Alguien muy cercano a mí, y muy querido, me confesó en cierta ocasión que lamentaba no saber escribir -literariamente hablando- para poder expresar públicamente sus sentimientos hacia alguien muy amado, a modo de homenaje hacia esa persona merecedora de un digno reconocimiento por como había sido en su vida y para con los demás.
Y es que es cierto que en determinadas ocasiones sentimos la necesidad imperiosa de sacar fuera cuanto llevamos dentro, y plasmarlo en uno o varios trozos de papel para que pueda volar y alcanzar corazones nuevos o, simplemente, para que seamos nosotros mismos quienes no olvidemos nunca lo que supuso en nuestras vidas y lo que nos hizo sentir de una forma tan intensa.
Pero hay alguien detrás de esta historia en la que yo he reparado también de manera especial.
Siento debilidad por analizar múltiples aspectos de la vida en general y de quienes la viven, pero sobre todo de la mujer, de la actitud de la mujer ante la vida y de la actitud de la vida ante la mujer, cosa que ya he repetido varias veces en público y en privado. Y al frente de esta historia hay una mujer de carne y hueso, una mujer real comprometida al máximo con su familia y que derrocha fortaleza, sentimiento y capacidad de sacrificio ante quienes quiere y ante lo que quiere. No puedo hablar más de ella, no la conozco. Pero mis impresiones a raíz de la lectura de su libro son éstas. Y con ellas me quedo.
Esto no es una reseña. Es la necesidad de contar y de decir, una vez más, que las grandes mujeres no tienen por qué estar siempre en las novelas de ficción, ni ser conocidas, tan siquiera, más allá de su propia familia.
Felicidades, Mayte
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