13 jun. 2016

YA NO DISFRUTO TANTO CUANDO LEO.



   Ya no disfruto tanto cuando leo, aunque tal vez debiera decir "siempre que leo", porque paradójicamente, leer cada vez me gusta más. Esta es la conclusión a la que llegué (o llegamos, porque no era yo sola) tras una conversación de libros, novelas y arte literario en general. Y deduje rápido el porqué, no fue necesario que lo meditara en exceso.
   A la mente se me vinieron varias imágenes; por ejemplo, la de aquel que buscando muebles para su casa hace una ruta por Ikea tras haber pasado previamente por la tienda de ebanistas de su pueblo. Y no, no os adelantéis que no voy a volver a la carga con la controversia de la calidad literaria y las ventas que llevan o no aparejadas, de eso ya hemos hablado hasta la saciedad. Voy al hecho de que un mueble y otro serán analizados de forma distinta en función del grado de conocimiento del oficio que se pueda tener. Una profana en la materia, como yo, se dejará llevar, probablemente, por su aspecto externo, por su estética (medida según mis propios y subjetivos cánones de belleza), por su utilidad, su funcionalidad y su precio; un carpintero o un ebanista (incluso yo si me apuntara a un taller para aprender el oficio) analizaría también, muy probablemente, la simplicidad de sus líneas o, por el contrario, el trabajo oculto en sus patas torneadas y en las tallas de las volutas que lo adornan, el entrelazado de sus cajones, el tipo de barnizado o la madera maciza empleada en un caso versus DM prensado en el otro, aspectos que al primero le podrían pasar por completo desapercibidas por mero desconocimiento del oficio. Eso no implica que por saber más ya no pueda gustar o convencer el primero, ¡ojo!, sino que es más probable que uno sea consciente de sus carencias y que, a la vez, le resulte más complicado menospreciar alegremente el segundo (aunque no sea atractivo) al haber podido apreciar el esfuerzo y los conocimientos necesarios para su construcción. Y en esas estoy yo.
   Siempre he sabido de la subjetividad que hay en la recomendación de una obra y en la valoración personal de la misma ("para gustos... colores", como suele decirse). Y en parte, esto es algo que enriquece a la literatura: el hecho de que una misma obra se convierta en una novela diferente en función de quien la lee y de lo que cada cual es capaz de extraer o interpretar a partir de lo que se ha escrito. Pero ahora soy consciente de que ese grado de subjetividad es aún mayor de lo que pensaba, porque no todos analizamos en ella los mismos elementos, y por ende, no los valoramos igual. Y esto es algo que incluso he podido apreciar en mí misma a lo largo del tiempo. Antes solo "percibía" la historia y lo que esta era capaz de removerme por dentro; ahora no puedo evitar el análisis de la forma en que está contada, de cómo está estructurada la trama, de cómo el autor maneja y dosifica la información, del tipo de voz narrativa utilizada, del tiempo verbal, de la forma en que se crea intriga o suspense, de la profundidad de sus personajes, de la construcción de sus diálogos, de la documentación previa que le sirve de soporte, de la ambientación, de la capacidad para hacer las descripciones justas, de su grado de verosimilitud, de la calidad de su narrativa..., así como el grado de complejidad de cada uno de esos aspectos. Es decir, ahora valoro fondo y forma, y convencerme resulta por tanto mucho más difícil, porque hay que tener mucho oficio para que todo ese compendio resulte del todo óptimo. Pero, por otro lado, al llegar a este punto tampoco me creo con la suficiente autoridad como para menospreciar una obra alegremente, porque soy mucho más capaz de apreciar la dificultad que puede haber tras una estructura argumental aparentemente fácil; la perfecta evolución de un personaje que, precisamente por estar bien construida, pasa desapercibida; la complejidad en el manejo y dosificación de la información para mantener intriga; la recreación de escenarios "visuales"; o una prosa que transmita, porque hay narrativas formalmente correctas y hasta ejemplares que, sin embargo, son frías como témpanos de hielo.
   A medida que voy aprendiendo más del arte de escribir y novelar, más difícil resulta que una obra me llene. Pero a la vez menos me atrevo a juzgarla de cara a los demás. Y ya no solo por lo que he referido antes, sino también por nuestra propia variabilidad. He sido consciente de que podría incurrir (o haber incurrido) en el mismo error que ya he podido apreciar en las opiniones de otros lectores, y que no es otro que su propia incoherencia a la hora de tener o no en cuenta determinados elementos en su valoración de las obras. Raya el colmo de la subjetividad que factores que han servido para minusvalorar una novela hayan pasado sin embargo desapercibidos (o no hayan sido tenidos en cuenta) a la hora de valorar otras. Da igual el porqué. Da igual si se debe a que otros aspectos altamente positivos han eclipsado estos detalles, si la calidad narrativa nos ha atrapado hasta el punto de no percibirlos, si el respeto o la admiración sentida por el autor nos impulsa (tal vez de manera inconsciente) a hacer especiales concesiones, si nos influyen en exceso las expectativas previas o la opinión de los demás... Da igual. La cuestión es que si nosotros mismos, a la hora de analizar y valorar, no somos fieles a nuestros propios criterios, a ver con qué rigor o credibilidad podemos recomendarla o dejar de hacerlo.
   Han sido varios los descalabros que me he llevado últimamente. Y cuando hablo de descalabros me refiero a discrepar de las críticas leídas, para bien o para mal. Obras catalogadas como "novelón" me han decepcionado soberanamente por este otro tipo de aspectos que he enumerado antes, incluso por (bastantes) detalles de la propia trama o historia que se cuenta. En cambio otras, declaradas "infumables" por muchos lectores, a mí me han mostrado aspectos literarios que solo los buenos escritores son capaces de manejar. Y sigo prefiriendo una historia mediocre bien contada y estructurada -o de forma original- a una gran historia formalmente mediocre, al contrario de las preferencias de muchos otros.


   Concluyendo:
   Primero. Antes disfrutaba más con cualquier lectura por aquello de que "ojos que no ven, corazón que no siente".
   Segundo. Es tal la subjetividad a la hora de poner estrellas a una obra literaria que cada vez me dejo llevar menos por las opiniones ajenas; ya tan solo me dejo arrastrar por quienes sé de primera mano que valoran los mismos aspectos de fondo y de forma que yo, para bien o para mal.
  Y tercero. Mientras más cosas aprendo de este oficio de escribir y de novelar (y mira que todavía me falta una infinidad), menos me atrevo a opinar de forma pública, porque he aprendido que muchos aspectos que deberían tenerse en cuenta a la hora de hacerlo no dependen de "impresiones" (tan variables como relativas), ni de juicios propios con una -a veces- exagerada impronta personal, sino de conocimientos.






8 comentarios:

  1. Me pasa como a ti. Hace tiempo que leo con otros ojos, que valoro mucho más el cómo que el qué, que los detalles que me llegan a veces no son los mismos que destacan otros o, también, que lo que destacan me parece tan poco destacable que jamás le hubiera prestado la atención desmedida que veo.

    ¿Disfruto menos o más? Depende del libro. Lo que sí sé es que exijo un poco más para que el libro se quede en mí.

    Hace poco leí una novela romántica. Ni siquiera le hice reseña, era de una autora extranjera y tampoco tenía mucho que contar porque no era muy distinta a lo que se mueve en el género, pero la disfruté como una enana. Me hizo reír, me encantó la historia y los personajes eran fantásticos. No había fondo, pero eso es algo que sé que sucede en un noventa por ciento de los casos en estas novela. Me imaginaba el final, porque es inherente al género, pero jamás se me ocurriría decir de ella que es solo entretenida. A mí me gustó mucho, disfruté su lectura aunque no había cómo, que quizá fue lo único que la descartó para una reseña.

    Cuanto más sabes, más exiges, pero también, cuanto más sabes, más cuenta te das de lo poco que se sabe en general.

    Te ha quedado muy bonito el blog. Felicidades!!

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    1. Hay otra cuestión que he olvidado mencionar. Y es que cuanto más cuesta encontrar algo que te llena, más se disfruta cuando llega. Así es que ahora, cuando encuentro una novela de esas que yo, personalmente yo y para mí, califico de "novelón" la satisfacción que me queda en el cuerpo es mucho mayor que antes. Y las encuentro también, aunque no esté fácil la cosa. Así es que no todo es negativo, jaja.

      Gracias, guapa!!

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  2. Como mínimo somos dos tipos de lectores, que se complementan.
    Uno será el Lector Evasivo: lee la historia y no le interesa nada más, busca entretenerse con lo que le cuentan y ese es su objetivo. Es un turista literario.
    Otro sería el Lector Profundo o Lector de Estilo: lee tanto la historia como aprecia la manera en la que está escrita. Es un viajero literario.
    Cuanto más escriba, más te costará ser una lectora normal.
    Buen post.
    R.

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    1. Entonces soy ya viajera total, a veces reconozco que de forma involuntaria o casi inconsciente, porque necesitaría evadirme sin más, pero no puedo. Supongo que por esto último que tú dices.
      En realidad, esto pasa en otros muchos oficios o profesiones, «deformación profesional» la llaman, jaja. O simplemente, «afán de aprender» :-)
      Gracias, Rafael!

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  3. Hace un poco, un escritor extraordinario, de prestigio reconocido, me confesó que llega un momento en la vida de los escritores en los que no saben qué leer. Me dijo que no se trataba de desprecio por las obras de los demás colegas, ni por soberbia, ni nada de eso, él pensaba que era una búsqueda de lo inédito, de lo curioso. Decía que como el escritor busca y escribe historias continuamente en su mente, las de los demás a veces le impacientan, le distraen en exceso.
    Yo disfruto mucho leyendo pero reconozco que me he vuelto muy rara: solo busco las ediciones más excéntricas, lo diferente, lo sorprende, lo raro. Aunque tambén en su placer, sobre todo cuando no estoy escribiendo nada, leer a mis compañeros más queridos; por simpatía y por curiosidad y por amistad. Bss

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    1. Tú lo has dicho, buscamos y valoramos lo diferente, lo original, lo que se sale de los patrones habituales, tal vez porque tenemos claro que lo que hace especial a una novela no tiene por qué ser la historia en sí (muchos temas se repiten), sino la forma de contarla o la manera de enfocar lo que se cuenta. Eso es lo que puede hacer distintas a muchas novelas a pesar de tener un planteamiento común.
      Pero es cierto que también tienen cabida las obras más simples, porque muchas de ellas, leídas en el momento oportuno, también son una fuente de placer :)
      Un beso!

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  4. Hola, Pilar.
    Yo no soy escritora, ya me gustaría, no he pasado de unos pocos relatos. Pero escribía un blog de reseñas... y he dejado de hacerlo. Igual algún día lo retomo, pero es que leía casi para reseñar...y no disfrutaba igual.
    Y no es que no me guste reseñar, al contrario, pero me gusta disfrutar de lo que leo sin pensar tanto en cómo está escrito,qué se quiere decir... Prefiero ver qué me dice a mí la obra.
    Me daba pena después de toda la vida leyendo no pensar apenas en si me gustaba o no de forma simple. De modo que lo entiendo perfectamente

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    1. Y yo te entiendo a ti también, perfectamente. Incluso diría que lo tuyo es peor, porque a mí, a fin de cuentas, me sale de forma espontánea, lo analizo inconscientemente porque quiero descubrir y aprender cómo está escrito; pero en tu caso, se convierte en una obligación si quieres ser justa, honesta y exhaustiva en el análisis y valoración de hagas de esa obra. Y es cierto que en algunas novelas, si te fijas demasiado en los aspetos de forma, no te adentras en la historia como debieras para poderla disfrutar bien. Así es que me parece estupenda tu decisión, porque la lectura es para disfrutarla, sobre todo y ante todo.

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