4 dic. 2015

RELATO: "EL REENCUENTRO".

 

    La vida nos ha devuelto la libertad. A él y a mí. Relaciones frustradas que el destino preparó para nosotros, para que nos pudiéramos volver a encontrar. Nada en los últimos años ha provocado en mí tanta emoción como verle de nuevo, encontrarme con él en este local emblemático que ya frecuentábamos cuando la música juvenil zumbaba en nuestros oídos. Cuánto he odiado a María en todo este tiempo por arrancarme de allí en el mejor momento, cuando los ojos de él me invitaban a intimar. Sí, con él. Con el chico de mis sueños. No tuve tiempo de responderle cuando me preguntó, con chispas en las pupilas, si quería acompañarlo. Me hice aguas. Y con ellas me ahogué en casa, en un llanto de rabia que me dejó erosionado el corazón por muchos años.
      Lo miro en la distancia, preguntándome lo que sería yo para él entonces; si un pasatiempo como las demás al que olvidar en pocos días. Y me da miedo acercarme. Que rompa con su desmemoria la imagen idolatrada del amor platónico que he sentido cada minuto desde el momento en que le perdí. Ni siquiera sé lo que dejamos de hacer; aunque siempre teñí de romanticismo lo que terminó por convertirse en un sueño irreal. Daría lo que fuera por hacer retroceder el tiempo, por chascar mis dedos y reaparecer en la escena inconclusa de antaño. Todo se esfuma a mi alrededor en este instante, me invade esa estampa como una postal de recuerdo, con un retrato de nosotros dos.
      Él eleva la vista y me sobresalto cuando se cruzan nuestras miradas. Frena en seco la cucharilla con la que hacía girar el café bajo su gesto absorto. Y se estira en la silla, retrepándose. Aspiro el aire nostálgico que emanan sus ojos cuando se clavan en mí, y me derrite la sonrisa plácida y elocuente que me dedica. Se acuerda de mí. Y yo me emociono. Una mueca nerviosa reemplaza la mudez de sus labios y son sus manos las que me ofrecen la silla vacía que le acompaña. Intuyo que no sabe si levantarse y besarme, si saludarme con formalidad… Pero me da lo mismo. Se siente igual de emocionado que yo y eso me basta para hacerme olvidar quién soy y la edad que tengo, para inducirme a hacer una locura sin que me sienta ridícula. Quiero reanudar nuestro encuentro donde lo dejamos, necesito saber lo que pudo haber pasado. Y no quiero confesiones. Sino hechos.
      Me separo el cabello a ambos lados y lo recojo de manera informal en dos coletas bajas, dejándolas caer sobre mis hombros. Abro el botón superior de mi blusa y pellizco mis mejillas para devolverle el rubor que sentía entonces. Y me desprendo del anillo de casada que aún luzco por dejadez. Una sonrisa espontánea le hace agachar la cabeza, sorprendido por mi actitud. Pero luego vuelve a mirarme y se recoloca en su asiento, recomponiendo el gesto, decidido a seguirme el juego. Veo las chispas reaparecer. Y suspiro por dentro.
      Me siento a su lado con timidez y comienzo a juguetear con mi pelo, sin atreverme a sostener su mirada. Como entonces. Y reanudo la conversación,  preguntándole con un deje de romanticismo en la voz:
      —Acompañarte… ¿adónde?
      —Donde podamos estar solos, tú y yo. Hay demasiado ruido aquí. Y gente. Demasiada gente —responde espontáneamente.
      La yema de su dedo recorre el dorso de mi mano  y un dulce frío me sacude la espalda.
      —¿Quieres que hablemos? —pregunto con la ingenuidad de aquel tiempo.
      Él sonríe con malicia y se muerde los labios.
      —No precisamente.
      —¿Por qué yo?
      —Me gustas.
      —Las otras chicas, también —le insinúo, acomplejada por el desparpajo que ellas lucen y que yo no tengo.
      —Me gusta tu boca. Y la forma en que me miras. Es… diferente.
      Ahora su dedo recorre mis labios con sutileza y centra su vista en ellos. Noto un pellizco dentro y un sentimiento inocente me sobrevuela. Me agito como una jovencita boba.
      —Tú también me gustas —acierto a decirle con un hilo de voz—. Aunque… no sé. Igual piensas que soy una niñata infantil, pero no quiero que te des el lote conmigo y luego vayas por ahí pavoneándote de lo que me has hecho sin volver a mirarme más.
      —No te haré nada que tú no quieras. Esperaré si me lo pides.
      Vuelvo a hacerme aguas ante la sinceridad de su voz, de sus ojos. Mi corazón palpita, me pregunto si será capaz de acompañarme ahora, en este mismo momento, quince años después. Me acerco a su rostro con lentitud y pongo un suave beso en su boca. Y él me corresponde, posando sus manos sobre mi cuello. Pierdo la noción del tiempo, no sé en qué época estoy.
      —Tengo que decirte algo —susurro, a escasos centímetros de él, observando su gesto interrogante mientras yo mantengo el mío azorado, sumida en mi papel—. Yo es que…, aún soy virgen.
      Arrancamos a reír y el aura se rompe, vuelven los ruidos de la máquina del café, de las cucharillas en los platos, de la petición de las comandas, de los comensales charlando… Nos quedamos en silencio. Mirándonos. Visiblemente nostálgicos. Hasta que él se levanta y me tiende la mano, invitándome de nuevo a acompañarlo.
      —A dos calles de aquí hay un hotel precioso, con un encanto especial —me dice, seduciéndome e iluminando a un tiempo mi vida entera. Y a continuación, sonríe jocoso—. Prometo hacértelo despacio… para que no te duela.

 © Pilar Muñoz - 2015


1 comentario:

  1. Me he quedado muerta cuando le ha dicho que aun era virgen, jajaja. Un poco de humor siempre viene bien para romper el hielo.
    Precioso relato, digno de ti.
    Besos

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