30 sept. 2013

TIEMPO DE CAMBIOS

  La vida no es un camino recto, en él confluyen muchos otros senderos que a veces tomamos con conciencia plena. Otras veces, un impulso extraño nos invita a variar de rumbo sin saber lo que encontraremos al final del mismo, ni lo que nos deparará su recorrido; tanto es así que pienso que no somos nosotros quienes lo elegimos, sino él el que nos engulle para depararnos mil experiencias con las que enriquecernos.


  La escritura siempre me acompañó, pero yo nunca reparé en ella como algo serio, siempre hice oídos sordos a esa capacidad para crear historias y trasladar los pensamientos al papel que muchos otros advirtieron, tal vez porque nunca consideré que aquella fuera una habilidad especial. Mi temperamento y mi forma de ser me mantuvieron -y lo siguen haciendo- bastante más ocupada en observar la vida, las relaciones humanas, el porqué de las actitud de los demás y su reacción ante las experiencias cotidianas o extraordinarias, por la reflexión profunda que intenta dar significado a todo lo que nos rodea, por la psique de quienes habitan en este mundo, por cuestionar las costumbres inútiles o las decisiones condicionadas, por detectar las injusticias sociales que muchos aceptan sin rebelarse. Hasta que un día descubrí, casi por casualidad, que podía hacer partícipe a los demás del resultado de mis elucubraciones, y hacerlo además con tintes literarios convertidos en relato. Aquel fue el comienzo de una aventura que se ha extralimitado a la publicación de “Ellas también viven” para convertirse en una experiencia muy amplia y profundamente enriquecedora para mí a todos los niveles: literario, personal, social, psicológico…, una experiencia que no desearía abandonar, no por aspirar al rango de escritora, sino porque se ha convertido en una forma de vida que intento compaginar con todo lo que ocupa mi espacio temporal y de lo que no deseo alejarme; eso sí, manteniendo siempre el origen y la razón de ser que da sentido a mis escritos: la necesidad de contar y de transmitir un mensaje, por encima de la necesidad básica de conjugar las letras.


  Una novela espera ver la luz, con la ilusión contenida por la responsabilidad de no defraudar a quien desee darme una nueva oportunidad y una cautela desmedida por evitar los tropiezos que ya tuve por ignorancia previa. Pero ante todo, y sobre todo, con el deseo de disfrutar de este nuevo paseo evitando, en la medida de lo posible, los sinsabores que generan las falsas expectativas, las presiones del mercado, los compromisos literarios y la aspiración utópica de querer llegar arriba a toda costa.


  Antes de que ser yo quien se decida a buscarlo abiertamente, me estoy dando tiempo para que sea el camino que debo seguir quien se revele ante mí y me absorba, como ya sucedió tiempo atrás. Y seguir deleitándome no solo con las letras, sino con todo lo que estas traen consigo y que, si cabe, son para mí una fuente de satisfacción aún mayor por todo lo que me reportan a nivel personal.


  Es hora de pensar en un cambio de vestimenta para adoptar un nuevo rumbo y de calzarnos otros zapatos con los que volver a pisar con firmeza el nuevo terreno escarpado que nos espera.

26 sept. 2013

¿CREES QUE ERES LIBRE?

  ¿Os habéis detenido a pensar alguna vez cuántas de las cosas que nos rodean, cuántas de las experiencias que vivimos y cuántas de las personas con las que nos codeamos a diario las hemos elegido realmente nosotros? Yo, sí. Y he llegado a la conclusión tajante de que la libertad es tan solo un espejismo, una mentira que hemos decidido creer en favor de nuestro bienestar psíquico, porque sentir que no tenemos el control de nuestras vidas provocaría una infelicidad indescriptible y ante todo, destructiva; y la opción alternativa, la de echarle agallas al asunto, nadar a contracorriente y actuar de forma anárquica ante todo y ante todos, tampoco parece una vía plausible tomando en consideración la discriminación y persecución social que quienes lo hacen tienen que soportar, y que en muchos casos llega a poner en peligro su propia supervivencia.

  Siempre he considerado que somos simples peones colocados en un tablero de ajedrez, movidos por los hilos del destino, de la casualidad, de la sociedad en la que nos ha tocado vivir y arrastrados por la marea social que nos absorbe condicionando la mayoría de las decisiones que tomamos en la vida y que nos abren el camino hacia un futuro que, ingenuamente, creemos siempre poder cambiar.

   No elegimos el seno de la familia en la que nacemos, el colegio al que asistimos, los primeros amigos que conocemos... No elegimos la capacidad intelectual que nos facilitará o entorpecerá el aprendizaje, los defectos físicos por los que sufriremos burlas, nuestras destrezas y habilidades innatas que contribuirán a evitar problemas... Tampoco elegimos ya -en un alto porcentaje de casos- los estudios que cursaremos, el trabajo que encontraremos y la calidad de vida que todo ello nos reportará... Ni escogemos el carácter de los hijos que tendremos y que será fruto no solo de nuestro empeño en moldearlo, sino también de la interacción que existe entre la base genética y la influencia del entorno que no podemos manejar siempre a discreción, pero que incidirán sin embargo en nuestro devenir diario de manera contundente.

  Muchas veces he leído teorías e hipótesis que defienden el libre albedrío de las personas a la hora de trazar su camino en la vida. Pero, ¿realmente existe? Yo creo que tan solo está presente en detalles tan pequeños y en decisiones tan insignificantes que ni siquiera lo puedo considerar libertad. Decido por mí misma con quien me caso, a quien uno mi vida; pero si la cosa sale mal, ¿de verdad puedo sacar las maletas en cualquier momento y hacer borrón y cuenta nueva?, ¿o el sufrimiento de mis hijos, mi carencia de recursos económicos o incluso la amenaza de muerte de mi marido me impedirán marcharme aun siendo esto lo que yo deseo? Mi vocación innata hace que decida ser psicóloga de profesión, pero ¿mis notas en selectividad me permitirán cursar la carrera para poder ejercerla?, ¿o acabaré sirviendo mesas en una cafetería -sin vocación hostelera- porque ni los estudios ni mi curriculum me permite encontrar trabajo en el gremio que me gusta? Decido tener familia numerosa porque somos seis hermanos y siempre he sentido al máximo el instinto maternal, pero tengo treinta años, estoy en paro y mi pareja en Barcelona, a mil kilómetros de distancia buscándose la vida para poder iniciar la nuestra; ¿de verdad me dará tiempo a tener tan siquiera dos?, ¿y podré mantenerlos o tendré que recurrir a la ayuda de sus abuelos condicionando el futuro de estos y coartándoles su libertad de elección por amor a sus nietos y su compasión hacia mí?

  Pero es que las circunstancias no solo nos arrebatan la libertad para decidir cómo trazar las líneas sobre las que sustentar nuestra vida cuando intentamos elegir nosotros, es que además hasta tienen el descaro de mofarse delante de nuestras narices jugando a retarnos, a engatusarnos con sus propuestas atractivas y edulcoradas para después impedirnos que podamos llevarlas a buen puerto cuando así lo deseamos. Yo jamás me planteé que las letras pudieran formar parte de mi vida. Nunca elegí este camino, ni tan siquiera para pasear; la escritura era una forma más de canalizar mis pensamientos, mis mensajes, un simple canal de comunicación alternativa a la palabra, nada más. El camino se presentó ante mí sin yo buscarlo, y ahora que lo saboreo, que descubro sus colores y la influencia positiva que estos tienen en mi vida, las mismas circunstancias personales que lo pusieron ante mí, ahora me impiden poder seguirlo. ¿Qué se hace cuando el tiempo no permite concesión alguna para dar rienda suelta a la inspiración? ¿Qué se hace cuando no se puede prescindir de un trabajo que te da de comer y te absorbe la mitad de la jornada? ¿Qué se hace cuando no se puede -ni se quiere, por un sentimiento indiscutible y por responsalidad adulta- dejar a un lado a la familia para esbozar unas cuantas letras a diario? El deseo está ahí, la capacidad de elección también, pero la libertad plena y absoluta para poder llevarla a cabo, no.

  Podría seguir enumerando ejemplos hasta el día del juicio final: el de aquellos que eligen la senda literaria con el deseo de transmitir y llegar al corazón de los demás haciendo filigranas preciosas con las palabras e invirtiendo en ello su esfuerzo y sus ilusiones, y acaban perdidos en el entramado del mercado de las letras sin control alguno sobre sus propias obras por tener que ajustarse a las pautas marcadas por editoriales a las que no les mueven ni por asomo los mismos intereses; la del bloguero amante de la lectura que pierde el interés por compartir impresiones con sus afines al sentirse indirectamente coaccionado por la forma de proceder de los demás; el amante de los deportes que ve en su práctica la válvula de escape al hastío de su vida cotidiana y al estres laboral y ha de abandonarlos para siempre por una dolencia física que le impide hasta ponerse en pie; el del poeta de sensibilidad sublime que quiere ser trovador de la belleza y ha de guardársela para sí mismo porque nació en la época equivocada, porque el romanticismo ya es cosa del pasado y ahora lo que priva son los mensajes de correo electrónico y el whatsapp; el defensor de lo justo que creyó nacer para cambiar el mundo y ha terminado apaleado, insultado, rechazado y al final, resignado ante el entramado político imposible de sanear.

  Tengo la impresión de que nuestra misión en la vida es aprender, aprender y aprender, basándonos en las experiencias y en las relaciones sociales que factores por completo externos han trazado para nosotros, como si fuéramos marionetas moviéndonos en un mundo de locos. Y con la libertad justa para elegir entre un dulce o una tostada, entre una novela histórica o de género erótico, entre teñirse de rubio o en color caoba... Y aun así, si ante cualquiera de estas minúsculas y anodinas elecciones nos paramos a reflexionar a fondo, tampoco estoy segura de no haber elegido el dulce por cuidar la estética de nuestro físico, el tinte rubio para no escuchar que carecemos de inteligencia y la novela erótica por temor a que nos cataloguen de "salidas" o de mujeres fáciles.
  Por mucho que intente rebelarme, hay días en que me siento presa, como un pájaro en libertad con las alas cortadas, víctima de las circunstancias y sometida al yugo de muchas necesidades creadas por nosotros mismos, un sentimiento que contradice a quienes se empeñan en asegurarme que somos dueños absolutos de nuestra propia vida. 


  ¿Y vosotros? ¿Sentís que sois libres?

22 sept. 2013

"MALDITA" de MERCEDES PINTO MALDONADO

   No creo que pueda decir nada de Maldita que no se haya dicho ya. De hecho, considerando los comentarios que ya tiene en Amazon hasta he llegado a sentir cierto complejo, porque creo que debo ser más o menos la última en leerla :). Pero es que me ha gustado, mucho, y necesito decirlo de forma clara, por lo que he decidido pensar en voz alta -como ya es habitual en mí- y autoescuchar lo que sus páginas me han suscitado, lo que han traído a mi mente a lo largo de su lectura para así rendirle homenaje aunque solo sea ante mí misma.

   Hace tiempo que comencé a leer esta novela, y he tardado en terminarla más del que hubiera querido (no tengo a Cronos como aliado, y últimamente menos). Sin embargo, he de decir que a pesar de la brevedad de mis sentadas, Maldita ha conseguido engancharme por completo desde sus primeras páginas; la imagen de Adela sentada en su mecedora frente al ventanal de su dormitorio, sola, haciendo nada, y la decisión autoimpuesta de su marido de no dirigirle palabra ni atención alguna me pareció un comienzo muy potente que despertó mi curiosidad por conocer el porqué de todo ello de forma automática, como supongo que ha debido ocurrirle a otros muchos lectores más. A partir de ese comienzo, me he sorprendido a mí misma decenas de veces lamentando (con ofuscación) no poder seguir leyendo, sin que los personajes -a los que he ido conociendo a pequeños ratos- ni la acción que transcurre en ella se perdieran por mi mente en ningún momento.
   No tengo la sensación de que Mercedes Pinto se extendiera en exceso recreando la ambientación en la que se enmarca la historia, que haya aportado detalles minuciosos del entorno que trasciendan mucho más allá del lugar en el que van transcurriendo los hechos. Y sin embargo, ha conseguido transportarme con eficacia y con rapidez, trayendo a mi mente la imagen de los grandes cortijos andaluces anclados en fincas y latifundios repletos de jornaleros trabajando por y para el señor de las tierras, terratenientes de reconocido prestigio social que gozaban de muchos derechos gratuitos aportados por su rango y que, tal y como ocurre en Maldita, no dudo que utilizaran en beneficio propio cuantas veces desearan masacrando la vida de quienes no tuvieron la suerte de nacer en una familia de noble apellido y de un ostentoso poder ecónomico. Y al igual me ha sucedido con el marco temporal y con las costumbres sociales de la epoca en la que se centra Maldita, perfectamente recreadas a través de la acción y de los diálogos, más que estar basadas en descripciones adicionales en la narración que habrían ralentizado sin duda la lectura de la misma, pero que permiten hacerse una idea perfecta de la forma de vida de sus protagonistas, que no fue otra que la de muchos de nuestros ancestros no tan lejanos.

   He oído multitud de veces que cualquier tiempo pasado fue mejor. A mí no me lo parece. Tal vez porque mi mentalidad va acorde con la época que me ha tocado vivir, o incluso algo más allá, y me resultan incomprensibles la forma de pensar y las actitudes resignadas -o conformes- de quienes vivieron bajo las normas morales o sociales de la época en la que se centra la novela, y cuyos detalles he reconocido y considero de una veracidad absoluta por haberlos escuchado mil veces de primera mano de boca de mis abuelos y en alguna que otra ocasión también de boca de mi propia madre. El "qué dirán", la honra masculina, la moralidad femenina, la importancia de la clase social, la defensa del apellido, la resignación del pobre..., cuestiones todas en las que Mercedes Pinto sustenta la novela con un realismo pleno y que me han hecho ser consciente, aún más, de que no me gustaría haber vivido en una época en la que no existía libertad personal para que cada cual pudiera ejercer sus propias acciones y tomar sus propias decisiones, quedando presas de los convencionalismos sociales y de una falsa moralidad que les obligaba a construir su vida en función de los demás, y soportando adicionalmente las consecuencias ineludibles de las habladurías provocadas por las malas lenguas, los rencores o el deseo de venganza de sus congéneres. Otras tantas veces también escuché decir, en mi entorno de más edad, eso de que "las parejas de hoy en día tienen muy poco aguante", y no dudo que sea verdad, pero Maldita me ha recordado la cantidad de vidas destrozadas que una mala elección a la hora de casarse pudo acarrear y que la sociedad de entonces no permitió romper a tiempo; una elección que en muchos casos ni siquiera fue tomada libremente por los propios protagonistas de ese enlace.

   He vivido cada línea de la novela. Mercedes ha conseguido que me integrara en ella como un testigo de excepción, tocándola como una infiltrada, al igual que con sus personajes, perfectamente definidos, humanos, reales, tangibles. He sonreído, me he enternecido, me he alertado, me he tranquilizado, ¡me he cabreado!... y he acomodado mi regazo muchas veces con la intención de acoger a Lucía desplegando las alas como una gallina clueca para protegerla, y sacando las uñas cuando alguien se aproximaba a ella para hacerle daño. Mercedes me ha hecho empatizar fácilmente con los buenos, odiar a los malos y comprender neutralmente a quienes tenían sus propias razones para obrar como lo hicieron, a pesar de no compartir con ellos una misma forma de pensar. Me ha hecho sentir pena por Adela, a pesar la brevedad con la que aparece en escena. Y me ha hecho encariñarme muchísimo con Lucía, la protagonista fundamental de la historia, a pesar de que en un principio he de admitir que me costó un poquito verla como un personaje real, por su autosuficiencia y su capacidad extrema para desenvolverse sola, y por un despliegue de raciocinio que me sorprendía un tanto que pudiera poseer a juzgar por su edad, aun siendo consciente de la gran inteligencia que su autora le había otorgado. Después pensé -en una de esas muchas reflexiones que siempre hago en mis paréntesis lectores- que tenemos tendencia a compararlo todo con aquello que conocemos, con quienes tenemos cerca y a los que no dudamos en usar de referencia sin ser conscientes de que lo que sucede en cada novela, así como las reacciones y la forma de actuar de los personajes que viven en ella, no tienen porqué adecuarse a los límites de lo que nosotros conocemos de primera mano,  entre otras cosas porque las circunstancias que rodean y que han venido acompañando a unos y a otros en su camino por la vida pueden ser muy diferentes, por lo que resulta difícil adivinar cómo habría respondido un personaje real de haberse visto en una situación extrema como ocurre en este caso, en el que el instinto de supervivencia -que resulta ser infinitamente más poderoso de lo que creemos- juega un papel crucial. Por otro lado, también pensé que la literatura de ficción permite ciertas licencias que no permite la vida real. A partir de ahí, el personaje de Lucía comenzó a calarme hasta los huesos, por su fortaleza, por su alma limpia, por su inocencia, por su templanza y su sabiduría para vivir su vida con inteligencia práctica; al igual que el de Ángel, Herminia o Ana.

   Me ha gustado la historia y la forma en que se desarrolla y me ha gustado la narrativa de Mercedes Pinto, sencilla, cuidada, muy cómoda de leer. Pero no me ha gustado que se acabara tan pronto, me he quedado con ganas de más, he seguido deslizando los dedos unas cuantas veces por el lector a ver si había más páginas que pasar, porque me resistía a quedarme con la "piel de pollo" y con la sonrisa boba con la que me ha dejado el final sin conocer un poco más de lo que acontecerá en la vida de sus personajes. 


   Como siempre, os dejo la sinopsis de la novela, porque me voy por las ramas y casi nunca explico de forma expresa de lo que va. Creo que nadie mejor que la propia autora para transmitírlo.

Corren los años cincuenta y en el seno de una familia adinerada nace Lucía. Llega al mundo pesando apenas dos kilos y cuarto, marcada por la muerte de su madre y rodeada de los secretos, los odios y rencores acumulados de las cinco generaciones que la precedieron. Su padre, un terrateniente que goza de gran poder económico y social en la comarca, la repudia desde el momento en que fue concebida y la condena a vivir el resto de su vida en una casucha. Lucía crece completamente aislada, a merced de la familia de una hacienda vecina, y especialmente de Ángel, un joven muchacho. El encierro hace de ella una criatura especial. Es inteligente, trabajadora y dispuesta, pero incapaz de internarse en el mundo. Ella no lo sabe, pero ha nacido para cumplir una misión: deshacer todos los entuertos que han provocado en aquellas tierras los cinco Diego del Valle que sucesivamente las ocuparon. 


Pd. Espero que Mercedes Pinto me acepte la pequeña broma de haber usurpado su portada :)

 

4 sept. 2013

LITERATURA COMERCIAL O DE CALIDAD: ¿EL ESCRITOR TENDRÁ QUE DECIDIR?

    No llevo demasiado tiempo andurreando por estos lares literarios, al menos tratando de deshilvanar los hilos que dirigen un negocio sustentado en la cultura, un negocio con ánimo de lucro que no debería ser tal, pero que desde el punto y hora en que no goza de un apoyo monetario sustancial por parte de las administraciones, es hasta cierto punto lógico que se convierta en lo que actualmente es, una actividad ejercida por un entramado de empresas con una extensa relación de trabajadores en nómina que tienen la sana costumbre de dar de comer a su familia mes a mes, sin obviar la tendencia generalizada y también extendida en otros campos a tratar de vivir lo mejor posible a cuenta de los ingresos de la empresa para la que se trabaja, ingresos que procuran incrementar a base de rentabilizar sus inversiones al máximo, a veces, mucho más de lo debido.
    Nada de esto me resultaría tan reprochable si no estuviéramos hablando del fomento de la cultura. Pero la literatura corre la misma suerte que las demás artes en este país -pintura, escultura, teatro, cine, música...-, la de estar casi por entero en manos privadas que no sienten, ni tienen, -con pequeñas excepciones- la obligación moral de fomentar su crecimiento con una calidad depurada porque no es misión suya "culturizar" a la población, darles la formación educativa e intelectual que debería correr en gran parte a cargo de las entidades gubernamentales. Así es que no sé a quien echarles la culpa de determinados fenómenos que manchan la esencia pura de lo que debería de ser la literatura y que entorpecen que la calidad de ésta florezca y vea la luz como debiera. Porque al igual que nadie reprocha a una entidad o compañía médica privada que no ofrezca todos sus servicios sanitarios de forma gratuita o a muy bajo coste -como sería lógico desde el punto de vista humanitario-, tampoco sé hasta qué punto se puede exigir a una editorial privada que ponga en peligro la subsistencia del negocio por cumplir escrupulosamente con unos estándares de calidad en aquello que publican -en beneficio de una buena formación lectora-, ignorando que la mayor fuente de ingresos a veces proviene de la morralla literaria que muchos acaban leyendo a saber por qué -aunque en muchos casos, lo sospecho-. Aun así, el cabreo que me provoca apreciar de cerca ciertas cosas -que yo, además de incomprensibles, considero injustas- no me lo quita nadie. Pero no solo me provoca cabreo, también produce una batería de preguntas que circundan mi mente en torno al mundo de la escritura, pero sobre todo, en torno al mundo de los escritores y a las tesituras que deben encontrarse a lo largo del camino.
    Los ejemplos que más rápido se nos pueden venir a la cabeza son los de esos famosillos cuya vida y milagros levantan el morbo de miles de lectores y que, con una calidad mediocre (siendo benévola), ocupan en una editorial el puesto que debería asignarse a una buena novela por mérito literario. Pero es obvio que la publicación de ese libro es inherente a la cualidad de "famosillo" del autor o autora en cuestión, con lo cual, si un escritor no es protagonista del papel couché es inútil que se plantee nada a la hora de sentarse a escribir. Pero la cosa cambia cuando el meollo de la cuestión no está en la persona, sino en aquello que se escribe. Cuando la tesitura está en crear una novela muy buena a nivel literario o crear una historia excelente a nivel comercial. Me diréis que deben conjugarse ambas cosas, pero esa es la teoría -y queda muy bonita-. En la práctica, la cosa cambia; no siempre -aunque puede conseguirse, qué duda cabe- la calidad literaria está bien avenida con el atractivo comercial, por lo que suele ocurrir muchas veces algo similar a lo que ya sucede en la gran pantalla, que el Oscar a la mejor película, o las mejores críticas de los expertos cinéfilos, no recaen en las que obtienen al final unos ingresos de taquilla descomunales. Y qué mejor prueba a nivel literario de lo que digo que el fenómeno Grey.
    Ayer, paseando por face y la blogosfera, vi que después de crear una expectación sublime con miles y millones de apuestas en torno a los actores que protagonizarían la película, por fin se habían desvelado los nombres. Pero no fue eso lo que me extrañó, sino que al teclear "50 sombras" en Google aparecieran decenas y decenas de entradas de medios de comunicación ofreciendo la misma noticia en un mismo día: prensa escrita, televisión, webs literarias y blogs en general, una cobertura mayor -se me antoja- que la del Premio Cervantes o el Premio Novel de Literatura. Junto a ellas, otras que informaban de que su autora era la escritora mejor pagada de 2013 y que había hecho incrementarse los ingresos del grupo que la edita en cuatro millones de euros. Todo un fenómeno al que no encuentro una justificación plausible, porque su narrativa no goza de calidad literaria, su historia tiene tintes románticos como en muchísimas otras historias, su argumento no está mejor tramado que otras miles de novelas y, sobre todo y ante todo, porque el erotismo ha existido siempre en la literatura, y a mi juicio, de mejor calidad. ¿Una buena campaña de marketing? ¿Un buen trabajo de psicología social para eliminar el tabú que ha impedido a muchas mujeres leer erótica antes sin sentir vergüenza? ¿Una novela en la que, antes que pensar en la propia historia, se han reunido los elementos necesarios para crear un bestseller en potencia? ¿Una intención clara de no usar un leguaje o una narrativa pulida para que el libro fuera accesible tanto a las lectoras empedernidas como a las que no lo son, ampliando al máximo la horquilla de mercado? Tal vez un poco de todo. Pero el problema no es ése. El problema es que con él se ha abierto la caja de Pandora para que surja una moda literaria que las editoriales han demandado al máximo para aprovechar la coyuntura actual, y no digo esto porque tenga algo en contra de la literatura erótica, todo lo contrario, lo que me apena realmente es que existieran autores y autoras de novela erótica de óptima calidad luchando por sus escritos y que no fueran ni editados ni reconocidos -cuanto menos leídos- hasta que la señora E.L. James pegó el pelotazo con sus 50 sombras.
    Todo esto no me hace sino pensar en aquellos escritores a los que conozco a través de las redes sociales intentando abrirse camino en este mundo con sus novelas de calidad -en muchos casos-, mediante autoedición o cualquier otra fórmula que se precie, entre las que se encuentra la espera paciente a que una editorial convencional decida apostar por ellos, y también en aquellos otros que tal vez no hayan dado el salto aún, pero que sientan una devoción por la escritura como para desear dedicarse a ella profesionalmente. Casi todos coinciden en un aspecto: dicen escribir para ser leídos, ése es su sentido, su razón de ser; afirman que su máxima como escritores es tener el reconocimiento de los lectores y llegar al mayor número posible de ellos, aunque me consta que muchos quieren hacerlo bien, aportando a la buena literatura su granito de arena. Pero yo me pregunto si en tiempos de crisis como ahora, en los que se busca evitar pérdidas a toda costa, eso será factible. Me pregunto si más de uno no optará, consciente o inconscientemente y movido por las circunstancias, por vender su alma al diablo y escribir en función de las demandas ajenas, centrándose en el fondo más que en la forma, y dejar que sean los grandes literatos de nuestra historia los que sigan gozando de ese reconocimiento mientras ellos intentan abrirse paso a codazos, y sea como sea, para poder comer de las letras todos los días del año. ¡Qué triste!

1 sept. 2013

LLEGA SEPTIEMBRE

     1 de septiembre. Fin del periodo estival, de las vacaciones ansiadas en las que hemos puesto la mente en blanco y nos hemos permitido la licencia, tal vez, de estar tumbados panza arriba sin importarnos las consecuencias de lo que pudiéramos hacer, a sabiendas de que al finalizar agosto, como cada año, haríamos propósito de enmienda, nos llamaríamos al orden y dedicaríamos un tiempo prudencial a replantearnos nuestra vida, nuestras metas y los nuevos logros que queremos conseguir a corto, medio o largo plazo. Y es que somos los humanos animales de referencias, de fechas concretas que nos marquen la pauta de cuándo actuar y cómo, que nos den el pistoletazo de salida para virar el rumbo de las cosas: el día de San Valentín, para decir "te quiero" de una forma más profunda; el día de Nochebuena, para acordarnos de que tenemos familia en un pueblecito perdido de Pekín con los que nunca hablamos, pero a la que ese día parecemos querer muchísimo; el día de Año Nuevo, para hacer acto de constricción de cómo nos hemos comportado a lo largo del año y aventurar lo que será nuestra vida en el siguiente; el día del Domund, para hacer alarde de esa solidaridad escondida que simpre tuvimos -ojo-, pero que ahora sale a relucir como una pepita en una mina de oro... ¡Y por supuesto septiembre no podía ser menos! El inicio del curso escolar con sus cuadernos y sus libros nuevos, sus uniformes a estrenar, sus mochilas impecables y la vuelta a la acción del inflexible reloj despertador nos arrastra a todos y a todo. El resurgir de la rutina pesa como una losa y después de un verano desmadrado en el que nada de lo hecho ha sido cuestionado, el septiembre disciplinado resulta ser un momento ideal para desechar los malos hábitos e instaurar lo más idóneo para garantizar nuestro equilibrio físico, mental, familiar, personal o laboral. Y eso implica pensar, hacer balance inconsciente de hasta qué punto merece la pena seguir haciendo lo que hemos venido practicando por inercia en más de una ocasión, y resulta ser la excusa perfecta para desterrar lo que estorba, lo que ya no nos aporta nada, lo que nos produce más quebraderos de cabeza que placer. Resulta la excusa perfecta para quemar etapas dándolas por conclusas y abrir las puertas al aire fresco que a partir de tal momento nos pueda entrar por la ventana, abierta de par en par. 

   ¿Y sabéis lo qué resulta más curioso? Que el temor a dar el espaldarazo a ciertas cosas se evapora como por arte de magia. Septiembre nos vuelve más sensatos, más racionales o tal vez más soñadores. Nos abre un apetito ciego al arte de experimentar, de escapar de la rutina que ya conocemos de sobra. Y no tememos abandonar ciertas cosas en pro de otras porque tenemos la explicación perfecta si alguien osa preguntarnos el porqué de nuestra decisión, una explicación perfecta y bastante convicente: empieza septiembre. Punto. Y es que en esa fecha tenemos tanto derecho a variar el rumbo de nuestra vida de forma sustancial como el que decide que va a dejar de fumar, que abandonará el consumo de alcohol para perder la barriga cervecera criada con mimo durante el verano, que se apuntará a pilates cinco días a la semana para mantenerse en forma física y mental, que iniciará un curso de inglés on-line maravilloso para aprender a hablar en 90 días o que va a construir paso a paso la casa maravillosa de la Mariquita Perez en fascículos coleccionables -cuyo número uno, como todos los demás, sale a la venta, curiosamente, a primeros de septiembre-.

  Y en eso estamos. Porque es tan común y está tan extendido el propósito de cambio, de renovación, de abordaje de etapas nuevas, que cuando cae la última hoja del calendario en la que pone agosto el cuerpo exige un acto de meditación introspectiva imposible de evitar. Y aquél que no lo hace es porque resulta ser un rezagado veraneante que ha decidido caminar a contracorriente y empezar sus vacaciones cuando las terminan los demás, con lo cual, su acto de introspección comenzará en octubre, pero tampoco se librará de él. 

   No sé las consecuencias que todo esto me traerá este año. Le he negado a mi mente la posibilidad de pensar, pero no me ha hecho ni puñetero caso y, como no podía ser de otra forma, ha provocado al instinto que ahora tira de mí y que se empeña en quemar algunas naves que hasta ahora intentaba mantener a flote. 

   Dicen que la naturaleza es sabia y que la intuición a la hora de decidir no suele ser mala consejera. 

   Tal vez la deje hacer. Tal vez arda alguna que otra cosa por ahí. 

   Renovarse o morir, ¿no dicen?

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