30 mar. 2015

RELATO: "LA RECONQUISTA".

 

   Rompí mi promesa de salir de allí sin mirar atrás. Sabía que me dolería, pero cumplirla sería dar la espalda a mi propia vida, a un pasado demasiado intenso para arrojarlo al cesto de los papeles sin rendirle un homenaje merecido. Así es que me giré antes de apagar las luces por última vez, con la emoción contenida y un súbito amargor de boca de varios meses de crianza.  Tragué saliva y exhorté a mis pupilas a pasear de manera plácida y nostálgica por todos y cada uno de los rincones de una estancia laboral que había absorbido la mitad de mi vida, y que me había regalado a su vez la posibilidad de construir la otra mitad tal y como había querido. Cientos de recuerdos picotearon mi mente, asociados a una imagen de mí misma que había evolucionado en paralelo con los días, con los meses, con los años. Evoqué el empuje de mi juventud enlazado al placer de sentirme independiente, útil, capaz;  la fuerza de esa incipiente madurez que invita a tomar decisiones, a sugerirlas, a luchar por lo cabal, por acaparar estrategias de futuro que la experiencia reporta; la responsabilidad y el temple que los hijos nos regalan además de su sonrisa y que hacen mella en cuantos pasos trazamos en la vida a raíz de su nacimiento; el espíritu de lucha por solventar los escollos del barco en que navegamos, y que provocan un miedo atroz a dejarlo a la deriva por temor a que un impacto bajo la quilla se lo lleve al fondo y termine por arrastrarnos.
   Una lluvia de sentimientos mojó cada estampa, por momentos débil, en otros intensa, hasta convertirse a ratos en aguaceros rabiosos que no me dejaban abrir los ojos para continuar mirando. Un sirimiri dulce, nostálgico y penoso compartió escenario con la tormenta manada de la impotencia, de la pérdida de control de mi propio destino puesto en manos de otros, de una lucha encarnizada que resultó ineficaz por la indolencia ajena…  Y sentí dolor en el pecho, furia en las entrañas y una humedad en mis ojos, vidriados de pura lástima. Hacia mi pasado. Hacia mí misma.
   Eché la persiana y su crujido metálico sentenció el final de una etapa que me había resistido a cerrar. Por orgullo. Por miedo. Por falta de valentía, tal vez, para afrontar el vacío que anticipaba que se apostaría a mis pies, sabiendo que debería aprender a caminar sobre el abismo, sin red. Le di la espalda y haciendo acopio de valor miré hacia el frente, apostada en la linde imaginaria trazada con el exterior. El paisaje ante mis ojos jamás se me antojó tan inhóspito, tan frío, tan tenebroso, como si fuera consciente por primera vez de los agujeros negros ocultos en el espacio, dispuestos a engullirme al menor descuido. Sentí pánico al vislumbrar los rasgos de hostilidad que el nuevo rostro de la vida mostraba ante mí. El sol dio paso a las sombras, el azul del cielo mutó a gris y escuché silencio en una calle invadida de gente inmersa en su propio mundo, en el devenir de un mundo del que por un momento me sentí excluida, como si hubiera dejado de pertenecer a él.
   Inicié el camino con lentitud reparando en todo cuanto acontecía alrededor de mí, percibiendo matices que había pasado por alto hasta entonces, descubriendo la fealdad de su envés, envidiando su cara amable orientada en otra dirección. Siempre había mirado al futuro con intención de mejorarlo, de disfrutarlo y hacérselo disfrutar a los míos en mayor medida de lo que había venido haciéndolo hasta el momento; nunca lo observé a través del prisma de la supervivencia. Ahogué un ruego sordo y mudo, un susurro imperceptible tan intenso como descorazonado, y me lo fui repitiendo como un mantra destinado a espantar la mala suerte. Jamás le pedí tan poco a la vida, y a la vez tanto, como le pedí entonces: un trabajo nuevo que nos consintiera vivir. Tan solo eso: vivir. Sin angustia cada mañana, sin la desolación y el miedo dejándome notar su aliento ante la fragilidad del hilo del que pendían mis hijos y que estaba a punto de romperse entre mis dedos.
   Mis hijos. Su imagen reflejada en el parabrisas del coche me devolvió la luz que me había robado el sol. Me vi cegada por su sonrisa, esa línea curva que no estaba dispuesta a que las circunstancias enderezaran, y mucho menos la invirtieran. Rebotaron por mi mente los mensajes de apoyo de familiares y amigos, y los agradecí. Aunque me dije a mí misma que las palabras sirven para alimentar el ánimo pero no el estómago, y que en mis manos estaba que los suyos no quedaran vacíos, que no hubiera de llenarlos de frases hechas, deseos retóricos y palmadas en la espalda con promesas incumplidas o imposibles.
   Exhalé un suspiro y me sacudí. Agarré por las orejas el optimismo que había perdido y lo adherí a mi cuerpo como una segunda piel. Y eché mano de estos tintes de juventud y de sus destellos de insensatez que te llevan a pensar que todo es posible, que el mundo está a nuestros pies si tenemos destreza suficiente para bebérnoslo. Desperté mi espíritu de lucha a base de manotazos y lo vestí con armadura y lanza, dispuesta a conquistar cuanto fuera necesario para rehacer lo que nunca debió desmoronarse.
   Nadie vendría a salvarme. A salvarnos. Las contiendas se ganan en el campo de batalla, jamás desde la trinchera. Cuerpo a cuerpo, cara a cara, haciéndonos valer a lo largo y ancho del territorio, sin descanso. Hasta negociar la paz que te devuelva una ubicación digna, con tu nombre escrito en la historia y no fuera de ella.
   Muchas lo consiguieron antes que yo. Recompusieron sus sueños rotos con una valentía que a mí no me faltaba. Yo no podía ser menos.
  Aceleré con un tímido rayo de sol acariciándome la nuca y la vista puesta en el horizonte, donde las hojas de los árboles habían dejado escrito mi próximo objetivo: reconquistar mi vida, nuestra vida. Y enfilé hacia él. Con los redaños suficientes para cantar victoria más pronto que tarde.

 

27 mar. 2015

"EL NADADOR EN EL MAR SECRETO" de WILLIAM KOTZWINKLE.



SINOPSIS: 

    El nadador en el mar secreto es la historia del arduo nacimiento de un niño contada por su padre. El lenguaje poético de su narración y una contenida emoción se funden para proyectar un potente sentimiento de amor y a la vez de aceptación de una realidad no deseada.







   La muerte. Nos acompaña desde el principio de todos los tiempos, intimidante, solapada, traicionera o a cara descubierta, razonable o descerebrada, cruel o, incluso..., deseada. No existe nada más contundente que la afirmación de que, tarde o temprano, nos daremos de bruces con ella. No hay certeza más categórica que anticipar su presencia y sus efectos sobre todo aquello que cobre vida. Nada es inmortal. 
   Sin embargo la esquivamos, volvemos la cara para mirar hacia otro lado cuando la intuimos cerca, y negamos su presencia; evitamos siquiera mencionarla, en un gesto inconsciente, inocente o ignorante de su voluntad propia, como si con ello la invocáramos, como si enmudeciendo su nombre consiguiéramos espantarla; cerramos los ojos en un intento desesperado de no atisbar su rostro y ordenamos a la mente, de manera incansable, que no evoque el más mínimo pensamiento en el que ella pueda ocupar un lugar, por ínfimo que sea. 
   Muchas veces he pensado en el daño magnificado por esta actitud. Sé que hay demasiados sentimientos en juego que amenazan con ahogarnos, con matarnos lentamente si ella se cruza en nuestro camino, sentimientos de amor, de amargura, de vacío, de soledad, de tristeza ante el disfrute diluido, evaporado, de quien se marcha de su mano. Pero negar la evidencia es una actitud irracional que conlleva enfrentarse a ella de golpe, asumir sus consecuencias sin posibilidad de digerirlas poco a poco, cuando aceptar su llegada probable en cualquier momento permitiría gestionar sus efectos de una forma bastante más natural, como parte del proceso, como final de una etapa que comenzamos hace un tiempo y que está abocada a concluir, lo queramos o no. 
   Presumimos de pertenecer a una sociedad civilizada, educada y hasta culta -comparándonos con otras alejadas de nuestras fronteras que no corren tanta suerte-. Trabajamos, alentamos y empujamos a quienes pertenecemos a ella a inculcar valores morales, formas de comportamiento, a aprender el manejo de herramientas que nos ayuden a socializarnos, a adaptarnos al medio y a las circunstancias, a comprender a los demás, a empatizar con ellos, que nos permitan convivir en paz... Pretendemos evolucionar así como personas, persiguiendo el equilibrio psicológico y utilizando estrategias como el buen uso de la inteligencia emocional para manejar cientos de los problemas cotidianos y no tan cotidianos que nos abordan a lo largo de nuestras vidas. ¡¡Pero seguimos dando de lado a uno de los trances más traumáticos del ser humano y para el que menos preparados estamos: el de la muerte!!
   Hay sociedades bastante más "primitivas" que la nuestra que nos dan vueltas en relación a ello, que nos podrían enseñar a afrontarla como lo que es, una parte más de nuestra vida, la última. Y hay religiones que ayudan a tener ante ella una actitud diferente. Pero algo tan racional no debería quedar en manos de la religión. Ni tener que habitar paraisos extraños para aceptarla desde pequeños.

   Tal vez esta no sea la entrada más adecuada para hacer una crítica o reseña de este libro. Pero tampoco pretendo que lo sea. Hay lecturas que me incitan a hablar de la historia, de la trama, de su particular desarrollo o de su estilo narrativo. Otras me transmiten tanto que me obligan a hablar de las sensaciones que han suscitado en mí pasando por alto la forma en que lo han hecho. Y este es uno de esos casos. Esta es una de esas lecturas de cuya historia no me apetece hablar, porque considero que el paseo por sus letras, por sus páginas y por lo que en ellas se cuenta, es tan solo una excusa, un camino que nos lleva a identificarnos con la situación hasta tal punto que cientos de preguntas saltan por los aires para que las conteste una misma. ¿Cómo habría reaccionado yo de haber pasado por una situación igual? ¿Sería capaz de asumirlo o moriría en el intento? ¿Me he planteado alguna vez que pueda sucederme algo así o siempre doy por hecho que todo saldrá bien, que la guadaña de la muerte entra  en la casa de otros pero no en la mía? ¡¿Por qué no estamos preparados para lo que va a pasar?! ¡¿Por qué negamos lo innegable?!

   Visualizarlo mentalmente, soñarlo despiertos, recorrer con detalle una situación hipotética relacionada con ella y nuestros seres queridos, dejar que las emociones y los sentimientos negativos fluyan con libertad por los poros de la piel al planteárnoslo ayudaría, ayudaría a asumirlo con menos trauma llegado el momento. Yo lo he hecho, aunque anticiparlo pueda tacharse de macabro, de invocar malos augurios, incluso de rayar el morbo autocompasivo al imaginarme involucrada en una tesitura tal. Y es que, aunque no es la panacea, estoy convencida de que la gestión de las emociones puede resultar mucho más satisfactoria y eficaz cuando estas ya se conocen, cuando se viven las cosas por "segunda" vez. Aun así, se me antoja imposible que la muerte me encontrara preparada para perder prematuramente a quienes amo en profundidad.  

   Desconozco si William Kotzwinle pretendía trasmitir todas estas sensaciones al escribir esta historia. Probablemente no. Es posible que solo quisiera plasmar una vivencia que podría ser la suya, dejar testimonio de una experiencia como quien escribe un diario. Pero es inevitable sentir una empatía asombrosa al leerle, ponerse en su piel y sufrir con él, sobre todo cuando una es madre y conoce lo que es llevar una vida en el vientre durante nueve meses y parirlo a fuerza de dolor, percibiendo sus latidos de vida en cada empuje, sintiéndote unida a él por un deseo imperioso de encontrarse frente a frente en este mundo, de abrazarse y amarse para siempre. Su prosa poética y metafórica, que reviste de belleza la narración, y su manera de contar la historia sin hacer uso de recreaciones morbosas, de emociones edulcoradas o lastimeras que busquen la compasión, sino de forma directa, contundente, veraz, incluso dura, hacen que te sumerjas en la lectura desde la primera página hasta la última bebiéndotela en un solo sorbo, con la angustia anclada a la garganta y el corazón oprimido ante esta historia de amor,  sin dejar de preguntarte una y otra vez: "Y esto... ¿cómo se supera?".



24 mar. 2015

"PEPE PEPINO" de MARIA JOSÉ MORENO.


¡Hola!
Me llamo Pepe Pepino y soy un niño muy especial. Soy de color verde. No tengo la cabeza redonda como tú y vengo de un lugar que está en el cielo muy, muy lejos.
Si quieres saber qué hago en tu planeta, por qué me llamo Pepe o conocer a mis nuevos amigos solo tienes que abrir las páginas de este cuento.
¿Te animas?
Lo pasarás guay.  


   He conocido esta tarde a este personajillo de color verde con carita de buenazo. Si hace unos días terminaba de leer una novela juvenil, hoy he dado unos cuantos pasos más en mi regresión de edad para acercarme a un cuento precioso. Pero no me he vestido de niña. Esta vez me he visto a mí misma sentada en la cama, en el silencio de la noche, con una lamparita encendida y mis dos peques acurrucados junto a mí, uno a cada lado, escuchando cómo les contaba un cuento mientras ellos ponían imágenes a mis palabras gracias a las ilustraciones de sus páginas. Y he lamentado que Pepe Pepino no hubiera caído en mis manos por aquel entonces, porque les habría encantado, se habrían quedado embobados con su semblante despierto, con la forma original de su cabeza y de su cuerpo enjuto y con la belleza de unos dibujos alegres y muy dulces a un mismo tiempo, como si la mano de quien los ha diseñado y pintado desprendiera ternura por todos sus poros. 

   Son pocas las páginas que llenan el cuento, como todos ellos, porque el tedio suele asolar a los más pequeños cuando la historia se extiende en exceso, pero sobre todo porque no es necesario demasiado lenguaje para transmitir un mensaje. Y el que aquí se enconde está bañado de amor, de compasión, de lazos afectivos férreos, de tolerancia, de amistad... 

   Nacemos con la mente como una tabula rasa, sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, sin hábitos ni costumbres, sin conductas aprendidas, solo aquellas instintivas con las que la madre naturaleza nos arroja al mundo para asegurar nuestra supervivencia. Todo lo demás está en nuestras manos, en las manos adultas que darán forma a esas pequeñas mentes repletas de inocencia. Y qué mejor que hacerlo con las herramientas adecuadas, como puede ser un libro que inculque valores, que nos ayude a transmitirles un mensaje deseable que fortalezca su formación y educación.

  Se nota el mimo con el que María José Moreno ha creado este cuento, con el que ha dado vida a un personaje que me resisto a pensar que sólo ha nacido para protagonizar una historia. Creo, personalmente, que la baza fuerte de esta apuesta no está en el cuento en sí, sino en el propio Pepe Pepino y todo lo que puede aportar, con sus anécdotas, con sus experiencias, con sus relaciones afectivas, con su forma de entender la vida y este nuevo planeta en el que acaba de aterrizar. Creo, personalmente, que este debe ser solo el comienzo de otras muchas historias que sirvan de cauce para educar a los niños de la mano amiga de un personaje entrañable de color verde con cabeza de pepino. 

   ¡Felicidades, María José! No todo el mundo es capaz de crear una historia intimista y emotiva, de adentrarse en la mente de un psicópata, de describir experiencias repletas de humor en la vida de un ex y de hacer alarde de una sensibilidad infantil palpable para acercarse con éxito a los más pequeños, como seguro lo harás.  



21 mar. 2015

"BRIANDA. EL ORIGEN DEL MEDALLON" de MAYTE ESTEBAN.

 SINOPSIS:

   Cuando Amanda piensa que todo está en orden en su vida, Alonso encuentra tras una pared de su casa heredada el grimorio de sus antepasadas, el testimonio escrito que dejaron las mujeres valientes de una larga dinastía de brujas blancas.     Brianda, una hermosa pelirroja nacida a principios del siglo XVII, en un pueblo castellano cercano a Toledo, no fue la primera de su estirpe, pero sí la pionera en poner por escrito una sabiduría ancestral. Bajo la atenta tutela de la alegre y sabia Olianda, la joven bruja inicia su aprendizaje en la magia, siempre temerosa, bajo la oscura sombra de la Inquisición.    El día que pisa por vez primera la villa de Toledo, su vida se entrelaza inevitablemente con el de la familia de los hermanos Alfónsez: Sancho, el primogénito, valiente y sincero, cae rendidamente enamorado de Brianda; Luis, sin embargo, la odiará toda su vida.     Amor, venganza, luchas a espada, magia, conjuros, suspense, aventura, destinos épicos... Una vorágine de pura vida que envolverá a la extraordinaria Brianda y al medallón al que está predestinada. 


   Se suelen esquivar las novelas juveniles cuando se cumplen determinados años. El recuerdo que tenemos de ellas, aun habiéndolas disfrutado, parece ir asociado a esa inmadurez, ingenuidad e inocencia maravillosa que nos permite disfrutar de lo irreal, de lo utópico, de los sueños futuros en mucha mayor medida que en etapas posteriores en las que el realismo se abre paso para instalarse en nuestra mente de forma fija. Tememos que entre las páginas de la narración se aborden maneras de pensar, de reaccionar, de actuar con las que ya no estamos en consonancia y que eso nos distancie de la lectura en lugar de imbuirnos en ella. O tal vez sea que damos por hecho que nuestra madurez no nos permitirá abrirnos de nueva a la fantasía, a la magia de cuanto acontecía a esa edad, sin ser conscientes de que siempre habrá una parte infantil escondida dentro de muchos de nosotros que, a poco que la sacudamos, despertará deleitosa para hacernos saborear recuerdos personales que nos transportan a esa otra época de nuestras vidas en la que leíamos absortas ese tipo de literatura. Personajes buenos con sus antagonistas maléficos navegando por la trama y provocando en nosotros incertidumbre, inquietud y junto a ellas, interés, nerviosismo, intriga y empatía hacia los personajes buenos a quienes deseamos ayudar y proteger a toda costa para que nada les suceda.

   Tengo que reconocer que antes de comenzar a leer Brianda. El origen del medallón, me asaltó la duda del prisma bajo que el debía contemplarla, quizás anticipando que al acabarla dejaría escritas mis impresiones para quienes tuvieran curiosidad por conocer mi opinión. Sentía una cierta preocupación, la de no ser justa al valorarla, porque analizarla desde mi punto de vista adulto tratándose de una novela juvenil podría restarle puntos inmerecidamente, ya que aspectos que para mí no resultarían atrayentes sí que podrían serlo para su público potencial; y hacer una crítica con ojos de adolescente actual es complicado, cuando su mundo, sus vidas y sus formas de sentir han cambiado sustancialmente con respecto al nuestro de treinta años atrás. Pero ya os digo que desaparecieron por completo. Mis miedos desaparecieron por completo al poco de comenzar a leer, porque la novela me ha enganchado y atrapado de principio a fin. Brianda ha sacado a la palestra mi yo juvenil, incluso infantil. En varias ocasiones me ha hecho evocar una serie que yo solía ver de pequeña y que me encantaba, "Vickie, el vikingo", un pequeño niño vikingo que embarcaba con su padre y su tripulación para surcar los mares y que en todos los episodios debían enfrentarse a situaciones peligrosas y muy comprometidas que me ponían particularmente nerviosa, tensa y agitada, aun sabiendo que el pequeño siempre acababa haciendo uso de su gran ingenio para que salieran airosos el atolladero. Y Brianda ha conseguido ponerme nerviosa ante las argucias malévolas de sus personajes como cuando era pequeña. Hacía muchos años que no recordaba esa infantil sensación. Y me ha encantado sentirla otra vez.

   En la novela se habla de brujas y se habla de magia. Y mucho. Pero no me ha importado, a pesar de mi edad. He leído a Brianda con todos mis años puestos encima, no me he quitado ninguno para disfrutar de sus páginas, y ha sido un placer. Tal vez para otros este pueda ser un hándicap para gustarle, pero yo considero que si eso ocurre no será por su catalogación de "juvenil", sino porque esa temática en particular no le atraiga leerla, al igual que a otros lectores puede no atraerle la romántica, la novela negra o la erótica. Además, no todo es fantasía en esta novela, hay muchos más componentes escondidos en ella por valorar, y no solo en el fondo, sino también en la forma. Siempre he considerado que hay historias prometedoras que se quedan sin fuelle al narrarlas y otras historias bastante más sencillas a las que se les saca muchísimo partido por la forma de contarlas. Mayte Esteban cuenta con ambas cosas: con historias con potencial y con su propio potencial para narrarlas. Y en este último sentido, debo decir que me ha gustado y sorprendido gratamente la versatilidad de Mayte Esteban como escritora, su capacidad para cambiar de manera palpable de registro y de estilo narrativo de una novela adulta como Detrás del cristal, a una juvenil histórica como Brianda. El origen del medallón, en la que utiliza un prosa en perfecta consonancia con los hechos que describe y con la época en la que se circunscriben (el siglo de Oro), sin resultar por ello cargante, retorcida o forzada, todo lo contrario, su narrativa es impecable, muy correcta y muy fácil de leer, con un vocabulario acorde a la ambientación, pero asequible a los profanos en la materia.

   Podría seguir hablando largo y tendido, pero tampoco quisiera cansaros. Podría seguir valorando de forma positiva a sus personajes, coherentes, fuertes, profundos, bien perfilados física y psicológicamente; el desarrollo de la trama, cuya intriga mantiene dejando caer pildoritas pequeñas a lo largo de la historia que te hacen preguntarte constantemente el porqué, qué ocurrirá, cómo solveltarán el entuerto en el que acaban de meterse, hasta hacerte llegar a un final que, eso sí he he decirlo, me gustaría que hubiera sido algo menos rápido, más detallado, más en consonancia con el resto de la narración. O hablaros de la ambientación, que me ha parecido una de las bazas más fuertes y conseguidas de la novela; en este sentido tengo que felicitar a la autora no solo por el trabajo de documentación que hay tras ella, sino por cómo ha plasmado y dibujado los ambientes en cada escena: he vivido en pleno siglo de Oro; he palpado, visto, aspirado su aroma de podredumbre o de riqueza y señorío, he sentido temor al caminar por sus rincones, por sus calles y por sus caminos, me he hecho una perfecta idea de sus privaciones, de sus ideologías, de sus costumbres rancias, rígidas, encorsetadas, de sus dificultades extremas para sobrevivir..., y pavor ante la Santa Inquisición y sus atrocidades. Toda una clase de historia medieval española que no sé si los jóvenes y adoslescentes que lean esta novela sabrán apreciar o les resultará un aspecto que, tal vez, pueda ralentizar un poco el ritmo de la narración, pero con la que yo he disfrutado sin duda.

   En definitiva, una historia preciosa de magia, de fantasía, de amor, de honor, de amistad..., sustentada con una perfecta ambientación histórica como telón de fondo y escrita de forma impecable y muy acorde a su temática. Una novela para disfrutar a cualquier edad, siempre y cuando no te asusten las brujas y estés dispuesto a dejarte llevar un poquito por ese espíritu juvenil que nunca termina de abandonarnos del todo.




(Novela válida para el Reto Semi-Genérico)

13 mar. 2015

"AMELIA, CAFÉ AMARGO" de NORAH COELHO.



SINOPSIS: 

Amelia, a sus 45 años, está a punto de redescubrir el sexo. Encerrada en una rutina sin sentido, cayendo de un trabajo a otro cada vez más abajo y casada con un hombre que la maltrata, se ha acostumbrado a tomar el café amargo, como la vida misma. Lo que no sabe es que basta con poner un poco de azúcar para que la percepción del mundo cambie. Un abogado diez años menor que ella le hará ver las cosas de otra manera. Convertida en su amante, sin explicaciones y sin promesas, encontrará en esta aventura el camino hacia su autoestima.







   Hay muchas formas de masacrar el amor, de masacrar una relación e incluso nuestra propia vida cuando la pareja nos engulle y nos devora convirtiéndonos en nadie, en nada. En muchas ocasiones, la falta de proyectos comunes, la desatención mutua, la ausencia de comunicación o de entendimiento, incluso de dedicación puede hacer que se fracture la convivencia amorosa que un día iniciamos en compañía de nuestra pareja. En otras, su muerte —y la nuestra— llega sin que nos demos cuenta, como una losa que nos va aplastando día a día mermando nuestra capacidad para hacernos ver, para hacernos valer ante nuestro igual y ante la vida, desdibujando la imagen que tenemos de nosotras mismas hasta convertirla en un borrón que pasa desapercibido y que se nos antoja despreciable, subyugadas bajo los pies de quien se erige como nuestro dueño y señor aprovechándose de nuestra impasibilidad, de nuestro miedo, de nuestra falta de valor. Observamos la forma de vida de nuestras congéneres como testigos de un paisaje vivo tras un cristal al que no podemos acceder, que creemos imposible de disfrutar en nuestras circunstancias, sintiendo en nuestro fuero interno la impotencia de vernos encerradas en una vida anodina que no somos capaces de abandonar. Hasta que un detonante estalla en nuestras narices, normalmente de manera casual. Una explosión que nos hace reaccionar, preguntarnos a nosotras mismas por qué toleramos que todo discurra así, cuestionarnos hasta qué punto somos realmente merecedoras de cuanto nos sucede. Y es entonces cuando sentimos la soledad abrumadora que nos acompaña a diario aunque estemos rodeadas de gente, cuando analizamos al detalle las actitudes de quien dice amarnos y empezamos a sopesar si su valía es una falacia alimentada por la derrota a la que nos somete para que no le hagamos sombra.

   Tal es la situación de Amelia, tales son sus sentimientos. Presa de un matrimonio muerto encabezado por un hombre primitivo, déspota, rudo, indiferente, que la somete a un desprecio permanente anulándola como mujer. Y que la aboca, por una cuestión circunstancial, a probarse a sí misma, a dejarse llevar por su necesidad de asegurar que a sus cuarenta y cinco años todavía merece vivir en plenitud, disfrutar de sí misma y de lo que es capaz de dar (que es mucho), así como ser correspondida, a quererse y gustarse para poder enfrentarse al mundo con otro temple, con la predisposición de la que haces gala cuando te ves a la altura de lo que existe fuera de tu encierro habitual, cuando descubres que no hay nada en ti de lo que avergonzarte y por lo que ocultarte, en contra de lo que te han hecho sentir durante años y años; a recuperar la autoestima a través de la búsqueda, en este caso, de la pasión que le falta —más que del amor—, de ese revulsivo estimulante que ofrece lo prohibido y que se convierte en un soplo de aire fresco en su vida hundida, haciéndole constatar que aún le queda mucho por decir como mujer, a todos los niveles.

   “Amelia, café amargo” es una novela catalogada dentro del género erótico, pero yo no la considero así. A lo largo de la misma aparecen escenas de sexo explícito, pero contadas con elegancia, con sutileza, sin recrearse en exceso en los detalles, o al menos no en mayor medida de lo que pueden describirse en cualquier novela romántica que vaya más allá del primer beso de una relación sexual. Y no es este aspecto su razón de ser principal, sino un complemento, por eso me ha gustado más. Es su grado de intimismo, su reflexión, los sentimientos que vierte sobre el papel, la escenografía vital tan real que plasma la novela en torno a Amelia lo que prevalece por encima de todo.

   Tengo que decir que "Amelia, café amargo" me ha gustado en mayor medida de lo que pensaba inicialmente, que la he devorado porque es extremadamente fácil de leer, con frases cortas, sencillas y ritmo ágil, a pesar de ese grado de intimismo con el que siempre se corre el riesgo de ralentizar la narración. 

   Norah Coelho ha escrito una novela con regusto amargo, como su título, pero real. Huye de las utopías y del romanticismo novelero y fantasioso para desgranar una estampa de vida rutinaria, triste y hasta cruel que muchas mujeres afrontan día a día. La novela nos acerca a ellas y a sus sinsabores, a los conflictos mentales producidos por el daño psicológico sufrido y a la sensación que se prolonga en ellas a lo largo del tiempo haciendo de la suya una experiencia de vida lineal y monótona, casi acabada, sin altibajos, sin despuntes de ilusión y de emociones dignas de sellar buenos recuerdos, dejadas llevar por la resignación, por la apatía y por la falta de valor que te produce la imagen pobre, desmejorada e inútil que te han obligado a forjarte de ti misma. Pero con la esperanza  de que todo es posible, de que todo puede cambiar, con la convicción de que “cada persona puede crear sus propios momentos dulces” para renacer y reconstruirse, y con la consigna de que hay que tomar decisiones y elegir nuestro propio futuro sin dejar que la vida nos arrastre. 

   “Toda mujer debería tener derecho, al menos, a un recuerdo feliz durante su vida, derecho a un recuerdo que pudiera dar título a una película”. (Amelia).

9 mar. 2015

"DEAD 7" de ANABEL BOTELLA SOLER. (OPINIÓN JUVENIL).

   

 SINOPSIS DE CONTRAPORTADA:

   Un concurso con 1 777 777€ de premio. Una cárcel abandonada en las afueras de la ciudad. 7 participantes dispuestos a todo. 1 mente enloquecida. 5 días paga ganar o morir.

   Katinka sueña con ser bailarina desde que descubrió unos viejos vídeos de Nureyev- Debido a una siniestra coincidencia, a sus 16 años va a tener que danzar con la muerte.
#Dead 7 presenta una trama arriesgada, con cimientos fuertes, que deja participar al lector con su imaginación e inteligencia para emocionar, provocar y acelerar los cinco sentidos.




   Katinka y Eloy eran una pareja de instituto. Toda su relación iba sobre rudas, a pesar de que Tamara, la exnovia de Eloy, estuviera todo el tiempo intentando destruir esta pareja. Corría la voz por el instituto de que se haría un juego para la tele. Tanto a Tamara como a Eloy le fascinaba la idea, aunque parece ser que a Katinga no tanto. Su madre había planeado un viaje para dos y acabó yendo con su hermana, porque Katinka odiaba la nieve. Eso significaba cuatro días con la casa sola para Eloy y Katinka. 
   Dead 7, que así se llamaba el juego, eligió como primera participante a Tamara. Todo jugador podía elegir a otro contrincante y, cómo no, Tamara escogió a Eloy. Katinka se negaba a que él participara pero, como dije antes, a él la idea le fascinaba.
   ¿Se quedaría Eloy junto a Katinka o le haría caso a su instinto parcipando en un juego con un nombre tan temeroso?

   Comencé a leer Dead 7 una mañana de instituto en casa, porque estaba enferma. La verdad es que me costó el comienzo, aunque sí que es verdad que en poco tiempo me resultó facilísima de leer. Estuve dos días sin hacer otra cosa. Yo estaba encantada, pero se ve que mis padres no lo estaban tanto como yo al no moverme del sofá con el libro. Ha sido la novela que más me ha intrigado de todas las que he leído, no hacía nada más que preguntarme a mí misma qué pasaría y cuando solo me quedaban 20 páginas estaba atacada. 
   Me puse en la piel de Katinka desde el minuto cero. Me hizo odiar a algunos personajes, al igual que hizo que otros me cayesen demasiado bien.
   Lo que también me sorprendió fue la variedad de temas de aparecen en la novela. No solo iba, por ejemplo, de misterio, sino de todo tipo de sentimientos entre los protagonistas, te creaba intriga, inquietud, agobio, miedo... Además, no es para nada de las típicas novelas que cuando llevas 20 páginas sabes cómo acabará, todo lo contrario, tienes algo en mente y ¡plof!, da un giro radical que para nada esperas.
   Otra de las cosas que más me ha gustado es que se haya contado con un narrador protagonista, porque directamente te dice lo que piensa y te transmite mejor las emociones, y sientes más la historia porque te pones en la piel del personaje. Se me hace mucho más fácil de leer, de entender, percibes las sensaciones y los pensamientos mucho mejor. 
   Dead 7 me ha gustado muchísimo, la recomiendo totalmente. Es una historia que hace que te enganches fácilmente y se desarrolla genial.

8 mar. 2015

POLÍTICAMENTE INCORRECTA: 8 DE MARZO.

   De vez en cuando no puedo evitar ser políticamente incorrecta. No porque busque polémica, al contrario, huyo de ella como de la pólvora, sino porque me gusta decir lo que pienso y hacer aquello que considero acorde a mi forma de sentir; eso sí, con el máximo respeto, sin ofender y sin hacer mal a nadie. Creo que el debate enriquece. Escuchar, ser escuchado y compartir visiones distintas que nos abran los ojos a otras miras, a otros conceptos y perspectivas que amplíen nuestra capacidad de entender y de aprender..., o amplificar los puntos de vista sobre un mismo asunto cuando este se ha convertido en rutina y costumbre hasta el punto de perder en ocasiones su verdadera razón de ser o su auténtico significado.
   No voy a descubrir nada nuevo con lo que voy a decir, sé que mucha gente lo comparte y lo defiende. Simplemente voy a ir a contracorriente en este 8 de marzo en el que se celebra por activa y por pasiva el Día de la Mujer. Y lo hago, como he dicho antes, con todo el respeto del mundo hacia quienes tienen razones fundadas para hacerle honores.
   Estoy cansada. Ya estoy cansada de que quienes están —o estamos— afectadas por la desigualdad en cualquiera de sus vertientes luchemos contra ella a diario y de manera incansable e incluso abnegada sin que tenga apenas repercusión en los estamentos sociales y políticos competentes. Y que en este día, sin embargo, el clamor de quienes normalmente están callados haga más ruido que nunca, buscando la imagen pública que les favorezca y rasgándose las vestiduras para continuar al día siguiente por el mismo cauce por el que vinieron.
   Promesas. Estoy harta de escuchar promesas de boca de quienes no se implican en serio para cumplirlas porque no las sienten en propia piel, y de quienes no trabajan sentando las bases necesarias sobre las que sustentar el cambio, pretendiendo hacer sanar al árbol podrido podando sus ramas cuando el mal está en su raíz. Y también estoy harta de que se ignore en los actos públicos a quienes, desde la trinchera, trabajan a diario en proyectos de igualdad, para ceder la foto a los líderes que solo ostentan el nombre del cargo, y que por ello creen merecer ese honor sin haberse arremangado nunca para la consecución de fines.
    Yo quiero un día en el que se celebren los logros conseguidos y en el que se pongan en común los proyectos de futuro. Pero sin rimbombancias y protagonizados por los que de verdad están metidos hasta el cuello en esa empresa. Nadie más.
    Y por favor, que le cambien el nombre. No deberíamos celebrar el "Día de la Mujer" —en general— si no celebramos el "Día del Hombre" (mantener un día para nosotras sin que exista otro para ellos me parece que va en contra de la igualdad que perseguimos); ni deberíamos ensalzar a la mujer, como no lo hacemos con el hombre. Deberíamos reivindicar la igualdad de género, con día o sin él, que es un concepto bien distinto. Pero nada más.
   Os dejo una conversación entre Jana y Miguel en la novela “¿A qué llamas tú amor?”. Hay opiniones y actitudes de mis personajes que no comparto, incluso de los protagonistas absolutos; otras veces, nuestras posturas se acercan.


   "Lo cierto es que no consideraba que tal suceso mereciera nuestra atención personalizada cuando un portavoz de Emergencias de Madrid ya nos había facilitado la información sustancial con la que redactarla, pero agradecí que Andrés me brindara la posibilidad de cubrirla junto a Miguel —a cargo de la captura de imágenes—, en lugar de obligarme un año más a atender lo acontecido en los principales actos y manifestaciones relacionados con la celebración del Día de la mujer, cosa que Miguel no terminaba de entender.
   —¿Huyes de las manifestaciones de tus congéneres en favor de la igualdad? Creí que las defendías —me preguntó.
   —Las guerras no se ganan en un día, se ganan consiguiendo la victoria en cientos de batallas. Hay demasiada demagogia en un día como hoy, demasiado discurso políticamente correcto que queda en agua de borrajas al llegar la noche.
   —Se necesita alzar la voz más de la cuenta de vez en cuando para arrastrar a quienes se duermen, a quienes no se implican. No está de más recordarles cuáles son los objetivos.
    —Miguel, quienes de verdad trabajan en ello lo hacen a diario y son precisamente los que menos aparecen en las fotos de prensa y en los actos públicos. En un día como hoy se cuelgan medallas los que menos las merecen. Resulta fácil teorizar, proponer objetivos y pronunciar la famosa frase «estamos trabajando para conseguir…». Pero no es cierto. Las normas que se dictan en pro de la igualdad son muy justas valoradas sobre el papel, pero no quieren ser conscientes de que muchas de ellas resultan imposibles de llevar a la práctica. Los legisladores parece que no viven en el mundo real.
   —No solo se manifiestan los políticos, Jana, también lo hacen los colectivos de mujeres, de feministas.
   —¿Y qué imagen tiene de ellas un alto porcentaje de la sociedad? Identifican feminismo con la supremacía de la mujer sobre el hombre, como si fuera la antítesis del machismo, y no con el concepto de igualdad entre ambos géneros, que es su verdadero significado. Las tachan numerosas veces de extremistas, de intransigentes, de mujeres que pretenden dominar y llegar a ser lo que por naturaleza nunca podrán ser. Son concepciones erróneas, pero ahí están. Y lo peor de todo es que muchas de mis congéneres, como tú dices, tienen del feminismo esa misma visión y no ponen mucho de su parte para que esto avance. Hay que trabajar desde la educación, desde la tolerancia, pero eso comienza en los centros educativos y en los hogares desde la infancia y debe ser una labor diaria, constante, progresiva.
   —Una cosa no quita la otra. Se puede trabajar a diario y hacer un recordatorio una vez el año —insistía Miguel.
   —Muy bien, yo no me opongo. Pero que no me pidan que sea yo quien acuda a cubrir la noticia, porque creo que podría redactar el discurso de cada colectivo sin moverme del despacho y sin apenas escucharlos. Siempre es el mismo. Prefiero poner mi granito de arena actuando para conseguir esos objetivos en mi propia vida.
   —¿Como dejar a Julio, por ejemplo?"
("¿A qué llamas tú amor?" Novela. Pilar Muñoz. Editorial Palabras de agua.)

7 mar. 2015

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