13 jul. 2012

TIEMPO DE PROFUNDAS REFLEXIONES.

   Vacaciones. Tiempo de cambiar de aires, de desconectar, de romper con la rutina, de parar el carro y dedicarse a pensar, a reflexionar, a analizar, valorar y sopesar muchos aspectos en los que hemos estado inviertiendo parte de nuestro tiempo y de nuestro esfuerzo, y hacer balance del resultado para decidir, si resulta posible, si merece la pena continuar.

   Nunca he querido hacer de la escritura un modo de vida, una necesidad de la que no pueda prescindir, porque considero que todo aquello que se convierte en algo que nos hace ser dependientes, nos esclaviza, por mucho placer que nos reporte. Y yo no quiero ser esclava de nada ni de nadie. Quiero apreciar y disfrutar de todos los matices posibles de esta vida que nos ha tocado vivir y, a ser posible, compartirlos con quienes tengo a mi alrededor. Pero un gran defecto, o una gran virtud -según se mire-, me ha acompañado siempre, y es el perfeccionismo con que me gusta hacer las cosas, por no mencionar otra máxima en mi vida que me "autoobliga" a seguir adelante y que se repite dentro de mí como un eco incansable: "Lo que se empieza, se termina, nunca se abandona". Pero, ¿cuándo acaba esta experiencia? ¿En qué momento debo soltar las manos de "mis niñas" para que caminen solas hasta... quién sabe dónde? Eso es lo que no sé. Y eso es precisamente lo que debo dilucidar.

   Todo el mundo tiene sueños. Yo también. Pero la parte racional de mi cerebro siempre ha ocupado bastante más de la mitad de su volumen y eso me ha permitido, y me sigue permitiendo, tener los pies en la tierra y la cabeza fría, muy fría. Y despierta. Lo suficientemente despierta como para analizar con realismo cualquier mínimo detalle que surja en torno al libro, cualquier actitud hacia él, y extraer conclusiones, de forma continua y permanente. 

   En este año y pico de andadura he aprendido muchísimo (aunque siento que aún me queda un infinidad de cosas por aprender) del mundo literario, de las redes sociales, de los lectores, de los bloguers, de los seguidores de un blog...Y he podido apreciar muchas cosas y sacar en claro otras tantas, pero que unidas me llevan a la confusión. Hasta ahora he visto publicadas casi una treintena de reseñas excepcionales que me han emocionado, que me han hecho estar segura de que estos relatos merecía la pena compartirlos. Tal vez estas críticas hayan sido las que me han dado la fuerza y el ánimo suficiente para llegar hasta aquí. De haber recibido valoraciones mediocres o negativas, mi mente realista hubiera admitido sin rubor y sin dilación que el camino había terminado y no hubiera dudado en dar esta bonita vivencia por concluída. Pero son ellas y ellos, quienes están detrás de esas palabras vertidas en un papel o en la pantalla de un blog, las que hacen que me resista en el fondo a abandonar el empeño de llegar más lejos, de que estas historias tengan un alcance mayor. Sin embargo, en estos momentos en que la incertidumbre asola mi cabeza, tengo la sensación de haber llegado a un callejón sin salida con un alcance mayor de lo que supone la red. Es conocido en la blogosfera, las críticas son excepcionales, pero muchos aún tienen miedo a leerlo, se resiten a enfrentarse a él por desgana, por preferencias alternativas (muy respetables), por menosprecio al ser autoeditado o por ciertos prejuicios (en relación a su género y temática) muy difíciles de superar y de vencer (en la mayoría de los casos). 

  En este tiempo ha ocurrido de todo: amigos que lo han leído porque me conocían, blogs que lo pidieron a la editorial para reseñarlo, blogs que me lo pidieron personalmente y que han terminado por leerlo o no, blogs a los que yo se le ofrecí y que accedieron gustosos, disfrutando de él en algunos casos o dando preferencia a otras lecturas en otros (cosa que no me produce emociones negativas por comprensibles), blogs a los que les tocó en algún sorteo junto a una alegría evidente por su parte, o por el contrario, con el lamento encubierto por no estar en la línea de sus preferencias de lectura. Incluso creo poder asegurar que también existe quien está en la tesitura de haberlo leído y no saber muy bien lo que aportar de nuevo a sus seguidores con respecto a él. He contestado entrevistas, algún que otro programa de radio y he luchado con la editorial y los medios por que éste sea accesible. Y ahora me pregunto, haciendo un balance del esfuerzo invertido y a la vista de las circunstancias en contra que lo rodean (género, temática, autoedición, ideas preconcebidas...): ¿Seguimos o paramos? Y esta pregunta que me hago es válida tanto para "Ellas" como para el blog. ¿Seguimos escribiendo en éste último para ese puñado de amigos que siempre me acompaña de forma incondicional o reservamos los esfuerzos para invertirlos en mejores empresas?

  Espero que la calma, el sol, la playa, la piscina, la familia y los buenos amigos me den las respuestas. Y por supuesto mi mente racional, realista y "antiutópica".

  Mientras tanto, mil gracias de corazón a quienes creísteis en mí y en las posibilidades de este proyecto. Sin vosotros, nada hubiera sido igual. 

10 jul. 2012

RELATO: "DESEOS OCULTOS"


Llegué a casa de Ana una vez comenzada la fiesta. La música resonaba a cien metros de distancia y el olor a alcohol se filtraba por las rendijas de la puerta mezclado con el tabaco y algún otro aroma dulzón que no supe discernir. Alguien desconocido vino a abrirme y se largó. Permanecí algunos segundos bajo el quicio de la entrada observando el interior. Tardé unos segundos en acomodar la vista a la penumbra, no había una sola lámpara encendida, sólo velas, montones de velas distribuidas estratégicamente por el pasillo, la escalera y por supuesto en el salón, donde el volumen de la música y la semioscuridad envolvían los movimientos sugerentes de quienes se dejaban llevar por ella sin control.

Cerré la puerta tras de mí y avancé unos pasos dándome de bruces con Ana, que me miró perpleja de arriba abajo, cogiéndome acto seguido por la muñeca y arrastrándome literalmente hasta su dormitorio sin mediar palabra.  

- Quítate esa ropa y ponte ésta –me dijo lanzando una cuantas prendas sobre la cama-. Él está aquí.

Su revelación me bloqueó, desconocía que hubiera sido invitado y por un momento, me asaltó la duda de salir huyendo otra vez de allí. Me intimidaba, hasta el punto de no haber sido capaz de dirigirle la palabra en las tres o cuatro veces en que había tenido ocasión de coincidir con él, tal vez porque me gustaba demasiado, y Ana lo sabía. 

Miré mi ropa y no percibí nada extraño en ella, a excepción de un clasicismo que parecía estar fuera de lugar en aquella fiesta. Pero no pude resistirme. Una fuerza interior hizo que me deshiciera  de ella y me colocara la que Ana había elegido para mí. Abrí las puertas del armario para observarme despacio en un espejo de cuerpo entero y me ruboricé mientras abría los ojos como platos preguntándome si sería capaz de salir fuera vestida así. Nunca me había visto tan apretada, tan insinuante, tan sugerente. La falda ceñida de punto gris remarcaba mis curvas hasta el último milímetro. No fui consciente hasta ese instante de la atractiva redondez de mis caderas y de la prominencia de mis nalgas, elevadas y firmes, cuyo trazado curvo moría en el comienzo de mi espalda parcialmente descubierta, imbuida en aquel top negro anudado al cuello que dejaba al aire parte de mi cintura, de mis hombros torneados y un amplio escote que desvelaba sutilmente la parte superior de mis senos. No cabía nada más en el interior de aquel top que casi me cortaba la respiración. 

Ana entró en el dormitorio con un vaso largo en la mano que dejó momentáneamente sobre la cómoda para aproximarse a mí. “Tienes unas piernas de escándalo” – me dijo-. Yo no me había fijado antes en mis piernas, escondidas siempre bajo las faldas largas o los pantalones anchos de corte masculino y volví a sentir vergüenza de mostrarlas hasta la mitad de mis muslos, sin unas medias que velaran algo la visión de su contorno y de una piel que, a pesar de lo tersa y aterciopelada que según Ana parecía ser, a mí me violentaba profundamente enseñar en tal medida; el borde inferior de aquella falda quedaba a poco más de una cuarta de la confluencia de mis piernas. Pero no hubo discusión. Ana me acercó unas botas altas de caña ajustada y elevado tacón y me desabrochó los dos botones delanteros de la parte superior del top, dejando el encaje transparente de mi ropa interior, y la turgencia que trataba de contener, parcialmente a la vista. Me miró con autoridad cuando me llevé las manos al escote y me hizo desistir de mi recato, me soltó el pelo largo y liso, ligeramente despuntado, y lo dejó caer alborotándolo sobre mis hombros, y me perfiló los ojos con lápiz negro y sombra gris. Lo que había pensado inicialmente que podría ser un atuendo de una ordinariez sublime me quedaba atractivo, sugerente y nada vulgar. Por un momento, la imagen que me devolvió el espejo no la reconocí. Pero me gustó. Y mucho. 

Ana me tendió el vaso de tubo y me apremió a beber un trago largo sin remilgos. No sabía con certeza lo que pretendía con todo aquello, pero no se lo pregunté. El sabor de lo prohibido, de lo novedoso, de lo que no había hecho nunca me excitó. No había estado antes en ninguna de sus fiestas, ni había intimado con chicos más allá de lo que pudiera ser una conversación intrascendente en compañía de otros amigos. Pero yo necesitaba más. Sentía que mi cuerpo necesitaba más. 

Bajé las escaleras con las piernas temblorosas y lo vi. Llevaba un vaquero desgastado y una camiseta blanca ajustada remarcando la silueta musculosa de sus brazos. Su pelo rubio, veteado por el sol, había crecido y lucía cuidadosamente despeinado, con un mechón cayéndole sobre la frente. Su mandíbula angulosa, sus labios carnosos y perfilados y una barba incipiente de varios días añadían atractivo al profundo color negro de sus ojos, que noté clavados en mí cuando terminé de bajar los últimos peldaños que me llevaban al salón. No supe discernir si era atracción o sorpresa lo que le provoqué, pero me sonrió y eso fue suficiente para que un escalofrío me recorriera el cuerpo hasta sus rincones más recónditos. Bebí otro largo trago antes de que se acercara a mí y me saludara con dos besos en las mejillas. No supe si fue el alcohol o su proximidad lo que me encendió, pero me dejé acompañar cuando me acerqué, sorpresivamente para mí, hacia una zona del salón donde más de una decena de invitados contoneaban el cuerpo al ritmo de la música, ocultos bajo la penumbra de las velas. 

Ana pasó por mi lado y nos cambió el vaso vacío por otro lleno de diferente color, tanto a Alex como a mí, nos dedicó un guiño cómplice y se marchó agitando el cuerpo y los brazos alocadamente. Yo comencé a contonearme con lentitud, dejándome llevar. Me sentí flotar y me encontré bien, la timidez parecía evaporarse junto al humo de los cigarros. Observé a las chicas que bailaban a mi alrededor y comencé a imitar sus movimientos, sensuales, insinuantes, marcando sutiles círculos con la cintura y bamboleando las caderas, elevando los brazos por encima de la cabeza. Me sentí tan abducida por la música y por mi baile particular, que no me percaté de la proximidad de Alex hasta notar su aliento en mi nuca. El estómago me dio un vuelco, pero no lo rehuí. Esbocé una media sonrisa y caí en la cuenta de que no nos habíamos dirigido la palabra en todo el tiempo, pero hablar con él era lo que menos me importaba en tal momento. Por primera vez lo tenía cerca y no me sentía intimidada. Por primera vez no deseaba salir corriendo de allí.

El ritmo de la música fue cambiando, haciéndose cada vez más lento. Tenía el cuerpo de Alex pegado a la espalda y una mano en mi abdomen abrazando mi cintura. Comenzamos a movernos a la vez, al compás de la melodía y de los tragos del cóctel que manteníamos en la otra mano. Noté acelerarse mi respiración cuando me rozó el cuello con sus labios. Me puse ligeramente tensa y en un acto reflejo, eché la cabeza hacia un lado sutilmente para favorecer su acercamiento. Noté la sonrisa contenida de Alex ante tal invitación y no tardó en pasear sus labios húmedos por mi cuello de arriba abajo mientras soltaba el vaso sobre una mesa para recobrar la libertad de ambas manos. No dejamos de movernos, ni de contonear las caderas con un ligero vaivén que me permitía rozarle de manera insinuosa la entrepierna. Alex me rodeó al cuerpo con el otro brazo, posando la mano bajo mi pecho mientras mordisqueaba suavemente el lóbulo de mi oreja. “¡Estás guapísima!” – me susurró. “Y me estás poniendo, ¿sabes? ¡Mucho!”  Aquellas palabras me terminaron de encender completamente, nunca me había sentido tan atractiva, jamás me había sentido capaz de despertar deseo sexual en ningún hombre. Y yo era la primera vez que lo sentía tan cerca, la primera vez que sentía unas manos masculinas posadas sobre mi piel, acariciándome con los dedos la parte desnuda que mi camiseta no era capaz de cubrir. Estaba acelerada, notaba calor en las mejillas y un cosquilleo interno que no quería que acabase. Me temblaban ligeramente las piernas y por un momento temí caer de aquellos tacones afilados en los que me había subido por primera vez. 

Di un último trago al líquido que contenía mi vaso sin perder el contacto con él y me aventuré a echar ambos brazos hacia atrás para aproximarlo aún más a mí, al menos hasta que terminara aquella pieza musical y se rompiera el hechizo. De pronto, noté como Alex me empujaba y me apremiaba a caminar sin despegarse de mí. Sorteamos una mesa, un pequeño sillón y un par de sillas y nos adentramos en el pasillo no sin antes apropiarse de un grueso cirio encendido colocado sobre una cómoda a la salida del salón. Abrió la primera puerta de la izquierda y me empujó dentro. Estábamos en el baño. La cerró con el pie y la bloqueó mientras dejaba la vela encendida sobre la amplia encimera de mármol donde estaba encastrado el lavabo. Miré fijamente el rostro de Alex, insinuándose bajo las intermitencias de luz que provocaba la llama encendida. Estaba guapísimo. Su atractivo rostro y su atrayente cuerpo me hicieron respirar nerviosa, no podía creer que lo tuviera tan cerca, no tanto como para besarme. Alex sujetó mi cuello con sus manos y me besó invadiéndome por entero, mordisqueándome los labios de forma desenfrenada. El contacto con su boca desató una inusitada corriente eléctrica en mi piel. Sentí que me abandonaba, dispuesta a dejar mi cuerpo a su merced. 

Sujeté a Alex por los brazos, apretando los músculos fuertes que asomaban por los bordes de las mangas de su camiseta, mientras él me desabrochaba con dedos ágiles los botones delanteros de mi top sin interrumpir su largo y profundo beso. Mi respiración se aceleró aún más. Miré hacia la puerta temiendo que pudiera entrar alguien, me moriría de vergüenza. Podría haberme zafado de él, pero quería que siguiera, que me tocara, que me hiciera subir a las nubes aunque solo fuera por un momento. Alex deslizó una mano por mi espalda y la puso sobre mis nalgas apretándome contra él mientras liberaba mi pecho de la ropa interior que lo mantenía oculto parcialmente. Su respiración se hizo mucho más profunda y sonora cuando puso su mano sobre él oprimiéndolo con deseo. La destreza con que Alex deslizaba sus manos por mi cuerpo me hizo gemir y cerrar los ojos. Acaricié su espalda, sus brazos, su torso, pero no me atrevía a bajar. No lo había tenido nunca entre las manos, sin contar con que nunca había sido tan atrevida como para consentir lo que estaba ocurriendo en ese instante. Alex comenzó a besar mi piel desnuda por todas partes, y yo apenas podía soportar aquella sensibilidad tan placentera; sentía erizado el vello, los pechos y el cuerpo entero. Vi mi torso completamente desnudo cuando Alex se retiró de mí ligeramente para agarrar mi falda por ambos lados y subirla bruscamente hasta la altura de la cintura, pasando a acariciarme la  cara interna de los muslos con la yema de los dedos, ascendiendo lentamente. Tenía la mirada clavada en mis ojos, lánguida, seria, la boca entreabierta y la respiración jadeante. Creo que buscaba mi aprobación para proseguir y yo no se la pensaba negar, me tenía por completo rendida a sus pies. Cogió una de mis manos y la puso sobre su sexo. Me estremecí. Sonreí ligeramente mientras mi pecho subía y bajaba con rapidez. Estaba excitada, tremendamente excitada. Deslicé mis manos por sus caderas buscando nerviosa la abertura del pantalón y liberé el botón metálico que lo sujetaba. Pero Alex no me dejó seguir. Me giró bruscamente en dirección al espejo y aprisionó mi cuerpo entre el suyo y la encimera de mármol obligándome a doblegarme ligeramente hacia adelante. Noté la dureza apabullante que tenía entre sus piernas clavada en mis nalgas sobre la ropa interior, mientras sus manos masajeaban mis senos y me besaba la espalda. Gemí una y otra vez, y la humedad entre mis muslos se hizo mucho más intensa cuando Alex rasgó el encaje de mi ropa interior haciéndola caer al suelo, se liberó por completo del vaquero y volví a sentirlo sobre mí. Pude ver su rostro a través del espejo, desencajado junto a mi nuca, su aliento confundiéndose con el mío, empañando la luna que nos observaba a los dos, sujetándome con fuerza por la cintura. Ahogué un gemido intenso cuando noté la primera embestida… y emprendí el camino al cielo por primera vez. 

                                                           
Unos golpes en la puerta me hicieron reaccionar. Me desperté asustada, sin saber dónde estaba. Eché un vistazo a mi alrededor y las cuatro paredes lúgubres de mi celda me devolvieron a la cruda realidad. Apenas se filtraba luz por el ventanuco de aquella mísera estancia, pero pude verme semidesnuda, con mi camisón desabrochado y remangado hasta la cintura. Había mojado la sabana, mi pulso aún no se había normalizado y seguía sintiendo un intenso cosquilleo en aquella parte extraordinaria de mi ser y una flacidez en los brazos y en las piernas que no me dejaba moverme. No podía seguir allí, encerrada, tenía que hacer algo. Había demasiadas cosas fuera por descubrir, por vivir y por disfrutar, y quería sentirme una mujer de carne y hueso y ser abrazada por otros de verdad, no por mí misma. La angustia se apoderó de mí con tan sólo pensarlo, pero aquel sueño había sido demasiado intenso, demasiado real como para seguir obviándolo.

Me recompuse y me levanté precipitadamente. Alguien estaba intentando abrir la puerta de la celda. Respiré hondo intentando tranquilizarme, no quería delatar mi estado de excitación. La madre superiora me dedicó una auténtica mirada de reprobación.

- Coja su hábito y vístase. Es la segunda vez que llega tarde a maitines –me reprendió-. Si ocurre una tercera vez, me veré obligada a expulsarla del convento.

Un suspiro de alivio me acompañó. En ese preciso instante, supe justamente lo que debía hacer. 
 
Pilar Muñoz Álamo - 2012




Y vosotros... ¿habéis tenido alguna vez sueños tan reales?                       

6 jul. 2012

FUERA DE NUESTRAS FRONTERAS

 
 Miré a mi alrededor y observé cada detalle, cada suceso, cada experiencia vivida y cuajada de emociones por mis amigas, mis vecinas, mis familiares o cualquier otra mujer desconocida cuyo rostro me hubiera evocado una historia, real o imaginada, pero que de seguro no era descabellada aún siendo inventada. Y las escribí, para que muchas e incluso muchos de vosotros pudieráis sentiros identificados con tales vivencias, para haceros pensar en profundidad en cuanto había acontecido y en la forma en que había acontecido, para obligaros a deteneros y cuestionar si todo aquello que se relata sucede en realidad y por qué, si es de justicia que así sea y si la reacción y la forma de sentir de las protagonistas de cada historia es semejante a la que podríamos haber tenido nosotros. 
  Y efectivamente, os habéis sentido identificadas con ellas, os habéis reconocido en muchas de ellas y las habéis sentido muy cerca. Pero son de aquí. Todas estas mujeres que protagonizan mis relatos son de aquí, viven dentro de nuestras fronteras. Y aún así, os habéis sentido indignadas, acongojadas, sublevadas, enfadadas o quejosas en ciertos momentos al ser conscientes de que aún nos queda mucho por superar, por avanzar y por conseguir. 
  Pero el mundo de la mujer no termina a nuestro alrededor. Éste es el nuestro, nuestro mundo, áquel en el que a nosotras nos ha tocado vivir. Es uno de ellos, tan solo uno de ellos. Pero existen otras muchas vidas ahí fuera, al otro lado de nuestros límites, de nuestras fronteras, y basta con observar cómo es su vida en algunos otros lugares no tan lejanos, al otro lado del mar, del desierto, de las montañas... para que tengamos que elevar la vista al cielo y clamar por lo que aún se tolera, por lo que aún se sufre y por las aberraciones que contra las mujeres se cometen. ¡También ellas merecerían ser protagonistas de muchos libros, de muchos relatos que dieran la vuelta al mundo una y otra vez, incesantemente, hasta conseguir que la sensibilización de la opinión pública terminara por defenderlas con tal fuerza que ni gobiernos ni religiones pudieran seguir cerrando el puño que las oprime y que las destruye, día a día, física, moral y psicológicamente.
  Esta semana he estado revisando mis correos. Muchos de ellos aún estaban por abrir, a pesar del tiempo. Y he encontrado uno que me ha impactado, no por su novedad, sino porque me ha recordado que nuestra dignidad como mujeres y ante todo como personas está por encima de todo, cosa que muchos parecen olvidar y, en otros casos, hasta regodearse de ello en beneficio propio, para su satisfacción personal. 
  El vídeo que os muestro tal vez lo hayais visto ya. Gira en torno a la defensa de la erradicación de la ablación o mutilación genital que se practica a las niñas y adolescentes en algunos países para preservar, según defienden, la pureza y la virginidad de éstas hasta el momento del matrimonio -entre otras muchas razones que a mí me parecen absurdas-, una práctica que ha sido considerada mundialmente como una violación fundamental de los derechos humanos, pero que aún se sigue practicando, provocando enfermedad física, mental y hasta la muerte. 
  Queda mucho camino por recorrer. E incluso muchas vidas anónimas por defender y que se encuentran, actualmente, atrapadas a unos cuantos miles de kilómetros de distancia. O no tantos, quizás.  




Fotografía de cabecera: La modelo Waris Dirie, embajadora especial de la ONU, en lucha contra la ablación genital femenina. (Fuente: El Mundo.es)
 

4 jul. 2012

RETO DESDE "MIS LECTURAS Y MÁS COSITAS"

  Una de las cosas más bonitas de la blogosfera es que te recuerden que existes y no hay mejor manera de sentirlo que leyendo los comentarios que te dejan tras cada entrada y que te hacen ser consciente de que hay alguien tras la pantalla interesad@ en leer lo que escribes. Hace unos días, Margari (Mis lecturas y más cositas) tuvo otra bonita forma de demostrarme que no sólo se acuerda de mí acompañándome muy frecuentemente con sus visitas a este blog, sino dedicándome la posibilidad de aceptar un pequeño reto que consiste en escribir una frase con la que yo me pueda sentir identificada o que signifique algo importante para mí.

  Son varias las frases que a lo largo de los años se han constituido como una máxima en mi vida que siempre trato de cumplir y tengo que confesar que me costado un poquito decantarme por una de ellas. La elegida finalmente viene a decir algo así como "lo que hagas, hazlo bien, y si no, no lo hagas". Pero como me temo que ésta es de cosecha propia, he buscado en San Google alguna que viniera a decir lo mismo, pero que estuviera formulada por algún personaje público o famoso, y creo que ésta es la que mejor plasma la esencia de mi dicho particular y con la que me siento, por tanto, completamente identificada:

"Es mejor hacer poco y bien que mucho y mal". (Sócrates).

   Como debo elegir otros tantos blogs a los que invitar a cumplir este reto, voy a nombrar a siete que se encuentran entre quienes me acompañan con cierta asiduidad y no han sido ya nombrados antes (que yo sepa):

Espe de Taberna Libraria.
Meg de Cazando estrellas.
Sandra M. de Reseñando que es gerundio.
Shaka Lectora de Las lecturas de Shaka
Elena de ...While I'm reading
Cartafol de O meu Cartafol
Mientrasleo de Mientrasleo


¡Gracias, Margari, por acerme partícipe!

1 jul. 2012

AUDIO RELATO "NO PUEDO DEJAR DE AMARTE"



¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar por amor? 

  Este sentimiento primitivo puede llegar a ser tan fuerte como para hacernos perder la cordura, el raciocinio e incluso hasta nuestra propia dignidad. Las mariposas en el estómago de las que tanto hablamos nos hacen volar, soñar, esbozar una sonrisa abierta, feliz. Pero… qué sucede cuando no es del todo correspondido, cuando nos hace dar todo de nosotros mismos sin recibir prácticamente nada a cambio, cuando, aun sin pretenderlo, limita nuestro desarrollo personal y pone límites a las aptitudes que siempre quisimos desplegar. 

  Ese es el momento de luchar por entrelazarlos de manera armoniosa, por conseguir que el amor sentido y nuestra dignidad personal lleguen a abrazarse de manera efusiva. Pero ante esa batalla perdida, también será el momento de elegir, entre él o nosotros, y esa decisión nos desgarrará las entrañas mientras sintamos, aunque sólo sea por un segundo, ese embelesamiento adolescente al mirarlo, ese aletargamiento dulce de los sentidos al escucharlo y ese miedo irracional sin mesura a abandonarlo. 

  Ojalá nunca llegue. Ojalá nunca debas elegir. Porque, decidas lo que decidas, no podrás evitar sentir que ha sido amputada una parte importante de ti.

 
  Ésta es la tesitura en torno a la que gira el relato “No puedo dejar de amarte” (Ellas también viven), del que os dejo su parte inicial. A partir de ahí, tratad de adivinar cuál será la decisión final de su protagonista.




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