7 mar. 2012

LOS SUEÑOS ROTOS

Es difícil tocar el cielo cuando el suelo se mueve a mis pies.  Intento frenarlo,  y al descubrir que no puedo mis piernas se impulsan arriba y abajo, brincando de roca en roca, de piedra en piedra, intentando evitar los huecos profundos en los que resuena el eco advirtiéndome que mis sueños se los llevará el viento, como a las hojas secas de un triste otoño teñido de ocre bajo un manto de plomizas nubes  que pesan sobre mi cabeza sin dejarme levantar.  
Quiero llegar al final para recostarme sobre la hierba  verde con aroma a rocío, para abrir los brazos dejándome acariciar por la mecida del viento que alborote mis cabellos, mientras cierro los ojos mareada por la felicidad bebida sin mesura que me brindan los anhelos conseguidos. Pero algo se obstina en no dejarme avanzar, las puertas se cierran ante mi llegada o habilitan rendijas que me iluminan pobremente sin hacerme resplandecer en toda mi plenitud. Miro hacia atrás para observar el camino que ya he recorrido y un algo difuso no me permite apreciarlo en toda su intensidad. Pienso por un momento si no fue un sueño.  Si no fue la esperanza la que provocó esa falacia de mis sentidos sin que nada de lo acontecido fuera real. Si no fue el deseo de engullir el universo el que hizo divagar mi mente sobre un mundo ficticio en el que nada existe. En el que nadie existe. Sólo yo, ignorante del mundo y sus intenciones. Solo yo, carente de recursos para volar.
Abatida y confusa me dejo llevar por la impotencia y la frustración. Bajo la cabeza y mis brazos cuelgan alrededor del cuerpo oscilando fatigosos por la inercia de mis pasos toscos y lentos. La vista se nubla. La voz enmudece. Los oídos se adentran en un silencio profundo que sume mi ser en un pozo oscuro alejado de los destellos chispeantes del arco iris. Todo queda atrás, abandono. Y sigo adelante vacía por fuera y por dentro, hueca.
Cuando creo que todo acaba, conquisto la calle y consigo, con duro esfuerzo, mirar a mi alrededor. Un niño llora en la esquina, despeinado y sucio.  Un alarido de sirena acompaña a una ambulancia a toda velocidad. Una anciana encorvada tratar de cruzar sin éxito, ayudándose de un perro viejo, tanto como ella, entre el vociferio de quienes le piden que se aparte sin piedad. Una mujer mugrienta rebusca entre la basura mientras su hombre la espera tomando cañas en un bar cercano donde la puede observar. Las marcas rojas de un rotulador gastado circundan los anuncios de trabajo de un diario arrugado…
Levanto los ojos y la vista vuelve, el ruido me inunda y la voz gorjea. Renuncié a mi sueño. Ya no volverá. Pero aún queda bajo mis pies mucho suelo sin desmoronar.  

4 comentarios:

  1. Los sueños nunca se rompen porque son etéreos. Y cuando alguno se difumina o se diluye, pues ahí estamos nosotras para empezar a fabricarlo de nuevo. Excelente relato. Un besazo.

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    1. Sí. Hay que tomar aire, oxígeno nuevo y comenzar desde el principio, pidiendo que no nos fallen las fuerzas otra vez. Un beso, Koncha.

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  2. Fantástico relato, como todos!! "Y los sueños, sueños son". No, siempre hay que soñar y nunca hay que perder el rumbo. Aunque cueste hay que continuar caminando, aunque sea lentamente.
    Besos

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    1. Cuando se pierde la capacidad de soñar y de perseguir esos sueños, se pierde todo. Estoy contigo en lo que dices. Hay que hacer un paréntesis, detenerse todo el tiempo que necesitemos para coger aliento, pero nunca abandonar o la sensación de frustración puede hacerse insoportable.
      Un beso.

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