Nada de esto me resultaría tan reprochable si no estuviéramos hablando del fomento de la cultura. Pero la literatura corre la misma suerte que las demás artes en este país -pintura, escultura, teatro, cine, música...-, la de estar casi por entero en manos privadas que no sienten, ni tienen, -con pequeñas excepciones- la obligación moral de fomentar su crecimiento con una calidad depurada porque no es misión suya "culturizar" a la población, darles la formación educativa e intelectual que debería correr en gran parte a cargo de las entidades gubernamentales. Así es que no sé a quien echarles la culpa de determinados fenómenos que manchan la esencia pura de lo que debería de ser la literatura y que entorpecen que la calidad de ésta florezca y vea la luz como debiera. Porque al igual que nadie reprocha a una entidad o compañía médica privada que no ofrezca todos sus servicios sanitarios de forma gratuita o a muy bajo coste -como sería lógico desde el punto de vista humanitario-, tampoco sé hasta qué punto se puede exigir a una editorial privada que ponga en peligro la subsistencia del negocio por cumplir escrupulosamente con unos estándares de calidad en aquello que publican -en beneficio de una buena formación lectora-, ignorando que la mayor fuente de ingresos a veces proviene de la morralla literaria que muchos acaban leyendo a saber por qué -aunque en muchos casos, lo sospecho-. Aun así, el cabreo que me provoca apreciar de cerca ciertas cosas -que yo, además de incomprensibles, considero injustas- no me lo quita nadie. Pero no solo me provoca cabreo, también produce una batería de preguntas que circundan mi mente en torno al mundo de la escritura, pero sobre todo, en torno al mundo de los escritores y a las tesituras que deben encontrarse a lo largo del camino.
Los ejemplos que más rápido se nos pueden venir a la cabeza son los de esos famosillos cuya vida y milagros levantan el morbo de miles de lectores y que, con una calidad mediocre (siendo benévola), ocupan en una editorial el puesto que debería asignarse a una buena novela por mérito literario. Pero es obvio que la publicación de ese libro es inherente a la cualidad de "famosillo" del autor o autora en cuestión, con lo cual, si un escritor no es protagonista del papel couché es inútil que se plantee nada a la hora de sentarse a escribir. Pero la cosa cambia cuando el meollo de la cuestión no está en la persona, sino en aquello que se escribe. Cuando la tesitura está en crear una novela muy buena a nivel literario o crear una historia excelente a nivel comercial. Me diréis que deben conjugarse ambas cosas, pero esa es la teoría -y queda muy bonita-. En la práctica, la cosa cambia; no siempre -aunque puede conseguirse, qué duda cabe- la calidad literaria está bien avenida con el atractivo comercial, por lo que suele ocurrir muchas veces algo similar a lo que ya sucede en la gran pantalla, que el Oscar a la mejor película, o las mejores críticas de los expertos cinéfilos, no recaen en las que obtienen al final unos ingresos de taquilla descomunales. Y qué mejor prueba a nivel literario de lo que digo que el fenómeno Grey.
Ayer, paseando por face y la blogosfera, vi que después de crear una expectación sublime con miles y millones de apuestas en torno a los actores que protagonizarían la película, por fin se habían desvelado los nombres. Pero no fue eso lo que me extrañó, sino que al teclear "50 sombras" en Google aparecieran decenas y decenas de entradas de medios de comunicación ofreciendo la misma noticia en un mismo día: prensa escrita, televisión, webs literarias y blogs en general, una cobertura mayor -se me antoja- que la del Premio Cervantes o el Premio Novel de Literatura. Junto a ellas, otras que informaban de que su autora era la escritora mejor pagada de 2013 y que había hecho incrementarse los ingresos del grupo que la edita en cuatro millones de euros. Todo un fenómeno al que no encuentro una justificación plausible, porque su narrativa no goza de calidad literaria, su historia tiene tintes románticos como en muchísimas otras historias, su argumento no está mejor tramado que otras miles de novelas y, sobre todo y ante todo, porque el erotismo ha existido siempre en la literatura, y a mi juicio, de mejor calidad. ¿Una buena campaña de marketing? ¿Un buen trabajo de psicología social para eliminar el tabú que ha impedido a muchas mujeres leer erótica antes sin sentir vergüenza? ¿Una novela en la que, antes que pensar en la propia historia, se han reunido los elementos necesarios para crear un bestseller en potencia? ¿Una intención clara de no usar un leguaje o una narrativa pulida para que el libro fuera accesible tanto a las lectoras empedernidas como a las que no lo son, ampliando al máximo la horquilla de mercado? Tal vez un poco de todo. Pero el problema no es ése. El problema es que con él se ha abierto la caja de Pandora para que surja una moda literaria que las editoriales han demandado al máximo para aprovechar la coyuntura actual, y no digo esto porque tenga algo en contra de la literatura erótica, todo lo contrario, lo que me apena realmente es que existieran autores y autoras de novela erótica de óptima calidad luchando por sus escritos y que no fueran ni editados ni reconocidos -cuanto menos leídos- hasta que la señora E.L. James pegó el pelotazo con sus 50 sombras.
Todo esto no me hace sino pensar en aquellos escritores a los que conozco a través de las redes sociales intentando abrirse camino en este mundo con sus novelas de calidad -en muchos casos-, mediante autoedición o cualquier otra fórmula que se precie, entre las que se encuentra la espera paciente a que una editorial convencional decida apostar por ellos, y también en aquellos otros que tal vez no hayan dado el salto aún, pero que sientan una devoción por la escritura como para desear dedicarse a ella profesionalmente. Casi todos coinciden en un aspecto: dicen escribir para ser leídos, ése es su sentido, su razón de ser; afirman que su máxima como escritores es tener el reconocimiento de los lectores y llegar al mayor número posible de ellos, aunque me consta que muchos quieren hacerlo bien, aportando a la buena literatura su granito de arena. Pero yo me pregunto si en tiempos de crisis como ahora, en los que se busca evitar pérdidas a toda costa, eso será factible. Me pregunto si más de uno no optará, consciente o inconscientemente y movido por las circunstancias, por vender su alma al diablo y escribir en función de las demandas ajenas, centrándose en el fondo más que en la forma, y dejar que sean los grandes literatos de nuestra historia los que sigan gozando de ese reconocimiento mientras ellos intentan abrirse paso a codazos, y sea como sea, para poder comer de las letras todos los días del año. ¡Qué triste!