27 abr. 2013

A MI MADRE, MI NIÑA.

   El sol se ocultó por un momento, tu sonrisa perdida lo eclipsó. Las palabras nacidas con voz de angustia a través del auricular me arrugaron el corazón como si el mismísimo Goliath lo hubiera oprimido de forma implacable con su puño desgarrador, haciéndolo saltar en mi pecho con agonía, con una incertidumbre mortífera acuchillándome las entrañas. Por un momento se me fue la vida cuando te vi, aquella que tú me diste y de lo que tan orgullosa me he sentido siempre y me sentiré.

  Pasan los días lentos, crudos, intensos, y tu imagen estática de la fotografía que guardo cobra vida en mi alma, en mi mente y en mi corazón. Las escenas vividas contigo en los últimos meses se suceden  reiteradamente como fotogramas repetidos en una película cinematográfica que me resisto a evitar, tal vez porque evocan tu retorno a la niñez que tanta ternura despertaba en mí, cobijándote en mi seno bajo el calor de mi abrazo, despejando tus miedos con mis palabras de autoridad dulce, ofreciéndote mis manos para hacer tus pasos más seguros, poniendo un beso de buenas noches en tu mejilla como tantos otros inundaron las mías tiempo atrás salidos de tus labios jóvenes y maternales, regalándote pequeños momentos de felicidad por hacerte partícipe de lo que tanto te gustaba y ya no sabías como solicitar. Pero también porque me invade el convencimiento de que existen otros muchos recuerdos pugnando por salir, por colarse entre las rendijas abiertas poco a poco en el mundo de mis sueños y que saltarán en breve al vacío de mi realidad actual para llenarla de esperanza, de paz, de sosiego, de alegría por lo que transmiten: los de tu sonrisa abierta; los de tu vitalidad infinita; los de tu entrega total hacia nosotros, convirtiéndonos en tu razón de ser y de existir con exclusividad admirable; los de tus palabras y actitudes sabias educándonos en la libertad, la tolerancia, la comprensión, el entendimiento y la responsabilidad por nuestros actos y nuestras propias decisiones, con una envidiable mente abierta para tu edad; los de tu afan mediador, pacificador, defensora a ultranza de la unión de la familia por encima de todo y de todos, hasta habernos convertido en una piña insondable, en un orgulloso racimo de uvas difícil de desgajar y al que siempre cuidaremos porque tú nos enseñaste a vivir así y a sentirnos felices por que así sea; los del regocijo por la felicidad ajena; los de tu actitud empática hacia los demás, que siempre te impidió esbozar un no ante cualquier petición de ayuda que cualquiera de nosotros te hubiera hecho llegar; los de tu sentido del humor, con esa ironía inteligente que te resististe a perder y que admito haber heredado en plenitud...


   En ese mediodía de abril te sacudiste los males, el sufrimiento presente y el que amenazaba con venir de manera irremediable no se sabía bien cuándo, aunque sí de qué manera, agarraste como único y gran equipaje un corazón repleto del amor de los tuyos y el reconocimiento sentido de quienes te conocieron, y emprendiste el vuelo, merecidamente alto, merecidamente libre, sabiéndote grande, y envuelta de un afecto entrañable, tierno y acogedor que te acompañará eternamente.

   Sé que en mi vida el sol nacerá de nuevo, que tú lo convencerás para que toque mi piel con su rayo cálido y lleno de energía vital con la que suturar mi corazón partido. Aunque sospecho que no será él quien lo haga, sino tú, porque ya te habrás ganado formar parte de su luz para seguir alumbrándonos el camino como siempre hiciste, con el máximo esplendor.

   La melancolía de mi alma me incita a regalarte música nostálgica, lenta y suave, las mismas notas y acordes que tantas veces acompañaron tus bailes enlazados con mi padre en cualquier rincón del mundo y de tu propio hogar. Pero quiero resistirme. Quiero resistirme al influjo de esa nostalgia, de ese sentimiento de tristeza que nos invadirá a las dos al oír sus compases. Sí, hoy quiero que bailes, mamá, con el sol, con las estrellas o con el lucero del alba, pero feliz, con el entusiasmo y la alegría que te invadía en nuestros trayectos a casa al escuchar esta canción sonar, esta "copla tan bonita" cuyo título refleja a la perfección lo que tú y tu recuerdo serán siempre para mí: inmortales.

  Te quiero. Te queremos. Por siempre y para siempre. Hasta el fin de la eternidad.

   Un beso, mi niña!


 INMORTAL - La oreja de Van Gogh



AUDIO:

23 abr. 2013

SANT JORDI BLOGUERO: ¡¡EL REGALITO LLEGÓ!!

   23 de abril. Día de Sant Jordi. Cita ineludible con el mundo de los libros. Y por segundo año consecutivo, celebración del Sant Jordi Bloguero que Kayena organiza para deleite de un grupo de bloguer@s cada vez más amplio que, además de leer y reseñar, están dispuest@s a divertirse, ilusionarse, emocionarse y entablar nuevos lazos afectivos y amistosos -o estrecharlos aún más- con quienes participan de forma activa en esta genial iniciativa. 

   Ya publicamos nuestra entrada anunciando nuestra participación e intentando darle la máxima difusión al evento, entre otras cosas porque somos muy buena gente y no queremos que nadie se pierda la experiencia :), y en el día de hoy, después de hacer conjeturas de todas clases y colores, toca revelar el mayor de los misterios, el secreto mejor guardado -más que la fórmula de la coca-cola-: quién ha sido nuestr@ bloguer@ invisible, anónim@, mud@, sord@ e insondable, a prueba de torturas variopintas que no han conseguido extraer revelación alguna en torno a su identidad. Y por supuesto, qué libro nos ha enviado junto a esa rosa sorpresa que podía adoptar cualquier formato, textura o color, y que podría ser ¡hasta imaginaria!, como yo pretendía que fuera la mía para que hiciera un tandem perfecto con el libro que decidí regalar,  "La vida imaginaria", de Mara Torres.

   Tenía yo la intención de que ésta fuera una entrada escrita en clave de humor, al igual que ya hice en las anteriores, porque la risoterapia ha resultado ser un buen aderezo en iniciativas como ésta, con el que además de liberar esas endorfinas maravillosas hemos conseguido intimar entre nosotras hasta desembocar incluso en quedadas memorables que nos han permitido conocernos personalmente. Pero no contaba yo con que hay días en que el cuerpo y la mente se resisten a ser protagonistas incuestionables del Club de la Comedia. No contaba yo con que el ánimo se vuelve a veces un poquito insurgente y toma decisiones por voluntad propia y sin pedir permiso a nadie, y en este caso no se le ha ocurrido otra que echarle un pelín de morro al asunto, coger las maletas y largarse de puente largo dejándome más tirada que una tanga hasta que decida volver. Pero como yo soy más bien tozuda, me he dicho que en mi casa hay cosas que se hacen sí o sí, esté él o no esté, con humor o sin humor, porque hay personas que no merecen pagar el pato de su irreflexión y entre ellas se encuentra mi querida madrina Ana Kayena y mi bloguera invisible, por supuesto, que se merece esta entrada mostrando su libro y sus regalitos con toda la alegría del mundo mundial. 

   No voy a decir a quién me ha tocado regalarle yo, porque no quiero estropear su crónica, la publicación que de ello haga en su blog  (pero chinchad, que yo sí lo sé, que me he enterado por la trastienda del face porque la misma prota ha querido avisarme de que el Sr. Correos no había hecho de las suyas esta vez). Aunque sí voy a confesar que me he pasado los días previos haciendo las veces de agente pésima del F.B.I., del C.S.I., de la policía secreta, de detective privado y profesiones afines para averiguar quién era ella a partir del nombre que me dio Kayena -que no se parece a su NICK ni en pintura, por cierto- y la localidad a la que iba destinado. Pero mi gozo en un pozo, no he conseguido descubrir absolutamente nada hasta revelármelo ella misma, de lo cual me alegro, porque eso ha contribuído a mantener la intriga hasta el final en ambas direcciones: a quién iba y de quién venía cada uno de los paquetitos.

   Pero mi mayor sorpresa se produjo al averiguar el remitente de mi paquete. Uno o dos días después de haber llegado a casa, cuando ya pude verlo con un poco de detenimiento, me quedé un tanto parada al observar que procedía de Palma de Mallorca. ¿Y quién vive en Palma de Mallorca, bloguera y más famosa que el mismísimo Papa? ¿Eh? ¡Efectivamente! ¡Mi queridísima amiga Marga, Margaramon, Margalida A. Ramon (sin tilde) Martorell! ¡¿Qué no sabes quién es?! ¡¡No me lo puedo creer!! La supermegadministradora del blog Libros, Exposiciones, (muchas) Excursiones... En un principio, no supe si era el regalito bloguero o no. Primero porque ya me ha enviado algunas cosas en otras ocasiones y bien podría ser algo al margen de todo esto, y segundo, porque la muy graciosilla me puso en el remite: "¿El bloguero invisible?", para confundirme aún más y crearme más expectación. ¡Pero sí, lo abrí y resultó ser ella! Me enviaba un libro con muy buenas críticas que leeré lo antes posible, "El haiku de las palabras perdidas", una cajita preciosa de bombones en forma de corazón con una rosa pintada en el exterior (de la que me había pedido opinión, dicho sea de paso, días antes de saber que me lo tendría que enviar a mí, jaja), una postal preciosa y una nota encantandora y cariñosa que guardo como oro en paño. Me hizo muchísima ilusión, una ilusión acompañada de una especie de "repelús" al comprobar que el destino se empeña en unirnos a ambas una y otra vez, insinuándonos, de varias formas como ésta, que estamos condenadas a entendernos lo queramos o no; suerte que ya lo hacemos sin problemas y con todo gusto, ¿verdad, peque? (como digas que no, te mato, jaja).


Los bombones que faltan me los he comido, lo siento, sé que está feo,
pero no me he podido aguantar hasta hacer la foto.
(Por cierto, Marga, ¡¡¡están de muerte!!!)  


   Sólo me queda darle las gracias de nuevo a nuestra madrina de ceremonias por lidiar con tantos toros y por hacernos vivir esta experiencia tan agradable que esperamos repetir, y que seguro que hoy copa el Google Reader y el moderno Blogovin con su nombre en exclusiva contando las múltiples peripecias vividas por el mundo blogueril. ¡Ah! Y si en la próxima convocatoria la madrina necesita ayuda, pues que nos la pida, porque no queremos dejarla escapar, aunque tengamos que regalarle la aureola de Santa Ana o tres kilos más de paciencia que al Santo Job.

  Espero que también vosotr@s hayáis disfrutado y que os haya hecho ilusión vuestro regalo, aunque yo creo que el hermanamiento, las emociones y los sentimientos que surgen en la blogosfera y en las redes sociales durante el tiempo que todo esto dura es mucho mayor -y mejor- regalo que el libro y la rosa en sí.

¡¡Un besito para tod@s y hasta la próxima!!


16 abr. 2013

"EN UN RINCÓN DEL ALMA" de ANTONIA J. CORRALES



  Hace ya al menos tres años que leí la noticia en un diario de prensa local que dio pie a la narración del primero de los relatos que aparece en "Ellas También Viven. Relatos de Mujer"; el de Lucía, mi Lucía, ama de casa y madre abnegada que se ve abocada a ejercer la prostitución como última y ya única salida factible ante una crisis que comenzaba a provocar un destrozo irreparable en su economía familiar, desponjándose de su propia dignidad a golpe de nausea en pro del bienestar de los suyos. 

   En realidad, de los dieciséis relatos que se agrupan en el libro, ése fue el segundo que escribí con una mujer real como protagonista -al igual que en los demás-, una mujer de carne y hueso como yo, y como muchas de vosotras que ahora estáis leyendo esta entrada de opinión. Me dije entonces a mí misma lo que después repetí en público en cada presentación: que no es necesario cambiar de escenarios, remontarse a épocas lejanas, pasadas o futuras, recrear ambientes exóticos, o hacer un excesivo alarde de imaginación para narrar y contar buenas historias, por la sencilla razón de que esas buenas historias también se encuentran a nuestro lado, discurren a diario alrededor de muchos de nosotros, y tan solo hay que detenerse a observarlas para apreciar que están ahí y que merecen ser descritas. Y eso es lo que Antonia Corrales ha sabido hacer de forma magistral recreando en la figura de Jimena a cientos y cientos de mujeres de vida común ajustadas a un mismo patrón como si hubieran sido cortadas en serie. Y con total verosimilitud.

   Me sorprendí al comenzar a leer y encontrarme una especie de novela epistolar, no la esperaba. ¡Pero cuánto me he alegrado de que así sea! Porque su carácter intimista, directo al corazón, sin intermediarios que malinterpreten las emociones nacidas de las mismísimas entrañas de quien las cuenta, y ese matiz confesional sincero y profundamente sentido de Jimena al contar su historia me ha llegado al alma, a ese rincón del alma donde todas albergamos nuestros secretos más íntimos, nuestros mayores anhelos en tantas ocasiones compartidos por las demás, aunque no lo sepamos. 

   Después de leer En un rincón del alma he confirmado algo que resulta ser más universal de lo que parece, y es que la vida de muchas de nosotras -mujeres del siglo XX batallando por instaurar en el XXI lo que antes nos fue negado, sin habernos podido desprender del todo del lastre acarreado por costumbres ancestrales- parece estar marcada por fases, no en edades ni en etapas, sino en fases, como en la metamorfosis de las mariposas, en las que de forma irremediable hemos de pasar por diferentes estadíos que nos obligan a reconstruirnos a nosotras mismas varias veces a lo largo de nuestra vida para no perecer psicológicamente como mujeres en el amplio significado del término. Hemos de hacer un permanente esfuerzo de reciclaje para recordarnos y recordar a aquél -y a aquellos- con quien convivimos que la rutina nos ahoga; que el hastío, la costumbre y el aburrimiento nos marchita; que necesitamos seguir despertando emociones y sentir que somos merecedoras del aprecio y la dedicación de los demás; que preferimos el cálido beso de unos labios entregados a una boyante tarjeta de crédito; que somos alguien con quien convivir y compartir el tiempo, y no parte del mobiliario integrado en el hogar; que nuestra mente y nuestro cerebro también pugna por madurar con el paso de los años a base de experiencias enriquecedoras a nivel personal, alejadas del continuo servilismo familiar que parece inherente a nuestra condición de esposa y madre; que existe una diferencia sustancial entre "mirarte" y "verte" que muchos no parecen apreciar; que la palabra "compartir" es de doble flujo y que debe circular por tanto en ambas direcciones por igual; que el compromiso nupcial no es sinónimo de posesión, ni de habituación, sino de la intención clara de alimentar la llama de manera permanente porque nos queremos sentir vivas, hasta el final. Y ese devenir, ese discurrir por la vida alternando subidas y bajadas emocionales a base de reinventarse y de innovar, en un intento desacerbado de insuflarse aliento fresco con el que dar sentido a su existencia desde el mismo momento de su nacimiento, es lo que conforma la vida de Jimena narrada como un canto a lo real, como un espejo en el que mirarse con valentía para poder dilucidar si nuestra vida está vacía o gozamos de la gran suerte de "ser alguien", de no caminar por la vida sin pena ni gloria, de seguir "sintiendo" a pesar de la edad, de ser tiernamente deseadas y no lascivamente buscadas, de apreciar si aún nos queda algo de dignidad personal.

   Me ha impactado la novela, lo confieso, y no porque mi vida se parezca a la de Jimena. Tal vez porque en ella se desbordan las emociones y los sentimientos que a mí me gusta narrar. Porque aun siendo ficción, ahonda en lo cotidiano hasta extraerle el jugo que muchos otros tal vez no ven, y eso me encanta. Porque el personaje de Jimena es tan real que lo podrías tocar si se dignara a extender su mano a través del kindle o del papel. Porque en muchos momentos me parecía como si su autora hubiera instalado un micrófono en mi mente con el que amplificar mis pensamientos, mis reflexiones, para ponerlos a continuación en boca de Jimena, creándome una sensación de complicidad y de empatía absoluta. Y por el estilo narrativo de Antonia J. Corrales, sencillo a la vez que extremadamente cuidado, impecable, elegante, metafórico en ciertos momentos y poético en otros tantos, una verdadera delicia para los sentidos. 

   Sí, he dicho bien: para los sentidos. Porque a Jimena no sólo se la lee, a Jimena se la escucha. Directamente. 


Sinopsis:
Cuando goza de lo que para muchas personas sería una situación privilegiada (buen estatus económico y social, hijos mayores e independientes), Jimena, se siente más sola que nunca. Su vida ha pasado como un destello de luz ante sus ojos, sin darle tiempo a vivir, a sentir o ser la persona que en realidad es. Es entonces cuando toma consciencia de que es una desconocida para los suyos, que ha pasado lo mejor de su vida viviendo la vida de los que amaba, sin vivir la suya propia. La infidelidad de su marido, la pérdida de una de sus amigas y la «marcha » de su amante, la llevarán a replantearse muchos valores e ideales y retomar las riendas de su presente.

 




13 abr. 2013

UN VIAJE A ALTA MAR

  
Icé las velas de mi embarcación pequeña una mañana fría de marzo, después de replegar las lonas que la cubrían y que habían provocado irremediablemente que cada astilla se entumeciera por el desuso, que cada clavo se corroyera por la brizna de oxígeno adentrado por los poros de la cubierta mezclado con el salitre que la marea embravecida hacía llegar hasta ellos de vez en cuando, que el timón crujiera en cada intento apenas perceptible de hacerlo variar de rumbo, acostumbrado a la postura eterna en la que llevaba encajado más de una década. La miré de arriba abajo y le pregunté a mi vieja amiga si sería tan osada como para permitirme subir y cabalgar junto a ella hacia nuevos parajes. Y me contestó que sí. Debió ver la luz apagada que destilaban mis ojos, sentir el latido inerte de mi corazón hastiado, notar el aire que faltaba en mis pulmones cansados de aspirar el mismo oxígeno una y otra vez, en un bucle infinito del que ni un átomo conseguía escapar para poder ser reemplazado por algunos otros de savia joven. Debió percibir mi mente entumecida por unos mismos paisajes que ya no conseguían excitarla ni hacerla reaccionar, rallada por un mismo haz de colores deslucidos, machacada por la necesidad de visionar horizontes nuevos que acompañaran a mis perfiles de siempre, aquellos que tan amorosamente me habían venido abrazando hasta el momento y a los que no querría abandonar. Me dijo que sí y se desperezó para mí, sacudiéndose el tedio incrustado hasta en el más ínfimo rincón de su bodega para llevarme rumbo a alta mar, con la valentía y la ilusión desbordada que la ignorancia permite y la ingenuidad consiente.
  Avanzamos unas millas camino a la libertad. Sus artilugios antiguos abrieron los ojos y me guiaron durante horas bordeando la costa, mostrándome una perspectiva bien distinta de lo que tan acostumbrada estaba a ver desde aquel otro lado en el que me encontré siempre. Descubrí el poder de la triple dimensión y sentí retozar mi mente al ser impresionada por la cara oculta de las cosas. Dejé que el soplo de aire nuevo que me llegaba del mar al contacto con las olas me bañara el cuerpo entero, aspirándolo cual si fuera el elixir de la vida nueva que se mostraba ante mí y que nunca imaginé que pudiera cohabitar tan cerca del lugar del que mis pies se habían negado a despegarse hasta ahora. Y quise seguir. Turbada por las emociones, por la cascada de sensaciones que me impulsaban a volar al compás de las velas, atisbando el mundo desde un plano en el que nunca creí poder estar, embriagada por el aroma de la espuma y de las algas que me salpicaban tenuemente al chocar contra el casco de mi modesta embarcación.
   Un impulso apenas controlado agitó mis brazos y el timón varió de rumbo. Nunca creí en los dioses, pero aquel día sentí que Eolo se ponía de mi parte para empujarme más y más adentro, más y más lejos sin que yo se lo pidiera. El borde grueso de la costa comenzó a empequeñecer y a estrecharse hasta hacerse casi imperceptible, apenas un hilo de los que yo empleaba para coser sujetando el perfil de la arena, de las casas, de la arboleda salpicada por la playa para que no cayeran al agua y se ahogaran sin remisión. Y en su lugar, agua. Toneladas de agua rodeándonos por doquier sin nada tangible donde agarrarnos. 
   La libertad sentida, deseada y disfrutada hasta el momento comenzó a amenazarme, a sobrevolarme haciéndome dudar si me hallaba preparada para albergarla en tal magnitud. Y sentí miedo, aunque la valentía, la fortaleza y el afán de superación estuvieran ancladas y arraigadas en mi ser como si formaran parte de mi propia piel. 
   Miré hacia atrás y aprecié que la tierra firme comenzaba a difuminarse, a esfumarse como el aire lanzado al viento en cada exhalación. Y que un mar amenazante de olas irreverentes y rebeldes se abría ante mí pidiéndome que lo surcara, invitándome a que me adentrara en sus entrañas tal cual lo había soñado muchas veces, aunque de forma diferente. Y el pánico se apoderó de mí. 
  Una corriente de agua fría precedida por una elevación turbulenta de cresta blanca nos sacudió. Me agarré al timón por ser lo más estable que pude encontrar a mano, sin ser consciente de que él estaba igual de asustado que yo, y que trataba de sujetarse a su vez a la base del barco, que estaba tan a merced de las olas como nosotros. Respiré hondo y traté de hacer balance de la nueva situación, de recopilar los elementos que forman parte del problema para recomponer con ellos la solución. Mi embarcación apenas podía ayudarme, estaba obsoleta. No tenía una brújula con la que orientarme, sus velas rasgadas no aguantarían el fuerte vendaval de un mar abierto, la madera carcomida cedería a las embestidas de un oleaje furioso, los mapas de navegación marítima se dispersaban por la bodega a jirones desordenados y yo carecía por completo de nociones de timonel, ni poseía en mi bagaje cultural experiencia teórica o práctica alguna que me ayudara a sortear los caminos farragosos y profundos de un mundo de agua, tan diferente a lo terrenal. Sentí que lo perdería todo. Intuí que si seguía adelante tal vez ya no pudiera volver y no quería renunciar a lo que me había brindado la vida en pro de una experiencia desconocida que no sabía cómo podía terminar.
   Oteé al frente y mantuve la vista fija en una línea imaginaria que se perfiló ante mí. Y me pareció ver dos mundos enlazados por el mar, pero opuestos, diferentes, con oportunidades distintas de las que disfrutar. A la izquierda divisé una nueva costa, de oleaje algo más tranquilo, sosegado, conformado por gente afanosa, comprometida con su labor pesquera en la que la ayuda mutua parecía ser el sustento de una vida placentera de ocio y trabajo por igual. Pero arribar a una nueva costa no formaba parte de mi deseo, de mis anhelos de alcanzar una gloria con matices diferentes a los que allí se me ofrecía, a pesar de su encanto, de su colorido irradiando una luz potente con la que iluminar mi vida o de la bondad de sus gentes a las que resultaría placentero conocer. A la derecha divisé un mundo distinto, aquél al que tal vez querría llegar. Pero aún quedaba lejos, infinitamente lejos y la distancia que nos separaba de él atravesaba abismos insondables que no estaba segura de poder superar. Paré el motor, giré las velas y me senté sobre la quilla de mi barco agudizando la vista, dándome tiempo para pensar qué hacer. Una hilera de embarcaciones de mayor tamaño comenzó a perfilarse en el horizonte, rumbo a aquel mundo de sueños infinitos. Caminaban juntos, unidos por un destino común que se aparecía ante ellos de forma cegadora, amparándose unos a otros en la medida en que sus posibilidades se lo permitían, compartiendo instrumentos, peleando por otros, estableciendo normas para poder avanzar sin que el oleaje los derrumbase, acatando órdenes ajenas con los que algunos de ellos sin duda no estarían de acuerdo, pero que habría que cumplir como en cualquier otra sociedad organizada compartida por multitud de individuos. Si me unía a ellos tal vez podría llegar. Pero yo era pequeña y mi embarcación precaria, no podría hacer valer mi propia forma de navegar, no podría defender la distancia diaria por recorrer, no podría detenerme a observar el paisaje el tiempo que mis ojos me lo reclamaran y debería renunciar a mis propias convicciones para compartir aquellas impuestas por el grupo que me ayudaría a alcanzar el norte. Si es que podía. Y una sensación de angustia de apoderó de mí. Aquella corriente me absorbería como en un banco de peces, impulsada por la inercia a la que se someten de manera voluntaria para ver su paso acelerado, su ritmo incrementado, su destino cerca, abandonando en pro de aquello su propia identidad y su particular y exclusiva forma de nadar. 
  Miré al centro y no vi nada. Un camino desierto y vacío, aparentemente franqueable, pero traicionero en el fondo. Sin nada a lo que aferrarme, sin nadie a quien agarrar. Las dudas acribillaron mi mente durante horas, durante días, rebotando en un lado y otro sin saber donde asentarse, sin una respuesta con las que recobrar la calma que me permitiera decidir con tino cierto. 
   Mi sueño se derrumbó. Los colores perdieron parte de su intensidad y mis párpados abiertos de par en par comenzaron a cerrarse levemente, contagiados por la incipiente tristeza de una frustración plausible, probable. 
   Miré mis manos y las dejé hacer, a su libre albedrío, bajo el dictamen del corazón, al que hay que dejar actuar cuando el bloqueo de la razón no le permite decidir como debiera. Y el timón varió su rumbo. Mi pequeña barca me dedicó una mirada soslayada, sin atreverse a decir nada, con una angustia incipiente anclada en su quilla, sintiéndose culpable por no haber podido ayudarme a conseguir el sueño que me hizo perder de vista la costa durante un tiempo, cuando era yo, y tan solo yo, la que no había tenido las agallas suficientes para adentrarse en alta mar en solitario, haciendo alarde de valentía aún a riesgo de perder la vida en el intento.
   Arribé de nuevo a puerto, con la penumbra en los ojos y una nube húmeda emborronando el paisaje conocido que se mostraba de nuevo ante mí. Eché las lonas sobre mi pequeña amiga, no sin antes acariciarla y darle las gracias por el intento de salvarme, por haberme ofrecido la oportunidad de experimentar sensaciones inusitadas en mi vida, de albergar emociones que jamás olvidaré, por haberme mostrado una perspectiva nueva de lo que tantas veces había visto desde lejos sin haberme podido acercar para acariciarla de primera mano. 
  Ahora estoy sentada en un banco de madera de los que se aferran al paseo marítimo para acoger a los que, como yo, se detienen a observar e imaginar lo que habrá en el otro lado. Aquel otro lado que no descarto volver a abordar algún día. Cuando las brumas del horizonte se despejen y me muestren con claridad el camino más seguro para llegar. El camino que más se asemeje al que a mí me hubiera gustado construir personalmente.

8 abr. 2013

ENCUENTRO CON MARA TORRES, AUTORA DE "LA VIDA IMAGINARIA"

   El pasado viernes, día 5 de abril, y dentro del ciclo "Patios y Libros en Córdoba", tuvo lugar un encuentro con Mara Torres, periodista y autora de la novela "La vida imaginaria" -finalista del Premio Planeta, como ya sabéis- en la Biblioteca Central de Córdoba, un encuentro que mi amiga Marga (sí, la Marga que todos conocéis, la bloguera mallorquina polifacética que anda metida en mil fregaos) y yo no nos queríamos perder y que programamos unos días antes cuando lo vi anunciado en la página Web de la biblioteca.

   Llegamos a la Sala María Moliner, donde el acto tendría lugar, algo pasadas las ocho de la tarde, recien llegadas de Málaga y habiendo empleado el tiempo justo para dejar su maleta en casa, coger los ejemplares de La vida imaginaria y salir de nuevo por piernas para no perdernos nada. Cuando nos sentamos ya había comenzado la charla, aunque creo no habernos perdido mucho: la presentación del acto, a cargo de Dª Laura Ruiz, Delegada de Infraestructuras del Ayuntamiento de Córdoba y las primeras palabras -tan aduladoras, tal vez, como las que vinieron después- de D. Enrique Miguel Rodríguez, director de Relaciones Institucionales del diario La Razón, que habló inicialmente de la trayectoria profesional de Mara Torres y de su labor de periodista y presentadora de las Noticias de la 2, además de su recién estrenada faceta de escritora. Y a continuación, la finalista del Premio Planeta tomó la palabra para hablarnos, de forma amigable, amena, distendida y sin protocolo ni guión aparente, del antes, durante y después de la novela, de algunas anécdotas en torno a ella y a su escritura y por supuesto de sí misma, casi más atendiendo a las preguntas que le llegaban desde la mesa y desde el público que por iniciativa propia. 

   No voy a tardar más tiempo en decirlo: ¡me encantó! Me encantó lo que dijo y cómo lo dijo, el fondo y la forma, porque una vez más volví a comprobar (ella me lo confirmó con su actitud) que en esta vida quienes más tienen de lo que presumir suelen hacer alarde de una humildad que desconocen muchos otros a los que aún les queda muchísimo por aprender y por progresar, y que por tanto no suelen tener mucho de lo que pavonearse, aunque intenten demostrar lo contrario. Y me gustó poder comprobar que algunas de las conjeturas que yo había elaborado en torno al fondo y a la forma en que está escrita la novela se acercan bastante a la "versión oficial" de la propia autora y del jurado del Premio Planeta, y no digo esto por presunción, sino por empatía, lo digo por ella, más que por mí, porque cuando se escribe una historia -de mayor o menor extensión, de mayor o menor importancia, real o imaginaria- lo que se desea por encima de todo es que quien la lea sea capaz de captar la esencia que la obra encierra, aquello que el autor deseaba transmitir, y que acierte a comprender los motivos que le llevaron a escribirla de tal y cuál forma; y no siempre es así, no siempre ese flujo se canaliza de forma correcta, ya sea por defecto del emisor, del receptor o del propio mensaje. 

   Mara Torres tocó diversos temas a lo largo de su intervención, pero no es cuestión de plasmarlos aquí por entero, entre otras cosas porque yo no sabría reproducirlos, tal vez, de la misma forma en que fueron expuestos por ella misma; todos sabemos que los matices y el lenguaje no verbal que envuelve a una charla o a una conversación son tanto o más importantes que el mensaje en sí. Pero sí que voy a compartir con vosotros algunos detalles que a mí, personalmente, me parecieron interesantes, y uno de ellos tiene que ver con ese lenguaje ágil, cercano, directo y coloquial usado en la narración de la novela y que tanta controversia está suscitando entre los lectores.
 
   Ella habló del lenguaje literario, de las normas estrictas que lo sustentan y que ella conoce, y se declaró muy pulcra y cuidadosa con su forma de escribir y de redactar, por propia exigencia y por la de la profesión que ejerce desde hace ya un buen número de años, lo cual disipa la duda que podría suscitar la narrativa empleada en La vida imaginaria en términos de calidad, o mejor dicho, en términos de mérito de quien la ha escrito. Y es que ella se propuso de forma expresa huir del lenguaje literario típico para describir las hazañas y el discurrir de la vida diaria de Fortunata Fortuna. Decidió plasmar sobre el papel, de manera fiel, la forma con la que nos expresamos al hablar, porque deseaba que el lector "escuchara" hablar a Nata, no que la leyera, lo cual supuso un esfuerzo para ella a la hora de redactarla porque rompía con las normas habituales que la autora, por instinto natural, tenía tendencia a emplear a la hora de escribir. Y fue este aspecto precisamente -según confesó durante su charla- lo que indujo al jurado del Premio Planeta a valorarlo especialmente por novedoso, original, fuera de lo común, sin que por ello pudiera tacharse de descuidado o poco trabajado. 

   Y no sólo fue el lenguaje lo que procuró que escapara de los cánones habituales, también quiso que así fuera con el perfil de su protagonista, presentándola como una mujer de nuestro tiempo, alejada de la imagen desmerecida que la mujer ha ocupado innumerables veces en el cine y en la literatura. Quiso que Fortunata Fortuna fuera lo más parecida posible a cualquiera de nosotras y con la que pudiéramos identificarnos muchas de nosotras de encontrarnos en una tesitura parecida; alguien ni guapa ni fea, ni inteligente ni torpe, ni delgada ni gruesa, ni tímida ni excesivamente extrovertida, integrada en el mundo a nivel social, tecnológico, laboral, familiar... y capaz de salir adelante replanteándose una nueva forma de vivir su vida mientras lucha con un desengaño amoroso que no sabe bien cómo digerir. Una mujer de carne y hueso con un lenguaje malsonante que en nada se parece al que la autora emplea en su vida pública ni privada. Y justificó el título por la confluencia entre realidad y sueños que todos nosotros entremezclamos a diario, entre lo que somos y lo que quisiéramos ser, entre lo que vivimos y lo que quisiéramos vivir, entre lo que escuchamos y lo que nos gustaría escuchar, entre lo que vemos y lo que realmente desearíamos ver, dejándonos llevar a veces hasta no saber dónde está la frontera entre una cosa y la otra, dónde termina lo onírico y comienza lo tangible, lo veraz.

   Y refirió un detalle con el que a mí terminó de ganarme. 
   No fue ésta una novela escrita con la pretensión exclusiva de presentarla al Planeta, ni tan siquiera -inicialmente- con la intención de remitirla a una editorial para su publicación. Las primeras páginas de esta novela dijo haberlas escrito en uno de esos domingos de tarde solitaria en las que una intenta a veces matar el aburrimiento y la soledad como puede, con el hastío entre los dedos y el lamento profundo de que existan en el calendario tales días que alguien o algo debería hacer desaparecer, y tanto es así que el primer título que ostentó esta novela fue "Los domingos de mierda", un título muy representativo del estado anímico de la autora en el momento de comenzarla, y que encabezaba una historia destinada a quedarse oculta en un cajón hasta que la voz de la propia protagonista, haciendo alarde de rebeldía e inconformismo, se hizo valer para salir a la luz pública, aunque fuera bajo un pseudónimo que escondiera la verdadera identidad de Mara Torres, que no tenía intención alguna de figurar como autora declarada en la portada de un libro para saltar aún más a la palestra pública con la consiguiente pérdida de, aún más, intimidad. Llegados a este punto, no pude evitar hacer comparaciones malintencionadas -lo confieso- con todos aquellos vividores y oportunistas que hacen uso de cualquier aspecto mediático que pueda cruzarse en sus vidas para adentrar la cabeza en el mundo literario sin saber escribir una letra. Y al hilo de todo esto, una nueva aseveración de la señora Torres que casi me hace levantarme y aplaudir. Su afirmación contundente de que ésta es su primera novela escrita y que ello tan sólo la convierte en la autora de la misma, no en escritora, calificativo que considera de mucha envergadura como para asignárselo alegremente siendo La vida imaginaria su primera obra escrita, por mucho que haya sido galardonada con el premio Finalista del Planeta. Aseguró que este premio es una rampa de lanzamiento muy potente para una novela, que la sitúa automáticamente en todos los medios de comunicación, en todas las librerías y en todos los quioscos de prensa del país, cosa que no ocurriría si la misma hubiera sido publicada por cualquier editorial sin premio añadido, cuya progresión habría sido, indudablemente, mucha más modesta y de más lenta evolución, por lo que volvió a ratificar su cualidad de periodista -profesionalmente hablando-, pero en absoluto de escritora. De nuevo una humildad que yo repartiría entre muchos de quienes habiendo escrito apenas dos historias ya se hacen llamar así con boca amplia y sin pudor (sálvese quien pueda).

  Muchas cosas se me quedan en el tintero, pero no os quiero cansar. Al terminar pudimos charlar un poquito con ella, nos firmó los ejemplares de La vida imaginaria que llevamos para nosotras y el que regalaré para Sant Jordi Bloguero, y no dudó en hacerse unas cuantas fotos con nosotras para inmortalizar el encuentro. 

   

Felicidades, Mara, por el premio recibido y por ser como es.



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