13 mar. 2015

"AMELIA, CAFÉ AMARGO" de NORAH COELHO.



SINOPSIS: 

Amelia, a sus 45 años, está a punto de redescubrir el sexo. Encerrada en una rutina sin sentido, cayendo de un trabajo a otro cada vez más abajo y casada con un hombre que la maltrata, se ha acostumbrado a tomar el café amargo, como la vida misma. Lo que no sabe es que basta con poner un poco de azúcar para que la percepción del mundo cambie. Un abogado diez años menor que ella le hará ver las cosas de otra manera. Convertida en su amante, sin explicaciones y sin promesas, encontrará en esta aventura el camino hacia su autoestima.







   Hay muchas formas de masacrar el amor, de masacrar una relación e incluso nuestra propia vida cuando la pareja nos engulle y nos devora convirtiéndonos en nadie, en nada. En muchas ocasiones, la falta de proyectos comunes, la desatención mutua, la ausencia de comunicación o de entendimiento, incluso de dedicación puede hacer que se fracture la convivencia amorosa que un día iniciamos en compañía de nuestra pareja. En otras, su muerte —y la nuestra— llega sin que nos demos cuenta, como una losa que nos va aplastando día a día mermando nuestra capacidad para hacernos ver, para hacernos valer ante nuestro igual y ante la vida, desdibujando la imagen que tenemos de nosotras mismas hasta convertirla en un borrón que pasa desapercibido y que se nos antoja despreciable, subyugadas bajo los pies de quien se erige como nuestro dueño y señor aprovechándose de nuestra impasibilidad, de nuestro miedo, de nuestra falta de valor. Observamos la forma de vida de nuestras congéneres como testigos de un paisaje vivo tras un cristal al que no podemos acceder, que creemos imposible de disfrutar en nuestras circunstancias, sintiendo en nuestro fuero interno la impotencia de vernos encerradas en una vida anodina que no somos capaces de abandonar. Hasta que un detonante estalla en nuestras narices, normalmente de manera casual. Una explosión que nos hace reaccionar, preguntarnos a nosotras mismas por qué toleramos que todo discurra así, cuestionarnos hasta qué punto somos realmente merecedoras de cuanto nos sucede. Y es entonces cuando sentimos la soledad abrumadora que nos acompaña a diario aunque estemos rodeadas de gente, cuando analizamos al detalle las actitudes de quien dice amarnos y empezamos a sopesar si su valía es una falacia alimentada por la derrota a la que nos somete para que no le hagamos sombra.

   Tal es la situación de Amelia, tales son sus sentimientos. Presa de un matrimonio muerto encabezado por un hombre primitivo, déspota, rudo, indiferente, que la somete a un desprecio permanente anulándola como mujer. Y que la aboca, por una cuestión circunstancial, a probarse a sí misma, a dejarse llevar por su necesidad de asegurar que a sus cuarenta y cinco años todavía merece vivir en plenitud, disfrutar de sí misma y de lo que es capaz de dar (que es mucho), así como ser correspondida, a quererse y gustarse para poder enfrentarse al mundo con otro temple, con la predisposición de la que haces gala cuando te ves a la altura de lo que existe fuera de tu encierro habitual, cuando descubres que no hay nada en ti de lo que avergonzarte y por lo que ocultarte, en contra de lo que te han hecho sentir durante años y años; a recuperar la autoestima a través de la búsqueda, en este caso, de la pasión que le falta —más que del amor—, de ese revulsivo estimulante que ofrece lo prohibido y que se convierte en un soplo de aire fresco en su vida hundida, haciéndole constatar que aún le queda mucho por decir como mujer, a todos los niveles.

   “Amelia, café amargo” es una novela catalogada dentro del género erótico, pero yo no la considero así. A lo largo de la misma aparecen escenas de sexo explícito, pero contadas con elegancia, con sutileza, sin recrearse en exceso en los detalles, o al menos no en mayor medida de lo que pueden describirse en cualquier novela romántica que vaya más allá del primer beso de una relación sexual. Y no es este aspecto su razón de ser principal, sino un complemento, por eso me ha gustado más. Es su grado de intimismo, su reflexión, los sentimientos que vierte sobre el papel, la escenografía vital tan real que plasma la novela en torno a Amelia lo que prevalece por encima de todo.

   Tengo que decir que "Amelia, café amargo" me ha gustado en mayor medida de lo que pensaba inicialmente, que la he devorado porque es extremadamente fácil de leer, con frases cortas, sencillas y ritmo ágil, a pesar de ese grado de intimismo con el que siempre se corre el riesgo de ralentizar la narración. 

   Norah Coelho ha escrito una novela con regusto amargo, como su título, pero real. Huye de las utopías y del romanticismo novelero y fantasioso para desgranar una estampa de vida rutinaria, triste y hasta cruel que muchas mujeres afrontan día a día. La novela nos acerca a ellas y a sus sinsabores, a los conflictos mentales producidos por el daño psicológico sufrido y a la sensación que se prolonga en ellas a lo largo del tiempo haciendo de la suya una experiencia de vida lineal y monótona, casi acabada, sin altibajos, sin despuntes de ilusión y de emociones dignas de sellar buenos recuerdos, dejadas llevar por la resignación, por la apatía y por la falta de valor que te produce la imagen pobre, desmejorada e inútil que te han obligado a forjarte de ti misma. Pero con la esperanza  de que todo es posible, de que todo puede cambiar, con la convicción de que “cada persona puede crear sus propios momentos dulces” para renacer y reconstruirse, y con la consigna de que hay que tomar decisiones y elegir nuestro propio futuro sin dejar que la vida nos arrastre. 

   “Toda mujer debería tener derecho, al menos, a un recuerdo feliz durante su vida, derecho a un recuerdo que pudiera dar título a una película”. (Amelia).

2 comentarios:

  1. No me sonaba de nada. Y me lo cuentas de una manera que me resulta imposible dejarla pasar.
    Besotes!!!

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  2. Está bueno, lo terminé hoy de leer, pero me quedó inconclusa la historia de Gabriel. Espero una segunda parte...

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