20 feb. 2017

RELATO: "EL AMOR DE MI VIDA."


   La última parte del viaje la llevé con los ojos vendados, refugiada entre mis brazos en el asiento trasero del taxi. «Vamos a ver a los niños», mentí. Y ella calló, dejándose guiar al tiempo que vertía en mis pupilas su ternura, inagotable a pesar de los años. Oculta en el coche, una maleta con dos vestidos de flores y una falda de vuelo azul con la que estaba preciosa. Me reprendería cuando los viera; decía que su ajado cuerpo y aquel colorido ligaban tanto como el aceite y el agua. Pero a mí al verla así vestida se me iluminaba el rostro, porque la luz que irradiaba le embellecía hasta las arrugas, y las flores, alegres y joviales salpicadas por su cuerpo, parecían atenuar el temblor de sus manos en mayor medida que mi propio abrazo.

   Jamás podré olvidar su gesto emocionado al recuperar la vista tras bajar del auto, ni el dulce sabor de sus lágrimas repletas de sentimiento, que bebí al besarlas posando mis labios en sus mejillas. Ante nosotros, la misma cala de perfiles rocosos y trazos de arena donde le hice el amor por primera vez medio siglo atrás. La misma cabaña que nos dio cobijo aquel fin de semana en que huimos de nuestros padres para poder consagrar nuestro amor, en contra de su voluntad. «Hemos vuelto», me dijo ella, con apenas un hilo de voz. «Te lo prometí», le contesté yo, rodeándole la cintura a su espalda, aspirando el olor de sus blancos cabellos, tan embriagador como lo fue siempre.

   Pasé mi brazo por sus hombros, apreté su mano con la mía y la encaminé hasta la orilla. El viento tibio susurró una bienvenida y le besó la tez, sonrosándole la piel. Y el sol la vistió con una aura dorada como a las diosas. Mi niña. Mi princesa. Se me aceleró el corazón, igual que aquella primera vez. La descalcé despacio, guardando un equilibrio que también yo había comenzado a perder, y una ola de cresta blanca le acarició los pies. Ana dejó de temblar, como si el mar hubiera burlado la enfermedad. Y a cambio le permitió suspirar, regalándome la mirada más bonita que cualquier hombre podría haber visto jamás.

   La tendí en la arena, con la misma suavidad con la que se acaricia a una flor sembrada de encanto, de magia. Me acomodé a su lado y recosté su cabeza en mi pecho para hacerla sentir los latidos de mi corazón. Y le acaricié el pelo, el rostro, la espalda, hasta permanecer quietos, fundidos en uno solo durante horas, observando el horizonte, el mar y el cielo, escuchando el rumor de las caracolas y los «te quiero» enredados en nuestros labios, que se buscaron hasta encontrarse más de una vez.

   Cincuenta años después volví a hacerle el amor, de aquella otra manera, sí, pero llenándonos el alma tanto como lo hizo entonces. Y reímos al refugiarnos en la cabaña, cómplices por haberlo hecho de nuevo a escondidas. De nuestros hijos, en esa ocasión.

   Ana se puso el vestido de flores. Yo me coloqué una sonrisa boba y una mirada profunda que solo me permitía ver al amor de mi vida. Tan dulce y tan admirable como siempre.

   Eterna.

©Pilar Muñoz Álamo - 2017.


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