15 abr. 2018

MICRORRELATO: «HOY TODO IRÁ BIEN»


   Apenas despunta el amanecer. Se escucha el primer trinar de pájaros y, a lo lejos, los sonidos incipientes de una ciudad que despierta. El aroma a café impregna la casa. Una taza humeante, con el mensaje grabado de «Hoy todo irá bien», la espera sobre la encimera. Ella está absorta en sus pensamientos, que divagan adormilados entre recuerdos, los de la noche anterior, tórrida y desbocada. Un albornoz viste su cuerpo, aún mojado; el cabello revuelto, recién cortado, con algún rizo insurgente cayendo sobre su rostro; y unas gotas de perfume, fresco, estimulante, perdidas en el escote. Unta con mermelada el pan tostado y lo ve pasar, a él, dejando atrás la puerta de la cocina para buscar aquella otra por la que marcharse. Para no volver, quizá. Como hicieron otros. Ella suspira. Sin lamentos. Ya está acostumbrada al todo y la nada. A la cara y la cruz. A una pasión sin amor que da rienda suelta a un instinto carnal sin sentimiento. Que prende como un incendio y se apaga asolado por la marea.

   Agudiza el oído y no escucha la puerta, sino el ruido sordo de unas pisadas que vuelven. Las de él. Que sigiloso como un felino entra en la cocina, mirándola. Se frena a su espalda y con los brazos rodea su cintura. Ella se queda varada, como un velero amarrado a puerto. Esperando. Él inclina su rostro con lentitud, sumerge la nariz entre sus cabellos y la besa en la nuca. Apenas un roce de labios y allí se queda. Impasible. Con el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Ella mira el reloj, en una interpretación errónea de mujer mal amada. «No hay tiempo, llegarás tarde», susurra. «No pretendo nada, solo quería sentirte», le contesta él, con la boca en su oído, piel con piel. Ella se estremece y cierra los ojos, convirtiendo ese último beso en un recuerdo único, privilegiado. En un recuerdo con otro mensaje impreso que ya no podrá olvidar jamás. El de su nombre. Gabriel.

© Pilar Muñoz Álamo - 2018

 
 

1 abr. 2018

ESCRITORES. LA OTRA CARA DEL AISLAMIENTO.


   Escucho, bastante a menudo, hablar a los escritores de su aislamiento, de su encierro en el despacho, en su santuario particular para gestar su siguiente obra. Se aislan de las redes sociales (que, con frecuencia, dejan en manos de otros a nivel oficial) y cuando asoman a la palestra por alguna razón, los escucho (o los leo) referirse a la historia que estan creando y a sus personajes con una pasión inusitada. Desbordan emoción cuando afirman estar escribiendo algo grande y precioso, escuchar a sus personajes, ahondar en sus vidas, en sus motivaciones, con el fin de poder trasladárselas al lector con todo el detalle necesario para que los vivan, los sientan y se vean conquistados por ellos y cuanto les acontece. Y yo suspiro, empatizando con ellos al considerar, inconscientemente, que es el estado ideal, máxime cuando además, como digo, los escucho hablar de encierro y dedicación exclusiva, porque me suena a algo magno, importante, enorme, digno de un escritor con mayúsculas, pensando, por una décima de segundo, que esa es la diferencia entre un «escritor» y aquel otro que no lo es, como si el aislamiento y la dedicación exlusiva fueran los créditos oficiales que les otorgan tal calificación.

   Pero entonces me detengo a pensar y aparece, como otras tantas veces, mi espíritu crítico. Y lo primero que aprecio es esa capacidad de contagio que tiene la pasión bien transmitida. Cuando una emoción se siente y se sabe canalizar y transmitir adecuadamente, el receptor la siente en propia piel y, además, en muchas ocasiones, se la cree, tanto si es verdad como si no lo es. En este caso, quién mejor que un escritor, acostumbrado a narrar y describir tanto hechos como emociones, puede transmitir su propia pasión, su propia forma de valorar sus cosas a quienes lo leen o escuchan hasta el punto de convencerlos, de hacerlos percibir que realmente ese estilo de vida que profesan condiciona que aquello que escriben merece de verdad la pena, tal y como lo cuentan; lo cual, dicho sea de paso, alimenta ese punto de vista de que los escritores auténticos, los grandes, son los que se deben en exclusiva a la escritura sin que se inmiscuya nada más. 

   ¿Pero realmente es así? ¿Dedicarse en exclusiva a una labor, que no tiene además reconocimiento oficial, te otorga esa condición? Y, de igual forma, ¿no dedicarte exclusivamente a ella, te la quita? Alguien puede autodenominarse «abogado», por ejemplo, por haber obtenido la licenciatura en Derecho, incluso aunque no ejerza la profesión y no resulte muy ético decirlo. Pero no hay una titulación universitaria, ni extrauniversitaria, que acredite la condición de escritor; a lo sumo, algunos cursos de narrativa, que más demuestran cierta preparación curricular que un nombramiento en sí. ¿Podemos dejar en manos de las condiciones de vida de quien escribe el que pueda calificarse como tal? Yo creo que no. En todo caso, podremos envidiarlo, pero no más :)

   Siguiendo con el cauce de reflexiones que se me han venido a la cabeza, me ha dado luego por analizar, con cierto detalle, las diferencias entre sus circunstancias y las mías propias, entre su estilo de vida (del escritor «ermitaño») y el mío con respecto a las letras, y la verdad es que creo que son sustanciales, diametralmente opuestas, me atrevería a decir. Y si no, juzgad por vosotros mismos:
 
   Mis personajes han venido conmigo al supermercado y sus reflexiones han compartido espacio con la fruta, las verduras y demás productos en el papel de mi lista de la compra; sus acciones me han robado parte de la memoria del móvil y me han privado de la visión de más un gol desde la grada en un partido de fútbol infantil; los imprevistos de la trama o un diálogo espontáneo han incrementado la rentabilidad de un portátil destinado a su mayor y mejor función: su portabilidad hasta lugares inverosímiles; y la emoción de una escena trasladada «al papel» me ha hecho derramar lágrimas en público, alejada de ese aislamiento idílico del escritor al uso. He ganado en capacidad para hacerme la sorda, o en atención selectiva, si hablamos con propiedad; en rapidez de concentración, en abstracción, en combinar facultades sin mezclarlas, como leer el último capítulo escrito con el ojo izquierdo mientras el derecho sigue las instrucciones de la receta de cocina en la que me encuentro afanada. Encontrar una rutina horaria o de cualquier otra índole que me permita organizar el trabajo es imposible. 

   ¿Qué os parece? No me lo digáis, ya sé la conclusión a la que habéis llegado: que así no puede salir nada bueno, solo una historia sencilla, simple, lineal, sin profundidad alguna, con personajes inconsistentes. 

   Pero... no es verdad. 

   Me he dado cuenta de que una novela se compone de multiples elementos, de múltiples piezas, al estilo de un puzzle, que no necesariamente hay que construir en orden ni de manera secuencial. Nosotros elegimos en qué parte nos centramos y con qué otras actividades las combinamos para optimizarla al máximo. Y contamos con un tiempo que podemos estirar a nuestra merced. En completar el puzzle, indudablemente, tardamos bastante más, no nos vamos a engañar. Pero lo terminamos haciendo. Sin sacrificar cuanto —y a cuantos— tenemos alrededor, bien porque no queramos o porque no podamos. Y lo mejor de todo, lo que más me llena de satisfación en este instante: darme cuenta de que no se halla diluida en nosotros esa pasión por los personajes y por la historia que los escritores «clásicos» afirman sentir con tanta euforia, ni se pierde nuestra receptividad por cuanto tienen que contarnos, los escuchamos en todas partes; ni soslayamos el esfuerzo de hacerles llegar a los lectores nuestra narrativa más impecable, nuestra trama mejor hilada y documentada, las emociones transmitidas al detalle, tal cual las hemos sentido de forma previa, aunque estas nos hayan abordado dentro del coche, a la puerta de un colegio, y no en la soledad de nuestro despacho, dispuesto como un santuario para facilitarnos la labor de escribir, de crear.

   No. Definitivamente, la calidad del escritor y su calificación como tal no la marca la exclusividad de esta empresa. La marcan sus conocimientos y su capacidad para llevarlos a la práctica de manera eficaz. Por ello no debo considerar escritor a quien ha decidido dedicarse unicamente a tal labor -por mucho que me contagie sus emociones y su percepción propia de sí mismo y de su obra-, sino a quien conoce el oficio a fondo, con independencia del grado de piruetas circenses que deba hacer a diario para poder sentarse a escribir. El aislamiento, el encierro, la exclusividad, por mucho que intenten encumbrarlos, no garantiza absolutamente nada. 

   Yo soy autora de algunas novelas, no creo ser «escritora». Pero si no ostento tal condición, no es por mi deber de combinarla con unas cuantas obligaciones más, sino porque entiendo que aún me queda oficio por aprender. Por lo demás, mi pasión (y la de otros en mis mismas circunstancias) por escribir una buena obra, por sus personajes, por su historia, por sus verdades..., mi capacidad para emocionarme con lo que imagino y escribo es, y seguirá siendo, intensa, tan intensa como la que más, a pesar de compartirla, todos los días del año, con un trabajo a tiempo completo, un marido, una familia, unos hijos, una rutina casera, unos amigos y otras muchas actividades de las que me apetece disfrutar.

   Como ya he dado a entender, la única diferencia vendrá marcada, en todo caso, por el mayor o menor oficio y por el tiempo. Pero esto último no me preocupa, no tengo prisa.

   Tan solo siento preocupación por que merezca la pena esperar.

20 mar. 2018

RELATO: «LA ÚLTIMA ESCENA»

  
   Lo conocí hace algo más de tres años y no fue, precisamente, en el lugar más romántico del mundo. Pero era el mío. Mi mundo. O al menos, el que yo habitaba cada tarde desde el día en que decidí ponerme la tristeza por montera para pasearla por lugares ajenos a mi propio hogar, a ver si así le daba el aire y mutaba esa tez agria que me estaba haciendo la vida imposible; primero, por la maldita sensación de soledad que el nido vacío provoca, y segundo, por una viudedad prematura que me dejó el eco de mi propia voz por compañera, hora tras hora, día tras día, a la espera de las visitas fugaces que a mis hijos quisiera concederles su estrés.

   Cuando me hablaron de aquel lugar de ocio para la «tercera edad», el estómago me dio un vuelco. Perdí la mirada para evocar su fachada, que tantas veces había recorrido ágil como una pluma camino al colegio, a la compra, al centro de salud situado a escasos metros. Apenas me daba tiempo a mirar por sus ventanas para alcanzar a ver manos temblorosas en partidas de dominó; o para escuchar a través de ellas la música que servía de fondo a las clases de gimnasia o el parloteo de las mujeres que, entradas en años, mostraban con orgullo las fotos de quienes —apuesto— debían de ser sus nietos. Nunca pensé que me llegaría el momento. Como si la vejez me estuviera vedada. Como si la vida hubiera apartado los ojos para hacer una excepción conmigo.

   A pesar de todo, acepté. Los días en casa pasaban en exceso lentos, las horas eran demasiado largas y mis actividades rutinarias no alcanzaban a cubrirlas todas como para no sentir la soledad y el hastío como losas pesadas de soportar. Así es que hice acopio de realidad y acabé incluyendo en mi cartera aquel carné que me permitía apuntarme a clases de maquillaje, costura o inglés básico —por si el milagro de conocer Londres aún era posible—, a la biblioteca, hasta a cursos de redes sociales para mantener contacto con quienes estaban lejos, impedidos por una distancia que a nuestra edad se había vuelto especialmente inquebrantable. En mi carné no figuraba Carlos, la persona de la que he comenzado hablando; aunque para mí resultó ser la «opción estrella», destinada sin saberlo a darle esplendor a mi vida.

   Mi amistad con Carlos fue ganando intimidad sin apenas darnos cuenta. Su rostro emanaba dulzura a pesar de sus marcadas facciones surcadas de arrugas. Me hacía nadar en sus ojos claros cuando me hablaba, con su mirada limpia y calmada, al tiempo que me imbuía de su conversación literaria, cuajada de libros. Para mi regocijo, mi pasión por la lectura —mermada por las cataratas— fue a darse de bruces con aquel pozo literario investido de profesor de lengua al que empecé a admirar. Nuestros cafés disfrutaban de charlas interminables, nos acogían rincones cómplices de palabras dulces, de tímidos roces de adolescentes, y en cada paseo los árboles celebraban nuestra complicidad con un aplauso de hojas derramadas sobre nosotros. Ni un solo día dejamos de vernos durante tres años, con la excepción de las semanas de gripe y algunos otros copados por alguna obligación mayor. Hasta sufrir aquel maldito accidente, una caída tonta al trastabillar en un peldaño de la escalera. Me di en la rodilla un golpe descomunal y me rompí la cadera.  Tuvieron que operarme. Y aquello no habría tenido mayor relevancia si no fuera porque no me dejaron bien. El éxito de la rehabilitación se redujo a la mitad en un tiempo doble y la silla de ruedas, que venía utilizando hasta entonces, exigió un papel protagonista pasando a ser considerada tan compañera en casa como mi voz. Hablarle de tú a la vejez me producía un cierto espasmo; pero acusar la directa mirada de la dependencia me terminaba de congelar.

   Mis hijos decidieron turnarse. A tempranas horas de la mañana venían a casa y me ayudaban a levantarme antes de irse a trabajar, después de asearme a cuatro manos con más pena que dignidad. Lo demás intentaba hacerlo sola, pero sortear barreras me costaba un mundo; lo más insignificante podía llevarme horas y un despliegue inmenso de habilidad. La mayoría de las tardes contaba con Carlos. Unas veces, desarrollaba en casa sus actividades de ocio; otras tantas, empujaba la silla como un mocetón fornido hasta llegar al parque o a cualquier otro lugar donde poder quemar el tiempo de la forma más amena posible.

   No vino sin embargo un martes en que mis hijos se presentaron en casa para tomar café, tras un anuncio hecho oficial. Me encontraron arrebujada en la silla, al calor del brasero, y en la tele una película que me encantaba rememorar.

   —¿Qué estás viendo? —me preguntó mi hija al entrar.
   —¿No te acuerdas? —le respondí, bañada en nostalgia.

   Olga miró a la pantalla de manera nerviosa, sin dejar de parlotear. Mi hijo Luis, en silencio y sin preámbulos, sacó unos dulces, los puso sobre la mesa y se prestó a hacer el café. Una vez servido, Olga carraspeó. Varias veces. Mirando a Luis. Yo, a pesar del desconcierto que me producía la situación, devolví la vista a la tele para no perderme el final.

   —¿Dirty dancing? —preguntó mi hijo.

   Asentí mientras notaba que Olga clavaba su mirada en mí.

   —Mamá…
   —Espera, espera —la interrumpí emocionada—, si ya se va a acabar. Mira, ahora es cuando llega Patrick Swayze y le dice a ella eso de…
   —Mamá…
   —…eso de «no permitiré que nadie te arrincone». —Emulé la contundencia con la que lo decía—. ¿Te acuerdas de lo que nos emocionamos cuando lo escuchamos por primera vez? Recuerdo ese día perfectamente, tú estabas…
   —¡Mamá! —exclamó mi hija, alzando la voz—. Deja la película, por favor, esto es importante. 

   Suavizó el tono, pero mi crispamiento permaneció intacto. Ignoré la escena, cerré la boca y esperé a que hablara, con una expectación enorme. Había algo en sus ojos que no me gustaba, me estaban produciendo angustia. Después de muchas divagaciones y palabras sin sentido, por fin lo soltó.

   —Mamá, esta situación resulta insostenible. Yo trabajo y Luis también. No sabemos cuánto tiempo tardarás en poder valerte sola. Y están los niños, sus actividades, sus necesidades, que tú ya sabes por experiencia que son muchas. Mi marido, su mujer… No podemos abarcar a todo, pero no queremos abandonarte…

   Me retorcí las manos en el regazo, una contra otra.

   —¿Qué intentas decirme, Olga? —Ella miró a Luis, en una clara petición de ayuda.
   —Mamá —continuó él—, necesitas que te atiendan más horas al día. Le hemos estado dando vueltas a la idea de contratar a alguien que pueda cuidarte, pero tu pensión…, ya sabes, es la justa, y tampoco tienes dinero ahorrado para poder cubrir ahora esta necesidad.

   Tragué saliva y noté el sabor salado de una lágrima incipiente. Lo que decía era verdad. Mi pensión de viudedad era la mínima que podía quedarme por el trabajo autónomo de un marido taxista. Yo no generaba ingresos propios, no había cotizado, quise dedicarme a mis hijos en cuerpo y alma, renunciando, por y para ellos, a una vida laboral. Y nuestros ahorros se habían esfumado en costear sus estudios y en regalarles la entrada que les exigía la inmobiliaria para poder comprar las casas en las que vivían con tanta comodidad.

   —Nosotros tenemos muchos gastos —siguió diciendo Olga—: la universidad de Blanca, el colegio mayor, las clases de piano, el carné de conducir… Y otras deudas por pagar, como el coche, la hipoteca...

  «...Y el apartamento de la playa al que le has echado el ojo», no pude evitar pensar.

   —Luis está igual.

   Mi hijo era médico y mi hija, abogada. Con tan buenos sueldos como sus parejas. Con un nivel intelectual tan alto como ganas de vivir la buena vida. Los dos.

   Olga apuró el café ya frío y cogió aire.

   —Mi hermano y yo creemos que lo mejor sería vender el piso. Nos vendría bien a todos esa ayuda... ¡Sobre todo a ti, mamá, eso resolvería el problema! —se apresuró a decir, para evitar la desvergüenza.


   Agaché la cabeza para que no apreciaran el brillo en mis ojos, mi dignidad de madre no me permitía exhibir el dolor. Mercadeaban con lo único que tenía. La herencia de su padre los estaba esperando y mi desgracia les había brindado la excusa ideal.

   —¿Y dónde se supone que voy a vivir? —pregunté con entereza. Ambos se miraron y el calor se apoderó de sus mejillas—. Espera, no me lo digas. Creo que ya lo sé.

   Hice amago de empujar mi silla y salir de allí, no podía soportar más. Mi hija dejó caer la mano sobre mi brazo, en un intento de detenerme.

   —Iremos a la residencia a verte siempre que podamos, mamá, te lo prometo…

   No sé si había congoja o no en su voz, pero aunque así fuera, no hubiera servido para consolarme. La decisión, interesada y drástica, ya estaba tomada. Por ellos. Solo por ellos. No se dignaron a preguntarme, en ningún momento, lo que pensaba yo, ni tuvieron en cuenta mis sentimientos. Yo estaba inválida, pero no muerta. Ni tan siquiera senil.

   Cuando se hubieron marchado, miré a mi alrededor con el pecho oprimido. Me apenaba sobremanera lo que estaría obligada a sacrificar: mi hogar, mis recuerdos impresos en cada palmo, en cada objeto, en cada rincón… Me arrebatarían el latido del pasado que me regalaba a diario la amable sensación de no haberlo perdido todo. Y me separarían de él. De Carlos. El hombre que había pintado mi corazón de rosa y llenado mi vida con letras de enorme significado.

   Lloramos. Mi amor y yo. Lloramos en silencio, sentados en un parque, con mi cabeza sobre su hombro. Con un sol tibio que aspiraba a amortiguar el frío que sentía por dentro. Carlos me acarició el rostro en un derroche de ternura y me acurrucó en sus brazos. Entonces comenzó a mecerme, como si iniciara un baile al compás de una melodía imaginada, un baile suave, como el de las hojas arremolinándose al caer.

   Semanas más tarde llegué a una residencia a las afueras de la ciudad. Con un par de maletas y una caja pequeña repleta de fotografías. Nada más. Después de echar unas cuantas firmas y acomodarlo todo en mi habitación, mis hijos me invitaron a tomar asiento juntos en la sala de estar, ofreciéndome su compañía antes del adiós. Una mesa baja, tres sillones; Olga a un lado y Luis al otro. En medio, yo, sin poder hablar; la garganta se me había cerrado. Más aún al ver la película que proyectaban de nuevo en televisión. She’s like de wind; así me dijo mi nieta que se llamaba la canción de Dirty Dancing con la se despiden los protagonistas. Y esa fue la que comenzó a sonar.

   Mis lágrimas brotaron imparables, no podía despegar la vista de la pantalla. Todo se me vino encima, el mundo se desmoronó sobre mi cabeza. Con el deseo de ver un final feliz, aunque fuera ficticio, esperé a que Patrick Swayze entrara en escena para rescatar a su amor. Pero no fue él, sino Carlos. Fue Carlos quien abrió la puerta de aquella sala y permaneció varado unos segundos bajo el dintel, buscándome con la mirada hasta encontrar mis pupilas. Entonces avanzó hacia mí con su traje oscuro, los ojos claros, el cabello gris. Con porte firme, como digno protagonista de nuestra última escena, me tendió su mano. Y ante la mirada atónita de Luis y Olga dejó escapar una grave aunque afectada voz:

   —No permitiré que tus hijos te arrinconen... ¿Te quieres casar conmigo?

© Pilar Muñoz Álamo - 2018



***
   Este relato fue escrito, expresamente, para su publicación en el número de febrero/2018 de la revista «Pasar Página», a cuya directora, Mercedes Gallego, y editora, Almudena Gutiérrez, agradezco su invitación de colaborar en ella.

   Os animo a visitar el blog de la revista en el que podéis encontrar los enlaces de los números publicados hasta el momento y demás contenido que sé, con seguridad, que os va a interesar.  
No os la perdáis.




2 mar. 2018

MICRORRELATO: «LLORA»



   Llora. Con su frente sobre el cristal, haciendo que se confundan sus lágrimas con las gotas que por él resbalan. Llueve. Y un manto de grises lo envuelve todo, abarcando su corazón. Sus ojos vidriosos no alcanzan a perfilar el paisaje, pero lo siente, siente la bruma y los colores desdibujados dentro de sí. Los sueños deshechos. La mirada debilitada. Las fuerzas mermadas para poder seguir.

   Llora. Y percibe el regusto amargo de la nostalgia sobre sus labios, del amor desvaído que resuena como un eco ahora lejano, del vacío en su alma, que ha quedado muda por un tiempo. La música calla. Solo a los acordes lentos se les permite sonar, porque el cuerpo está adormecido, no quiere bailar. Ni tampoco escuchar palabras que no provengan de su propia voz.

   Llora. Desahogándose. Vaciando la pena que la corroe. Mientras se debaten sus pensamientos entre cerrar un cuento que ya acabó o darse una oportunidad en una batalla perdida. Llora mientras se pregunta a sí misma qué fue lo que falló. Sin saber que hay preguntas sin respuesta, porque el corazón no atiende a razones. Porque vive y se alimenta de latidos cuyo ritmo ni siquiera nosotros mismos podemos marcar.

   Sigue llorando. Sintiendo imposible lo que tarde o temprano sucederá. Que las nubes dejarán de derramar agua, como harán sus ojos. Que el sol reaparecerá, dibujando en el paisaje colores bellos al fundirse con las gotas de rocío, devolviendo el brillo a sus pupilas al besar las últimas lágrimas que quedarán en ellas. Que de nuevo el cielo se tornará azul y su corazón rojo, a un paso tan silencioso y lento que no podrá frenarlo. Que la curva de su sonrisa ganará en profundidad y la música volverá a sonar, permitiendo que el cuerpo se meza, se agite y termine bailando como lo hizo antaño. Que levantará la cabeza y dejará de observar el suelo para mirar alto, para echar a andar con ademán decidido y paso firme, restablecida de unas heridas que habrán sanado y cuyas cicatrices le recordarán que es grande, valiente y fuerte. Que la alegría la aguarda en cualquier rincón. En el instante más inesperado. Y en compañía de la única persona que, de seguro, terminará devolviéndole la felicidad: ella misma.
 
© Pilar Muñoz Álamo - 2018

26 feb. 2018

BAJANDO A TIERRA. EDITORIALES DE AUTOEDICIÓN.



   Hace unos días publicaba un post en Facebook en relación con la proliferación de las editoriales de autoedición y quiero comenzar esta entrada reproduciendo textualmente lo que decía en él:

«La editoriales de autoedición proliferan como setas. Unas venden humo a precio de oro. Otras son más honestas en sus servicios. Pero pocas presentan ante el autor, de manera clara y cristalina, la realidad tal cual es. No es que mientan, simplemente omiten el verdadero peso de las dificultades que los autores encontrarán a partir de su publicación, jugando —en algunos casos de forma reprochable— con sus ilusiones para lucrarse, aprovechándose de un desconocimiento que, en la mayoría de los casos, tan solo se evita con la experiencia.
 No desecho este modo de publicación, ¡en absoluto! Me parece sumamente respetable tanto la elección del mismo por parte del autor como la forma de trabajar de algunas de estas empresas y de quienes están al frente de las mismas; pero me resulta triste que muchas de ellas despierten mi sonrisa irónica cuando me cuentan todo aquello que conseguiré. Y me resulta triste porque yo ya sé poner los puntos sobre las íes —conozco el percal y sé a lo que me enfrento, para bien y para mal—; pero otros muchos no, y se dejarán llevar por una ingenuidad que, tarde o temprano, les puede acabar pasando factura.
 SÍ a las editoriales de autoedición francas y honestas.
 SÍ a los profesionales que, al frente de ellas, aman su trabajo de editores, de fomento de la literatura y de impulso a escritores que lo necesitan.
 NO a los vendedores de humo, cuyo amor a las letras se reduce al montante económico que estas reportan gracias a la persecución de un sueño que, sin escrúpulo alguno, ellos se encargan de idealizar y magnificar.
 Autor: infórmate bien antes de decidir. Pero hazlo a través de la experiencia de otros.»

   Clara Tiscar, en su artículo «¿La mejor editorial para publicar un libro? ¡El top 5!» —cuya lectura recomiendo a quienes deseen entrar en el mundillo de la autoedición de la mano de una empresa de servicios editoriales—, decía haber hecho un estudio de mercado de unas cien editoriales de autoedición para poder escribirlo, por lo que no es descabellado pensar que habrá bastantes más en el sector intentando sacar partido a esta ola de escritores que desean ver sus libros publicados con unos cuantos sueños adheridos a sus tapas. Y no tendría razón de ser la publicación de esta entrada si no fuera porque se me revuelven las tripas cuando observo (y cuento con experiencia propia) las milongas que se difunden por escrito y de viva voz en algunas de ellas, sangrando a los autores a base de promesas irreales que tan solo sirven para engrosar el montante económico del contrato que pretenden firmar con ellos para que sus libros vean la luz.

   La parte positiva de todo esto es que no todas son iguales, afortunadamente. Hay profesionales en el sector que ofrecen buenos servicios a precios competitivos, sin contar con que no debemos menospreciar la opción que nos ofrecen de dar vida a unas obras que no han encontrado otra vía de publicación, con independencia de su calidad. Pero aun así, no está de más considerar algunos aspectos «reales» de la autoedición a tener en cuenta, porque distan mucho de esa imagen utópica de éxito seguro que nos transmiten los mensajes informativos y promocionales de sus webs, y que responden, como no podía ser de otra forma, a criterios de márquetin para convencer y vender. Y ahí es donde yo quiero hacer mis salvedades, mis advertencias, sin ningún ánimo de echarle tierra a nadie. Simplemente, con la intención de abrir los ojos a quienes aún no tienen experiencia suficiente como para valorar el verdadero alcance de lo que nos prometen.

   Comenzamos.

   1. SERVICIOS COMUNES.

   Todas (o eso espero) estas editoriales ofrecen una serie de servicios básicos: contacto personal con un editor, gestión del ISBN y Depósito Legal, diseño de portada, maquetación, revisión conjunta de galeradas, envío «gratis» de los ejemplares... Estos servicios, además de básicos, deben ser obligatorios, no olvidemos que nos están cobrando un precio superior al de una simple imprenta y en algo debe estar la diferencia. D
ebo decir que el ISBN que gestionan es de editorial, no de autor, lo cual permite la posibilidad de entrar en librerías y distribuidoras, cosa difícil con ISBN de autor. Pero lo dicho, todo esto está incluido en el precio.

   2. SERVICIOS ADICIONALES.

   Lo que sí puede o no estar incluido en el precio es la corrección de la obra.


   «Valoramos» tu obra. ¿Eso qué significa? En muchos casos «valorar» la obra supone cuantificar las páginas para darte un presupuesto. Nada más. El nivel de calidad y corrección les da igual. Incluso si va con faltas de ortografía. Para evitarlo, te ofrecen
—o noservicios de corrección con coste adicional. Otras, sin embargo, sí incluyen corrección ortotipográfica y/o de estilo. Y esto sí que es interesante, porque no solo conlleva que esta salga depurada y publicada sin errores, sino que además nos supone un buen ahorro, ya que el coste de las mismas no suele ser bajo. También es sumamente interesante la inclusión de un informe de lectura analizando la novela: sus puntos fuertes, débiles, aquello que se puede mejorar y su viabilidad, sobre todo si el autor es escrupuloso y quiere calidad en la trama, no solo en su narrativa. Pero esto no es fácil de encontrar por el coste que supone.

   Quiero advertir con esto que, muy probablemente, el hecho de que acepten publicar una obra no implique que esta sea buena. En el mismo saco pueden ir metidas novelas de índole muy diversa y esto podría ser un problema, porque si nos decantamos por una editorial que no tenga una cierta pulcritud a la hora de publicar podemos vernos afectados por la mala prensa de otras obras incluidas en catálogo. En este sentido, sí quiero hacer valer, por ejemplo, el sistema de clasificación que practica una editorial de autoedición —Mundopalabras—, que cuenta con tres sellos editoriales diferentes en función de los filtros superados por la obra, lo que conlleva un criterio de calidad asociado al sello que, como he dicho antes, no deja de ser una carta de presentación más de nuestra obra ante el lector.

   3. DIFUSIÓN.

   Hasta ahora nos hemos centrado en el proceso de creación de nuestro libro (que lo hará bueno, bonito y «barato»). Pero ahora se nos plantea lo que hemos de hacer con él, que, a fin de cuentas, es lo que andamos buscando cuando decidimos autopublicar con una de estas editoriales y no con una simple imprenta.

   Nos prometen máxima difusión y nos citan todo un elenco de canales a través de los cuales dar a conocer la obra: notas de prensa, envío a seguidores por correo electrónico, por catálogo, publicación en su página web con página de autor, difusión en redes sociales, entrevistas para algún medio, diseño de productos de márquetin, organización de presentaciones... Se nos iluminan los ojos creyendo que todo el mundo conocerá nuestra obra recién salida del horno. Pero lamento decir que la repercusión de todo ello es más bien baja: primero, porque suele ser una campaña promocional de lanzamiento con alcance limitado (las editoriales de autoedición no tienen el impacto de las editoriales tradicionales, sin contar con que gozan de un menor prestigio al ir asociadas a la creencia de menor calidad de la obra, no nos engañemos); segundo, porque no pueden permitirse mantener esta campaña de promoción sostenida en el tiempo, a juzgar por todas las novedades que, mensualmente, lanzan al mercado y que también deben publicitar; y tercero y fundamental, porque aquello que se ve anunciado, si después no se encuentra con relativa facilidad, acaba en el rincón del olvido; hay cientos de miles de libros en venta para elegir, ¿por qué habrían de tener un empeño tan especial en conseguir el nuestro). Esto sucede de igual forma con editoriales tradicionales pequeñas y medianas que no pueden invertir en campañas publicitarias de duración aceptable (y, además, con distribución escasa). Al final, el mayor esfuerzo para abrir camino, junto al peso de la promoción, recaerá en el autor y en los recursos con los que cuente a nivel personal (redes sociales, prestigio personal y profesional, contactos, acceso a medios de comunicación, seguidores, curriculum literario previo...). Casi nada más. Triste pero real. ¿Con cuáles cuentas tú?



   Y aquí desembocamos en los dos puntos más peliagudos de todo este entramado, el que más sinsabores genera por ese éxito (casi prometido y fácil) que nos auguraron al comenzar: las ventas y la distribución.

   4. VENTA DEL LIBRO.

   Nos ofrecen la posibilidad de vender nuestro libro a través de varias vías. Todas son válidas, por supuesto, pero vamos a analizar también su probable repercusión real.

   4.1) A través de la librería de la editorial o de otras librerías on line (Amazon, Casa del libro, FNAC, Agapea…).

   La posibilidad existe y no la vamos a negar. Pero seamos realistas, por favor. Por mucho que nos quieran convencer —y por mucho que nosotros manejemos las redes y las compras on line sin esfuerzo alguno—, el porcentaje de lectores que compran papel a través de internet aún es pequeño. Sí, no abras los ojos sorprendid@. Aún se les hace cuesta arriba inscribirse en la página de turno, dar sus datos personales, pagar con tarjeta de crédito y, sobre todo, pagar gastos de envío cuando en una librería te lo llevas puesto del tirón y sin coste adicional. A eso debes sumar la búsqueda de tu libro. Si está posicionado y aparece en Google con facilidad, lo tenemos más sencillo. Si el lector ha de disponer de un enlace expreso que le lleve a la página, la cosa se complica, porque previamente debes contar con visibilidad suficiente -tú o tu novela- para que esa información esté disponible con facilidad. Venderse..., se vende. ¿Pero cuántos ejemplares?

   4.2) A través de tu propia página web.

   Reproduzco todo lo anterior, con el añadido de que has de direccionar previamente a los lectores hasta tu página, lo cual implica una visibilidad añadida como escritor. ¿La tienes? Ten en cuenta también que para vender desde tu propia página debes facilitar al máximo la operación. Déjate de correos electrónicos, pagos por transferencias y cosas así. Tan solo aquellos que tengan un empeño enorme en tener tu libro liarán la del tigre para hacerse con él de esta manera (sin cesta de la compra, pago por paypal, etc, etc). Y solo de amigos y conocidos no comemos. Los lectores «desconocidos» son, al final, los que más cuentan.

   4.3) Personalmente, a través de venta directa en presentaciones u otros eventos.

   Para mí es la más eficaz con diferencia, porque además de facilitar el acceso al libro estarás ofreciendo otros aspectos de él y de ti mismo que pueden resultar atrayentes. Pero no pierdas de vista tampoco que en España, por norma general, las presentaciones suelen ser muy poco numerosas. Solo los grandes escritores arrastran a un buen número de lectores hasta una sala. Y en el caso de noveles o seminoveles, la presentación en tu ciudad puede ser la más numerosa por aquello de contar con familiares y amigos, pero fuera…

   4.4.) A través de librerías físicas, lo cual implica la distribución de la obra.

    Llegados a este punto, abro apartado nuevo, porque merece una atención especial.

   5. DISTRIBUCIÓN Y VISIBILIDAD EN LIBRERÍAS FÍSICAS.


   «Podrás ver tu libro en escaparates y librerías». Ese «podrás» es una posibilidad teórica con una probabilidad real excesivamente baja. Eso, por no decirte que no lo verás, salvo algunas excepciones. Y ello por varias cuestiones:

   Primero, para que tu libro pudiera tener presencia física en librerías, la tirada que tendrías que encargar debería ser de unos miles de ejemplares. ¿Dispones de presupuesto para ello? Una tirada de 300 ejemplares apenas da para distribuir, considerando que tú tendrás que reservarte un número de ellos para distribución personal.

   Segundo, que tu libro esté a la vista en librerías no depende solo de ti, sino del interés que genere en los libreros y en las distribuidoras. Las grandes editoriales pugnan por ocupar sitio en las librerías, hasta el punto de que hay editoriales tradicionales medianas y pequeñas a las que les cuesta un mundo hacerse con un lugar en librerías pequeñas e incluso entrar en grandes superficies. ¿Y por qué ocurre esto? Porque se vende lo que se ve; aquello que no se ve, casi que no existe. Las librerías, en general, (con la excepción de algunas de ellas cuyos libreros son verdaderos amantes de la literatura y difusores de la cultura sin parangón) son negocios que deben subsistir y lo hacen con aquello que genera ventas seguras. ¿Tu libro es una venta segura? ¿Tanto como para ocupar el espacio que podría destinarse a una novela de Planeta o a un bestseller? Volvemos a tu visibilidad personal o a tu caché profesional, personal o de escritor para generar interés por aquello que has escrito, de lo contrario, es difícil que ambas se interesen: la distribuidora no lo ofrecerá y la librería no lo pedirá. También es triste, sí, pero real, y de nuevo, cuento con experiencia propia. De cualquier forma, en el caso de que lo vieras, debes saber que el tiempo que se le da una obra para que despegue y demuestre sus posibilidades es muy, muy corto, y en autoedición aún más. Si no se vende de manera importante en muy poco tiempo a partir del lanzamiento, lo retirarán sin remilgos. Eso sí, siempre puedes contar con aquellas librerías pequeñas que tú conozcas y quieran hacerte hueco como favor personal.

   A esto último, debemos añadir una cuestión más: ¿de qué distribuidora estamos hablando? Al igual que hay librerías grandes y pequeñas, conocidas y desconocidas, también sucede con respecto a las distribuidoras. Las hay bien implantadas, cuyos tentáculos llegan fácilmente a cualquier lugar; y otras más pequeñas con las que las librerías apenas cuentan. Azeta, por ejemplo, es una de las grandes, con buenas posibilidades de distribución, pero no todas gozan de ese prestigio ni están asentadas en el sector de una manera tan eficiente.

   6. IMPRESIÓN A DEMANDA.

   Este concepto parece ser la solución mágica a todos los males de una obra autoeditada de cara a las ventas. «No tendrás que pagar por grandes tiradas». «No se te quedarán ejemplares guardados en un cajón y sin vender». «Tu libro podrá estar disponible en cualquier librería del país y del extranjero».

   Y realmente es así. La impresión a demanda consiste, básicamente, en que un ejemplar se imprime cuando se vende. De uno en uno, a petición de lector. Y es cierto que puede pedirse en cualquier librería, pero…

   Volvamos a poner las cosas un poquito claras.

   Primero. Aunque suene reiterativa, lo vuelvo a decir: se compra lo que se ve, o como mucho, lo que resulta muy fácil de conseguir. Muchos lectores, cuando preguntan por una novela en una librería y no la tienen, eligen otra. Así de simple. Porque no tienen ganas de volver otra vez teniendo en lista una centena de novelas deseables para leer. Y si la quieren regalar, aún más.

   Segundo. Si realmente tienen interés en tu novela, preguntarán al librero por la posibilidad de conseguirla, pero aquí entra en juego la distribuidora que la lleve en catálogo y la facilidad que esta ponga para servirla (y de nuevo cuento con experiencia negativa propia, en este caso, con editorial tradicional, incluso ). Muchas librerías, si no está incluida en el catálogo de su distribuidora habitual, no te la pedirán. De ponerse en contacto directamente con la editorial para conseguirla, ya ni hablamos.

   Si la novela es buena y demandada (o el autor es conocido y despierta confianza e interés), conseguirla será más fácil. Pero aquí entramos en un círculo vicioso, porque el boca-oreja es el sistema promocional que mejor funciona. Si el lector no tiene acceso a ella, no puede dar su opinión. Si no da su opinión, no anima a otros lectores a pedirla y leerla. Si no la piden, las librerías y distribuidoras pasan.

   He encontrado editoriales tradicionales con sello de autoedición que te prometen dar el salto a la publicación convencional si la novela funciona. Es la guinda que ponen ante tu boca para animarte a contratar con ellos o incluso cobrarte unos costes astronómicos por una tirada irrisoria de ejemplares. Pero si siguen esta misma pauta, la obra difícilmente destacará lo suficiente como para que eso ocurra.

   7. PRECIO.

   Asegúrate de poner un precio a tu libro acorde a lo que ofreces y a tus necesidades. No es lo mismo una impresión con tapas «de bolsillo» que con solapas, por ejemplo, además de otro tipo de acabados. Pero además, ten en cuenta diversos factores que suelen pasar desapercibidos a priori.

   Primero. Al coste de tu libro has de sumar los impuestos que deberás pagar fiscalmente por su venta (no he de decir que ser editor de tu propio libro implica el alta en Hacienda para la facturación, fiscalidad del IVA, los pagos a cuenta y el IRPF anual, además del seguro de autónomos si careces de otro régimen).

   Segundo. Si los vendes por tu cuenta, considera los gastos de envío, tanto si corren de tu cuenta como si no.

   Tercero. Si los vas a vender a través de librería, ten presente que esta suele llevarse alrededor de un 30% del precio del libro sin IVA, y la distribuidora, otro tanto. Así es que súmalo al coste de impresión y calcula lo que te queda, a ver si te vas a tener que rascar el bolsillo.

   Todo ello es fundamental tenerlo en cuenta a la hora de calcular cómo, cuándo y de qué forma recuperarás tu inversión. Porque no debes olvidar que autopublicando con una empresa de servicios editoriales estás adelantando un dinero del que no tendrías que desprenderte si optaras, por ejemplo, por una autoedición completamente independiente en Amazon, a través de Createspace o de KDP (aunque esta opción no contempla, por supuesto, la mayoría de los aspectos que hemos barajado aquí y que, con sus debidas reservas, te podrían convenir).

   8. OBRA EN DIGITAL.

   Las editoriales de autoedición suelen ofrecer también la posibilidad de incluir el ebook del libro, así como su distribución en decenas de plataformas. Lo primero que debes demandar es un ebook maquetado en forma Epub o MOBI (para Kindle). Muchas de ellas suben un fichero en PDF que no cumple con los requisitos de calidad básicos para los lectores digitales más usados. Aun así, mi opinión al respecto es que la plataforma digital por excelencia es Amazon, las demás no tienen una repercusión elevada en ventas. A eso debo añadir, según mi propio punto de vista y experiencia, que si es la editorial la que sube el fichero a todas las plataformas, el autor pierde la posibilidad de gestionar las ventas, el precio y las posibilidades de promoción que, por ejemplo, Amazon KDP ofrece al autor, lo cual no es del todo interesante.

   CONCLUSIÓN.

   Si has llegado hasta aquí es porque realmente estás interesado en autopublicarte y, además, has pensado hacerlo a través de editorial. Tal vez te hayas desmoralizado. O quizá pienses que soy una detractora absoluta de esta forma de publicación. Pero no es así.

   Como te digo, si se te ha cruzado por la mente esta última hipótesis, te diré que en absoluto estoy en contra de ello. Lo único que pretendo es ayudarte a ser realista, a conocerlo todo tal cual es, sin idealismos, porque solo sabiendo desde dónde partimos y las herramientas reales con las que contamos, evitaremos decepciones y nos garantizaremos un éxito mayor.

   Actualmente, tengo cuatro obras literarias publicadas. Tres de ellas son de autoedición: una con editorial y las otras dos de forma independiente en Amazon. La cuarta lo ha sido con editorial convencional, aunque pequeña. Conozco a fondo cómo funcionan, tanto unas como otras, y también conozco el funcionamiento del mundillo literario en cuanto a librerías y distribuidoras. Por eso me sabe mal que pretendan enredar a quienes no tiene n experiencia, pintándoles un mundo de color de rosa que no lo es en realidad. Y que jueguen con sus ilusiones para lucrarse sin escrúpulos ya me enciende.

   ¿Volvería a autoeditar después de mi experiencia? Tal vez esa sea una pregunta que estás deseando hacerme. Y mi respuesta es SÍ. No descarto esta opción, la respeto, como respeto la labor de los buenos profesionales que hay al frente de ellas (no de todas, ¿eh?) Es más, considero, como ya he dicho en más de una ocasión, que debemos valorar muy positivamente la posibilidad que nos brindan de ver nuestras obras publicadas cuando no nos ha sido posible hacerlo a través de editoriales tradicionales que, en gran medida, parecen llevar el objetivo comercial hasta el último extremo, a veces, hasta ignorando la calidad. Pero si vuelvo a autoeditarme, lo haré sabiendo el punto del que parto, mi posición actual en el mundillo literario, mi curriculum personal y profesional, mi visibilidad en redes, mis posibilidades de acceso a medios de comunicación, así como a otros canales promocionales y, sobre todo, el precio que no estoy dispuesta a pagar por unos servicios que son los que son y con la eficacia que ya sé que tienen. Nada de utopías. Nada de éxitos garantizados. Nada de estrellatos pagados de antemano.

   Piensa que ellos ponen a tu disposición una serie de recursos nada desdeñables, pero que ese éxito depende, en gran medida, de lo que tú hayas sido capaz de escribir y, sobre todo, DE TI.

 



20 feb. 2018

RELATO: «COSAS DE CRÍOS»


 —¿Por qué hay tantos libros, mami?
 —Porque a mucha gente le gusta soñar…
 —¿Con monstruos? ¡¿Hay monstruos ahí dentro?!
 —¡No, cariño, no! Quieren soñar con cosas bonitas; con historias de amor, de aventuras… Y también con lugares distintos a los que conocen.
 —No lo entiendo.
 —A veces, cuando tú juegas, ¿no piensas que eres un valiente pirata a la búsqueda de un tesoro maravilloso?
 —Sí.
 —Y lo haces para pasártelo bien, ¿verdad?
 —Ajá.
 —Pues esto es igual. Ellos leen las historias escritas en esos libros para divertirse.
 —Pero yo las pienso solito…
 —Porque tú tienes mucha imaginación, tesoro.
 —¿Y ellos no? ¿Los mayores no tienen imaginación?
 —A muchos mayores se les va gastando cuando cumplen los años, ¿sabes? Poquito a poco, sin darse cuenta. Y necesitan que alguien invente esas historias y se las cuente muy, muy bien para que puedan imaginarlas, como haces tú con los piratas.
 —¿Cómo si les contaran un cuento?
 —Eso es, sí. Como si les contaran un cuento, tan bien contado, que parece que están dentro de él viéndolo todo. Sintiéndolo todo.
 —¿Y se les quita el miedo como a mí?
 —Claro, se olvidan del miedo, cariño, porque ya no piensan en nada más. Solo ven lo que hay escrito dentro del libro, lo demás…, ¡chas!, desaparece.
 —¿Y se ríen?
 —Sí.
 —¿Y lloran?
 —Sí.
 —¡¿Y se ponen nerviosos como yo cuando llegan los malos?!
 —También. Y les entran ganas de luchar contra ellos, y vencerlos, y salvar a la princesa, y…
 —Mami…
 —¿Qué, cielo?
 —¿Yo puedo pensar historias y meterlas en un libro para que las imaginen los mayores?
 —Eso es lo que hacen los escritores. ¿Tú quieres ser escritor?
 —Ajá. Para que se les quite el miedo y ya no estén tristes y se lo pasen bien y se rían y lloren con cosas bonitas y…
 —Para que sueñen… ¿No?
 —Sí, eso, jeje. Para que sueñen.

©Pilar Muñoz - 2018

14 feb. 2018

MICRORRELATO DE SAN VALENTÍN: «UNA CANCIÓN DE AMOR»


«Recuerdo las notas de una canción, flotando a nuestro alrededor. Cómplices de un baile cuerpo a cuerpo en la oscuridad de la noche. Mi pecho en el tuyo. Tu rostro en el mío. Las piernas entrelazadas, moviéndose a un mismo compás. Mi mano en tu nuca y tus brazos en mi cintura, circundándola, apresándola para que yo no pudiera escapar de tu pregunta vertida en mi oído, en un susurro perdido entre la brisa y el canto de algún grillo despistado, que no supo que debía cambiar su agudo batir de alas por un redoble de tambores ante una escena tan esperada. Tan deseada.

Hay comienzos que se resisten a tener final. Que se prolongan en el tiempo como si fueran inmunes, acaso inmortales por los sentimientos que los revisten, que lejos de desprenderse como hojas en otoño se adentran en nosotros hasta convertirse en savia pura. Amor y lágrimas, besos y abrazos, miradas perdidas y reencontradas, disputas que cesan con bocas hambrientas, gestos mudos que turban o quizá estremecen, corazones que se buscan de manera irrefrenable, pieles que acallan tumultos cuando se rozan... Emociones profundas que pesan, que ensanchan el alma, que vidrian los ojos ante horizontes nublados. Que siguen clamando por que persista la luz. Y si ha de hacerse la noche, que nos venga envuelta en las mismas notas de aquella canción que lo nuestro vio nacer. Que lo ve crecer.

Pero que no lo verá morir.»

©Pilar Muñoz - 2018


Lecturas 2018.

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