31 dic. 2012

24 dic. 2012

LOS SENTIMIENTOS MANDAN: FELIZ NAVIDAD!




   Cuando las palabras fluyen por la boca dando forma a los pensamientos, estos se evaporan, mengua su importancia, parecen desvanecerse dando paso a las emociones, a los sentimientos guardados en un corazón demasiado blando, demasiado tierno, a la nostalgia de aquellos tiempos de tradiciones sentidas, a los buenos propósitos que parecen inherentes a las luces navideñas, flotando a nuestro alrededor cuando éstas se encienden. La razón y el pataleo dan paso a lo que el alma guarda, porque los sentimientos aferrados a las entrañas acallan al raciocinio, pero éste, por mucho que lo intente, me temo que jamás conseguirá hacer a estos enmudecer.

Por ello, a pesar de todo,

¡FELIZ NAVIDAD!

de corazón.

18 dic. 2012

¿FELIZ NAVIDAD? ¿ESTÁIS SEGUROS?

 

   Estaba a punto de irme a dormir. Pero he tomado conciencia del día que era, 17 de diciembre, y he caído en la cuenta de que aún no había puesto mi particular felicitación navideña en el blog. Así es que me he sentado en la cama con el portátil sobre las piernas, con la clara intención de buscar una imagen tierna y entrañable con la que deleitaros: la de un abeto adornado de estrellas y guirnaldas de colores, la de un acogedor nacimiento -¡sin el buey y sin la mula, faltaría más!-, la de un Papá Noel o la de una estrella de Belén refulgente como el sol. Incluso había cambiado ya el registro narrativo para echar mano de lo poético, de lo metafórico, de la excepcional belleza del lenguaje que suele acompañar a los deseos de felicidad, a los anhelos futuros, a las promesas de cambio en pro de la solidaridad que tanto se estila en estos días. En definitiva, quería transmitir mi particular mensaje de paz y felicidad con la emoción pintada en el rostro por el halo mágico y bonito que envuelve a estas fiestas.

   Pero he cambiado de opinión. Tal vez no haya sido buena idea escribirla esta noche, hoy me siento transgresora. Algunos saben que la hipocresía y yo no somos buenos aliados, y por primera vez en estas fechas, me voy a tomar la libertad de nadar contracorriente y cuestionar mil cosas que vienen asolando mi cabeza desde hace un tiempo demasiado largo ya. A ver si un alma caritativa de las que asoman por aquí de vez en cuando es capaz de darme luz.

   De pequeña siempre viví una Navidad feliz. Adornábamos el árbol, construíamos un Belén con todo  lujo de detalles, cantábamos villancicos, extendíamos guirnaldas por las lámparas y los cuadros del salón, del pasillo y de la entrada para recibir de manera especial a quienes nos visitaban y para deleite propio, por supuesto; cenábamos en familia el día de Nochebuena y acudíamos después todos juntos a la famosa Misa del Gallo, con nuestro gorro de lana y una bufanda cortándonos la respiración; nos tomábamos las uvas y bailábamos hasta altas horas de la madrugada encendiendo bengalas y brindando con una copa de cava o de cualquier otro licor propio de estas fechas, y lo rematábamos con esa noche de Reyes tan especial y con una mañana siguiente en la que nos poníamos en planta casi al amanecer para descubrir emocionados si habíamos sido lo suficientemente buenos como para ser obsequiados con algo de lo mucho que habíamos pedido. Todo fue bien. Hasta que la familia política comenzó a formar parte de mi vida. Ése fue el origen de los conflictos que vinieron después. ¡Pero no me malinterpretéis! Nada de malo había en ellos, nada  hicieron a nivel personal por enturbiar mi manera particular de vivir las fiestas. Su único pecado fue nacer de la mano de mi marido, de la misma forma que yo sería para él igualmente pecadora por incorporar mi familia a la suya, a su vida. Descubrí entonces que ambos queríamos vivir nuestras fiestas en pareja, y al mismo tiempo, las de cada uno en particular junto a los suyos. Nada extraño ni especial. Aunque sí problemático. Cómo compaginar a un mismo tiempo ambas cosas sin fraccionarse por la mitad. Cómo pasarlas con tu pareja y tu familia al mismo tiempo, cuando él no es con los tuyos con quienes desea estar, sino con su familia propia. “En el mismo sitio y a la misma hora”, decía una canción de Chiquetete. Pero en este caso no es así, aquí debería decir: “En distinto sitio y a la misma hora”  y ¿cómo se consigue eso? (Apuesto a que llegados a este punto, más de uno lleváis ya unas cuantas líneas asintiendo con la cabeza, levantando alguna de las dos cejas -o las dos- o dejando escapar una leve sonrisa con significado de ¡¡cómo lo sabes!! Por favor, que levante la mano quien no haya estado inmerso en una tesitura de este tipo en el momento de formar su propia familia. Yo lo quiero saber).

   A partir de aquí, comienzan las negociaciones (sí, lo sé, he pasado a hablar en presente y de forma general, pero es que me temo que mi propia experiencia es un mal de muchos, por lo que ha dejado de tener sentido personalizar). ¿Con quién pasamos la Nochebuena? Es la cena tradicional, familiar por excelencia, entrañable, emotiva. “Donde tú quieras cariño” (el primer año de casados), “de acuerdo, si quieres la pasamos con tu familia, de verdad que no me importa, pero... el año pasado también la celebramos allí...” (segundo año de casados), “este año nos toca con mis padres, ah, vale, que los tuyos se quedan solos, ok, entonces, no pasa nada, la pasamos con ellos” (tercer año de casados), “este año toca con los míos y me da igual que los tuyos se queden solos, ¿tus hermanos no la pueden pasar con ellos?” (cuarto año de casados), "¡no jodas, la Nochevieja en tu casa es un muermo, este año nos vamos de cotillón!" (decimo año de casados -es el décimo por lo de no jodas, las palabrotas se usan a partir de los diez años, como las uses antes no llegas a las bodas de plata ni de coña). Única razón de la disputa: en esas noches está terminantemente prohibido cenar solos. Y yo ahora me pregunto: ¿Y por qué? ¿Y en el día de Navidad? ¿Tampoco se puede almorzar sólos o en pareja como en cualquier otro día de fiesta del año? ¿Y la Nochevieja? ¡¡¿Y el día de Reyes?!! Ahora que los niños de hoy reciben regalos en su propia casa, en casa de los abuelos, de los padrinos, de los titos, de la Peña Rociera, del Club de Matrimonios y hasta de la comunidad de vecinos donde a un lumbrera se le ocurrió un año vestirse de paje, ¿por dónde empezamos la visita turística y cuánto tiempo estamos con cada cuál?

   No hay nada más férreo y más difícil de vencer que una antigua costumbre y nada más absurdo que no detenerse nunca a cuestionar su razón de ser en la actualidad. Para mí, el día de mi cumpleaños es un acontecimiento especial, pero si no puedo celebrarlo en su misma fecha lo aplazo, porque lo realmente importante para mí es contar con la compañía de aquellos a quienes quiero y ante todo y sobre todo, disfrutarlo, pasarlo bien. Pero eso no es factible en estas fechas. Cada celebración nos viene impuesta y ha de secundarse lo queramos o no, y a su tiempo, de manera rígida e inflexible, aunque eso conlleve tener el corazón triste por haber tenido que poner distancia entre nosotros y aquellos a quienes amamos impidiendo que puedan acompañarnos en un momento tan “especial”. Y yo pregunto (y por favor, sed sinceros): La gran mayoría de nosotros, católicos no practicantes, en pleno siglo XXI en el que estamos, ¿qué es lo que celebramos en estos días tan emblemáticos que no pueda celebrarse cualquier otro día? ¿Por qué buscamos insidiosamente en estas semanas una compañía obligada que tendría que darse todo el año? ¿Por qué nos sentimos felices por cenar acompañados un 24 de diciembre, si la soledad nos mata las demás noches del año? ¿Por qué hay que cuadrarse a nivel familiar repartiendo los festivos como si estuviéramos en un cuartel militar para no herir susceptibilidades? ¿Por qué nos embarga la pena si el turrón El Almendro falla y nuestro hijo no vuelve a casa por Navidad? ¿Acaso no viene en Semana Santa, en verano, o en el Puente de la Constitución? ¿O es que en estas otras fechas nuestro hijo es menos hijo y no nos da tanta alegría verlo?

   Somos esclavos (y sálvese quien pueda, ole por él) de una tradición que para muchos de nosotros tal vez ya no tenga razón de ser y que deja de ser familiar, placentera, feliz y entrañable (como debería de seguir siendo) para pasar a ser una fuente de compromisos ineludibles, de conflictos de pareja y familiares díficiles de sortear, de ansiedad por no poder responder a las expectativas de los demás, a lo que se espera de nosotros, de remordimientos de conciencia por lo que dejamos de hacer (aunque lo satisfagamos a lo largo de todo el año) o de alegría ilusoria y tranquilidad personal por convertirnos en las mejores personas del mundo desde las nueve de la mañana del 22 de diciembre (en que el calvo de la lotería da el pistoletazo de salida) hasta las doce de la noche del 6 de enero, en el que subidos a la grupa de los camellos se esfuman muchos de los buenos propósitos solidarios que nos han preocupado sobremanera en las dos semanas anteriores como si en ello nos fuera la vida, cuando en el resto del año nos importa un auténtico bledo lo que ahora alcanza una importancia vital.

  Este año -uuuuna vez más-, se me ha pasado por la mente la posibilidad de pasar las fiestas junto a mi marido y mis hijos en una cabañita de madera en plena Sierra Nevada, por ejemplo, alejada del mundanal ruído. Pero esta vorágine es demasiado fuerte y sospecho que acabaré absorbida por ella como siempre, ante el temor a considerarme a mí misma mala hija, mala madre, mala hermana o mala amiga por haber faltado a la cita anual por excelencia. Y comeré otra vez turrón, un poquito, de las tabletas nuevas que habré comprado después de hacer canasta en el cubo de la basura con las que me sobraron del año pasado, porque han caducado, precisa y sospechosamente, en noviembre de este año. Y polvorones, porque una Navidad sin polvorones es como un jardín sin flores (por cierto, los de Estepa están buenísimos). Y seguiré comprando regalos para unos y otros aunque me hayan quitado la paga extra y corra el riesgo serio de comer sopa de sobre durante los próximos dos meses (yo creía que tan solo eran los niños los agraciados con la llegada de sus majestadoes los Reyes Magos de Oriente, no los adultos también; ¿y decimos que el Día de los Enamorados es un invento de El Corte Inglés?).

   El espíritu de la Navidad debe estar presente todo el año; lo que importa es lo que hacemos, no cuándo lo hacemos; importa lo que sentimos, no cuándo lo sentimos; importa lo que ofrecemos, no cuándo lo ofrecemos; nos importa ser felices, no el momento en que lo somos; importa la libertad de hacer y de disfrutar, no la obligación y el compromiso.

   Hoy más que nunca, después de esta polémica reflexión, deseo que seáis felices, que lo paséis muy bien, que disfrutéis de estas fiestas navideñas. Pero de verdad. De corazón. Con libertad y pleno convencimiento. Porque queréis. No porque una tradición milenaria os imponga lo que debéis hacer. Y lo que debéis sentir.

   ¡¡¡FELIZ NAVIDAD Y, SOBRE TODO, FELIZ AÑO NUEVO!!!

   Un besazo!!!



   Pd. Me alegraría que me dijeráis que no compartís mi opinión y mi forma de sentir. Sería una buena señal.


10 dic. 2012

RELATO: "EN BUSCA DEL MESÍAS"

   ¡Hoy me he despertado tempranito, porque tengo que cumplir una importantísima misión!

Fuente: Tienda de arte - http://www.artelista.com/

   He cogido a mi muñeca Dora, la que tiene el pelo rizado y es de color, como yo, y he saltado despacito por encima de la manta de colores y agujeritos con la que nos arropa mi madre a mis hermanos y a mí por las noches a la hora de dormir.  Oigo llorar a Wanda en la habitación de al lado, pero todos los demás duermen. Los papás ya se han ido a trabajar y hasta la noche no volverán. No podré despedirme del mío, porque si se entera de mi aventura, no me dejará marchar; aunque tampoco sé ahora mismo dónde está. Mi mamá dijo que le habían cambiado su trabajo de lugar y que ahora está muy disgustado, porque esta avenida es muy grande, los coches corren demasiado y el semáforo está tan poco tiempo en color rojo que apenas puede vender, y además ¡hasta lo pueden atropellar! Antes repartía muchos pañuelos, arbolitos de colores, de los que huelen bien, y otros adornitos para el coche, pero ahora casi toda la gente le dice que no y muchas veces  ni lo miran.
   Pero mi papá no es el único que tiene problemas, yo lo sé, porque me lo dicen mis amigos en el comedor de los curas, cuando vamos toda la familia para almorzar. Denisa, mi amiga rumanita, ya no va al colegio. Sale todas las mañanas con su madre a buscar chatarra, pero ya casi no encuentran, porque han venido muchos desde su país y todos tienen un trabajo igual que ellos. Pero no quieren marcharse. Ella dice que su mamá tuvo más niños para que no los echaran de aquí, porque esto era el paraíso. Podían ir al cole a aprender y aquí los curaban gratis, pero yo no sé si eso es verdad, que esto sea el paraíso, aunque todos se empeñen muchas veces en decirlo.
   Un día le pregunté a mamá por qué vivíamos aquí, en este país llamado España, si todos son blancos menos nosotros. Ella me dijo que para huir del infierno en el que antes estaban, pero yo no lo entendí. Creía que uno iba al infierno cuando se moría, pero ellos aún estaban vivos cuando decidieron venir aquí. Pensando mucho, me dije que entonces ahora debíamos estar en el Cielo, pero yo no lo imagino de esta forma. La profe de religión nos dice que el Cielo es un lugar mágico donde nadie sufre y todos viven en paz y colmados de felicidad, y yo creo que eso no ocurre aquí. Rosi llora casi todas las mañanas. Su mamá es de un país llamado Bolivia, o algo así, y a ella también le dijo que hizo un viaje muy, muy largo porque esto era el paraíso. Pero ahora no la ve. Trabaja cuidando abuelitos en una casa y no puede estar con ella durante toda la semana, tan sólo cuando llega el sábado, y el domingo se tiene que volver a marchar. Pero yo le digo que ella tiene mucha suerte, porque su mamá trabaja calentita en un hogar y como sabe español, cuando la echan de un trabajo, casi siempre encuentra otro; siempre con ancianitos y durante muchas horas, pero al menos tiene un poquito de dinero para  comer y vestir. Así es que yo sigo sin saber dónde se encuentra el paraíso y por eso un día se lo pregunté a Sofía, mi amiga española del cole que antes vestía muy bien, pero que ahora casi siempre va con chandal y con rodilleras de la feas, (que ella odia porque dice que son de niño y antes nunca las llevaba), y me ha dicho que está en Las Bahamas, al menos eso es lo que dice su madre, pero tampoco sé dónde está ese lugar. Estuve a punto de preguntárselo a alguno de los niños nuevos que ahora van al comedor,  con unos padres muy bien vestidos que yo no había visto nunca antes, pero no me atreví, me miraban con recelo, como si yo fuera un bicho raro o algo así; aunque ahora también ellos van allí, así es no deben de ser mejores que yo, eso dice mi mamá.
   Un día les escuché hablar de el Salvador, ese hombre famoso que manda ahora en nuestro país, creo. Decían que les había engañado, que prometió venir a salvarnos a todos de lo malo que antes había hecho otro, pero que estaba “hundiendo el país”. Yo miré en el suelo y en la calle y me pareció que todo estaba igual de llanito que siempre, pero no les pregunté por qué. Y también les escuché decir que todo acabaría destruído si no aparecía un nuevo Mesías que nos trajera paz y mucha prosperidad, porque pronto nadie tendría ya para comer. Y yo me preocupé, así es que he decidido ir a buscarlo. La profe de religión siempre dice que El Mesías no es de este mundo, pero yo creo que sí, que ha decidido volver, al menos yo eso creo, porque un hombre tan famoso como San José salía antes por la tele predicando y diciendo que se iba a arreglar todo, como si fuera un profeta de los que salen en la Biblia, y además..., creo que hasta tenían el mismo oficio los dos. Aunque... ¿San José era zapatero... o era carpintero...?
   He guardado en mi mochila unas botellas de agua, algo de comer y una rebeca por si hace frío. Sé que vendrá al mundo el 24 de diciembre y tengo que llegar la primera para traerlo hasta aquí nada más nacer. Porque Rosi, Denisa y yo ya no queremos viajar más, queremos quedarnos aquí. Y mis amigos del cole -Ruben, que ahora vive con sus abuelos todos juntos en la misma casa porque un señor banquero se quedó la suya; María, que antes me daba toda su ropa cuando ya estaba un poquito gastada y ahora lleva puesta la de su prima, que es dos años mayor; Ernesto, el que tenía antes ese coche tan grandote y tan bonito y que ahora siempre viene en bici al cole con su papá...- todos esos, tampoco se quieren marchar. ¡Así es que yo seré la salvadora, yo iré en busca de El Mesías! Pero antes de partir, miraré un ratito al cielo a ver si encuentro una estrella muy brillante que me guíe como la de Belén, para que Dora y yo sepamos hacia dónde caminar.
   ¡Vosotros esperadme! Que yo lo traeré de la manita cargado de paz y felicidad. Lo prometo. 

2 dic. 2012

GRAN CONCURSO NAVIDEÑO. ¿TE LO VAS A PERDER?

 
   Un grupo de autores de Editorial Círculo Rojo hemos decidido convocar un concurso de cara a estas fiestas navideñas que ya tenemos a la vuelta de la esquina, porque queremos que podáis tener un regalito adicional para vuestro gran día de Reyes. Y por eso, además, hemos querido ponerlo fácil, bueno, mejor dicho, ¡facilísimo! Abajo os cuento.

    Vamos a regalar todos estos libros dedicados a los ganadores:

"SIETE HISTORIAS" de Ángels Om 

 "EL FINAL DE TODOS LOS INVIERNOS" de David Arrabal 


"RUMBO A LO DESCONOCIDO" de Tamara Carrascosa 


"ELLAS TAMBIEN VIVEN" de Pilar Muñoz Álamo 




"ATRAPADA EN 1800" de Marisa Sama 



"LUNA DE OTOÑO" de Julia Zapata 


"LO QUE EL CORAZON ESCONDE" de Encarnación Alcalde 


"SUCEDIO EN BEGASTRI" de María Jesús Juan Meseguer 


"LA SOMBRA DE LAS HORAS" de Luis Miguel Morales 


"TOMA MI MANO" de Miren E. Palacios 


"HOLA SOY TU LIBRO" de Mercedes Jiménez 



"SOMBRAS EN LA LUNA" de David Ramiro 


"MERLIX, EL APRENDIZ DEL SIGLO XXI" de Montserrat Fugardo 




    ¿Cómo conseguir uno de ellos? 
   Es tan fácil que no tienes que hacer nada más que dejar un comentario en esta entrada diciendo que quieres participar. Si además se lo cuentas a tus amigos, por cada uno que se apunte al concurso y diga que viene de parte tuya, te llevarás un punto. Puedes entrar en todos y cada uno de los blogs y perfiles Facebook señalados para cada libro y dejar tu comentario para sumar más puntos, uno por cada cometario que vayas dejando.
   La persona que reúna más puntos podrá elegir el libro que más le apetezca (difícil elección, ¿eh?). La segunda persona que más puntos tenga elegirá entre los demás; la tercera también, y el resto de libros se sortearán entre los demás participantes.

    ¡¡Está chupao!!
   Tenéis desde hoy hasta el 31 de diciembre.
   Los envíos de libros serán a territorio nacional.
   En caso de empate a puntos se sorteará para desempatar.
   Si queréis darle a "Me gusta" a las páginas de los autores y sus libros, haceros sus amigos, o haceros seguidores de sus blogs, es totalmente opcional, os lo agradecerán pero no es necesario para concursar.
   Espero vuestro comentarios, no perdáis la oportunidad, hay muchos libros en juego!!!
   Besitos para todos. 

24 nov. 2012

ESCRIBIR O SENTIR

   El tic-tac de un viejo reloj de pared resuena a los lejos, irrumpiendo en el silencio de la noche con un ritmo acompasado, hipnótico. La algarabía diurna hace rato que menguó su intensidad apagándose lentamente como una antigua lámpara de gas agotada por el uso, dando paso al crujido de los muebles que se estiran al dormir. La oscuridad cubre el mundo que subsiste al otro lado del cristal de mi ventana, apenas cortada por los ocres reflejos irisados que un par de farolas a duras penas irradian. Me asomo para ver el rostro de mis hijos con pulcra lentitud de movimiento, los de la bailarina de una caja de música de cuerda gastada, y compruebo que duermen, con las facciones distendidas, relajadas, con la respiración profunda, apenas adivinada por la elevación sutil de sus pequeños torsos, adentrándose en el mundo de los sueños. Apago las escasas luces que aún permanecen encendidas caminando por el piso sin apenas rozarlo, flotando ayudada por las musas que no tardan en aparecer. 

   Subo al desván y el aroma a madera centenaria me da la bienvenida. Cierro la puerta a mi espalda y sonrío feliz al sentir cómo me envuelve la mágica atmósfera literaria que habita entre sus cuatro paredes, que se transforman paulatinamente hasta llegar a conformar cada nuevo escenario, y cómo se tornan los colores que acompañarán a mi próxima historia: grises, para la tragedia;  rojos, para la pasión y para el amor; verdes, para la esperanza; azules, para la aventura infantil que desearía vivir hoy. 

   Me acomodo en mi vieja mecedora de anea y me dejo llevar por su vaivén hasta escuchar la voz de la protagonista a la que hoy me tocará encarnar, hasta poder sentir sus pálpitos en mi cuerpo, sus emociones en mi mente, sus sentimientos en mi corazón que late más aprisa a cada segundo que pasa. Cierro los ojos. Quiero vivir su historia, necesito vivir su historia para poder contarla. Y me voy sumergiendo en ella como en el fondo de un océano profundo, sin oxígeno, a cuerpo descubierto para sentir lo que ella siente, sin barreras ni cortapisas. Mi respiración se acelera, se detiene. Mis manos tiemblan y laten mis sienes. El sofoco me invade y da paso al frío que me provoca el miedo. Me oprime la angustia, y la razón, la fuerza y la valentía que terminan fluyendo acaban por liberarme. Mis músculos se contraen cuando la rabia los atenaza, y vuelven a relajarse cuando el calor de una mano amiga se brinda a ayudarme, a superar el trance que ante mis ojos se presenta hoy. Pasan las horas como un cúmulo de minutos de ritmo diferente, porque el tiempo en nuestras vidas no sigue el marcaje escrupuloso del reloj; circulan despacio en los malos momentos y a velocidad de vértigo si la felicidad  se ha decidido a acompañarlos. 

   Todo acaba. El entorno que me acoge vuelve a la esencia neutra que muestra si yo no estoy, las musas vuelan dejando la estela de su paso enredada en mi cabeza, los poros de mi piel se han impregnado al máximo de ese otro yo que acaba de usurpar mi ser. Es hora de abrir los ojos. Dejo entonces que manen las palabras como una fuente inagotable y multicolor, con el único fin de plasmar en un papel lo que podría perfectamente ser la historia de mi propia vida, mi experiencia personal, la vivencia de la que acabo de apropiarme y que me enriquecerá el alma de una forma tan real como cualquier otra. 

   Ahora soy consciente. Ahora soy consciente de que no es la escritura lo que de la literatura me atrae. Es el hecho de brindarme la posibilidad de huir de mí, de conocer nuevos mundos, de transformarme y sentir lo que de otro modo no podría sentir jamás, de conocer los entresijos de la mente y del corazón ajenos. 

   Y poderlos contar.

20 nov. 2012

¡NO LO DUDES! ESTA NAVIDAD, REGALA EMOCIÓN.





Dicen que una sonrisa vale más que mil palabras, que una fracción de segundo es suficiente para despertar una emoción, que un descuido momentáneo nos podría arrebatar la vida, que un simple acto reflejo nos protege de peligros inminentes.

Está claro que no se necesita mucho tiempo para que algo nos sorprenda, nos impacte, nos sacuda, nos emocione o nos haga reaccionar. Ni mucho espacio para contarlo con la intensidad suficiente como para hacerte vibrar a ti mientras lo lees.

Dieciséis retazos de vida te están esperando, con sus protagonistas al frente, para hacerte cómplice incuestionable de lo que sin duda te impactará y te sorprenderá; aunque tal vez aún sigas planteándote si adentrarte en su primera página. Si es así, ten cuidado, porque si finalmente decides conocerlas, ten por seguro que a pesar de la brevedad del encuentro ya no las podrás olvidar jamás. Ni ellas a ti.


     

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      ¿Te animas?

7 nov. 2012

EL BLOGUERO INVISIBLE ATACA DE NUEVO





   ¡Sí, sí, ya lo sé!, ya sé que os estáis preguntando qué hago otra vez por aquí después de haberle echado la cortinilla al blog, ¡sólo la cortinilla!, porque la puerta, lo que se dice la puerta, tampoco es que la hubiera cerrado y de haberlo hecho habría sido con una llavecilla endeble y minúscula, como las de esos diarios que teníamos de pequeñas para guardar nuestros grandes secretos sin saber que con una simple horquilla quedaban más vendidos que un disco de El Fary en un bar de carretera. O puede que no, que nos os preguntéis nada porque es la primera vez que pasáis por aquí, en cuyo caso, yo, por simple deferencia hacia vosotros, tendría que explicaros que por circunstancias personales -ampliamente debatidas conmigo misma y con alguna otra pobre cabeza de turco que encontré por ahí-, decidí tomarme un pequeño respiro en esta carrera de fondo que se inició con la puesta en escena de las protagonistas de este libro, sí, el que figura dibujado por los rincones del blog y que da título a su cabecera. Aunque también es posible que me digáis -con mucha diplomacia, eso sí- que os importa un bledo lo que yo decidiera hacer con mi vida, que los chismes interesantes de los personajes públicos (y yo no lo soy) se concentran en la sobremesa de la 5; y entonces no solo tendríais razón, también gozaríais de toda mi admiración. 

   La cuestión peliaguda es que me fui sin saber cómo ni cuándo volver. Ni tan siquiera si lo haría. Tranquila, relajada, consciente y segura de haber tomado una buena (¿e irrevocable?) decisión. Y un mes y medio más tarde, cuando ya estaba en casa con el pijama puesto, la bata de guatiné y mis zapatillas azules de borreguito por dentro, allá que viene mi madrina de ceremonias (Ana Kayena) a lo suavón y como quien no quiere la cosa a sacarme de nuevo a la palestra con su genial propuesta del Bloguero Invisible. Lo primero que hice fue mirarme las uñas, limaditas y preparadas para darme un pintadito de esos que no me duran nada, y automáticamente temí por su integridad física y por dejármelas, a base de mordedura, a la altura de la media luna de pura envidia cochina que me ibais a dar todos de aquí al día de Reyes en caso de no participar. Porque el año pasado me lo pasé como los indios, no sé si lo sabéis. Aún así, decidí consultarlo con la almohada porque, entre otras muchas cosas, me gusta ser coherente con mis principios y con mis decisiones meditadas y estudiadas hasta la saciedad, y la de dejar reposar el blog fue sin duda una de ellas. 

   (Las once y media, abrazo la almohada y me dispongo a dormir, las doce de la noche, cabeza mirando al techo, ojos como platos. La una y diez de la madrugada, cuello torcido hacia la derecha, todo oscuro, ojos entornados sin ver ni torta. Dos menos cuarto, despierta y ligeramente cabreada, mi marido ronca y no me deja pensar (codazo). Dos y treinta y cinco, media vuelta hacia el otro lado, hemisferio izquierdo dándome la brasa con ser fiel a mis convicciones, hemisferio derecho descojonado y pidiendo juerga. Tres y cinco, incipiente tortícolis y confusión mental superlativa, alto grado de ansiedad, mañana hay que trabajar. Tres y media, la madre que parió a Ana, por qué leches me hace esto. Cuatro de la madrugada, huelo a tostado, mis neuronas se están quemando, bebo agua para enfriarlas y se ahoga una tras otra, toma el mando el corazón. Cuatro horas y cinco minutos, ¡que participo, caray, que la vida son dos días y no está una para perderse estos momentos, fuera remilgos! Cuatro horas y siete minutos, duermo como un lirón.)

   Pero si creéis que ahí terminaron mis confusiones, os equivocáis (es que el día en que en el colegio explicaron la lección de pensar me encontraba en el aula yo sola y la absorbí entera como una esponja, qué digo una esponja, ¡como todas las esponjas marinas del Océano… ¿cuál es el más grande?, pues las del Pacífico unidas todas). ¡¿Qué libro iba a regalar?! (redoble de tambores). Ni idea. 
   Mis pensamientos debieron trascender la barrera ósea, porque las chicas comenzaron a alborotarse raudas y veloces. “¡Las maletas, las maletas!” –las oí gritar-. “¡Eh, eh, eh, todas quietas de inmediato, ¿adónde vais?” El sargento chusquero que debí ser en otra vida se apoderó de mí. Las senté como pude, las calmé y les expliqué, con más paciencia que el Santo Job, que en esta ocasión les toca ver los toros desde la barrera, sentadas a mi ladito y de mi mano maternal para que no se desmadre ninguna. Les recordé que es de mala educación autoinvitarse a casa ajena sin saber si serán bien recibidas o no, y que aquí no se puede decir “¡qué levante la mano quien las quiera acoger!” para tener una ligera certeza de que no les darán con la puerta en las narices por overbooking casero. Me miraron con cara de pocos amigos y sé a ciencia cierta que el sofocón fue ostensible y notorio; pero luego se les fue pasando y hasta me han sugerido títulos para regalar. Y hemos tomado café. Y hemos charlado. Y hemos recordado las emociones del bloguero pasado. Y el clima de compañerismo, de amistad sincera, de ilusión recíproca, de anécdotas compartidas, de risas abiertas, de complicidad mutua. Y esa sensación de disfrute pleno con la preparación del regalo y la intriga nerviosa de querer descubrir quién nos regalará a nosotros y qué, y no poderlo saber porque nuestra Gasparina particular se preocupa muy mucho de evitarlo.

   Y nos hemos levantado llegando a la conclusión de que esta iniciativa vale su peso en oro, por lo que queremos compartirla con todos vosotros con la esperanza de colapsar Correos y de copar las entradas y los comentarios de la blogosfera entera hasta bien pasado el 6 de enero próximo.

   ¡Vale, vale!, me estoy enrollando como una alfombra persa, pero qué queréis, tengo que calmar el mono de no haber abierto el blogger desde hace 42 días con sus mañanas, tardes y noches. 

   Os decía que las chicas me han ayudado a elegir y después de un debate intenso y de una democrática votación, hemos decidido regalar LA CAÍDA DE LOS GIGANTES de Ken Follet. 


Una gran novela que narra la vida de unas familias americanas, británicas, rusas y alemanas con el trasfondo de la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa y los profundos cambios sociales que éstas conllevaron.

"Esta es la historia de mis abuelos y de los vuestros, de nuestros padres y de nuestras propias vidas. De alguna forma es la historia de todos nosotros."
Ken Follett

La historia empieza en 1911, el día de la coronación del rey Jorge V en la abadía de Westminster. El destino de los Williams, una familia minera de Gales, está unido por el amor y la enemistad al de los Fitzherbert, aristócratas y propietarios de minas de carbón. Lady Maud Fitzherbert se enamorará de Walter von Ulrich, un joven espía en la embajada alemana de Londres. Sus vidas se entrelazarán con la de un asesor progresista del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, y la de dos hermanos rusos a los que la guerra y la revolución les ha arrebatado su sueño de buscar fortuna en América.

Tras el éxito de Los pilares de la Tierra y Un mundo sin fin, Ken Follett presenta esta gran novela épica que narra la historia de cinco familias durante los años turbulentos de la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y la lucha de hombres y mujeres por sus derechos.


 
  Gracias, Kayena, por repetir esta genial iniciativa y gracias por darnos la excusa perfecta para resurgir como el ave Fénix.

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