5 ago. 2015

"MARAFARIÑA" de MIRIAM BEIZANA VIGO.


SINOPSIS

Marafariña es un lugar infinito que no termina nunca, pues jamás ha tenido inicio. Es un trocito de paraíso terrenal, un bosque de un intenso color verde vivo, un cielo gris y lluvioso, o una tierra eternamente humedecida de la que brota vida de manera incansable. Es un claro brillante y hermoso, secreto y solitario. Es un río que emite un tintineo hipnotizante y fresco. Es una playa anhelante de la unión entre la arena y el mortal Océano Atlántico. Es, también, una Iglesia abandonada sin Dios. Una tarde soleada, pero dominada por el intenso frío. Es una hoguera que quiere penetrar en la noche. Es la oscuridad más pura, y es también la luz más brillante.
Marafariña es un sentimiento, una sensación, unas raíces, una manera de darle sentido a la existencia, o de quitárselo de la misma forma. Es una fuerza atrapante, musical, fuerte e invencible.
Marafariña es un regalo de una Galicia con esencia propia, con su propia alma y su propio espíritu. Marafariña es una aldea que carece de ataduras a su alrededor. Que no necesita a nadie, que tiene un corazón que late por sí solo, que está fuera del mundo real, que está fuera de todo lo conocido. Porque Marafariña es un paraíso desconocido.
Ruth siente un vínculo especial, esotérico, con Marafariña. Su propio corazón, su latido, es inherente al propio pulso de una Marafariña que la ha acompañado siempre, en cualquier faceta de su vida. Apenas ha necesitado nada más para sobreponerse a su compleja situación personal: toda su existencia está sometida a unas poderosas y restrictivas creencias impuestas por sus padres, a raíz del fallecimiento de su hermano mayor. Enfrascada en una vorágine de obligaciones, siguiendo el camino estipulado sin replantearse ninguna de sus pautas, sobrevive enfriando sus sentimientos y anulado sus deseos o su curiosidad.
Sin embargo, la llegada de Olga a la solitaria aldea parece desbarajustar el equilibro y la paz de Marafariña y de la propia Ruth, como si repentinamente, la inmutabilidad de la Naturaleza del lugar y de la muchacha se resquebrajasen como las otoñales hojas secas. A partir de entonces, el virginal bosque de emociones en el que vivía Ruth, se ve surcado por millones de nuevos caminos, nuevas posibilidades y nuevos sentimientos, que le provocan un doloroso, a la par que hermoso, despertar personal. 
***

   "Vive y deja vivir".
   Este lema, esta consigna debería estar presente en la mente de todos nosotros, y deberíamos llevarla a la práctica con rigor, hasta con vehemencia, diría yo. Pero somos demasiado dados a cuestionar, criticar y censurar todo aquello que se aleja de nuestros cánones, de nuestra forma de entender cada aspecto de la vida y de esta sociedad que nos ha tocado vivir, o sufrir, según se mire. Tenemos una propensión exacerbada, además, a dictar normas por las que regirse, numerosas y complicadas, cuando yo soy de la opinión de que la simplicidad puede resultar más efectiva para la convivencia, siempre y cuando podamos sustentar esas simples directrices sobre dos bases que a mí me parecen también fundamentales -y que lamentablemente no siempre están presentes-: el respeto (hacia uno mismo y hacia los demás) y la buena fe.
   Sé que habrá quien apunte que no se puede formar parte de una colectividad haciendo cada uno lo que le dé la real gana. Y en parte lleva razón. Pero hay que buscar el equilibrio, necesario, para que esa colectividad y las normas que la regulan no menoscabe nuestra libertad personal, de acción, de pensamiento, de opinión, de actuación según nuestra propia forma de sentir y de entender lo que acontece a nuestro alrededor; sobre todo porque no existen las verdades ni las razones absolutas. Jamás deberíamos permitirnos perder la individualidad en favor de esa masa social, política, religiosa o hasta vecinal en la que nos integramos. No somos borregos. Somos personas. Y tenemos derecho a caminar por la vida siendo fieles a nosotros mismos y a nuestras propias convicciones sin sufrir por ello la carga de la recriminación, la discriminación, el acoso o la censura.
   Cuando decidí leer "Marafariña" no sabía lo que iba a encontrar, a parte de ese vergel gallego que ya aparece en portada y del que algo había leído en la red. Ahora me alegro muchísimo de que así haya sido, porque me ha permitido adentrarme en la historia con la mente en blanco, sin apostar -de manera inconsciente- mis propias convicciones con respecto a los temas de fondo que en ella se tratan y, por tanto, sin condicionamiento alguno. Y he de decir que me ha sorprendido, muy gratamente, por varias razones que paso a exponer.
   Miriam Beizana ha sido muy valiente sacando a la palestra cuestiones como la religión y la homosexualidad para que formen parte de la trama de esta novela. Tal vez diréis que son aspectos que ya han ocupado las páginas de muchas novelas sin que nadie se rasgue las vestiduras por ello, pero es que hay ciertos matices que me gustaría destacar y que pueden justificar lo que afirmo. El primero y fundamental es que hablamos del mundo y de la vida religiosa protagonizados por los Testigos de Jehová, congregación sectaria, rígida y encorsetada en la que está integrada Ruth, una de sus protagonistas. Y no son precisamente halagos hacia sus prácticas y creencias lo que les llueve a lo largo de sus páginas. Segundo, las relaciones homosexuales, desgraciadamente, aún siguen provocando la repulsa y el rechazo de un buen número de hombres y mujeres. Admitimos que existan, pero no nos sentimos demasiado a gusto siendo testigos de sus encuentros, asistiendo a los detalles de sus acercamientos íntimos (y no hablo por mí, por supuesto). Y tercero (y aquí me voy a mojar y que me lo rebata quien no esté de acuerdo, lo acepto): cuando son escritores consagrados los que sacan punta al lápiz y se permiten decir cuatro verdades a viva voz, se les suele aplaudir, se suele halagar su carencia de pelos en la lengua, incluso se alude a su sensibilidad, a ese plano espiritual, filosófico y superior en el que parecen vivir y que les permite dar clases de moralidad sin ser censurados por ello. Pero no suelen correr esta suerte los escritores noveles, autoeditados para mis inri; a estos, más de una vez, les llueven las tortas por "polémicos", por querer "vender" jugando con el morbo y la controversia. Si añadimos además que parte de esta historia es biográfica, la valentía de su autora se triplica, porque puedo imaginar que Miriam Beizana se ha quedado algo desnuda y sin el parapeto de la ficción para defenderse de ese entorno que intuyo no habrá visto con buenos ojos muchos de los párrafos que ha escrito, a pesar de estar cargados de razón. Ojalá me equivoque.
   "Marafariña" es, ante todo, una novela de sentimientos. Es un canto al AMOR, en su más pura esencia, sin que importe la forma y entre quienes se expresa. Es una historia preciosa protagonizada por dos adolescentes, Ruth y Olga, en la que Miriam Beizana da rienda suelta y expresa todo ese maremoto de emociones que ruge, como las entrañas de un volcán, cuando el amor se siente dentro, aferrado al corazón con uñas y dientes, sin posibilidad de luchar contra él, sin atender a raciocinio alguno. Asistimos al verdadero despertar sexual de Ruth, contrario a la "tendencia natural", haciéndonos ver que no podemos elegir lo que sentir ni hacia quién, que no existen normas que valgan ni doctrinas morales o religiosas capaces de orientarnos en la dirección equivocada para nuestro propio ser. Y somos testigos, a lo largo de la historia, de lo que el corazón es capaz de remover, de la fuerza que es capaz de desplegar para luchar contra todo y contra todos, y del peso de la edad jugando a favor o en contra de todo ello.  
   A lo largo de sus páginas he podido palpar sus paisajes, aspirar sus aromas, apreciar en toda su intensidad ese entorno mágico en el que se desarrolla la historia y que da título a la novela. Y he circulado por todo un camino de sentimientos con emociones distintas en cada curva: he sonreído, me he emocionado, he deseado intensamente que sus vidas cambiaran, que ese entorno les brindara la oportunidad de ser felices...; y he lamentado, me he cabreado y me he indignado al ver cómo, de forma impune, puede arrebatársele a una persona su libertad, su capacidad de decisión, su derecho a ser feliz en nombre de unos dogmas impuestos por el fanatismo de la religión.
   Felicito a Miriam Beizana.
   Porque, en el aspecto religioso de la novela, ha sabido recrear la historia bailando en los límites de la libertad de expresión, de su forma de pensar, y el respeto debido a quienes creen en ella y la practican, cosa nada fácil de conseguir.
   Porque ha hecho que la relación entre Ruth y Olga luzca preciosa, incluso en sus encuentros sexuales, detallados con dulzura, con elegancia, con suma sensibilidad, y con un mensaje subliminal subyacente en ellos de principio a fin: amor en estado puro.
   Y por último la felicito por su narrativa, cuidada, agradable de leer, poética en muchos pasajes.
   "Marafariña" es una novela para leer sin prisa, a ritmo pausado. Una novela intimista por excelencia en la que su autora se explaya describiendo los paisajes y, ante todo, los sentimientos de sus personajes principales con todo lujo de detalle, casi al milímetro, como si a lo largo de todas sus páginas hubiera imperado una necesidad extrema de hacernos comprender, empatizar con Ruth y Olga, vestirnos al completo con su piel para vivir, sentir y sufrir con todo lo que les acontece y dentro de esa atmósfera religiosa que las envuelve, y aceptarlas en toda su integridad.
   A mí me han ganado.  


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