4 oct. 2017

RELATO: «IRINA».



   Se consumen las horas. Y los días se suceden como un juego de luces a intermitencias, donde la claridad da paso a las sombras en una alternancia que me asusta. No tengo miedo a morir. A este pobre viejo ya solo le aterra el dictado de su conciencia. La que nunca tuvo. O tal vez sí, aunque prefirió no mirarla. No atenderla a pesar de las advertencias a su sinrazón.
   Suspiro a solas, escuchando cómo la vida continúa alborotada tras la ventana, abierta de par en par. No puedo despegar la vista de ella, porque me da el aliento que todavía necesito. El que me falta entre las paredes de esta habitación.
   Sé que debo marcharme con las cuentas saldadas, que la traición es plomo en el alma y pesa en exceso. Pero no es de recibo liberarme de él si con ello causo dolor a la mujer que amo. Dime tú, que me estás leyendo, qué puedo hacer con este duelo, sabiendo que solo uno de los dos habrá de salir indemne: ella o yo.
   Amanda. Mi amada esposa. Mi compañera fiel. Madre de mis hijos, recta, educada, de moral intachable, abnegada y sumisa como una sierva incorrupta. De buena estirpe, complaciente conmigo, atenta con los demás. Pareja y anfitriona excepcional, el orgullo personificado para un juez como yo... Para un juez como yo que exige el deber pero no lo cumple.
   La escucho trastear fuera, manejar las cajas de la medicación que vendrá a suministrarme de un momento a otro. Me mirará con su particular brillo en los ojos y esbozará una sonrisa en la que puede leerse que no le pesa cuidarme. Como siempre hizo. Y a mí se me encogerá el corazón como una uva seca y me repetiré hasta hastiarme que no puedo seguir callando, que no merezco su compasión. Que deberé derramar lágrimas amargas si es preciso, aquellas que no degusté jamás.
   Malditos bríos varoniles que me empujaron a lo prohibido. Que me abocaron al abismo de Irina, con su rizada melena al viento, sus pechos poderosos, su risa alocada e incontenible y sus rasgados ojos negros en los que perderse para no volver. Con Amanda vivía en línea recta y con Irina derrapaba en las curvas hasta sentir vértigo. Amanda era el sosiego y la calma; Irina era ese punto de locura necesario para no dormitar viviendo, para no morir engullido por una rutina aplastante y devastadora. Amanda era casta. Irina era endiabladamente transgresora. Con Amanda me dormía y con Irina me despertaba empapado en sudor, tras un sueño innoble que ella misma provocaba.
   Observo las hojas de los árboles a través de la ventana, percibo la brisa fresca, el aroma de otoño y me embarga la nostalgia. Se me agolpan recuerdos de lo vivido y, con ellos, aflora una sonrisa maliciosa que denota la falta de un arrepentimiento que debería sentir por haberla conocido, por haber mantenido con ella una vida paralela a mi matrimonio durante más de treinta años. Pero no. No lo siento. Me regocijo en su estampa y me digo a mí mismo que gracias a Irina pude soportar el papel que se me exigía en la vida, en mi círculo social, en casa. Ese papel estirado, firme e inflexible como una vara que ella doblegaba como si fuera bambú.
   Aún puedo recordar su olor, la fragancia de su perfume impregnando el pañuelo que solía llevar anudado al cuello y que, de forma maliciosa, introducía en el bolsillo de mi chaqueta para delatarme; las películas eróticas de la sesión golfa que acudíamos a ver con disimulo y a las que ella terminaba dando la espalda, sentada sobre mí; su forma de deslizar los labios por mi nuca, de morder el lóbulo de mi oreja mientras rozaba mi cuerpo con sus pechos desnudos; las caricias en mi sexo con sus cabellos alborotados; los baños en la playa al amanecer, gritando con locura desmedida por la frialdad del agua... Amanda se dejaba hacer si yo lo dictaba, sin estridencias, sin sorpresas, ateniéndose estrictamente al canon moral establecido en su papel de esposa; Irina se pintaba los labios de rojo carmín en el espejo del coche y después, con sonrisa malévola, se sumergía entre mis piernas para dejar impresa en mi sexo la huella del delito. Y yo me volvía loco.
   Pero necesitaba, horas después, la cordura que me devolvía mi mujer, sus masajes en los hombros para rebajar mi tensión, sus preguntas de rutina, su extremado orden vital, al que me sujetaba con fuerza para mantenerme estable tras la marea descontrolada que mi princesa provocaba.
   Amo a mi esposa, siempre la he amado. Pero he estado perpetuamente enamorado de la frescura y vitalidad de Irina, de su sexualidad desinhibida, de su físico exuberante, de su locura, que también era la mía.
   No sé si alcanzarás a entenderme, pero no me importa. La que me importa es ella, Amanda. Confesarle mi traición es tan doloroso como la misma muerte; no la quiero ver llorar. Ni dejar que continúe su vida sintiéndome como un buen esposo cuando no lo fui.
   Podría habérselo dejado escrito, pero eso es de cobardes, y yo... ¿Lo soy?
   El pomo de la puerta cruje, ya está aquí. Ya entra. Me tenso y una pequeña lágrima de angustia escapa y resbala por mi mejilla mientras la miro, con el rostro hundido en la almohada. Ella me devuelve una mirada calma y mece mi alma con su sonrisa, acunándola con ternura. Me acaricia el pelo y coge mi mano; intuye próximo el instante de decir adiós, de desnudarme por dentro para disipar fantasmas.
   Pero no me lo permite. Con dulzura y un halo de dignidad pone un beso en mis labios para acallarme y se le vidrian los ojos, mientras me pregunta:
   —¿Ya te despediste de ella?


4 sept. 2017

PRESENTACIÓN DE «UN CAFÉ A LAS SEIS» EN CÓRDOBA



   El concurso literario convocado por Amazon para este año 2017 cerró sus puertas el pasado 31 de agosto. Más de mil autores esperan una primera decisión, la que elevará a la máxima potencia las expectativas y las ilusiones de cinco de ellos al seleccionar sus novelas de cara a la gran final. Al día de la fecha, aún no sé qué pasará. Pero Raquel (la protagonista de esta historia) y yo no nos detenemos. Porque «Un café a las seis» no fue una novela concebida exclusivamente para el concurso, sino para que tuviera vida propia, independiente, autónoma, y, a ser posible, larga.

    En estos dos meses que ha durado el concurso, la respuesta de los lectores ha sido excelente, cuantitativa y cualitativamente. Las emociones que vertí en ella al escribirla me han venido de vuelta en forma de comentarios públicos y privados, algunos de ellos tan entusiastas que me han recordado de una forma muy vívida que merece la pena escribir, a pesar de todo. De ahí que me haya dicho a mí misma que hay que dar un paso más. O unos cuantos. Y que hay que vestirla de largo para presentarla en sociedad como es debido, hablando de ella cara a cara y contestando a las preguntas que haya suscitado en quien ya la haya leído y esté por leerla aún.

   Comenzamos en Córdoba, como siempre, por dos razones fundamentales: la primera de ellas, porque es mi tierra, mi bonita tierra; y la segunda, porque siempre me ha acogido bien, con todo el cariño del mundo. A ellas dos se une, en esta ocasión, una tercera: que Córdoba también es la ciudad de Raquel, es el escenario en el que se desarrolla esta historia. Pero este solo será el primer destino en el que recalaremos, porque una vez hecha la maleta —que todos sabemos que es lo más engorroso—, lo demás viene rodado. 

   Influencia del primer amor, oportunidades perdidas, búsqueda de la felicidad, nostalgia de juventud, decisiones erróneas, reencuentros memorables... Hay mucho de lo que hablar. 

   ¿Nos acompañas?

   

6 ago. 2017

UN MES EN CONCURSO: «UN CAFÉ A LAS SEIS».



   Hoy se cumple un mes de la publicación de «Un café a las seis», mi última novela, y, paralelamente, se cumple un mes de su participación en el cuarto Premio Literario, convocado por Amazon en este año 2017, para autores independientes. Aunque no sé en realidad por qué incido en este aspecto, tal vez porque a mí misma me sorprende haberme embarcado en esta nave, cuyo viaje no había contemplado en ningún momento hasta el mismo instante en que fue convocado hacia finales de mayo. 

   ¿Y por qué no lo había contemplado? 

   Seré franca: por miedo. Así de simple. Porque la experiencia sufrida en convocatorias anteriores por algunos escritores conocidos mostraba un aparente cariz turbio en el desarrollo del concurso, en la forma de proceder de algunos participantes, en determinadas prácticas no muy ortodoxas utilizadas para escalar puestos en el escalafón de popularidad y en las ventas de ejemplares que parecen ser determinantes para llegar a la final, incluso en la manera de conseguir comentarios halagadores para la novela en cuestión que convencieran casi más al jurado que al propio lector. Sin contar con las polémicas suscitadas por todo esto en las redes sociales donde, alguno que otro, habría estado dispuesto a sacarle los ojos a algún competidor ajeno en momentos de exaltación. Y a mí me gusta escribir, no pelear ni agredir, ni por supuesto que me agredan. 

   ¿Y por qué finalmente decidí presentar la novela al concurso? 

   Porque me propuse mirar al frente y obviar polémicas (si es que se suscitaban), ignorar las malas artes con las que me pudiera topar (si es que surgían), defender mi trabajo sin menospreciar el de los demás, no entrar al trapo ante directas o indirectas que pudieran involucrarme y demostrar que este es un paso más en mi carrera literaria, uno de tantos en esta carrera de fondo que me ayude a consolidarme como escritora y que me permita seguir haciéndome un hueco en el que termine sonando mi nombre y no solo el título de una novela. Porque ganar un concurso te lanza a un estrellato efímero que no se sostiene si no hay un nombre de escritor/a tras él que lo avale con su estilo literario. Y eso es lo que debemos buscar. 

   Esta novela nació a partir de un relato corto que escribí para una antología benéfica y que, a día de hoy, permanece inédito (el relato). La historia de Raquel, Juanma y Gonzalo me pareció tan bonita, tan humana y tan real que los propios personajes comenzaron dentro de mi cabeza a pedir más papel. Deseaban explicarse, contar el porqué de sus decisiones, de sus recelos, de sus conflictos internos, de sus reivindicaciones vitales que siempre existieron sin que nadie -ni ellos mismos- las escucharan...; sus incertidumbres, sus dudas, esas puertas a medio cerrar que nos los dejaban vivir en paz, alterando su presente y su futuro en mucha mayor medida de lo que consiente la felicidad. Y decidí concederles ese espacio. Sin excesos, sin rollos innecesarios que hicieran, a quienes los escucharan, dispersarse por la historia. El resultado fue el de una vivencia relativamente corta pero intensa en cuanto a la forma de contarla, apelando al núcleo de cada conflicto y a los sentimientos que se han movido en torno a ellos en la mente y en el corazón de sus protagonistas, describiendo así una serie de experiencias y de reflexiones solapadas que han llegado a conformarse como propias de muchos de nosotros, de nuestras vidas personales ajenas a la ficción. 

   Y ahí es donde radica el éxito de esta historia. En la empatía que produce; en la manera en que el lector llega a identificarse con los personajes y con aquello que les sucede. Ese aspecto, unido a las emociones que se viven, se palpan y se sienten, es lo que ha hecho que, un mes después de haberla publicado, las críticas de vuelta estén superando con creces mis expectativas, además de la respuesta lectora, que no se puede obviar y mucho menos despreciar: más de doscientos ejemplares vendidos y sesenta y cinco mil páginas leídas a través de Kindle Unlimited (lo cual me parece un logro excelente, porque de nada sirven las descargas de un ebook si este pasa a formar parte del montante de pendientes en el lector digital; sin embargo, esto sí que son páginas leídas, que es lo que realmente buscamos al vender). Y un apunte extra: si bien parece que la novela va dirigida a un público potencial femenino, de los hombres que hasta ahora la han leído he recabado las mismas buenas críticas que de mis congéneres, por lo que se amplía el universo lector con respecto a las expectativas iniciales. 

   Quedan unas tres semanas para que concluya el concurso. Pero no me preocupa ni me pone nerviosa. «Un café a las seis», por lo que estoy apreciando ya, es una obra que podría considerarse atemporal, alejada de modas en cuanto a temática y género, con componentes universales que pueden hacer de ella una novela que perdure en el tiempo. Aunque lo haga caminando lento, sin subidas fogosas, sin fuegos de artificio. Pero con paso constante, firme y seguro. 



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5 jul. 2017

EL DESTINO NOS HA UNIDO.

   Sabiendo que mi próxima novela, «Un café a las seis», saldrá publicada mañana, 6 de julio, en Amazon, yo debería estar, en preciso instante, centrada en averiguar la mejor manera y forma de contarte mil cosas en relación con ella, como por ejemplo, el tiempo que tardé en escribirla, cómo son de ideales sus personajes o lo maravilloso de su argumento, salpicándolo todo con unas frases filosóficamente deslumbrantes, capaces de despertar en ti un irresistible interés que te empuje a comprarla al terminar de leer esta entrada.


   Pero no. Aunque vaya contra natura, o mejor dicho, contra las leyes de la lógica, no lo voy a hacer. Quizá porque siempre me gustó ir un poco a contracorriente, sacar los pies del plato, poner en tela de juicio eso que decimos que es normal. O quizá porque, en el fondo, sospecho que ya empiezan a aburrir esas entradas largas destinadas a la promoción, en las que la propia autora describe su estado emocional ante el inminente estreno además de hacer alarde de las maravillas de su propia obra, intentando dar imagen de credibilidad y de una objetividad de la que dudarán casi todos menos ella.


   Así es que voy a cambiar de tercio y voy a hablarte del destino. Sí, has leído bien, del destino. Ese que un día hizo que un relato por encargo se cruzara en mi camino haciéndome variar de rumbo de manera significativa; que me llevó a descubrir que también los sentimientos se puede expresar con palabras transfiriéndolos así de mí hacia ti, con realidad palpable; ese que me acercó a buen número de lectores por efecto del boca a oreja y que me ha regalado dulces palabras de elogio sin yo buscarlas; el que ha provocado que historias (como esta surgida en torno a un café) no despierten de forma premeditada, sino por un aparente efecto rebote que hace que incluso se disfruten más, porque llegan revestidas de sorpresa para quien las escribe y para quien las lee, o tal vez porque nacen de las entrañas y acaban gozando de un "algo" especial.

   Hoy quiero rendirle homenaje a esa fuerza que mueve los hilos tanto de tu vida como de la mía, y que, al igual que hizo con mis protagonistas, por una razón u otra nos ha llevado a encontrarnos a ti y a mí en este lugar, dándome la oportunidad de conquistarte con lo que quiero contarte, y por qué no, dándote la oportunidad de que puedas disfrutar leyéndome si, por la razón que sea, terminas confiando en mí. Pero con libertad. La decisión es tuya. Porque si bien ese destino existe, también queda espacio a la decisión personal, a gozar del placer de acertar o equivocarnos.

   Y si ya me conoces, porque el destino se ocupó de nosotros en alguna ocasión anterior, tan solo voy a darte la bienvenida y a decirte que es un placer reencontrarte. Sin más. Porque estoy convencida de que antes de haber leído esta entrada, tu decisión ya estaba tomada.

   Gracias por estar aquí.



Novela participante en el concurso literario Amazon Indie 2017.

28 jun. 2017

"TRES MINUTOS DE COLOR" de PERE CERVANTES.



SINOPSIS

En Tres minutos de color la estéril lucha contra el tiempo y la muerte cobra un significado muy distinto.  
Coque Brox, el protagonista de la historia, es un inspector de policía de mediana edad, separado, parco en palabras, amante de todo aquello que conserve su esencia y acromatópsico, o lo que es lo mismo, percibe la vida en blanco y negro. Herido de por vida tras sufrir una pérdida irreparable, solo le alienta la lucha por recuperar el cariño de su hija adolescente. En una Barcelona en caída libre, cuyos locales de diseño no logran acallar la apremiante nostalgia de sus habitantes, investigará la violenta desaparición de Palma, amigo y compañero de profesión. Durante el tiempo que duren las pesquisas se las verá y deseará para mantener engañado a un suspicaz comisario que no lo quiere en la investigación, sufrirá los persistentes intentos de suicidio de su exmujer, y conocerá muy de cerca qué es una ECM (experiencia cercana a la muerte). Lejos de las clásicas novelas de procedimiento policial, el inspector Coque Brox se verá obligado a visitar un terreno verdaderamente desconocido para él y para el resto de los mortales. Lo que un descreído como él nunca imaginaría es que hay lugares sobrenaturales que albergan la verdad, aunque el camino que conduce a ellos todavía siga siendo un misterio. Y como dijo Jorge Luís Borges: «Lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador».
  
   ORIGINAL.
  
   Si tuviera que definir con una sola palabra Tres minutos de color, lo haría con este calificativo, aunque por supuesto no sería el único, simplemente el que destaca en mi mente cuando pienso en la novela una vez leída. Y me encanta. Me encanta esa sensación que me aleja de lo típico, de lo común, de la línea habitual que una espera que siga una historia influenciada por los estereotipos de los que tanto parece que nos cuesta salir.

   Ya me acerqué a la prosa y al estilo de Pere Cervantes con su anterior novela, La mirada de Chapman, y me dije que repetiría sin dudar, porque me cautivó su manera de narrar y su forma de plantear la historia. Así es que no he perdido de vista estos Tres minutos de color desde el momento de su publicación para hacerme con ellos y ha sido la recomendación de una buena amiga (que de mis gustos ya entiende y bastante) la que ha terminado de darme el último empujón para leerla. En dos días he devorado las casi 350 páginas de la novela, sin saltarme una mísera letra, absorbida por la trama y por la forma en que su autor la desarrolla.

   Siempre he dicho, hasta la saciedad, que me atrae muchísimo la mezcla de géneros, aunque sea uno de ellos el que sirva para encuadrar la obra -por aquello de que, lamentablemente, tendemos a clasificarlo todo-. Y cuando estas mezclas se producen entre géneros tan dispares, sacando los pies del plato, ofreciendo una apuesta arriesgada (y en algunos casos, hasta innovadora) que haga evolucionar la literatura, entonces ya me apasiona.

   Cuando en algunos comentarios previos se hablaba de la originalidad de la trama no tenía ni idea de por qué. Ahora puedo entenderlo. No podía imaginar que el tema de fondo que el autor plantea en la historia pudiera estar entretejido tan magistralmente con una novela de género policiaco tal y como suele recrearlo Pere Cervantes. Y digo «tal y como suele recrearlo» porque algo que me fascinó (entre otras cosas) de su anterior novela y que ahora vuelve a repetirse fue esa exposición tan real del mundo policial y de la forma en que en él se desempeña el trabajo, creando para ello unos personajes humanos y sumamente veraces, como solo puede hacer alguien que conozca ese universo muy de cerca. Y choca descubrir (en la ficción) cómo determinadas experiencias que consideramos paranormales juegan un papel tan preponderante en el seno de una investigación muy real y de plena actualidad, hasta cotidiana, diría yo. Sí, ya sé que hay series de televisión, incluso películas que hacen uso de este tipo de «fenómenos» en tramas policiales, pero creedme que ni por asomo resultan tener la relevancia, en cuanto a profundidad, que tiene en Tres minutos de color. Porque el tema que aborda Pere Cervantes no tiene esa única razón de ser de sustentar la trama (que ya es mucho), sino que nos aboca a la reflexión, a hacernos preguntas, a darle vueltas al coco en relación con algo que nos inquieta por el pleno desconocimiento que de él tenemos el común de los mortales; aunque yo he de confesar que es un tema que me apasiona desde que tengo uso de razón y del que he leído muchísimo, lo cual ha hecho que esta novela me atrajera todavía más.

   ¿Hacemos a un lado el fondo para hablar de la forma?
   El ritmo trepidante de la narración te engancha desde la primera línea y no te suelta hasta el final. Suena tópico, pero es así. No decae en ningún momento, porque todo está perfectamente entretejido y Pere Cervantes va desgranando los detalles con maestría a lo largo de las tres partes de que se compone la novela; tres «rupturas» necesarias para poder dar a la historia esos giros argumentales tan contundentes que hacen que nos mantengamos enganchados por lo sorpresivo de lo que cuenta y de lo que alguna de ellas recrea. Y todo ello, con un estilo narrativo que pretende ser informal, pero que está sumamente cuidado en su prosa, ágil, fácil de leer, y consiguiendo con él, además, que no nos perdamos en ese cúmulo habitual de pistas y detalles propio de novelas de este género, como sí ocurre en otras que no están desarrolladas con tanta claridad en la exposición de los hechos. Y no hay paja. No hay nada que sobre, ni que sirva para estirar las páginas de la historia. No hay un exceso de descripciones, solo las justas para definir la ambientación espacio-temporal de la escena. Ni siquiera (a pesar de la cuestión de fondo) hace el autor un despliegue filosófico, en boca de los personajes o de ese narrador omnisciente que utiliza, que esté fuera de lugar. Todo está bien encajado, además de muy bien documentado. 

   Sus personajes... Ya he hablado de su perfil humano y veraz. Añadiría aquí que además sufren una evolución a consecuencia de lo que viven. No se limita Pere Cervantes a utilizarlos como herramienta para resolver el caso, sino que los reviste de un perfil psicológico que se ve alterado por los acontecimientos, cosa que los enriquece aún más.

   ¿Me ha gustado? Sí, muchísimo, ¿se nota? Tres minutos de color ha colmado por completo mis expectativas previas (bastante altas, por cierto), no solo por la historia que en ella se desarrolla y por esas ECMs (experiencia cercana a la muerte) que a mí tanto me apasionan, sino por el estilo narrativo de su autor y por su forma de desarrollar las tramas.

   Lo dije en Twitter al poco de comenzar la novela y me reafirmo al terminarla: me abono a Pere Cervantes.  






  

21 jun. 2017

"EL ÚLTIMO BAILE" de MARISA SICILIA




SINOPSIS


Viena, 1952.
Andreas y Lilian se reencuentran inesperadamente en un café tras una larga separación. Mientras pasean juntos por el Prater, Lili recuerda su historia de amor con Andreas, su enamoramiento incondicional y juvenil, el primer desengaño, el fracaso en su intento de olvidarlo, la reconciliación y los años locos que vivieron juntos en el salvaje Berlín de entreguerras. Recuerda cómo, a pesar de las separaciones y las distancias, nunca dejaron de amarse.
Porque el de Lili y Andreas es uno de esos amores que perduran a través del tiempo y las pruebas.
Porque las verdaderas historias de amor nunca terminan.

   Conocí a Marisa Sicilia personalmente en la presentación de la última novela de Mayte Esteban en Madrid. Había leído de ella «Tú en la sombra» hacía ya tiempo y me gustó, pero no había vuelto a acercarme a ninguna otra de sus novelas, a pesar de saber que había publicado la última recientemente. Cuando intercambié un saludo y unos breves comentarios con ella en aquella presentación, me dije que alguien con esa apariencia tímida y sensible y con esa dulce sonrisa en la cara tenía que haber sido capaz de construir una historia romántica bonita y, a juzgar por lo que ya había leído de ella, bien escrita. Y no me equivoqué. Será por aquello de que «la cara es el espejo del alma», y hasta de lo que se escribe, añadiría yo, porque cada vez me reafirmo más en que el carácter personal de los escritores está, en gran medida, en consonancia con el tipo de historias que cuentan y el cómo las cuentan, salvo algunas excepciones, claro está.

   Me traje «El último baile» de la Feria del libro de Madrid, firmado y dedicado, y después de haber charlado de nuevo con su autora me dije que sería lo próximo que leyera nada más terminar el premio Planeta de este año, que era la lectura que tenía empezada. Y así lo he hecho. Dos días ha durado entre mis manos. Me la he bebido. De cualquier forma, debo decir que, a pesar de esa intuición que no me ha fallado, hubo un momento en que sentí un cierto miedo a lo que pudiera encontrar, miedo a esa decepción que ya había tenido con algunas otras novelas del mismo género anteriormente y que, en algunos casos, incluso me había empujado a abandonarlas; historias vacías, típicas y tópicas, cargadas de clichés que no dudo que gusten pero que a mí ya llegan a saturarme, con los mismos perfiles en sus personajes porque parece que son los únicos candidatos a perdurar en la mente y en el corazón de las lectoras (y digo lectoras porque son mayoría en el género romántico), con argumentos estirados como el chicle para cubrir páginas con el mínimo de contenido, sin más trasfondo que la relación amorosa en sí..., pero sobre todo, con una narrativa poco estudiada, poco cuidada y en determinadas escenas (llamémosle eróticas) con unas descripciones a veces tan vulgares y soeces que me han obligado a saltármelas, y no porque me espante de ello, sino porque destrozan literalmente el «arte» de la literatura. Y no lo olvidemos, por muy comercial que una novela pretenda ser, esta siempre se compone de dos partes: el fondo y la forma, y esta última (aunque para muchos no parezca tener importancia) es la que hace honor a lo literario y, dicho sea de paso, lo que a mí más me atrae a la hora de leer.

   «El último baile» es una novela preciosa y ha sido una delicia leerla. Mis temores han perdido sentido con ella, porque entre esas tapas propias de una novela de formato bolsillo he encontrado una historia grande, digna de un mayor porte en su presentación. Con una ambientación espacio-temporal perfecta que la autora consigue en base a una documentación histórica que nos va soltando a pinceladas, a veces ni siquiera ocupando párrafos, sino líneas sutiles que le dan sustento más que suficiente a la historia para situarnos en la época y en los acontecimientos sin que nos parezca estar ante un tratado de historia; todo en su justa medida, incluyendo los escenarios, y, como debe ser, con los personajes evolucionando de principio a fin en función del devenir de su propia vida y del entorno que se recrea. Con una relación de amor profundo creíble, veraz, romántico y vital, hasta realista, sin rayar el empalago propio de otras historias del género. Con un ritmo narrativo constante a lo largo de toda la historia, lento y tranquilo, para degustarlo sin más prisa que la propia del lector en su afán por saber lo que irá sucediendo; aunque eso sí, alentado por esa habilidad de la autora de ir anticipando ligeramente el futuro a base de intercalar pequeñísimos anticipos en cada página y en momentos estudiados para que no perdamos el interés por lo que vendrá después. Y con una narrativa  muy cuidada, bella y delicada en general, y hasta escrupulosa (sin pecar de remilgosa) en las escenas de sexo, confiriéndole matices que, muy lejos de provocar rechazo, producen placer tanto al leerlas como al recrearlas.

   He imaginado esta historia, ambientada en Viena y Berlín, en formato de cine. Sus escenas han ido desfilando por mi mente, a medida que la leía, a base de fotogramas hasta componer una película propia de la gran pantalla. Tal es la buena recreación de la autora que he podido construirlas con total nitidez, asistiendo a cada una de ellas en primera fila, como una espectadora de excepción hasta llegar al final, del que no hablo porque es justo el que debía ser. El único que podía poner el broche de oro a una historia tan bonita como esta y con unos personajes tan entrañables.

   Felicidades, Marisa Sicilia. Te seguiré leyendo.


25 abr. 2017

MICRORRELATO: "TE TUVE".




   Te tuve. Anoche te tuve, solo para mí. Compartiendo suspiros. Escuchando pálpitos. Tibiándonos la piel a besos y regalándonos caricias dulces entre arrebatos. Deteniendo el tiempo para mirarnos entre parpadeos lánguidos, sentidos. Adivinando, por el brillo de nuestras pupilas violando las sombras, que nos amamos.
   Te echaba de menos. Echaba de menos que ahogaras el aire que nos separaba y viniera...
s a mí. Que sumergieras mi rostro en tu pecho con un abrazo y dejaras caer en mi oído palabras tiernas; que me embriagaras con el olor de tu piel, haciéndome sentir de vuelta a casa. Echaba en falta gozar de nuestra desnudez, compartida y desinhibida, anhelada y deseada, y tan conocida…; arrugar las sábanas entre gemidos ardientes, que como géiseres manan entre escalofríos, los que me suscita tu boca; y ultimar la travesía contigo recalando entre mis piernas, con nuestras caderas besándose a intermitencias lentas, sin prisa por despedirnos y sin dejar de mirarnos para leernos, para empaparnos de cuanto sentimos…
   Anoche nos permitimos disfrutar de un reencuentro que volvió a anudar dos almas, dos corazones que siguen intuyéndose aunque parezcan no mirarse.
   Te tuve. Solo para mí. Entre respiraciones agitadas, ojos vidriados, manos entrelazadas… y esa melodía feliz que con cuerpo y alma entonaste. Y que yo bailé para ti.




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