27 abr. 2012

RELATO: "NOCHE DE TEATRO"



  Faltaban cinco minutos para izar el telón cuando un sobre diminuto penetró despavorido bajo la puerta de mi camerino. Sorprendida por tan burda intromisión e intrigada por la naturaleza de su contenido, lo rasgué tan rápido como pude decidida a leerlo someramente para continuar presurosa con mi proceso de maquillaje. El escaso sonrosado que había puesto en mis mejillas desapareció en el acto. Una sola línea escrita bastó para noquearme: “Una de las actrices secundarias es amante de tu marido”. El corazón se me desbocó y el pulso comenzó a temblarme. ¡¿Cómo diablos podría salir a escena con un amenazante ataque de ansiedad pululando a mi alrededor?!
Hice una vertiginosa recapitulación mental de todas las actrices del reparto, y conjeturando -sin temor a equivocarme- que los decrépitos atributos varoniles de mi marido clamaban ser regados con savia joven, reduje el elenco femenino a un par de figurantas voluptuosas, de carnes prietas y bien dotadas. Mis bochornos premenopaúsicos se acentuaron de forma ostensible mientras intentaba calmarme diciéndome a mí misma que todo podría ser obra de una broma de mal gusto.
Atravesé la puerta casi sin abrirla y asalté el camerino de mi marido revolviendo irreflexivamente sus enseres personales. Escruté los entresijos de su móvil a la búsqueda de comprometidos mensajes y no tardé en hallar la prueba de su escasa e insensata inteligencia. Leí y releí mil veces la grafía que aparecía impresa en la pequeña pantalla y miré un estrafalario calendario de mesa para comprobar la fecha en que acordaban marcharse. Era aquella misma noche, a las doce en punto, tras la última función. Los pasajes de avión ocultos en las entrañas de su chaqueta me daban un margen de apenas dos horas para poder reaccionar. O para dejarlo estar.
Una sarta de explicaciones a cuestiones sin respuesta me avasalló sin recato y acerté a entender porqué había mejorado notoriamente su interpretación escénica en los últimos meses. En nuestra ficticia y teatral vida marital, Ernesto me confesaba el profundo amor que le profesaba a otra mujer y su irrevocable decisión de abandonarme. Lo hacía mientras cenábamos, y su convincente actuación era un claro presagio de lo que en realidad perseguía hacer.
Sofoqué momentáneamente el tumulto de insurgentes pensamientos y traté de razonar con lucidez antes de intervenir en el primer acto. Mi orgulloso y agredido ego se resistía a perder la batalla, sin contar con que, a pesar de todo, le amaba. Pero dudaba de lo que podía ofrecerle. Haciendo un último alarde de copiosa autoestima, cerré los ojos y me enfrenté visualmente a la imagen jovial y afrutada de mi perfecta enemiga, insultantemente joven, aterciopelada y suave al placer de los sentidos masculinos, pero excesivamente amable hasta el punto de marearte y dulce hasta rayar el empalago, delgada para mi gusto y con tez de brillo exiguo. Frente a ella, yo era una mujer de pura cepa, madura, equilibrada y elegante, de noble madera y sublime crianza, y, como Ernesto me calificó una vez, armoniosa, persistente y harto agradable en mi forma de ser.
El hueco repiqueteo de unos nudillos en la puerta me advirtió de mi inminente salida a escena. Volando entre bambalinas apuré los últimos segundos para dar las oportunas instrucciones a quienes compartirían conmigo la representación teatral y me aventuré a saltar al escenario con la mente en blanco y las ideas difusas. Mi magna experiencia como prima donna melodramática me ayudó a templar la excitación y sumergirme de lleno en el personaje, aun sin poder disolver la abrumadora inquietud que me reportaba el inicio del temido tercer acto.
Evité cruzarme con la muñequita linda objeto de la traición en los profusos intermedios de la representación, y contuve el aliento desde la última izada del rojo telón hasta el momento fatídico de mi salida a escena. La ambientación teatral recreaba un entorno íntimo y acogedor, con una cálida chimenea encendida y una mesa vestida con finos bordados que apenas se vislumbraban a la tenue y romántica luz de las velas. Tomé asiento pausadamente y, ajena por primera vez a la profunda expectación del público presente, invité a Ernesto a tomar asiento como marcaba el guión. Mi marido me miró a los ojos e inclinando el cuerpo hacia delante se dispuso a recitar el texto como tantas otras noches, pero yo, desaforada y sorprendentemente tranquila, sellé sus labios con la yema de mis dedos y con un gesto elocuente lo incité a escucharme.
- Brindemos –acerté a decir con un hilo de voz-. Por nosotros, por lo nuestro y por lo que nos ha costado llegar hasta aquí. Por aquellas pequeñas cosas que han hecho de la nuestra una vida plena, carente ahora de juveniles y pasajeras emociones, pero repleta de profundos y arraigados sentimientos que ningún viento nuevo nos debería arrebatar.
Ernesto enarcó las cejas perplejo ante el extraviado guión, buscando desesperadamente las indicaciones del director teatral, que revoloteaba incesantemente entre bastidores sin saber a qué achacar mi repentina insurgencia. El mutismo absoluto del patio de butacas me animó a proseguir, y poniéndome en pie con solemnidad bajo la mirada atenta de mi marido descorché aquella botella de vino negra y camisa blanca, engalanando las finas copas de intenso color cereza y frutal aroma. Los efluvios del amor emanaron exultantes cuando nuestros labios se impregnaron del rico matiz de aquel vino, testigo de tantos y tan relevantes momentos celebrados en perfecta unión y que ahora nos permitía evocar.
De forma súbita, el rostro de Ernesto se transformó y volvió a atisbar la esencia de mi propio ser. Acarició mis manos, mis mejillas y las huellas visibles de mi madurez, y acercándose con adolescente y temerosa actitud me besó con cálida pasión, clamando desde el silencio mi indulgencia y mi perdón.
Aquella noche cambié el guión, del teatro y de mi vida, bajo el aplauso efusivo del público y del corazón.



Y vosotras, ante una evidente infidelidad, ¿lucháis o abandonáis?

25 abr. 2012

23 abr. 2012

Y LOS HOMBRES HABLARON: PRIMERA RESEÑA MASCULINA EN “LA CASA DE SAN JAMÁS”.

  Este Día del Libro en que la cultura literaria alcanza su máximo esplendor y en el que la lectura se convierte en un proyecto inmediato, en una propuesta firme incluso para quienes no suelen tener habitualmente un libro entre las manos,  yo quiero este año celebrarlo compartiendo con vosotros una reseña especial.
  El día de la presentación de “Ellas también viven” en Madrid, Luís Miguel Morales –Román, en la blogosfera- me preguntó si tenía alguna estadística en relación con los relatos preferidos por cada género, si había observado alguna diferencia entre las preferencias de los hombres con respecto a las mujeres en cuanto a las historias que habían resultado ser de su elección como favoritas. Contesté que no había estadísticas concretas, pero sí una cierta tendencia a sentirse atraídos por elementos diferentes.
  Ciertamente, y según los escuetos comentarios que me han llegado por parte de los lectores masculinos, estos suelen valorar en mayor medida la trama, la sorpresa, la intriga, los giros inesperados en la secuencia de acontecimientos. Las mujeres, en cambio, resaltan con creces el aspecto emocional y sentimental que acompaña a cada una de estas historias, sin que ello implique no reconocer la eficacia literaria de los sucesos inesperados a los que antes me he referido. Esto avala dos de mis hipótesis: la primera de ellas, que existen diferencias, emocionalmente hablando, entre hombres y mujeres, y que éstas se traducen en nuestra forma de apreciar no sólo la realidad, sino la también la ficción. La segunda es que este libro va dirigido a ambos por igual, porque, como ya he dicho varias veces, cada cual podrá encontrar en estos relatos aquello que más le atrae, ya sea por una cuestión de forma, de fondo o de trasfondo, entendiendo por tal aquello que parece estar oculto pero que produce en nosotros reacciones imprevistas e incontrolables a nivel sentimental.
  Agradezco la opinión de Pepe Hervás –La Casa de San Jamás- y me complace que haya inaugurado el club de reseñas masculinas ayudándome a confirmar en parte lo que ya presuponía. Lo que él ha extraído del libro, o al menos lo que yo he podido entender de sus palabras, difiere un poco de lo que hasta ahora he podido leer en las críticas del libro publicadas por mujeres, pero el final es el mismo: un buen sabor de boca, una crítica excelente y la sensación de haber pasado un rato agradable con su lectura. Algo de lo que sentirse muy satisfecha.
  Quiero darle las gracias por su valentía en abordar el libro y reseñarlo, por la rapidez con que me ha deleitado con su opinión y por sus palabras hacia mí en sus propios comentarios. Ha sido un placer poder contar contigo, Pepe Hervás.
  Os invito a leer su reseña en su blog “La Casa de San Jamás” y a quedaros por allí paseando y disfrutando de otras muchas cosas interesantes que leer.


20 abr. 2012

Y LLEGO SANT JORDI... ¿O FUE MORENOSISTER?


  
  Azahara ("El libro y la rosa") me abrió los ojos. ¿O fue la luna? Sí, ya recuerdo, fue la luna quien me invitó a conmemorar el acto de amor y valentía de Azahara remitiendo un libro y una rosa a algún amigo o alguna amiga. Pero no quise privar a nadie de aquella revelación. Y desde aquí, desde este blog, animé a quien quisiera secundar esta bonita iniciativa a cogerse de la mano de Kayena para que fuera ella quien nos guiara en el camino.
  Dos meses más tarde, me llena de satisfacción saber que han sido más de cuarenta amig@s los que nos hemos embarcado en este entramado lleno de ilusión en el que, por esta vez, hemos puesto algo más de nosotros mismos con esa rosa que cada cual ha elaborado con un mimo manado directamente del corazón, de nuestro deseo de gustar, de complacer, de hacerle disfrutar de algo exclusivo de nosotr@s mism@s.
  Aún no sé si mi mensajera especial ha llegado a su destino, pero la de mi amiga Morenosister llegó esta mañana a casa con un libro que promete ser pero que muy interesante, una rosa blanca preciosa hecha a mano y una misiva que me ha hecho mucha ilusión; ¡qué bonito es leer una carta de puño y letra de su autora!, te acerca a ella, a lo personal, a lo íntimo. 
  Conocí a Morenosister en el Café Libertad el pasado viernes. Intercambiamos algunos comentarios, varias sonrisas, alguna foto...  Y la complicidad de haber compartido una fabulosa reseña en Ciao! en la que mostró un entuasiasmo por mi libro que siempre agradeceré. Hoy me ha vuelto a regalar una amplia sonrisa. Gracias. Espero que algo así vuelva a repetirse pronto.
 

17 abr. 2012

PROMOCIÓN DIA DE LA MADRE: REGALA CULTURA , SORPRESA Y EMOCIÓN.

  Se nos acumulan las celebraciones: el día de los enamorados, el día del padre, la Semana Santa, la festividad de San Jordi y el día del libro... Pero entre todas ellas hay una que a nosotras nos resulta un poquito especial y está próxima a llegar: El día de la Madre. 
  Dicen que éste es un libro apropiado para leer a partir de los veinte o veinticinco años, pero yo estoy convencida de que a mayor número de experiencias vitales en nuestro cuerpo o alrededores, más se disfrutan los relatos de este libro, porque somos más capaces de identificarnos con las vivencias de sus protagonistas, de comprenderlas y de sensibilizarnos con ellas. Me parece por tanto, por una simple cuestión de edad, que este libro tal vez podría ser un detalle apropiado para que cualquiera de vosotros pueda conmemorar este día regalándolo por sorpresa. Pero como a nosotras también nos gustaría colaborar con tal detalle, podríamos hacer algo, si os parece: vosotros regalais el libro y nosotras aportamos una taza de café como la que aparece en la foto inferior. Único requisito: comprarlo a través de la web de la Librería de Círculo Rojo, sin gastos de envío. Decid a qué dirección queréis que lo remitamos y le llegará el libro y la taza de regalo.
  Os dejo el enlace y vosotros decidís.
  Un beso para vosotros y para esa madre tan especial.








Y si lo queréis dedicado, enviadme un correo electrónico una vez hecho el pedido a 
ellastambienviven@gmail.com
con el nombre de la persona a quien lo vais a regalar.

15 abr. 2012

CRONICA DE LA PRESENTACIÓN EN MADRID

   


  Acabo de llegar a casa. Aún tengo las maletas por deshacer, pero no he podido esperar para escribir la crónica de una tarde inolvidable. ¡Ha sido un auténtico placer para mí presentar mi libro en Madrid!
  Las anteriores presentaciones habían tenido lugar en el entorno de dos bibliotecas y de un congreso, y aunque fueron experiencias muy bonitas, me apetecía cambiar de escenario en esta ocasión, quería encontrarme con todos vosotros en un ambiente cercano, informal, cálido, acogedor y que invitara al dialógo, a la charla, al intercambio de comentarios antes, durante y después de la presentación, y creo que lo conseguimos. 
  ¡Yo me sentí como en casa! Me encantó poder saludar a mucha gente conocida antes de comenzar, poner un rostro físico a muchos nombres, hablar directamente con ellos, sin pantallas de por medio, y comprobar de primera mano su sonrisa amigable y hasta un poco nerviosa por lo que íbamos a vivir ese día y sobre todo, porque esta presentación no sólo era una excusa para hablar del libro, sino para estrechar lazos entre todos nosotros. Tal vez fuera eso, vuestra llegada y vuestro cálido recibimiento lo que hizo que sacudiera gran parte de los nervios que había acumulado con los preparativos previos en el local, hasta que después de proyectar el book trailer, con la sala en penumbra, escuché la primera voz resurgir al fondo con el rostro oculto por los focos que me cegaban. ¡Una de mis "niñas" se acababa de presentar! Me quede estupefacta, sin saber a lo que venía aquello. Almudena comenzó a hablar del relato en el que contaba su historia. De pronto, alguien más se levantó y se presentó también, mencionando su nombre y una frase resumida de lo que ocurría en su vida. ¡No lo esperaba! Aquella viva representación de unas cuantas de mis niñas, me emocionó. Creo que se me quedó cara de poker ante aquel intercambio inesperado de testimonios -por parte de amigos- y de comentarios en relación a ellos por parte de mis dos compañeras de ceremonia, que me hicieron sentir apoyada, arropada y mimada en todo momento. Aquella sorpresa y el discurso de Almudena y Ana, ensalzando el libro con palabras salidas directamente del corazón, sí que consiguió que me temblaran las manos y que el nudo de mi garganta amenazara con no dejarme hablar, a pesar de mi esfuerzo previo por tranquilizarme a todas costa. Varias veces afirmaron estar seguras de que habría alguien más digno que ellas para acompañarme aquella tarde, alguien "con nombre", con más experiencia. Pero cuando todo se dice con la efusividad con que ellas hablaron, con la emoción visible, a flor de piel, y con el entusiasmo que suele irradiarse cuando se cuentan las cosas con plena sinceridad, no hay eminencia literaria que sea capaz de transmitir más de lo que ellas lo hicieron. Tengo que darle las gracias, miles de gracias. No solo por haberme acompañado en aquel escenario durante toda la charla, sino por haberse esmerado en hacer de ese encuentro algo muy especial. 
  Yo intenté centrarme, fundamentalmente, en los preámbulos del libro, en todo aquello que se cuece antes de que vea la luz y que suele ser lo más desconocido para los lectores. Cómo surgió la idea de escribir estos relatos, qué aspectos trascendentales me impulsaron a hacerlo y que me movió a abordar esta experiencia hasta el final; qué tesituras, valoraciones y análisis puse sobre la mesa antes de lanzarme a escribirlos. Pensé que les podría resultar interesante, o cuanto menos curioso, pero claro, tendrán que ser ellos quienes digan lo que de verdad les pareció. Lo que sí puedo decir es que en ningún momento tuve la sensación de estar haciendo un discurso formal; me sentí cómo si me estuviera sincerando con mi grupo de amigos, y su atención sostenida, sus pequeñas sonrisas y, sobre todo, sus preguntas finales, que aunque tardaron en arrancar fueron muchas, así me lo hicieron senti.
  Fue para mí una tarde mágica y muy entrañable, y el hecho de que practicamente ninguno de ellos abandonara el café nada más terminar, me produjo la gran satisfacción de pensar que también debió serlo para muchos de los que acudieron. Hubo fotos, charla entre todos y un reguero de felicitaciones por la presentación en sí y por el buen ambiente disfrutado, y un gran deseo de repetir por parte de quienes no habían tenido ocasión de acudir anteriormente a este tipo de eventos. 
  Fueron muchos l@s bloguer@s que quisieron acompañarnos, y también pude contar con la grata presencia de algunos compañeros de Círculo Rojo. A quienes podía poner cara, me acerqué a saludarlos, encantada de que estuvieran allí, y a quienes no conseguí identificar, tuve la suerte de que fueran ellos quienes vinieran a saludarme, lo cual les agradezco enormemente, porque me sabría fatal saber a posteriori que alguno de ellos pasó desapercibido para mí. 
  Me han quedado ganas de repetir. 
  Gracias a todos los que lo hicistéis posible con vuestra presencia. Gracias por apoyarme y por brindarme el cariño que sentí por parte de todos los que estuvisteis allí y por todos aquellos que no pudisteis acudir y me lo hicisteis llegar en las horas previas al avento.
  Nunca lo olvidaré. 


11 abr. 2012

NOS VEMOS EN UN PAR DE DIAS!

  Un café. Amigos entrañables. Un libro en torno al que charlar. Y dos acompañantes de excepción: Kayena y Almu. Eso es lo que me espera dentro de dos días en Madrid.
  Los nervios comienzan a estar un poquito a flor de piel. ¿Miedo escénico o a defraudar las expectativas de quienes asistáis para conocer algo más de cerca lo que tenemos que contaros? Un poco de ambas cosas, tal vez.
  No me gustaría que nuestro encuentro fuera un monólogo a tres voces. También me gustaría escuchar opiniones, sensaciones en torno al libro, curiosidades que satisfacer al principio, durante o al final de nuestro encuentro, como guste. Pero, de cualquier forma, me gustaría terminar con un diálogo abierto y participativo, porque de eso se trata, de una charla entre amigos para que, quienes ya conozcan el libro, ahonden en los pequeños detalles que aún faltan por descubrir, y para que quienes aún no lo han visto de cerca, tomen contacto y comprueben, por sí mismos, si surge la apetencia por leerlo, antes o después.

  Quiero dar expresamente las gracias a tod@s l@s administrador@s que han tenido la deferencia y el detalle de dedicar un pequeño o gran espacio de su blog literario a difundir la invitación recibida para esta presentación, con el fin de hacerla extensiva a todos sus lectores y seguidores. Han sido muchos los que nos han mostrado su apoyo. Gracias de corazón. Vuestra muestra de interés constituye para mí un empuje muy fuerte para seguir adelante con esta experiencia:

  A Marta (Algo que leer), Lupa (Acurrucada entre letras), Natalia (Arte Literario), Carmen (Carmen y amig@s), Carla (Confesiones de una librófila), Koncha Morales (Desde Vallekas), Mayte Esteban (El espejo de la entrada), Román (El tiempo de Román), Tatty (El universo de los libros), Belén Márquez (Entre libros), Cristina Caviedes (Historias de Cristina Caviedes), Silvia (La vieja encina), Laky (Libros que hay que leer), Lourdes y Edu (Libros que voy leyendo), Margaramon (Libros, exposiciones, excursiones...), Offuscatio (Livros y más libros), Shorby (Loca por incordiar), Marylin (Los libros de la bruja), Margari (Mis lecturas y más cositas), Rebeca de Winter (Negro sobre blanco), Cartafol (O meu Cartafol), Sandra M. (Reseñando que es gerundio), Mónica-Serendipia (Serendipia), Espe (Taberna Libraria), Talisman y Selín (Talisman y Selín Dreams), Sarah Degel (Yo soy bibliófila) y a algún otr@ que probablemente se me habrá quedado en el tíntero de manera involuntaria y al que pido perdón por adelantado. El viernes, vuestro apoyo estará con nosotras.
  ¡Nos vemos!


10 abr. 2012

CELEBRACIÓN EN CASA DE CARMEN Y AMIG@S.



¿Te apetecería tener alguno de los títulos que aparecen en este pictograma?

"Ellas también viven" tiene el honor de compartir cartel con todos estos buenos libros en el 3º Concurso que Carmen (Carmen y amig@s) organiza en su blog para celebrar su fantástico segundo aniversario. ¿Vas a perder la oportunidad de conseguir uno?
Nosotras, no.

Es muy fácil participar.
Pincha en la imagen inferior para ver las bases completas de este sorteo y ¡suerte!


6 abr. 2012

RELATO: "JUEVES SANTO DE MADRUGÁ"


  Eran las once y treinta y cinco minutos de la noche cuando abordé la última callejuela que me llevaría casi directa hasta la puerta del garaje. Había demasiada gente transitando por los alrededores, pero creía tener tiempo aún para llegar. Toqué el claxon varias veces a pesar de lo intempestivo de la hora para que dejaran libre la calzada de una maldita vez y subieran a las aceras, que era por donde debían transitar. En aquellos días, todo parecía estar permitido. El ruido, la suciedad, el alcohol, la invasión de los portales ajenos y hasta el hecho de miccionar por cualquier rincón visible sin que ello atendiera necesariamente a una urgencia biológica.
  Un enjambre de personas me cortó el paso repentinamente, interponiéndose entre el coche y los escasos doscientos metros que me separaban de casa. Resoplé y apreté la marcha con lentitud, casi rozando sus cuerpos con el paragolpes de mi coche. Me miraron desafiantes deteniendo el paso y abrieron los brazos en un gesto mudo de incertidumbre y recriminación, preguntándome en silencio con los ojos alterados qué demonios pensaba que estaba haciendo, como si las calles fueran de su exclusiva propiedad. Las botellas de cerveza que llevaban en la mano y la presencia de niños pulcramente vestidos evitaron que bajara la ventanilla y graznara lo que me pasaba por la cabeza en ese momento. Conseguí a duras penas avanzar unos metros cuando el guardia municipal me dio el alto. Una ola de indignación me sacudió el cuerpo. Me resultaba intolerable que los vecinos de mi zona no pudiéramos vivir una Semana Santa con tranquilidad por el simple hecho de vivir en el centro de la ciudad; tener que soportar siete días de horarios programados para entrar y salir, siete días de bullicio incontrolado, siete días de incansable vida nocturna por una fiesta callejera que había perdido completamente el sentido religioso por el que fue creada.
  El guardia me sugirió que apagara el motor para evitar la salida de gases durante el tiempo que permanecería allí parada. Miré por el espejo retrovisor a ver si había posibilidad de dar marcha atrás y modificar la ruta, pero una fila de coches estacionados tras de mí me impedían el retroceso. ¡Tenía que haberme venido antes, lo dije mil veces! Mis amigas estarían ya en casa disfrutando del relax de su hogar mientras yo tenía que aguantar el paso de… a saber cuántas procesiones para diversión de quienes están deseando cualquier excusa para asaltar las calles.
  Bajé la ventanilla y el olor a incienso me dio la bofetada típica que produce la asociación de un aroma a un acontecimiento desagradable. Aún no podía verse la Cruz de Guía. Me pasé la mano por la frente y el pelo con desesperación, tan sólo de imaginar el tiempo que tendría que pasar hasta que el último penitente terminara de cruzar la calle perpendicular a cuyas puertas me encontraba, tras lo cual, y sólo entonces, el dichoso guardia me permitiría pasar.
  Un cúmulo de personas se fue arremolinando delante de mi vehículo, taponando literalmente la calleja en la que me encontraba y rellenando, poco a poco, los escasos huecos que comenzaban a quedar al borde de la calle por la pasaría la procesión. Oí voces, risas. Contemplé empujones, discusiones por arrebatarse el sitio. Negativas a abrir paso para quienes querían cruzar al otro lado de la calle. Gritos de vendedores ambulantes que pretendían aprovechar la coyuntura para hacer su agosto vendiendo pipas, avellanas o cualquier otra golosina capaz de matar la aburrida espera. Vi grupos de jóvenes minifalderas, repintadas de forma escandalosa como si fueran a asistir a la discoteca de moda, más que a recibir el paso procesional de Cristo y de la Virgen. Chavales con bocadillos en mano y botellas de licor barato para matar el frío, o simplemente porque la llegada de la noche lo exigía por costumbre, niños con vasos de plástico sentados en los bordes de las aceras, preparados para abordar a los nazarenos en sus eternas paradas para que vertieran los sobrantes aún calientes de las velas con las que hacer después cualquier figurita manual, y algarabía de mujeres charlando a viva voz, incapaces de guardar silencio aunque solo fuera por respeto al duelo que las cofradías religiosas intentaban representar. Y volví a indignarme. Me superaba que tuviera que soportar las consecuencias de semejante jolgorio por obligación. No entendía que tuvieran que salir a la calle para diversión del pueblo.  
  Bajé del coche y cerré las ventanillas, me estaba asfixiando dentro, viéndome rodeada de personas por todos los ángulos. A duras penas me abrí paso hasta la esquina. Recibí codazos y algunos improperios por la rudeza con que apartaba los obstáculos humanos de mi camino, pero había llegado la primera, y ya que no tenía más riles que estar allí, no sería desde luego en cuarta fila. Quería observar de primera mano toda aquella pantomima para cerciorarme bien de que en los días y años siguientes calcularía la hora de vuelta con mucha mayor precisión.
  Cuando al fin conseguí alcanzar un lugar digno, los primeros nazarenos ya habían pasado de largo.  Oí los tambores redoblando a lo lejos y una banda de cornetas tocando una marcha de ritmo acompasado y muy bien afinado. La fila de encapuchados se me hizo interminable, a pesar del entretenimiento de ver cómo luchaban encarnizadamente por evitar que el viento apagara sus velas. Al fin, alcé la vista y la silueta del paso de Jesús Rescatado asomó a lo lejos. El olor a incienso se hizo entonces más intenso, formando una nube densa que impedía ver sus rasgos con claridad. La gente seguía cruzando entre los nazarenos, que se apartaban resignados sin desviar la vista de su antecesor. Oí  al hombre que tenía a mi lado gritarle a su hija entusiasmado: “¡Ya viene, ya viene!”, subiéndola a sus hombros y tapándome parcialmente la vista mientras la niña me propinaba unas cuantas patadas para impulsarse. El sonido de la música comenzó a intensificarse y el paso aceleró la marcha. Un bocanada de aire disipó la neblina que el incienso había provocado y el rostro del Cristo resurgió de manera repentina. Su larga melena negra flotaba al viento como si tuviera vida propia y la túnica purpúrea que lo vestía oscilaba por el bamboleo con que los costaleros lo mecían al compás de la marcha de trompetas y tambores. La algarabía a mi alrededor aumentó ante la expectación de su proximidad. Un manto de claveles rojos cubría la base sobre la que Él pisaba, descalzo, maniatado y acompañado exclusivamente por un romano que exhibía unos ojos inyectados en sangre y odio. Miré hacia abajo y vi la fila de zapatillas que asomaban bajo el paño rojo que cubría las andas. Varias decenas de pies caminando al unísono, desplazándose apenas diez centímetros en cada paso. Traté de imaginar cómo irían allí debajo, apretados, sudorosos, acatando las órdenes del capataz pulcramente trajeado y con la insignia de la hermandad colgándole del cuello, orgulloso, concentrado en su trabajo de guiarlos sin contratiempos hasta el templo sagrado. Un golpe seco en la parte delantera los hizo detenerse y bajarlo hasta el suelo justo delante de mí. Por un momento, la presencia de aquella figura religiosa acalló las voces de quienes tenía alrededor, dejando sólo el susurro de los costaleros que entraban y salían para darse un descanso y tomar aire. Un impulso incontrolado me obligó a mirar a quienes caminaban tras Él. Dejé de oír el sonido de la banda de música, los comentarios a media voz de las mujeres y niños que me rodeaban, todo pareció enmudecer cuando fijé la vista en el rostro de aquella mujer. El sufrimiento clavado en todas y cada una de las facciones de su tez morena me sacudió. Los ojos ligeramente entornados, vidriosos. La mirada perdida en un punto indeterminado frente a ella. Su parpadeo lento. La boca entreabierta, con un movimiento de labios apenas perceptible. Pensé que hablaba sola hasta que vi entre sus manos, férreamente sujeto, un rosario negro con una gruesa cruz colgando lateralmente. La mano derecha apretaba una de las cuentecillas redondas de las muchas que componían aquel objeto religioso, mientras la otra parecía acariciar la cruz de vez en cuando para asegurarse de que continuaba ahí. Estaba rezando. Miré su túnica púrpura sujeta por un cinturón de esparto con un grueso nudo rudimentario. Y vi sus pies. Iba descalza, pisando las cáscaras de los frutos secos que los aburridos espectadores no habían dudado en arrojar a la calzada antes del paso de la procesión. No parecía sentir dolor al aplastarlos. Ninguna mueca extraña alteraba su expresión. Parecía soportar tanto dolor en el alma que ya no era fácil hacerla reaccionar con nimios estímulos como aquél. No miraba a nadie, sólo a Él. De vez en cuando inclinaba parsimoniosamente la cabeza hacia atrás y desviaba la vista hasta alcanzar la espalda del Cristo al que se había encomendado. Sentí un escalofrío. Por un momento el mundo pareció dejar de existir, sólo estaba ella, cargando sobre sus hombros el peso de la eternidad.
  Una de las veces en que elevó la vista, la seguí con la mía. Deseé adentrarme en su mente y saber qué pensaba, qué sentía, qué pedía. Mis ojos terminaron posándose en la cabeza tallada de Cristo y por primera vez fui consciente de su realismo. Aquellas tres espinas doradas clavadas entre su pelo, las gotas de sangre roja de distinta tonalidad, haciéndolas brillar sobre las sienes y la frente sudorosa, el contorno de los ojos amoratado y una extrema delgadez que exaltaba sus pómulos dañados por los golpes, sus labios carnosos, negruzcos, resecos por la sed. Me impresionó. La banda de música comenzó a sonar, pero yo parecía oírla a mil kilómetros de distancia. Otro golpe seco precedió a la orden del capataz de ponerse en marcha en breve. Y lamenté que elevaran el paso para alejarse de mí. Miré de nuevo a aquella mujer de palidez extrema y me pregunté que habría en su vida tan lamentable como para mostrarse así. Qué desdicha, imposible de superar por las manos del hombre, la habrían llevado a pedir clemencia a golpe de fe. Sentí ganas de llorar. E impotencia. Y renegué de cuantos no respetaban aquello a los que otros se encomendaban. Hasta de mí.
  El paso dio un respingo cuando los costaleros se levantaron al unísono para reanudar la marcha. Seguí durante unos minutos sumergida en una burbuja extraña, centrada exclusivamente en la férrea relación que parecía haberse establecido entre Cristo y aquella mujer, y la envidié. No sé bien por qué, pero la envidié. Levanté la vista y lo miré por última vez antes de que aquellos hombres se lo llevaran en volandas en contra de mi voluntad. Y Él me miró. Juro por lo más sagrado que durante una fracción de segundo, Cristo giró su rostro levemente y me miró. Sus facciones permanecieron impasibles, pero el brillo de sus ojos habló por Él, clavándose en mis entrañas como puñales afilados. Aquella mujer reanudó la marcha con lasitud, arrastrando sus pies cansados, su corazón muerto. Siguió mirando a aquel punto perdido, imposible de adivinar, moviendo sus labios, ajena al mundo exterior. Yo permanecí algo más de media hora de pie en aquella esquina, intentando hilvanar lo que había ocurrido aquella noche, intentando desgranar lo que había conseguido sacudirme por dentro.
  Caminé hasta el coche pensativa, relajada y muy tranquila, con una paz interna que no había sentido jamás. Arranqué y me marché de allí con desgana, ignorando los pitidos de los vehículos a los que estaba entorpeciendo con mi marcha lenta. “Estamos en Semana Santa” –me dije-. “Respetemos a quienes creen”. Sólo por ella. Por tan solo una mujer como aquella, merecía la pena mantener la tradición. Y por mí. Porque a partir de aquel momento tuve sumamente claro que en los próximos días, y en los próximos años, volvería a calcular erróneamente la hora exacta de volver a casa.



Mª del Pilar Muñoz Alamo - 2012




Imagen de Nuestro Padre Jesús Rescatado- Semana Santa Montillana.

1 abr. 2012

PREMIO "LIEBSTER BLOG AWARD".




  El fin de semana va de premios. Éste me lo ha concedido mi amiga y poeta por excelencia Koncha, administradora del blog "Desde Vallekas" y me ha parecido interesante porque sigue fomentando no sólo los lazos de unión entre nosotros, sino la loable labor de ayudar a aquellos blog con no muchos seguidores para que sena un poquito más conocidos entre los lectores de la blogosfera en general. Concretamente, el premio está ideado para recompensar, estimular y promocionar aquellos sitios de internet, cuyo número de seguidores no excedan de doscientos, pero que, "por su esencia y contenido merezcan ser dados a conocer a todos los rincones de la blogosfera". 
  Me parece una idea genial, así es que yo le voy a dar traslado como es debido, concediendo el PREMIO LIEBSTER BLOG a:

    1. Leo y comento.
    4. Algo que leer.

    ¿Qué deben de hacer ellos?
    a. Copiar y pegar el premio en el blog y enlazarlo al blogger que se lo otorgó
    b. Señalar sus cinco blogs preferidos con menos de 200 seguidores y escribir comentarios en sus blogs para que conozcan que han recibido el premio.
   c. Y, por último, esperar a que esas bitácoras continúen con la cadena y elijan a sus 5 blogs preferidos.

   Así es que... manos a la obra y continuad la cadena.

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