20 feb. 2018

RELATO: «COSAS DE CRÍOS»


 —¿Por qué hay tantos libros, mami?
 —Porque a mucha gente le gusta soñar…
 —¿Con monstruos? ¡¿Hay monstruos ahí dentro?!
 —¡No, cariño, no! Quieren soñar con cosas bonitas; con historias de amor, de aventuras… Y también con lugares distintos a los que conocen.
 —No lo entiendo.
 —A veces, cuando tú juegas, ¿no piensas que eres un valiente pirata a la búsqueda de un tesoro maravilloso?
 —Sí.
 —Y lo haces para pasártelo bien, ¿verdad?
 —Ajá.
 —Pues esto es igual. Ellos leen las historias escritas en esos libros para divertirse.
 —Pero yo las pienso solito…
 —Porque tú tienes mucha imaginación, tesoro.
 —¿Y ellos no? ¿Los mayores no tienen imaginación?
 —A muchos mayores se les va gastando cuando cumplen los años, ¿sabes? Poquito a poco, sin darse cuenta. Y necesitan que alguien invente esas historias y se las cuente muy, muy bien para que puedan imaginarlas, como haces tú con los piratas.
 —¿Cómo si les contaran un cuento?
 —Eso es, sí. Como si les contaran un cuento, tan bien contado, que parece que están dentro de él viéndolo todo. Sintiéndolo todo.
 —¿Y se les quita el miedo como a mí?
 —Claro, se olvidan del miedo, cariño, porque ya no piensan en nada más. Solo ven lo que hay escrito dentro del libro, lo demás…, ¡chas!, desaparece.
 —¿Y se ríen?
 —Sí.
 —¿Y lloran?
 —Sí.
 —¡¿Y se ponen nerviosos como yo cuando llegan los malos?!
 —También. Y les entran ganas de luchar contra ellos, y vencerlos, y salvar a la princesa, y…
 —Mami…
 —¿Qué, cielo?
 —¿Yo puedo pensar historias y meterlas en un libro para que las imaginen los mayores?
 —Eso es lo que hacen los escritores. ¿Tú quieres ser escritor?
 —Ajá. Para que se les quite el miedo y ya no estén tristes y se lo pasen bien y se rían y lloren con cosas bonitas y…
 —Para que sueñen… ¿No?
 —Sí, eso, jeje. Para que sueñen.

©Pilar Muñoz - 2018

14 feb. 2018

MICRORRELATO DE SAN VALENTÍN: «UNA CANCIÓN DE AMOR»


«Recuerdo las notas de una canción, flotando a nuestro alrededor. Cómplices de un baile cuerpo a cuerpo en la oscuridad de la noche. Mi pecho en el tuyo. Tu rostro en el mío. Las piernas entrelazadas, moviéndose a un mismo compás. Mi mano en tu nuca y tus brazos en mi cintura, circundándola, apresándola para que yo no pudiera escapar de tu pregunta vertida en mi oído, en un susurro perdido entre la brisa y el canto de algún grillo despistado, que no supo que debía cambiar su agudo batir de alas por un redoble de tambores ante una escena tan esperada. Tan deseada.

Hay comienzos que se resisten a tener final. Que se prolongan en el tiempo como si fueran inmunes, acaso inmortales por los sentimientos que los revisten, que lejos de desprenderse como hojas en otoño se adentran en nosotros hasta convertirse en savia pura. Amor y lágrimas, besos y abrazos, miradas perdidas y reencontradas, disputas que cesan con bocas hambrientas, gestos mudos que turban o quizá estremecen, corazones que se buscan de manera irrefrenable, pieles que acallan tumultos cuando se rozan... Emociones profundas que pesan, que ensanchan el alma, que vidrian los ojos ante horizontes nublados. Que siguen clamando por que persista la luz. Y si ha de hacerse la noche, que nos venga envuelta en las mismas notas de aquella canción que lo nuestro vio nacer. Que lo ve crecer.

Pero que no lo verá morir.»

©Pilar Muñoz - 2018


25 ene. 2018

MICRORRELATO: «CAMINA»


Camina…
Aunque estés cansada y te duela el alma, aunque no tengas faro para guiarte,
aunque las estrellas se apaguen y mueran con ellas tus grandes deseos,
aunque no encuentres en quien apoyarte…

Camina…
Aunque tu corazón pierda fuerza, aunque te desorientes en mitad del camino,
aunque escape el brillo de tus pupilas, aunque se nuble tu raciocinio…

Camina…
Aunque te flaqueen las piernas, aunque sientas frío, aunque te dañen las piedras
y hayas de atravesar ríos…

Camina…
Aunque hables sola y a nada encuentres sentido,
 aunque sientas vergüenza de cuanto has vivido…

Camina. Busca. Explora. Encuentra.
Sigue soñando.

Cuando menos lo esperes, hallarás tu lugar en el mundo.
Y podrás sonreír tranquila mientras recuerdas lo que has llorado.

©Pilar Muñoz - 2018





4 ene. 2018

LECTURAS 2018.



   Volvemos a abrir un período de nuevas lecturas. 2017 conseguí cerrarlo con 29 novelas leídas y disfrutadas, contabilizando entre ellas algún que otro título de lectura cero que no he podido revelar, a la espera de que alguna editorial le dé la oportunidad que sin duda merece. Otras tantas (calculo yo) se me quedaron sin terminar. El tiempo es oro y yo hace mucho que lo cuido con esmero, por lo que no me apetece emplearlo en la lectura de obras en las que, por distintas circunstancias, me cuesta un esfuerzo avanzar. La lectura es un placer, no un castigo, una obligación o una autoimposición, no lo olvidemos.

  Este año que comienza es mi intención superar el número de lecturas de 2017. No parto con la obsesión de conseguirlo a toda costa, por supuesto, pero auguro que será así porque la escritura, que me arrebató un tiempo precioso el año pasado, dejará de estar presente en el actual. Este año voy a empaparme de las letras de otros, de las historias de otros, de las tramas y personajes construidas y nacidos de la mano de otros. Dos vertientes de la literatura por vivir que, a día de hoy, pretendo reducir a una con la consiguiente inversión en ella de parte del tiempo sobrante. 

   Pero aún hay más. Aún queda de dónde arañar minutos, horas incluso para dedicarlas a otras parcelas que también merecen cuidado extremo, como el terreno de lo personal y de lo familiar: las redes sociales. Entramados de comunicación que nos aportan tanto como nos arrebatan, que nos satisfacen tanto como nos enfadan. También a ellas pretendo hacerlas a un lado; no quiero desterrarlas, pero sí reducir al máximo mi implicación en ellas para poder mirar hacia dentro en mayor medida que hacia fuera. Toca desviar la vista, cambiar de miras, abstraerse. Volver a pisar de lleno horizontes conocidos para mí y desconocidos para muchos. Ganar intimidad y anonimato, aunque este nunca haya estado perdido del todo.

   De cualquier forma, todavía me queda algo por ofrecer, algo que quizá sea, para mí, de lo mejor que he sabido crear hasta el momento, una novela de ficción contemporánea —guardada con celo— que verá la luz a lo largo de este año, sea de la manera que sea; probablemente en torno al verano. Con ella terminaré de vaciarme de esas letras que tanto placer me dan, que tantas y tan bonitas experiencias me han hecho vivir.

   Dejando las divagaciones y volviendo a esta lista de lecturas que pretendo inaugurar, traigo una primera novela que terminaré en breve y que me está encantando, un novelón de los que a mí me hubiera encantado escribir. No sé si plasmaré en este blog mis impresiones, eso lo dejo al sentir del momento, como en todas las demás que pueda leer. Será tal cual fluya. Tal cual me lo pida el cuerpo. 

   Sin más, os deseo un año plagadito de buenas lecturas, así lo quiero yo para mí. A ver si consiguen conquistarme y no se me borra del rostro la sonrisa que esta primera ya me ha dibujado en él ;)

   Un beso para tod@s.


   LISTA DE LECTURAS.

   1. DESPUÉS DEL AMOR de Sonsoles Ónega (588 págs) *
   2. CRÓNICAS DEL MÁS ALLÁ de Sol Blanco-Soler (300 págs).

   3. UNA AMOR de Alejandro Palomas (460 págs.) *
 

30 dic. 2017

QUE PARE EL RELOJ.


   Escucho de fondo el tic-tac de un reloj que me hipnotiza. Unas luces diminutas acompañan su ritmo. Son pequeñas, de vivos colores, y envuelven el árbol de Navidad cuajado de adornos que habita un rincón, abrazado de arriba abajo por una guirnalda blanca como la nieve, esa que nunca acompañó mi infancia y que tantas veces soñé. Me recreo en él y mis pupilas se funden con cada destello que reflejan las bolas y estrellas, las cajitas de regalo y los bastones que, danzarines, penden de cada una de sus ramas. Los admiro largo rato, saltando con la vista de uno a otro hasta que se difuminan abriendo paso a las imágenes del pasado que alberga mi corazón: las del Belén gigante que construíamos en el salón de casa, con piezas de barro cuidadosamente guardadas año tras año; las de mi abrigo pequeño y mi gorro blanco —rematado con una gran bola en lo alto de la cabeza— con los que me vestía mi padre antes de partir hacia la Misa del Gallo; las de las notas escritas junto a cada regalo, con esa letra tan familiar que mi mente inocente ignoraba por ser mágica noche de Reyes; las de los villancicos cantados con una botella de anís y un cubierto como acompañamiento musical exclusivo; las de las uvas que, entre risas, tomábamos en familia hasta casi atragantarnos, para acabar fundidos en un abrazo repleto de esperanza y buenos deseos que siempre creímos posibles; las de las bengalas que yo compraba para hacerlas lucir junto a un brindis, con las luces apagadas, en una suerte de firmamento construido con luz propia para nosotros...

   Sonrío con nostalgia infinita. Por una infancia en la que supe vivir cada átomo de tiempo que se me brindaba, con el futuro todavía ausente. Sin sombras. Sin miedos. Sin expectativas deshechas. Sin malos presagios ni lamentos. Sin cruzar los dedos por que nada volviera a repetirse. Sin rezar —quién sabe a quién o a qué— por que nos cambiara la suerte.

   El tic-tac del reloj suena. Y tomo conciencia de que hay etapas sin apenas recuerdos. De que ha pasado el tiempo y la vorágine vital se los ha tragado como un tornado, dejándonos más desolación y ansiedad ante estas fechas que las ganas de disfrutarlas como entonces hicimos. Por eso hoy quiero paralizar sus agujas. Desterrar las prisas para ser consciente de cada instante, de cada acto, de cada deseo auténtico alejado de imposiciones ajenas. Quiero olvidar el futuro, porque nos marca sin existir. Y quiero olvidar del pasado lo que nunca debió ser. Quiero vivir en presente y extender los minutos para ralentizar la vida. Y ser consciente de la sonrisa que me dedican y que apenas vi; de los abrazos que desearon ser interminables y no se los permití; de un paseo largo sin hora de vuelta, admirando las luces, el bullir de la gente o los caballos de un tiovivo en el bulevar del centro que provocan deleite en los más pequeños; de la charla tranquila entre amigos, en un almuerzo organizado como excusa para poder vernos; de una película antigua a medianoche, abrazados en el sofá; del ir y venir de mis hijos, con sus rostros iluminados por las experiencias nuevas que nosotros ya vivimos; de un café entre hermanos en el que preguntarnos qué tal nos va; de ver mi casa repleta de gente, con esa sonrisa de bienestar colectivo que me engrandece el corazón hasta dolerme; de una lectura tranquila, saboreando cada palabra, cada frase convertida en reflexión con la que madura el alma; de las risas tontas a través de un teléfono o un chat, que tanto nos acercan en la lejanía; del silencio, que nos permite escuchar nuestra madurez, con sus consejos de hombres y mujeres venidos de vuelta, a los que ya empiezan a sorprenderles pocas cosas y soslayar, en cambio, otras muchas porque lo importante comienza a reducirse a nada.

   Me acomodo bajo el árbol y me siento viva, tranquila y capaz. Dejando que sea él el que soporte el peso del tiempo y de los recuerdos —los pasados y los que tal vez serán futuro—, mientras yo los miro despojada y libre. Consciente del momento y de mí. Del instante en el que vivo y de cómo deseo vivirlo yo.

   Nada más.

   En su copa reza: «Feliz 2018». Pero esos dígitos no supondrán para mí un año, sino cada día, cada hora, cada minuto que lo componga. Vividos de uno en uno con conciencia plena. Sin interrupción ni anticipos.

   En esta noche de viernes, de un viernes cualquiera, yo no voy a desearos feliz año. Prefiero desearos, simple y llanamente:

   «Feliz vida».
 

24 nov. 2017

RELATO: «BROTES Y ESPINAS».

Acuarela de Steve Hanks


   No sé cómo decirte esto. No encuentro las palabras. Intento elegir aquellas que carezcan de aristas con las que pueda dañarte, pero no las hay cuando de rupturas se habla. El sentimiento que las reviste hiere en lo más profundo, a pesar de ese amor residual que aún nos queda en el fondo del alma.
   Ayer volví a soñar con ella, como tantas otras noches desde que la conocí; tal vez por haber estado negándola hasta la saciedad, por haber querido desterrar de mi mente la nebulosa en la que se ha instalado acompañándome a perpetuidad, en cada minuto y en cada lugar, mientras buscaba para todo esto un nombre que me salvara de una quema que nos abocaría a ti y a mí a la perdición, al distanciamiento, al recelo que sentirás hacia mí al hacerte esta confesión. Admiración, compañerismo, amistad, adulación... Nombres que he deseado, con todas mis fuerzas, que dieran cuerpo a esto que siento y que me arrastra en contra de mi voluntad; nombres que he deseado, de manera agónica, que acabaran de una vez por todas con el desconcierto que me tiene robado el seso desde hace tiempo. Pero no puedo mentirme más. Hay brotes con savia nueva en el envés de mi corazón, en esa parte desconocida a la que nunca se me ocurrió escuchar y cuya voz me empapa ahora como una lluvia fina, cálida y constante. Tan deliciosamente agradable como jamás pude imaginar.
   Tengo un nudo emocionado en la garganta tomando de la mano al dolor. Y no sé cómo tragarlo, ni cómo hacértelo tragar a ti para evitar que como espinas se te clave dentro. Es el amor el que ordena mis actos. No es lujuria, engaño ni perversión. Es el amor transferido de ti hacia ella, escapado de forma insurgente y descontrolada, como un pájaro que hubiera aprendido a volar y decidiera, por sí mismo, el lugar en el que quiere estar. En el que debe habitar.
   Me he enamorado de ella, anoche lo supe al fin. Anoche, cuando volví a soñarla; cuando pude tocarla por primera vez bajo la protección de Morfeo y mi corazón se vistió de rojo, con pasión inusitada. Sí, ya sé lo que estás pensando, te conozco demasiado bien. Tu perplejidad de esposo se habrá instalado en tu rostro; también lo estuvo en el mío. Pero ya la desterré. Nunca había encajado piezas iguales en un puzle de carne y piel, pero el deseo y el amor las une de igual manera. Ahora lo sé. Construí con ella un paisaje doblemente ondulado, sellado a besos, del que no quise escapar. Suave. Delicado. Febril. Por el que escalamos sin prisa como exploradoras intrépidas, conocedoras de nuestros deseos por instinto propio. Y me dejé abrazar... Y acariciar... Por sus labios de terciopelo, por sus manos gráciles, por su cuerpo delicado, esponjoso como algodón.
   Hoy la he visto y me ha mirado. Y ha debido de leer mis pupilas, porque las suyas han chispeado. Le he devuelto una sonrisa y hemos caminado haciendo sonar los tacones, con la fuerza que la felicidad imprime. No hemos hablado. Pero nuestros ademanes se han hecho promesas de amor,  como dos amantes que se reconocen ajenos al tiempo, a las circunstancias, a los compromisos previos, sin que importe cuáles son.
   No puedo mirar a otro lado, tampoco hacia atrás. Por favor, perdóname.
   Siempre te he amado, tenlo por seguro.
   Y ten por seguro que siempre te querré.

©Pilar Muñoz - 2017


17 nov. 2017

RELATO: «QUIERO OTRA OPORTUNIDAD».

(Pintura de Ennio Montariello)

   Acudí a mi cita ginecológica como tantas otras veces lo había hecho. Sola. Nunca había sido aprensiva ni tampoco hipocondríaca, al contrario, confiaba en una especie de barrera imperceptible que me brindaba una protección absoluta ante las enfermedades mundanas que otros muchos padecían y que estaba segura de que no me alcanzarían jamás. Solía analizar el rostro de cuantas esperaban ser llamadas por la enfermera de turno, buscando ademanes dolorosos, muecas de preocupación. Intentaba recrear sus historias personales a partir de una palabra, un comentario o el monólogo extraído de una conversación telefónica a medio volumen. Yo parecía estar allí de paso. Diez minutos de consulta y hasta el año siguiente.
   Cuando entré en el consultorio, la doctora me saludó cordial, centró la vista en la pantalla de su ordenador y abrió un par de sobres que contenían los resultados de las pruebas efectuadas dos semanas antes, una citología y una incómoda mamografía, y leyó con pausa el informe escrito que acompañaba a ambas. Me entretuve en mirar los cuadros de las paredes, las fotografías familiares de su escritorio y algunos artilugios dispares a la espera de que ella retomara la conversación.
   —Lidia, pase al fondo y descúbrase de cintura para arriba. Voy a reconocerla.
   Aquella alteración inusual en el orden de las cosas me extrañó. El reconocimiento de las mamas siempre era previo a la recogida de resultados, aunque recordaba que no lo había hecho en aquella última ocasión. Sin decir nada me desnudé y me recosté en la camilla elevando los brazos; ya conocía de sobra la rutina postural.
   La doctora comenzó a palpar mis senos con mayor detenimiento de lo habitual, centrándose especialmente en la zona axilar derecha. Su cara de circunstancia y su mirada perdida mientras insistía en ahondar sus dedos hasta hacerme daño comenzaron a preocuparme.
   —Ya puede vestirse —dijo—. Veo conveniente que le hagan una ecografía mamaria. Vaya con este informe a radiología y espere. Veré si puedo conseguir que se la hagan a lo largo de la mañana.
   —¿Es urgente? —me atreví a preguntar. Ella asintió con la cabeza—. ¿Qué ha visto?
   —Esperemos al informe del radiólogo —espetó con seriedad.
   Salí de la consulta casi sonámbula, con un incipiente cúmulo de contradicciones rondándome la cabeza. «La mamografía debe de ser confusa» —pensé—, «la opresión de las planchas me hacía tanto daño que seguro que debí de moverme sin darme cuenta. Pero, ¿y si han visto algo?».
   Mientras esperaba con paciencia a que gritaran mi nombre, cogí el teléfono para llamar a la oficina y avisar de que llegaría más tarde de lo previsto, o tal vez que no regresaría. Después miré mi agenda, jugué con un bolígrafo viejo que encontré en el bolso, releí los mensajes de móvil de los últimos meses y paseé de arriba abajo por el pasillo del hospital. Cuando entré y aquel doctor comenzó a deslizar el frío artilugio por mi pecho, no desvié la mirada de su inexpresivo rostro ni un solo segundo, deseando hallar un ápice de esperanza reflejado en él. Apenas se molestó en ofrecerme una mínima explicación. Pensé que el hastío de un monótono trabajo había mermado gran parte de su sensibilidad, o quizá fuera que prefería dejar las malas noticias en manos de otros.
   Volví a la consulta de mi ginecóloga y esperé sus instrucciones sobre marcharme o quedarme y escuchar que todo estaba bien, una vez despejadas las dudas iniciales. Pero su leve carraspeo para aclarar lo que de ningún modo estaba obstruido hizo que me reclinara hacia adelante, intentando sacar pecho para afrontar la situación.
   —Tenemos un pequeño problema —anunció al fin—. Los resultados muestran una pequeña masa informe…
   A partir de ahí dejé de escuchar, como si en mi mente se hubiera producido un cortocircuito de seguridad. Selectivamente atendí a ciertas directrices que debía cumplir a partir de ese momento, colándose por las rendijas ciertos términos como biopsia, tumoral o maligno. Ni siquiera sé si albergó dudas sobre una posible benignidad. No la oí.
   Abandoné aquella sala con una tarjeta en la mano en la que tenía anotada mi próxima cita. En la Unidad de Mama del Hospital Universitario. Área quirúrgica. Cirugía externa. La mantuve en mi mano leyendo y releyendo una y otra vez mi nombre y mis apellidos junto a aquel destino que los acompañaba de forma sobrecogedora. No me puse el abrigo, ni fui capaz de colgarme el bolso, ni de sacar mis gafas de sol. Salí a la calle y anduve sin controlar el tiempo ni el lugar de destino, dedicada, en exclusividad, a observar cada rincón del mundo que tenía a mi alrededor y que ahora me parecía no haber visto antes en su totalidad. Una desesperada incredulidad me hizo renegar de que todo aquello fuera verdad, aunque algo en mi fuero interno me hacía sentir que acababa de llegar lo que, inconscientemente, siempre había esperado. ¡Cuántas veces me hice a mí misma la absurda pregunta de por qué tenía tan sumamente corta aquella línea de la mano, la que muchos quirománticos de férreas creencias achacaban a la vida!
   Un autobús de línea escolar pasó por mi lado haciéndome reaccionar y un brote de ansiedad me atravesó de lleno cuando vi sus caras pequeñas pegadas en el cristal. Mis hijos. Fue justo en aquel instante cuando comencé a ser de verdad consciente de lo que aquello podía significar. Entonces arranqué a llorar de manera absurdamente descontrolada. Alguien pasó por mi lado y me preguntó si necesitaba ayuda. La miré con los ojos empañados y estuve tentada de hablarle de mí, pero me contuve, le agradecí el gesto y analicé con detenimiento a quién confiaría mis peores temores ante lo que aún no habíamos confirmado. Pero no encontré a nadie. Mis hermanos ya tenían demasiados problemas que afrontar como para aventurarles un diagnóstico anticipado. Mis padres eran demasiado mayores para darme aliento sin desfallecer primero. Mis hijos eran excesivamente pequeños, provocaría en ellos el temor irracional a verse solos. Quedaba mi marido, mi fiel compañero durante veinte años; sin embargo, estaba tan acostumbrada a verme independiente, a resolver sola mis propios problemas que pensé que este sería uno más. Supongo que en el fondo tenía miedo a que pudiera trivializar la situación de tal modo que me hiciera sentir débil, vulnerable, incapaz de controlar mis sentimientos desbordados inútilmente. Llegué a dudar, en un ataque de confusión, si en verdad le importaría que mi salud se viera afectada de semejante forma.
   Ni familia, ni amistades, ni compañeros. Opté por callar y ahogar el problema, como siempre; resolverlo sola disimulando mis altibajos emocionales, como siempre; engullirlo todo bajo la desesperanza, la tristeza, la apatía, la resignación; como siempre. Una conducta continuada en favor de los demás dejando mi cuerpo, mi mente y mi equilibrio emocional en manos de un destino que no me había sabido ayudar y al que tampoco yo había sabido pedir ayuda. Erróneamente.
   Llegué a casa y mi única meta fue cumplir, lo mejor posible, con mi rutina habitual hasta el día en que debiera hacerme aquella punción. Un nudo se apoderaba de mi garganta cada vez que miraba a mis hijos. ¡Cómo podrían perdonarme el hecho de abandonarlos! Habían sido muchas las ocasiones en que les había prometido que esperaría para marcharme a que se hicieran adultos, a que no me necesitasen. No los podía defraudar. Pero me sentía indefensa ante la situación. Cualquier comentario por su parte que incluyera una planificación del tiempo me ahogaba por dentro. «¿Dónde iremos de vacaciones este año? ¿Me ayudarás cuando vaya al instituto? ¿Qué me regalarás por mi cumpleaños?». Me senté en la terraza intentando desviar mi atención sobre una sarta de pensamientos negativos que no paraba de rumiar en mi interior. Multitud de pequeños hábitos se harían añicos si yo no conseguía detener aquello. Yo llevaba a mis hijos al colegio, les compraba su ropa favorita, estaba pendiente del material escolar, de hablar con sus profesores, de estudiar con ellos, de aconsejarlos. Llevaba las riendas de mi casa, como cualquier otra mujer, velaba por la maltrecha economía y compaginaba mis obligaciones caseras con un trabajo cuyo sueldo disminuiría considerablemente en detrimento de su calidad de vida. Muchas cosas se perderían, y entre ellas yo, aunque una vez más, como de costumbre, volvía a pensar en las repercusiones negativas que mi marcha tendría sobre los demás, pero no sobre mí misma. Entonces adquirí conciencia de cuántas cosas me perdería yo.
   Eché la cabeza hacia atrás y dejé que el sol me acariciara el rostro. El calor me abrazó y el aire meció mi pelo con suavidad. Me sentí viva. Observé el cielo azul salpicado de nubes blancas y disfruté de una estampa que me resultó preciosa, aunque siempre había estado ahí. Fui consciente, de repente, de muchos pequeños detalles que me había brindado la vida y que yo había menospreciado en un alarde materialista inculcado socialmente, y del acervo de menudencias intrascendentes a las que había dado una importancia superlativa sin merecerlo. Lamentos, una colección de lamentos por todo lo que no tuve no me permitió apreciar cuán afortunada podría haber sido hasta el momento. Y ahora lo sabía. Ahora que podía perderlo, supe que siempre estuvo al alcance de mi mano sin que la venda de mis ojos me permitiera tocarlo. ¡Qué forma más imbécil de perder el tiempo!
   A duras penas conseguí llegar hasta la fecha de la biopsia. Los dos últimos días había permanecido especialmente irascible. La incertidumbre de lo que pudiera pasar era una losa más pesada de soportar que el diagnóstico negativo en sí. Al menos eso me permitiría tomar cartas en el asunto, coger el toro por los cuernos y avanzar con valentía. Pero esa espera paciente de los acontecimientos me estaba matando, nunca había pasado por estados de ánimo tan dispares en tan poco tiempo. De la incredulidad a la negación. De la negación al miedo. Del miedo a la desesperanza. De la desesperanza a la indefensión. De la indefensión a la tristeza. Y de la tristeza a la ofuscación por no haber sabido vivir la vida, mi vida, por haber optado por centrar mi preocupación en la grasa de mis caderas y de mis muslos cuando aquello distaba mucho de ser una enfermedad, por no haber podido viajar en primera clase cuando una excursión en bici campo a través bien podría haber sido una experiencia de lo más reconfortante, por no tener una televisión de gran tamaño cuando una distendida charla con buenos amigos enriquecen más el alma. Decidí con firmeza que jamás volvería a ser así.
   Me levanté aquella mañana fingiendo que iba a trabajar. Dejé a mis hijos a las puertas del colegio después de haberme despedido de mi marido con un beso en los labios que me supo especialmente dulce y me personé a las puertas de los quirófanos con media hora de antelación. Todos los allí presentes estaban acompañados, menos yo, pero no busqué culpables ajenos en esa ocasión. La consciente decisión de aislarme había sido mía y sólo mía; incomprensiblemente o no, había sido yo quién había decidido vivir la experiencia en soledad. En un par de horas estaba de vuelta en casa. Regresé en un taxi y me acosté no sin antes haber dejado una nota diciendo que me encontraba mal por un vulgar enfriamiento invernal. Una simple excusa para poder mantener el reposo absoluto de veinticuatro horas prescrito por el médico.
   Tardé tres días en levantarme y necesité unos cuantos más para insuflarme un aliento positivo que me ayudara a darme cuenta de que aún estaba aquí, de que había mucho por hacer y poco tiempo que perder. Una de las consignas morales que acostumbraba a dar a mis hijos afloró a mi mente como un resorte: «Puedes conseguir todo lo que te propongas, sólo tienes que quererlo firmemente». En aquel momento decidí vivir, tirar por la borda las banalidades, las cuestiones superfluas que nos limitan actitudinal y materialmente y replantear mi vida para poder vivir. Así de simple.
   Volví a la consulta de mi ginecóloga sintiéndome otra persona. Aterrada, pero con la divina sensación de observar la escena desde un lugar ajeno a mí misma. Intocable, invulnerable, fuerte. La doctora me brindó una sonrisa plácida y reconfortante, incluso se permitió abrazarme.
   —Es benigno —anunció.
   Suspiré, la miré y le devolví una sonrisa franca. Mi pobre interpretación de la quiromancia me había gastado una broma pesada; miré mi línea de la vida en la mano equivocada. Aun así, ya no volvería a ser como antes. A pesar de todo y de todos.
©Pilar Muñoz - 2011
(Relato incluido en el libro «Ellas También Viven. Relatos de Mujer - Ed. Círculo Rojo) 

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