25 feb. 2013

¡VA POR TI!


   Hoy es uno de esos días en los que me planteo de forma expresa si la labor de la justicia puede dar calma al corazón, además de a la razón.

   Se me vienen a la mente esas típicas peleas de niños en los que la disputa llega a tal extremo que ambos se declaran incapaces de llegar a un mínimo acuerdo que les haga sentir bien, que restablezca entre ellos la paz y el orden por haber alcanzado un terreno neutral en el que poder convivir o, sencillamente, que obligue a uno de ellos a retractarse ante el otro porque su actitud no es conforme a derecho según las normas familiares, morales, sociales o incluso rutinarias del entorno en el que desarrollan su vida habitualmente. Y ese es el momento en el que aparece la figura materna o paterna, dando luz al asunto bajo la voz de la experiencia, de la sabiduría o del sentido común, y obligándolos a cumplir con su dictamen a rajatabla.

   Pero entonces me pregunto qué ocurre cuando en esa lid previa uno de ellos arrea un tortazo al otro que le hace arder la oreja, ver las estrellas y el luminoso arco iris o estamparse contra el suelo sin que nadie sea testigo de su hazaña. Ambos darán su versión, y la figura paterna o materna de la que antes hablaba adoptará el papel de juez en su jurisdicción casera, determinando a la vista de las pruebas y de los testimonios de los pequeños cuál de ellos dos es portador de la razón. Ni que decir tiene que ambos emplearán las mayores argucias y sus mejores recursos y argumentos para llevarse al juez al huerto induciéndolo a dictar sentencia a su favor.
   Pero aquí es donde radica el quiz de la cuestión: si la victoria a la disputa la obtiene quien propinó el tortazo injustamente, el agredido se sentirá dolido, impotente y rabioso, porque tendrá la interna sensación de haber salido escaldado y, además, sin nadie que respalde que llevaba la razón; pero si la sentencia declara culpable a quien se fue de las manos, aunque éste sea castigado por ello, el dolor del guantazo propinado seguirá latiendo en la mejilla, en la oreja o en el ojo del inocente, y eso nadie lo podrá borrar; esas cicatrices de dolor y humillación quedarán grabadas en el corazón, y, para más inri, también se verán acompañadas por una buena dosis de rabia e impotencia por saber que de haberse obrado con cordura, con razón y con sabiduría plena, tal afrenta podría haberse evitado desde un principio, y el dañado ahora viviría radiante y feliz.
   ¿Pero sabéis qué es lo peor? Que esa punzante e hiriente emoción seguirá por siempre ahí, por mucho que la justicia le dé la razón. Porque esa razón es tardía y muchas veces no puede restablecer lo que ya se destrozó.
   Cuando este ejemplo mínimo y aparentemente insignificante lo trasladamos a males mayores y a afrentas grandiosas, el dolor es extremo. E invalidante la sensación de que, dicte lo que dicte un juez, ya no conseguirá paliar el daño producido, ni devolver lo que jamás debería de haber desaparecido de nuestras vidas.

   ¡¡Va por ti!!


4 comentarios:

  1. Qué pellizco me ha dado leerte, sobre todo al final, duele y más duele vivir en sensaciones invalidantes que hoy se reparten como el pan nuestro de cada día. Necesito la voz de Streisand para calmarlo, menos mal que estás en todo. Play, please!
    Besos

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  2. Jo, no sé ni qué decirte porque me parece que tú misma lo has dicho todo. Vamos, que me has dejado sin palabras, pa que tú veas...

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  3. Tengo un nudo en la garganta y no sé que decirte...
    Un besazo

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  4. Si es que lo has dicho todo... Menos mal que nos dejas la voz de Barbra para relajarnos un poco.
    Besotes!!!

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