10 nov. 2017

RELATO: «EN PECADO».



   Quizá se enfade. Puede que frunza el ceño al tiempo que mira a su alrededor y me invite a alejarme de nuevo, a volver al lugar de donde vengo. O tal vez pierda la voz como la perdí yo la última vez que estuvimos juntos. Y se le vidrien los ojos sin acertar a decir palabra.
   Ya hace siete años que todo acabó.
   Siete años que son todo y nada. Todo para sufrir y nada para olvidar. Todo para llorar y nada para reír cuando quedan los afectos heridos de muerte. Como el suyo hacia mí.
   Apoyo la cabeza en la ventanilla y observo cómo desfilan los árboles, con sus verdes hojas al viento, exhalando el rocío de la madrugada para llenarse de sol. Hay casas solariegas indemnes al tiempo, salpicadas por la campiña, como si fueran universos diminutos con vida propia: la de la anciana vestida de negro que porta un cántaro de agua para beber, la de su hombre con aperos de labranza unos metros más allá, la del vástago pequeño que, con la vara en la mano, se dispone a sacar el rebaño a pastar. El frío corta la piel. Y yo lo siento en la mía a pesar de la llama que aún sigue encendida en mi corazón, que despunta de tanto en tanto con tal fuerza que mis ojos languidecen nadando en recuerdos, los que me quedaron impresos de aquellas tardes de domingo, de sus nudillos golpeando mi puerta a hurtadillas de los vecinos, de las flores silvestres con que me obsequiaba en cada visita, de su mirada borracha de amor y hambre, deseosa de alimentarse a base de besos que terminaban por sedimentar en mi cuerpo.
   Me abandoné.  Sus palabras en mis oídos quebraron mi virtud de mujer decente y me entregué a él. Sin importarme nada. Le abrí mi alma, mi casa, mi corazón… Mi cama. Yo amordazaba mis remordimientos con sus caricias, con sus labios bebiendo en mi boca, con sus juegos excitantes imposibles de confesar, con el calor de su piel sellando hasta el último poro de la mía en cada uno de nuestros encuentros. Y ahogaba la pena que me provocaba su marcha evocando su beso de despedida y su sonrisa amable y plácida, que me acompañaba día tras día, hora tras hora hasta volverlo a ver.
   Cinco años nos dedicamos.
   Un lustro en el que una semana entera se reducía a una tarde. Porque no había vida fuera de ella, no había más mundo que él y que aquello que conseguía regalarme: sentirme mujer. Su mujer. A pesar de no serlo.
   El autobús de línea para y me limpio una lágrima. Respiro hondo y agarro a mi pequeña para bajar. Las últimas palabras de Esteban vuelven a mí como una letanía que me dejó rota: «No podemos continuar con lo nuestro. Contraje un compromiso hace años que debo seguir cumpliendo como un hombre de bien. Espero que me comprendas.»
   Una ráfaga de aire me sacude el rostro y me arrebujo en mi abrigo. En una mano llevo una pequeña maleta y, con la otra, aprieto dentro de mi bolsillo un pañuelo bordado con las iniciales de Esteban que he conservado estos siete años. Mi hija corretea por la plaza del pueblo para ahuyentar las palomas mientras yo camino con dificultad; los adoquines de la calle se incrustan en mis zapatos de tacón. Algunos viejecitos, sentados en bancos de piedra en derredor de la fuente, me observan, con sus chaquetas gruesas, sus pañuelos en el cuello, sus boinas caladas hasta las orejas para resguardarse del frío. Me tienen por una extraña, no queda en mí rasgo alguno de mi niñez. Carmen se detiene en seco y me señala el nido de cigüeñas que ha visto sobre el campanario. Su gesto me emociona al hacerme rememorar las veces en que papá me explicaba que fue una de ellas la que me trajo a casa. Me agacho para situarme a su altura, le recompongo el lazo del pelo y le advierto con nostalgia que esa es la iglesia en la que me bautizaron. Y me mira ilusionada ante tal descubrimiento antes de correr de nuevo para adentrarse en ella, sin que logre detenerla.
   Apenas ha cambiado. El retablo majestuoso me sigue impresionando, tanto como el silencio que circula bajo sus naves. Piso despacio para no hacerme notar y me siento en el último banco para admirarla en su totalidad. La curiosidad de Carmen la ha hecho perderse entre las imágenes, ante las que se postra con culto y respeto, propio a su edad. A mí me sudan las manos y me tiembla el cuerpo. Y no es por frío. Sino por un presagio que ahora se cumple y que casi me hace llorar.
   Parcialmente escondida tras una columna de mármol del pasillo central, advierto a Carmen que venga hasta mí, con cuidado de no delatarme. Los Santos parecen mirarme, pero me da igual. Los feligreses entran para asistir al oficio, muchos se han acomodado ya. Niños, hombres, mujeres con vestidos de domingo, postura solemne y con un gesto de reflexión cristiana que induce a pensar que jamás pecaron. No como yo.
   Me desplazo hasta un lateral, un par de bancos más allá. Con el corazón palpitando le tiendo a Carmen el pañuelo impregnado en perfume, el que siempre usé para él. Y le pido que se lo entregue, indicándole quién es con una inclinación de cabeza sutil que solo mi hija ha podido apreciar.
   Esteban. Mi amado Esteban.
   No puedo evitar sollozar cuando él la mira perplejo, sujetando sus pequeñas manos, fundiendo sus ojos en los de mi hija, que sin duda alguna ha debido de reconocer. Idénticos a los suyos.
   Yo me he girado para darles la espalda, porque sé que él, cuando reaccione, me buscará. Una anciana a mi lado me mira. Lleva un pañuelo negro enmarcando su rostro y un rosario en la mano. Por un momento detiene sus rezos y me pregunta:
   —¿Se va a usted a confesar?
   Dudo. Y siento que palidece mi tez al pensarlo. Pero tal vez sea momento de quedarme en paz conmigo misma, de volver a casa con el alma apaciguada y con el corazón liberado del peso de los secretos.
  Me levanto despacio, suspirando, entornando los ojos hasta arrodillarme en un lateral del confesionario, con los puños cerrados en torno a mi boca.
   —Ave María Purísima —arranco a decir.
   —Sin pecado concebida —contesta él.
   Su voz me conmueve, me agita, me eriza el vello ante el cúmulo de emociones que despierta en mí. Y a duras penas, con la garganta quebrada, confieso:
   —Me acuso, padre Esteban, de que aún lo amo. De que no lo he olvidado y no podré hacerlo jamás.

©Pilar Muñoz - 2017

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