31 may. 2012

¿QUIERES QUE TE ACOMPAÑEMOS?

 
   
   Dijo Carmen Martín Gaite que "la soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente." Nosotras queremos salir de casa para compartir contigo nuestras vivencias, nuestras preocupaciones, nuestros temores..., aquella experiencia que nos partió el alma, que nos dividió el corazón o que nos hizo enriquecer como personas, como mujeres. Por eso hoy, esta entrada va dedicada a los lugares donde podéis encontrarnos, donde podemos cogernos de la mano para intercambiar sensaciones, impresiones y sentimientos.

  Si queréis que os acompañemos para siempre, podemos vernos virtualmente o de forma impresa en

   TODOEBOOK   

  

  Pero si queréis que os visitemos tan sólo por unos días, podéis encontrarnos, dentro de la Red de Bibliotecas Públicas de Andalucía, en

BIBLIOTECA CENTRAL de CORDOBA
BIBLIOTECA PÚBLICA de ALMERIA
BIBLIOTECA PÚBLICA de GRANADA
BIBLIOTECA PÚBLICA de HUELVA
BIBLIOTECA PÚBLICA de JAEN
BIBLIOTECA PÚBLICA PROVINCIAL de SEVILLA
BIBLIOTECA MUNICIPAL de POZOBLANCO


Os esperamos.

28 may. 2012

RELATO: EL TRASTERO.

          Me senté a la sombra de un viejo sauce, en una antigua mecedora cuyo crujido acompasado solía hacerme dormitar mientras los cálidos rayos del sol besaban la piel de mi rostro; pero aquel día permanecí despierta, acariciando un sobre blanco con letras manuscritas guardado con celo sobre mi regazo. Me aparté un mechón de pelo alborotado por la suave brisa del atardecer, al tiempo que las yemas de mis dedos recorrían la grafía delineada en tinta negra con sumo esmero. Entonces, la imagen de Martina, mi hija, cobró vida ante mis ojos ligeramente entornados y su voz infantil resonó a lo lejos, en un recuerdo evocado ante el cual sonreí feliz.

            Aparté el sobre hacia un lado y tomé entre mis manos un viejo álbum de fotos raído por el tiempo. No quería desvelar el contenido de la misiva sin antes llenar de luz mi corazón de madre abnegada y amorosa.  Abrí el libro por su primera página y mis ojos se iluminaron ante el retrato de mi hija recién nacida. Recordé aquel trece de septiembre como uno de los días más felices de mi vida, a pesar de los dolores y de las complicaciones del parto, comenzando ahí una etapa de renuncio a todo lo que fuera ajeno a ella, una etapa que ya no terminaría jamás. La imagen de Martina dando sus primeros pasos me volvió a llenar de orgullo; ella se aferraba firmemente a mis pulgares mientras sus inestables y arqueadas piernas hacían un gran esfuerzo por avanzar. Sonreí ante su primer disfraz de princesa de cuento real, bordado y cosido a mano en las silenciosas noches de frío invierno. Su primer día de colegio, llorando al unísono ante una dolorosa separación. Su colorida cartilla escolar, con aquellas vocales gigantescas entrelazadas con arañas, elefantes, iglesias, osos y uñas diminutas de tiernos deditos como los suyos. Las fiestas de cumpleaños con serpentinas de colores. Su Primera Comunión...

            Seguí avanzando por aquel paseo repleto de sentimientos y emociones por revivir, recordando cada rasgo, cada aroma, cada detalle vital o intrascendente que había dejado una huella profunda en mi corazón. Sonriendo, llorando, suspirando, mirando al infinito ante la nostalgia de un tiempo que ya no había forma de recuperar.

            Con la fotografía de mi primer nieto una inmensa ternura se apoderó de mí, invadiendo hasta la célula más recóndita de mi cuerpo al recordar el fuerte vínculo que me había unido a aquel pequeño durante años. Las obligaciones profesionales de Martina me habían brindado la oportunidad de rememorar con él mi papel de madre. Retrocedí entonces treinta y cinco años, acaparando una extrema vitalidad alimentada por un amor filial y por el entusiasmo de sentirme de nuevo útil.

            Me detuve en la última instantánea y esbocé una sonrisa abierta y franca, solo enturbiada internamente por los dictados de la razón. En ella aparecía mi hija, diez años atrás, ante la puerta del trastero señalando con sus manos elocuentes cuanto había en su interior.

            - ¡¿Pero tú has visto esto?! – exclamó aquel entonces con sus grandes ojos azules abiertos de par en par-. ¿Cuántas cosas guardas aquí?

            - Recuerdos, todo son recuerdos –contesté percibiendo la dulzura de mi voz-.

            - ¡Son trastos, mamá! –exclamó sin comprender-. Quédate con algunas y tira lo demás. Muchas cosas son de cuando yo nací –el eco de su voz resonaba desde el interior-. Sábanas, cunas, libros, juguetes, cochecitos… ¿Aún guardas también las cosas de Carlitos? ¡Pero si yo no voy a tener más hijos, no las volveré a necesitar!

            - Sal de ahí –ordené con ternura- y déjalo todo tal cual está. Me hace feliz conservarlas.

            Aquél fue el último día en que vi a mi hija antes de que el Atlántico se interpusiera entre nosotras como un obstáculo casi imposible de sortear. “Serán ocho o diez años. Luego volveré.” –aseguró abrazándome para disipar una angustia que no pude evitar-. Ocho o diez años tal vez fuera un tiempo exiguo para su edad, pero constituía una década mortífera para mí.

            Recobré con temor la carta que había apartado. Esperaba noticias de su propia mano, en vivo y en directo. Pero el matasellos mostraba de forma hiriente la ciudad de Nueva York. Rasgué el sobre y desplegué la hoja doblada y escondida en su interior. Comencé a leer, pero las lágrimas de mis ojos no me permitieron llegar hasta el final. No volvería. Mi hija había vendido su regreso a casa por un prometedor ascenso que le reportaría mayores ingresos y una mejor calidad de vida. Esperaba una señal. Yo siempre había esperado una señal. Y allí la tenía.

            El sol había descendido perezosamente y comenzaba a fundirse con el horizonte. Me levanté y caminé con torpeza, arrastrando los pies como si una carga pesada se empeñara en hundirme a toda costa. Me detuve un momento para analizarme concienzudamente en el espejo de bronce que había en la entrada. Paseé mis dedos por las profundas arrugas que surcaban mi rostro, me acaricié el pelo blanco grisáceo con mis manos temblorosas y por primera vez pude percatarme del acentuado color violáceo de mis venas transparentándose a través de la piel fina y quebradiza, excesivamente débil para protegerlas, al igual que mi vida.

            Asustada, di un paso atrás y busqué la llave en un cajón pequeño de la cómoda de ébano. Abrí con ella el viejo trastero que me aguardaba desde hacía años, sabiendo que todo cuanto allí había al fin me sería útil, tal y como había previsto: la vajilla de plástico de mi nieto Carlos, para cuando aumentara el temblor de mis manos y la dejara caer al suelo una y otra vez; el varal de la cama pequeña de mi hija Martina, por si perdiera el equilibrio durante mi inestable sueño; una pizarra negra de jugar a las maestras, para anotar todo aquello que olvidaría sin remedio; los puzles de piezas gruesas, para que mis manos entumecidas por la artrosis compitieran en destreza con mi mente desvaída; los libros de primaria e infantil, para leer cuando ya no alcanzara a entender los mensajes más complejos, y con las letras grandes, para mi vista cansada; un carrito andador con las ruedas de goma, para ayudarme en mis desplazamientos faltos de equilibrio; los grandes baberos de plástico, regalo de las cajas de papilla infantil, para evitar las manchas que mis manos sin duda producirían al comer; un precioso recetario de purés para bebés, de fácil elaboración y apropiados para sortear mis dificultades al masticar…

            Coloqué cada cosa en su justo lugar, y no quise cerrar sin antes detenerme a observar la belleza exultante del horizonte pintado de rojo por la caída del sol. Respiré tranquila. Ya estaba todo en orden y preparado para volver, para regresar de nuevo a la infancia durante un tiempo, aunque esta vez huérfana, sin padres que me ayudaran a progresar como hice yo con mi hija, pero con la convicción de que algún día, al igual que el sol cae para volver a resurgir, también yo volvería a elevarme para surcar el cielo fuerte y libre.

Mª del Pilar Muñoz Álamo - 2012


Y ahora... ¿me dejas la opinión que te merece este relato?





Fuente: Mundosolidario.org



23 may. 2012

UNA RESEÑA ANÓNIMA (ALBERTO GONZALEZ)


    Hoy va a ser uno de esos días en que me voy a saltar a piola las formalidades en el blog, simple y llanamente porque me lo pide el cuerpo, al que además, en esta ocasión, acompaña la razón.
   Hace ya algo más de un año que mi libro vio la luz. De hecho, su primera puesta de largo tuvo lugar el pasado 19 de mayo de 2011 en la Biblioteca Central de Córdoba,  bajo el temor de verlo, a partir de entonces, expuesto vulnerablemente a la opinión pública. Desde entonces han sido muchas las críticas y comentarios que me han llegado en torno a él, directamente, de viva voz; a través de terceras personas, familia, amigos…; mediante pequeños comentarios prácticamente anónimos dejados por escrito; o a través de reseñas mucho más extensas publicadas en blogs literarios administrados en su gran mayoría –a excepción de uno- por acérrimas aficionadas a la lectura.
   De todos ellos, me he limitado hasta ahora a compartir con vosotros, en este espacio, tan sólo las reseñas publicadas en otras revistas y blogs literarios, tal vez por pensar que el hecho de poder nombrar la fuente origen de la reseña le daba a la misma una mayor credibilidad, y por ser ésta, además, sobradamente conocida en la red o en la blogosfera literaria. Pero hoy me ha parado a pensar que si bien para vosotros, los lectores, es importante contar con una opinión reconocida por considerarla incondicional, para mí, a nivel personal, es tan válida esta crítica como cualquiera otra hecha por un lector o lectora cuyo nombre no figure entre los administradores de blogs. A mí lo que realmente me importa saber, lo que me resulta de verdadero interés, es en qué medida ha gustado mi libro a cualquier persona que lo haya leído. Su nombre me da igual. Y siento verdadera rabia de no poder compartir con vosotros, por la sola razón de ser anónimos o desconocidos, críticas entusiastas y realmente positivas, por lo que hoy he decidido poner el freno y publicar una reseña que a mí me ha llenado muchísimo, que ha supuesto para mí algo especial: por ser la suya una opinión masculina en relación con un libro que aún se sigue catalogando como literatura exclusivamente femenina –aunque no feminista-, por la ausencia de un compromiso hacia mí por su parte que le obligue a expresar lo que no siente, por no ser un lector apasionado y ávido de cualquier libro o de cualquier temática hasta el punto de dar su beneplácito a cualquier lectura, y sobre todo, y ante todo, porque su forma tan entusiasta de hablar del libro y su capacidad para transmitirme lo que le ha hecho sentir a muchos niveles y en muchos aspectos, han hecho que me emocione, que sienta una vez más que el esfuerzo de sacar estas historias a luz ha merecido la pena y que vea mi ánimo renovado para seguir luchando por convenceros de que cualquiera, hombres incluídos, podéis veros reflejados en todas y cada una de estas vivencias y disfrutar con ellas.
  Tengo la suerte de contar con su crítica por escrito, de otra forma no la hubiera publicado porque no deseo que esté sujeta a mis propias interpretaciones, sino a las vuestras, según él lo ha expresado de manera textual. Y tengo su beneplácito para compartirla con vosotros. Aún así, no voy a rubricarla con su nombre por respeto a su intimidad, pero queda abierta a que él mismo se pronuncie y decida si quiere reclamar su autoría, en cuyo caso estaré encantada de poner su firma bajo esta fantástica reseña que no tiene nada que envidiarle a las que he recogido hasta ahora en mi blog (rectifico lo dicho, lo rubrico por voluntad de él mismo, cosa que me alegra enormemente). 
  Me voy a reservar la parte dedicada al comentario de cada relato en particular, por el simple hecho de venir acompañado por pequeños detalles de índole personal, que aún sin tener trascendencia alguna, considero que forman parte de la intimidad del autor y que, por tanto, yo no debería vulnerar aquí.
  
   "Primero que nada, decirte algo que ya sabes, que el libro me ha encantado de principio a fin, todos y cada uno de los relatos. Con algunos me he reído mucho, con otros me he angustiado, con otros me he rebotado por las circunstancias, pero con todos, sin excepción he disfrutado mucho y de todos he sacado partido de ellos, cuando te hacen pensar, reflexionar sobre temas que tenemos todos los días entre las manos y en ocasiones también te hacen “reprogramar” tu cabeza cuando las conclusiones que sacas de ellos te dicen que alguna cosa que haces en la vida cotidiana, puede tener otra lectura de la que uno le da, a veces inconscientemente, y que puede hacer daño a los que tienes a tu alrededor, sin querer hacerlo.
    Coincido con la gran mayoría de las personas que han reseñado los relatos, y con los comentarios que han hecho de ellos. Son situaciones que se nos pueden presentar a todos en el día a día o en cualquier momento puntual, pero creo que no son historias sólo para mujeres, o que estén enfocadas hacia las mujeres. Es un libro también apto para que los hombres lo leamos y de estas situaciones podamos sacar conclusiones, que podamos saber y entender lo que las mujeres sienten o por qué lo sienten y por otra parte, también me parece que son situaciones perfectamente extrapolables a los hombres. Todas las situaciones que viven las mujeres de los relatos, pueden perfectamente pasar por la vida de un hombre, con los mismos sentimientos o no, pero sí pueden ser parte de la vida de un hombre. Cada uno sentimos las cosas de una manera, los problemas los afrontamos de forma diferente, pero creo que aunque la situación no sea la misma, los hombres también podemos sentir el deseo, la ira, la desesperación, la humillación, el desprecio…., con lo cual, este libro también deberíamos entenderlo los hombres. Creo que yo así lo he hecho, me he intentado meter en el pensamiento de las mujeres de los relatos y he conseguido ver que también todas sus vivencias las podría haber pasado yo, siendo hombre. Y como ya he dicho, me ha hecho meterme en su piel como si yo lo sintiera igual que ellas. Me dolía su sufrimiento, sentía la misma desesperación cuando no se veían comprendidas, me reía con ellas con sus vivencias y sobre todo, recordaba momentos de mi vida en los que las situaciones eran parecidas y me sorprendía que los sentimientos también eran hermanos.
  Me ha resultado sumamente fácil leerlo, puesto que tu forma de escribir es tan fluida y sencilla, que cualquiera puede entender lo que en cada frase se dice, y cualquiera con un poquito de sensibilidad, puede sacar la idea que el relato transmite, ya que consigues que esa idea se refleje de inmediato en la cabeza de uno, que el lector saque la esencia del relato sin tener que buscarla profundamente, eso es mérito de la escritora, de su capacidad para trasmitir lo que realmente quiere que se quede en el lector, y eso lo haces PERFECTO! Al menos, conmigo lo has conseguido, me has hecho SENTIR, cosa que he experimentado con muy pocos libros.

   Soy una persona que no lee mucho, por tiempo, por afición…. Llámalo como quieras, pero leo poco. Pero con tu libro me pasó algo extraño. En todas partes veía que gustaba mucho y decidí que tenía que leerlo, pero nunca podía imaginarme que me gustaría tanto y que sentiría tantas cosas y tantos recuerdos. Me he quedado con ganas de más, pero más de lo mismo, no cansa, no aburre, no te distraes en la lectura, es genial!
 
   Me ha encantado, me ha emocionado, me ha seducido, me ha resultado facilísimo leerlo gracias a la fluidez y sencillez de tu escritura y me ha dejado con muchas ganas de más y puedes tener seguro, que aquí tendrás a un lector incondicional de tus relatos, aunque sea un hombre, porque creo que este libro también está escrito para los hombres, para que también podamos sentir lo que los relatos nos hablan."
                                                                                                    ALBERTO GONZÁLEZ.
 
   Muchísimas gracias por haberlo leído y por tu reseña. Has contribuído a que sienta verdadero orgullo de haberle dado vida a este libro, que me haya merecido la pena la cantidad de horas invertidas en él, tanto antes como después de ver la luz, porque tu crítica me ha dado el ánimo suficiente para pensar que puede haber otros muchos “anónimos” en cualquier otra parte que lo disfruten tanto como tú. Y gracias por sorprenderme tanto, no esperaba que una boca masculina me hablara de emociones y sentimientos evocados de la forma en que tú lo has hecho. 

21 may. 2012

RELATO: UN ACUEDUCTO EN EL MAR

   Aquel día amaneció nublado, tintado de un gris oscuro que ocultaba el colorido y la belleza de las primeras flores de una primavera que no parecía haber entrado en Segovia con buen pie, ni para ellas ni para nosotros. Hacía unos cuantos días que el buen ánimo no me acompañaba. Mi sonrisa forzada afloraba a mi rostro movida por la educación y las buenas costumbres, pero en mi fuero interno era ahogada por una tristeza que no acertaba a comprender bien. Teníamos problemas, pero nada mucho más excepcional que los de cualquiera de mis vecinos. Aunque yo ya lo sabía, una voz interior parecía repetírmelo una y otra vez, quizá como fruto directo de lo que tantas veces había leído y escuchado: miedos irracionales, el miedo que siempre me acechaba no atendía a ninguna lógica explicación, era absurdo que la buscara, que intentara hallar un porqué;  tal vez por eso me resultaban tan difíciles de controlar, porque me veía incapaz de atajar la causa de mis temores, no la había, y por tanto, sus magnas consecuencias amenazaban con asolarme en cualquier momento, a cualquier hora, de manera imprevisible, inevitable… y a veces, implacable.
   Miré el reloj y me levanté de mala gana, no me apetecía salir de casa. Pero mi padre esperaba algo iracundo ante la idea de tener que desplazarse a Madrid y yo no quería enojarlo más. Ya habíamos discutido lo suficiente el día anterior ante su rechazo a someterse a más pruebas médicas. Estaba harto, harto de luchar contra un corazón cansado, quería que le dejáramos en paz, que le permitiéramos vivir sus días como le viniera en gana. Su apatía ante la vida lo estaba matando en mucha mayor medida que su enfermedad, que no revestía de una gravedad extrema, según nos habían podido informar. Era desgana, dejadez, la sensación tal vez de no tener nada útil que aportar a la vida, su carácter aprensivo, que le hacía esperar demasiados cuidados por parte de quienes tenía a su alrededor.
   Con un nudo incipiente en la boca del estómago, recogí a mi padre y nos encaminamos hacia Madrid. Lo miré a la cara y lo encontré triste, meditabundo, pero no me encontraba con fuerzas para decirle nada, sólo quería concentrarme en mí misma y en la extraña sensación que comenzaba a bullir en mi cuerpo. Una ligera flojedad en las piernas y en los brazos me hizo sentirlos más pesados de lo habitual, pero no quise centrar mi atención excesivamente en ellos, algo me decía que no me reportaría nada bueno concederle a aquello más importancia de la que tenía. No había dormido bien. Sólo era eso.
   Encendí la radio y busqué algo de música lenta para escuchar. No quería estridencias ni ritmos alocados, prefería algo suave que me ayudara a afrontar el camino de una forma relajada. Una canción antigua comenzó a sonar y con ella, los recuerdos de mi infancia resucitaron en mi mente al tiempo que ví a mis padres abrazados en el salón de nuestra casa, meciéndose al son de la música lenta, bailando una y otra vez. Añoré aquel tiempo, añoré su compañía y añoré su protección, y la sombra de la congoja comenzó a ascender por mi pecho henchido hasta mi garganta, forjando con lentitud un nudo grueso que me atenazaba  sin piedad.
   Me agarré firmemente al volante cuando enfilé la AP-6 en dirección a Madrid. Mi respiración comenzó a acelerarse y noté que mi pecho se elevaba a mayor velocidad de la habitual. Una tenue opresión por encima de mi abdomen hizo que me curvara ligeramente hacia delante, intentando controlarla con mi propio cuerpo en un intento de evitar que siguiera ascendiendo sin cesar. Las primeras notas de humedad recubrieron las palmas de mis manos y entonces comencé a alarmarme. Sabía lo que significaba aquello. Sabía lo que se estaba acercando. Y sabía lo incontrolable que podía llegar a ser.
   Miré a mi padre y vi que dormitaba ajeno a lo que me estaba sucediendo. Por un momento me alegré de que fuera así, pero entonces me sentí solo ante la vorágine de sensaciones que se me vendría encima si no conseguía menguar el ataque de ansiedad que se me hacía inminente. Puse el intermitente y me desplacé al carril derecho para no obstruir la circulación, necesitaba avanzar despacio, ignorar en la medida de lo posible el resto de los elementos implicados en la conducción, tenía que mantener la mente lúcida, despierta, para poder poner freno al terrible cuadro fisiológico que empezaba a extenderse por todo mi cuerpo. “¡Puedo controlarlo, puedo controlarlo!”  “¡No debo dejar que me domine, tengo que detenerlo antes de que continúe!”.  
  Pero el simple hecho de centrar en ello mi atención hizo que se disparara aún más. Me vi a mí misma conduciendo en plena autopista, con mi acompañante dormitando, rodeada de coches y sin poder hacer uso de las herramientas a las que solía recurrir cuando notaba la incipiente venida de mis ataques de ansiedad: no podía cerrar los ojos, no podía blanquear mi mente, no podía respirar en la bolsa de plástico que siempre me acompañaba, no podía… En uno de los momentos en que elevé la vista al frente y conseguí abrir bien los ojos, el túnel de Guadarrama apareció ante mí. Aquella sarta de pensamientos que me crispaba la razón, me hicieron perder el temple al verme abocada a entrar en aquella oquedad oscura donde me faltaría aún más el aire.  La bocina del vehículo que circulaba tras de mí me obligó a avanzar sin remisión y se hizo la oscuridad. Mi respiración se aceleró al máximo y tuve que abrir la boca para aspirar el oxígeno que me faltaba. El corazón me golpeaba el pecho desenfrenado hasta hacerme daño. El volante se escurría entre mis manos sudorosas y el temblor de mis brazos y mis piernas no me dejaban coordinar los movimientos para poder mantener el coche dentro de su carril. El latido de la sangre martilleaba mis sienes y comenzó a dolerme el pecho por la presión interna. No era capaz de pensar. Tenía que repetirme algo a mí misma, recitar mis instrucciones, pero no sabía cuáles eran. Sólo sabía que no podía respirar, que me faltaba el aire y que comenzaba a marearme y a perder por completo el control. Las bocinas de los vehículos comenzaron a sonar de manera estruendosa y me pareció ver a mi padre incorporándose para mirarme y para hablarme. Pero no le oí. Una sombra grande y tenebrosa se apoderó de todo. El coche se detuvo en seco en mitad del túnel. Lo último que acerté a ver fue una leve claridad adentrándose por el infinito, a miles de kilómetros de distancia. ¡No podría salir de allí! ¡¡No podría salir de allí y yo necesitaba aire!!
   Mi cabeza golpeó el volante, sumida en la mudez y el silencio de aquel lugar. Sentía ganas de vomitar, no podía controlar el continuo temblor de mis brazos y mis manos, que parecían ser completamente ajenos a mí, y la parte superior de mi cuerpo se doblaba hacia delante y hacia atrás dando bocanadas como las de un pez próximo a morir. No podía abrir los ojos, la cabeza giraba a mil por hora. Me creí morir.
   La puerta se abrió y alguien me sujetó por debajo de los brazos y me ayudó a salir. No vi quien era. Las nubes oscuras surcaban mis ojos de acá para allá sin dejarme apreciar más que leves siluetas del mismo color gris del cielo de la mañana. Las piernas se me doblaron y caí al suelo junto a la rueda posterior del coche. Alguien se postró a mi lado y comenzó a hablarme entre los murmullos incomprensibles de quienes estaban alrededor. El roce de su mano al buscar la mía me tranquilizó y arranqué a llorar de manera desenfrenada, entre gemidos y el sonido brusco de la respiración. Su voz en mi oído me reconfortaba, aunque no acertaba a adivinar todo lo que me estaba diciendo.  “Tranquila” –me pareció escuchar-. “Pasará, poco a poco, pasará. Respira despacio, despacio, despacio…”. Noté su cuerpo pegado al mío, respirando junto a mí para marcarme el ritmo acompasado que debía alcanzar. Profundo, largo. Mi cuerpo, inclinado hacia adelante, comenzó a erguirse poco a poco. Tenía frío. Me dolía el pecho. Me sudaban las manos. Las lágrimas bañaban mi rostro de forma incontenible.
   Entreabrí los ojos y giré la cabeza con lentitud. Mi padre estaba frente a mí, de pie, mirándome con el rostro compungido y atónito. Nunca me había visto así. Estaba asustado. La expresión de sus ojos me decía que estaba profundamente asustado. Aquél fue un antes y un después en su anciana vida. Sintió que debía cuidarme, que no todo estaba hecho, y eso le devolvió parte del vigor que le faltaba.
   Desvié la vista hacia mi izquierda para conocer al chico que estaba a mi lado. Me percaté de su proximidad y me ruboricé. Le solté la mano enseguida, después de habérsela apretado hasta casi bloquearle la circulación.
   - Chsss… no te preocupes – me dijo en un susurro-. Tranquila, no pasa nada. Todo está en tu mente. Todo se supera. Nada es lo que parece.
   Mi respiración aún estaba ligeramente acelerada, pero en mucha menor medida. Una flojedad absoluta invadió mi cuerpo, como si lo hubieran molido a golpes, como si lo hubiera sometido a la mayor tortura física posible. Tenía los brazos flácidos y las piernas dejadas caer sobre el asfalto de cualquier forma, sin poderlas reordenar para adoptar una postura decorosa. Miré a aquel chico y me sonrió. Hice intención de ponerme en pie y me frenó sujetándome con las manos suavemente.
   - Aún no, aún no estás bien –me dijo con voz tenue-.
   Me dejé caer y recosté la cabeza sobre sus piernas, dejándome llevar por la paz del momento. Él puso una mano sobre mí y comenzó a masajearme el pelo y las sienes.
   - Cierra los ojos –me dijo-. Piensa en algún lugar donde te gustaría estar. En la playa, frente al mar, por ejemplo.
   Entorné los ojos y le permití guiarme.
   - ¿Cuál es tu nombre? –me preguntó-.
   - Yolanda –acerté a pronunciar-.
   - Estás sentada frente al mar, sobre la arena cálida y dorada de la playa. No hay nadie allí, tan solo una pareja paseando por la orilla, abrazados. El sol te acaricia el cuerpo y notas su tibio calor a través de todos los poros de tu piel. Una leve brisa se levanta y mece tus cabellos suavemente, produciéndote un leve cosquilleo en la frente y en la nuca. Escuchas el susurro del mar, como cuando éramos pequeños y nos acercábamos las caracolas al oído. Las olas van y vienen, chocando sutilmente contras las rocas, con su espuma blanca filtrándose entre los granos de arena al llegar. Y te baña los pies con una caricia tibia y sugerente. Van y vienen, despacio. Las olas van y vienen muy despacio. Respira al son de las olas, Yolanda. Cuando se acerquen a ti, inspira. Cuando se marchen, espira. A su ritmo. Ahora viene otra, ¿la ves? Te baña las piernas. Inspira. Y ahora se retira, se marcha. Espira. Despacio. Inmersa en ese paisaje maravilloso donde quieres estar, donde está lo que tú sueñas, lo que tú anhelas.
   - Hay algo que anhelo tanto como el mar –confesé pausadamente sin abrir los ojos-.  Anhelo mi tierra. No quiero separarme de ella, la amo. Pero en Segovia no hay mar-expresé en un lamento-.
   - Tú eres dueña de tu mente. Puedes jugar con ella a placer. Llévala contigo. Llévala hasta donde estás. Los arcos del acueducto quieren bañarse en el mar, ¿lo ves? Allí, en el horizonte. El mar fluye bajo los arcos como si fuera un río inmenso, ¿lo ves? La playa, la arena, el mar, las olas, el sublime acueducto coronando el horizonte y asomando sobre sus arcos, el astro rey, el sol.
   Aquella estampa quedó grabada para siempre en mi memoria. Y el chico que me ayudó a crearla quedó grabado en mi corazón. Cada noche, cuando duermo junto a él, la evoco con detalle y me recreo en ella con placer mientras respiro al son de las olas, despacio, lento. Ahora me siento mejor, porque forma una parte importante de mí, de mi mente, adiestrada para evocarla cuando el pulso se dispara… y todo amenaza con volver. 


   Todo está en tu mente. Todo se supera. Nada es lo que parece. 




18 may. 2012

RESEÑA EN EL BLOG "MIS LECTURAS Y MÁS COSITAS"

 

  ¡Qué miedo dan las expectativas! Para quien escribe y para quien lee. Si bien ante los desconocidos la lucha se centra en superar los prejuicios que se forman en torno al libro, entre los lectores que ya han oído hablar de él y que han tenido la ocasión de leer reseñas anteriores, el miedo atroz se centra en superar esas expectativas que elevan el listón progresivamente en relación a lo que se espera de él. Pero es un miedo compartido.

  Margari en su reseña define muy bien el temor del lector a que, contagiado por la efusividad de otros, se encuentre finalmente ante un libro del que había esperado muchísimo más de lo que ha encontrado. Pero el miedo del autor, en este caso el mío, es el hecho de que el libro no consiga provocar la impresión que merece por la elevada predisposición de la que parte el lector para encontrar el súmmum entre las páginas escritas. Siempre he dicho que cada nueva reseña, cada nueva lectura, es un nuevo reto, una barrera más que superar. Ahora puedo añadir que esa nueva barrera es más alta cada vez. Esa es mi impresión. Pero como los obstáculos difíciles son los que más nos reconforta vencer, haber podido saltar éste, conociendo ahora más de cerca las sensaciones y temores iniciales de quien lo acaba de leer, me ha sabido a gloria.

  Si os confieso que me he emocionado con lo dicho por Margari pensaréis que siempre digo igual, pero es que es lo que siento, lo que sigue evocándome cada nueva reseña que se publica en estos términos, porque, para mi asombro, ninguna es igual. Y si bien su texto escrito no es de los más largos, ha sabido concentrar en cada párrafo un número de halagos hacia el libro elevadísimo, irradiando un entusiasmo por lo que en él se cuenta y por cómo se cuenta capaz de traspasar la pantalla y de contagiar a quien haya querido hacerse eco de sus palabras. Yo no puedo pedir más.

  ¡Muchísimas gracias, Margari! Ha sido un auténtico placer leer tu reseña, no sólo por lo que dices en ella, sino también porque he podido comprobar que muchas de mis pretensiones al escribir este libro te han llegado tal cual había de ser y eso es muy reconfortante.

  Al igual que tú, voy a hacer el esfuerzo de recrear sólo algunas líneas de tu reseña, porque si por mí fuera la plasmaría íntegra, no lo dudes.

  "Porque su obra no es que me haya gustado, es que lo he disfrutado al máximo. Expectativas no sólo cumplidas, sino ampliamente superadas."
  "Y aparte de con sus historias, he disfrutado muchísimo con la prosa de esta escritora: sencilla, fluida, cercana, fresca. Y de este modo Pilar consigue meternos más en las historias. Es imposible dejar de leer. Al igual que es imposible destacar una sola de sus historias. Todas brillan por igual. Todas tienen algo que nos hace decantarnos por ella."
  "Pero lo mejor que puedo decir de este libro es que hay que leerlo y disfrutar de todas y cada una de sus historias y de todas y cada una de sus protagonistas."

  Leer más en  el blog MIS LECTURAS Y MAS COSITAS 


16 may. 2012

SORTEO DEL LIBRO Y I ENCUENTRO EN EL EJIDO (ALMERÍA)

Hoy tengo el placer de anunciaros dos eventos: 

1º  El SORTEO de un ejemplar de ELLAS TAMBIÉN VIVEN en Facebook.

     El "Club de Lectura: Con un libro entre las manos" ha organizado el sorteo de un ejemplar del libro en su página de Facebook. El plazo para participar se abrió ayer a las 22:15h. de la noche y termina el próximo día 31 de mayo, o bien, una vez que hayan sido adjudicados los 100 números que están en juego, si esto ocurre antes de la citada fecha. Las bases para participar se encuentran detalladas en el siguiente enlace:
                                       CONCURSO EN FACEBOOK
¡No dejéis pasar la oportunidad!


2º I ENCUENTRO DE AUTORES DE CÍRCULO ROJO - 2012

    El próximo día 26 de mayo, tendrá lugar el I Encuentro de Autores de Círculo Rojo en El Ejido, un evento abierto al público en el que tendréis la oportunidad de conocer algunas de las obras publicadas bajo el sello editorial de Círculo Rojo de la mano de sus autores. 
    Nosotras también estaremos allí, presentando Ellas También Viven dentro del género del relato. 
Queremos compartir con vosotros este encuentro tan especial. 
Os esperamos. 


12 may. 2012

UNA HISTORIA DE RECUERDOS Y EMOCIONES.

  Alguien muy cercano a mí, y muy querido, me confesó en cierta ocasión que lamentaba no saber escribir -literariamente hablando- para poder expresar públicamente sus sentimientos hacia alguien muy amado, a modo de homenaje hacia esa persona merecedora de un digno reconocimiento por como había sido en su vida y para con los demás.

  Y es que es cierto que en determinadas ocasiones sentimos la necesidad imperiosa de sacar fuera cuanto llevamos dentro, y plasmarlo en uno o varios trozos de papel para que pueda volar y alcanzar corazones nuevos o, simplemente, para que seamos nosotros mismos quienes no olvidemos nunca lo que supuso en nuestras vidas y lo que nos hizo sentir de una forma tan intensa.

  Hoy he terminado de leer una historia, la de Juan José Esteban. Una historia que me ha hecho evocar recuerdos que creía perdidos en mi memoria y que pertenecen a mi infancia y mi propia vida, a lo largo de la cual he podido escuchar el relato, multitud de veces interrumpido, de los avatares sufridos y disfrutados por mis padres en una época que tiene su origen mucho más allá de mi propio nacimiento y que, aún habiendo discurrido en otros puntos de la geografía española distantes a los de Juan José, están hermanados con la suya en cuanto a experiencias, detalles, vivencias, sentimientos y emociones. He sentido nostalgia con su recuerdo. He sentido cariño hacia mis progenitores y sus congéneres de la mano de Juan José, y he sonreído con ternura por la cercanía de una vida que no es la biografía magnífica de un actor de cine ni de un personaje histórico, pero que sí supone una vida excepcional para una hija en la que despierta un sentido amor y una profunda admiración, y que desea por encima de todo amarrarlo a la vida, a su vida, para siempre, tratando tal vez de que el testimonio escrito de sus vivencias le hagan mantener vivo el recuerdo que todos tememos perder algún día por las malas pasadas de nuestra memoria, que se empeña en borrar los sentimientos dolorosos sin permiso alguno para quedarse únicamente con lo que nos produce placer. 

  Pero hay alguien detrás de esta historia en la que yo he reparado también de manera especial. 

  Siento debilidad por analizar múltiples aspectos de la vida en general y de quienes la viven, pero sobre todo de la mujer, de la actitud de la mujer ante la vida y de la actitud de la vida ante la mujer, cosa que ya he repetido varias veces en público y en privado. Y al frente de esta historia hay una mujer de carne y hueso, una mujer real comprometida al máximo con su familia y que derrocha fortaleza, sentimiento y capacidad de sacrificio ante quienes quiere y ante lo que quiere. No puedo hablar más de ella, no la conozco. Pero mis impresiones a raíz de la lectura de su libro son éstas. Y con ellas me quedo. 

  Esto no es una reseña. Es la necesidad de contar y de decir, una vez más, que las grandes mujeres no tienen por qué estar siempre en las novelas de ficción, ni ser conocidas, tan siquiera, más allá de su propia familia. 

  Felicidades, Mayte


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10 may. 2012

RESEÑA EN CASA DE SANDRA M.

    Ayer recibimos una carta de Paulina que nos ha hecho llorar; a mí, a Raquel, a Maite, a Mónica…, a todas nosotras. En ella nos confiesa su emoción al recibirnos, la alegría con que nos ha acogido en el seno de su casa y los profundos sentimientos que han brotado en ella al escucharnos. Casi podemos sentir desde aquí el calor de su abrazo, de sus manos paseándonos por su tierra y por su corazón. Pero sin duda alguna, lo que más nos ha hecho enternecer, ha sido el poder compartir, a través de sus palabras, una parte de su vida, de su lucha valiente y de su arrojo y fortaleza para plantarle cara a los avatares con los que el destino nos sorprende.
  Quisimos hacerla partícipe de todas nuestras vivencias y ella nos ha devuelto el regalo, nos ha hecho cómplices de la suya, como las amigas íntimas, como las hermanas. Paulina forma parte de nosotras, de ese grupo de mujeres de bandera que tienen algo interesante que contar y que compartir orgullosas con quien quiera escucharnos.
  A ella, queremos felicitarla por esos 79 espléndidos años que acaba de cumplir. Y a Sandra queremos agradecerle el habérnosla presentado, el haber compartido con todos sus amigos este encuentro tan especial, permitiendo que el mensaje de todos ellos haya llegado hasta nosotras sumiéndonos en la emoción de sentirnos tan queridas y estimadas.
  Nosotras, en esta ocasión, no queremos contaros nada de ese encuentro. Queremos que sea ella, desde su casa, quien lo siga haciendo como hasta ahora.
Lucía.

8 may. 2012

RESEÑA DE SHAKA LECTORA EN CIAO!



 ¿Recordáis aquel sorteo tan historiado que tuvo lugar en el blog hace un par de meses? Pues, uno de los dos ejemplares de “Ellas también viven” viajó hasta tierras salmantinas para caer en las buenas manos de Shaka Lectora. Ella, además de administrar su blog, también suele publicar en Ciao!, y allí es donde he podido leer esta fantástica reseña una vez terminada la lectura del libro.
  Me alegra profundamente, como siempre digo, que por encima de todo haya disfrutado de él y con él, que se haya visto emocionada, identificada y sorprendida con las historias de esas dieciséis mujeres que son un fiel reflejo de la vida cotidiana que solemos vivir el común de los mortales; pero quiero agradecerle que, además de plasmar esas impresiones personales en su reseña, haya querido romper una lanza en pro de la defensa que de un tiempo a esta parte vengo haciendo de manera intensificada para demostrar, como muy bien dice, que no estamos ante un libro “de y para mujeres”, sino ante relatos literarios aptos para ambos géneros.
  Debo  decir, además, que me ha gustado el tacto y la destreza lingüística que ha tenido para resumir el argumento de todos los relatos sin desvelar un contenido esencial que pudiera truncar las sorpresas que en ellos se esconden, ni el porqué de la intriga o la incertidumbre que más de uno puede despertar.
  Reproduzco algunas líneas de su extensa y completa reseña; pero como siempre os animo a leerla entera pinchando en el siguiente enlace:
   "El libro me ha gustado mucho. Hacía muchísimo que no tocaba el género de los relatos, en gran parte debido a un par de experiencias negativas que tuve con él y este libro me ha reconciliado con el mismo.
  Quiero dedicarle este párrafo a todos los chicos que me seguís habitualmente, que ese título no os engañe: este libro no es exclusivamente para mujeres.
  Como creo que ya ha quedado claro más arriba, recomiendo esta lectura a todo el mundo, tanto hombres como mujeres, ya que nos encontramos ante 16 historias de lo más realista, con algunas nos sentiremos identificados, otras nos emocionarán y algunas más nos impactarán de lleno..."
  Muchas gracias, Shaka, por alzar la voz en nuestro nombre.

3 may. 2012

RELATO: "AUSENCIA"

  Hoy no tengo razón para levantarme. La luz se cuela a cortes por las rendijas minúsculas de la persiana gris ribeteando la pared frontal, como si en código Morse quisiera transmitirme tu adiós. El silencio lo envuelve todo. Hoy la atmósfera no se impregna de olor a café, a pan tostado con sabor a mermelada de frambuesa, con la que tantas veces jugamos. No acierto a ver nada más allá de las paredes de esta habitación de la que no quiero salir. Giro la cabeza, despacio, con los ojos entreabiertos, temerosos, aquellos con los que miraba de pequeña los dibujos de terror sabiendo que me vería sorprendida en cualquier momento. Y temo encontrar lo que sé que encontraré: las sábanas arrugadas y frías sobre la superficie plana de tu lado de la cama. Una lágrima silenciosa resbala por mi rostro y se funde con el aroma que tu almohada desprende. A ti. Huele a ti y me deshago entera. No puedo dejar de abrazarla, de apretarla contra mi pecho para calmar el dolor profundo que me parte en dos. Cierro los ojos y tu imagen me asola, me seduce, hasta me hace sonreír por un instante pensando que tu marcha fue un sueño, un mal sueño del que pronto despertaré. Respiro agitada y elevo mi mano al aire posando mi dedo sobre tus labios para hacerte callar. No quiero escuchar de nuevo tu despedida. No. Otra vez, no.
  El aire se vuelve denso, caliente y húmedo por mi propia respiración que parece apagarse lentamente. Me pesan las piernas y mi cabeza gira, me siento perdida y apresada en el mundo oscuro que se me viene encima. Todos mis sentimientos resurgen a la vez y me aplastan, me asfixian, me oprimen exigiendo una respuesta que ni yo tengo. Por qué te dejé marchar. Por qué te dejé marchar. Por qué.
  Rompo a llorar curvada sobre mí misma en un afán por abrazar mis entrañas destrozadas y grito tu nombre al viento, una y otra vez, con la cordura ida y el corazón muerto. Nadie me escucha, nadie acude a consolarme y a advertirme que volverás, que me rodearás con tus brazos,  que me acurrucarás y besarás mis lágrimas derramadas por ti.
  Cierro los ojos, porque observar  tu ausencia pesa demasiado. Y me sumerjo de lleno en el amargor de la impotencia, de la ida sin retorno, golpeándome a mí misma oprimida por la angustia. ¿Por qué no te miré? ¿Por qué no te sonreí  más a menudo? ¿Por qué no te alabé cuando así lo merecías? ¿Por qué me ofusqué tantas veces con menudencias intrascendentes? ¿Por qué no te cuidé? ¿Por qué no me asomé a tus ojos para adivinar que me querías? ¿Por qué nunca te dije que te amaba? ¡Maldita sea, ¿por qué nunca te dije que te amaba?! ¿O es que acaso ni yo lo sabía?
  Ahora fluye. Ahora todo fluye como un manantial fuerte y poderoso. Ahora fluye para asediarme y para matarme.
  Porque ya no hay marcha atrás.

Mª del Pilar Muñoz Alamo - 2012

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1 may. 2012

UN 1 DE MAYO ALGO ESPECIAL


1 de mayo. 

  "Hoy conmemoro el día en que, hace 20 años, decidí por voluntad propia abandonar mi trabajo. No fue una decisión unilateral, fue consensuada con mi marido.  Con la tablilla de mi análisis de embarazo mostrando aquellas dos deslumbrantes líneas rosas, nos sentamos a la mesa para planificar nuestro futuro y el de quien habría de colmar de previsibles satisfacciones nuestra vida conyugal. Se lo merecía todo. Nuestro futuro hijo y cuantos vinieran se lo merecían todo: nuestros cuidados, nuestra atención, una educación pedagógica, conductual y amorosa minuto a minuto, y eso requería tiempo y dedicación, el mismo del que no dispondríamos de seguir desarrollando nuestra ocupación profesional. Planteamos abiertamente quién de los dos renunciaría a su vida laboral, pero ahora sé que todo estaba determinado de antemano. Ambos, consciente o inconscientemente, sabíamos que sería yo. Miles de años hablando de instinto maternal, miles de años avalándose por doquier la capacidad masculina de procurar el sustento de la familia, miles de años cuestionándose la hombría de quienes se permiten ser mantenidos por sus esposas mientras ellos se dedican a las labores culinarias o al cuidado de su prole. Dije adiós, con todo el dolor de mi alma, porque me sentía realizada como mujer y como miembro de la sociedad en la que nos había tocado vivir, pero satisfecha ante la promesa bilateral de que sólo duraría el tiempo necesario para verlos crecidos y con la suficiente autonomía como para no necesitarme. Entonces retomaría de nuevo mi papel de mujer independiente, autónoma y capaz de aportar al mundo lo que mis estudios me habían permitido adquirir.
  Me costó adaptarme, a pesar de sentir un amor sobrehumano por mis hijos. Durante muchos años sentí castrada una parte de mí, sentí remordimiento de conciencia por desear estar en compañía de adultos en lugar de estar con mis niños, me sentí vacía por haber renunciado a una faceta personal que me pertenecía y que sentía que tenía todo el derecho a desarrollar, me sentí menospreciada socialmente por no disponer de ingresos propios que me hicieran merecer el respeto de mis congéneres, me sentí enjaulada desempeñando un trabajo repetitivo y monótono del que nadie parecía querer oír hablar. Y me sentí hasta despreciada en ocasiones por mis propios hijos, que pocas veces valoraron que mi dedicación en cuerpo y alma no dejaba de ser una decisión personal; ellos siempre lo consideraron mi obligación, y las obligaciones no se agradecen, se cumplen. Ver sus necesidades plenamente satisfechas, sus rostros de felicidad, junto a la idea de retomar mi vida en algún punto aún no determinado, me animaron a seguir, a invertir cada segundo de mi tiempo en esa empresa, sin recriminaciones, sin juzgar a nadie, sin culparme a mí misma por lo que me estaba perdiendo.
  Mis hijos han crecido y han comenzado a labrarse su propia vida, como estaba mandado.  Mi marido ya se ha forjado la suya. Ahora me toca a mí.
  Con 45 años, pongo el pie en la calle dispuesta a comerme el mundo, con mi título de licenciada bajo el brazo y las ilusiones a flor de piel, iluminándome un rostro surcado de signos de madurez. Pero todo ha cambiado. El curriculum de los veinteañeros triplica al mío; las nuevas tecnologías están a años luz de mi intelecto, nunca tuve tiempo de subirme a ese carro y ahora circula tan rápido que me resulta imposible abordarlo y no parece estar dispuesto a detenerse, a esperarme; mi resistencia física está mermada con respecto a los más jóvenes; mis cargas familiares, a pesar de su crecida edad, no me permiten disponibilidad para viajar; mi capacidad de aprendizaje se presume disminuida y, según parece, serían necesarios innumerables cursos de formación para ponerme al día, lo cual no es rentable; no estoy al tanto de los cambios políticos, sociales y normativos en un grado de profundidad suficiente, a pesar de haberme esmerado es escuchar la radio a diario y leer la prensa local y nacional. Y ya no basta con aprobar unas malditas y complicadas oposiciones, ahora es necesario formar parte de una bolsa de trabajo con miles de puntos acumulados durante años rulando por cualquier rincón de la geografía de, cuanto menos, mi comunidad autónoma.
  Se me ha ido el tren. Un tren que dimos por hecho que seguiría ahí, esperando a que yo terminara lo que nos parecía prioritario a nivel familiar. Se ha marchado para no volver, y yo me he quedado sentada en la estación, esperando, como Penélope. Y ahí me quedaré.
  Ahora ya no hay opción de volver atrás, de retomar lo que dejé y cuando lo dejé. Aquella fue mi elección y por tal camino he de seguir. Veinte años invertidos en mi familia y no reconocidos por ella, ni siquiera socialmente. Sé que mi marido flirtea con una compañera de trabajo a la que considera “a su nivel”. Pero yo dependo de él, de ese sueldo laboral al que nunca renunció y que ha compatibilizado durante todos estos años con esa misma familia a la que yo me he dedicado y a la que he sacado a flote con mi esfuerzo y mi renuncia. Mi independencia se esfumó y sólo podré recuperarla mal viviendo, porque esa misma sociedad que tanto aboga por un papel de madre sumamente indispensable, es la que acaba poniéndote el pie en la yugular si decides desempeñarlo a pleno rendimiento.
  Hoy celebro el día en que perdí mi trabajo, junto a otros cientos de miles de personas que, o bien lo perdieron en algún otro momento, o no saben si lo encontrarán jamás."



Este testimonio ficticio podría ser el de muchas de nosotras, pero estoy segura de que hay otros tantos por ahí que también merecerían contarse en este día, ¿verdad?

  

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