28 may. 2012

RELATO: EL TRASTERO.

          Me senté a la sombra de un viejo sauce, en una antigua mecedora cuyo crujido acompasado solía hacerme dormitar mientras los cálidos rayos del sol besaban la piel de mi rostro; pero aquel día permanecí despierta, acariciando un sobre blanco con letras manuscritas guardado con celo sobre mi regazo. Me aparté un mechón de pelo alborotado por la suave brisa del atardecer, al tiempo que las yemas de mis dedos recorrían la grafía delineada en tinta negra con sumo esmero. Entonces, la imagen de Martina, mi hija, cobró vida ante mis ojos ligeramente entornados y su voz infantil resonó a lo lejos, en un recuerdo evocado ante el cual sonreí feliz.

            Aparté el sobre hacia un lado y tomé entre mis manos un viejo álbum de fotos raído por el tiempo. No quería desvelar el contenido de la misiva sin antes llenar de luz mi corazón de madre abnegada y amorosa.  Abrí el libro por su primera página y mis ojos se iluminaron ante el retrato de mi hija recién nacida. Recordé aquel trece de septiembre como uno de los días más felices de mi vida, a pesar de los dolores y de las complicaciones del parto, comenzando ahí una etapa de renuncio a todo lo que fuera ajeno a ella, una etapa que ya no terminaría jamás. La imagen de Martina dando sus primeros pasos me volvió a llenar de orgullo; ella se aferraba firmemente a mis pulgares mientras sus inestables y arqueadas piernas hacían un gran esfuerzo por avanzar. Sonreí ante su primer disfraz de princesa de cuento real, bordado y cosido a mano en las silenciosas noches de frío invierno. Su primer día de colegio, llorando al unísono ante una dolorosa separación. Su colorida cartilla escolar, con aquellas vocales gigantescas entrelazadas con arañas, elefantes, iglesias, osos y uñas diminutas de tiernos deditos como los suyos. Las fiestas de cumpleaños con serpentinas de colores. Su Primera Comunión...

            Seguí avanzando por aquel paseo repleto de sentimientos y emociones por revivir, recordando cada rasgo, cada aroma, cada detalle vital o intrascendente que había dejado una huella profunda en mi corazón. Sonriendo, llorando, suspirando, mirando al infinito ante la nostalgia de un tiempo que ya no había forma de recuperar.

            Con la fotografía de mi primer nieto una inmensa ternura se apoderó de mí, invadiendo hasta la célula más recóndita de mi cuerpo al recordar el fuerte vínculo que me había unido a aquel pequeño durante años. Las obligaciones profesionales de Martina me habían brindado la oportunidad de rememorar con él mi papel de madre. Retrocedí entonces treinta y cinco años, acaparando una extrema vitalidad alimentada por un amor filial y por el entusiasmo de sentirme de nuevo útil.

            Me detuve en la última instantánea y esbocé una sonrisa abierta y franca, solo enturbiada internamente por los dictados de la razón. En ella aparecía mi hija, diez años atrás, ante la puerta del trastero señalando con sus manos elocuentes cuanto había en su interior.

            - ¡¿Pero tú has visto esto?! – exclamó aquel entonces con sus grandes ojos azules abiertos de par en par-. ¿Cuántas cosas guardas aquí?

            - Recuerdos, todo son recuerdos –contesté percibiendo la dulzura de mi voz-.

            - ¡Son trastos, mamá! –exclamó sin comprender-. Quédate con algunas y tira lo demás. Muchas cosas son de cuando yo nací –el eco de su voz resonaba desde el interior-. Sábanas, cunas, libros, juguetes, cochecitos… ¿Aún guardas también las cosas de Carlitos? ¡Pero si yo no voy a tener más hijos, no las volveré a necesitar!

            - Sal de ahí –ordené con ternura- y déjalo todo tal cual está. Me hace feliz conservarlas.

            Aquél fue el último día en que vi a mi hija antes de que el Atlántico se interpusiera entre nosotras como un obstáculo casi imposible de sortear. “Serán ocho o diez años. Luego volveré.” –aseguró abrazándome para disipar una angustia que no pude evitar-. Ocho o diez años tal vez fuera un tiempo exiguo para su edad, pero constituía una década mortífera para mí.

            Recobré con temor la carta que había apartado. Esperaba noticias de su propia mano, en vivo y en directo. Pero el matasellos mostraba de forma hiriente la ciudad de Nueva York. Rasgué el sobre y desplegué la hoja doblada y escondida en su interior. Comencé a leer, pero las lágrimas de mis ojos no me permitieron llegar hasta el final. No volvería. Mi hija había vendido su regreso a casa por un prometedor ascenso que le reportaría mayores ingresos y una mejor calidad de vida. Esperaba una señal. Yo siempre había esperado una señal. Y allí la tenía.

            El sol había descendido perezosamente y comenzaba a fundirse con el horizonte. Me levanté y caminé con torpeza, arrastrando los pies como si una carga pesada se empeñara en hundirme a toda costa. Me detuve un momento para analizarme concienzudamente en el espejo de bronce que había en la entrada. Paseé mis dedos por las profundas arrugas que surcaban mi rostro, me acaricié el pelo blanco grisáceo con mis manos temblorosas y por primera vez pude percatarme del acentuado color violáceo de mis venas transparentándose a través de la piel fina y quebradiza, excesivamente débil para protegerlas, al igual que mi vida.

            Asustada, di un paso atrás y busqué la llave en un cajón pequeño de la cómoda de ébano. Abrí con ella el viejo trastero que me aguardaba desde hacía años, sabiendo que todo cuanto allí había al fin me sería útil, tal y como había previsto: la vajilla de plástico de mi nieto Carlos, para cuando aumentara el temblor de mis manos y la dejara caer al suelo una y otra vez; el varal de la cama pequeña de mi hija Martina, por si perdiera el equilibrio durante mi inestable sueño; una pizarra negra de jugar a las maestras, para anotar todo aquello que olvidaría sin remedio; los puzles de piezas gruesas, para que mis manos entumecidas por la artrosis compitieran en destreza con mi mente desvaída; los libros de primaria e infantil, para leer cuando ya no alcanzara a entender los mensajes más complejos, y con las letras grandes, para mi vista cansada; un carrito andador con las ruedas de goma, para ayudarme en mis desplazamientos faltos de equilibrio; los grandes baberos de plástico, regalo de las cajas de papilla infantil, para evitar las manchas que mis manos sin duda producirían al comer; un precioso recetario de purés para bebés, de fácil elaboración y apropiados para sortear mis dificultades al masticar…

            Coloqué cada cosa en su justo lugar, y no quise cerrar sin antes detenerme a observar la belleza exultante del horizonte pintado de rojo por la caída del sol. Respiré tranquila. Ya estaba todo en orden y preparado para volver, para regresar de nuevo a la infancia durante un tiempo, aunque esta vez huérfana, sin padres que me ayudaran a progresar como hice yo con mi hija, pero con la convicción de que algún día, al igual que el sol cae para volver a resurgir, también yo volvería a elevarme para surcar el cielo fuerte y libre.

Mª del Pilar Muñoz Álamo - 2012


Y ahora... ¿me dejas la opinión que te merece este relato?





Fuente: Mundosolidario.org



15 comentarios:

  1. Se me han saltado las lágrimas, Pilar. Esa soledad de la que habla el relato, que ahora, con los niños pequeños, parece tan lejana, acabará llegando un día. Por mucho que nos empeñemos, los hijos acaban volando solos, llega un momento en el que no nos necesitan, y llenar ese vacío es muy difícil. Por eso siempre digo que debemos guardarnos algo para nosotros, algo que no los incluya y que nos permita afrontar este tiempo final de otra manera.

    Enhorabuena

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    1. Estoy completamente de acuerdo contigo, Mayte. Yo también considero que debemos tener vida personal, además de familiar, que debemos invertir parte de nuestro tiempo en aquello que nos gusta, que nos emociona y nos llena de verdad, y cultivarlo a lo largo del tiempo, porque al final va a acabar siendo el refugio de nuestras horas de soledad, que según el ritmo de vida que todos llevamos, se prevé que serán muchas.

      Gracias, guapa y un beso.

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  2. He descubierto otra faceta de tus relatos. Ya no sólo me hacen pensar en tiempos pasados, sinó que ahora también me hacen pensar en tiempos futuros. De cualquier forma, lo bonito de tus relatos es que hacen pensar al lector, al menos conmigo lo consigues, y eso me encanta, aunque con ello se nos caiga la lagrimilla.
    Con éste en concreto, también pienso en toda esa gente más mayor que pasa sus días en completa soledad, y la verdad es que es un sentimiento un poco angustioso, pero real como la vida misma. De todo aprendemos y hoy me has vuelto a dar una lección y me has vuelto a emocionar!! Siempre lo consigues y me encanta!!!

    En qué estaría pensando el jurado para no premiar tu relato.. jaja

    Muchas felicidades!!!!

    Besos!!!

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    1. Lo bonito es pensar, en lo que pudo ser y no fue, en lo que será, o en lo que nosotros decidamos que sea..., da igual, siempre que nos sirve para aprender y mejorar como personas. Esta lección estaba aprendida en nuestros antecesores pero parece que se nos está olvidando y deberíamos recordarla.
      Intentaré que el próximo relato sea menos emotivo y angustioso, que no es cuestión de estar llorando siempre, ¿no?
      Gracias por tus palabras, ¡y por cuestionar al jurado!,jajajaja.
      Un beso.

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  3. Ayer escuchaba esta canción y no pude evitar emocionarme buscando entre mis recuerdos. Hoy tú nos traes un relato en el que con esta canción ya me he derrumbado y he acabado llorando. Un paseo nostálgico en el que he visto a mi abuela dándolo todo por mi hermana y por mi para llenar la soledad que deja un hijo cuando se hace mayor. Es una pena que las madres que lo han dado todo por sus hijos tengan que vivir de recuerdos para llenar su vida. Muchas veces los hijos no nos damos cuenta de que nos necesitan más y nosotros tan solo nos preocupamos de ser felices nosotros. Somos muy egoístas, si nosotros estamos bien no nos preocupamos de los demás ni siquiera de nuestros padres. Una realidad muy dura de la que no somos demasiado conscientes de ella. Me ha encantado la fortaleza de esta mujer.
    Últimamente ando bastante sensible y con estos relatos que nos traes no hay quien suelte el pañuelo.
    Besos

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    1. ¿Sabes qué pasa? Que al final, este relato, en quienes más sentimientos despierta, es en aquellos que ya tienen suficiente conciencia como para no hacer esto. Me encantaría que fuera un sentimiento mucho más intenso en aquellos que sólo miran por sí mismos. Espero de verdad que sea así.
      No cojas más el pañuelo, anda, que el próximo intentaré que no sea tan triste y emotivo.
      Un besito, guapa.

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  4. Hija mía, hay que ver los jartones de llorar que me pego yo por tu culpa, ¿eh? Me ha encantado este relato.

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    1. Lo siento, lo siento,jaja. En el próximo jugamos con otro tipo de emoción, ¿te parece?
      Besitos, guapa.

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  5. Me emocionó fuertemente, a menos de un mes de perder a mi abuela querida, que ayudó a mi madre a criarme y quien me vio partir con mucha pena cuando me fui de casa por primera vez, por trabajo. Y me emociona más, ya que hace poco más de un mes he dejado mi país para emigrar junto a mi marido e hijo hacia "mejores oportunidades" en el otro lado del mundo. Procuraré volver lo suficiente, para que mi madre no se vea obligada a vivir de recuerdos. Gracias Pilar.-

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    1. A veces las necesidades mandan y no podemos hacer lo que quisiéramos o lo que nos dicta la conciencia, pero eso es diferente; lo malo es no hacer lo que debemos sin razón alguna.
      Gracias, Araceli, por pasar por aquí y por dejar tus impresiones, y espero que todo os vaya muy bien.
      Besos.

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  6. Hola, creo que escribes bien pero un tanto forzado, falta frescura y sobran adjetivos. Te repites en alguna ocasión. Y con todo me gusta. Perdona si te molesta mi crítica, tu la has pedido y creo que te gustará que sea sincera.

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    1. Por supuesto que acepto tu crítica. Aquí estamos para aprender y recabar opiniones de todos los gustos, mejores y peores. Sería una idiotez por mi parte, siendo una auténtica novel en la escritura, hacer oídos sordos a este tipo de objeciones.
      Gracias por pasarte por aquí y dedicarle un poquito de tiempo a su lectura.
      Besos.

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  7. Uff, qué nudo en la garganta me has puesto... Emotivo final, emotiva la vida de esta mujer que lo ha dado todo por su hija, por sus nietos... Y que al final de su vida se ve sola. Esa es su recompensa... Y a pesar de todo se siente feliz con su vida, con lo que ha hecho y con lo que le queda por hacer. ¡Qué poco pensamos en nuestros mayores! ¡Qué poco valoramos toda su vida de entrega! Qué pena esta soledad...
    Besotes!!!

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    1. Tal vez sea un relato demasiado crudo, pero es la triste realidad de muchos ancianos hoy, y a veces, no debemos maquillar las verdades, hay que contarlas tal cual.
      Gracias por leerlo, guapa.
      Un beso.

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  8. Me ha encantado. Cuantas palabras llenas de sensibilidad! Todo un reflejo de lo que es el amor incondicional de los padres.

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