 jun 2013

AUDIOLIBROS O AUDIORELATOS: Otra forma de acceso a la ficción literaria.




  A los amantes de la literatura es obvio que les gusta leer, coger una novela o un relato entre sus manos e interpretar personalmente sus palabras, el sentido de sus frases imprimiéndole un ritmo personal, con independencia del que el propio autor haya podido darle haciendo un uso correcto de la gramática y los signos de puntuación, les gusta recrearse en ellas deteniendo la lectura cuando un pequeño párrafo le induzca a pensar, a digerirlo despacio para asimilarlo como merece, incluso volver atrás para incidir en lo que le ha dejado huella momentáneamente o no se ha entendido bien, al tiempo que construye sus propias imágenes en su mente para dar vida a la historia que está leyendo. Pero qué duda cabe que no todos los amantes de la ficción lo son también de la lectura. 
   Siempre dije que hay escritores que sienten una necesidad imperiosa de escribir, una llamada a enlazar letras y combinar palabras que forma una parte indispensable en su manera de entender su vida; otros, en cambio, lo que sienten es la necesidad de contar, y difícilmente se verán sentados delante de un folio en blanco con la mente bloqueada, porque cuando lo hagan será atendiendo a la llamada de aquello que ya tienen en la mente y que desean transmitir, y no se sentarán mientras que aquello no surja con la fuerza suficiente y con la idea ya previamente elaborada de lo que narrar y cómo. De la misma forma, creo que los buenos lectores sienten una necesidad imperiosa de leer de manera continua, aunque solo sea -a unas malas- la etiqueta del gel de baño, pero debemos contar también con todos aquellos amantes de las historias de ficción que no necesariamente tienen por qué ser amantes de las letras, sino que tal vez prefieran hacer uso de otros medios que les permitan adentrarse en ellas y disfrutarlas; sin dejar de considerar, por supuesto, a quienes sus obligaciones no les permiten dedicarse un tiempo para sentarse ante un libro o no tienen la fortuna de contar con el sentido de la vista para estos menesteres, siendo aun así amantes de las buenas historias contadas en un relato o en una novela. El séptimo arte sería un ejemplo claro de esa otra opción, una incursión en lo ficticio sin que medie la grafía escrita; pero a mi modo de ver el cine nos lo da todo hecho: el perfil físico de los personajes, el diálogo entre ellos, la recreación de los escenarios en los que transcurre la acción..., sin desmerecerlo por ello como arte, por supuesto. Pero poco deja a la imaginación personal de quien lo ve. 
   Sin embargo, empezamos a contar con una opción intermedia que se apropia tan sólo de uno de nuestros sentidos, el oído, como sustituto de la vista -o del tacto, en el caso de los invidentes-, para que una historia ficticia y perfectamente descrita llegue hasta nosotros, pero dejando a nuestra imaginación volar, permitiéndole que forje como le plazca la imagen de los personajes de la trama, de los escenarios de los que antes hablaba y de la forma en que los protagonistas se mueven por ellos. Me refiero a los audiolibros, una alternativa que cada vez va adquiriendo más auge y que se va perfeccionando cada vez más al recurrir -en muchos casos ya- a actores y actrices profesionales  para hacer una interpretación de la historia que se cuenta bastante más creíble de la que lo hacen los medios informáticos usados hasta ahora.
   
   Yo, a nivel pesonal, soy consciente de dos aspectos más o menos importantes: primero, que tal vez éste no sea el lugar más apropiado para publicar audiorelatos, porque los lectores con los que cuenta habitualmente este blog son amantes de la literatura escrita, no escuchada; y segundo, que si como autora (escritora me chirría) soy novel, como actriz ya ni me califico. Pero como esta crisis no nos permite contar con medios ajenos para desarrollar aquello que nos gustaría, ni tampoco colocarlo en los lugares apropiados, pues me salto a la torera esos dos aspectos que antes he mencionado y me lanzo al ruedo a grabar yo misma algunos de los relatos que escribo para el blog y a publicarlos aquí, con independencia del número de personas que decidan finalmente accionar el play. Es mi pequeña contribución a la literatura escuchada, porque considero que a muchos de los que no les gusta leer no se les debería privar por ello de la posibilidad de disfrutar de su trama y de ser partícipes del mensaje de fondo que, al menos yo, intento transmitir en la mayoría de los relatos que escribo.

   Hoy dejo el audio del último relato publicado en este blog: "Un rayo de esperanza", aunque ya hay alguno más subido a la plataforma Ivoox. Y quien sabe..., dispongo del audio completo de uno de los relatos más comentados de "Ellas También Viven" -Entre dos fuegos-, grabado para la presentación del libro en el I Congreso Internacional de Comunicación y Género que tuvo lugar el año pasado en Sevilla. Igual un día de estos me decido y lo saco a la luz desde las profundidades de mi disco duro. 



   
 
Audiorelato: "UN RAYO DE ESPERANZA"
(Si prefieres leerlo, pincha aquí)

7 jun 2013

RELATO: "UN RAYO DE ESPERANZA"

   En su lado de la cama, las sábanas se arremolinan tratando de cubrir infructuosamente el hueco que él dejó al marchar; las mías han permanecido impasibles a lo largo de la noche, como un mar en calma, contagiadas por la quietud de mi cuerpo y de mi alma rota. Presagiaban que no sería capaz de soportar su roce sutil sobre mi piel deshecha, decorada con tonos violáceos por el impacto de sus nudillos, de su mano abierta…, que no sería capaz de soportar la levedad de su peso, al que la gravedad dejaría reposar sobre mis costillas rotas…, y se han hecho cómplices de mis movimientos bloqueados por el dolor para no dañarme aún más.
   No soy consciente de la velocidad a la que se desplazan las agujas del reloj. Ni siquiera si el mundo aún camina o se detuvo al sentir el crujir de mi labio partido una vez más, para desangrarse conmigo, lentamente, y oscurecerse como lo hace mi vida hasta no ver más allá de lo que mi mano puede alcanzar: apenas un ápice de la dignidad con la que nací; un resquicio de la luz que antaño iluminaba mis ojos, contagiando una alegría cuya fisonomía ya no sabría reconocer; una mota de autoestima que se empeña en recordarme que aún tengo identidad propia; un destello de valor para pasear mi condición de mujer sin pedir perdón por ello, sin esa culpa que me sacude por lucir las curvas que la naturaleza dibujó en mi cuerpo y que levantan miradas que yo no busco ni deseo; y un cofre pequeño donde guardo como un tesoro el maquillaje que oculta cada mañana las marcas visibles de mi vergüenza, las mismas que él jura y perjura una vez tras otra que no volverá a infligirme…, hasta que el viento se lleva su juramento y se olvida tal promesa, hundiéndome en el abismo cada vez más.
   Entorno los ojos con pesadumbre, ya no tengo fuerzas para llorar. Las imágenes se mezclan en mi cabeza como un cóctel imposible y discurren desordenadas evocándome emociones contradictorias que me están volviendo loca. Mis sueños de juventud se han hecho añicos, y no puedo sobrellevar el duelo que profeso a su muerte sin la esperanza de que algún día vuelvan a renacer. No puedo. Mi corazón se encoge como un fruto reseco, ajado y envejecido ante unas muestras de amor que en nada se parecen a las que me prometió, y un pozo de tristeza me engulle, me impide respirar, mirar al frente, vivir. El mundo entero ha perdido el brillo que tenía hasta enlazarme con él, bajo una alianza que me pesa y me ata cual si fuera una argolla de acero que me limita, que me anula por completo postrándome ante él a su entera voluntad.
   Sé que no tardará en volver. Intento deshacer el ovillo que forman mis piernas, mi pecho y mis brazos protegiéndose mutuamente, forjando una especie de coraza que me haga invulnerable. Pero estoy entumecida, atenazada por el dolor y la rabia contenida, hundida en el colchón del que nunca puedo huir al llegar la noche. Y siento miedo. Por el desorden que me rodea y que no soporta, por mi aspecto sucio y desaliñado que tanto detesta, por el almuerzo que no estará en la mesa a su temperatura justa cuando lo alerte la llamada del hambre, por la ropa que aún no se habrá secado y que yo no habré planchado para salir, por no correr a su encuentro y poner un beso de bienvenida en sus labios con mi sonrisa complaciente de esposa abnegada, sumisa y enamorada. Estoy aterrada, porque sé que volverá a educarme con su pedagogía severa, inflexible, ¡para hacerme una mujer de bien! Y después rociará mi cuerpo con sus caricias tiernas que no podré rehuir, regará mis oídos con sus palabras de amor incondicional, y me poseerá como un animal convulso al tiempo que me susurra, en cada embestida, que soy suya y sólo suya, para que nunca lo olvide. Entonces me preguntará si lo amo. Y mis labios asentirán obligada con lágrimas en los ojos mientras mi corazón lo duda. Cada vez más.

   Estiro mi brazo y agarro el teléfono móvil que dejé de usar hace años. Me quema en las manos ante el recuerdo de su ira al cuestionar el destino de mis llamadas, el motivo insustancial que nunca resultó creíble a su mente retorcida. Consulto la agenda vacía y descubro que no tengo a nadie a quien acudir, y el nudo en mi estómago se acentúa. Él se ocupó de distanciarme de todos. Me impuso un silencio que yo asumí…, para evitar la humillación de reconocer el verdadero cariz de mi relación amorosa, para evitar a mis seres queridos el sufrimiento de verme muerta en vida, bajo el yugo de quien resulta ser a ojos externos el marido más maravilloso del mundo.
   El murmullo de vida que resuena a través del tabique me dice que he de levantarme, que debo ignorar cuanto siento y seguir haciendo equilibrios como una funambulista para mantenerme en pie, que debo afrontar mi vida como una autómata abstrayéndome de la realidad para abrir los brazos al mundo de mis sueños mágicos, de mis cuentos de hadas donde pueda ser la protagonista indiscutible, feliz bajo las estrellas. Sujeto mis costillas con la mano y me desplazo lenta, aletargada, incorporándome con calma hasta quedar sentada en el borde de la cama, con el techo a ras de mi cabeza como parte de esa horrible sensación claustrofóbica que me produce mi propia existencia.

   El intento de ordenar mentalmente mis obligaciones se ve alterado por el eco de unas voces infantiles que llega hasta mí y evoca a los hijos que nunca tuve. Un halo de alegría me invade por la pena evitada a ellos al no haber nacido, pero confieso haber perdido con ello el acicate que me daría fuerzas en la lucha, por defenderlos, por aislarlos del dolor huyendo del lugar en que me encuentro y de la compañía que me doblega. Un pensamiento resbala por mi conciencia como una estrella fugaz haciéndome reaccionar: no puedo librar batalla por quienes no están, pero sí por los que vendrán. Mi seno joven puede acoger una vida nueva en cualquier momento y la semilla que la haga germinar aún está por llegar. Un frío espantoso me sobrecoge ante el terror que me produce haber sido capaz de esbozar tal pensamiento, una traición conyugal sin consumar que recibiría un castigo ejemplar por su parte, por mi osadía de construir esa imagen en mi mente con un hombre extraño y no con él. Pero ese frío especial me ha sacudido por dentro y me ha hecho olvidar el dolor por un instante. Aún tengo tiempo. Aún me queda un resquicio de aliento para reconstruirme con savia nueva antes de que su fuego implacable y  destructivo termine por asolarlo. Tan sólo debo no pensar. En lo que dejo, en aquello de lo que carezco, en lo que necesito o en lo que vendrá. Nada que exista fuera se erigirá nunca como el infierno que ya conozco. Manos amigas me esperan. Cualesquiera y dondequiera. Las estrecharé y ya no las soltaré jamás.

   ¡Quiero vivir!

    Y voy a vivir.
© Pilar Muñoz Álamo - 2013


¿Quieres escucharlo?

   

Algunos datos: 23 mujeres han muerto víctimas de la violencia de género, a manos de sus parejas o ex-parejas, en estos primeros cinco meses del año 2013. De todas ellas, tan sólo 5 habían presentado denuncia previa por malos tratos, poco más de un 20%. El número de denuncias presentadas por mujeres maltratadas supera anualmente las 120.000. Y yo me pregunto -intentando pensar con cierta lógica-: si tal número sólo supone un 20% de las víctimas reales, ¿cuántas mujeres sufren maltrato en España?

   Espeluznante e intolerable.

4 jun 2013

28 may 2013

EXPERIMENTO DE LECTURA: ¿UNA EMOCIÓN?


   Todo cambió radicalmente en mi vida. La imagen tétrica de mi amiga muerta, bañada en aquel charco de sangre espesa que como arma mortífera había manado de todas y cada una de las heridas de su cuerpo hasta evaporarle la vida, se había instalado en un primer plano de mi mente, proyectándose sobre mi retina sin permitirme ver nada más, tan solo a ella y al horror mil veces imaginado de lo que podrían haber sido sus últimos momentos. Aquel cuchillo infernal con el que fue asesinada sin ningún escrúpulo me provocaba un miedo irracional que me impedía conciliar el sueño, un miedo aderezado por el dolor punzante y la impotencia de saber que podría haberlo evitado, que podría haberla liberado de ese trágico destino de haber retrasado nuestra cita un par de horas. En la soledad de la noche, me parecía escuchar como un eco su lamento ensordecedor invocándome una y otra vez, solicitando auxilio con agonía y desesperación, percibiendo su aislamiento de cualquier protección posible, incluyendo la mía. Me sentía culpable, tremendamente culpable, y ese sentimiento que sobrecogía y atenazaba mi corazón me estaba matando. Pero no había marcha atrás, la había perdido. A ella, a mi amiga del alma. Ya no volvería a verla jamás. La opresión de mi conciencia y la pena desorbitada por haber sido amputada aquella parte transcendental de mí  me habían convertido en una sombra muda, levitando como un espectro perdido y desorientado, sintiéndome incapaz de soportar el dolor, de centrarme en cualquier otra cosa que no fuera su estampa, su sonrisa ida, su vitalidad muerta. Incapaz de abrir los ojos y vivir de nuevo en el mundo oscuro que me rodeaba y me apresaba sin dejarme respirar. Quería cerrar los ojos y dormir. Sólo dormir. Para siempre. Y nada más.

   Una noche, un somnífero efectivo me hizo adentrarme en un sueño reparador en el que la vi. Estaba preciosa, radiante, serena. Un halo de luz plateada, salpicada por destellos de un color azul celeste increíblemente bello la envolvía como a una diosa de mi Olimpo, aquél que yo siempre imaginé que existiría para acoger almas como la suya, limpia, pura, bondadosa. El roce sutil de su cuerpo inmaculado al acercarse a mí me hizo estremecer. Inspiré hasta la última mota de aire fresco endulzado con aroma de jazmín que inundó mi habitación, haciéndolo llegar hasta el más ínfimo recodo de mi cuerpo, revitalizado por aquella visión que nunca pensé poder disfrutar. La paz se apoderó de mí hasta hacerme sentir aletargada, sumida en el placer de un sosiego profundo que ella acunó con una sonrisa amplia capaz de curar los rasguños profundos trazados en mi alma. Y me hablaron sus ojos, soñadores, tranquilos, ocultos parcialmente por la caída leve de sus párpados que no restaban un ápice de brillo a sus pupilas, en las que pude leer su mensaje de aliento, su perdón expreso, su deseo ferviente de verme feliz, su mandato de continuar mi vida con optimismo, con esperanza, con la vitalidad con la que siempre perseguimos nuestros anhelos más preciados y que no deseaba bajo ningún concepto hacerme perder. Aún dormida, me incorporé en la cama con lágrimas en los ojos, dispuesta a tocarla para brindarle un abrazo de amistad sincera y de amor incondicional. Y ella me correspondió. Alargó su mano con lentitud, flotando en el aire como si volara, al igual que una pluma a la que una brisa ligera no permite tocar el suelo, ese espacio terrenal que ya no le pertenecía y al que no parecía querer volver. Me acarició el rostro y me devolvió la vida que se había marchado tras su estela tres meses atrás.  Mi corazón se expandió de nuevo, como un preso liberado de las cadenas que lo retienen. Y volvió a latir. Con fuerza. Con entusiasmo. Con esperanza.

   Desperté completamente, abrí los ojos de par en par y aprecié la calidez de los rayos del sol filtrándose por mi ventana, transmitiéndome su energía poderosa. Una sacudida vital me hizo reaccionar. Tenía que vestirme, maquillar mis mejillas deslucidas y salir a la calle a gritarle al viento que estaba viva, que deseaba seguir adelante sin miedo, que el único obstáculo que había levantado un muro ante mí acababa de esfumarse porque ella así me lo había hecho saber. Quería volver a conquistar el mundo. Con el recuerdo de María presente, pero sin que el mismo me atara a la cama como lo había estado haciendo hasta entonces.

   Llamé a Sergio para que me acompañara, era sábado, tenía el día libre y a mí me apetecía especialmente recorrer el campo en su compañía. Deseaba dar un paseo respirando aire puro, inmersa en los sonidos de la naturaleza para sentirme parte viva de ella, de lo mejor de este mundo que, inconcebiblemente, ahora me resultaba maravilloso. Y así lo hice. Me puse ropa ligera, me calcé unas zapatillas de deporte y me eché a la espalda una mochila pequeña con una botella de agua y un par de bocadillos para los dos. Nada más. No necesitaba nada más. El disfrute que pretendía obtener debía ser un alimento para el cuerpo exento de artilugios materiales que me hicieran perder conciencia de lo que me rodeaba. Nada de juegos. Nada de aparatos tecnológicos. Ni siquiera el móvil. Tan sólo Sergio, la naturaleza en estado vivo y yo. Tenía la profunda convicción de que no necesitaba nada más para abordar mi nueva etapa con el gozo renovado. 

   Sergio se quedó junto al coche, sacando las mochilas y cerciorándose de que todo estaba en orden antes de abandonarlo temporalmente en aquel ensanche del camino, y yo me adentré en el bosque impaciente por vivirlo, por tocarlo. El aroma a tierra, a raíces húmedas insertadas bajo los troncos robustos de los árboles con las que alimentarlos, el verdor de las hojas y la mecida de sus copas acariciando las nubes, dando cobijo a los pájaros de plumaje liviano y colorista, con sus trinares sonando en mis oídos cual música celestial, la caída salvaje del agua a través de las rocas redondeadas por la fuerza de una erosión constante, incansable, las ramas pequeñas de un débil follaje rozándome las piernas, provocando la reacción de mi piel ante lo que parecía el beso y el abrazo acogedor de la madre naturaleza me embargó de lleno absorbiéndome, atrayéndome hasta su seno en el que me recosté feliz, dejando caer mi cuerpo sobre la hojarasca mullida que me protegía de la dureza del terreno, observando el cielo que mantenía al oeste su intenso color azul tornándose plomizo de forma paulatina hasta alcanzar el este por el que el sol había nacido algunas horas antes.

   Un sonido extraño me hizo abrir los ojos de forma brusca e incorporarme hasta quedar sentada, provocando el revoloteo de dos pequeñas aves que apenas podían levantar el vuelo. Me había quedado dormida, no sabía por cuánto tiempo. Miré hacia arriba ante la ausencia de luz y vi al cielo completamente cubierto de nubes negras y densas, amenazando con descargar una tromba de agua sobre mí. Un trueno fuerte me sobresalto y algunas ramas secas crujieron bajo mis pies al levantarme. El murmullo de las hojas agitadas se mezclaba con los silbidos del aire. El trinar de los pájaros había cesado, no podía divisar ninguno, habrían corrido a ocultarse ante la amenaza de la tormenta inminente. Busqué a Sergio. No estaba. Caminé en círculos durante algunos minutos, tratando de hallar el lugar por el que había venido, pero no logré encontrarlo. Me había desorientado, por no decir que estaba perdida en aquel lugar que ahora comenzaba a resultarme extraño. Y amenazador.

   Escuché el sonido de algunas pisadas detrás de mí. “¿Sergio?” –pronuncié en voz alta-. Nadie contestó. Tal vez fuera alguna ardilla o algún otro animalejo raudo hacia su madriguera. Pero me asusté. Miré de nuevo a mi alrededor. Todo había perdido el brillo ante la oscuridad aún más intensa que ya comenzaba a cubrirlo todo. No sabría volver. Si no levantaba los pies de allí, no encontraría el camino de vuelta con facilidad. Di unos cuantos pasos sin una orientación precisa y volví a escuchar el crujido de las hojas secas y la sacudida de algunas ramas a unos metros de donde yo estaba. Callaron al detenerme y el estómago me volteó. Los latidos del corazón cobraron fuerza en mi pecho y mis piernas empezaron a temblar.  Aceleré el paso sin saber a dónde iba, deseando alejarme de allí. Tras un par de zancadas en lucha con la maleza, las malditas hojas secas volvieron a crujir. Me estaban siguiendo. El pánico me invadió y el pulso sobre mis sienes comenzó a torturarme la piel. Intenté correr, pero los cordones de mis zapatillas se enredaban entre los arbustos con suma facilidad, impidiéndome alcanzar velocidad. El aire que inhalaba por la nariz se me hizo insuficiente y abrí la boca para recobrar un aliento que el miedo me arrebataba por momentos. Volví a llamar a Sergio sin detenerme. El silencio apenas interrumpido por los truenos ya cercanos me advertía de que estaba sola. Miré de soslayo hacia atrás al tomar un sendero de ramas muertas y vi una sombra tras de mí. La oscuridad ya era evidente y no acertaba a adivinar si era humana o animal. Grité. Y apreté el paso lo más que pude hasta que una rama enganchada al gorro de mi sudadera me hizo caer. Oí las pisadas de aquel desconocido a unos cuantos metros y un estado de ansiedad inició su ascenso desde mi estómago hasta el pecho. Las bocanadas de oxígeno que intentaba aspirar me doblegaron y un reguero de lágrimas acompañadas por gemidos comenzó a aflorar. La imagen de María ocupó mi mente y sentí anclados en los poros de mi cuerpo su angustia, su miedo aterrador, su indefensión y su incapacidad de huir.

   Cuando volví a levantarme en un esfuerzo sobrehumano, giré la cabeza en dirección a la sombra, que permanecía impasible a un metro escaso de mí. Doblé mi cuerpo hacia adelante abrazándome a mí misma y rompí a llorar al ver a Sergio frente a mí, tendiéndome una mano para ayudarme a salir de allí. Me abracé a él sin mencionar palabra, enmudecida y totalmente colapsada por los hipidos del llanto que me resultaba imposible de contener. Todo había acabado. Aquel trance terrorífico había resultado ser nada, el producto de mi imaginación traicionera. Y enferma. Nada más.

   Besé a Sergio en el rostro y en el cuello mientras recobraba la serenidad y, sobre todo y ante todo, la seguridad perdida un tiempo atrás. Pero la alarma me sacudió. El susurro de María filtrándose en mi mente me hizo abrir los ojos y ser consciente de la realidad.  Los brazos de Sergio en ningún momento me rodearon, no los sentí acunándome junto él. Ni escuché de su boca palabra de sosiego alguna, de templanza o cualquier otra que me infundiera tranquilidad. Su mano izquierda se había posado muy sutilmente sobre mi cintura. La derecha colgaba hacia atrás, oculta por su propio cuerpo. Me retiré ligeramente, despacio, y lo miré a los ojos, en silencio. Su frialdad me congeló la sangre. Sus pupilas opacas se convirtieron en un muro infranqueable, imposible de traspasar. Aquel semblante extraño, casi tétrico, no le pertenecía, no era él.

   Intenté retroceder presa del pavor  cuando vi un reflejo plateado que no supe identificar hasta verlo izado a la altura de mi cuello. La hoja afilada de aquel cuchillo casi me hizo desmayar. De nuevo, el susurro apenas perceptible de María me reveló al oído su identidad criminal. Y empujada por ella, sin lugar a dudas, recobré el aliento e hice amago de correr.



-¡Corteeeeen!

-¡¿Otra vez?! ¿Y ahora qué pasa?! ¡Ya hemos recreado la escena diez veces, estábamos llegando al final! ¡¿Qué demonios ha salido mal ahora?!

-¡Le está tocando el culo, ¿no lo ves?!

-¡Bueno..., ¿y qué?!

-¡¿Cómo que y qué?! ¿Dónde se ha visto que un asesino loco se pare a tocarle el culo a su víctima justo cuando la va a matar?!

-¡A ver, Manolo! Te he dicho ya mil veces que dejes la mano izquierda en su cintura, que la tienes que sujetar para que no se escape, ¡que no la bajes más!

-¡¿De dónde has sacado a este tío?! ¿No era un actor profesional?

-¡Qué actor profesional, ni que ocho cuartos! El presupuesto que tenemos no da para más. El Manolo es mi vecino, que está parado y le hace mucha falta. ¡Pero hizo un cursillo de arte dramático en el colegio de curas cuando era pequeño, así es que algo sabe!

-¡Joder, joder, joder! Anda, coge la cámara y tira pa’lante. ¡Todos a sus puestos! Repetimos. Preparados…, listos…, ¡acción! 



Uno de los aspectos que siempre ha de perseguirse a la hora de escribir es emocionar al lector, hacerlo sentir, jugar con las palabras, con las acciones y con los elementos propios de los distintos géneros narrativos para manejarlo (al lector, con perdón) a nuestro antojo, provocándole -involuntariamente para él- reacciones de tristeza, nostalgia, optimismo, alegría, paz, miedo, temeridad, intriga, terror, incertidumbre, alivio, sorpresa, alguna lágrima pérdida o incluso una sonrisa. 
Conseguirlo no es fácil, y mucho menos cuando se pretenden inducir varios cambios de emoción a lo largo de la lectura. Pero cuando además se dispone de poco espacio para ello la tarea puede resultar en extremo complicada.
Una novela media cuenta con unas 130.000 palabras -puede que bastantes más- de margen para jugar. Este relato tiene 2.100. Mi reto al escribirlo no era conseguir despertar una sola emoción en este espacio tan condensado, sino más de una. Así es que os agradecería que me dijeráis si conforme ibais leyendo habéis pasado al menos por alguna de las muchísimas que he enumerado anteriormente, o por el contrario, no ha sido así. Si me decís que habéis pasado por dos me conformo. Si me decís que ha sido por tres, me doy por satisfecha total. Y si alguno por ahí me dijera que ha sido incluso alguna más, me hago una foto dando saltos de alegría y la cuelgo en esta misma entrada, jajaja.

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